«Las bodas de Camacho el rico» de Juan Meléndez Valdés: génesis y circunstancia

Esta comedia pastoral[1], escrita en verso[2], resultó premiada en el Concurso convocado por la villa de Madrid en 1784. Sin embargo, Meléndez Valdés no la compuso para esa ocasión, sino que respondía a un proyecto anterior[3]. En una carta de 6 de octubre de 1777 a Jovellanos, escribía el autor:

El plan de Las bodas del rico Camacho me agradó de la misma manera; nada hallé en él que no sea un delicado gusto y guarda las unidades perfectamente; merece que en un verso blanco manejado por la mano de V. S. o por la delicadeza de Liseno pudiera un día ser comparable a la célebre del Tas[s]o y aun me parece que tiene más acción que ésta, en la que noto algo al Aminta […]. Convengo en que la lección de la misma Aminta y del Pastor de Phido puede coadyuvar mucho para hacerse a aquellas espresiones, sencillez y ternura del campo que pide la composición; yo no he visto el Pastor de Guarino pero tengo una poetisa italiana, Virginia Bazano Cabazoni, que en unos diálogos pastoriles es lo más tierno y gracioso que he leído[4].

Y en otra de 12 de junio de 1778 manifiesta, también a Jovellanos:

Ahí van las Bodas de Camacho. A nada más atribuya V. S. mi pereza en darlas a Liseno que al habérseme antojado trabajarlas un verano para tener el gusto de presentarlas y consagrarlas al mayoral Jovino. Luego que las recibí, murió mi hermano, y todo aquel tiempo lo pasé yo bien mal […] con que hasta ahora no he tenido ni el tiempo ni la quietud suficiente para poderlo hacer. Esta es obra para en un lugar trabajarla, viendo los mismos objetos que se han de describir, y releyendo la Aminta, el Pastor Fido, los romances del Príncipe de Esquilache, y algunas de nuestras Arcadias, como la de Lope, las dos Dianas y los Pastores de Henares; de otra manera no saldrá, a mi ver, como debe salir, ni tendrá la sencillez y sabor del campo que debe tener. El estilo sencillo es el más difícil de todos los estilos, porque a todos nos lo es mucho más el descender que el subir y remontarnos. La gracia, la propiedad, la viveza, le charmant, es más dificultoso que la majestad, la elevación y las figuras fuertes; pero ¿a quién digo yo esto? A V. S., que lo sabe mucho mejor que yo. V. S., pues, tolere esta pereza, siquiera por la causa que la produjo y por el buen ánimo en que aún persevero de cantar las Bodas de Camacho, y consagrarlas al mismo que las ha compuesto, para cuyo fin me reservo una copia, con el permiso y licencia de V. S.[5]

Las_Bodas_de_Camacho_el_Rico

Todo lo relativo al Concurso de 1784 lo ha evocado con detalle Cotarelo[6]. Como es sabido, la otra pieza ganadora fue Los menestrales de Cándido María Trigueros, y el jurado consideró que también merecía la impresión la tragedia Atahualpa de Cristóbal Cortés. Sin embargo, las dos obras premiadas no alcanzaron éxito de público, como indicara Jovellanos: «La suerte de ambas en el teatro no ha podido ser peor. Han sido diabólicamente estropeadas»[7]. Los menestrales sufrió una verdadera grita, mientras que algo más de éxito tuvo la comedia de Meléndez:

Las agudezas de Sancho Panza en boca de Garrido, y los extraños ademanes y grotesca figura de don Quijote, que provocaban la risa del populacho, y los lindos versos en que abunda, hicieron menos intolerable la obra de Meléndez, que aún se sostuvo algunos días más en escena[8].

Con esta ocasión del estreno se compusieron diversas piezas satíricas (sonetos, romances, décimas…), algunas de los autores no premiados en el concurso, de las que cabe destacar un soneto de Tomás de Iriarte, que está escrito, en palabras de Cotarelo, «imitando el magüerismo de Meléndez»[9]:

¡Oh, Bodas de Camacho! ¡Oh, sin ventura,
y mísera y mezquina y malhadada
fábula pastoral! ¡Ay me, cuitada,
llena de languidez y de tristura!

¡Oh, Menestrales! Pieza insulsa y dura,
de invención tabernaria y arrastrada,
y de moral que ni a la plebe agrada,
aun cuando ve que al noble se censura!

Gemelas sois. Por más que los briales
alce la Prado y luzca en la opereta
la Tordesillas, fastidiáis iguales.

Patio, aposentos, gradas y luneta,
éstos sí que son jueces imparciales,
y no los que ofrecía la Gaceta[10].


[1] Todas las citas serán por esta edición: Juan Meléndez Valdés, Las bodas de Camacho el rico, ed. e introducción de Carlos Mata Induráin, en Ignacio Arellano (coord.), Don Quijote en el teatro español: del Siglo de Oro al siglo XX, Madrid, Visor Libros, 2007, pp. 305-403.

[2] Meléndez Valdés cuenta en su haber con dos intentos teatrales más en prosa: se conserva una escena de Doña María la Brava y el argumento de otra obra. Ver Georges Demerson, Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo (1754-1817), trad. revisada por Ángel Guillén, Madrid, Taurus, 1971, vol. I, pp. 233-234; y Antonio Astorgano Abajo, introducción a Juan Meléndez Valdés, Obras completas, Madrid, Cátedra, 2004, pp. 54-55.

[3] Escribe Antonio Astorgano Abajo, introducción a Juan Meléndez Valdés, Obras completas, Madrid, Cátedra, 2004, p. 54: «En realidad Meléndez llevaba trabajando en su comedia largo tiempo (en junio de 1778 tenía concluida la versión primitiva, cuyo tema, inspirado en el Quijote, se lo había sugerido Jovellanos en 1778, quien, por otra parte, era el presidente del jurado que otorgaba el premio en 1784), aunque halló en el concurso el momento adecuado para presentarla en sociedad con todo esmero».

[4] Cito por William Edward Coldford, Juan Meléndez Valdés. A Study in the Transition from Neo-Classicism to Romanticism in Spanish Poetry, Nueva York, Hispanic Institute in the United States, 1942, pp. 297-298.

[5] Cito por Coldford, Juan Meléndez Valdés, p. 298.

[6] Emilio Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, Madrid, Establecimiento Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra», 1897, pp. 284 y ss.

[7] Carta de Jovellanos a Trigueros, escrita a finales de julio de 1784; cito por Emilio Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, Madrid, Establecimiento Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra», 1897, pp. 292-293. La obra de Meléndez permaneció en cartel catorce días, desde el 16 hasta el 29 de julio, inclusive. Para otros detalles y circunstancias de la representación, remito a Emilio Palacios Fernández, introducción a Juan Meléndez Valdés, Obras completas, vol. III, Teatro. Prosa, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997, pp. XII-XVI.

[8] Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, p. 293.

[9] Cito el soneto de Iriarte por Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, pp. 294-295.

[10] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lecturas dieciochescas del Quijote: Las bodas de Camacho el rico de Juan Meléndez Valdés», en Felipe B. Pedraza Jiménez y Rafael González Cañal (eds.), Con los pies en la tierra. Don Quijote en su marco geográfico e histórico. Homenaje a José María Casasayas. XII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (XII-CIAC), Argamasilla de Alba, 6-8 de mayo de 2005, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2008, pp. 351-371.

Recreaciones quijotescas en el siglo XVIII

Portada_BIADIG13Muchas han sido a lo largo de los siglos —y, sin duda, lo seguirán siendo en el futuro— las recreaciones del Quijote: de don Quijote de la Mancha, de otros personajes, y de episodios, temas o motivos diversos de la inmortal novela cervantina. Don Quijote, entendido por los lectores del XVII como una figura ridícula, provocante a risa, muy pronto se populariza y pasa a ser protagonista de bailes y mascaradas. Además, el Quijote ha dado lugar a continuaciones apócrifas (la de Avellaneda, en 1614), traducciones, adaptaciones, recreaciones dramáticas, musicales, pictóricas, cinematográficas, etc. De entre esa fructífera descendencia, han tenido notable relevancia las recreaciones en el teatro, que comienzan ya en el siglo XVII: Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila (1617); Don Quijote de la Mancha (1618) y El curioso impertinente (1618), de Guillén de Castro; La fingida Arcadia (1634), de Tirso de Molina; Don Gil de la Mancha (conservada manuscrita y publicada como suelta), atribuida a Lope de Vega y a Rojas Zorrilla; El hidalgo de la Mancha (1673), de Matos Fragoso, Diamante y Juan Vélez de Guevara; Don Quijote, de Calderón de la Barca (perdida); y continúan en el XVIII: El Alcides de la Mancha y famoso don Quijote (1750), de Rafael Bustos Molina; Las bodas de Camacho (1777), de Antonio Valladares de Sotomayor; Las bodas de Camacho el rico (1784), de Juan Meléndez Valdés[1]; El amor hace milagros o Don Quijote de la Mancha (1784), de Pedro Benito Gómez Labrador; El Rutzvandscadt o el Quijote trágico (1785), de José Pisón Vargas; Aventuras de don Quijote y religión andantesca (manuscrito anónimo, sin fecha); Don Quijote renacido, de Francisco José Montero Nayo (texto burlesco no localizado); o Don Quijote de la Mancha resucitado en Italia, anónima (copia manuscrita fechada en 1805), entre otros títulos[2].

Montero Reguera, que ha catalogado las piezas dramáticas del XVIII inspiradas en las obras de Cervantes, señala que existen dos basadas en los sucesos de la venta con lo relativo a los amores cruzados de Cardenio, Luscinda, Dorotea y don Fernando, y cinco más que recrean el episodio de las bodas de Camacho; y explica así estas preferencias:

En ambos casos se trata, en definitiva, del tema del casamiento por interés o el de las dificultades que para casarse se presentan a jóvenes que realmente se aman. Y esto no es casualidad. Son temas profusamente utilizados por los escritores ilustrados: en su idea de que el fin de la representación teatral es corregir y enseñar, no podían dejar de criticar los matrimonios desiguales, motivados por el interés monetario o por el afán de alcanzar una posición social más elevada. Algunas comedias de Leandro Fernández de Moratín son ejemplo claro de ello[3].

De entre esas obras dramáticas del siglo ilustrado, Las bodas de Camacho el rico de Meléndez Valdés —que se presenta bajo el subtítulo de Comedia pastoral— es, sin duda, una de las piezas más interesantes[4]. En las próximas entradas voy a analizar distintos aspectos de la obra, a saber: génesis, relación con el Quijote y otras fuentes, valoración de la crítica, tratamiento de los personajes de don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea y, por último, algunas cuestiones estilísticas. De esta forma, podremos apreciar distintos detalles acerca del proceso de adaptación llevado a cabo por Meléndez Valdés con respecto al modelo cervantino (Quijote, II, 19-22)[5].


[1] Para esta comedia, remito a mi edición: Juan Meléndez Valdés, Las bodas de Camacho el rico, ed. e introducción de Carlos Mata Induráin, en Ignacio Arellano (coord.), Don Quijote en el teatro español: del Siglo de Oro al siglo XX, Madrid, Visor Libros, 2007, pp. 305-403.

[2] Es una cuestión sobre la que existe bastante bibliografía. Para las recreaciones, ver, especialmente, Gregory Gough La Grone, The Imitations of «Don Quixote» in the Spanish Drama, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1937; Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Millá, 1947; Manuel García Martín, Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1980; Agapita Jurado Santos, Obras teatrales derivadas de las novelas cervantinas (siglo XVII). Para una bibliografía, Kassel, Edition Reichenberger, 2005; y Santiago A. López Navia, Inspiración y pretexto. Estudios sobre las recreaciones del «Quijote», Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005. Para la recepción de Cervantes y el Quijote en el siglo XVIII, ver Francisco Aguilar Piñal, «Anverso y reverso del “quijotismo” en el siglo XVIII español», Anales de Literatura Española, 1, 1982, pp. 207-216, y «Cervantes en el siglo XVIII», Anales Cervantinos, XXI, 1983, pp. 153-163; Joaquín Álvarez Barrientos, «Sobre la institucionalización de la literatura: Cervantes y la novela en las historias literarias del siglo XVIII», Anales Cervantinos, XXV-XXVI, 1987-1988, pp. 47-63; Óscar Barrero Pérez, «Los imitadores y continuadores del Quijote en la novela española del siglo XVIII», Anales Cervantinos, XXIV, 1986, pp. 103-121; Linda Ann Friedman Salgado, Imitaciones del «Quijote» en la España del siglo XVIII, Ann Arbor, UMI, 1983; Ascensión Rivas Hernández, Lecturas del «Quijote»: siglos XVII-XIX, Salamanca, Ediciones del Colegio de España, 1998; y Enrique Rodríguez Cepeda, «Sobre el Quijote en la novela del siglo XVIII español», Ínsula, núm. 546, 1992, pp. 19-20.

[3] José Montero Reguera, «Imitaciones cervantinas en el teatro español del siglo XVIII», en Actas del Tercer Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona, Anthropos, 1993, pp. 119-129, p. 129.

[4] Sobre Meléndez Valdés, ver Antonio Astorgano Abajo, Biografía de D. Juan Meléndez Valdés, Badajoz, Diputación de Badajoz, 1996; William Edward Coldford, Juan Meléndez Valdés. A Study in the Transition from Neo-Classicism to Romanticism in Spanish Poetry, Nueva York, Hispanic Institute in the United States, 1942; Ralph M. Cox, Juan Meléndez Valdés, New York, Twayne Publishers, 1974; Georges Demerson, Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo (1754-1817), trad. revisada por Ángel Guillén, Madrid, Taurus, 1971, 2 vols.; Rinaldo Froldi, Un poeta iluminista: Meléndez Valdés, Milano, Instituto Editoriale Cisalpine, 1967; Francisco de Munsuri y Echevarría, Un togado poeta. Meléndez Valdés (1754-1817), prólogo de Ángel Ossorio y Gallardo, Reus, 1929; John H. R. Polt, Batilo, estudios sobre la evolución estilística de Meléndez Valdés, Oviedo, Centro de Estudios del Siglo XVIII, 1987, e «Invitación a Las bodas de Camacho», en AA. VV., Coloquio Internacional sobre el teatro español del siglo XVIII, Abano Terme, Piovan Editore, 1988, pp. 315-331; y para Las bodas de Camacho en particular, además de los estudios preliminares a las ediciones modernas de Polt y Demerson (en Obras en verso, vol. II, ed. de John H. R. Polt y Georges Demerson, Oviedo, Cátedra Feijoo, 1983, pp. 1089-1178), de Palacios Fernández (en Obras completas, vol. III, Teatro. Prosa, ed. de Emilio Palacios Fernández, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997) y de Astorgano Abajo (en Obras completas, ed., introducción, glosario y notas de Antonio Astorgano Abajo, Madrid, Cátedra, 2004, pp. 939-1018), ver Lía Noemí Uriarte Rebaudi, «Las bodas de Camacho», en Antonio Bernat Vistarini (ed.), Volver a Cervantes. Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas. Lepanto, 1-8 de octubre de 2000, Palma de Mallorca, Universitat de les Illes Balears, 2001, tomo I, pp. 731-736. Para el teatro dieciochesco, Emilio Palacios Fernández, «El teatro en el siglo XVIII (hasta 1808)», en José María Díez Borque (ed.), Historia del teatro en España. II, Siglo XVIII. Siglo XIX, Madrid, Taurus, 1988, pp. 57-376, y «Teatro», en Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Trotta / CSIC, 1996, pp. 135-233.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lecturas dieciochescas del Quijote: Las bodas de Camacho el rico de Juan Meléndez Valdés», en Felipe B. Pedraza Jiménez y Rafael González Cañal (eds.), Con los pies en la tierra. Don Quijote en su marco geográfico e histórico. Homenaje a José María Casasayas. XII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (XII-CIAC), Argamasilla de Alba, 6-8 de mayo de 2005, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2008, pp. 351-371.

Breve semblanza de Juan Meléndez Valdés (1754-1817)

Juan_Meléndez_ValdésJuan Meléndez Valdés es, sin duda alguna, el mejor poeta español del siglo XVIII y en el conjunto de su producción encontramos resumidas las principales tendencias líricas de su época[1]. Nacido en Ribera del Fresno (Badajoz) en 1754, cursó estudios de Leyes en Salamanca, ciudad en la que enseñaría después Gramática (en 1781 obtiene la cátedra correspondiente a esa materia). Un año antes, en 1780, la Real Academia Española había premiado su égloga Batilo, título que pasaría a ser el nombre poético utilizado por Meléndez Valdés. Este premio le sirvió para introducirse en los círculos literarios del momento. Así, mantendría un contacto fluido con Cadalso, quien lo animó a cultivar la poesía bucólico-pastoril en versos cortos, y con Jovellanos, quien imprimiría un cambio a su producción poética, al invitarlo a abordar temas más profundos en composiciones de mayor aliento.

A la altura de 1789, Meléndez Valdés abandona las aulas de la Universidad para seguir la carrera de la magistratura y, así, sería alcalde del Crimen, Oidor y Fiscal en Zaragoza. Pero al caer en desgracia su mentor Jovellanos, sufre destierro en Medina del Campo y Zamora (1798-1800), y esta situación de marginación se mantendrá hasta 1808. Es enviado a Oviedo por la Junta de Gobierno formada por Fernando VII al marchar a Francia, con el fin de obtener información de la sublevación de Asturias contra los franceses. En un primer momento, canta en algunos poemas a la independencia frente al invasor, pero luego se pone al lado de José I Bonaparte, a quien presta juramento de fidelidad en diciembre de 1808. Con Jovellanos de nuevo en el poder, e integrado en las filas de los afrancesados, retorna a la actividad política y llega a ocupar diversos cargos de importancia: fue, en efecto, fiscal de las Juntas que sustituyeron a los antiguos Consejos, Consejero de Estado, Presidente de la Junta de Instrucción Pública y miembro de la Comisión de Teatros, a la que pertenecía también Leandro Fernández de Moratín. En 1812, acompaña al rey José I en la evacuación de Madrid y marcha a Valencia. Tras la derrota de las tropas franceses en Vitoria, en 1814 tiene que abandonar el país para exiliarse en Francia. Moriría en Montpellier en 1817.

En el terreno político, se ha hablado del carácter indeciso y titubeante de Meléndez Valdés, y es cierto que sus preferencias políticas oscilaron en varias direcciones. En cualquier caso, su acercamiento al partido francés es fácil de entender, en tanto en cuanto Bonaparte traía las reformas para el país que tanto ansiaban los ilustrados españoles: con el hermano de Napoleón en el trono veían cumplido su sueño de cambios y reformas eficaces para el progreso de España.

En lo literario, fue Meléndez Valdés persona muy sensible a influjos diversos. Fray Diego González, Cadalso y Jovellanos le marcan el camino poético «que con su verso dulce y armonioso había de recorrer», según escriben Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez[2]. Nuestro autor no tuvo una excesiva capacidad creadora, una brillante originalidad, pero sí una gran habilidad práctica para imitar estilos, tendencias y registros literarios.

Escribió varios títulos en prosa y otros textos en verso que se han perdido. Sus principales obras conservadas, además de la pieza teatral Las bodas de Camacho el rico (1794), son: su égloga Batilo, premiada en 1780 y publicada en Madrid en 1784; y sus Poesías, que tuvieron diversas ediciones: Madrid, 1785; Valladolid, 1797; y Valencia, 1811. En 1815 preparó la versión definitiva, que salió póstuma, en cuatro volúmenes, al cuidado de Quintana (Madrid, 1820)[3]. También publicados por Quintana aparecieron sus Discursos forenses (1821), una serie de ensayos sobre materias políticas, socio-económicas y literarias.

Como valoración global, cabe recordar que Meléndez Valdés ha sido considerado unánimemente el mayor poeta del siglo. Los rasgos positivos destacables en su poesía son la amenidad y ligereza de sus versos, junto con el primor descriptivo. En cambio, su defecto principal es la falta de ideas poéticas propias, la escasa originalidad, con una tendencia muy marcada a la imitación de modelos, por un lado, y a la amplificación, por otro (vuelve siempre sobre los mismos tópicos e ideas, repite una y otra vez un mismo tema con diversas variaciones…). Como buen poeta ilustrado, cabe destacar en él la preocupación social que apunta en algunos de sus versos. En fin, sobre todo en la etapa final de su producción lírica, apuntan algunos rasgos y elementos prerrománticos: la naturaleza tempestuosa y el paisaje nocturno como proyección de la intimidad personal, la presencia de la luna, ciertas notas que insisten en lo lúgubre, el tema del «fastidio universal»…[4]


[1] En efecto, se ha afirmado de él que «es la síntesis de toda la poesía setencista española. No sólo fue el mejor poeta del grupo salmantino, sino probablemente el más importante del siglo: en él confluyen todas las tendencias y todas rebrotan con un sello personal que abre al mismo tiempo caminos a la poesía del siglo venidero» (Francisco Rico et alii, eds., Mil años de poesía española: antología comentada, 4.ª ed., Barcelona, Planeta, 1998, p. 508).

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. V, Siglo XVIII, Tafalla, Cénlit, 1981, 1981, p. 390.

[3] En 1954 Rodríguez-Moñino publicó unas Poesías inéditas (Juan Meléndez Valdés, Poesías inéditas, introducción bibliográfica de Antonio Rodríguez-Moñino, Madrid, Real Academia Española, 1954). Además, hay ediciones de su obra poética debidas a Salinas (Juan Meléndez Valdés, Poesías, ed., prólogo y notas de Pedro Salinas, Madrid, Ediciones de «La Lectura», 1925) y Palacios Fernández (Juan Meléndez Valdés, Poesías, en Obras completas, vols. I y II, ed. de Emilio Palacios Fernández, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lecturas dieciochescas del Quijote: Las bodas de Camacho el rico de Juan Meléndez Valdés», en Felipe B. Pedraza Jiménez y Rafael González Cañal (eds.), Con los pies en la tierra. Don Quijote en su marco geográfico e histórico. Homenaje a José María Casasayas. XII Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (XII-CIAC), Argamasilla de Alba, 6-8 de mayo de 2005, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2008, pp. 351-371.