«A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», romance de Agustín López de Reta

Agustín López de Reta (Artajona, Navarra, 1631-1705) fue miembro de la veintena y procurador en las Cortes de Olite de 1688[1]. Como escritor, tradujo Los cinco libros del consuelo de la filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio (que publicó Vicente Rodríguez de Arellano en 1805). Además acabó la Vida de Nuestra Señora de Antonio Hurtado de Mendoza, escrita en verso, y añadió al final tres composiciones propias, según indica el título completo del libro, que es como sigue: Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz, con privilegio, en Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, impresor del reino, año 1688. De las tres composiciones finales añadidas por López de Reta, transcribo aquí la dedicada «A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», un largo romance con rima é-a.

Cristo en la Cruz-Zurbaran.jpg

Hoy, Señor, un delincuente
a tomar sagrado[2] llega
adonde ve ejecutarse
la justicia más sangrienta.
En esa ara mis insultos
alcanzar indulto[3] esperan,
ya que muere el inocente
porque el culpado no muera.
Si Jove, deidad fingida[4],
porque infante habitó en Creta
para permutar desdichas
concedió allí ciertas ferias,
Tú, Jesús, Dios verdadero,
más liberal[5] con la tierra
donde naciste, publicas
ferias hoy más opulentas
en que los males del hombre
a bienes de Dios se truecan,
pues de sus deudas te encargas
y tus méritos le entregas;
y así, cuanto de mis disculpas
mayor el número sea,
más derecho alegar puedo
al tesoro de tus penas.
Al sumar mis culpas, si hay
suma que las comprehenda,
cuanto por muchas me asustan,
por toleradas me alientan,
pues si excediendo al guarismo
las excedió tu paciencia,
ya no son más que testigos
de que es tu piedad inmensa.
Mi vida siempre en errores
obstinadamente terca
fue de tus misericordias
temeraria feliz prueba,
pues tentando las alturas
de tu bondad mi torpeza
antes le faltó la sonda
que topase fondo en ellas[6].
Infinidad tiene en sí
cualquier culpa por ser hecha
contra Dios, mas Dios hecho hombre,
otra infinidad le aumentas:
porque serte un hombre ingrato
viendo humanada tu esencia,
pecado es transcendental
que a cualquiera otro se agrega;
pero a tus padecimientos
aunque doblen mis ofensas,
¿cuánta infinidad les sobra
después de satisfacerlas?
Gracia fue tuya primero
que pagar por mí quisieras,
mas hecho esto es ya justicia
que se cancelen mis deudas.
Con tales descargos tuyos
no sólo pagadas quedan,
mas de tu cielo el tesoro
pienso alcanzar en las cuentas.
Tantas finezas divinas
que hasta hoy mi vida les cuesta
a tu amor a proseguirlas
en lo restante le empeñan;
pues si retiras la mano
de tantas munificencias
vendrá a ser más lastimoso
desperdicio la escaseza[7].
Prosíguelas, pues, Señor,
no porque yo las merezca,
mas porque te debo tantas
que te lo merecen ellas.
Ten ya clemencia, Dios mío,
destas tus mismas clemencias
y no me dejes perder,
si ya no quieres perderlas.
Si para lograrse falta
que yo te las agradezca,
sólo falta que me des
gracia para agradecerlas[8].
Sin ti nada el hombre puede
esta verdad tuya eterna,
luego Tú cumples en él
sus obligaciones mesmas.
Concédeme, pues, que yo
sepa pagar tus larguezas,
porque cuanto más te pague
otro tanto más te deba.
Crezcan así beneficios
y agradecimientos crezcan,
al infinito proceso
de tan fiel correspondencia.
Dame aquel amor ardiente
que quieres que yo te tenga;
concédeme lo que mandas
y mándame lo que quieras.
Ya tienes hecho lo más
en la mudanza primera
de mi voluntad rebelde,
hoy ya a la tuya sujeta.
Si aun cuando estuvo obstinada
hiciste tanto por ella,
¿qué no harás cuando ya pone
la neutralidad siquiera?
De la perdición pasada
a la presente tibieza
más distancia hubo que falta
desde tibia hasta resuelta.
Si es limpiar la área el principio
en toda fábrica[9] nueva,
ya de mis afectos rudos
desmontaste la maleza.
Para hacer el hombre nuevo
que hoy de mí formar intentas,
ya en mi corazón mudado
te doy una firme piedra.
Firme digo, porque fío
en la virtud de tu diestra
que has de darle de constancia
cuanto tuvo de dureza;
y que cuando sea inhábil
su depravada materia,
le has de criar limpio y darme
entrañas de intención recta.
Perficiona[10] este edificio
que empezó ya tu grandeza,
pues desdice el no acabarle
de económica prudencia;
y la tuya, ¡oh sabio Padre
de familias!, mal pudiera
de los gastos de sus obras
haberle errado en la cuenta.
Bien conociste el empeño
de las forzosas expensas
de que hecho el cómputo aún sobra
caudal en tu omnipotencia.
Si ella el poder asegura,
del querer hace evidencia
el ver que tu querer solo
te ha puesto de esa manera.
Si para matar mi muerte
tu vida, mi Dios, desprecias,
¿cómo puedes despreciar
el triunfo de tu pelea?
No cabe en ti, que sería
manifiesta inconsecuencia,
en descrédito de tantas
maravillas estupendas.
Que fueses hombre, ¿a cuál hombre
pudo caberle en la idea?
Y cuando lo imaginara[11],
¿qué osadía lo pidiera?
Mas, después que Tú, movido
sólo de bondad interna,
esa inopinable extraña
metamorfosis ordenas,
¿qué esperanza hay tan cobarde,
qué imaginación tan lerda,
que abiertas en tus heridas
no halle a su salud las puertas?
Para ti sólo pequé,
que sólo Tú hacer supieras
de tan funesto veneno
atriaca[12] tan perfecta.
Pequé, ¿qué más puedo hacerte,
¡oh soberana defensa
del hombre!, para que ostentes
tu poder en mi flaqueza?
Pues del muro de mi pecho
eres la fiel centinela[13],
más vigilancias te piden
los estragos de sus brechas.
Fortalécelas, Señor,
si hallar quieres fortaleza
en mí, que aun en mí ser puede
fuerte lo que Tú pertrechas.
Mas si me dejas, Dios mío,
¿a cúyo amparo[14] me dejas?,
pues de tus desvíos siento
tan costosas experiencias.
¿Qué padre que lleva asido
al hijo que a andar empieza
le suelta la mano, viendo
que ha de caer, si lo suelta?
¿Y cuál niño que, violento
entre próvidas pigüelas[15]
y acariciado de riesgos,
por desasirse forceja,
si se aparta y se lastima
su ignorancia no lamenta
a quejas más explicadas
en más balbuciente lengua?
Así de torpes caídas
y de travesuras necias
a ti, oh mi Padre amoroso,
pronuncio a llantos mis quejas.
Y aunque yo, desayudado
de mí, explicarlas no sepa,
no hace falta mi voz donde
mi necesidad vocea.
Riscos, que por bocas abren
mudas horrorosas cuevas
sólo a grito ajeno rompen
los silencios que bostezan[16];
y si es cóncavo desierto
de bienes, yerto de peñas,
mi pecho, ¿qué voz dar puede
que eco de otra voz no sea?
Las inspiraciones tuyas
con grito eficaz desciendan[17]
a mi corazón alientos,
y palabras tuyas vuelvan.
Como veloz pluma escriba
lo que Tú dictes mi lengua
y en mi entendimiento quede
tu sabiduría impresa.
Tú, que los vasos vacíos
de licor süave llenas,
llena ya mis ansias mudas
de divinas afluencias.
Pero ¿qué estilo o cuál óleo
que me explique o me enriquezca
habrá como enmudecer
deshecho en lágrimas tiernas?[18]
Ya mis libertades lloro
y renunciarte quisiera
mi albedrío, cuyo arrojo
tantas veces me escarmienta.
Mas no, mi Dios, ya me alegro
de que siempre mía sea
mi voluntad, por tener
algo que siempre te ofrezca.
Ya yo te la entrego hoy toda
conque, si fuese esta entrega
inflexible, ya de hoy más
ociosos sus actos fueran.
Y yo te amo y quiero amarte
con firme voluntad nueva,
que como antigua se arraigue
y como verde florezca,
que es gloria de mis extrañas
cuando esto celo apacientan,
que a buitre siempre insaciable
siempre renazcan eternas[19].
El gran dolor que mis culpas
me causan sólo le templa
ver que tu misericordia
tanto en ellas resplandezca:
mostrarse así a los inicuos[20]
tus caminos con mis huellas,
dando a los impíos ejemplo
para que a ti se conviertan.
¡Oh, tú soberano Alcides[21]
que, con la virtud paterna,
a la hidra de mis costumbres
destroncaste las cabezas!,
de su fecundo veneno
que tantas de nuevo engendra,
esta caridad ardiente
cauterice ya las venas.
Tus incendios que al Calvario
trasladan todo el Oeta[22],
y unida a ti la vil ropa
de mortal infección queman,
humanas pasiones mías
apuren, y pues te dejan,
Dios, ya impasible, en mí alientos
de padecer por ti enciendan.
¡Oh, arranca ya de mi pecho
las más entrañadas prendas,
aunque al desasirse rompan
las fibras en que se enredan!
Disciérnase así la parte
sana de la parte enferma,
y de cizaña enemiga
el grano de tu cosecha[23].
Guardártele fiel prometo
y aseguro esta promesa,
porque sé que es el cumplirla
tan tuyo como el hacerla.
Ofrecerla de mi parte
sería loca soberbia;
hacerla de parte tuya
es confianza discreta.
Pues si te ofrecen mis voces
santa irrevocable enmienda,
memoriales son que piden
lo que ofreciéndote expresan.
Pero van tan confiadas
de alcanzar cuanto te ruegan,
que a prometerte se pasan
lo que a pedirte comienzan.
Y aun confiar en tu ayuda
sin tu ayuda no pudiera,
mas para huir de tus dones
poder sobra en mi flaqueza.
Que, en fin, es sólo obra tuya
que esta mi voluntad quiera
obrar bien y que a ser pase
obra la voluntad buena.
Pues todo lo haces, no es más
cuanto yo de mí te ofrezca,
que ofrecerme por hechura
en que tus obras se vean.
Tuya es cualquier victoria
en vida, que toda es guerra[24],
cuando en Cruz los brazos alzas
porque yo con ellos venza[25].
A cuyo mástil atada
la razón que me gobierna
de halagüeños apetitos
sabrá burlar las sirenas[26].
Tú, sacro Anfión[27], compones
cuando a las tirantes cuerdas
de ese instrumento te ajustas
murallas que me defiendan.
Si abrigó el pecho en afectos
áspides que le envenenan,
en ti, exaltada Serpiente[28],
salud prodigiosa encuentra.
Y en tu arco, elevado Orfeo[29],
con dulcísima violencia[30],
como a ti lo atraes todo,
todo el corazón me llevas[31].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] tomar sagrado: los delincuentes se acogían a sagrado, entrando en una iglesia o convento, porque allí no podía pasar la justicia a capturarlos.

[3] insultos … indulto: nótese el juego paronomástico.

[4] Jove, deidad fingida: Jove es Júpiter; a ese dios, que es «deidad fingida», se contrapone Jesús, que es «Dios verdadero».

[5] liberal: pródigo, espléndido, generoso.

[6] sonda … topase fondo: quiere decir que la bondad de Dios es insondable, no encuentra el fondo de la bondad de Dios, por mucho que descienda la sonda de los pecados.

[7] escaseza: usa esta forma, en vez de escasez, por la rima en é-a del romance.

[8] gracia para agradecerlas: juega con la idea de agradecer y con gracia, en el sentido de gracia divina.

[9] fábrica: construcción, edificación.

[10] Perficiona: perfecciona.

[11] Y cuando lo imaginara: y aun cuando lo imaginara, aunque lo imaginara.

[12] atriaca: antídoto, contraveneno.

[13] la fiel centinela: esta palabra se usaba normalmente en femenino.

[14] a cúyo amparo: al amparo de quién.

[15] entre próvidas pigüelas: compara al niño revoltoso con un ave de cetrería, que quiere liberarse de las pihuelas que lleva puestas en las patas (una especie de correa con que se sujetan esas aves).

[16] Parece eco gongorino, de la descripción de la cueva de Polifemo: «De este, pues, formidable de la tierra / bostezo, el melancólico vacío / a Polifemo, horror de aquella sierra, / bárbara choza es, / albergue umbrío, / y redil espacioso donde encierra / cuanto las cumbres ásperas cabrío, / de los montes, esconde: copia bella / que un silbo junta y un peñasco sella» (Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea, ed. de Alexander A. Parker, Madrid, Cátedra, 1987, vv. 41-48).

[17] desciendan … alientos: entiéndase con sentido transitivo (alientos sería objeto directo de desciendan).

[18] Entiéndase aquí: no hay estilo ni pintura capaz de encarecer lo que quiero decir, y la mejor forma de hacerlo es guardar silencio y llorar.

[19] Evoca aquí el mito de Prometeo: después de robar el fuego de Efesto, fue castigado por Zeus; permanecía encadenado y un águila le devoraba el hígado, que se regeneraba constantemente. Es un mito de castigo, reinterpretado aquí en sentido positivo.

[20] inicuos: injustos.

[21] soberano Alcides: Alcides es Hércules, uno de cuyos doce trabajos consistió en matar a la hidra de Lerna, monstruo o serpiente de varias cabezas. Nótese esta nueva reutilización de un ejemplo de la mitología clásica en sentido cristiano.

[22] Oeta: monte de Grecia, mencionado por Cervantes en su Viaje del Parnaso.

[23] Alusión a la parábola de la cizaña (Mateo, 13, 24 y ss.).

[24] en vida, que toda es guerra: la vida como una milicia, y el cristiano como miles Christi (soldado de Cristo), es idea tópica de la literatura religiosa.

[25] los brazos alzas / porque yo con ellos venza: evoca una de las famosas victorias de los ejércitos de Israel, sobre los amalecitas, a los que vencían mientras Moisés tenía los brazos en alto.

[26] Se evoca aquí a Ulises, que consiguió oír el canto de las sirenas al ordenar a sus hombres que lo atasen al mástil de su navío, para no ser arrastrado por su encanto. De nuevo, reutilización de la mitología.

[27] sacro Anfión: recibió como regalo de Hermes una lira y vivió consagrado a la música. Es tópico comparar a Cristo en la Cruz con Anfión y su lira.

[28] exaltada Serpiente: pudiera parecer audaz esta imagen de Reta (ya que la serpiente se asocia tradicionalmente al demonio, mientras que aquí Dios es una «exaltada Serpiente»), pero se trata de una reminiscencia bíblica, de Números, 21, 1-9: cuando los israelitas atraviesan el desierto tras escapar de Egipto, muchos de ellos mueren mordidos por las serpientes; por indicación del Señor, Moisés fabrica una serpiente de bronce y la coloca en un asta. Todos los mordidos por las serpientes que miran a la serpiente de bronce, sanan. Esta serpiente exaltada en el asta es trasunto de Cristo salvador en la Cruz. El autor juega además con otro motivo repetido: el del campesino que abriga en su pecho a un áspid moribundo, para resultar finalmente picado por él.

[29] elevado Orfeo: es el músico, cantor y poeta por excelencia, que toca la lira y la cítara. Es prototipo de Cristo (igual que Orfeo domesticaba a los animales, Cristo hace lo propio con los hombres, con su cántico nuevo). Véase el auto sacramental de Calderón El divino Orfeo.

[30] dulcísima violencia: típico oxímoron barroco.

[31] Vida de Nuestra Señora, Pamplona, 1688, pp. 191-204.

«Para gloria de Jesús…», romance de sor Ana de San Joaquín (1668-1731)

En la Navarra del siglo XVII, contamos con ejemplos de poesía ascético-mística con nombre femenino: esta corriente estaría representada por la clarisa sor Jerónima de la Ascensión (Tudela, 1605-1660) y por la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1]. Me referiré hoy brevemente a esta segunda. Hija de Juan Jiménez de Maquirriain y Antonia de la Rosa, recibió una cuidada educación y tomó el hábito el 16 de abril de 1697, en el convento de Santa Ana del Carmen de Tarazona. Su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, nos refiere su vida ejemplar y sus arrebatos místicos[2]. Manuel Iribarren nos recuerda: «Escribió poesías y algunas cartas espirituales. No carecen de mérito literario sus Coplas, en las que se pone de manifiesto humildemente, como a media voz, su gran amor a Cristo»[3]. Por su parte, José María Corella escribe:

Plasmó en cuartillas gran parte de sus accesos místicos y fervorosos trances, legándonos una colección de cartas espirituales y cierto número de coplas y poesías. Sus versos tienen un recio sabor teresiano, y sobresale en ellos una gran dulzura, un profundo sentimiento y una reposada paz interior[4].

En el capítulo XXI de la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, que se presenta bajo el epígrafe «Fue la Madre Ana de San Joaquín perpetua aficionada de la Pasión de Jesús», escribe el Padre Arévalo:

No se satisfacía su enamorado corazón con desahogar su pecho tan repetidas veces en prosa, sino que por aficionar con más tractivo usaba de la poesía, cuando no podía ocultar toda la avenida de la sagrada llama. Van estas coplillas, que aunque no son todas de este capítulo, han de apreciarse por lo chistoso y sazonado[5].

Y reproduce a continuación un gracioso romance que comienza «Para gloria de Jesús…», y después añade otro cuyo primer verso es «¡Oh, Jesús, dulce memoria…». Va aquí, con algunas breves notas explicativas, el texto del primero:

Santa Ana y San Joaquín con la Virgen María

Para gloria de Jesús
y de San Joaquín, su abuelo,
recreación con ayuno
tengo yo en Jueves lardero[6].

Y por tanto quiero dar
las buenas tardes en verso
a un monje que lleve Dios
si él es de ningún provecho.

Cuanto ha que no me regala,
ya con paciencia lo llevo,
y lo que más siento es
que no tome mis consejos.

Apuesto que, aunque ha estado
en la Misión, que no ha hecho
la fija resolución
de gastar mejor el tiempo

retirándose algún rato
y mirando con sosiego
las llagas, golpes y heridas
que en Jesús su amor hicieron.

De paso, ya lo aseguro
que lo hará, pero yo quiero
que se detenga y no ande
a coger el puesto luego.

Ya podía estar cansado
de lo mucho que maceo[7],
y pues me sufre que yo hable,
ponga allí ese sufrimiento,

perseverando algún rato
sin esperar más efecto
que hacer de Dios el querer,
gastando en esto aquel tiempo.

De San Joaquín me ha venido
esta vena de hacer versos[8],
y así no pido perdón
de aquestos atrevimientos.

Lo que pido es que se aumenten
el amor y los deseos
de serle más fiel devoto,
porque si no, reñiremos[9].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc. (Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736).

[3] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 84.

[4] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 153. Reproduzco tres poemas suyos («Con un continuo gemido…», «Yo soy la serranilla…» y «Del divino amor herida…») en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 193-198.

[5] Fray Buenaventura de Arévalo, Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, p. 173.

[6] Jueves lardero: con este nombre se conoce en diversas partes de España al jueves en que comienzan las fiestas del Carnaval; el adjetivo lardero deriva del latín lardarius, que significa ʽtocinero’, porque en el Carnaval se comen muchos alimentos grasos.

[7] maceo: bromeo; poner mazas a los perros y otros animales era una de las diversiones típicas del Carnaval.

[8] De San Joaquín me ha venido / esta vena de hacer versos: no apuro el significado exacto de esta referencia; la religiosa se llama Ana de San Joaquín, y en la época eran frecuentes los versos dedicados a Santa Ana y San Joaquín, los padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Quizá se refiera a esta circunstancia. Por ejemplo, en La gitanilla de Cervantes Preciosa canta un romance dedicado a Santa Ana.

[9] Incluido en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 173-174. Se trata de un romance con rima é o, pero mantengo la distribución de los versos del original, agrupados de cuatro en cuatro a modo de coplas.

«Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?
(Lucas, 24, 5)

Resurrezione, de Piero della Francesca

Para este Domingo de Resurrección reproduzco aquí la «Oda a Cristo resucitado» del sacerdote y poeta archenero Antonio López Baeza. Corresponde a su libro Canciones del hombre nuevo (1983-85), que, al igual que su anterior poemario, Poemas para la utopía (1983), recoge diversas composiciones inspiradas en los Salmos bíblicos. Tal como indica el autor en el prefacio de Canciones del hombre nuevo, la finalidad de estos poemas «no puede ser otra que la de manifestar —y alentar en otros— el testimonio vivo de la Fe cristina» (p. 7).

Mi corazón se agita con un hermoso canto;
las fibras de mi ser se templan de alegría
para decir la gloria de tu inmensa belleza.

Eres toda la luz que el mundo necesita;
eres todo el amor que el corazón reclama;
eres toda la paz que estalla en armonías.

Avanza victorioso sembrando la justicia
que sólo de ti esperan los pobres y abatidos:
¡destierra para siempre la opresión y el escarnio!

Un pueblo libre surge vitoreando tu paso,
reconociendo, oh Rey, que has vencido a la muerte
y a todos nos conduces a los eternos pastos.

El favor de tu Dios te ensalza y te corona
con la pura alegría de saberte el primero
entre muchos hermanos en tu victoria ungidos.

Eres el que fecunda todas nuestras tristezas;
eres el Nuevo Esposo, portador de ternuras,
que convierte en vergel los más adustos paramos.

En ti toda la verdad nos aguarda y trasciende;
en ti toda bondad nos acoge y eleva;
en ti toda belleza en Dios nos introduce.

Mi corazón se agita con un canto de fiesta:
has tocado mi lengua con tu inasible gracia
y mi carne rebosa de admiración y asombro.

(Salmo 45, 1-10)[1]


[1] Antonio López Baeza, Canciones del hombre nuevo (1983-85), Burgos, Sal Terrae, 1986, núm. 28, p. 76.

«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.