La comicidad verbal en «La celosa de sí misma» de Tirso de Molina

La comicidad verbal predomina de forma muy clara en La celosa de sí misma[1], pues prácticamente cada réplica del criado Ventura, el gracioso, es un chiste o un juego de palabras. Para ordenar de alguna forma la materia humorística del tejido verbal de la comedia establezco varios apartados: en el primero resumo las réplicas humorísticas que tienen que ver con las mujeres, el amor y el dinero; en segundo lugar, apunto dilogías, paronomasias y juegos de palabras; explico a continuación algunos chistes más complejos del gracioso; y, por último, consigno las creaciones léxicas de Ventura y las variadas alusiones satírico-burlescas que se encuentran dispersas a lo largo de la comedia. Lo iremos viendo en sucesivas entradas.

Comento primero unidos estos tres temas, las mujeres, el amor y el dinero, pues resultan inseparables en el discurso del criado. Incluyo también aquí la parodia del lenguaje amoroso y de la descriptio puellae, la sátira de la mujer pedigüeña, etc.

Un buen ejemplo de comicidad verbal articulada en una serie es la «declaración amorosa» de Ventura a Quiñones. Don Melchor ha empleado varias metáforas para referirse a la mano de la desconocida, un sol cuyo ocultamiento dentro del guante venía a ser un eclipse, la oscuridad de Noruega, un ocaso que ciega sus esperanzas, etc. A continuación, Ventura se dirige a la dueña con estas palabras (que parodian el estilo cultista):

¿Tiene vuesa dueñería
la mano, cual su señora,
culta, animada, esplendora,
gaticinante y arpía?
¿Brillarale la uñería
cuando el caldo escudillice,
o la loza estropajice,
exhalando cada vez
las aromas que a las diez
vierta cuando bacinice?
Desescarpine ese pie…
Iba a decir esa mano (p. 1075)[2].

Mano

Este contrastar paralelamente las acciones o las palabras de amo y criado se repite en otras ocasiones. Así, cuando don Melchor pide a la tapada que se descubra el manto de esta forma:

Oh, hermosa señora mía,
¿cuándo ha de romper el alba
los crepúsculos oscuros,
dese sol nubes avaras?
¿Cuándo dirá mi ventura,
después de noche tan larga,
que el cielo corrió cortinas,
y amaneció la mañana?,

Ventura replica:

¿Cuándo, oh bella Chirinola,
costurera ballenata,
pues con agujas del sol
nos cosiste ropa blanca,
desnudándoos ornamentos,
pues alba mi amo os llama,
los dos os podremos ver
en sobrepelliz o en alba?
¿Cuándo dirá «Ropa fuera»
el ciego amor que os enmanta,
o rasgará, por leeros,
la cubierta de esa carta? (p. 1141).

Los dos piden a la desconocida que muestre su rostro, pero uno valiéndose de imágenes cultas y el otro por medio de referencias burlescas, por los términos de comparación escogidos, incongruentes en el contexto de una situación amorosa: alusiones a vestiduras eclesiásticas, la muletilla «ropa fuera» (empleada en galeras por el cómitre cuando la chusma tenía que acelerar el ritmo de boga) o la comparación del manto con el sobre de un carta[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] Junto a las creaciones léxicas no faltan imágenes degradantes y escatológicas: el vaciado de los servicios, arrojando las inmundicias por la ventana, se hacía a unas horas fijas, al grito de «¡Agua va!», y a eso se refiere la mención de «las aromas que a las diez / vierta cuando bacinice».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: comicidad «en obras» (y 2)

La comicidad escénica de La celosa de sí misma[1] de Tirso de Molina va in crescendo y alcanza su cota más alta en el acto tercero. Una escena muy divertida es la protagonizada por don Melchor, Ventura y el viejo Santillana (pp. 1132-1134). Recordemos que este les trae de parte de la condesa dos mil escudos, más otros regalos consistentes en comida y ropa. Ventura exterioriza su alegría tratando de abrazar y besar al rodrigón: «¡Oh, viejo Medoro! / Por Dios, que te he de besar», pero aquel le despacha airado: «Arre allá. ¿Venís en vos? / Aun el diablo fuera el beso. / No está el tiempo para eso». Sin embargo, los excesos expresivos de Ventura continúan y sigue intentando darle «mil abrazos», lo que provoca la nueva queja de Santillana: «¿Quieren apostar, hermano, / que os he de hacer acusar?», frases que hemos de interpretar así: ‘Si os seguís comportando de esta forma tan equívoca, abrazando y queriendo besar a una persona del mismo sexo, os tendré que acusar ante la Inquisición de pecado nefando’, con las graves consecuencias que tal pecado traía aparejadas (el castigo para los sodomitas era la hoguera). Cuando Ventura se marcha a buscar a la condesa, el escudero se sigue quejando delante de don Melchor: «¡Válgate el diablo el leonés! / ¡Beso a Santillana! […] ¡A mí beso[2]! Vive Dios, / que a no venir sin espada…» (p. 1133). Poco después regresa Ventura, que vuelve a las andadas; en realidad, se limita a elogiar al viejo con un «¡Oh escudero chirinol!», pero Santillana está receloso ante tantos arrumacos y muestra su preocupación: «¿Mas que vuelve a lo del beso?», es decir, ‘¿A que intenta de nuevo besarme?’, frase con que se remata la escena.

Gran potencialidad cómica tiene asimismo la acumulación de «ojitapadas» en la Victoria. La que aparece primero es doña Ángela, y Ventura reconoce por el ojo que enseña que no es la dama de la primera entrevista. Luego sale doña Magdalena, y esa duplicidad visual se subraya verbalmente con el comentario de Ventura de que las enlutadas aparecen duplicadas como cartas de Indias (p. 1143).

Tapadas en San Jerónimo

Ya al final, hay que mencionar la escena de noche en que don Melchor hace sus protestas de amor (o de desamor, según pinten condesas o Magdalenas en la ventana) subido a espaldas de un poco sufrido Ventura, que terminará por derribarlo al suelo (pp. 1155-1157). En efecto, don Melchor quiere besar la mano de su dama, pero como la reja está demasiado alta, pide ayuda a su criado: «Para que la mano pueda / alcanzar de un serafín, / sé atlante de mi firmeza. / Tus espaldas me sublimen» (p. 1155). El aludido se queja («arre allá», «mal año») y le pide se busque como poyo una yegua o el banco de un herrador, «que soy macho y no eres hembra». En efecto, no se muestra nada dispuesto a aceptar: «¿Yo debajo de ti? ¡Afuera! / Ni aun de burlas, vive Dios. / Echa esa carga a otra bestia», aunque don Melchor lo convence con la promesa de un vestido. En cualquier caso, Ventura le encarece la brevedad: «Acabemos, sube y besa, / que ya estoy en cuatro pies»; y sus quejas interrumpen constantemente el diálogo amoroso: si don Melchor encomia la belleza de la mano: «¡Ay, hermosa mano mía!», el criado replica: «¡Ay, pelmazo, y cómo pesas!»; cuando el amo encarece la suavidad y ligereza de aquella, Ventura compara su carga con un costal de arena que pesa más que una deuda. Siguen los intercambios de expresiones amorosas entre los amantes («¡Mi cielo, mi luz, mi gloria!», dice don Melchor; «¡Mi dueño, mi bien, mi prenda!», le responde doña Magdalena), y Ventura:

¡Mi rollo, mi pesadilla!
¡Cuerpo de Dios con la flema!
¿Chicolíos a mi costa?

Y hasta aquí llega el aguante del impaciente criado: comparándose con una mula de alquiler que se echa al suelo cuando se cansa, derriba por tierra a su amo, y se disculpa diciendo que: «a cuestas / con seis quintales de plomo, / no hay espaldas ni paciencia»[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] Me parece mejor lectura la de Blanca de los Ríos en la edición de Aguilar, «beso» y no «besó», en ambos casos: creo que el criado no llega a besar a Santillana, de forma que las palabras de este las debemos interpretar como: ‘¡Qué desfachatez, querer darme un beso a mí, a Santillana! El mero intento de besarme merecería que le diese su merecido, si hubiese traído mi espada’.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: comicidad «en obras» (1)

La comicidad «en obras» (de situación y escénica) de La celosa de sí misma[1] es notable, aunque no llega a alcanzar el mismo nivel de la comicidad verbal, de la que me ocuparé en próximas entradas. Esta comicidad de situación se va intensificando en el transcurso de la acción y culmina en la consabida entrevista amorosa de los enamorados al pie de una reja, con la particularidad aquí de que don Melchor asiste a la misma subido a las espaldas de su criado. Pero repasemos acto por acto la comicidad «en obras» de la comedia.

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En el primero, hay dos escenas susceptibles de provocar la comicidad por sí mismas: una es aquella en que Ventura se declara, de forma paralela a su amo, a Quiñones y la vieja dueña le da un bofetón por respuesta. El criado comenta, aludiendo a las reglas del honor, que «Afrenta fue», ya que le ha golpeado «de llano», con la palma de la mano, y esta circunstancia, a diferencia del golpe dado con el puño, era causa de deshonor que exigía una inmediata reparación. También se presta a una comicidad gestual expresiva, con grandes aspavientos de admiración y sorpresa, la escena en que Ventura y don Melchor descubren el contenido del preñado bolsillo de doña Magdalena, del que van sacando una serie de objetos más o menos ridículos: una piedra buena para el mal de ijada, un dedal de plata, un devanador de ébano, algunas sortijas de azabache y vidro, es decir, una serie de baratijas, y no los dineros que el criado esperaba encontrar.

En el acto segundo hay una escena en que Ventura, muy amigo del recibir y poco del entregar, obtiene inesperadamente de sendas mujeres, doña Magdalena y doña Ángela, dos sortijas. Cabe imaginar las manifestaciones de alegría del venturoso criado ante el regalo de tan peregrinas damas que, en lugar de pedir, dan[2]. Por otra parte, el segmento de acción que remata el acto puede dar igualmente mucho juego escénico, y pide, para ser más efectivo, que se ejecute con un ritmo rápido, casi vertiginoso: diversos personajes se despiden desairadamente de don Melchor, que va a quedar confuso al verse abandonado sucesivamente por las mujeres que le amaban, por los caballeros cuya amistad compartía y por su deudo don Alonso (también Quiñones deja a Ventura). La eficacia dramática está en función del ritmo que se imprima a esas breves frases, en réplicas casi cortantes, que todos dirigen a don Melchor, pues cuanto más acelerado sea el ritmo, mayor será el aturdimiento del leonés[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] En una próxima entrada analizaré lo relativo a las mujeres y el dinero, al estudiar la comicidad «en palabras».

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (y 3)

Un tercer elemento del enredo en la comedia[1] lo propician doña Ángela y don Sebastián. Enamorados respectivamente de don Melchor y de doña Magdalena, se proponen alborotar la boda de los prometidos: don Sebastián dirá que doña Magdalena le dio palabra de esposa, hecho que, unido a su renta y al hábito que ha conseguido, decidirá al padre de la dama a casarla con él: «Ardid es provechoso», comenta su hermana (p. 1114). Y así lo hacen. Además don Sebastián explica luego a don Alonso que el leonés está a punto de casarse con una condesa, y doña Magdalena confirma esas palabras al indicar que, en efecto, su prometido está en vísperas de ser conde: «¿Hay caso más peregrino?», se pregunta el aturdido anciano (p. 1123).

También la criada Quiñones traza sus planes en beneficio propio; ella misma comenta que tiene «engaños de indiana» (p. 1136), y es quien propone a doña Ángela que vaya a la Victoria enlutada y tapada, fingiéndose la condesa, de forma que pueda casar con don Melchor y doña Magdalena quede para su hermano Sebastián. A su vez, don Jerónimo podría casar con la condesa, con lo que ella se convertirá en casamentera de «un amor de tres en raya» (p. 1138). Doña Ángela insiste en el carácter industrioso de la dueña con estas palabras: «Salga yo bien deste enredo, / y darete un dote igual / a tu ingenio» (p. 1138). Además, ella le proporciona el bolsillo de oro que dio don Melchor a la tapada en el primer encuentro, con el que tratará de probar que ella es la dama misteriosa[2].

La_celosa_de_si_misma_Victoria

Las idas y venidas de los distintos bolsillos y, sobre todo, los mantos que ocultan la identidad de las dos enlutadas constituyen otros aspectos fundamentales del enredo de La celosa de sí misma. Las palabras de Ventura: «¡Que dos mujeres tapadas / hacer con los mantos puedan / tan sutil transformación!» (p. 1154) ponen de relieve las posibilidades que, hábilmente manejado, brindaba este recurso tan socorrido en nuestro teatro aurisecular. Es ese velo de misterio que envuelve a la belleza femenina, mostrada «a sorbos» (ahora una mano, luego unos ojos…) el que engatusa y ciega a don Melchor, incapaz de reconocer en su prometida, cuando acude a vistas, a la desconocida. Tal es el encanto de lo oculto… Al final, la confusión del cuitado leonés crecerá tanto que se verá obligado a pedir a su criado: «Huyamos de tanto engaño…» (p. 1130)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] La criada de doña Magdalena es buen correlato femenino de Ventura, el ingenioso gracioso, al que mantos, cambios de vestidos y argucias diversas de las damas no consiguen engañar en ningún momento, a diferencia de lo que sucede con su amo.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (2)

Será en el acto II de la comedia[1] donde comiencen a particularizarse todos esos engaños y hechizos de Madrid de los que hasta entonces se ha hablado genéricamente. La primera enredadora es doña Magdalena, quien, celosa de sí misma, decide volver, vistiendo luto y en una silla ajena, a la Victoria, comentando: «Todos éstos son ardides / de mi amor» (p. 1099); y es que, como añade poco después, «Amor […] en todo es astuto». En su entrevista con don Melchor, de nuevo en el papel de dama desconocida, tenemos un buen ejemplo de lo que Lope definió en el Arte nuevo como el «engañar con la verdad»[2], cuando afirma al galán:

Yo os juro a fe de quien soy
[…]
que no es doña Magdalena
ni más bella, ni más rica,
ni más moza, ni más sabia,
ni más noble ni más digna
de serviros y estimaros
que yo… (p. 1107).

Claro está que no es más, ni tampoco menos, por la sencilla razón de que ella, la dama misteriosa, la supuesta condesa, y doña Magdalena son la misma persona. Quiñones reitera luego: «siendo sola una mujer / te partes en dos mujeres» (p. 1119); y ella misma confirma: «pues soy dos, imaginadas, / aunque en la verdad soy una» (p. 1120). Ahora bien, es esta duplicidad de personalidades en la dama lo que va a dar lugar al sentimiento que anuncia el título de la comedia, esto es, a que sufra celos de sí misma. Ante Quiñones resumirá su situación con estas palabras:

Mira qué extraña quimera
causa este ciego interés,
que en tres dividirme ves,
y aunque una sola en tres soy,
amada en cuanto una, estoy
celosa de todas tres (pp. 1152-1153).

Ella ha sido quien ha llevado hasta el extremo el engaño, al representar no solo el papel de dama desconocida de la Victoria, sino también el de falsa condesa. Luego inventará que es requerida desde Italia para casarse allí. Creerá que de esta forma, haciendo que la misteriosa mujer salga de la vida de don Melchor, todo se va a arreglar[3]. Pero no es tan sencillo como piensa, pues no cuenta con la aparición de una segunda condesa falsa, doña Ángela, que le viene a disputar el marido. Doña Magdalena es, por tanto, el primer motor del enredo, pero no el único, y de hecho ella sufrirá los enredos de otros personajes.

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La segunda traza que complica la acción es fruto de Santillana, el escudero viejo, quien finge que la desconocida a la que ha acompañado a la Victoria en la silla es la condesa de Chirinola. Esta mentira dicha para salir del paso se verá luego confirmada por la propia doña Magdalena, y a partir de ahí la existencia de esa supuesta condesa italiana será aceptada por todos los personajes, hasta el final de la comedia, en que se aclare la verdad[4].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] «El engañar con la verdad es cosa / que ha parecido bien […]; / siempre el hablar equívoco ha tenido / y aquella incertidumbre anfibológica / gran lugar en el vulgo…» (vv. 319-325; cito por Juan Manuel Rozas, Significado y doctrina del «Arte nuevo» de Lope de Vega, Madrid, Sociedad General Española de Librería, S. A., 1976, p. 191).

[3] Quiñones comentará ante doña Ángela, refiriéndose a la invención de la marcha a Italia de doña Magdalena: «Su ingenio sutil estimo. / Engaño fue…» (p. 1135).

[4] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (1)

Muchos son los hilos de enredo que forman el ovillo argumental de La celosa de sí misma[1]. En efecto, son varias las industrias que maquina el ingenio de los personajes (el ingenio de Tirso, en definitiva) en esta pieza esencialmente cómica. Palabras como ardid, engaño, ingenio, confusión, quimera, locura, burla, traza, picardía, sutilezas, fingir, burlar, hechizos, chanzas, desvelos, transformación, laberintos, pandilla ‘trampa, fullería’, expresiones del tipo «mentirosa jornada», «juego de manos» o alusiones a los engaños y hechizos de Circe, puestas en boca de distintos personajes, subrayan ese carácter industrioso de la acción. La propia palabra enredo —o su plural, enredos— se repite con cierta frecuencia y, de hecho, son varios los que se fraguan y desarrollan en el transcurso de la comedia. Tanto es así que, mediado el acto tercero, en un momento en que la acción está ya completamente embrollada, los propios personajes de la comedia comentan en alusión metateatral:

MELCHOR.- ¿Será posible que haya
historia como la mía,
en cuantas dan alabanza
a poéticas ficciones?

VENTURA.- ¡Oh, qué comedia tan brava
hiciera, a ser yo poeta,
si escribiera aquesta traza! (p. 1149).

El acto primero, además de proporcionarnos el planteamiento, en torno a esa misteriosa tapada de la que don Melchor tan solo alcanza a ver una mano, tiene la función de retratar la corte madrileña como un lugar especialmente adecuado para todo tipo de engaños.

Esos engaños los vamos a ver ejemplificados en los dos actos siguientes en la historia particular de los amores de don Melchor, doña Magdalena y doña Ángela. En efecto, en la primera jornada[2] Madrid queda descrito como una bella ciudad donde todo es «agradable confusión» y donde las cosas con frecuencia no son lo que parecen; como advierte el agudo Ventura a su amo, la corte es una especie de Jordán rejuvenecedor donde las casas más antiguas amanecen al día siguiente remozadas, los pícaros se convierten con facilidad en condes (no condes, pero sí dos falsas condesas vamos a encontrar luego) y las damas más añosas se transforman en gráciles doncellas por obra y gracia del «solimán albañil» y otros afeites. Para don Melchor, Madrid es un «hermoso abismo / de hermosura y de valor» (p. 1062); don Sebastián indica que es una «Babilonia», «nuestro Babel» (pp. 1063 y 1064) donde se prodigan con facilidad «amores y engaños» (p. 1065); y más adelante afirma taxativamente don Alonso: «Esta corte / es toda engaños y hechizos» (p. 1122)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] La acción de la comedia transcurre en tres días sucesivos, y la concentración temporal (con la acumulación de numerosas peripecias en corto espacio de tiempo) contribuye también a la comicidad.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto III)

Examinaremos en esta entrada los bloques escénicos que se pueden deslindar en el acto III de La celosa de sí misma de Tirso de Molina[1].

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

1. Cuitas de don Melchor y tercería interesada de Quiñones

a) Don Melchor y Ventura, de camino, se preparan para volver a León: «Ventura, no más cautelas, / no más amor de camino» (p. 1129), comenta el cuitado galán, y le pide que empeñe su sortija. El criado le aconseja que vuelva con doña Magdalena, pero él sigue pensando que no es tan hermosa como la condesa ausente. O, en su defecto, con su vecina, doña Ángela, pero también le parece un monstruo en comparación con su adorada desconocida.

b) Sale Santillana, que le trae un billete de la condesa, con dos mil escudos, dulces y algo de ropa blanca. En la carta le pide que no se vaya a León, pues sus bodas eran fingidas. Don Melchor decide regresar a la Victoria. Sigue una escena humorística con Santillana, que no se deja besar ni abrazar por el criado.

c) Quiñones y doña Ángela. La dueña explica que la condesa no partió a Italia: todo fue un engaño para probar si el galán la quería. Quiñones se ofrece para hacer de tercera: le indica que vaya de luto a la Victoria y se haga pasar por condesa tapada. De esta forma se arreglarán los matrimonios a su gusto: doña Ángela y don Melchor, doña Magdalena y don Sebastián, don Jerónimo y la condesa. La criada actúa en su provecho propio, pues de esta forma todos ellos le quedarán obligados.

2. Dos condesas enlutadas

a) Don Luis felicita a don Melchor por casar con la condesa. Él está triste porque don Sebastián ha pedido a doña Magdalena. Comenta que está dispuesto a soportar los celos que le causa su primo, pero no los de otros hombres. Ventura les avisa de la llegada de la condesa.

b) Sale doña Ángela de luto y tapada, como si fuese la condesa. Don Melchor le pide que se descubra, y Ventura se da cuenta de que no es la misma tapada. Sale Magdalena también enlutada; enfadada al verlo con otra, hace que se vuelve a Italia. Doña Ángela también hace que se va, aunque se queda y enseña como prenda el bolsillo que le ha proporcionado Quiñones. Doña Magdalena descubre un ojo, que don Melchor reconoce. Disputan ambas mujeres sobre cuál de ellas es la condesa verdadera.

c) Salen don Jerónimo y don Sebastián, y las dos damas se despiden para no ser conocidas por sus hermanos. «Bercebú con ellas vaya», comenta Ventura (p. 1148). Los dos caballeros, desdeñosos, fingen no ver a don Melchor y hacen planes para casarse entre sí los cuatro hermanos: don Jerónimo y doña Ángela, don Sebastián y doña Magdalena.

3. Nuevos recados, celos en la reja y final feliz

a) Santillana dice a don Melchor que su ama le pide vaya a verla esa noche, a la una, a casa de doña Magdalena. Pero ¿a cuál de las dos condesas sirve Santillana?, se pregunta el leonés. «Eso, averígüelo Vargas», le responde Ventura (p. 1151).

b) Doña Magdalena y Quiñones. La dama sigue celosa de sí misma y aun celosa de tres mujeres: ella, la dama de la Victoria y la supuesta condesa.

c) Don Melchor y Ventura de noche. Doña Magdalena, arriba en la ventana, espera a su amante enemigo. Don Melchor habla con ella y trata de besar su mano, pero como la reja está muy alta, se sube a las espaldas de Ventura, hasta que este lo derriba, porque pesa mucho. Doña Magdalena, fingiendo ser la condesa, le explica que tiene que marcharse, pero le pide que se case con su amiga. El galán promete hacerlo porque ella lo solicita, aunque su prometida le sigue pareciendo fea. La supuesta condesa, celosa de sí misma, se enfada porque bastan unas pocas palabras para que cambie su afecto y olvide su amor para volver con su antigua novia, y acto seguido don Melchor se retracta, asegurando que doña Magdalena es un monstruo. La dama cambia la voz, fingiendo que llega doña Magdalena en ese instante. Y, por supuesto, también como Magdalena está enfadada con el galán, por las palabras que le acaba de escuchar, negando su belleza y llamándola monstruo.

d) Todos los personajes van a coincidir sobre las tablas para la escena final. Don Alonso, don Luis, don Sebastián y don Jerónimo toman la calle a los rondadores, para descubrir que se trata de don Melchor. Don Alonso le reprocha que hable así a su hija, a escondidas, pudiendo hacerlo tranquilamente en casa como prometido suyo; el leonés dice que ronda la casa, no por Magdalena, sino por la condesa. Llega doña Ángela, afirmando ser ella la famosa condesa. Don Sebastián protesta. Sale también doña Magdalena y dice que es la condesa, «si en el título fingida, / en la sustancia de veras» (p. 1163). Don Melchor reconoce su mano, verdadera piedra de toque en este misterio. Además, la dama presenta como testigos a Quiñones y Santillana. Aclaradas satisfactoriamente las cosas, doña Magdalena casará con don Melchor, don Jerónimo con doña Ángela y Ventura con Quiñones. Don Luis y don Sebastián quedan sin pareja. Con la mención del título en el ultílogo y el deseo de Tirso de que la pieza haya agradado al auditorio, termina la comedia[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto II)

Examinaremos en esta entrada los bloques escénicos del acto II de La celosa de sí misma[1]. Veamos:

1. Ardides de doña Magdalena y mentiras de Santillana

a) Sale doña Magdalena de luto bizarro, con Quiñones. Comenta que al principio estaba feliz de amar a don Melchor, porque admiraba sus buenas cualidades, pero ahora que va a ser su esposo le resultan enfadosas, pues le causan sospechosos recelos. En concreto, le molesta que viniera a casarse y se fuera con la primera desconocida que le enseñó una mano; y como esa mano era la suya, resulta que siente celos de sí misma. Decide que acudirá a la Victoria como prometió, para poner en práctica los «ardides / de mi amor» (p. 1099): irá con luto y en una silla distinta para que nadie la reconozca.

b) Don Melchor y Ventura. Este se lamenta de que su amo se haya enamorado de una mano, y piensa que la desconocida dama que prometió venir solamente lo hará si intuye que puede sacarles más dinero. Don Melchor comenta que doña Magdalena no le agrada, pues le pareció demasiado fría. Pero si la dama desconocida es fea, posibilidad que le hace ver Ventura, volverá con su prometida, «que si no es hermosa, es rica» (p. 1191).

c) Salen doña Magdalena y don Luis. Este se queja de que los mantos privan a los hombres de admirar la belleza de las damas. Él está interesado en que la tapada entre en relaciones con don Melchor, ya que así le dejará libre a doña Magdalena.

Mujer tapada

d) Doña Magdalena y don Melchor. Ella le reprocha que ama y se casa con una tal Magdalena, «noble, cuerda, hermosa y rica» (p. 1005). Don Melchor protesta diciendo que la belleza de esa Magdalena no tiene ni punto de comparación con la de su mano, y le pide descubra el rostro. Asegura que se irá de casa de su prometida, y que la cederá a don Luis.

e) Ventura interroga a Santillana. Este escudero viejo finge que doña Magdalena es la condesa de Chirinola. Simultáneamente, la tapada enseña los ojos, primero uno, luego otro, a don Melchor, quien confiesa que los de su novia no son tan hermosos. La supuesta condesa les da una sortija.

2. Doña Ángela contraataca

a) Don Sebastián y doña Ángela. Don Sebastián, que ama a doña Magdalena, tiene celos de don Melchor; y doña Ángela, que ama a don Melchor, también está celosa de su vecina. Los dos hermanos traman un plan para estorbar que se casen: don Sebastián dirá que doña Magdalena le dio el sí de esposa. Si es preciso, buscará testigos falsos entre criados y amigos para que acrediten el embuste. Además, él tiene más dinero que el otro: «Don Melchor es muy galán, / pero más lo es el dinero», comenta doña Ángela (p. 1114).

b) Ventura y doña Ángela. Ella le entrega una sortija y el criado, loco de contento al ver que le llueven las alhajas, elogia esta mano perfecta que da y no pide. La dama le pregunta si sería ella rival para la esposa de don Melchor. Ventura le confiesa que su amo ya no ama a doña Magdalena, sino a la condesa del Bolsillo (así la llama[2]), y doña Ángela queda celosa, ahora de esa supuesta condesa. Pero el criado la tranquiliza: como su amo está enamorado de una mano y de un ojo, bastará con que ella le enseñe la nariz, el hocico y la dentadura para desbancar a la rival, comenta humorísticamente.

c) Doña Magdalena, con otro vestido, y Quiñones. Ella sigue estando celosa de sí misma: está quejosa porque don Melchor la ama como dama misteriosa, y la desama como Magdalena, es decir, adora su mano y sus ojos según vaya tapada o no. Insiste en que está envidiosa de sí, sintiendo «el cuchillo de los celos» (p. 1121).

d) Doña Ángela, don Sebastián, don Jerónimo y don Alonso. Don Sebastián cuenta que el leonés está comprometido para casarse con una condesa. Don Alfonso, el padre de doña Magdalena, dice que buscará otro consorte para ella. Don Sebastián se ofrece, con sus seis mil ducados de renta, y propone al mismo tiempo que su hermana case con don Jerónimo.

e) Acompañado de Ventura, se presenta don Melchor, a quien interesa despedirse de su prometida y quedar libre para casar con la condesa. Don Alonso, don Jerónimo, don Sebastián y doña Ángela le dan parabienes por su nuevo matrimonio y lo abandonan tras despedirse con cortantes réplicas. Tampoco Quiñones quiere saber nada con Ventura. Doña Magdalena, por su parte, dice al leonés que la Condesa, que es amiga suya, marcha a Italia para casarse con su primo Enrico, y que ella se va a casar con otro. Don Melchor queda corrido, abandonado por todos: tendrá que irse de Madrid, pues las dos mujeres (su prometida Magdalena y la misteriosa dama de la Victoria, convertida en condesa) le dejan[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] Considero que hay que editar «condesa del Bolsillo» así, con mayúscula, como si se tratase de un título nobiliario.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto I)

La celosa de sí misma[1] constituye una buena muestra del ingenio cómico de Tirso de Molina, que voy a estudiar en el doble plano de la comicidad «en obras» (es decir, la comicidad de situación y la escénica), por un lado, y la comicidad «en palabras» o verbal, por otro[2]. Antes de entrar en materia, resumiré por «bloques escénicos» la acción de la comedia; luego (en próximas entradas) comentaré los hilos principales del enredo, estudiaré los dos planos de la comicidad enunciados en el título y, en fin, me detendré en la consideración del personaje protagonista, don Melchor.

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

Estos serían los bloques escénicos que podemos deslindar en el acto I:

1. Don Melchor, prendado de una mano en la Victoria

a) Aparecen don Melchor y su criado Ventura, de camino, pues acaban de llegar a Madrid; comentan que la corte es una «agradable confusión» y se admiran de la bizarría de sus casas. Por su diálogo nos enteramos de que don Melchor viene de León a casarse con una mujer que aporta sesenta mil ducados de dote, mientras que él, caballero pobre, solo trae doscientos escudos. Don Melchor expresa su deseo de casar con una mujer rica, pero quiere que reúna además en su persona belleza y virtud. Como es día de fiesta, se acercan a la iglesia de la Victoria para oír misa, mientras siguen comentando que Madrid constituye un abismo de hermosura y valor.

b) Don Jerónimo y don Sebastián, vecinos de casa, hacen amistad y charlan de sus cosas: don Jerónimo comenta que su hermana está prometida a un pariente leonés que llega a la corte. Por su parte, don Sebastián, que pretende un hábito, le habla de Ángela, su hermana sevillana.

c) Don Melchor y Ventura. El primero relata a su criado que ha contemplado en misa una bellísima imagen de mujer; en realidad, solo le ha visto la mano, cuando ella se quitó el guante para santiguarse. También vio que un hombre robaba el bolsillo a la hermosa. Ahora espera la salida de la dama para vislumbrar de nuevo su mano, cuando se acerque a tomar el agua bendita.

d) Salen de misa doña Magdalena y Quiñones. Don Melchor se declara a la dama y es rechazado porque —se excusa ella— no es ni el lugar ni la ocasión. No obstante, el leonés pide a doña Magdalena que se descubra. Ventura, por su parte, se dirige a la criada Quiñones, en humorística acción paralela, y la dueña le da un cachete. Don Melchor explica a la dama que le han cortado el bolsillo y le entrega el suyo, como si fuese el robado que él ha encontrado, insistiendo en que se descubra. Como se muestra tan importuno, la dama ordena a su criada que coja el bolsillo para que se vaya y las deje en paz, aunque sabe que no es el suyo. Promete volver al día siguiente por si aparece el verdadero dueño, y muestra la mano desnuda, sin guante, como señal para poder ser conocida.

e) Ventura reprocha a su amo el haber dado doscientos escudos por ver una mano, comentando festivamente que la broma le ha costado cara, a cuarenta escudos por dedo. Además, se han quedado sin blanca, lo que está mal en un galán que viene a pretender en la corte. Entonces don Melchor saca el bolsillo de la dama, que hizo devolver al ladrón, y juntos examinan su contenido.

2. Un rival bien acogido

a) Llega don Luis, primo de don Melchor, quien le presenta a su cuñado, don Jerónimo. Este se lamenta de que el leonés se apease en un mesón, en lugar de dirigirse directamente a su casa, y se va a avisar a su hermana.

b) Don Luis y don Melchor. Don Luis pide noticias de León. Por su parte, cuenta que es rico, pues salió con un mayorazgo. Don Melchor sabe que su primo amaría a doña Magdalena, su prometida, de no mediar él. Don Luis dice noblemente que sacará del pecho la imagen de la dama «aunque me cueste la vida, / con la ausencia o con el tiempo» (p. 1085), y que se marchará a Toledo. Sin embargo don Melchor, que desea verse libre para cortejar a la misteriosa dama de la mano, le invita a continuar en sus pretensiones con doña Magdalena.

3. Doña Magdalena, celosa de sí misma

a) Doña Magdalena y Quiñones. La dama reconoce que ha quedado enamorada del forastero galán y desea que el novio que le traen de León sea, si no tan perfecto, por lo menos amante y discreto como el desconocido.

b) Ama y criada reciben la visita de don Sebastián y doña Ángela, los vecinos de arriba. Doña Ángela es retratada como una hermosura cruel que rehúsa el matrimonio.

c) Don Alonso, el padre de doña Magdalena, le presenta a su esposo, don Melchor. Sabe que el primo leonés no es rico, pero sí noble, y él aprecia más la sangre que la riqueza. Doña Magdalena lo reconoce enseguida como el forastero galán de la Victoria, pero don Melchor a ella no (ha mudado de traje), pese a que su criado Ventura le asegura que es la misma mujer: en comparación con la desconocida, esta le parece fea. A su vez, don Jerónimo queda enamorado de doña Ángela, la hermana de don Sebastián. El acto se remata con las cuitas de Ventura por los doscientos escudos perdidos[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Ver también, de entre la bibliografía más reciente, los trabajos de: Luis Vázquez, «La originalidad ingeniosa de La celosa de sí misma de Tirso en relación con el manuscrito previo de Remón Tres mujeres en una», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 325-338; Bernardo Sánchez Salas, La celosa de sí misma, Madrid, Compañía Nacional de Teatro Clásico, 2003; Blanca Oteiza, «El lenguaje poético y dramático de Tirso. A propósito de El burlador de Sevilla y La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro clásico, 18, 2004, pp. 37-55; Marc Vitse, «De La jalouse d’elle même de Boisrobert a La celosa de sí misma de Tirso de Molina», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), Tirso, de capa y espada. Actas de las XXVI Jornadas de teatro clásico de Almagro, 8, 9 y 10 de julio de 2003, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2004, pp. 97-126; Gemma Gómez Rubio, «Sobre la representación de La celosa de sí misma», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), El corral de comedias, espacio escénico, espacio dramático. Actas de las XXVII Jornadas de teatro clásico de Almagro, 6, 7, 8 de julio de 2004, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2006, pp. 205-210; Charles Victor Ganelin, «Confusing Senses and Tirso de Molina’s La celosa de sí misma», Bulletin of Spanish Studies: Hispanic Studies and Research on Spain, Portugal and Latin America, vol. 90, núms. 4-5, 2013 pp. 619-638; y Robert L. Turner, «Reality and Illusion in La celosa de sí misma: The Doubling of Identity», Bulletin of the comediantes, vol. 66, núm. 1, 2014, pp. 55-74.

[2] Cfr. la teoría sobre la «risa en obras y palabras» expuesta por López Pinciano en la epístola nona de su Philosofía antigua poética, ed. de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, CSIC, 1953, vol. III, pp. 33-44.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Lope de Vega y Tirso de Molina

Tirso de MolinaTirso de Molina es uno de los seguidores más importantes de la fórmula de Lope, y uno de sus grandes admiradores[1]. En distintas ocasiones defiende con entusiasmo la comedia nueva, y a su principal inventor. No viene a cuento recoger aquí la teoría dramática de Tirso, donde se evidencia su cercanía al teatro del maestro, pero merece la pena citar algún pasaje de La villana de Vallecas, donde alaba como primera en su género la comedia de Lope El asombro de la limpia Concepción (o La limpieza no manchada): «De Lope; que no están bien / tales musas sin tal Vega», y sobre todo el extenso pasaje de La fingida Arcadia, inspirada en La Arcadia de Lope, y que incluye una serie de juicios sobre distintas obras lopianas, a cual más elogioso:

ÁNGELA Pluma de Lope de Vega
la fama se deja atrás.

LUCRECIA ¡Prodigioso hombre! ¡No sé
qué diera por conocelle!
A España fuera por velle,
si a ver a Salomón fue
la celebrada etiopisa.

ÁNGELA Compara con proporción
que no es Lope Salomón.

LUCRECIA Lo que su fama me avisa,
lo que en sus escritos leo,
lo que enriquece su tierra,
lo que su espíritu encierra
y lo que velle deseo,
mi comparación excusa;
y a él le da más alabanza
lo que por su ingenio alcanza
que a esotro su ciencia infusa.
[…]

LUCRECIA Yo, después acá que estoy
en el español idioma
ejercitada, si a Roma
a Tulio por padre doy
de la latina elocuencia,
y al Boccaccio en la toscana,
a Lope en la castellana
no le hallo competencia.
Más de un desapasionado
me ha dicho de su nación
que en la prosa a Cicerón
estilo y gracia ha imitado,
y a Ovidio en la suavidad
y lisura de sus versos
sonoros, limpios y tersos,
confirmando esta verdad
con lo que en sus libros hallo.

ÁNGELA Si él ese favor oyera,
¡qué bien le correspondiera!,
¡qué bien supiera estimallo!

LUCRECIA ¿Agradece?

ÁNGELA Aunque hay alguno
que apasionado lo niega,
es tan fértil esta vega
que paga ciento por uno.
Pero ¿qué piensas hacer
con tantos libros aquí?

LUCRECIA Todos son suyos y ansí,
ya que no le puedo ver,
mientras gasto bien los ratos
que recreo en su lección,
si los libros suyos son,
veré a Lope en sus retratos.

ÁNGELA Con tanto libro parece
estudio éste, y no jardín.

(Están todas las obras de Lope en un estante.)

LUCRECIA Mejor dirás camarín
que al alma deleite ofrece.

ÁNGELA Aquéste es el Labrador
de Madrid
, primero fruto
de Lope.

LUCRECIA Hermoso tributo
que a un tiempo da fruto y flor.

ÁNGELA Es divino.

LUCRECIA De justicia,
lo primero a Dios se debe;
por eso quiere que lleve
Lope el cielo su primicia.

ÁNGELA No ha escrito él otro mejor.

LUCRECIA Imitó, discreto, en él
a la ofrenda que hizo Abel,
si Caín dio lo peor.

ÁNGELA Ésta es la Angélica bella.

LUCRECIA ¿Que Ariosto se le compara?
¡Valientes octavas!

ÁNGELA Rara
habilidad, y con ella
la Dragontea compite
del rayo de Ingalaterra.

LUCRECIA Escribe en la paz la guerra
lo que la pluma permite.

ÁNGELA Mira en un cuerpo pequeño
mil almas.

LUCRECIA Bien le sublimas.

ÁNGELA Éste se llama Las rimas
de Lope.

LUCRECIA Son como el dueño.
¡Qué canciones, qué sonetos,
qué églogas, qué elegías!
Las noches gasto y los días
en meditar sus concetos.
¡Si viviera Gracilazo,
celebrárale más bien!

ÁNGELA Ésta es la Jerusalén.

LUCRECIA No la iguala la del Taso.
Mira sus octavas llenas
de sentencias y dotrinas.
Sabio en las letras divinas,
pues no escribe verso apenas
sin allegar un autor,
y hallarás en cualquier parte,
entre las veras de Marte,
mezcladas burlas de Amor.

ÁNGELA Aquéste es el Peregrino.

LUCRECIA Más lo es quien lo escribió.

ÁNGELA ¡Qué bien faltas enmendó,
siguiendo el mismo camino
de aquel Luzmán y Arborea,
cuyas Selvas de aventuras
por Lope quedan escuras!

LUCRECIA ¡Qué bien los autos emplea
que mezclados en él van!
¡Qué elegantes, qué limados!

ÁNGELA Y más bien acomodados
que los que mezcló Luzmán.
Los pastores de Belén
son éstos.

LUCRECIA Si labrador
fue con Isidro, pastor
sabe Lope ser también.

ÁNGELA Resucitó villancicos
en su mocedad cantados,
y agora en Belén honrados
entre amorosos pellicos.
Todas éstas son comedias.

LUCRECIA Décima séptima parte
ha impreso.

ÁNGELA No hay que espantarte,
que no son aun las medias
que tiene escritas.

LUCRECIA Pues ¿cuántas
ha compuesto?

ÁNGELA Novecientas.

LUCRECIA Si los años no le aumentas,
¿dónde hay vida para tantas?

ÁNGELA Ésta es verdad conocida
en España.

LUCRECIA Yo le diera
por cada una, si pudiera,
Ángela, un año de vida.

ÁNGELA A novecientos llegara,
siendo otro Matusalén.

LUCRECIA En él se lograran bien.

ÁNGELA En este último repara,
que es La Filomena.

LUCRECIA Canta
Lope aquí por Filomena,
de suerte que ya es sirena,
si ave fue, pues nos encanta.
Pero, para echar el resto
al nombre que le hace claro,
y afrentar al Sanazaro
en La Arcadia que ha compuesto,
metafóricos amores
en la otra Arcadia mira,
sus sutilezas admira,
ten envidia a sus pastores;
que yo, creyendo que piso
márgenes de su Erimanto,
si con Belisarda canto,
lloro celos con Anfriso.
No sé divertir los ojos
de sus versos y sus prosas,
de sus quejas sentenciosas,
de sus discretos enojos.
De día ocupa mi mano,
de noche mi cabecera…

Es difícil hallar en otra obra literaria de la época una loa tan ferviente de cualquier escritor. Sin embargo, aunque por boca de Ángela se asegure que Lope agradece la admiración que se le tributa, con Tirso no parece haber sido muy generoso. En su aprobación a la Cuarta parte de comedias tirsianas escribe lo menos que puede con términos bastante convencionales y poco efusivos:

La Cuarta parte de las comedias del maestro Tirso de Molina, que por mandado y comisión de V. A. he visto, no tiene cosa en que ofenda ni a nuestra fe ni a las buenas costumbres. Muestra en ellas su autor vivo y sutil ingenio en los conceptos y pensamientos, y en la parte sentencia grave sus estudios en todo género de letras con honestos términos tan bien considerados de su buen juicio. Puede seguramente V. A. siendo servido concederle la merced que pide para que salga a luz y le gocen todos. Este es mi parecer. En Madrid, 10 de marzo de 1635 años.

Y en una carta de julio de 1615 apunta directamente contra la comedia de Don Gil de las calzas verdes:

Perdía el tal hombre el juicio de celos, porque había averiguado que se echaba con San Martín, y prometía no ir con ella a Lisboa, con tantos desaires, voces y desatinos, que se llegaba más auditorio que ahora tienen con Don Gil de las calzas verdes, desatinada comedia del mercedario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.