El soneto «A un Cristo crucificado» de Manuel José de Oteiza

De la producción literaria del agustino Manuel José de Oteiza y Dongo (Santiago de Chile, 1742-Talca, 1798) se nos han conservado algunos sonetos y décimas, además del poema titulado Liberto penitente, una glosa de los Salmos de David que quedó sin terminar. Ya en una entrada anterior comenté su «Décima a una flor nacida en un cráneo», buen ejemplo del tema del desengaño barroco. Hoy copiaré uno de los sonetos que se le atribuyen, «A un Cristo crucificado»:

CristoCrucificado.JPG

¡Dios de mi alma! ¡Vos crucificado!
Y siendo el sumo gozo y alegría…
Sujeto a las tinieblas y agonía,
y del cabello al pie todo llagado…

De sacrílegas lenguas blasfemado,
de la gente cruel que os perseguía…
¡Todo por mi dolor y causa mía!
¡Y estoyme yo de asiento en un pecado!

Ya no pienso, Señor, más ofenderos.
Antes a Vos, de nuevo convertido,
hacer enmienda de mis tratos vanos;

que yo seguro estoy de no perderos,
pues para remediarme os tengo asido
y clavado en la Cruz de pies y manos[1].


[1] Cito por Ginés Albareda y Francisco Garfias, Antología de la poesía hispanoamericana. Chile, Madrid, Biblioteca Nueva, 1961, pp. 101-102 (en el v. 8 tal vez fuera mejor lectura «mi pecado»). En las pp. 18-19 de su estudio introductorio los editores recogen los escasos datos biográficos del autor de que disponemos.

«Al entierro de Cristo», de Lope de Vega

Nos siguen acompañando en estos días de Semana Santa los versos de Lope de Vega, a veces gran pecador y gran arrepentido a veces. Este romance dedicado «Al entierro de Cristo» pertenece, igual que los poemas de días anteriores, a sus Rimas sacras (1614), que acompaño con el «Entierro de Cristo» de Tiziano (Madrid, Museo del Prado).

Entierro de Cristo, de Tiziano

A los brazos de María
y a su divino regazo,
vienen a quitar a Cristo
los que a la Cruz le quitaron.
Porque en entrambas fue cierto
que estuvo crucificado,
en María con dolores
y en la Cruz con fuertes clavos.
Sus camas fueron las dos
al oriente y al ocaso,
la una para la muerte
y la otra para el parto.
Hincáronse de rodillas
los venerables ancianos,
a la Madre muerta en Cristo
y a Cristo muerto en sus brazos.
«Dadnos —le dicen—, Señora,
dadnos el difunto santo,
que ni en la tierra, ni el cielo
hay ojos para miraros.
Dádnosle, pues nos le distes,
que queremos enterrarlo,
para que diga la tierra
que tuvo al cielo enterrado.
Y porque sepan los hombres
que estuvo el cielo tan bajo,
que ya pueden, si ellos quieren,
alcanzarle con las manos.»
«Tomad —responde María,
Madre suya y mar de llanto—
el cuerpo que entre los hombres
pasó mayores trabajos.
Escondelde[1] en el sepulcro,
porque le persiguen tantos,
que aun allí no está seguro
de que vuelvan a buscarlo.
Nueve meses solamente
que estuvo en mi virgen claustro
de la envidia de los hombres
le pude tener guardado.
Que el Bautista, que le vio,
lo dijo con sobresaltos,
y en voz expresa después
pasados treinta y dos años.
Tomad y enterralde, amigos;
las piedras sabrán guardarlo
mejor que el pecho del hombre,
que le vendió como ingrato.»
Mientras para su mortaja
la Virgen está rasgando
las telas del corazón,
velo de su templo casto,
cielo y tierra previnieron
el triste entierro, enlutando
la tierra los edificios
y el cielo los aires claros.
Todas las hachas del cielo
iban delante alumbrando,
pero el luto de la tierra
no dejaba ver sus rayos.
Sol y luna sangre visten,
porque el cielo en tanto agravio
mostró sangre en sus dos ojos
para señal de vengarlo.
Levantáronse los muertos
de los sepulcros helados,
que, como entierran la vida,
la que quisieron tomaron.
Las cajas[2] fueron las piedras,
unas con otras sonando,
que era Cristo capitán
y con cajas le enterraron.
Hízose el velo del templo
no sin causa dos pedazos,
para que hubiese bandera
que llevasen arrastrando.
No vinieron sacerdotes,
aunque estaban consagrados,
que, siendo Dios el difunto,
no eran menester sufragios.
Él se llevaba la ofrenda,
pan y vino soberano,
la Misa y el Sacrificio,
que le consumió expirando.
Iba su Madre detrás,
y un mozo su primo hermano,
que se le dejó por hijo
en su testamento santo[3].
Llegaron con el difunto,
y la ballena de mármol
recibió para tres días
aquel Jonás sacrosanto[4].
Alma, la Virgen se vuelve,
a acompañarla volvamos,
pues con ella volveremos
a verle resucitado[5].


[1] Escondelde: forma de imperativo con metátesis, por escondedle. Y lo mismo más abajo enterralde.

[2] cajas: instrumento militar bélico, especie de tambor.

[3] un mozo … en su testamento santo: alude al apóstol Juan, y a las palabras de Cristo en la Cruz, dejando a Juan como hijo de María y a María como madre de Juan.

[4] Jonás sacrosanto: igual que Jonás fue engullido por un gran pez o ballena, que lo vomitó al tercer día en tierra (Jonás, 1, 1-17), Cristo permanece en la «ballena de mármol» de su sepulcro, para resucitar al tercer día.

[5] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 416-418.

«A Cristo en la Cruz», de Lope de Vega

Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido».
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu
 (Juan, 19, 30).

También a las Rimas sacras (1614) pertenece este romance de Lope de Vega dedicado «A Cristo en la Cruz», que ilustro con la pintura de Alberto Altdorfer «Cristo en la Cruz entre María y San Juan» (Museo Staatliche, Kassel, Alemania).

Cristo en la Cruz entre María y San Juan

¿Quién es aquel Caballero
herido por tantas partes,
que está de expiar tan cerca
y no le socorre nadie?
«Jesús Nazareno» dice
aquel rétulo notable.
¡Ay, Dios, que tan dulce nombre
no promete muerte infame!
Después del nombre y la patria
«rey» dice más adelante;
pues si es rey, ¿cuándo de espinas
han usado coronarse?
Dos cetros tiene en la mano,
mas nunca he visto que enclaven
a los reyes con los cetros
los vasallos desleales.
Unos dicen que, si es rey,
de la cruz decienda y baje;
y otros que, salvando a muchos,
a sí no pudo salvarse.
De luto se cubre el cielo
y el sol de sangriento esmalte:
o padece Dios o el mundo
se disuelve y se deshace.
Al pie de la cruz María
está en el dolor constante,
mirando al sol que se pone
entre arreboles de sangre.
Con ella su amado primo
haciendo sus ojos mares;
Cristo los pone en los dos,
más tierno porque se parte.
¡Oh lo que sienten los tres!
Juan, como primo y amante,
como madre la de Dios,
que lo que Dios, Dios lo sabe.
Alma, mirad cómo Cristo,
para partirse a su Padre,
viendo que a su Madre deja,
la dice palabras tales:
«Mujer, ves ahí tu hijo»,
y a Juan: «Ves ahí tu madre».
Juan queda en lugar de Cristo:
¡ay, Dios, qué favor tan grande!
Viendo, pues, Jesús que todo
ya comenzaba a acabarse,
«Sed tengo», dijo, que tiene
sed de que el hombre se salve.
Corrió un hombre y puso luego
a sus labios celestiales
en una caña una esponja
llena de hiel y vinagre.
¿En la boca de Jesús
pones hiel? Hombre, ¿qué haces?
Mira que por ese cielo
de Dios las palabras salen.
Advierte que en ella puso
con sus pechos virginales
un ave su blanca leche,
a cuya dulzura sabe.
Alma, sus labios divinos,
cuando vamos a rogarle,
¿cómo con vinagre y hiel
darán respuesta süave?
Llegad a la Virgen bella
y decilde con el ángel:
«Ave, quitad su amargura,
pues que de gracia sois ave.
Sepa al vientre el fruto santo
y a la dulce palma el dátil;
si tiene el alma a la puerta,
no tengan hiel los umbrales.
Y si dais leche a Bernardo[1]
porque de madre os alabe,
mejor Jesús la merece,
pues Madre de Dios os hace».
Dulcísimo Cristo mío,
aunque esos labios se bañen
en hiel de mis graves culpas,
Dios sois, como Dios habladme.
Habladme, dulce Jesús,
antes que la lengua os falte,
no os deciendan de la cruz
sin hablarme y perdonarme[2].


[1] si dais leche a Bernardo: en cierta ocasión, con motivo de la visita a Cîteaux del obispo de Chalon, Bernardo, que entonces era todavía un joven monje, recibió el encargo de su abad de predicar un sermón. Bernardo se puso a orar delante de una imagen de la Virgen, que se le apareció en sueños y le concedió el don de la elocuencia al poner en su boca leche de su propio pecho. Esta escena de la lactatio Bernardi es un motivo bien conocido en la hagiografía y la iconografía pictórica.

[2] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 408-410. En el penúltimo verso, corrijo la errata «cru».

«A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Vaya para este Jueves Santo el romance de Lope de Vega «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», incluido en sus Rimas sacras (1614), ilustrado por «La despedida de Cristo y la Virgen» del Greco (cuadro conservado en el Museo de Santa Cruz, Toledo).

La Despedida de Cristo de su Madre de El Greco

Los dos más dulces esposos,
los dos más tiernos amantes,
los mejores Madre y Hijo,
porque son Cristo y su Madre,
tiernamente se despiden,
tanto, que en solo mirarse
parece que entre los dos
están repartiendo el cáliz.
«Hijo —le dice la Virgen—,
¡ay si pudiera escusarse
esta llorosa partida
que la entrañas me parte!
A morir vais, Hijo mío,
por el hombre que criasteis,
que ofensas hechas a Dios
solo Dios las satisface.
No se dirá por el hombre
“quien tal hizo, que tal pague”,
pues que Vos pagáis por él
el precio de vuestra sangre.
Dejadme, dulce Jesús,
que mil veces os abrace
porque me deis fortaleza
que a tantos dolores baste.
Para llevaros a Egipto
hubo quien me acompañase,
mas para quedar sin Vos
¿quién dejáis que me acompañe?
Aunque un ángel me dejéis,
no es posible consolarme,
que ausencia de un hijo Dios
no puede suplirla un ángel.
Ya siento vuestros azotes,
porque vuestra tierna carne,
como es hecha de la mía,
hace también que me alcancen.
Vuestra cruz llevo en mis hombros
y no hay pasar adelante,
porque os imagino en ella,
y aunque soy vuestra, soy Madre.»
Mirando Cristo en María
las lágrimas venerables,
a la Emperatriz del cielo
responde palabras tales:
«Dulcísima Madre mía,
Vos y yo dolor tan grande
dos veces le padecemos,
porque le tenemos antes.
Con Vos quedo, aunque me voy,
que no es posible apartarse
por muerte ni por ausencia
tan verdaderos amantes.
Ya siento más que mi muerte
el ver que el dolor os mate,
que el sentir y padecer
se llaman penas iguales.
Madre, yo voy a morir,
porque ya mi Eterno Padre
tiene dada esta sentencia
contra mí, que soy su imagen.
Por el más errado esclavo
que ha visto el mundo, ni sabe,
quiere que muera su Hijo:
obedecerle es amarle.
Para morir he nacido,
Él ordenó que bajase
de sus entrañas paternas
a las vuestras virginales.
Con humildad y obediencia
hasta la muerte ha de hallarme;
la cruz me espera, Señora,
consuéleos Dios, abrazadme».
Contempla a Cristo y María,
alma, en tantas soledades,
que Ella se queda sin Hijo
y que Él sin Madre se parte.
Llega y dile: «Virgen pura,
queréis que yo os acompañe?»,
que si te quedas con Ella
el cielo puede envidiarte[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 386-388.

«A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», romance de Agustín López de Reta

Agustín López de Reta (Artajona, Navarra, 1631-1705) fue miembro de la veintena y procurador en las Cortes de Olite de 1688[1]. Como escritor, tradujo Los cinco libros del consuelo de la filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio (que publicó Vicente Rodríguez de Arellano en 1805). Además acabó la Vida de Nuestra Señora de Antonio Hurtado de Mendoza, escrita en verso, y añadió al final tres composiciones propias, según indica el título completo del libro, que es como sigue: Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz, con privilegio, en Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, impresor del reino, año 1688. De las tres composiciones finales añadidas por López de Reta, transcribo aquí la dedicada «A Cristo en la Cruz, un pecador penitente», un largo romance con rima é-a.

Cristo en la Cruz-Zurbaran.jpg

Hoy, Señor, un delincuente
a tomar sagrado[2] llega
adonde ve ejecutarse
la justicia más sangrienta.
En esa ara mis insultos
alcanzar indulto[3] esperan,
ya que muere el inocente
porque el culpado no muera.
Si Jove, deidad fingida[4],
porque infante habitó en Creta
para permutar desdichas
concedió allí ciertas ferias,
Tú, Jesús, Dios verdadero,
más liberal[5] con la tierra
donde naciste, publicas
ferias hoy más opulentas
en que los males del hombre
a bienes de Dios se truecan,
pues de sus deudas te encargas
y tus méritos le entregas;
y así, cuanto de mis disculpas
mayor el número sea,
más derecho alegar puedo
al tesoro de tus penas.
Al sumar mis culpas, si hay
suma que las comprehenda,
cuanto por muchas me asustan,
por toleradas me alientan,
pues si excediendo al guarismo
las excedió tu paciencia,
ya no son más que testigos
de que es tu piedad inmensa.
Mi vida siempre en errores
obstinadamente terca
fue de tus misericordias
temeraria feliz prueba,
pues tentando las alturas
de tu bondad mi torpeza
antes le faltó la sonda
que topase fondo en ellas[6].
Infinidad tiene en sí
cualquier culpa por ser hecha
contra Dios, mas Dios hecho hombre,
otra infinidad le aumentas:
porque serte un hombre ingrato
viendo humanada tu esencia,
pecado es transcendental
que a cualquiera otro se agrega;
pero a tus padecimientos
aunque doblen mis ofensas,
¿cuánta infinidad les sobra
después de satisfacerlas?
Gracia fue tuya primero
que pagar por mí quisieras,
mas hecho esto es ya justicia
que se cancelen mis deudas.
Con tales descargos tuyos
no sólo pagadas quedan,
mas de tu cielo el tesoro
pienso alcanzar en las cuentas.
Tantas finezas divinas
que hasta hoy mi vida les cuesta
a tu amor a proseguirlas
en lo restante le empeñan;
pues si retiras la mano
de tantas munificencias
vendrá a ser más lastimoso
desperdicio la escaseza[7].
Prosíguelas, pues, Señor,
no porque yo las merezca,
mas porque te debo tantas
que te lo merecen ellas.
Ten ya clemencia, Dios mío,
destas tus mismas clemencias
y no me dejes perder,
si ya no quieres perderlas.
Si para lograrse falta
que yo te las agradezca,
sólo falta que me des
gracia para agradecerlas[8].
Sin ti nada el hombre puede
esta verdad tuya eterna,
luego Tú cumples en él
sus obligaciones mesmas.
Concédeme, pues, que yo
sepa pagar tus larguezas,
porque cuanto más te pague
otro tanto más te deba.
Crezcan así beneficios
y agradecimientos crezcan,
al infinito proceso
de tan fiel correspondencia.
Dame aquel amor ardiente
que quieres que yo te tenga;
concédeme lo que mandas
y mándame lo que quieras.
Ya tienes hecho lo más
en la mudanza primera
de mi voluntad rebelde,
hoy ya a la tuya sujeta.
Si aun cuando estuvo obstinada
hiciste tanto por ella,
¿qué no harás cuando ya pone
la neutralidad siquiera?
De la perdición pasada
a la presente tibieza
más distancia hubo que falta
desde tibia hasta resuelta.
Si es limpiar la área el principio
en toda fábrica[9] nueva,
ya de mis afectos rudos
desmontaste la maleza.
Para hacer el hombre nuevo
que hoy de mí formar intentas,
ya en mi corazón mudado
te doy una firme piedra.
Firme digo, porque fío
en la virtud de tu diestra
que has de darle de constancia
cuanto tuvo de dureza;
y que cuando sea inhábil
su depravada materia,
le has de criar limpio y darme
entrañas de intención recta.
Perficiona[10] este edificio
que empezó ya tu grandeza,
pues desdice el no acabarle
de económica prudencia;
y la tuya, ¡oh sabio Padre
de familias!, mal pudiera
de los gastos de sus obras
haberle errado en la cuenta.
Bien conociste el empeño
de las forzosas expensas
de que hecho el cómputo aún sobra
caudal en tu omnipotencia.
Si ella el poder asegura,
del querer hace evidencia
el ver que tu querer solo
te ha puesto de esa manera.
Si para matar mi muerte
tu vida, mi Dios, desprecias,
¿cómo puedes despreciar
el triunfo de tu pelea?
No cabe en ti, que sería
manifiesta inconsecuencia,
en descrédito de tantas
maravillas estupendas.
Que fueses hombre, ¿a cuál hombre
pudo caberle en la idea?
Y cuando lo imaginara[11],
¿qué osadía lo pidiera?
Mas, después que Tú, movido
sólo de bondad interna,
esa inopinable extraña
metamorfosis ordenas,
¿qué esperanza hay tan cobarde,
qué imaginación tan lerda,
que abiertas en tus heridas
no halle a su salud las puertas?
Para ti sólo pequé,
que sólo Tú hacer supieras
de tan funesto veneno
atriaca[12] tan perfecta.
Pequé, ¿qué más puedo hacerte,
¡oh soberana defensa
del hombre!, para que ostentes
tu poder en mi flaqueza?
Pues del muro de mi pecho
eres la fiel centinela[13],
más vigilancias te piden
los estragos de sus brechas.
Fortalécelas, Señor,
si hallar quieres fortaleza
en mí, que aun en mí ser puede
fuerte lo que Tú pertrechas.
Mas si me dejas, Dios mío,
¿a cúyo amparo[14] me dejas?,
pues de tus desvíos siento
tan costosas experiencias.
¿Qué padre que lleva asido
al hijo que a andar empieza
le suelta la mano, viendo
que ha de caer, si lo suelta?
¿Y cuál niño que, violento
entre próvidas pigüelas[15]
y acariciado de riesgos,
por desasirse forceja,
si se aparta y se lastima
su ignorancia no lamenta
a quejas más explicadas
en más balbuciente lengua?
Así de torpes caídas
y de travesuras necias
a ti, oh mi Padre amoroso,
pronuncio a llantos mis quejas.
Y aunque yo, desayudado
de mí, explicarlas no sepa,
no hace falta mi voz donde
mi necesidad vocea.
Riscos, que por bocas abren
mudas horrorosas cuevas
sólo a grito ajeno rompen
los silencios que bostezan[16];
y si es cóncavo desierto
de bienes, yerto de peñas,
mi pecho, ¿qué voz dar puede
que eco de otra voz no sea?
Las inspiraciones tuyas
con grito eficaz desciendan[17]
a mi corazón alientos,
y palabras tuyas vuelvan.
Como veloz pluma escriba
lo que Tú dictes mi lengua
y en mi entendimiento quede
tu sabiduría impresa.
Tú, que los vasos vacíos
de licor süave llenas,
llena ya mis ansias mudas
de divinas afluencias.
Pero ¿qué estilo o cuál óleo
que me explique o me enriquezca
habrá como enmudecer
deshecho en lágrimas tiernas?[18]
Ya mis libertades lloro
y renunciarte quisiera
mi albedrío, cuyo arrojo
tantas veces me escarmienta.
Mas no, mi Dios, ya me alegro
de que siempre mía sea
mi voluntad, por tener
algo que siempre te ofrezca.
Ya yo te la entrego hoy toda
conque, si fuese esta entrega
inflexible, ya de hoy más
ociosos sus actos fueran.
Y yo te amo y quiero amarte
con firme voluntad nueva,
que como antigua se arraigue
y como verde florezca,
que es gloria de mis extrañas
cuando esto celo apacientan,
que a buitre siempre insaciable
siempre renazcan eternas[19].
El gran dolor que mis culpas
me causan sólo le templa
ver que tu misericordia
tanto en ellas resplandezca:
mostrarse así a los inicuos[20]
tus caminos con mis huellas,
dando a los impíos ejemplo
para que a ti se conviertan.
¡Oh, tú soberano Alcides[21]
que, con la virtud paterna,
a la hidra de mis costumbres
destroncaste las cabezas!,
de su fecundo veneno
que tantas de nuevo engendra,
esta caridad ardiente
cauterice ya las venas.
Tus incendios que al Calvario
trasladan todo el Oeta[22],
y unida a ti la vil ropa
de mortal infección queman,
humanas pasiones mías
apuren, y pues te dejan,
Dios, ya impasible, en mí alientos
de padecer por ti enciendan.
¡Oh, arranca ya de mi pecho
las más entrañadas prendas,
aunque al desasirse rompan
las fibras en que se enredan!
Disciérnase así la parte
sana de la parte enferma,
y de cizaña enemiga
el grano de tu cosecha[23].
Guardártele fiel prometo
y aseguro esta promesa,
porque sé que es el cumplirla
tan tuyo como el hacerla.
Ofrecerla de mi parte
sería loca soberbia;
hacerla de parte tuya
es confianza discreta.
Pues si te ofrecen mis voces
santa irrevocable enmienda,
memoriales son que piden
lo que ofreciéndote expresan.
Pero van tan confiadas
de alcanzar cuanto te ruegan,
que a prometerte se pasan
lo que a pedirte comienzan.
Y aun confiar en tu ayuda
sin tu ayuda no pudiera,
mas para huir de tus dones
poder sobra en mi flaqueza.
Que, en fin, es sólo obra tuya
que esta mi voluntad quiera
obrar bien y que a ser pase
obra la voluntad buena.
Pues todo lo haces, no es más
cuanto yo de mí te ofrezca,
que ofrecerme por hechura
en que tus obras se vean.
Tuya es cualquier victoria
en vida, que toda es guerra[24],
cuando en Cruz los brazos alzas
porque yo con ellos venza[25].
A cuyo mástil atada
la razón que me gobierna
de halagüeños apetitos
sabrá burlar las sirenas[26].
Tú, sacro Anfión[27], compones
cuando a las tirantes cuerdas
de ese instrumento te ajustas
murallas que me defiendan.
Si abrigó el pecho en afectos
áspides que le envenenan,
en ti, exaltada Serpiente[28],
salud prodigiosa encuentra.
Y en tu arco, elevado Orfeo[29],
con dulcísima violencia[30],
como a ti lo atraes todo,
todo el corazón me llevas[31].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] tomar sagrado: los delincuentes se acogían a sagrado, entrando en una iglesia o convento, porque allí no podía pasar la justicia a capturarlos.

[3] insultos … indulto: nótese el juego paronomástico.

[4] Jove, deidad fingida: Jove es Júpiter; a ese dios, que es «deidad fingida», se contrapone Jesús, que es «Dios verdadero».

[5] liberal: pródigo, espléndido, generoso.

[6] sonda … topase fondo: quiere decir que la bondad de Dios es insondable, no encuentra el fondo de la bondad de Dios, por mucho que descienda la sonda de los pecados.

[7] escaseza: usa esta forma, en vez de escasez, por la rima en é-a del romance.

[8] gracia para agradecerlas: juega con la idea de agradecer y con gracia, en el sentido de gracia divina.

[9] fábrica: construcción, edificación.

[10] Perficiona: perfecciona.

[11] Y cuando lo imaginara: y aun cuando lo imaginara, aunque lo imaginara.

[12] atriaca: antídoto, contraveneno.

[13] la fiel centinela: esta palabra se usaba normalmente en femenino.

[14] a cúyo amparo: al amparo de quién.

[15] entre próvidas pigüelas: compara al niño revoltoso con un ave de cetrería, que quiere liberarse de las pihuelas que lleva puestas en las patas (una especie de correa con que se sujetan esas aves).

[16] Parece eco gongorino, de la descripción de la cueva de Polifemo: «De este, pues, formidable de la tierra / bostezo, el melancólico vacío / a Polifemo, horror de aquella sierra, / bárbara choza es, / albergue umbrío, / y redil espacioso donde encierra / cuanto las cumbres ásperas cabrío, / de los montes, esconde: copia bella / que un silbo junta y un peñasco sella» (Luis de Góngora, Fábula de Polifemo y Galatea, ed. de Alexander A. Parker, Madrid, Cátedra, 1987, vv. 41-48).

[17] desciendan … alientos: entiéndase con sentido transitivo (alientos sería objeto directo de desciendan).

[18] Entiéndase aquí: no hay estilo ni pintura capaz de encarecer lo que quiero decir, y la mejor forma de hacerlo es guardar silencio y llorar.

[19] Evoca aquí el mito de Prometeo: después de robar el fuego de Efesto, fue castigado por Zeus; permanecía encadenado y un águila le devoraba el hígado, que se regeneraba constantemente. Es un mito de castigo, reinterpretado aquí en sentido positivo.

[20] inicuos: injustos.

[21] soberano Alcides: Alcides es Hércules, uno de cuyos doce trabajos consistió en matar a la hidra de Lerna, monstruo o serpiente de varias cabezas. Nótese esta nueva reutilización de un ejemplo de la mitología clásica en sentido cristiano.

[22] Oeta: monte de Grecia, mencionado por Cervantes en su Viaje del Parnaso.

[23] Alusión a la parábola de la cizaña (Mateo, 13, 24 y ss.).

[24] en vida, que toda es guerra: la vida como una milicia, y el cristiano como miles Christi (soldado de Cristo), es idea tópica de la literatura religiosa.

[25] los brazos alzas / porque yo con ellos venza: evoca una de las famosas victorias de los ejércitos de Israel, sobre los amalecitas, a los que vencían mientras Moisés tenía los brazos en alto.

[26] Se evoca aquí a Ulises, que consiguió oír el canto de las sirenas al ordenar a sus hombres que lo atasen al mástil de su navío, para no ser arrastrado por su encanto. De nuevo, reutilización de la mitología.

[27] sacro Anfión: recibió como regalo de Hermes una lira y vivió consagrado a la música. Es tópico comparar a Cristo en la Cruz con Anfión y su lira.

[28] exaltada Serpiente: pudiera parecer audaz esta imagen de Reta (ya que la serpiente se asocia tradicionalmente al demonio, mientras que aquí Dios es una «exaltada Serpiente»), pero se trata de una reminiscencia bíblica, de Números, 21, 1-9: cuando los israelitas atraviesan el desierto tras escapar de Egipto, muchos de ellos mueren mordidos por las serpientes; por indicación del Señor, Moisés fabrica una serpiente de bronce y la coloca en un asta. Todos los mordidos por las serpientes que miran a la serpiente de bronce, sanan. Esta serpiente exaltada en el asta es trasunto de Cristo salvador en la Cruz. El autor juega además con otro motivo repetido: el del campesino que abriga en su pecho a un áspid moribundo, para resultar finalmente picado por él.

[29] elevado Orfeo: es el músico, cantor y poeta por excelencia, que toca la lira y la cítara. Es prototipo de Cristo (igual que Orfeo domesticaba a los animales, Cristo hace lo propio con los hombres, con su cántico nuevo). Véase el auto sacramental de Calderón El divino Orfeo.

[30] dulcísima violencia: típico oxímoron barroco.

[31] Vida de Nuestra Señora, Pamplona, 1688, pp. 191-204.

«A la muerte de Cristo Nuestro Señor», de Lope de Vega

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?
(saeta popular)

Cristo en la Cruz, de Zurbarán

Copio para este Viernes Santo uno de los romances de las Rimas sacras de Lope dedicados a la muerte de Cristo en la Cruz. Como certeramente anota su editor moderno, Antonio Carreño,

La movilidad de este narrador usando varias formas exclamativas y vocativas (exhortación, apóstrofe, ruego, figuración visual y táctil), al igual que el doble uso de espacios (interior, exterior) conmociona, espiritual y emotivamente, al lector ante el cuadro presente. Es parte del proceso imaginativo que establece san Ignacio en sus Ejercicios espirituales: consideración visual de un hecho cruento de la pasión, situación espacial, interiorización del hecho y, finalmente, sentimiento de culpa y arrepentimiento. De este modo, la situación imaginada mueve a contrición y motiva, finalmente, la plegaria[1].

Y, como sucede en otros textos similares del Fénix —gran pecador y gran arrepentido—, se llama aquí la atención (vv. 5-8, 47-48) sobre la dureza del corazón del hombre, tan insensible a veces que no se compadece ante el sufrimiento de Cristo, quien muere cruentamente para redimir de sus pecados a toda la humanidad.

La tarde se escurecía
entre la una y las dos,
que viendo que el Sol se muere,
se vistió de luto el sol.
Tinieblas cubren los aires,
las piedras de dos en dos
se rompen unas con otras,
y el pecho del hombre no.
Los ángeles de paz lloran
con tan amargo dolor,
que los cielos y la tierra
conocen que muere Dios.
Cuando está Cristo en la cruz
diciendo al Padre: «Señor,
¿por qué me has desamparado?»,
¡ay Dios, qué tierna razón!,
¿qué sentiría su Madre,
cuando tal palabra oyó,
viendo que su Hijo dice
que Dios le desamparó?
No lloréis, Virgen Piadosa,
que aunque se va vuestro Amor,
antes que pasen tres días
volverá a verse con vos.
¿Pero cómo las entrañas,
que nueve meses vivió,
verán que corta la muerte
fruto de tal bendición?
«¡Ay Hijo!», la Virgen dice,
«¿qué madre vio como yo
tantas espadas sangrientas
traspasar su corazón?
»¿Dónde está vuestra hermosura?
¿Quién los ojos eclipsó,
donde se miraba el cielo
como de su mismo Autor?
»Partamos, dulce Jesús,
el cáliz desta pasión,
que vos le bebéis de sangre,
y yo de pena y dolor.
»¿De qué me sirvió guardaros
de aquel Rey que os persiguió,
si al fin os quitan la vida
vuestros enemigos hoy?»
Esto diciendo la Virgen
Cristo el espíritu dio;
alma, si no eres de piedra
llora, pues la culpa soy[2].


[1] En Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, p. 648, nota.

[2] Tomo el texto de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 322, pp. 648-649. En el verso 21, añado la coma antes del vocativo.