Poesía de Navidad: «Bethlem», de Manuel Machado

De Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) ya ha parecido en este blog un conocido poema navideño suyo, «El Niño divino (villancico de Navidad)». Hoy copiaré su soneto «Bethlem», construido como un apóstrofe al «Señor» (v. 1), del que se pondera su eterna bondad, su amor sin condiciones al sujeto lírico a pesar de la maldad (v. 12) y las ofensas por este cometidas (vv. 1, 12 y 14). En los dos cuartetos encontramos la contraposición de la condición divina y la humana a través de algunas antítesis (pureza / mísera torpeza, vv. 3-4; grandeza / nulidad y pobreza de este gusano vil, vv. 7-8). Por lo demás, cabe destacar en el texto que la mención del apelativo «celestial cordero» (v. 10) trae aparejada una alusión a la misión redentora de Cristo («para el sacrificio señalado», v. 12), esto es, a su futura muerte en la Cruz como sacrificio expiatorio de los pecados de la humanidad.

Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)
Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)

El poema dice así:

Nunca, Señor, pensé que te ofendía
porque jamás creí que a tu pureza
alcanzase la mísera torpeza
de quien, aun de quererlo, ¡no podría!

Triste de mí, tampoco concebía
que pudiera caber en tu grandeza
amar la nulidad y la pobreza
de este gusano vil, que dura un día.

Pero al llegar la Navidad y verte
niño y desnudo, celestial cordero,
y para el sacrificio señalado…

Sé cuánto mi maldad pudo ofenderte
y sé también —y en ello sólo espero—
que más que te he ofendido me has amado[1].


[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, edición de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 536. El poema pertenece a la sección «Horario» de la recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), Madrid, Editora Nacional, 1943.

La «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla

Vaya para este día, festividad de los Santos Inocentes, una composición de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Se trata de la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes», que no requiere mayor comentario (anoto, sí, algunos pequeños detalles al pie).

Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)
Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)

Tened, Virgen, este día
vuestro cordero
[1] guardado;
mirad que os lo han sentenciado
parta la carnicería
[2].

Guardadle del carnicero,
Virgen, en esta ocasión,
porque un tirano león
tiene hambre de un cordero.
Discreción será, María,
tener el cordero alzado[3];
mirad que os lo han sentenciado
para la carnicería.

Han degollado un millón,
mas no quiere comer de ellos,
que puesto que[4] son tan bellos,
corderos manchados son.
El nuestro es blanco, María,
pues no es de culpa manchado[5],
y os lo tiene sentenciado
para la carnicería.

Si lo pudiese alcanzar,
a comerlo crudo aspira,
que en el homo de su ira
solo lo pretende asar.
Gran hambre tiene, y porfía
por vuestro cordero amado,
tanto que os lo ha sentenciado
para la carnicería
[6].


[1] vuestro cordero: Cordero es uno de los nombres tradicionalmente aplicados a Cristo.

[2] la carnicería: la matanza de los niños menores de dos años decretada en Belén por el rey Herodes I el Grande, que se cuenta en Mateo, 2, 16-18: «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: “Voz fue oída en Ramá, / Grande lamentación, lloro y gemido; / Raquel que llora a sus hijos, / Y no quiso ser consolada, porque perecieron”».

[3] tener el cordero alzado: aquí alzado vale ʻescondido, a resguardoʼ; pero creo que se anticipa, de alguna manera, la imagen futura del Cordero alzado en el leño del Calvario.

[4] puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, habitual en la lengua clásica.

[5] no es de culpa manchado: Cristo, el Hijo de Dios, que es perfecto y santo, nace libre del pecado original, igual que su Madre, la Virgen María, había sido concebida también sin esa mancha, inmaculada.

[6] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 246 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo repetido al final de cada estrofa. La chanzoneta puede escucharse recitada por Mons. Alberto José González Chaves, Delegado para la Vida consagrada en Córdoba, en este enlace.

Poesía de Navidad: «Encarnación», de Pedro Miguel Lamet, SJ

Hace unos días, en el tiempo de Adviento, reproducía aquí un par de sonetos de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), «Isaías» y «María», pertenecientes a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad. Copio hoy otro soneto del mismo libro, dedicado este a la «Encarnación», que se construye como un apóstrofe al «niño mío» (v. 1; la voz lírica habla luego de «tu silencio», v. 5; «tus abrazos», v. 7; «tu eterna algarabía», v. 14).

Giovanni Battista Tiepolo, Natividad (1732). Basílica de San Marcos, Venecia (Italia)
Giovanni Battista Tiepolo, Natividad (1732). Basílica de San Marcos, Venecia (Italia)

El poema, que no requiere mayor comentario, canta la alegría «de admirar cómo Dios se hizo palpable» (v. 12), esto es, evoca poéticamente el gozoso misterio de la Palabra divina encarnada en forma humana.

La Palabra se hizo carne.
(Juan, 1, 14)

Nace en mí tu palabra, niño mío,
como arrullo de sol en estos pazos,
y se rompe la noche en mil pedazos
al fundirse de amor el viento frío.

Brilla en mí tu silencio en el vacío
que colma de calor estos ribazos
y el mundo se deshace en tus abrazos
al saber qué mar buscan nuestros ríos.

Ya no existe en la tierra desconsuelo
ni en la vida pavor insuperable
que pueda destruir esta alegría

de admirar cómo Dios se hizo palpable
y mi carne es su carne hecha un anhelo
de danzar en tu eterna algarabía[1].


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 95. El poema había sido publicado previamente en la web La página de Pedro Miguel Lamet, el 24 de diciembre de 2014, en una entrada bajo el título «La mayor explosión de la historia», con una variante, «en mis regazos», en el v. 2. Se reprodujo también, con la misma variante, en ReligiónDigital.org, el 22 de febrero de 2015, con el epígrafe «La mayor explosión de la Historia», donde se lee este comentario explicativo del autor: «La Encarnación es la mayor explosión de luz de la Historia y la Navidad su manifestación. Desde entonces nuestra carne es divina y nuestro abrazo multiplica esa explosión de amor que se actualiza».

«Los celos de San José», de Lope de Vega

Sin ser del todo desconocida, la presencia de San José en la poesía de Navidad no es tan frecuente, pues el Esposo de María figura como “secundario” (secundario de importancia, sin duda) en esta historia en la que el protagonismo “estelar” se lo llevan el Niño Dios y la Virgen. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el santo varón no aparezca en algunos poemas de temática navideña; sirvan como muestra algunos de los que ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores, como los sonetos «José» de Eduardo González Lanuza y «San José» de Jacinto Fombona Pachano, las composiciones «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero» y «Por atajos y veredas» de Federico Muelas, o el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano, cuyo título alude a ese motivo tradicional de las dudas sobre la paternidad de San José.

Pues bien, para este domingo, festividad de la Sagrada Familia, copiaré una de las composiciones del Fénix incluidas en Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612; Lérida, a costa de Miguel Manescal, 1612), que está dedicada también a «Los celos de San José».

Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)
Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)

El texto (tirada de romance, 44 versos, con rima á a en su parte inicial, y luego una serie de seguidillas, algunas con verso inicial hexasílabo), bajo su aparente sencillez, encierra toda una serie de alusiones bíblicas que han sido interpretadas por la tradición patrística como prefiguración de la virginal concepción de Jesús en el seno de María (las explico en las notas al pie). Y dice así:

Afligido está José
de ver su esposa preñada,
porque de tan gran misterio
no puede entender la causa.

Sabe que la Virgen bella
es pura, divina y santa,
pero no sabe que es Dios
el fruto de sus entrañas.

Él llora, y la Virgen llora,
pero no le dice nada,
aunque sus ojos divinos
lo que duda le declaran.

Que como tiene en el pecho
al Sol la Niña sagrada,
como por cristales puros
los rayos divinos pasan[1].

Mira José su hermosura
y vergüenza sacrosanta,
y, admirado y pensativo,
se determina a dejarla[2].

Mas, advirtiéndole en sueños
el ángel que es obra sacra
del Espíritu divino,
despierta y vuelve a buscarla[3].

Con lágrimas de alegría,
el divino Patrïarca
abraza la Virgen bella,
y ella llorando le abraza.

Cúbrenlos dos serafines,
como aquellos dos del Arca[4],
la del Nuevo Testamento,
la vara, el maná y las tablas[5].

Adora José al Niño,
porque a Dios en carne humana,
antes que salga a la tierra,
ve con los ojos del alma:

el Sol que viste a la Virgen[6]
y el fuego en la verde zarza[7],
la puerta de Ezequïel[8],
la piel bañada del alba[9].

Los ángeles que asistían
del Rey divino a la guarda,
viendo tan tierno a José,
desta manera le cantan:

«Bien podéis persuadiros,
divino Esposo,
que este santo preñado
de Dios es todo.

Mirad la hermosura
del santo rostro,
que respeta el cielo
lleno de gozo.
Hijo de David[10],
no estéis temeroso,
que este santo preñado
de Dios es todo.

Desta bella palma[11]
el fruto amoroso
ha de ser del mundo
remedio solo[12].
Desta Niña os dicen
las de sus ojos[13]
que este santo preñado
de Dios es todo»
[14].


[1]  Para aludir al milagroso parto virginal de María los Padres de la Iglesia usaron este símil de la luz del sol que atraviesa el cristal sin romperlo. Siglos después, el Catecismo del papa San Pío X habla de que la concepción de Cristo se produjo «como un rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo».

[2] dejarla: así transcriben Pemán y Herrero la lectura del original, «dejalla».

[3] Comp. Mateo, 1, 18-21: «El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero, antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero, cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”».

[4] dos serafines / como aquellos dos del Arca: sobre el Arca de la Alianza figuraban, en realidad, dos querubines. Comp. Éxodo, 18, 21: «Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos extremos del propiciatorio. Harás, pues, un querubín en un extremo, y un querubín en el otro extremo; de una pieza con el propiciatorio harás los querubines en sus dos extremos. Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas el propiciatorio; sus rostros el uno enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines. Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré». Pemán y Herrero editan «Cubren los»; adopto la lectura de Suárez Figaredo, «Cúbrenlos». Interpreto: ʻA José y María los cubren dos serafines, como aquellos otros dos serafines del Arca —la del Nuevo Testamento— cubrían la vara, el maná y las tablasʼ.

[5] la vara, el maná y las tablas: de acuerdo con Hebreos, 9, 3-4, el Arca de la Alianza guardaba la vara reverdecida de Aarón, una vasija de oro con el maná enviado por Dios a los israelitas para que les sirviera de alimento en el desierto y las tablas de los Diez Mandamientos («Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto»). En 1 Reyes, 8, 9 se indica que dentro del Arca solo estaban las dos tablas de piedra de Moisés.

[6] El sol que viste a la Virgen: primera de las cuatro referencias bíblicas que se acumulan en estos versos, y que aluden a la Virgen. Aquí se refiere a la mujer vestida del sol de Apocalipsis, 12, 1-2 («Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento»), identificada con la Virgen por los exégetas de la Biblia.

[7] el fuego en la verde zarza: la zarza ardiente de Moisés (Éxodo, 3, 2: «Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía»). La Patrística la considera prefiguración de la encarnación del Verbo de Dios en el seno virginal de Santa María, al menos desde San Gregorio de Nisa (siglo IV), quien escribió que «lo que era figurado en la llama y en la zarza, fue abiertamente manifestado en el misterio de la Virgen. Como sobre el monte la zarza ardía sin consumirse, así la Virgen dio a luz, pero no se corrompió». El arte cristiano representa en ocasiones a la Virgen y el Niño dentro de la zarza ardiente.

[8] la puerta de Ezequïel: San Agustín identifica con la Virgen María la Puerta Oriental de Jerusalén que se menciona en Ezequiel, 10, 19 («[…[ y se pararon [los querubines] a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima sobre ellos») y 44, 1-3 («Me hizo volver hacia la puerta exterior del santuario, la cual mira hacia el oriente; y estaba cerrada. Y me dijo Jehová: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá»). Ver ahora Guillermo Serés, «La Virgen, Puerta Oriental (Ezequiel, 44, 2), o la vuelta del alma a su origen», e-Spania, 39, juin 2021, s. p.

[9] la piel bañada del alba: se refiere a la piel de Gedeón bañada por el rocío del amanecer (alba), que también se interpreta en clave mariana. El pasaje relativo a Gedeón está recogido en Jueces, 6, 36-40. Gedeón pidió una señal de su alianza a Dios, quien hizo llover rocío sobre el vellón de la piel, dejando seco el campo de alrededor, y luego al revés. Calderón tiene un auto sacramental titulado La piel de Gedeón. Ver la nota de Ignacio Arellano y Ángel L. Cilveti a El divino Jasón, Pamplona / Kassel, Universidad de Navarra / Edition Reichenberger, 1992, vv. 211-212.

[10] Hijo de David: este apelativo se aplica tradicionalmente a Jesús, pero aquí se refiere a su padre. El Nuevo Testamento recoge la genealogía de Jesús (y de José) remontándose hasta el rey David.

[11] palma: la palma, símbolo de victoria, es uno de los atributos tradicionales de la Virgen María.

[12] ha de ser del mundo / remedio solo: Jesús, el Dios humanado, será el redentor del mundo, su muerte sacrificial supondrá el perdón universal para el género humano.

[13] las de sus ojos: entiéndase ʻlas niñas de sus ojosʼ.

[14] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 458-459, con ligeras modificaciones en la puntuación (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 21-23).

«De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», de Luis Rosales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los autores españoles que nos han dejado bellos poemas dedicados al tema de la Natividad del Señor. En este sentido cabe recordar especialmente su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). En el «Prólogo» a la edición de 1664 escribía el poeta:

De niño, allá en Granada y en la infancia, las lucecitas azules y rojas y amarillas del Belén, la plata de las aguas; los pastores y la nieve en la sierra; los ganados, la ermita y el blanco espejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada; la risa de mi madre con un poco de musgo sobre el labio, y ¡en fin!, el movimiento de las figuras que íbamos acercando todos los días un poco hacia el Portal. Y yo, alelado, sin movimiento corporal alguno, me pasaba las horas muertas ante la hiedra que festoneaba el nacimiento, me pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Mientras esta impresión no se me borre seguiré siendo niño. Sí, panderos, sonajas y el bullir de la sangre en Nochebuena, cuando se reunía toda la familia ante el Belén y cantábamos y cantábamos villancicos hasta que el sueño nos rendía. Y luego, algo más tarde, en el año mil novecientos cuarenta, escribí de un tirón este libro. Lo escribí recordándolo, viéndolo, moviendo con la mano sus figuras, y por esto le he llamado Retablo. Desde entonces, todos los años he cumplido esta cita conmigo mismo y con los míos y he escrito villancicos como si los cantara; he escrito villancicos quizás con el deseo de que todo lo que era mío no se acabara de una vez. Ahora los junto todos para juntarme, y doy gracias a los amigos que me ayudaron a escribirlos[1].

Algunos de los poemas del Retablo sacro de Luis Rosales ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores: así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes»«Callar…», «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «Villancico de la falta de fe» y «Villancico de las estrellas altas».

El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)
El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)

Hoy reproduciré su hermoso soneto «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», perteneciente al mismo poemario:

El sueño como un pájaro crecía
de luz a luz borrando la mirada;
tranquila y por los ángeles llevada
la nieve, entre las alas, descendía.

El cielo deshojaba su alegría;
mira la luz al niño ensimismada;
con la tímida sangre desatada
del corazón, la Virgen sonreía.

Cuando ven los pastores su ventura,
ya era un dosel el vuelo innumerable
sobre el testuz del toro soñoliento;

y perdieron sus ojos la hermosura,
sintiendo, entre lo cierto y lo inefable,
la luz del corazón sin movimiento[2].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 213. La edición de 1940 incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el Retablo sacro un total de 39 poemas.

[2] Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, p. 229, donde es el poema número 18 del Retablo sacro. En la edición de 1940 es el número 9 y el título figura «De cómo estaba la luz, ensimismada en su Creador, cuando los hombres le adoraron». Además, en el v. 4 se lee sin comas «la nieve entre las alas descendía»; en el v. 5 hay coma en vez de punto y coma, y en el v. 9 falta la coma final. En la edición de 1964 es el poema número 15, y el título y la puntuación son los que se reproducen en Obras completas.

«Villancico de la estrella necesaria», de Ángel de Miguel

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».

Esta noche es Nochebuena, nace hoy el Niño Dios Salvador del mundo y, como en años anteriores, en este blog recordaremos su nacimiento con poesía a lo largo de estas fiestas. Para este día traigo un poema de Ángel de Miguel titulado «Villancico de la estrella necesaria». Pero, antes de copiar su texto, quiero contaros la pequeña historia de su génesis.

Ayer, conversando con Constantino López Sánchez-Tinajero, uno de los buenos amigos de la Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan, hablábamos de si aparecía la Navidad en el Quijote, y también de si habría algún poema que llevase a don Quijote y Sancho Panza hasta el Portal de Belén. La respuesta a lo primero es sí, y en este escrito de Constan que se publica hoy en Cuadernos Manchegos (incluido también en el blog de la Sociedad Cervantina de Alcázar) puede rastrearse esa presencia de «La Navidad en el Quijote».

Respecto a lo segundo, algo hay también: nuestra llorada amiga Carmen Agulló Vives, que fue una asociada muy querida de la Asociación de Cervantistas, tiene un «Villancico de don Quijote y Sancho», que usó primero para felicitar las Navidades de 2004 y luego publicó en varios lugares (lo transcribiré aquí en los próximos días). Ayer por la tarde, cuando llamó para felicitarme otro excelente amigo, Ángel de Miguel (poeta castellano-navarro: burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), hablamos también de estos temas y le “desafié” a ver si le salía algo al respecto. Ni corto ni perezoso, Ángel se puso a la labor y cumplió con el “encargo”, de forma que esta mañana me ha llegado su texto, con este mensaje: «Ahí te va, muy querido Carlos, el villancico del reto. Con temblor e inseguridad, lo escribí ayer por la noche. He dejado que reposara unas doce horas. Hoy te lo envío, no sin miedo de haberme ido por los cerros de la Mancha». Pues bien, el poema, escrito en la mejor tradición romanceril, evoca a la inmortal pareja cervantina en el momento de colocar las figuras del Belén, entre las que está la de un «ángel manco» (¡bello guiño!). Añadiré tan solo que de Ángel de Miguel ya han quedado recogidos otros villancicos en este blog, a saber, el «Villancico de la Fuente de Irache» y el «Villancico triste para un Niño sin posada».

El «Villancico de la estrella necesaria», que rezuma sencillez y ternura, dice así:

Noche de pandemia y frío.
En un lugar de la Mancha
es veintitrés de diciembre
bajo una niebla de espadas.
Un hidalgo y un labriego,
par de sombras asustadas,
desgranan nostalgias niñas
y sus mazorcas de infancia.
Van colocando figuras
de un belén de eterna magia,
con José que sueña lirios
y una Madre enamorada
del Hijo que le ha nacido,
aurora recién llorada.
El calmo buey y la mula
son dos velas desveladas.
Un ángel manco despliega
un Quijote de esperanza:
es la música encendida
de la estrella necesaria
que pone luz al pesebre
donde titilan las almas
del hidalgo don Alonso
y un labriego de la Mancha.

(Estella, Navidad de 2021)

Poesía de Adviento: «¡Qué frío, qué frío!», del Padre Gustavo González Villanueva

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador…

Vaya para este tercer domingo de Adviento un poema del sacerdote guatemalteco (nacido en Antigua Guatemala) Gustavo González Villanueva. Fallecido en 2005, el Padre González Villanueva, abogado y Doctor en Teología, fue maestro de Educación Primaria por el Instituto Normal «Antonio Larrazábal» de Antigua Guatemala. Casi todos sus libros de poesía se publicaron en Costa Rica y Guatemala: Canción del huésped aguardado (1991), Glosa del amor bien pagado (1991), Una rosa encendida (1991), Loa en la Antigua Guatemala, cavalcavía del tiempo (1992), Almendras de oro (1992), Luna de cristal (1992) o Nanas del Adviento (1992), títulos a los que hay que añadir otros trabajos de investigación literaria o histórica como Cancionero y romancero antigüeño, Bitácora de la Antigua Guatemala, Ocurrencias romanas, Selectas biografías vulgares, Los primeros cristianos de la Audiencia de los Confines, El testamento del adelantado don Pedro de Alvarado o La utopía de Francisco Marroquín, entre otros[1].

La temática navideña es frecuente en la poesía del Padre González Villanueva. Al respecto escribe Víctor Valembois que el autor

maneja una sorprendente técnica de asombro, ya no tanto en él mismo, sino en su receptor, nosotros todos. Esta resulta particularmente vivaz en el reincidente tópico de Navidad, no solo la de Cristo nacido en Oriente, sino con abierto anacronismo, la de aquí y ahora. Como analizado en otro trabajo, existe entonces una constante voluntad iconoclasta de “contemporaneización” de la temática bíblica. En Nanas del Adviento existe una continua interferencia entre el acá y el allá tanto en sentido espacial como trascendental: «“¡Ya viene, ya viene!” / “Gloria en las alturas!” / (Y estamos tan bajos/ en estas tristuras.)». La tensión se sitúa entonces siempre entre el Belén evocado y el Guatemala de aplicación (o cualquier país del mapa actual), como entre lo terrenal y lo celestial. La mayoría de las creaciones de este poemario vienen con un epígrafe que consiste simplemente en un topónimo de la geografía guatemalteca: «Las Salinas», […], o «San Juan del Obispo», o «Petén Itzá», etc.[2]

A este poemario Nanas del Adviento pertenece la composición «¡Qué frío, qué frío!», en la cual —como suele ser habitual en la poesía navideña, desde tiempos remotos— se evocan, aquí incluso antes del nacimiento de Cristo, los futuros sufrimientos del Salvador del Mundo en la Pasión, anticipados en los vocativos Espina (v. 3) y Clavo, serrucho y martillo (v. 8 y luego, en el v. 18, sin la conjunción copulativa) y en la formulación de los vv. 12-13: «Mi niño, que no has nacido, ¿y ya sueñas con la cruz?».

La Virgen María encinta

El texto del poema, que no requiere mayor comentario, dice así:

El Merendón

—No ha nacido,
¿y ya vienes a buscarle?
Espina, pincha mi mano,
no temas brote la sangre;
pero déjale que duerma,
mi niño, que no ha nacido
y ya vienes a buscarle.

—Clavo, serrucho y martillo
golpean en mis entrañas:
el niño está dando saltos,
mueve manitas y pies.
Mi niño, que no has nacido,
¿y ya sueñas con la cruz?

—Tarde de plata bruñida,
¡qué frío, qué frío!,
se me está helando la sangre
y a mi niño le hace daño.

Clavo, serrucho, martillo,
¡qué frío, qué frío![3]


[1] Para más detalles sobre el autor y su obra poética remito a Víctor Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», ponencia leída en el XI Congreso de CILCA, Universidad Nacional (Heredia, Costa Rica), en marzo de 2003, disponible en Vereniging van Leuvense Romanisten, pp. 51-59; Conny Palacios, La poética del viaje iniciático: la poesía interiorista de Gustavo González Villanueva, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2013; y VV. AA., Homenaje a Gustavo González Villanueva: el poeta de la Antigua Guatemala, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2015.

[2] Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», p. 57.

[3] Tomo el texto de Gustavo González Villanueva, Nanas del Adviento, música de Beatriz Fernández de Hütt, escritura musical de Elizabeth Lobo, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 1992, pp. 36-37 (modifico ligeramente la puntuación).