Nostalgia de la calle de mi infancia

(A mi madre, que hoy cumple años…)

El otro día volví a la calle de mi infancia y sentí nostalgia. Tal vez fuese la constatación del paso del tiempo: los años han pasado rápidos, y yo ya no era el niño aquel que, allá por los 70, jugaba en esa calle, sino un padre de cuarenta y cuatro años que iba a buscar a su hijo de nueve a un campamento de baloncesto. El caso es que, el pasar por la parte alta de la calle Goroabe, donde se cruza con la calle Sangüesa, en el barrio de La Milagrosa de Pamplona, me asaltó una repentina, inesperada e intensa nostalgia… Y ahora tengo un grave problema, porque me gustaría mucho escribir una entrada evocativa, nostálgica, a propósito de ello, pero no puedo, porque este un blog académico, y no uno personal.

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Si yo fuera poeta, la cosa se resolvía enseguida, porque bastaba con  improvisar un soneto a la susodicha calle y todo quedaba resuelto en un pis pas. Y mira que no habíamos empezado mal, porque en el título me ha salido casi sin pensarlo un endecasílabo, y no exento del todo de ritmo y gracia. Pero, ay, la de la poesía es, como le pasaba a Cervantes, «la gracia que no quiso darme el cielo» (bueno, en mi caso no «la gracia», sino una de las muchas gracias…), así que ese camino está cerrado, y no seguirán los trece versos restantes («catorce versos dicen que es soneto», como bien sabían el gran Lope y una tal Violante).

No podré, por tanto, recordar aquí aquellos lejanos juegos de la infancia, cuando apenas había coches en las aceras de la calle Goroabe y adyacentes, y se podía jugar a canicas, al gua, o hacer por los bordillos la Vuelta ciclista a España con chapas convenientemente tuneadas con las fotos de los ciclistas de la época (cáscara de naranja, o miga de pan, para rellenar la chapa, la foto del corredor y por encima una lámina de plástico para cubrirlo todo). Tampoco podré evocar los inacabables partidos de fútbol en el hierbín cercano, de los que volvía a casa con los bajos de los pantalones embarrados y desgarros varios en la ropa (¡viejos pantalones con rodilleras, inolvidables jerséis con coderas!, ¿dónde estaréis ahora?), ni las inofensivas batallas con espigas, ni los rudimentarios tirabiques fabricados con una horquilla de madera, goma de neumáticos y un trozo de cuero; ni las horas jugando al bote-bote en el terreno conocido como el gallinero (porque hubo allí antiguamente una granja avícola), o al encierro, para lo cual nos servía de improvisado corralillo de toros la cabina de teléfonos del chaflán con Blas de la Serna. Ni podré traer aquí el recuerdo del parque infantil junto a la plaza de Santa Cecilia (los columpios, la barca, los dos toboganes, la pista de patinaje, que no servía para patinar, sino para jugar al fútbol…), escenario también de las épicas luchas de «Los dos contra el mundo»; ni recordar con nostalgia aquel lejano tiempo de la infancia en que nacieron las primeras grandes amistades (Fernando y Martín, sobre todo) y quizá, quien sabe, los primeros grandes enamoramientos (callo prudentemente los nombres).

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Tampoco podré hablar de mis temores infantiles al pensar que mi madre no pudiera estar esperándome a la salida del cole (Colegio Nacional José Vilá Marqués, en la calle Tajonar); ni de profesores inolvidables como don José María Romera Perugorría (que en 5.º de EGB sacó a más de uno del paraíso de la inocencia al hacernos escribir una carta que comenzaba: «Ya sé que sois vosotros, papás, los que hacéis de Reyes Magos…»); ni de mis primeros trabajillos remunerados (con algunas chucherías) ordenando las botellas de vidrio vacías en Dulces Vicky, la tienda a la vuelta de casa donde tantas horas pasaba (sus amables y educados dueños, Vicky y Antonio, habían estado nada menos que en Australia, y eso, para la calle Goroabe, años 70, resultaba de un exotismo inusitado…); ni de aquella vez que saqué los dineros ahorrados en la hucha y los despilfarré comprando plutones ­y jugando a las máquinas de mandos (pin-ball) del bar La Bombilla…

Por desgracia, de nada de todo eso podré hablar aquí, ni tampoco, claro, de los afectos familiares, porque este es un blog académico, y no uno personal, y mi entrada «Nostalgia de la calle de mi infancia» habrá de quedar sin escribirse, en espera de encontrar un cauce de expresión más adecuado que este blog insular y barañario…

10 pensamientos en “Nostalgia de la calle de mi infancia

  1. Querido Carlos, ante todo, mi enhorabuena a tu mamá por su cumpleaños. Que lo cumpra feliz.

    Tu texto doctoral, en el cual muchos de los lectores ciertamente se remirarán, está lleno de endecasílabos sueltos por aquí y por allá, que bien hubieras podido reunir catorce para el consabido soneto, y quizás todavía más para un buen estrambote.

    Un fuerte abrazo,

    Rubem

  2. No creo que toda la poesía se reduzca a un soneto, Es mas ya sabes que los sonetos a veces se acartonan y crujen. Madama poesía muy habitualmente se escapa y de desparrama por los textos que evocan . Es entones ruptura de la norma que ya no prosa sino nostalgia, emoción y vuelo. Felicidades a tu madre.

  3. Buen cauce literario para quienes no tenemos la gracia de la poesía es el diario íntimo que, con el tiempo, suele trascender la esfera privada y cobrar la dimensión de documento histórico (el Quadern gris de Josep Pla y los diarios de Mann lo son verdaderamente). Y suele tener leyes propias como género más allá de una sucesiva escritura prosística. En él apenas existe la autocensura –si no es por algunas tachaduras-, porque el diario es nuestra segunda piel, los registros lingüísticos varían según entendamos nosotros que el tema lo merece… La autenticidad, la espontaneidad, la decepción, la angustia, lágrimas que van por dentro, pero también los pensamientos más bellos, la capacidad para capturar instantes y depurar reflexiones hasta la frase perfecta, permite al diario encauzar esos recuerdos de infancia nostálgica que a ti tanto te evocan y que a los demás –si es que alguna vez es leído- nos permiten conocer, por ejemplo, los juegos de chicos en las calles de Pamplona de los años 70. Y, lo mejor… el placer–todavía- de usar la estilográfica frente al ordenador para hacer un icono de ese momento íntimo. Con el tiempo será una buena obra.

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