Toda la «Silva de Teodoro» es, por tanto, una contraposición de la Ciudad de Dios y la confusa Babilonia del mundo, un elogio de la «vida retirada» en la paz de la cartuja. Aula Dei, el Alcázar o Cátedra de Bruno, no es solo un locus amoenus, una religiosa Arcadia (pp. 2-3), sino, más importante aún, un verdadero anticipo del Paraíso: «del Cielo franca puerta» (p. 10), «la tierra convertida en Cielo» (p. 11). Teodoro contrapone su rústica —pero honesta— comida, disfrutada sin preocupaciones, y la más suculenta —pero no siempre más placentera— de los grandes señores:
[…] hallo ya la comida preparada
no de grandes manjares
ni al antojo servidos
(como el vulgo fabula neciamente)
pero sin mezcla siempre de pesares,
limpia, bien sazonada,
y moderadamente
al humano sustento suficiente,
y de viles sospechas reservada,
que el pobre de recelos vive ajeno
y en su jarro jamás temió el veneno.
Sin ruido ni embarazo,
a comerla me asiento
con menos fausto, pero más contento,
que los grandes señores,
y como ellos no anhelo
a manjares estraños y exquisitos
con que se vician más los apetitos (pp. 48-49).

Esta es la desengañada visión del mundo de Teodoro, que conoce bien sus enredos y contradicciones:
Veo los devaneos,
los diversos empleos,
y los discursos vanos
de todos los humanos
y encontrados en todo los deseos:
de lo que el uno llora, el otro ríe;
de lo que éste se agravia, aquél se engríe,
porque donde uno pone la deshonra
funda el otro la honra;
lo que éste por inútil desperdicia,
aquél por su mayor útil codicia.
El uno olvida lo que el otro ama,
lo que el uno encarece,
el otro vitupera y aborrece
y lo que éste recoge, aquél derrama;
y así apenas, en tantos pareceres,
concuerdan los pesares y placeres.
Éste sigue la paz, aquél la guerra,
éste trasiega el mar, aquél la tierra,
éste desde su estudio mide el suelo
y inmoble aquél se espacia por el cielo.
Éste quiere el ruido de la caza
y aquél más el bullicio de la plaza;
éste procura el ocio,
aquél sigue la causa y el negocio,
y deste modo, nada
de cuanto agrada al uno, al otro agrada (pp. 70-71).
El cartujo sabe que, en el proceloso mar del mundo, unas cosas se toman por otras, y a veces importa más la apariencia que la realidad. Sigue, en efecto, una larga tirada con diversas inversiones de valores, recurso tópico en la literatura clásica retomado por fray Antonio de Guevara y habitual en el XVII[1]:
Esto se toma en las inclinaciones,
mas donde están los daños
y mayores engaños
es en las mal fundadas opiniones:
el parlero se da por elocuente,
el temerario pasa por valiente,
el rígido por justo,
el lascivo por hombre de buen gusto
y el que es un insolente
pasa en nuevo lenguaje por corriente.
La mentira es ingenio y agudeza,
la sátira y el chiste sacudido,
y su autor, es jovial y entretenido;
la humildad es bajeza,
pundonor la venganza,
la afectada lisonja es alabanza,
la cautela es prudencia
y el artificio del astuto, ciencia.
Llámase santidad la hipocresía,
el silencio, ignorancia,
el valor, arrogancia,
la prodigalidad, caballería,
la detracción, donaire,
el ser vicioso es gala
y el no seguir esta opinión, desaire,
estilo que ni el bárbaro lo iguala.
Con tan falsos juicios
dan color de virtudes a los vicios,
y creciendo el abuso,
el modo de pecar se vuelve en uso
y prosigue la culpa
con apariencia vana de disculpa (pp. 71-73).
A lo largo de la silva, Teodoro pide a Silvio que abandone sus estudios para ocupar una de aquellas celdas (pp. 40 y 58): dejará gozoso la vida mundana (pp. 40-41), porque esta otra vida de cartujo «es más para admirada que creída» y la muerte allí «más es para envidiada que temida» (p. 42). Silvio hace caso del consejo de su amigo, y al principio de su silva de respuesta afirma, con claros ecos gongorinos, que le ha salteado la luz de un castillo (o sea, la luz del poema de Dicastillo) cuando «erraba yo en la noche de mi engaño» (p. 67):
Pasos eran de errante peregrino,
en soledad confusa,
errados sin escusa
y sin causa perdidos
los que de un ciego engaño conducidos
daba sin esperanza de camino,
en noche tenebrosa… (p. 65)[2].
[1] Recuérdense, por ejemplo, los vv. 290-348 de Fuente Ovejuna.
[2] Para más detalles remito a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga. Revista de poesía, 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.








