El otro día reproduje el soneto «Por arte de encantamiento don Quijote visita el siglo veintiuno», de Beatriz Villacañas, y hoy traigo al blog este otro que forma con el anterior una especie de díptico, pues se acerca a la figura de Sancho Panza, contagiado del ideal caballeresco de su amo.
Manuel López Garabal, Quijote y Sancho (1960). Universidad de Santiago de Compostela, Facultad de Filología. Fuente: Museo Virtual USC.
Me habéis hecho un regalo de visiones os comunico, Don Alonso, amigo. Vuestra aventura se encontró conmigo y se hicieron verdad las ilusiones:
Las mías y las vuestras, emociones que dan brío al amor, y aquí, en el trigo, dan alas a mis pies, mientras yo sigo viendo en cualquier trigal constelaciones.
Yo brindo, Don Quijote, con razones de gratitud por vuestra frente ancha, fecunda de poesía y de canciones:
¡Que viva el corazón cuando se ensancha con el viento de cósmicas pasiones y desborda las lindes de La Mancha![1]
[1] Lo tomo de Beatriz Villacañas, Astrología interior. Antología de…, Madrid, Ediciones Deslinde, 2019, p. 142.
Vaya para hoy una nueva recreación poética de don Quijote, esta vez la del poeta navarro Jesús Górriz Lerga en su poemario Así, y todo (2001), composición de marcado tono entusiástico que destaca por la acumulación de formas verbales de futuro, una en cada pareado, que corresponden a las acciones que habrán de hacerse en seguimiento del ideal caballero de la Mancha.
Marcel Pajot, Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza.
Para encender la fe en un mundo nuevo pondremos rumbo a la región soñada.
Dejaremos la hacienda a la ventura, obstinados en busca del tesoro.
Limpiaremos emblemas y blasones ganados al sudor de cada hora.
Velaremos las armas en la venta armados caballeros de por vida.
Y saldremos a andar por los caminos resueltos a fraguar la paz del orbe.
Subiremos al monte del Gran Gozo arriesgando la piel a cada paso.
Miraremos el brillo de la nieve que aroma de silencio los paisajes.
Plantaremos un árbol, en espera de saberlo frondoso de aquí al tiempo.
Buscaremos el fresco de las yedras verdes, como esmeraldas en acecho.
Cruzaremos la jungla cuantas veces haga falta, si llora el cocodrilo.
Llegaremos, por fin, al horizonte, prestos a contestar cualquier llamada.
Sellaremos un pacto con aquellos que hagan de la alegría santo y seña.
Sostendremos la vida a toda costa, jugándonos la piel en el empeño.
Saldremos al camino, decididos a enderezar entuertos por doquiera.
Nombraremos princesa a la esperanza cansada ya de hacer de cenicienta.
Sostendremos el pulso de los nobles vagabundos que viven bajo el puente.
Bordaremos de azul el terciopelo acariciado y rojo de la sangre.
Pintaremos de claro el horizonte para cobrar la luz sin una mancha.
Y sellaremos para siempre el mundo con la razón de amar que es nuestro signo[1].
[1] Se incluye en el poemario Así, y todo, Pamplona, Medialuna Ediciones, 2001, pp. 83-85. Recogido también en Carlos Mata Induráin (ed.), Navarra canta a Cervantes. Homenaje poético en el IV Centenario de la publicación de la Primera parte del «Quijote», Pamplona, Universidad de Navarra, 2006, pp. 124-126; y en Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), introducción de Miguel dʼOrs, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2006, pp. 243-244.
Siempre hay lugar en este blog para las recreaciones cervantinas y quijotescas en poesía: sea mayor o menor su calidad literaria, se presenten en formas estróficas tradicionales o en verso libre, estos textos poéticos constituyen eslabones que van formando una larga cadena de relecturas y reinterpretaciones que, a lo largo del tiempo, configuran una parte significativa de nuestro imaginario colectivo. Cada época, cada estilo literario, cada autor concreto selecciona aquellos detalles que le resultan más interesantes, y los aborda con distinta intención y distinta tonalidad (seria, irónica, paródica, etc.).
Pues bien, vaya para hoy este soneto quijotesco de Beatriz Villacañas, en el que la voz lírica enunciadora del poema corresponde a don Quijote, quien advierta a Sancho de los peligros de un mundo moderno que «se quema con el fuego del progreso / y va engendrando espíritus menguantes» (vv. 10-11) y que está ya de vuelta de todo, «pues cree que son molinos los gigantes» (v. 14).
Yo le debo a Cervantes mi intimidad con Don Quijote y Sancho, que son muy dialogantes y tienen mucho gancho en el mundo a lo largo y a lo ancho.
«Fuego en el Paraíso de Cervantes»
Juan Antonio Villacañas
Amigo Sancho, oye mi porfía. Vayamos al rescate de este mundo, que camina con paso moribundo y se hace más pequeño cada día.
Ha perdido el compás, la fantasía, brújula del viaje más fecundo, es el más engreído vagabundo que cree que la locura es cosa mía.
Hacedor de artificios deslumbrantes, se quema con el fuego del progreso y va engendrando espíritus menguantes.
Los tontos, según él, nacimos antes, y él está ya de vuelta, de regreso, pues cree que son molinos los gigantes[1].
[1] Lo tomo de Beatriz Villacañas, Astrología interior. Antología de…, Madrid, Ediciones Deslinde, 2019, p. 141.
Toda la «Silva de Teodoro» es, por tanto, una contraposición de la Ciudad de Dios y la confusa Babilonia del mundo, un elogio de la «vida retirada» en la paz de la cartuja. Aula Dei, el Alcázar o Cátedra de Bruno, no es solo un locus amoenus, una religiosa Arcadia (pp. 2-3), sino, más importante aún, un verdadero anticipo del Paraíso: «del Cielo franca puerta» (p. 10), «la tierra convertida en Cielo» (p. 11). Teodoro contrapone su rústica —pero honesta— comida, disfrutada sin preocupaciones, y la más suculenta —pero no siempre más placentera— de los grandes señores:
[…] hallo ya la comida preparada no de grandes manjares ni al antojo servidos (como el vulgo fabula neciamente) pero sin mezcla siempre de pesares, limpia, bien sazonada, y moderadamente al humano sustento suficiente, y de viles sospechas reservada, que el pobre de recelos vive ajeno y en su jarro jamás temió el veneno. Sin ruido ni embarazo, a comerla me asiento con menos fausto, pero más contento, que los grandes señores, y como ellos no anhelo a manjares estraños y exquisitos con que se vician más los apetitos (pp. 48-49).
Francisco de Zurbarán, San Hugo en el refectorio de los Cartujos (c. 1655). Museo de Bellas Artes de Sevilla (España).
Esta es la desengañada visión del mundo de Teodoro, que conoce bien sus enredos y contradicciones:
Veo los devaneos, los diversos empleos, y los discursos vanos de todos los humanos y encontrados en todo los deseos: de lo que el uno llora, el otro ríe; de lo que éste se agravia, aquél se engríe, porque donde uno pone la deshonra funda el otro la honra; lo que éste por inútil desperdicia, aquél por su mayor útil codicia. El uno olvida lo que el otro ama, lo que el uno encarece, el otro vitupera y aborrece y lo que éste recoge, aquél derrama; y así apenas, en tantos pareceres, concuerdan los pesares y placeres. Éste sigue la paz, aquél la guerra, éste trasiega el mar, aquél la tierra, éste desde su estudio mide el suelo y inmoble aquél se espacia por el cielo. Éste quiere el ruido de la caza y aquél más el bullicio de la plaza; éste procura el ocio, aquél sigue la causa y el negocio, y deste modo, nada de cuanto agrada al uno, al otro agrada (pp. 70-71).
El cartujo sabe que, en el proceloso mar del mundo, unas cosas se toman por otras, y a veces importa más la apariencia que la realidad. Sigue, en efecto, una larga tirada con diversas inversiones de valores, recurso tópico en la literatura clásica retomado por fray Antonio de Guevara y habitual en el XVII[1]:
Esto se toma en las inclinaciones, mas donde están los daños y mayores engaños es en las mal fundadas opiniones: el parlero se da por elocuente, el temerario pasa por valiente, el rígido por justo, el lascivo por hombre de buen gusto y el que es un insolente pasa en nuevo lenguaje por corriente. La mentira es ingenio y agudeza, la sátira y el chiste sacudido, y su autor, es jovial y entretenido; la humildad es bajeza, pundonor la venganza, la afectada lisonja es alabanza, la cautela es prudencia y el artificio del astuto, ciencia. Llámase santidad la hipocresía, el silencio, ignorancia, el valor, arrogancia, la prodigalidad, caballería, la detracción, donaire, el ser vicioso es gala y el no seguir esta opinión, desaire, estilo que ni el bárbaro lo iguala. Con tan falsos juicios dan color de virtudes a los vicios, y creciendo el abuso, el modo de pecar se vuelve en uso y prosigue la culpa con apariencia vana de disculpa (pp. 71-73).
A lo largo de la silva, Teodoro pide a Silvio que abandone sus estudios para ocupar una de aquellas celdas (pp. 40 y 58): dejará gozoso la vida mundana (pp. 40-41), porque esta otra vida de cartujo «es más para admirada que creída» y la muerte allí «más es para envidiada que temida» (p. 42). Silvio hace caso del consejo de su amigo, y al principio de su silva de respuesta afirma, con claros ecos gongorinos, que le ha salteado la luz de un castillo (o sea, la luz del poema de Dicastillo) cuando «erraba yo en la noche de mi engaño» (p. 67):
Pasos eran de errante peregrino, en soledad confusa, errados sin escusa y sin causa perdidos los que de un ciego engaño conducidos daba sin esperanza de camino, en noche tenebrosa… (p. 65)[2].
[1] Recuérdense, por ejemplo, los vv. 290-348 de Fuente Ovejuna.
Dentro de ese contexto festivo que veíamos en la entrada anterior, el texto de doña María de Peralta fue leído el día jueves, en el mencionado Convento de los Descalzos de Zaragoza[1], junto con otras composiciones presentadas al certamen quinto, en el que obtuvo el premio la glosa de un tal Jerónimo Zamorano. Pero hora es ya de reproducir el texto de la corellana:
No siendo Madre de Dios, no hallo santa a quien le cuadre llamarse Virgen y Madre, Teresa, mejor que a vos.
GLOSA
Paulo Quinto le mandó a toda la Rota viera la información que se dio de Teresa, y respondió la Rota desta manera: «Bien podéis beatificalla a Teresa, Padre, vos, pues es tal que no se halla Virgen que pueda igualalla no siendo Madre de Dios.
»Y según su información, no solo podéis llegar a la beatificación, pero con justa razón la podéis canonizar. Que es Virgen, y del Carmelo la Reformadora y Madre, y esta honra, Sancto Padre, mejor que a ella en el Cielo no hallo santa a quien le cuadre.»
Cuando el Pontífice vio lo que la Rota decía, luego la beatificó, y el canonizalla dio palabra de que lo haría. Por beata la confiesa en su breve el Santo Padre, dando en él licencia expresa para que pueda Teresa llamarse Virgen y Madre.
Con bien y merced tamaña estrañamente se goza y se regocija España, y con alegría estraña hace fiestas Zaragoza. Pero para merecer en ellas mucho con Dios, ¿qué santa pudiera haber a quien podellas hacer, Teresa, mejor que a vos?[2]
Santa Teresa de Jesús (1576). Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria. Convento de las Carmelitas Descalzas (iglesia de San José), Triana, Sevilla (España).
Como es sabido, la glosa es una composición poética artificiosa formada por varias estrofas, cada una de las cuales se remata con un verso de un texto previamente existente. La de doña María se articula como una hipérbole: lo que se celebra ahora es la beatificación de Teresa de Jesús, pero sus virtudes son tan grandes, que el papa bien podría canonizarla (de hecho, sería canonizada pocos años después, en 1622). Este es el comentario acerca de la composición que figura en el propio Retrato de las fiestas…, en la «Sentencia» del certamen quinto:
Doña María de Peralta, clara y rutilante estrella que con sus rayos esmalta la hermosura de Corella[3], como reside tan alta desde allí quiso mirar a Paulo beatificar a nuestra Madre Teresa, y de aquella cuenta expresa pretendió en su glosa dar. Pero su escribiente ha errado en la palabra que dice que Su Santidad ha dado; eso se le contradice y su ingenio han laureado[4].
En cuanto a su estructura, la glosa se divide claramente en dos partes: la primera (las tres primeras estrofas) aclara que el papa ha solicitado un informe sobre Teresa de Jesús al Tribunal de la Rota y que este no solo recomienda la beatificación, sino incluso la canonización; a tenor de este informe, el papa la declara ahora beata y da palabra de incluirla en el canon de los santos (y esto es precisamente, como hemos visto, lo que se le criticaba a la autora en la «Sentencia»). En la segunda parte (la estrofa última) se pondera que las fiestas que se están celebrando en Zaragoza y, en general, en toda España no podrían dedicarse a otra santa mejor que a Teresa de Jesús.
Por lo demás, el texto no presenta mayor complicación léxica o sintáctica, ni requiere mayor comentario. Tampoco destaca especialmente por su ornato retórico. En definitiva, se trata de una composición que se explica en ese contexto hagiográfico de las fiestas zaragozanas con motivo de la beatificación de Teresa de Jesús, y en el marco mayor de ese gran siglo de la santidad que es el XVII español. Es un poema de circunstancias (uno más de los muchos al uso), sin especial calidad literaria, pero que he creído conveniente exhumar para ir completando la nómina de los escritores navarros del Siglo de Oro y el estudio de sus textos[5].
[1] Ver Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad, p. 92b. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.
[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.
La obra lleva censuras y aprobaciones de enero de 1637, así que podemos suponer que estaría acabada a finales de 1636. Pese a publicarse bajo el seudónimo de Miguel de Mencos[1], la paternidad del libro queda claramente desvelada en los poemas laudatorios. Al parecer, antes salió otra edición del poema sin permiso del autor[2], y hubo otra posterior publicada en Zaragoza, Imprenta de Pascual Bueno, 1679, con Dicastillo ya muerto, que presenta importantes adiciones. En cuanto a su intención, «Dicastillo —escribe Egido— elige como tarea literaria la descripción de la vida dentro de la Cartuja, para hacerla comunicable y modélica, con una función indudablemente didáctica en su empeño»[3].
Cartuja de Aula Dei (Zaragoza).
Dejando de lado los textos preliminares (admonición latina al lector, censuras y aprobaciones, dedicatoria, poemas laudatorios de diversos ingenios…), la obra se divide en tres partes: una «Carta de Teodoro a Silvio», la «Silva de Teodoro» y la «Respuesta de Silvio a Teodoro» (de esta última es autor el clérigo zaragozano Tomás Andrés Cebrián). Ha de notarse el valor simbólico de los nombres de los interlocutores: el cartujo refugiado en Aula Dei se llama Teodoro ‘regalo de Dios’, mientras que su amigo —al que aquel invita a retirarse allí— es Silvio, esto es, ‘silvestre, el que permanece todavía en la selva del mundo, sin conocer el cultivado jardín de Aula Dei’. Tres son los propósitos de Dicastillo: por un lado, describe la cartuja y su vida de cartujo, dedicada a la oración y el silencio: atendiendo una petición de Silvio —así se indica en distintas ocasiones[4]—, Teodoro le pinta con palabras el lugar de Aula Dei y la vida que allí lleva. Pero la «Silva de Teodoro» no es solo una descripción de tan idílico lugar, sino también —en segundo término— una invitación a su interlocutor Silvio para que acuda allí y se olvide de los falsos engaños del mundo, que son vanidad de vanidades. En tercer lugar, por boca de Teodoro, Dicastillo llora su vida pasada y se lamenta por haber tardado tanto tiempo en dejar el mundo, en responder a la llamada de Dios. El tema principal es, por tanto, el desengaño barroco de los valores mundanos, expresado con los tópicos clásicos del Beatus ille y del «menosprecio de corte y alabanza de aldea» (aldea que, en este caso, es la terrena Ciudad de Dios de Aula Dei, anticipo de la celestial). Teodoro —trasunto del autor—, que vive ya cautivo del amor de Dios[5], se lamenta así en la carta preliminar por su juventud perdida:
Aquí lloran mis ojos la libertad pasada de aquella juventud tan mal lograda, que esta prisión suave, donde en lo que es lo menos lo más cabe, cuando nací quisiera que albergue o tumba de mi vida fuera («Carta de Teodoro a Silvio», s. p.).
Más adelante, ya en la silva, explica que allí espera tranquilo la llegada de la muerte (p. 30). Y llora de nuevo el haber resistido durante un tiempo a la llamada del cielo:
Con estos ejercicios, la vida alegre paso, y tan contento, que aunque sé que se pasa, no lo siento, y lloro arrepentido de haber al Cielo un tiempo resistido impulso tan divino, imaginando cárcel este Cielo, y lo que es sumo gozo, desconsuelo. ¡Oh, loco pensamiento, que en la más dulce vida finges mayor tormento y tienes por feliz la más perdida! (p. 55)[6].
Teodoro vive feliz «en esta soledad apetecida» (p. 42) donde «todo es gozo y amor, y Dios es todo» (p. 56), y llora asimismo porque antes escribió versos profanos:
Salgo después al coro donde equívocamente canto y lloro: canto de Dios la gloria y lloro renovando la memoria de cuando yo algún día cantar versos solía de finezas humanas, tan olvidado destas soberanas, dando en vano instrumento, con toda propiedad, voces al viento (p. 60).
Ahora ha comprendido que todo lo terreno pasa (cfr. p. 63), conoce a la perfección los desengaños de lo caduco y sabe que el negocio principal del hombre consiste en la salvación del alma:
Con estos infalibles desengaños en que atento reposo, menosprecio del hombre más dichoso los gustos, las delicias, las riquezas, los honores, los timbres, las grandezas, pues todo viene al fin a rematarse solamente en salvarse o no salvarse (p. 64)[7].
[1] El título completo del libro es: Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza, fundación del excelentísimo príncipe don Fernando de Aragón, su arzobispo. Describe la vida de sus monjes, acusa la vanidad del siglo, acuerda las memorias de la muerte en las desengañadas plumas de Teodoro y Silvio. Conságrala a la utilidad pública don Miguel de Mencos…, Zaragoza, Diego Dormer, 1637.
[2] Así se indica en las palabras preliminares «Al letor».
[3] Egido, en su edición facsímil de Aula de Dios,Zaragoza, Libros Pórtico, 1978, p. 20.
[4] Teodoro explica que le envía la silva «más por obedecerte que por mía» y para atraerlo allí: «con ansias de que vivas donde vivo» («Carta de Teodoro a Silvio»). En la propia silva se insiste en que ha sido su amigo quien le ha pedido que describa su retiro: «… pues que me pides amoroso / que por menor te lo describa todo…» (p. 8).
[5] Se habla de esas cadenas de amor divino en las pp. 11 y 38.
[6] Se muestra avergonzado «de que a la voz de Dios respondí tarde, / siendo para mi bien siempre cobarde» (p. 55).
En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.
El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:
Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].
Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:
Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:
No siendo Madre de Dios, no hallo santa a quien le cuadre llamarse Virgen y Madre, Teresa, mejor que a vos.
A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].
[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.
El padre Miguel de Dicastillo (Tafalla, 1599-Cartuja de El Paular, 1649), religioso cartujo, es autor de Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza (Zaragoza, Diego Dormer, 1637; 3.ª ed., Zaragoza, Pascual Bueno, 1679), poema en silvas, de contenido didáctico, del que Hermilio Olóriz dio a conocer una versión refundida a finales del siglo XIX[1]. Contamos además con una edición facsímil del poema, de 1978, con estudio preliminar de Aurora Egido[2]. Aula de Diospertenece al género barroco del poema descriptivo[3], y —como ha destacado la crítica— con él Dicastillo se anticipa algunos años a la obra más característica del corpus, el Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos (1652) de Pedro Soto de Rojas.
En los versos de Dicastillo también se aprecia cierta influencia gongorina (González Ollé la detecta «tanto en sintaxis y léxico como en motivos concretos»[4]), aunque contenida, porque el estilo del cartujo tiende más a la claridad y sencillez que al exceso. Otros rasgos estilísticos mencionados por el citado estudioso son el amplio conocimiento de la cultura de la Antigüedad de que hace gala el autor, la presencia de situaciones y motivos contemporáneos vueltos «a lo divino» y el acertado tono poético general, mantenido —con algunos altibajos— a lo largo del poema. Para González Ollé, su calidad poética es patente, «pese a seguir los convencionalismos propios de un género que los tiene muy estrictos»[5]. Considero que este poco conocido poeta navarro y su poema son dignos de mayor atención, y así, en próximas entradas analizaré algunos aspectos de Aula de Dios. Pero antes recordaré los datos biográficos esenciales relativos a Miguel de Dicastillo[6].
Miguel de Dicastillo nació en Tafalla (Navarra) en 1599. Sus padres, Miguel de Dicastillo y Johanna de Muruzábal, pertenecían a la alta nobleza navarra. En los versos de su poema se lamentaría «de aquella juventud tan mal lograda», perdida entre los placeres de la caza a orillas del Cidacos (el río que pasa por Tafalla) y en la elaboración de poesías profanas, que no han llegado hasta nosotros. Ahora bien, esta indicación podría responder quizá a un mero tópico literario. Dicastillo ingresó como cartujo: el 29 de junio de 1626 profesa en Aula Dei, recibiendo el hábito de manos de su paisano el padre fray Martín de Zunzarren. En cuanto a su formación, es posible que contase con una base cultural de cierto rigor humanístico, pues era exigida para ingresar en la Orden de San Bruno. Para Egido, su cultura «atendía a los más variados temas»[7]. Esta investigadora alude también al ambiente de estudio —con su matiz de santificación personal— de la cartuja de Aula Dei, que contaba con una excelente biblioteca donada por Jerónimo Zurita hacia 1571. Sus monjes —explica— estaban en contacto con los escritores aragoneses, en especial con los de la Academia de los Anhelantes, que ya funcionaba en 1628 y que duraría hasta la muerte de su mantenedor, Juan Francisco Andrés de Uztárroz[8].
Ocupó Dicastillo algunos cargos dentro de su Orden: fue vicario y procurador de las cartujas de Las Fuentes, Aula Dei y La Concepción; y rector (5 de junio de 1645) y luego prior de la Concepción (1646-1649). El Capítulo general de la Orden lo envió a la Cartuja de El Paular (Madrid), y allí murió en el mes de junio de 1649. Su principal, casi única, obra literaria es el mencionado poema descriptivo Aula de Dios. Sabemos que empezó a redactar una Historia de San Bruno, pero no se nos ha conservado. Dicastillo se interesó por la obra de Gracián, autor que lo cita en el discurso XXVIII de la Agudeza y arte de ingenio (lo llama «elocuentísimo silencioso» y a su obra le aplica los calificativos de «grave, ingeniosa y culta»)[9].
[1]Aula de Dios. Poema del padre cartujo Fray Miguel de Dicastillo, refundido por Hermilio Olóriz, Pamplona, Imprenta de N. Aramburu, 1897.
[2] Miguel de Dicastillo, Aula de Dios, Cartuxa Real de Zaragoza (Zaragoza, 1637), ed. facsímil, con estudio preliminar de Aurora Egido, Zaragoza, Libros Pórtico, 1978. Citaré por este facsímil, pero modernizando las grafías y la puntuación.
[3] Para la poesía descriptiva en Aragón por aquellos años, véase el estudio preliminar de Egido a su edición facsímil de Aula de Dios, pp. 29-42.
[4] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, p. 122. Para Egido, Dicastillo «es menos fiel [que Soto de Rojas] a los moldes culteranos, que utiliza sólo en ocasiones, y se aleja, por su intencionalidad, de su modelo» (estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 43).
[5] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 122.
[6] Los resume Egido, en su estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, pp. 11-19, a quien sigo aquí.
[7] Egido, en su estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 15.
[8] Véase Egido, estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 18.
Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:
Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestasque a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].
Escudo de Corella (Navarra).
Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].
[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra:Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.
[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.
[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.
[4]Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.
Un detalle que merece la pena destacar es el gran trabajo de documentación histórica llevado a cabo por Gómez-Jurado para redactar su novela[1] (el autor ha declarado que ese proceso de documentación le llevó cuatro años), la cual está escrita en un tono marcadamente realista. En efecto, a lo largo de sus páginas vemos aparecer la Sevilla del Siglo de Oro. Recordemos que la ciudad hispalense era entonces el puerto y la puerta del Nuevo Mundo. Y el relato refleja no solo ese aspecto del comercio, sino también la lucha por la vida que tenía lugar en sus calles, la división social entre pobres y ricos, la violencia generalizada y el mundo del hampa (con la presentación de la Corte de Monipodio, nombrado también con el apodo «el Rey de los Ladrones»), siendo obvia la intertextualidad con la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo. Aquí y allá van apareciendo algunas descripciones de aquella Sevilla áurea (el Arenal, Triana, el Compás, etc.). Citaré a modo de ejemplo la evocación del Arenal, tal como es visto desde una almena por Sancho, al comienzo de la novela:
El espectáculo era magnífico.
Ante él se extendía el Arenal, el más famoso lugar de comercio de la cristiandad. Aquella enorme explanada que se abría entre la muralla oeste de Sevilla y el caudaloso Betis maravillaba a todos los que visitaban la ciudad. El muchacho había caído también bajo su hechizo cuando puso en ella los pies por vez primera, el invierno anterior. Cada día, desde el alba hasta el ocaso, miles de personas bullían por aquel espacio abierto. Literalmente todas las mercancías del globo se daban cita en aquel lugar, en el que se comerciaba con pieles y grano, especias y acero, armas y municiones. En un caos tan sólo inteligible para quienes llevaban años inmersos en él, los bizcocheros y los curtidores se mezclaban con los plateros y los zapateros bajo cientos de toldos azules, blancos y parduzcos. El golpeo de los martillos y el burbujear de las olas se fundía con el regateo apresurado en catalán, flamenco, árabe e inglés, por citar unos pocos. Que si algo se aprendía pronto en el Arenal era a timar en todas las lenguas posibles.
El Arenal era lo que había convertido a Sevilla en la capital del mundo. Su puerto fluvial, al abrigo del ataque de los piratas por hallarse bien tierra adentro, era el paso obligado de todo el comercio con las Indias por expreso deseo de Felipe II. Nunca había menos de doscientas embarcaciones amarradas en sus muelles, y en las próximas semanas llegarían hasta trescientas. Cuando todos los barcos de la flota alcanzasen su destino, formarían un gigantesco bosque de mástiles y velas que taparían literalmente la vista de la orilla contraria, la de Triana (p. 29).
Alonso Sánchez Coello, Vista de Sevilla (hacia 1576 o 1600). Museo de América (Madrid, España).
Asimismo, abundan los datos históricos sobre la época (la guerra entre España e Inglaterra, las deudas contraídas por Felipe II para sufragar los gastos de los ejércitos, los continuos préstamos de los banqueros genoveses, la carestía del trigo, etc.). Encontramos también datos sobre la comida y la bebida, los vestidos (la moda del negro), el juego, las armas (y el arte de la esgrima matemática), la esclavitud, la vida en galeras, etc. En ocasiones se da entrada a un léxico y una fraseología propios del Siglo de Oro (a través de pequeños detalles como, por ejemplo, la mención de los bodegones de puntapié).
En suma, La leyenda del ladrón de Juan Gómez-Jurado constituye una entretenida novela de acción y aventuras, que pone sobre la mesa el mundo de pobreza, corrupción, hampa y marginalidad de la Sevilla del Siglo de Oro. Sobre ese telón de fondo de la acción narrativa, junto con personajes igualmente interesantes como Sancho de Écija, Clara y Monardes, asistimos a un nuevo encuentro —en una nueva ficción literaria— y a la amistad entre los dos grandes genios literarios del momento, el inglés Shakespeare y el español Cervantes[2].
[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.