«Alta poesía», poema de Jorge Montealegre

Jorge Montealegre (Santiago de Chile, 1954) es, además de poeta, periodista y especialista en historieta chilena (Von Pilsener, primer personaje de la historieta chilena, 1991). Entre 1978 y 1979 editó en Francia la revista El barco de papel, que sirvió como plataforma para diversos poetas latinoamericanos exiliados. Fundador también de la revista La Castaña, es autor de libros poéticos como Huiros (1979), Lógica en Zoo (1981), Astillas (1982), Exilios (1983, con Bruno Serrano), Título de dominio (1986), Bien Común (1995) o Huesos (2006). En 1996 obtuvo el Premio Poesía Editada, otorgado por el Consejo Nacional del Libro. Su poesía destaca por una profunda reflexión sobre los temas sociales y la denuncia de la injusticia y la opresión humana.

Niños pidiendo pan

Una buena muestra de ello la tenemos, por ejemplo, en este breve e irónico poema titulado «Alta poesía»:

Todos los vecinos de mi barrio duermen siesta,
pero hay chicos que golpean puertas fastidiando:
piden pan y no dejan
escribir los mejores poemas sobre el hambre[1].


[1] Tomo el texto de Universos. Antología de poesía chilena, selección de Ana Garralón, ilustraciones de Coni Rodríguez, Santiago de Chile, Ediciones SM Chile, 2016, p. 77.

«Cosecha», poema de Julio Barrenechea

Julio Barrenechea (Santiago de Chile, 1910-Santiago de Chile, 1979) compaginó el cultivo de la poesía con sus labores como diplomático y diputado. En 1960 ganó el Premio Nacional de Literatura y en 1978 estuvo postulado al Cervantes. Es el autor de la letra del himno de la Universidad de Chile («Egresado, maestro, estudiante, / vibre entera la Universidad, / bajo el blanco y ardiente estandarte / que levanta la ciencia y la paz»), al que puso música René Amengual. Entre sus obras se cuentan los siguientes títulos: El mitin de las mariposas (1930), Espejo de sueño (1935), Rumor del mundo (1942), Mi ciudad (1945), El libro del amor (1946), Vida del poeta (1949), Diario morir (1954), Poesía completa (1958), Antología, con prólogo de Alone [Hernán Díaz Arrieta] (1961), Israel: un árbol por cada muerto (1962), Frutos del país (1965), Ceniza viva (1968), Estados de ánimo (1970 y 1971), Voz reunida (1975), El compadre mucho gusto (1978). Tras su muerte se editaron: La India no misteriosa (1982) y El sol de la India (1969).

Arturo Gordon, Pescadores (Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile)
Arturo Gordon, Pescadores (Museo Nacional de Bellas Artes, Santiago de Chile, núm. de inventario PCH-0245)

Vaya para hoy su poema «Cosecha», que adopta la forma de grácil romancillo:

Van los pescadores.
Van a cosechar.
Benditas las tierras
deshechas del mar.

Campos sin cultivo.
Campos de agua y sal.
¿Quién sembró los peces?
¿Quién sembró el coral?

Campos al cuidado
de la inmensidad.
Las flores de espuma,
¿quién las plantará?

Van los pescadores,
y cantando van.
¿Serán sus canciones
las que sembrarán?[1].


[1] Tomo el texto de Universos. Antología de poesía chilena, selección de Ana Garralón, ilustraciones de Coni Rodríguez, Santiago de Chile, Ediciones SM Chile, 2016, pp. 52-53.

«La felicidad está siempre en otra parte», poema de Daniel Osorio

Daniel Osorio (Santiago de Chile, 1969), tras cursar estudios de Literatura y Filosofía, se dedica al periodismo. Fundador y editor de la revista Entreguerras, en 1993 publicó el volumen Andador que busca viaje. Traigo hoy al blog su poema «La felicidad está siempre en otra parte»:

La felicidad está siempre en otra parte
«En el Jardín de al Lado»[1]
en esa otra puerta
en la vida que era nuestra y nos robaron
La felicidad está en El Klondike[2]
junto a los buscadores de oro
o en el bar «La Última Oportunidad»,
donde Martin Eden[3] tampoco pudo encontrarla

La felicidad es ese único recuerdo que guardamos
ese instante que nos devuelve más niños
ese tiempo que hablábamos cara a cara con Dios.
Una tarde recorriendo el río
una conversación con Teillier[4]
los amigos que siempre tardan más de lo esperado
y tu recuerdo que siempre viaja junto a mí.

La felicidad es ese instante que mitificamos
y que en realidad es lo único real,
«todo lo demás es literatura»[5].


[1] Alude a la novela de José Donoso El jardín de al lado.

[2] El Klondike: un juego solitario clásico.

[3] Martin Eden: protagonista de la novela homónima de Jack London.

[4] Teillier: Jorge Teillier (Lautaro, 1935-Viña del Mar, 1996), poeta chileno de la llamada «generación literaria de 1950».

[5] «todo lo demás es literatura»: traduce el verso final del poema «Art poétique» de Paul Verlaine, «Et tout le reste est littérature». Tomo el texto de Antología de la poesía joven chilena, selección, prólogo y notas de Francisco Véjar, 2.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2012, pp. 100-101.

«Sótano», poema de Armando Roa Vial

Armando Roa Vial (Santiago de Chile, 1966) es poeta, ensayista, narrador y traductor. Su obra poética escrita entre 1998 y 2008 ha sido recogida en el libro Ejercicios de Filiación (2010), al que se suma el título Shakesperean Blues (2012). Ha obtenido el Premio de la Crítica en Poesía 2001 y el Premio Fundación Pablo Neruda 2002.

Sótano

Vaya para hoy su poema «Sótano», perteneciente a su poemario El hombre de papel y otros poemas (Santiago de Chile, Ediciones Mosquito, 1994).

De tanto jugar con el lenguaje
olvidé cerrar la puerta de la palabra sótano
y la noche se desbarrancó escaleras abajo
entre paredes que se ajaban en silencio
y estertores de relojes
y baúles polvorientos
y un vago tumulto de pensamientos muertos.
Todo se volvió subterráneo
hasta perder sus raíces en medio de la oscuridad.
Y entonces sentí que algo se despeñaba
en la profundidad devoradora de mi boca
hasta convertirse en forma sombría,
en opresión de tierra
y en proximidad de huesos[1].


[1] Tomo el texto de Antología de la poesía joven chilena, selección, prólogo y notas de Francisco Véjar, 2.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2012, p. 115.

«La derrota del mar», poema de Verónica Jiménez

Verónica Jiménez (Santiago de Chile, 1964) es licenciada en Literatura (se tituló con una tesis sobre César Vallejo) y en Periodismo. Entre 1992 y 1994 participó en el grupo «Códices» y entre 1993 y 1995 dirigió la revista Licantropía, de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. En 1994 publicó, junto a Kurt Folch, la antología Poesía postal (Santiago, Ril). En 1997 resultó ganadora en el concurso de poesía organizado por la Facultad de Derecho, con el poemario Mares. En 1999 dio a las prensas su libro Islas flotantes (Ediciones Stratis, 1998) y ha sido antologada en Códices. Antología poética (Santiago, Ril, 1992) y en Poetas chilenos jóvenes (Concepción, Lar, 1998). Poemarios posteriores son Palabras hexagonales (2002), Nada tiene que ver el amor con el amor (2011) y La aridez y las piedras (2016), y ha publicado además la novela Los emisarios (2015) y el ensayo Cantores que reflexionan. Cultura y poesía popular en Chile (2012, Premio Mejores Obras literarias del Consejo del Libro). Dirige la editorial Garceta.

Joaquín Bárbara y Balza, Náufragos (1896). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Joaquín Bárbara y Balza, Náufragos (1896). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Copio aquí su poema «La derrota del mar», que lleva una dedicatoria «A Kurt Folch»:

Nosotros que tuvimos que pasar
por tantos puertos llenos de agitación
pernoctando en pequeñas lanchas
azotadas por la lluvia y por las olas
y que fuimos a un tiempo
alegres ebrios a bordo de cargueros sin destino
y silenciosos marineros abandonados en la bahía
nosotros que algún día soñamos en lechos
extensos como las velas de los barcos
y construimos un hogar sobre el viaje de las aguas
bendecidos por la música del mar en la noche
anclamos ahora en esta oscura rada
como náufragos arrojados a su mala suerte
vomitando espuma
con los pies enterrados en la arena
y la piel herida por la sal[1].


[1] Tomo el texto de Antología de la poesía joven chilena, selección, prólogo y notas de Francisco Véjar, 2.ª ed., Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2012, pp. 84-85.

Un poema de Mónica Montero Fernández: «Dentro y fuera de los huesos. Llueve…»

Mónica Montero Ferrnández (Santiago de Chile, 1966), que se desempeña como gestora cultural, ha cultivado los géneros del cuento (A corta distancia, 2014) y la poesía (Varona, 2009; Varona y cantos a Olecram, 2016; Cielito Lindo, 2023). Su poesía ha sido publicada además en diversas revistas literarias, como por ejemplo Safo, y en antologías como 22 voces de la novísima poesía chilena, prologada por Teresa Calderón, o Génetrix. En 2010 creó y pasó a dirigir la revista literaria La Otra Costilla; en los años 2014 y 2015 organizó el evento «Incluyamos Chile», en Santiago y San Bernardo, que congregó a artistas de todo el país; y en 2015, el primer SlamPoetry de San Bernardo.

La poesía de Montero Fernández, en la que se aprecia la influencia de Manuel Rojas, José Donoso, Juan Rulfo y Alejandra Pizarnik, entre otros autores, retrata y visibiliza a aquellas mujeres que habitan la marginalidad urbana[1]. «Dentro y fuera de los huesos. Llueve…» es el sexto poema de Varona:

Dentro y fuera de los huesos. Llueve
—escapularios dormidos—.
Garúa al rostro
guerra en la guerra del suplicio.
Llueve, en la fábula incendiada
una lluvia de ojos y sombrero.

Se nos llueve
en el epitafio de soles
como niños atravesados por espadas candentes.
Llueve y no deja de llover y me atraganto
en este oleaje de eslabones y lágrimas

Llueve y me lluevo y te llueves
esperando la muerte y sus lluvias.
Algo simula el miedo y sus hijos
y no es cierto. Hasta el miedo está lloviendo.
Agonizante
de lluvia íntima,
de manos que son lluvia en tu espalda
y una sensación de rocío no acaba.
Llueve
por más que tu boca en mi boca
simule un milagro[2].


[1] Ver para más detalles «Varona, líbranos de la sed», prólogo de Cristián Basso Benelli a Varona, Rancagua, Primeros Pasos Ediciones, 2009, pp. 5-8.

[2] Mónica Montero Fernández, Varona, pp. 17-18.

«Sueño triste del Niño Jesús», de Óscar Jara Azócar

Aunque pudiera parecer que tras la Epifanía del Señor acaba ya la Navidad, en realidad su ciclo litúrgico se prolonga hasta el próximo domingo, cuando se celebra la festividad del Bautismo del Señor —en el Jordán, por san Juan Bautista—, acto con el que comienza la vida pública de Jesús. De su infancia son pocos los datos que refieren los evangelios canónicos (la principal excepción es el episodio de su visita al Templo de Jerusalén a los doce años, cuando Jesús se queda hablando sabiamente con los maestros de la Ley). Ese vacío de los primeros años de vida de Jesús lo intentaron rellenar los evangelios apócrifos de la infancia.

Escena de la infancia de Jesús

Días atrás transcribía el poema «La lamparita del pastor», del chileno Óscar Jara Azócar (Viña del Mar, 1906-1988), considerado en su país como «el poeta de los niños». Su libro La noche más linda del mundo (1970) está dedicado íntegramente a la temática navideña. Pues bien, de ese mismo volumen traigo hoy la composición «Sueño triste del Niño Jesús», que nos lo presenta en diálogo con su Madre, tras haber despertado llorando por una pesadilla: la de su muerte en una cruz.

—¡Jesús, Jesús, despierta!
¿Qué sueñas, dueño mío?
¡Despierta aquí en mis brazos,
soy tu canto y tu nido!

La fuerza de mi amparo,
mi vida en tu dormir.
¿Por qué lloras, mi Niño,
no me sientes aquí?

¡Oh, tu llanto en mi pecho
es una duda, un ruego…
Ya estás despierto. Dime,
¿era triste tu sueño?

Y gimiendo en sus trenzas
le responde Jesús:
—Madrecita, soñaba
muriendo en una cruz…[1]


[1] Tomo el texto de Óscar Jara Azócar, La noche más linda del mundo, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1970, pp. 99-100. Modifico ligeramente la puntuación.

«La lamparita del pastor», de Óscar Jara Azócar

El chileno Óscar Jara Azócar (nacido en Viña del Mar en 1906, fallecería en 1988) fue considerado en su país como «el poeta de los niños». Entre su producción se cuentan estos títulos: Canciones de juventud, El jardín de las estampas, Viña del Mar, Lo que soy esta noche, El día de la madre, El libro de los niños: cuentos en verso, La poesía y el teatro de la escuela, Naipe de espuma, La isla de silencio, Era en el bosque. Poesía y teatro para los niños de América, Lagarta y jazmín, Chile:  dramatizaciones de su historia, Mis mejores versos para niños. Antología y La noche más linda del mundo. Este último volumen poético, del año 1970, está dedicado íntegramente a la temática navideña. De las composiciones que lo forman he seleccionado «La lamparita del pastor», un romance endecha con rima aguda en á (salvo la primera cuarteta, que presenta rima aguda en ó), el cual tiene toda la gracia y sencillez de los villancicos tradicionales y no requiere ningún comentario.

Pastorcilla con un farol

Con una lamparita
va el hijo del pastor
en busca del pesebre
donde nació el Señor.

Con tierno afán pregunta:
—¿Dónde estará el portal?
Los corderitos fueron
y yo me quedé atrás…

¿Un ángel no contesta
por esta oscuridad?
¿Si no será el camino
donde el Niñito está?

Un resplandor me cubre.
¡Estoy en el portal!
¡Un niño tan hermoso
no vi nunca jamás!

Traigo mi lamparita,
no tengo nada más;
para adorarte, ¡en ella
mi corazón está![1]


[1] Tomo el texto de Óscar Jara Azócar, La noche más linda del mundo, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1970, pp. 73-74. Modifico ligeramente la puntuación. Véase Miguel Moreno Monroy, «La Navidad en algunos poetas chilenos», El Mercurio (Santiago de Chile), 24 de diciembre de 1972, p. 41.

«Tierra chilena», de Gabriela Mistral

Vaya para hoy, sin necesidad de mayor comento, la sencilla y emotiva composición de Gabriela Mistral titulada «Tierra chilena». Se trata del quinto poema de la sección «Rondas» de su poemario Ternura (1924), y es como sigue:

Bandera de Chile

Danzamos en tierra chilena,
más bella que Lía y Raquel[1];
la tierra que amasa a los hombres
de labios y pecho sin hiel…

La tierra más verde de huertos,
la tierra más rubia de mies,
la tierra más roja de viñas,
¡qué dulce que roza los pies!

Su polvo hizo nuestras mejillas,
su río hizo nuestro reír,
y besa los pies de la ronda
que la hace cual madre gemir.

Es bella, y por bella queremos
sus pastos de rondas albear;
es libre, y por libre deseamos
su rostro de cantos bañar…

Mañana abriremos sus rosas,
la haremos viñedo y pomar;
mañana alzaremos sus pueblos;
¡hoy solo queremos danzar![2]


[1] Después de que Esaú lo intentara matar, Jacob —aconsejado por su madre— se trasladó a las tierras de su tío Labán. En el camino se encuentra con su prima Raquel en un pozo y decide casarse con ella. Para aceptar el compromiso, Labán le pide que primero trabaje siete años para él. Transcurrido el plazo, Labán engaña a su sobrino, entregándole a su hija primogénita, Lía (Lea). Tras comprometerse Jacob a otros siete años de servicio para Labán, le fue concedida la mano de Raquel. La historia se cuenta en Génesis, 29, 1-30.

[2] Gabriela Mistral, Obra reunida, selección e investigación Gustavo Barrera Calderón, Carlos Decap Fernández, Jaime Quezada Ruiz y Magda Sepúlveda Eriz, tomo II, Poesía, Santiago, Ediciones Biblioteca Nacional, 2020, p. 83; añado la coma del v. 15.

La «Oración para que no me olvides» de Óscar Castro

Óscar Castro Zúñiga (Rancagua, 1910-Santiago de Chile, 1947)​ fue, además de escritor, docente y periodista. En 1926 escribió sus primeros poemas, que aparecieron en las páginas de la revista Don Fausto, bajo el seudónimo de «Raúl Gris». En 1934, tras la disolución del Círculo de Periodistas de Rancagua, creo junto con Nicomedes Guzmán, Agustín Zumaeta Basalto y otros escritores y periodistas de la región, el grupo literario «Los Inútiles», que impulsaría numerosas actividades culturales en Rancagua.

Como poeta, Óscar Castro se inscribe en la corriente de los años 30 denominada «poesía de la claridad», tendencia literaria inspirada —en parte— en el romancero y cancionero tradicionales y en la obra de Federico García Lorca, que surge como respuesta al hermetismo y el subjetivismo de las vanguardias. Su producción poética está formada por los poemarios Camino en el alba (1937), Viaje del alba a la noche (1938), Las alas del fénix (1943), Reconquista del hombre (1944) y los libros póstumos Glosario gongorino (1948) y Rocío en el trébol (1950). Al género narrativo (cuentos y novelas) corresponden estos títulos: El caso imposible de Nicolás Roasenda (1939), Huellas en la tierra (1940) y La sombra de las cumbres (1947), a los que se suman póstumamente Llampo de sangre (1950), La vida simplemente (1951), Lina y su sombra (1965) y El valle de la montaña (1967). De tono autobiográfico es Comarca del jazmín (1945), libro en el que retrata su niñez y ofrece una visión lírica de Rancagua, su ciudad natal.

La poesía de Castro se caracteriza por el empleo de un lenguaje transparente, humano y melancólico, diáfano y lírico en sus metáforas, así como por el manejo de una métrica perfecta, mientras que en las obras narrativas su estilo es mucho más realista, cercano al criollismo en los cuentos, y más crudo y visceral en sus novelas. Esta es la valoración de su obra lírica que ofrece el portal Memoria Chilena:

La voz lírica de Óscar Castro es de una originalidad casi excéntrica dentro de la poesía chilena, que va desde una asimilación muy personal de Federico García Lorca y el cancionero tradicional, llevándolo a temas propios del campo y la provincia de la zona central chilena; así como una lírica de tono mayor, más profunda, que entronca con Walt Whitman y Luis de Góngora. A pesar de los disímiles poetas tutelares, en toda su poesía se mantiene, reconoce y evoluciona una voz personal y única, con el inconfundible sello de Óscar Castro: claridad, transparencia, humanismo, amor y erotismo, justicia social y un prolijo y cuidado manejo del lenguaje, de la palabra precisa, del adjetivo justo[1].

Óscar Castro. Mural en la Plaza de Armas de Requínoa (Chile).
Mural en la Plaza de Armas de Requínoa (Chile).

Una de las composiciones poéticas más conocidas de Óscar Castro es su «Oración para que no me olvides», que figura recogida en múltiples antologías y que ha sido musicada también en distintas ocasiones[2]. Es el segundo poema de la sección «Hora de la nostalgia» de su poemario Rocío en el trébol (1950) y dice así:

Yo me pondré a vivir en cada rosa
y en cada lirio que tus ojos miren
y en cada trino cantaré tu nombre
          para que no me olvides.

Si contemplas llorando las estrellas
y se te llena el alma de imposibles,
es que mi soledad viene a besarte
          para que no me olvides.

Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
          para que no me olvides.

Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón que por ti sueña,
          para que no me olvides.

Y si una tarde, en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro,
mi alma será una lágrima invisible
en los ojos de Cristo moribundo…
          ¡para que no me olvides![3]


[1] Ver <http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-764.html>.

[2] Dejo aquí tres versiones, la de Elio Roca, la de Arturo Gatica y la de Los 4 de Córdoba.

[3] Cito por Óscar Castro Z., Obra reunida. Poesía, vol. 2, [Rancagua], Fundación Óscar Castro / Consejo Nacional del Libro y la Lectura / Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, 2004, p. 95.