San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: los poemas extensos

Además de todas las composiciones sueltas, escritas para justas y torneos poéticos, que hemos visto en entradas anteriores, diversos autores redactaron poemas de más extensión y de mayor aliento épico, la mayoría en el siglo XVII y alguno saltando ya al XVIII. Enumero esquemáticamente algunos datos mínimos relativos a ellos[1]:

1) Así, Luis de Belmonte Bermúdez cantó poéticamente la vida de Ignacio en su poema titulado Vida del Padre Maestro Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, dirigida a sus religiosos de la Provincia de la Nueva España (en México, en la emprenta de Gerónimo Balli por Cornelio Adriano Cesar, 1609). Se trata de un poema extenso compuesto en quintillas dobles, dividido en diez libros, a lo largo de 256 hojas. El autor anuncia una segunda parte, de la que no sabemos nada.

2) Antonio Escobar y Mendoza compuso San Ignacio, poema heroico (Valladolid, Francisco Fernández de Córdova, 1613), dividido en siete libros, con abundantes versos de estilo gongorino y retórico.

3) Pedro de Oña es autor de El Ignacio de Cantabria. Primera parte (en Sevilla, por Francisco de Lyra, 1639), poema heroico en octavas reales, repartidas en un total de doce libros. Abarca desde la conversión del gentilhombre guipuzcoano convaleciente en Loyola hasta su estancia en Palestina. También promete este autor continuar en una segunda parte, que no llegó a salir.

Portada del libro de Pedro de Oña, Ignacio de Cantabria, en Sevilla, por Francisco de Lyra, 1639

4) Hernando Domínguez Camargo escribió una verdadera epopeya ignaciana en el más puro estilo gongorino: San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. Poema heroico… Obra póstuma dada a la estampa y al culto teatro de los doctos por el maestro don Antonio Navarro de Navarrete (en Madrid, por José Fernández Buendía, 1666). Consta de cinco libros, cada uno de los cuales se divide en seis cantos. De este poema, que quedó inconcluso, copio aquí sus primeros versos, la primera octava, en la que se anuncia el tema épico que se va a desarrollar:

Al David de la casa de Loyola,
al rayo hispano de la guerra canto,
al que imperiales águilas tremola
y es, aun vencido, del francés espanto;
al que sufrió de la celeste bola
sin fatigas el peso, Alcides santo,
al que el Empíreo hollando trïunfante
habitador es ya del que fue Atlante[2].

5) En fin, José Antonio Butrón y Mújica es autor de El gran capitán de Dios, San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús…, obra firmada en 1729, que no llegó a publicarse, la cual consta de nada menos que 1.792 octavas reales[3].


[1] Para más datos sobre estos autores y obras, remito a Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 109-163.

[2] Tomo el texto de Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, p. 128.

[3] Sobre algunos de estos poemas épicos ignacianos existe bibliografía. Por ejemplo, Giovanni Meo-Zilio, Estudio sobre Hernando Domínguez Camargo y su «San Ignacio de Loyola, Poema heroyco», Mesina, Casa Editrice G. D’Anna, 1967. Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Don García Hurtado de Mendoza en «El gobernador prudente» de Gaspar de Ávila (13)

El elemento religioso constituye un aspecto muy destacado en el desarrollo de esta comedia[1]. Algunos detalles nos han ido apareciendo ya en entradas anteriores, pero los sintetizaré ahora recordando las escenas y los motivos esenciales. Un aspecto destacado es la piedad religiosa de don García. Ya comenté la escena en la que se tumba en el suelo al paso del Santísimo Sacramento, que sirve para poner de relieve la piedad y la humildad del gobernador, y que —en esta comedia— va imbricada con el acto gubernativo de la detención de Villagrán. Otro detalle de ese comportamiento piadoso: cuando los indios se ofrecen a poblar algunas ciudades que han quedado deshabitadas por la guerra, don García decide que la primera ha de ser la Concepción, «porque tenga preeminencia / por el nombre, como es justo» (vv. 2476-2477)[2].

Arauco domado, de Pedro de Oña

Otro detalle que merece comentario es la denominación de San García que se aplica al personaje: cuando quedan derrotados los araucanos, los demás indios que les seguían en la rebelión acuden en masa a someterse a los españoles, momento en que comenta Bocafría: «Dicen que eres San García / y que te quieren besar / los pies» (vv. 2371-2373a). Como anota Patricio Lerzundi, esta denominación de San García estaba ya en el exordio del Arauco domado de Oña («¡oh, sublime garza Sant García!»). Y es ahora cuando parece cobrar más sentido la alusión al Flos Sanctorum de Villegas: podríamos decir que del panegírico hemos pasado definitivamente a la hagiografía; don García se ha convertido ya en San García.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por Gaspar de Ávila, El gobernador prudente / The Prudent Governor, ed. de Patricio Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2009, con ligeros retoques en la puntuación. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.