La presencia del Cid burlesco en el Siglo de Oro se completa con algunos ejemplos poéticos, como el romance de Quevedo «Pavura de los condes de Carrión» (Poesía original, núm. 764, pp. 963-966), que también nos ofrece una visión desmitificadora del héroe castellano, ya desde su comienzo con claros ecos romanceriles:
Mediodía era por filo,
que rapar podía la barba,
cuando, después de mascar,
el Cid sosiega la panza;
la gorra sobre los ojos
y floja la martingala,
boquiabierto y cabizbajo,
roncando como una vaca (vv. 1-8).
El poema se centra en los efectos fisiológicos (sin ahorrar alusiones escatológicas directas) que causa en los condes el miedo provocado por la escapada del león:
Las narices del buen Cid
a saberlo se adelantan,
que le trajeron las nuevas
los vapores de sus calzas.
Salió cubierto de tierra
y lleno de telarañas;
corrióse el Cid de mirarlo,
y en esta guisa le fabla:
«Agachado estabais, conde,
y tenéis mucha más traza
de home que aguardó jeringa
que del que espera batalla.
Connusco habedes yantando,
¡oh, que mala pro vos faga,
pues tan presto bajó el miedo
los yantares a las ancas!
Sacárades a Tizona,
que ella vos asegurara,
pues en vos no es rabiseca,
según la humedad que anda» (vv. 65-84).
Pero, por encima del remedo de la fabla arcaica, lo que prevalece en el retrato de don Rodrigo es esa imagen grotesca: un Cid nada heroico que ronca como una vaca y se despierta de su sueño con legañas. La inclusión de palabras vulgares, propias del bajo estilo (mascar, panza, pescuezo, caca, etc.), refuerza esa imagen degradada del personaje.
Termina así:
Ya que Colada no os fizo
valiente aquesta vegada,
fágavos colada limpio:
echaos, buen conde, en colada».
«Calledes, el Cid, callades»
—Dijo, con la voz muy baja—,
«y la cosa que es secreta,
tan pública no se faga.
Si non fice valentía,
fice cosa necesaria;
y si probáis lo que fice,
lo tendredes por fazaña.
Más ánimo es menester
para echarse en la privada
que para vencer a Búcar
ni a mil leones que salgan:
ánimo sobrado tuve».
más en esto el Cid le ataja,
porque, sin un incensario
ninguno a escuchar la guarda:
«Id, infante, a doña Sol,
vuesa esposa desdichada,
y decidla que vos limpie,
mientras vos busco una ama.
Y non habléis ende más;
y obedeced, si os agrada,
aquel refrán que aconseja:
la caca, conde, callarla.» (vv. 129-156)[1].
[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El Cid burlesco del Siglo de Oro: el revés paródico de un mito literario español», en Sara Rojo et al. (eds.), Anais do V Congresso Brasileiro de Hispanistas / I Congresso Internacional da Associação Brasileira de Hispanistas, Belo Horizonte (MG), Faculdade de Letras da Universidade Federal de Minas Gerais, 2009, pp. 408-416.









