Se trata de una pieza en un acto y en prosa[1] escrita en colaboración con Manuel Juan Diana[2], estrenada y publicada en 1844, que puede calificarse de «comedia de enredo»[3]; se basa en múltiples equívocos provocados sobre todo por la confusión de las voces de distintos personajes. Simón Díaz señala que «toda la acción se apoya en dos recursos gastadísimos: las situaciones cómicas que originan cuatro mujeres, entre las que hay una habladora, una muda y una inglesa, y los conflictos del hombre que sólo conoce de su amada el timbre de voz»[4]; así es, básicamente, aunque hay otros elementos que entran en juego.
Lo mejor será repasar el argumento de la pieza, complicado pese a su brevedad: don Gerónimo quiere casar a su joven hija Agustina de Mendoza con el vizconde del Mimbre; pero con el vizconde desea contraer matrimonio otra señora, Agustina Parreño (ya de entrada nos encontramos con dos personajes con el mismo nombre, aunque esta circunstancia no será explotada por los autores). Agustina de Mendoza está enamorada de Luis, un galán al que ha conocido durante las pasadas fiestas de carnaval. Los tres días que han durado las fiestas se han visto con máscaras; Luis no puede reconocer a su amada, salvo por su voz, de la que se ha prendado; así se lo cuenta ella a su amiga: «Mi talle le arrebata, y sobre todo mi voz, el metal de mi voz tiene para él un encanto prodigioso, le causa un efecto mágico» (p. 98)[5]. En esto, la Mendoza reconoce en el galán que ronda la calle a su Luis y la Parreño le llama, fingiendo ser una criada de la casa[6].
A partir de aquí los enredos se suceden sin fin: este Luis que se ha enamorado de la Mendoza «por el metal de la voz» es don Luis de Vargas, antiguo prometido de la Parreño, que acaba de llegar de La Habana para casarse con ella, tal como convinieron los padres de ambos. La Mendoza no quiere mostrarse ante don Luis, temerosa de que su rostro no cause en él la misma impresión que su voz: piensa que le va a parecer fea y, para no romper el hechizo ideal provocado por los encantos de su voz, decide hablarle desde detrás de una puerta (cfr. p. 104). Después don Luis habla con don Diego, hermano de la Parreño, y se produce otra confusión: Luis cree que la mujer que le ha hablado desde detrás de la puerta —la desconocida de la hermosa voz— es la hermana de don Diego, es decir, su prometida esposa. Aparece entonces ésta y, como no pronuncia palabra, Luis le dice su amor; la Mendoza, que sigue tras la puerta, siente celos. Al final la Parreño pronuncia algunas palabras, con lo que Luis descubre que no es «la» voz, y decide que no se casará con ella.
Acto seguido, para poder salir de la habitación en que se escondía, la Mendoza se hace pasar por Carolina, una prima muda de la Parreño. Nueva confusión: llega Enriqueta, una amiga inglesa de la Parreño, y Luis cree que esta será la «beldad misteriosa» de hermosa voz; pero cuando pronuncia unas palabras en inglés, descubre que tampoco es ella. Aparece entonces Carolina, la muda, y de nuevo Luis piensa que esta tiene que ser la poseedora de la encantadora voz; pero la muda, con su forzoso silencio, muestra que no es la esperada. Don Luis, desesperado, quiere pegarse un tiro en la cabeza, pero es detenido por las damas. En esto, oye de lejos hablar a la Mendoza; Luis se acerca a la habitación de donde salía la anhelada voz, pero allí se encuentra con el Vizconde; como sus facciones son afeminadas, Luis piensa que es la dama misteriosa, aunque vestida de varón, y le habla amorosamente. Entonces aparece don Gerónimo, que reconoce a su sobrino, el Vizconde, y se sorprende al ver a Luis diciéndole mil lindezas: «¡Qué escucho!, caballero, ¿usted adora a mi sobrino?» (p. 117).
Vuelve de nuevo don Diego, el dueño de la casa; el Vizconde no puede explicar su presencia allí, porque también su voz sería reconocida, en su caso, para mal: ocurre que ambos tuvieron una discusión una noche; un criado del Vizconde abofeteó a don Diego, y éste prometió vengarse: «Yo estoy inocente, il juro; pero D. Diego jura y perjura que me conocerá por la voz y que en oyéndome hablar no ha de dejarme una muela», había explicado antes (p. 103). Al final, los equívocos se aclaran, Agustina y el Vizconde pueden hablar libremente, y todo termina de forma feliz: Agustina se casará con don Luis y el Vizconde con la Parreño; don Diego, por su parte, perdona a su futuro cuñado el anterior incidente[7].
[1] Los encantos de la voz, comedia original en un acto, en prosa, Madrid, Imprenta de don Antonio Yenes, 1844. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 93-120, que no reproduce la indicación: «La escena es en Madrid, 1843»; ni esta otra «Nota»: «Esta comedia es propiedad de la Sociedad de Escritores Dramáticos, la cual perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino, o en alguna Sociedad de las formadas por acciones, suscripciones o cualquiera otra contribución pecuniaria, sea cual fuere su denominación, con arreglo a lo prevenido en las Reales Ordenes de 5 de mayo de 1837, 8 de abril de 1839 y 4 de marzo de 1844, relativas a la propiedad de las obras dramáticas». Los actores que la representaron fueron las señoras Pérez (doña J.), Chafino, Durán y Bueno y los señores Alverá, Lumbreras, Calatañazor (don V.) y López.
[2] Puede verse una interesante carta de Diana a Navarro Villoslada, sobre esta obra, en el Apéndice documental.
[3] En el propio texto de la comedia encontramos rastros lingüísticos que nos orientan sobre el carácter de la pieza: «¿Si será esta otra mojiganga por el estilo?» (p. 115); «autor de tantos enredos» (p. 115); «por mi honor que se van a concluir tantos enredos» (p. 117); «acaben de una vez estos embrollos» (p. 117); «de estos amores clandestinos han nacido tantos enredos» (p. 120).
[4] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 175. Añade en nota refiriéndose a que don Luis solo conoce la voz de Agustina: «D. Joaquín de Entrambasaguas nos dice haber oído referir a su abuelo materno, amigo del novelista, que dicha extraña circunstancia se dio en las relaciones del hermano de éste, Ciriaco, con la que luego fue su esposa».
[5] Recuérdese el título de la comedia: Los encantos de la voz. Otras alusiones a la voz: «esa cuya voz me encanta» (p. 100), «esa es la voz que me enajena, que me entusiasma» (p. 101), «ese tu acento dulcísimo y sonoro que hace latir mi corazón de una manera inusitada» (p. 104); «sabe los maravillosos efectos que hace en mí el eco de su voz» (p. 107); «ese bello fantasma, cuya voz dulce, angelical…» (p. 109); «esa voz que me electriza» (p. 111); «esa voz encantadora» (p. 114); «su voz es para mí más que el imán para el acero» (p. 114); y las palabras finales de la comedia: «No era sólo su voz; pero su voz tendrá siempre para mí los mismos encantos» (p. 120).
[6] Su pronunciación imita el habla popular andaluza: mersé, yama, güena voluntá, jase ʻhaceʼ, casualidá, anda enamoricao, miusté, cudiao, descudiao, cabayero, naa, etc.
[7] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.









