Encontramos en esta comedia de Ricardo de Turia[1] bastantes elementos de interés que merecerían un comentario más detallado: por un lado, todo lo relacionado con la codicia de Valdivia, leitmotiv repetido a lo largo de la obra y, al final del primer acto, la muerte del capitán español y su maldición contra Lautaro, que finalmente se cumple, como ya indiqué; la presencia en escena de una mujer en traje de varón (Guacolda vestida de español); también la importancia de los sueños, avisos y agüeros (a Lautaro se le aparece la Muerte), así como las intervenciones sobrenaturales —con sus correspondientes recursos de tramoya— en el momento del asalto de Concepción (las figuras contrapuestas de Eponamón, divinidad araucana, y la Virgen María)[2].

Interesa señalar igualmente lo relativo a la prueba del tronco para la elección del toqui o capitán general del ejército araucano (que se incluye en forma de relato, porque en esta pieza no interviene Caupolicán como personaje[3]); e, igualmente, las numerosas referencias a personajes y elementos del mundo clásico, de la antigüedad greco-romana, puestas en boca de los indios[4].
Por otra parte, debemos tener en cuenta que todas las comedias auriseculares sobre la materia de Arauco, más allá de sus específicos valores dramáticos, resultan interesantes porque plantean —en mayor o menor medida— el tema de la justificación de la conquista de América por los españoles. En el caso concreto de La belígera española, ese componente ideológico no resulta demasiado relevante, aunque apunta aquí y allá, como ha destacado la crítica[5]. Sea como sea, en próximas entradas centraré mi atención en el retrato que de doña Mencía de los Nidos nos ofrece Turia en su comedia[6].
[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.
[2] Fausta Antonucci («El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, coord. Ysla Campbell,Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, pp. 25-26) comenta que: «El reparto prevé 15 actores más las comparsas necesarias para una representación “de masas” con desfiles de ejércitos; la puesta en escena requiere dos apariciones “en los aires”, música, ruidos de guerra, un monte, una cortina, uso de escotillones y tramoyas: en suma el tipo de espectáculo de aparato típico de los “dramas de hechos famosos”». Recientemente, Alessandro Cassol («El mundo araucano en tres comedias áureas: creación del espacio dramático y proyección del imaginario eurocéntrico», en La creación del espacio dramático en el teatro español entre finales del siglo XVI y principios del XVII, dir. Francisco Sáez Raposo, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2014, pp. 280-285) ha estudiado la pieza desde la perspectiva de la creación del espacio dramático y el empleo de varios recursos espectaculares.
[3] Sobre Caupolicán como personaje literario, ver (entre otros muchos trabajos) Melchora Romanos, «La construcción del personaje de Caupolicán en el teatro del Siglo de Oro», Filología (Buenos Aires), XXVI, núms. 1-2, 1993, pp. 183-204. Para la prueba del tronco, remito a Miguel Zugasti, «El toqui Caupolicán y la prueba del tronco a la luz de un nuevo texto. Entre etnohistoria y literatura», Colonial Latin American Review, 15.1, 2006, pp. 3-28.
[4] Aunque a veces se dice que su dios es el Sol o hablan del cielo y de Eponamón, por ejemplo, son más frecuentes en sus labios menciones a dioses y personajes de la mitología y la antigüedad greco-latina o hispana: Ulises, Circe y los lotófagos (vv. 7-8), Faetón (v. 111), el carro del sol (v. 112), una sirena (v. 397), Marte (vv. 528, 1445, 1941, 2693), Baco y Belona (vv. 599-600), Diomedes (v. 1006), César (v. 1014), el rey Rodrigo (v. 1984), Belona (v. 2226), las amazonas (v. 2232), Régulo (v. 2290), el mago Fitón (vv. 2852 y 2938), Tarquín (v. 3046)… Se trata del mismo código de referencias cultas que aparece también en boca de los españoles.
[5] Ver Antonucci, «El indio americano…», p. 26; Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1993, pp. 181-183; y Moisés R. Castillo, Indios en escena. La representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette, Purdue University Press, 2009, pp. 106-107.
[6] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia», Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.








