Otro momento que se reconstruye de la biografía cervantina en La leyenda del ladrón[1] es el de sus años de cautiverio en Argel. Este es el momento en que fray Juan Gil negocia con Hazán Bajá la libertad de algunos cautivos cristianos que están ya embarcados para ser llevados a Constantinopla:
El siguiente en su lista era un soldado que llevaba más de cinco años cautivo en Argel, y cuya familia había vendido hasta la última fanega de tierra que poseían en España para rescatarle. Le dijo su nombre al cadí.
—Ah, ése. Le tengo un cierto aprecio, es gran conversador. Pensaba guardármelo para mí.
—¿Podría ser que os hiciese cambiar de planes, majestad?
—Bien pensado, necesito una alfombra nueva. Seiscientos escudos.
—¡Majestad, es sólo un simple soldado!
El cadí meneó la cabeza.
—Llevaba cartas de recomendación del mismísimo don Juan de Austria. Debe de tener amigos influyentes. Si quieren recuperarlo, tendrán que pagar.
La negociación volvió a empezar, esta vez con una vida distinta en la balanza. Al cabo de largo rato, Hazán se cansó del juego y plantó una cifra definitiva.
—Quinientos escudos, fray Juan. No creo que consiga un buen brocado persa por menos (pp. 494-495).
Se alude a los supuestos amores homosexuales de Hazán Bajá con el cautivo cristiano, que podrían ser la causa que explicase por qué Cervantes no fue nunca castigado pese a sus reiterados intentos de fuga. Así, en un momento del «Interludio», traen a Cervantes cargado de cadenas a presencia de su amo y de fray Juan:
El cadí dio una palmada y un par de guardias se presentaron enseguida arrastrando al prisionero. Éste iba cargado de cadenas, con grilletes en muñecas y tobillos. Tenía el pelo y la barba largos y enmarañados, y apestaba a sudor y a orines. Cuando los guardias dejaron de sostenerle, se desplomó jadeante en la cubierta.
—Menuda mercancía me entregáis, majestad —protestó el fraile.
—Debéis agradecer a mi magnanimidad que se encuentre en tan buen estado. Este caballero ha intentado escaparse cuatro veces. En una de las ocasiones incluso se llevó a sesenta esclavos más con él. Tendría que haberlo ahorcado hace tiempo, pero tengo una debilidad especial por este hombre. Me conformo con ir metiéndole en el agujero cuando se porta mal —dijo Hazán, poniendo un énfasis especial en la última frase.
Fray Juan ignoró el malicioso comentario, pues a diferencia de muchos otros, el fraile jamás juzgaba lo que hacían los hombres para sobrevivir en aquel lugar dejado de la mano de Dios. Además, a través de otros prisioneros había escuchado de la extrema valentía con la que se había portado aquel hombre. Había intentado la fuga de todas las maneras posibles, desde huyendo a los montes cercanos a la ciudad hasta robando una barca y confiándose al mar. En una de aquellas tentativas había conducido a un gran grupo de esclavos cristianos hasta una cueva, donde habían malvivido, escondidos durante meses hasta que otro cristiano traidor les había vendido por una jarra de manteca.
La ley turca estipulaba que la fuga se castigaba con la muerte, pero el hombre que ahora languidecía sobre la cubierta había dado un paso al frente y se había atribuido toda la responsabilidad cuando los guardias del cadí los habían capturado en la cueva. Aquel hombre, aunque fuera de ascendencia humilde, tenía más derecho que nadie a regresar a España, con los suyos (pp. 494-495).
Más adelante, después de que Sancho le ayuda a ganar dinero en el garito de juego de Ramos, se aludirá a sus heridas cobradas en Lepanto:
Sobrevino un silencio incómodo, y Sancho se vio obligado a hablar. Señaló la mano izquierda, atrofiada e inútil de su interlocutor.
—¿Qué os ocurrió?
El comisario pareció azorado un instante, como si la simple mención de la herida lo transportase muy lejos de allí.
—Esto, muchacho, fue a causa de tres tiros de arcabuz que me dieron en Lepanto. La más alta ocasión que vieron los siglos. Y si me hicierais el honor de compartir un vaso de vino conmigo, me encantaría contaros cómo sucedió.
—Tal vez en otra ocasión, señor (p. 512).
Como vemos, hay aquí, con la mención de «La más alta ocasión que vieron los siglos», un claro eco intertextual cervantino (reminiscencia del famoso prólogo del Quijote de 1605). La intertextualidad se aprecia también cuando Sancho pide ayuda al comisario para desenmascarar a Vargas, que ha acaparado todo el trigo de la ciudad:
—Habéis tenido una vida muy dura, amigo Sancho. Siempre he sido de la opinión de que cada hombre se labra su propia fortuna. Pero nunca tenemos a mano un buen cincel, y a veces hay que hacerlo a dentelladas. No temáis que os juzgue, porque eso no me corresponde a mí, sino a Dios (p. 579).
La formulación «cada hombre se labra su propia fortuna» evoca, con otras palabras, la afirmación, tan del gusto cervantino, de que «cada uno es artífice de su ventura» (Quijote, II, 66).
En fin, esta es la breve semblanza que se dedica a Cervantes en la nota explicativa del autor, la cual se centra en los acontecimientos de su vida aquí evocados:
Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey en la época en la que transcurre la novela y más tarde autor de cierto renombre, pasó una etapa de su vida muy ligado a Sevilla y la recolección de grano. También se metió en bastantes líos con las cartas y con la justicia antes de escribir una obra inmortal que, quién sabe, pudo ser inspirada en parte por un ladrón impetuoso y noble llamado Sancho de Écija. Toda la parte correspondiente a su rescate en Argel, así como la figura de fray Juan Gil, responden tanto a la realidad como he sido capaz de reflejar[2].
[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.
[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.









