«Consummatum est», de Julio Mariscal Montes

Es Viernes Santo. El Verbo, que se había humanado para habitar entre nosotros, muere —y muere una muerte de cruz, que en la antigua Roma era considerada la forma más infamante de ejecución, reservada para esclavos, rebeldes y enemigos del Estado que no fueran ciudadanos romanos— para, con su sangre redentora, ser la Salvación del mundo. Ese momento de la muerte de Jesús lo evoca este emotivo soneto —uno más— de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), que toma como motivo las últimas palabras de Cristo según Juan, 19, 30. 

José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Ya nunca más. El viento, solo juega
a rebuscar la vida por su frente,
mientras el mundo flota sin simiente
y la tarde sin flores se doblega.

Ya nunca. Nunca. El corazón se entrega:
Amor… Piedad… Señor. ¿Cómo se siente
¿Cómo, Señor, se doma la corriente
de esta sangre podrida y andariega?

Cristo está aquí clavado, remachado
a salivazo limpio[1] por la oscura
cerrazón de la noche en agonía.

Cristo con una rosa en el costado[2]
y la Última Palabra[3], seca y dura,
colgándole del labio todavía[4].


[1] a salivazo limpio: aunque el sentido de la expresión no es aquí literal, sino metafórico, evoca las burlas de los soldados romanos en el Pretorio de Jerusalén. Cfr. Mateo, 26, 67-28: «Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: “Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó”».

[2] una rosa en el costado: a su vez, esta metáfora anticipa la próxima herida de la lanza del centurión romano, identificado con Longinos (o Longino) de Cesarea, para asegurar la muerte del crucificado: «Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Juan, 19, 34)..

[3] la Última Palabra: las Siete Palabras de Jesús en la cruz son frases pronunciadas durante su crucifixión, recogidas en los evangelios y que resumen su mensaje de salvación, amor y entrega. La sexta de esas palabras, en la versión latina de la Vulgata, es el «Consummatum est» que da título al poema y que significa ʻestá consumadoʼ, ʻtodo está cumplidoʼ o ʻse ha terminadoʼ: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es”. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (Juan, 19, 30). En Lucas, 23, 46 la frase equivalente (Séptima Palabra), dicha a la hora novena (tres de la tarde), justo antes de expirar, es «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

[4] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 363-364.

«Al amor os convoco», de Jesús Arcensio

Vaya para hoy, Jueves Santo, este original soneto de Jesús Arcensio Gómez Sánchez (Galaroz, Huelva, 1911-Sevilla, 1992), en el que la voz lírica convoca en el lugar de la Crucifixión de Jesús a distintos elementos de la naturaleza, y al final «al mundo entero» (v. 9), no solo para consolar en su dolor al Cristo crucificado, sino para todos juntos alzar el Madero de la Cruz como bandera «contra las egoístas sinrazones / del odio, la injusticia y el dinero» (vv. 12-13).

Giotto y colaboradores, Crucifixión (1308-1310). Basílica Inferior de Asís (Asís, Italia)
Giotto y colaboradores, Crucifixión (1308-1310). Basílica Inferior de Asís (Asís, Italia).

Petirrojos convoco, golondrinas
y nubes de algodón a restañarte
la sangre de tus llagas y arrancarte
la raíz del dolor con las espinas.

Convoco de mi amor a las ruïnas
para desenclavarte y abrazarte;
a mi aliento convoco para darte
vida a Ti que a la Vida nos conminas.

Al Gólgota[1] convoco al mundo entero
para que, en comunión de corazones,
alce como bandera tu Madero

contra las egoístas sinrazones
del odio, la injusticia y el dinero.
¡Y así no habrá ya más crucifixiones![2]


[1] El Gólgota (del arameo Gûlgaltâ) o Calvario (del latín Calvariae Locus) es el lugar de la crucifixión de Jesús, mencionado en los cuatro evangelios. Significa ʻLugar de la Calaveraʼ y se situaba extramuros de Jerusalén. 

[2] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 289-290. En el v. 5 edito «ruïnas» en vez de «rüinas».

«A Cristo en la Cruz», de Ramón de Garciasol

Vaya para este Miércoles Santo el soneto «A Cristo en la Cruz» de Ramón de Garciasol (seudónimo de Miguel Alonso Calvo, Humanes, Guadalajara, 1913-Madrid, 1994), con el comentario con el que se lo envió al antólogo Leopoldo de Luis:

Cuando hice estudios sobre el Homo albaterensis, allá por la primavera-verano de 1939, escribí este soneto que te copio, pues desconozco si Luis Guarner llegó a publicar su antología de poemas religiosos. […] Te pongo aquí este poema en función testimonial y documentaria. Algunos me dijeron entonces que el soneto es más Cristo-Pueblo que Cristo-Símbolo. No lo sé. Lo que recuerdo es que le escribí con la muerte hasta la garganta. Además, Cristo era —y es— pueblo también —uno de los nombres que se le olvidaron a fray Luis—, como nos advierte su origen, su encuadramiento humano. Y por algo el pueblo lleva su cruz, en la que a menudo acaba izado por cabezonerías, egoísmos e ignorancias[1].

Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.
Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.

El poema dice así:

Si no fuera por Ti, ¿quién disipara
esta espesa negrura que me crece
como bosque de luto? Me parece
habitar el dolor. Veo tu cara

chorreada de sangre que saltara
la soberbia brutal que entenebrece
la historia de los hombres y amanece
en mi pecho por tu mirada clara.

Tu Cruz echa raíces en la roca
estéril hasta ahora de mis días
y tu cruel Pasión limpia mi boca.

Seré digno de Ti. Si no me dejas
las espinas darán sus profecías.
Estás por mí en la Cruz y no te quejas[2].


[1] Ramón de Garciasol, «Sobre la poesía religiosa (Carta a Leopoldo de Luis)», en Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 67-68.

[2] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, p. 67.

«A la Oración del Huerto», de Cristóbal Cabrera

Vaya para este Martes Santo el soneto «A la oración del Huerto», del misionero y escritor del siglo XVI Cristóbal Cabrera, nacido en Burgos hacia 1513, que vivió en Nueva España protegido primero por el virrey Antonio de Mendoza y luego por Vasco de Quiroga. 

El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido)
El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido).

La humanidad de Dios, triste, afligida,
con pura sangre matizando el suelo[1],
rogaba al Padre con humilde celo
le escusase la muerte dolorida[2].

Un ángel le envió, su voz oída,
que ansí le dice, dándole consuelo:
«¿Qué es esto, Capitán de tierra y cielo?
¿Teméis la muerte, siendo vos la Vida?

Como hombre la temió; mas como fuerte
y eterno Dios, no hay cosa que le asombre;
y así el temor en ánimo convierte.

Pues di, cristiano indigno de tal nombre:
si Cristo, con ser Dios, temió la muerte,
¿cómo tú no la temes, siendo hombre?[3]


[1] con pura sangre matizando el suelo: según Lucas, 22, 44, Jesús sudó sangre en el huerto de Getsemaní durante su angustiosa oración antes de la crucifixión. Médicamente, este fenómeno se conoce como hematidrosis, y se produce cuando un estrés emocional extremo rompe los capilares, mezclando sangre con el sudor. 

[2] rogaba al Padre … le escusase la muerte dolorida: comp. Mateo, 26, 39: «Unos pasos más adelante, se inclinó sobre su rostro y comenzó a orar. Y decía: “Padre mío, si es posible, haz que pase de mí esta copa. Pero que no sea como yo lo quiero, sino como lo quieres tú”». 

[3] Cito con algún retoque por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 272.

«El Cirineo», de Julio Mariscal Montes

Vaya para este Lunes Santo otro bello soneto de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), dedicado a Simón de Cirene, el Cireneo (o el Cirineo), una persona que «venía del campo» y, según los evangelios (Mateo, 27, 32-33; Marcos, 15, 21-22 y Lucas, 23, 26-27), ​fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con la cruz hasta el Gólgota.

Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

La artesa y el olivo; el hormiguero
de afanes por la yunta o el verano…
Desde su amanecer ya era mi mano
justa para abrazar este madero.

Me equivocó la brisa de sendero,
que iba a los surcos y me trajo al grano;
me equivocaba este pujar en vano
hacia un terrible y último tempero.

Pero rugió la plebe: «Este que viene
cumplido de pujanza…». La mirada
del Hombre se hizo estrella: amanecía.

Jesús, de Nazaret. Yo, de Cirene.
Luna y sombra cumpliendo una jornada
que ya iba a repetirse cada día[1].


[1] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 363.

«Hosanna», de Julio Mariscal Montes

Vaya para hoy, Domingo de Ramos, este bello soneto de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), que evoca la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén.

Juan de Flandes, La entrada de Cristo en Jerusalén (1496-1504), óleo que forma parte del Políptico de Isabel la Católica. Patrimonio Nacional, Galería de las Colecciones Reales (Madrid). Inventario 10002024.
Juan de Flandes, La entrada de Cristo en Jerusalén (1496-1504), óleo que forma parte del Políptico de Isabel la Católica. Patrimonio Nacional, Galería de las Colecciones Reales (Madrid). Inventario 10002024.

¡Jerusalén! ¡Jerusalén…! Ardía,
traca de «hosannas»[1], viva, la mañana,
cizañando la esquina y la ventana
con un último ramo de alegría.

Marceaban los campos; se sentía
orondear la espiga y la manzana,
y esa sangre podrida que engalana
un ramalazo oscuro de agonía.

Jesús cruzaba entre los ramos: era
raya en el mar, luna de abril subiendo
calles de un mundo tornadizo y loco.

Se espesaba de azul la primavera,
y entre «hosanna» y «hosanna» iba sintiendo
que empezaba a morir poquito a poco[1].


[1] «Hosanna» proviene de la expresión hebrea hōša’nā, que significa ʻte ruego que salvesʼ, ʻsalva ahoraʼ o ʻsálvanos, te pedimosʼ. Aunque comenzó como una súplica de ayuda, pasó a usarse como un grito de júbilo, alabanza y reconocimiento mesiánico, especialmente cuando la multitud lo exclamó durante la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (téngase en cuenta que el pueblo judío esperaba la llegada de un Mesías con poder político-militar que lo liberase de la opresión romana, y no uno que predicase la paz y la mansedumbre). 

[2] Incluido en El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 265.

«¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte», soneto atribuido a Calderón de la Barca

Vaya para hoy, Sábado de Pasión, un hermoso soneto atribuido tradicionalmente a Calderón de la Barca. Dejando de lado la cuestión de la autoría, me limitaré a señalar que el poema, construido como un apóstrofe a «mi Jesús», «amable Jesús», «Jesús» (vv. 1, 9 y 14), recuerda —no solo por el contenido, sino también por su estructura paralelística— el célebre «No me mueve, mi Dios, para quererte». Llamo la atención sobre el hecho de que doce de las catorce rimas se consiguen con formas verbales de infinitivo + pronombre enclítico, siendo vida y herida (vv. 10 y 13) las únicas rimas con sustantivos.

Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid)
Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid).

¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí del todo darte,
sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, quiero abismarme
en ese dulce abismo de tu herida,
y en tus divinas llamas abrasarme.

Quiero en aquel que quiero transformarme,
morir a mí, para vivir tu vida,
perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme[1].


[1] Cito, con ligeros retoques de puntuación, por Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 156. En YouTube existen algunas versiones musicadas del texto, por ejemplo esta de Viviana Sassaro o esta otra de Eric Costa.

«El llanto de la Virgen», de Lope de Vega

Vaya para este Viernes de Dolores, que marca el inicio de la Semana Santa, la traducción de Lope de Vega del «Stabat Mater» —poema atribuido al papa Inocencio III y a Jacopone da Todi—, incluida en sus Soliloquios amorosos de un alma a Dios, publicados en 1626 bajo el anagrama de Gabriel Padecopeo.

Piedad, de Luis de Morales (siglo XVI)
Piedad, de Luis de Morales (siglo XVI).

La Madre piadosa estaba
junto a la Cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía;

cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh, cuán triste! ¡Oh, cuán aflicta
se vio la Madre bendita
de tantos tormentos llena,

cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena!

¿Y cuál hombre no llorara
si la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera,
piadosa Madre, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre;

y muriendo el Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo!

Y que por mi Cristo amado
mi corazón abrasado
más viva en Él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo:

porque acompañar deseo
en la Cruz, donde lo veo,
tu corazón compasivo.

Virgen de vírgenes santas,
llore ya con ansias tantas
que el llanto dulce me sea.

Porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su Cruz me enamore
y que en ella viva y more,
de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y me encienda
y contigo me defienda
en el día del Juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;

porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén[1].


[1] Cito con algún ligero retoque por Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, pp. 169-173.

Francisco Navarro Villoslada, autor dramático

La fama de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) como novelista ha oscurecido otras facetas de su producción, entre ellas la de dramaturgo: «Cuando se habla de Navarro Villoslada —dice José María Corella— enseguida se nos aparece su vertiente de novelista. Y con frecuencia pasamos por alto el que, además de la novela, el ilustre vianés cultivó la sátira política, la poesía y el teatro»[1]. Sin embargo, en los manuales de historia del teatro español del siglo XIX no se recuerda el nombre de Navarro Villoslada, salvo alguna excepción[2].

Francisco Navarro Villoslada, en La Ilustración Católica, 1878

Por supuesto, no es que el de Viana diera muchas o muy importantes obras a la escena, pero interesa cuando menos dejar constancia de su actividad en este terreno. Quizá convenga recordar que, por aquellos años, el dramático era el género literario en el que solían hacer sus primeras armas los escritores noveles, en tanto en cuanto era el que más rápido podía conducir al éxito (si se tenía habilidad) y el mejor pagado. La vocación de Navarro Villoslada por el teatro es bastante temprana; entre los documentos conservados por sus descendientes se encuentran los borradores de varias piezas dramáticas de los años 30 y 40. Se ha señalado también que algunos pasajes de sus novelas están concebidos casi teatralmente, no solo por la abundancia y vivacidad de los diálogos, sino también porque existen algunas indicaciones del narrador que semejan acotaciones escénicas; esto se acentúa especialmente en Doña Blanca de Navarra, que, en efecto, fue concebida primero como obra dramática. Sin embargo, José María Corella, que ha dedicado un breve artículo a la producción dramática de Navarro Villoslada, explica que el tipo de teatro que escribió no se acomodaba al gusto de la época:

Las corrientes liberales, la influencia francesa en el teatro (desaparece en Francia el romanticismo para pasar al realismo, y de éste al simbolismo), que cala en las élites rectoras del teatro español, no tienen espacio para este vianés que, tradicionalista y católico a ultranza, concibe unas tramas argumentales que nada tienen que ver con la «comedia rosa», importada de Francia (recordemos La Parisienne de Henri Becque), el naturalismo contrarromántico o el mismo romanticismo borrascoso y truculento que impera por la escena española.

Navarro Villoslada produce un teatro basado en sólidas ideas religiosas, con ciertos ribetes de psicológicos heroísmos y al margen de toda construcción revolucionaria. Echarse en brazos de Dios, Los encantos de la voz, El Mariscal, son comedias escritas en correcto estilo y cierto discursismo que pasaron sin pena ni gloria a pesar de la solidez de su temática, desarrollo y desenlace[3].

El padre Goy, que dispuso de material de primera mano del autor, señala que en los años cuarenta Navarro Villoslada tenía escritas «no pocas piezas escénicas, que si no tuvieron los honores de las tablas, no fue por escasez de interés, sino por sobra de depravación moral que se iba ya adueñando de circos y escenarios»[4]. Y continúa explicando el redentorista:

En época posterior aún compuso Villoslada alguna que otra pieza dramática, pero no tardó en abandonar por completo esta clase de literatura, dando para ello la siguiente hermosísima razón con que queremos poner remate a este artículo.

No le gustaban los procedimientos que había que seguir con las actrices entre bastidores para el buen éxito de las obras. No se dice si otra de las causas fue el gusto de los espectadores, que como en su casi totalidad no van al teatro con muy santos anhelos, se imponen muchas veces a la misma conciencia de los autores. Navarro Villoslada no vendía su conciencia ni siquiera por este amor, que era uno de sus más puros y santos amores, el amor al arte[5].

Corella, corroborando la opinión del padre Goy, apostilla: «Navarro Villoslada prefirió abandonar el teatro antes que abandonar sus principios. Fue una decisión que dice mucho en pro del hombre, pero que dejó casi inédito a un autor que bien hubiera podido pasar a la historia de la escena española». Ignacio Elizalde, en cambio, señala que abandonó este terreno consciente de sus propias limitaciones: «El gran novelista histórico intentó hacer teatro, pero fracasó por no saber manejar bien, como lo hacía en la novela, los hilos de la farándula»[6]. En el mismo sentido se manifiesta Ignacio Baleztena Azcárate (Premín de Iruña):

El inmortal Francisco Navarro Villoslada, que como autor de Amaya, Doña Blanca y Doña Urraca de Castilla mereció ser en justicia llamado el Walter Scott español, como dramaturgo le ocurrió lo que a tantos novelistas que se dejan ofuscar por la luz de las candilejas; acuden ciegas a ellas para al fin fracasar[7].

Estas dos distintas razones pudieron influir para que Navarro Villoslada decidiese abandonar el mundo del teatro. Ahora bien, convendría recordar igualmente que desde 1849, fecha de Doña Urraca de Castilla, hasta 1877, cuando empieza a salir Amaya en el folletín de la revista La Ciencia Cristiana, desatendió casi por completo su producción literaria, ocupado como estaba en tareas periodísticas y políticas: no es únicamente que deje de producir obras para el teatro, sino que en el espacio de treinta años no publica ninguna novela, que constituye su terreno natural. En próximas entradas comentaré las obras dramáticas de Navarro Villoslada que se estrenaron y fueron publicadas, que apenas han merecido atención alguna por parte de la crítica[8].


[1] José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático», Pregón, año XXVI, núm. 97, otoño de 1968.

[2] Únicamente Ermanno Caldera y Antonietta Calderone, «El teatro en el siglo XIX (I): 1808-1844», en José María Díez Borque (dir.), Historia del teatro en España, II, Madrid, Taurus, 1988, p. 524, al hablar de «Los comediógrafos rutinarios», señalan: «En fin, podríamos también recordar, entre las obras algo comprometidas, La prensa libre, de Francisco Navarro Villoslada, estrenada el 25 de febrero de 1844, que termina con una exaltación de la libertad de imprenta como fuente del resurgimiento nacional».

[3] José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático». Hay que notar que El Mariscal no llegó a estrenarse.

[4] Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, p. 246.

[5] Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», p. 115; sigue casi al pie de la letra una nota de doña Petra Navarro Villoslada, la hija del escritor: «Le oí decir muchas veces a mi Padre que no quiso continuar escribiendo para el teatro porque no le gustaban los procedimientos que había que seguir entre bastidores para el buen éxito de las obras». En una de las novelas de Navarro Villoslada, el protagonista Pepe le comenta a su amigo Benito, a propósito de uno de sus escritos dramáticos: «Supongo que lo destinarás a determinado teatro; que habrás consultado el plan con la primera dama o la graciosa; que escribirás para que ellas o el primer galán se luzcan, no para lucirte tú. / Es el único medio de que te lo representen. Así se estila en el extranjero y supongo que por acá…» (Historia de muchos Pepes, en Obras completas, I, Pamplona, Mintzoa, 1990, p. 199).

[6] Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas, III, Pamplona, Diputación Foral de Navarra / CSIC, 1977, p. 435. Es interesante esta noticia aparecida en El Español, 26 de octubre de 1845: «El señor Neira de Mosquera ha hecho, en un libro titulado Las ferias de Madrid, las semblanzas de varios literatos. Dice de Navarro Villoslada: es un autor que conoce el teatro, pero que su acción no corresponde a veces a los estudios que hizo. No aplica sobre el tablado lo que puede aconsejar sobre el pupitre» (apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 7646).

[7] Premín de Iruña, «Un “al alimón” de Arrieta y Navarro Villoslada», Pregón, año VI, núm. 22, diciembre de 1949.

[8] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (1)

El autor ha señalado en alguna entrevista que, en su novela[1], Cervantes es un secundario de lujo. Efectivamente, no ocupa el lugar protagónico, sino que aparece en determinados momentos de la acción global: 1) en el «Prólogo», en su primera jornada como comisario de abastos, salva al niño Sancho de Écija. Luego desaparece de la acción narrativa durante un buen trecho del relato. En el «Interludio» (situado entre los capítulos XLIV y XLV, ocupando las pp. 487-497) se rememora su rescate de Argel por fray Juan Gil y se ofrecen datos relativos a sus cinco años y medio de cautiverio. Por último, en el tramo final de la novela, Sancho le ayuda en una partida de cartas en el garito de Gonzalo Ramos, el Florero, y le presenta a Shakespeare. A partir de ahí Cervantes y Shakespeare, que se hacen amigos, ayudarán juntos a Sancho de Écija.

Shakespeare y Cervantes

Esta es la primera descripción que se ofrece de Cervantes (aunque su nombre no se revelará hasta el final de este apartado introductorio de la novela, para los conocedores de la biografía del autor del Quijote resulta claro de quién se trata):

Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo […]. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir el trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra. Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen (p. 11).

Y con estas líneas refleja el narrador sus pensamientos, en estilo indirecto:

Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los sitios, sin más obligación que dejar a cambio un pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba (pp. 11-12).

Insisto: todavía no se ha mencionado su nombre, pero para el lector avisado ya queda suficientemente claro quién es este comisario de abastos. Sea como sea, para que no quede ninguna duda, su identidad se explicita al final de este prólogo, cuando deja al niño que ha salvado en el orfanato, en manos de un fraile:

El comisario volvió a montar, pero cuando iba a ponerse en marcha el anciano agarró el bocado del animal.

—Esperad, señoría. ¿Quién debo decirle que es su salvador, para que le tenga en cuenta en sus oraciones?

El hombre guardó silencio un momento, con la mirada perdida en las calles tenebrosas de Sevilla. Estuvo a punto de negarse a responder, pero había pasado por demasiados malos tragos en la vida, demasiadas pruebas y sinsabores como para desperdiciar una oración a cambio de sus seis escudos. Volvió sus ojos tristes hacia el fraile:

—Decidle que rece por Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey (p. 21)[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.