Desde la Ínsula

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Aquí estoy, me uno a la GRISOSFERA con mi blog “Ínsula Barañaria” (vaya titulito para esto de Internet, con acento en la primera mayúscula y una “ñ” en la segunda palabra…). Soy nuevo en estas lides blogueras, así que no sé cómo lo haré hasta que le vaya cogiendo el tranquillo al asunto…

Un puente hasta la ÍnsulaEl título, además de ser un guiño cervantino, se explica por mi lugar de residencia: Barañáin, un pequeño municipio cercano a Pamplona. Aquí es donde uno intenta tener su refugio y retiro, su lugar apartado del mundanal ruido: mi personal Ínsula Barañaria, un lugar tranquilo, salvo cuando se oyen las campanas tocando a rebato y alteran su paz los Guerreros de la Ínsula (que son solo dos, pero a veces parecen seis o siete). Ah, en la Ínsula hay también una Princesa, pero creo que no le gustará mucho que se hable aquí de ella… En la Ínsula Barañaria se han firmado ya los prólogos de algunos libros, y desde la Ínsula se irán escribiendo estas nuevas páginas.

Escudo de BarañáinEste será un blog fundamentalmente académico: se hablará aquí, con un “orden desordenado”, de literatura, de libros y lecturas, de autores clásicos y modernos (Cervantes, a la fuerza, habrá de estar presente); aparecerán citas y versos que alguna vez me han gustado; también tendrán cabida las investigaciones personales en curso y, cómo no, los proyectos del GRISO, etc., etc.

—Oiga, ¿y se hablará también de la vida?

—Sí, vida y literatura, literatura y vida van siempre unidas, y algo también se dirá en estas páginas acerca de la vida…

«Alvar-Fáñez (retrato)», de Manuel Machado

Este poema de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Alvar-Fáñez (retrato)», corresponde a la sección «Primitivos» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario que figuran en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1].

Monumento a Álvar Fáñez

El poema —catorce versos alejandrinos, con rima asonante á a en los 11 primeros y rima aguda á en los tres últimos— reza como sigue:

Muy leal y valiente es lo que fue Minaya;
Por eso dél se dice su claro nombre, y basta.
Hería en los más fuerte haces y de más lanzas
y, hasta el codo, de sangre de moros chorreaba,
el caballo, sudoso, toda roja la espada.

Cuando Ruy le ofrecía su quinta en la ganancia,
tornábase enojado, ni un dinero aceptaba.
Fue embajador del Cid a Alfonso por la gracia…
Mas todos sus discursos fueron estas palabras:
«Ganó a Valencia el Cid, Señor, y os la regala».

… Deste buen caballero, aquí el decir se acaba;
de Minaya Alvar-Fáñez quien quiera saber más,
lea el grande poema que fizo Per Abad
de Rodrigo Ruy Díaz Myo Cid, el de Vivar[2].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 159. Mantengo la forma «Alvar» del original en el título y en el verso 12.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (5)

Pasemos ahora al comentario de los relatos que presentan aspectos humanos. En efecto, algunos de estos Cuentos del vivac presentan la cara más humana, no de la guerra, sino de las circunstancias que se viven durante una guerra, mostrando que incluso en esas situaciones límite existen también momentos para la ternura. El primero de los que reseño en este apartado es «La trenza cortada». En la taberna del tío Araya tiene su asiento una partida de doce «ínclitos y desarrapados combatientes del altar y el trono» (p. 39), es decir, doce soldados carlistas que allí remiendan sus uniformes y limpian sus armas. El jefe de esta partida, Butrón, trata de redactar un parte para dar cuenta de la detención del liberal Basilio Mudárriz, al que considera el soplón que ha estado a punto de que su grupo fuese sorprendido por 200 liberales entre Elorrieta y Otzaurte (en Guipúzcoa). En esto llega Constanza, la hija pequeña del detenido, afirmando que está dispuesta a dar cualquier cosa por conseguir su libertad; y como prueba de ello se corta su preciosa trenza. Butrón decide entonces soltar al hombre por tres motivos: por compasión, al ver el gesto de su hija; porque el tío Araya le dice que es inocente; y también porque tiene problemas con la ortografía y teme que sus superiores se burlen de él al leer el parte de la detención. Este relato es uno de los pocos que está contado desde la perspectiva carlista o, mejor, uno de los pocos en los que los personajes principales son carlistas.

Trenza cortada

En estos relatos de ambiente bélico apenas tiene cierta cabida el sentimiento amoroso, que sí aparece en «El idilio de la pólvora». Los liberales sitian Villacobriza, defendida por un fuerte de minas. Gina, una joven de 14 años, y Ántropos, un mozo de 16, acuden a un lugar desde donde pueden contemplar al cañoneo. Los disparos asustan a la muchacha que se acerca y se acurruca junto al joven; entonces estalla una contramina cerca de donde están «y en el tremendo momento se rasgó para Ántropos y Gina el misterioso cendal del secreto deseado y temido, revelado en el primer abrazo ceñido con tembloreo de brazos y el primer beso dado con los ojos cerrados» (pp. 55-56). Cabe destacar el valor simbólico de los nombres de los dos personajes, Gina y Ántropos, que podríamos interpretar como ʻmujerʼ y ʻhombreʼ.

«El rehén del Patuco» es, por contra, un nuevo relato de tono trágico. El Patuco es un vagabundo de Sollacabras que recibe ese mote por su andar torpe, de pato. Antes solía frecuentar las tabernas y el casino de los liberales, el «Círculo fraternal»; sin embargo, al llegar la guerra se ha ido con «los otros», habiéndose convertido en jefe de una partida carlista. Su única debilidad es una hija pequeña que tiene. El tuerto Adaja, jefe contraguerrillero, quiere acabar con él; para ello no duda en raptar a la hija del Patuco, enviándole un mensaje con un leñador: debe entregarse en el monte Muérdales; el carbonero, que hará de mediador, pondrá a salvo a la niña. Así lo hacen; después, suenan disparos; el tuerto ha matado al Patuco y lo trae cruzado sobre un burro, tal como había prometido en el pueblo, pues él nunca hace prisioneros. El narrador no es aquí testigo o protagonista directo, sino que ha oído contar la historia al leñador[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«Un hidalgo», soneto de Manuel Machado

Este soneto de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Un hidalgo», pertenece a la sección «Siglo de Oro» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario incluidos en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1]. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española explicará el poeta a propósito de ese triple título:

He aquí un título que puede ya servir de epígrafe a toda mi obra lírica: Alma (poesías del reino interior, realidades puramente espirituales). Museo (poesía de la Historia a través de las obras de arte más famosas). Los Cantares (poesía sentimental y aun sensual, poesía de la vida rota que culmina en El mal poema)[2].

El Greco, El caballero de la mano en el pecho. Museo del Prado (Madrid)
El Greco, El caballero de la mano en el pecho. Museo del Prado (Madrid).

El soneto —de versos alejandrinos: de catorce sílabas, con una cesura al medio, 7 + 7— dice así:

En Flandes, en Italia, en el Franco Condado
y en Portugal, las armas ejercitó. Campañas,
doce; tiempo, cuarenta años. En las Españas
no hay soldado más viejo. Este viejo soldado

tiene derecho a descansar y estar ahora
paseando por bajo los arcos de la plaza
—solemne—, y entre tanto que el patrio sol desdora
sus galones —magnífico ejemplar de una raza—,

negar que la batalla de Nancy se perdiera
si el gran Duque de Alba ordenado la hubiera;
negar su hija al rico indiano pretendiente,

porque no es noble asaz Don Bela. Y, finalmente,
invocar sus innúmeras proezas militares
para pedirle unos ducados a Olivares[3].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Manuel Machado, y José María Pemán, Unos versos, un alma y una época. Discursos leídos en la Real Academia Española, Madrid, Diana, 1940, p. 79; tomo la cita de Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», pp. 17-18.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 166. Como curiosidad, encuentro el soneto reproducido, con el epígrafe «Figuras de la Raza» precediendo al título, en La Falange. Diario de la tarde, Año I, núm. 93, Cáceres, 17 de diciembre de 1936, p. 1.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (4)

El protagonista de «La oreja del Rebanco» es un asistente que recuerda al de «La retirada de Corpa», aunque aquí su rasgo de valentía no es tan heroico, sino brutal. «Ugenio» Rebanco es el asistente del teniente Pizarral, que se halla sitiado con sus hombres en Rebajales y que, para matar el rato, acude al casino de «La Amistad», donde se reúnen los liberales; en cambio, los señoritos de la villa simpatizan con «los otros», es decir, los carlistas. Como escasea la comida, los asistentes la buscan por donde pueden; un día Rebanco llega herido porque unos gañanes de una venta que merodeaba en busca de alimentos le han dado una paliza; el teniente, sin conocer esta circunstancia, le reprende por su lastimoso estado y le dice que le echará del regimiento si no le trae la oreja de quien le ha herido. El Rebanco interpreta literalmente la indicación de su jefe y al día siguiente deja en el casino un paquete con la oreja de uno de sus agresores.

«El artículo 118» plantea también un caso, más trágico, de la dura vida militar. «Ni en los papeles viejos del regimiento —comenta el narrador—, ni en archivo alguno militar, daríais con trazas de lo que voy a contaros. No tuvo el hecho más testigos que el capitán Rodajo y yo, que éramos entonces soldados de la 4.ª compañía; y si me atrevo a contarlo es porque el coronel Pernales murió hace tiempo y no ha de venir su buena memoria a pedirme cuentas» (p. 270); más adelante hay otras referencias que confirman el carácter oral del relato: «todo lo que voy a contaros» (p. 270); «como os digo» (p. 271). El áspero coronel Pernales es un soldado de raza; tenía un «rostro anguloso y curtido como el de los antiguos guerreros que hacían de la pelea el ejercicio de un culto bárbaro y estrecho» (p. 273). Ese invierno sus tropas han sufrido varias derrotas y su carácter todavía se ha agriado más con la llegada de su hijo, a quien no aprecia por suponerlo un cobarde: por ejemplo, al tratar con él nunca lo llama Rafael, sino alférez Pernales. En una acción bélica, el asalto a Mudarra, Rafael huye y su padre, ajustando su rígida moral a lo dispuesto por el terrible artículo 118 del código militar, que establece «Pena de muerte… al militar que por cobardía vuelva la espalda al enemigo» (p. 276), dispara contra él. Esa noche en que el coronel reflexiona triste sobre la dureza de la ordenanza todos los soldados sienten en su cuerpo un frío que no es solo el del ambiente.

Código de Justicia Militar

«¡Noche de Reyes!» se ambienta en el sitio de Muérdales. Es Navidad, y los soldados parecen «soldados fantásticos de un ejército hambriento» (p. 281). El sargento Ránula sospecha que el comandante Regajales, un achaparrado instructor de Academia, no se comportará heroicamente en la defensa del pueblo; mandados por él, la noche del 5 de enero los soldados hacen una salida para romper el cerco, asaltan la vía del tren y llegan a la boca del túnel, sufriendo 200 bajas; el comandante, que les ha dirigido bravamente, les arenga y penetra en el túnel; la Noche de Reyes hallan su cuerpo destrozado a la mitad del mismo. Ránula, que desconfiaba del valor de su superior, no puede ocultar una lágrima, cuando lleva su cuerpo junto con otro soldado (el narrador), aunque para disimular exclama: «¡Vaya una noche de Reyes, amigo!»[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«Gloria e infierno de don Francisco de Quevedo», de Manuel Machado

Traigo hoy al blog este poema, creo que muy poco conocido, de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) dedicado a Quevedo, al que se presenta en forma idealizada (cfr. los vv. 13-14, «oh cifra de la trágica amargura / del Ideal enfrente de la vida»), representante señero de la España imperial y heroica de unas décadas atrás («la aventura» y «la hazaña», v. 2). El texto transmite la idea de que la voz de Quevedo se alza en sus escritos de «poeta» y «filósofo» (v. 12) frente a la decadencia generalizada de su tiempo en todos los órdenes de la vida: la sociedad («ya se “apicara” y se corrompe España», v. 3), la política («las gotosas manos de Olivares», v. 4), la milicia («La ilustre lanza convertida en caña», v. 6), la Corte («en torpe intriga la guerrera saña», v. 7) y la literatura («y el Romancero en lúbricos cantares…», v. 8). En el volumen de sus Poesías completas la composición aparece recogida entre la «Poesía dispersa» de Manuel Machado, en una sección cuyos poemas se agrupan bajo el epígrafe «[Poemas de guerra y posguerra (1936-1947)]».

Retrato de Francisco de Quevedo y Villegas (siglo XVII), atribuido en el pasado a Diego Velázquez y actualmente a Juan van der Hamen. Instituto Valencia de Don Juan (Madrid)
Retrato de Francisco de Quevedo y Villegas (siglo XVII), atribuido en el pasado a Diego Velázquez y actualmente a Juan van der Hamen. Instituto Valencia de Don Juan (Madrid).

Transcribo, sin necesidad de mayor comentario ni anotación, el texto del soneto:

Ya no hay Mundos que hallar en esos mares.
Lejos de la aventura y de la hazaña,
ya se “apicara” y se corrompe España
en las gotosas manos de Olivares.

A más entendimiento más pesares…
La ilustre lanza convertida en caña,
en torpe intriga la guerrera saña
y el Romancero en lúbricos cantares…

Abrir un libro tuyo me da miedo…
Fiera pena, sin llanto ni ternura,
de tu obra genial surge encendida…

¡Oh poeta, oh filósofo, oh Quevedo,
oh cifra de la trágica amargura
del Ideal enfrente de la vida![1]


[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 719. En el v. 3 corrijo la errata «aveentura».

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (3)

Otros dos relatos que guardan cierta semejanza entre sí son «Los pelones» y «La cuña». Si hasta ahora hemos encontrado héroes individuales, aquí el protagonista es colectivo, pues se trata de sendos grupos de soldados. El primer relato, dedicado a Sinesio Delgado, insiste en el narrador testigo: «Si yo me acabara sin contaros la verdad de lo que pasó en Hormigosa el 12 de Junio, me llevaría conmigo una amargura insoportable. No llaméis vanidad a esto: hay cosas superiores a nosotros y que hablan solas, como las que os voy a decir sin asomo de amor propio» (p. 217). El viejo coronel Retaco manda un grupo de «pelones» ʻreclutasʼ que no entran jamás en combate: relegados junto a los carros de impedimenta y sanidad, tienen que sufrir las constantes burlas de los demás regimientos. Un día en que sus compañeros han tratado de tomar el repecho de la Culebra, en Hormigosa, siendo rechazados en varias ocasiones, los pelones se lanzan finalmente al ataque; Retaco los arenga y logran tomar el alto: han caído 600 hombres de los 800 que eran, pero esta conducta heroica es la mejor venganza de las burlas anteriores. Orgullosos, gritan: «¡Vivan los pelones!».

«La cuña» está protagonizada también por un «escuadrón olvidado», esta vez de caballería; sus hombres viven —comenta el narrador— «con nuestra miseria de soldados pobres» (p. 230). Hay un recuerdo elogioso de estos hombres: «…y recordé entonces la gran figura del soldado de la primera República, mal vestido, peor calzado, pero lleno todo él, como nosotros, del resplandor de la patria, que mira desde lejos, pronta a cantar las glorias o a llorar sobre los desastres» (p. 227). El ejército en derrota marcha de Lumbredales a Tenebreda (nótese lo elocuente de esos nombres). Al mando del coronel Alpera, el escuadrón de caballería rompe con su ataque en cuña las filas enemigas, única esperanza de salvación que les quedaba: «Yo no sé qué extraño espíritu nos empujaba, ni casi recuerdo bien lo que pasó», comenta el narrador-protagonista (p. 230). Tras su éxito, el coronel les felicita con unas sencillas palabras: «¡Bien, hijos míos!». Y apostilla el soldado que cuenta la historia: «No sé lo que sintieron los otros; pero a mí me pareció que desde lejos, fuera del límite rumoroso de la estepa, nos hablaba la patria agradeciéndonos aquel esfuerzo desesperado y aquella temeridad heroica» (pp. 230-231). Podemos suponer, por las palabras antes citadas, que los protagonistas son soldados liberales; pero no se dice explícitamente, es más, a la hora de designar a los contrarios solo se habla de «líneas enemigas». Tampoco hay alusiones temporales precisas, salvo la mención de la nieve en los campos que sitúa la acción en invierno, pero de un año indeterminado.

Regimiento de Caballería Húsares de la Princesa. Augusto Ferrer-Dalmau
Regimiento de Caballería Húsares de la Princesa. Augusto Ferrer-Dalmau.

Un nuevo narrador testigo es el de «El ascenso de Regojo»: «Podrán haberse olvidado del sargento Regojo los que estuvieron con él en el segundo de lanceros; pero seguramente ninguno se ha olvidado de su madre, la viejecita que tenía una cantina cerca de la estación de Resquemilla» (p. 233). Los enemigos atacan a los sitiados en Resquemilla desde la vía férrea con una máquina blindada y les han causado ya sesenta bajas. Para evitar esos ataques del ferrocarril es necesario volar un puente. Regojo, un buen soldado que desea llegar a alférez, se ofrece voluntario y logra hacer saltar el puente por los aires, pero muere en la explosión. El coronel Rabanal prohíbe que nadie cuente nada a su anciana madre: él le dice que su hijo ha sido ascendido a alférez y, «cosas de la pícara guerra», ha tenido que partir inmediatamente a Filipinas; desde entonces, cada dos meses la viejecita recibirá una carta redactada por el teniente Diámetro, que tiene una bella letra similar a la de Regojo, para seguir ocultándole la muerte de su hijo. También en este relato encontramos fórmulas vagas como «el enemigo», «los otros», para referirse a los contrarios, aunque, como en la mayoría de ocasiones, el relato está narrado desde el punto de vista de los soldados liberales[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (2)

«El corneta Santurrias» es quizá el relato más amargo del libro. Una vez más nos encontramos con un narrador testigo: «Me acuerdo del corneta Santurrias como si le tuviera delante. Verdad es que los recuerdos de aquellos días se han grabado en mi memoria con tan enérgico relieve que no lo borrará el trabajo de un siglo» (p. 87). El corneta era un muchacho alegre, que desde el parapeto solía hablar con los enemigos y gritarles «¡Viva la libertad!». Un día le piden desde el otro lado algo de comer; cuando Santurrias se levanta en la trinchera para arrojar generosamente a los enemigos un pan negro que tiene, suena una descarga y cae herido; pero antes de morir todavía tiene tiempo de vitorear de nuevo a la libertad. El narrador es el compañero que estaba a su lado y recogió su cadáver.

«El bloqueo» cuenta el sitio de Caballeda; es el mes de diciembre (no se indica año); el brigadier Cigarral prepara una defensa heroica que, según él, podrá emular a las de Sagunto y Numancia. El narrador es aquí uno de los mozos útiles que ha sido requisado en el pueblo. Nos presenta a la Parrala, mendiga harapienta que merodea entre los soldados para obtener alguna escudilla de alimento y que insulta a los sitiadores carlistas llamándolos «marranos». Al producirse el asalto, la mendiga le parece hermosa erguida sobre el parapeto, hasta que cae con un balazo en la cabeza: «La noche del seis de febrero ha dejado en mí profunda huella y duradera memoria. […] No guardo lo que pasó con detalles borrados ya con el lapso del tiempo; pero sí recuerdo con lucidez lo que fue de la Parrala en aquellos momentos de aprieto y de angustia» (pp. 120-121).

Tercera Guerra Carlista. Acción de Piedrabuena. Carga de la caballería del coronel Melgerizo
Tercera Guerra Carlista. Acción de Piedrabuena. Carga de la caballería del coronel Melgerizo.

«La pareja del segundo» se narra también por boca de un testigo presencial: «Yo sé que ninguno de los que entraron en el reemplazo en que lo hice yo se ha olvidado del sargento García». Este militar nacido en Motril, conocido como «Sargento Ginebra» por su afición a ese licor, era de carácter franco y leal, despreocupado, «algo intransigente, pero abierto y fácil» (p. 136). Amigo del cabo Díaz (el narrador), un día hubieron de llevar un pliego con las órdenes para una batería cabalgando bajo fuerte fuego enemigo; esa noche, el sargento se jugó su dinero a una carta, la sota, y lo perdió porque salió un caballo. El sargento, comenta el narrador, tentó al azar en un mismo día con dos caballos[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

El humor en «Los españoles en Chile» (1665), de Francisco González de Bustos: el gracioso Mosquete

He dejado para una entrada aparte, intencionadamente, el comentario de lo relativo al gracioso Mosquete, el criado de don Diego de Almagro, que es el continuo portador de la comicidad a lo largo de las tres jornadas de Los españoles en Chile. Su presencia casi constante en escena es un detalle más que confirma que González de Bustos no quiso hacer una comedia histórica, sino una obra esencialmente cómica. Lee relaciona su nombre con mosquito y mosquetero[1], pero más bien hay que vincularlo con el arma de fuego, sentido con el que se juega en algún momento («será el primer Mosquete / que no haya muerto de horquilla», fol. 19r[2]). Mosquete no es, en fin, mal nombre para el criado de un capitán.

Mosqueteros y arcabuceros de los tercios españoles en la batalla de Gravelinas
Mosqueteros y arcabuceros de los tercios españoles en la batalla de Gravelinas

Mosquete es un personaje bastante estereotipado, en el sentido de que la risa que provoca deriva de su afición a la comida, de su cobardía y de sus alusiones escatológicas, a lo que hay que sumar sus numerosas réplicas humorísticas en forma de apartes. En todas las batallas en que se halla presente se esconde y comenta los acontecimientos a una prudencial distancia, aunque luego se jacta de las grandes matanzas que ha hecho entre los araucanos (fol. 11v). En la Jornada tercera, cuando está prisionero de los indios junto con don Diego, la situación es, en principio, bastante dramática, porque ambos corren el peligro de morir empalados, pero ni siquiera entonces Mosquete pierde su buen humor y no abandona sus burlas, chanzas y simplezas. En alguna ocasión da entrada a juegos dilógicos, aunque esa ingeniosidad derivada de la agudeza verbal no es precisamente la más importante. Un pasaje especialmente gracioso lo tenemos cuando Mosquete es apresado por los indios; primero hace un comentario acerca del enorme tamaño de los pies de Fresia:

MOSQUETE.- Dale, señora, a Mosquete
de tu pie el menor juanete,
si tiene juanete el sol.
Oigan, ¡qué tiesa se está
la perra  guardando el hato
y en cada pie por zapato
una maleta tendrá! (fol. 4r-v).

Y luego le dice a la india que se ha equivocado al elegirlo a él como cautivo, enumerando humorísticamente todas sus tachas:

MOSQUETE.- Vusté en escoger no sabe
cuál es su mano derecha.

FRESIA.- ¿Por qué lo dices?

MOSQUETE.- Lo digo
porque soy la peor bestia
y de más horribles tachas
del mundo.

FRESIA.- ¿De qué manera?

MOSQUETE.- Porque tengo hambre continua
y tengo sarna perpetua,
un lobanillo en un lado
y güelo de ochenta leguas
a hombre bajo, que los bajos,
como tienen los pies cerca
de lo amargo del pepino,
no hay demonio que los güela.
Tengo mataduras, pujos,
almorranas, hipo, reumas,
y no me pongo escarpines,
con que, según la propuesta,
puede usted quedar ufana
de ver la ganga que lleva (fol. 4v).

En fin, su humor está presente a lo largo de toda la pieza, y su comentario gracioso no podía faltar en el desenlace, a propósito de los tres matrimonios concertados:

MOSQUETE.- Todos se casan aquí
y a mí solo no me casan.

DON DIEGO.- No hay con quién.

MOSQUETE.- ¿Falta una china
con quien darme la pedrada? (fol. 23v)[3].


[1] Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1996, p. 215.

[2] Todas mis citas son por la edición príncipe de 1665 (Los españoles en Chile, en Parte veinte y dos de Comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Andrés García de la Iglesia, a costa de Juan Martín Merinero, 1665), pero modernizando las grafías y la puntuación.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (1)

Son los más numerosos (veinticinco en total) y, para su comentario, los voy a separar en dos grupos principales: uno con los relatos en que se nos ofrecen ejemplos de comportamientos individuales heroicos en acciones bélicas y otro con los que destacan aspectos más íntimos o humanos de la guerra. Aparte quedarán unos pocos relatos que escapan a estos criterios. Como se ve, esta clasificación es meramente pragmática y responde al deseo de ordenar de alguna manera mi comentario. Comenzaré con los relatos que destacan comportamientos heroicos

En «El último cartucho» el teniente Alpera cuanta cómo cierta vez se refugiaron en la posada del Zaque, en Matanegra, cincuenta hombres a las órdenes del alférez Villarrasa, oficial joven, pero muy valiente; afuera les cercaban los carlistas (los «boinas blancas»). Unos arrieros quieren salir de la posada, pero son detenidos y obligados a pelear contra los sitiadores. Los arrieros disparan su último cartucho contra el alférez, que ha gritado «¡Viva la libertad!»; al verlo, los demás soldados liberales arremeten contra ellos y los matan. Finalmente, los carlistas toman la posada y sacan presos a los soldados. La mano del alférez Villarrasa, cuyo cuerpo ha quedado colgado de la ventana, parece encerrar un último saludo para los suyos y una amenaza para los enemigos.

Una unidad carlista a punto de iniciar una carga a la bayoneta. Augusto Ferrer-Dalmau
Una unidad carlista a punto de iniciar una carga a la bayoneta. Augusto Ferrer-Dalmau

Muy semejante es «La redención de Baticola», tanto por la presencia en ambos de un narrador testigo (un soldado que participó en el suceso narrado), como por su asunto y su conclusión: el teniente Baticola tenía una mala hoja de servicios que lavó en la ermita de Alcorzuela; refugiado allí con diez hombres, defendió heroicamente la posición causando varias bajas a los enemigos, quienes finalmente pegaron fuego a la puerta y consiguieron entrar, ensañándose entonces con el valiente defensor: «Me da frío recordar lo que hicieron con él…». Los demás soldados fueron hechos prisioneros. El deforme cadáver de Baticola, llevado a lomos de una borrica, es mirado en respetuoso silencio por los suyos y hasta por sus enemigos, que no pueden menos de admirar su temerario arrojo. El cuerpo del protagonista muerto, como en «El último cartucho», ofrece una importante carga simbólica para unos y otros.

«El fin de Muérdago» puede relacionarse con dos relatos comentados en una entrada anterior, «Pae Manípulo» y «El héroe de Villahendida». Muérdago es un militar retirado que vive en Humaredas con su pata de palo, su cruz pensionada y su credencial de estanquero. En el casino «La Amistad de Humaredas», el teniente Pedreño, jefe de la plaza, opina que deben rendirse si ataca el enemigo, actitud que exaspera al viejo Muérdago, que llama «marranos» a los carlistas, subrayando las frases de sus parlamentos con enérgicos golpes de su pata de palo. Cuando finalmente se produce el ataque, Muérdago, que pese a su estado físico desea luchar, es enviado al convento del Císter, por donde no se combate; enfadado, acude a las huertas de Quejigüela, donde se libra lo más recio de la pelea; al clarear el día, los sitiados huyen ante una ataque arrollador del enemigo, pero el viejo permanece en su puesto hasta que un carlista hunde en su cuerpo la bayoneta, dejándolo clavado en el barrizal. Queda en el suelo un surco de su pata de palo (última forma de presencia, de nuevo, del héroe muerto). Como los otros dos relatos citados, presenta el sacrificio de un combativo héroe que por su edad, su estado o sus condiciones no debería participar en la lucha: el sacerdote, el maestro del pueblo, aquí un militar retirado, cojo y achacoso[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Araucanos y españoles en «Los españoles en Chile» (1665), de Francisco González de Bustos (y 6)

Si en Los españoles en Chile doña Juana es una dama industriosa, como hemos podido ver en la entrada anterior, no menos lo es la india Fresia, enamorada de don Diego[1] y correspondida por él, y amada además por Caupolicán y Tucapel. En efecto, cuando este, que la anda siguiendo celoso, escucha escondido que la araucana envía un recado a don Diego, ella se ve obligada a disimular, diciendo que, en efecto, ha hecho llamar a don Diego, pero para tenderle una emboscada y quitarle la vida. Y rematando esa escena, pronuncia unas palabras que igualmente se acomodarían a la situación de doña Juana:

FRESIA.- Siguiendo iré a Tucapel,
que en dos acciones distintas,
si aventuro mi recato,
el amor es quien me obliga (fol. 11r-v[2]).

Amor y honor son, por tanto, los sentimientos que las combaten a ambas. En efecto, tanto Fresia como doña Juana actúan guiadas por la pasión, y no escatiman recursos para lograr sus objetivos.

En fin, los episodios protagonizados por la india Gualeva vienen a complicar el enredo de la comedia: ella se enamora de don Juan (es decir, de doña Juana disfrazada de hombre), al tiempo que es amada por Rengo. Y también tiene sus trazas de dama industriosa. Así, al comienzo del tercer acto, Rengo la sigue (este esquema reproduce lo que había sucedido antes con Fresia, espiada por Tucapel). Es decir, la situación dramática se reitera en un triángulo amoroso de tercer nivel: don Juan-Gualeva-Rengo. Rengo, escondido, sorprende la conversación amorosa de Gualeva y esta se ve obligada a disimular, para lo cual finge que don Juan es una mujer (y, en realidad, don Juan es doña Juana), engaño que será apoyado por la propia doña Juana y por Fresia. Es más, el disfraz de india que en un determinado momento viste doña Juana va a permitir que «este engaño sea / el norte que me asegure» (fol. 17v)[3].

Guerrero indígena chileno a caballo, óleo de Marco Caamaño
Guerrero indígena chileno a caballo, óleo de Marco Caamaño

A estos enredos protagonizados por las mujeres, todavía podríamos añadir algunos enredos «masculinos»: así, Caupolicán acude a ver a los españoles disfrazado de indio mensajero; Tucapel, que ha desafiado a don Diego, se encuentra en el campo con dos rivales que dicen llamarse don Diego (uno es el propio Almagro, que sale de la fortaleza sitiada desobedeciendo el mandato del Marqués de no abandonar la fortaleza; el otro es don García, que ha salido para suplantar al desafiado y no dejarlo en mal lugar). El paralelismo es muy claro con lo que sucede en el acto primero de El gallardo español de Cervantes, donde se produce una situación similar protagonizada por Alimucel, don Fernando de Saavedra y el general de Orán, don Alonso de Córdoba.


[1] Escribe Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1996, p. 211, nota 203: «El tema del amor interracial en esta obra merece especial interés por ser la única instancia entre las obras estudiadas en que un español corresponde al interés amoroso de una araucana. En los dramas anteriores [se refiere a los de tema araucano] (a excepción de El gobernador prudente) son siempre las nativas las que se enamoran de la gallardía de los españoles sin ser correspondidas».

[2] Todas mis citas son por la edición príncipe de 1665 (Los españoles en Chile, en Parte veinte y dos de Comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Andrés García de la Iglesia, a costa de Juan Martín Merinero, 1665), pero modernizando las grafías y la puntuación.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.