«Lo infinito», poema de Carmen Conde

Aunque menos conocida que otros poetas que forman la nómina “oficial” y “mayor” del grupo poético del 27, Carmen Conde (Cartagena, 1907-Majadahonda, Madrid, 1996) es también una de las voces líricas destacadas de aquel momento. Además de su intensa labor docente y su firme activismo cultural —fundó junto a su esposo, Antonio Oliver Belmás, la primera Universidad Popular de Cartagena en 1931—, su producción literaria —cultivó, sobre todo, la poesía y el ensayo— destaca por una profunda sensibilidad hacia temas como el erotismo, la identidad femenina, la protesta social y la mística. En 1978 fue elegida para ocupar la silla «K» de la Real Academia Española, tomando posesión al año siguiente con un discurso titulado Poesía ante el tiempo y la inmortalidad, con lo que se convirtió en la primera mujer académica de número en la historia de la docta casa.

Su evolución poética va desde un intimismo inicial, con influencias de Juan Ramón Jiménez, hasta una poesía de madurez de tono marcadamente existencial. Entre sus poemarios destacan Brocal (1929), Júbilos (1934), Ansia de la gracia (1945), Mujer sin Edén (1947), En un mundo de fugitivos (1960), Derribado arcángel (1960) o La noche oscura del cuerpo (1980). En 1967 publicó Obra poética (1929-1966), volumen que le valió el Premio Nacional de Poesía, siendo también la primera mujer en recibir este galardón.

Ahora que nos vamos acercando al Centenario de la Generación del 27, conviene recordar estas voces menos conocidas y transitadas por la crítica, que no encuentran lugar —o lo encuentran menor— en los manuales de la historia literaria española. Copiaré hoy, sin necesidad de mayor comento, su poema «Lo infinito», perteneciente a su poemario Ansia de la gracia (1945).

Paul de Vos, Concierto de aves (siglo XVII). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España). Academia Colecciones, Museo, núm. de inventario: 1489.
Paul de Vos, Concierto de aves (siglo XVII). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España). Academia Colecciones, Museo, núm. de inventario: 1489.

Tú vives en el Alba.
Los pájaros te aclaman.
De túnicas de aves te viste la alegría.
¡Qué aurora la que exaltas!
¡Qué noble luz la tuya!
Te escuchan las mañanas y las noches
porque eres como un río,
porque eres como un corzo.

Sentirte a ti que pasas
rozándome las rosas y los ayes…
Doler en tus rodillas, estrujada
por riscos y malezas…

Y que un céfiro de alondras venga dulce,
que tú llegues aventando mis heridas…
Ser mujer y tuya, ¡qué inefable
fundirse la conciencia entre tus brazos![1]


[1] Cito por Antología poética [de la] Generación del 27. Selección, estudio crítico de Elena Escribano Alemán, Barcelona, Vicens Vives, 2026, p. 119.

«La dama del rey» (1855), zarzuela de Francisco Navarro Villoslada: lirismo y humor

El pasaje de mayor lirismo de toda la zarzuela[1] corresponde a la presentación de Lucinda, que aparece por primera vez en escena, después de gritar desde dentro: «¿Quién quiere agua?», entonando la siguiente canción:

¡Agua fría!
          ¿Quién la bebe?
La llevo como la nieve,
para mi niña María.

Cuando al margen me inclino,
de clara fuente,
blanca, pura y serena,
veo mi frente.
Pura y en calma,
si a la conciencia miro,
veo mi alma.

¡Agua fría!, etc.

Dicen que es de la fuente
grato el murmullo,
que al pastor en la siesta
sirve de arrullo.
¡Pobres pastores!
No han oído a mi amante
cantando amores.

          ¡Agua fría!, etc. (pp. 27-28).

Francisco de Goya y Lucientes, Mujer con dos muchachos en la fuente (1786-1787). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Francisco de Goya y Lucientes, Mujer con dos muchachos en la fuente (1786-1787). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

El humor, siempre presente en las obras de Navarro Villoslada, no falta tampoco en La dama del rey: son frecuentes las riñas entre Andrés, criado de don Martín, y la «dueña quintañona» de la condesa de Larrea (si él la llama «bruja», ella le da algún que otro tortazo). Andrés viene a ser el «gracioso» de la zarzuela: se embolsa el dinero de don Martín, de la Condesa y de Pancracio a cambio de diversas informaciones o servicios. Para distraer a Pancracio, que busca a la amada del rey, le dice que se llama Blasa Iturreberrigorrigogeascogoe… Pancracio le interrumpe: «Basta. / Tenéis por aquí apellidos / que pueden medirse a varas» (p. 25). Reniega Andrés de las mujeres: «Y en fin, desde Adán acá / si bien la historia reparas, / de doce mujeres salen / once infames y una mala» (p. 26). Motivo humorístico son, en fin, las señas contradictorias que da Pancracio a los dos grupos de emisarios de la reina que andan buscando a la dama del rey, para que se confundan unos a otros y nadie le gane las albricias; así, se dirige alternativamente a los dos grupos:

Quince abriles, —muy jamona,
tez morena, —blanca y rubia,
pie donoso, —pie disforme,
pelinegra, —pelibruja.
Lindo talle, —como un saco,
macarena, —mofletuda,
dulce, afable, ­—fosca, huraña,
son las señas, —¡qué figura! (pp. 36-37)[2].


[1] La dama del rey, zarzuela en un acto y en verso, letra de don Francisco Navarro Villoslada, música de don Emilio Arrieta, Madrid, José Rodríguez, 1855. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52.

[2] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«El contagio de Sancho», soneto de Beatriz Villacañas

El otro día reproduje el soneto «Por arte de encantamiento don Quijote visita el siglo veintiuno», de Beatriz Villacañas, y hoy traigo al blog este otro que forma con el anterior una especie de díptico, pues se acerca a la figura de Sancho Panza, contagiado del ideal caballeresco de su amo.

Manuel López Garabal, Quijote y Sancho (1960). Universidad de Santiago de Compostela, Facultad de Filología. Fuente: Museo Virtual USC.
Manuel López Garabal, Quijote y Sancho (1960). Universidad de Santiago de Compostela, Facultad de Filología. Fuente: Museo Virtual USC.

Me habéis hecho un regalo de visiones
os comunico, Don Alonso, amigo.
Vuestra aventura se encontró conmigo
y se hicieron verdad las ilusiones:

Las mías y las vuestras, emociones
que dan brío al amor, y aquí, en el trigo,
dan alas a mis pies, mientras yo sigo
viendo en cualquier trigal constelaciones.

Yo brindo, Don Quijote, con razones
de gratitud por vuestra frente ancha,
fecunda de poesía y de canciones:

¡Que viva el corazón cuando se ensancha
con el viento de cósmicas pasiones
y desborda las lindes de La Mancha![1]


[1] Lo tomo de Beatriz Villacañas, Astrología interior. Antología de…, Madrid, Ediciones Deslinde, 2019, p. 142.

«Proclama urgente para acompañar a don Quijote en su última salida», de Jesús Górriz Lerga

Vaya para hoy una nueva recreación poética de don Quijote, esta vez la del poeta navarro Jesús Górriz Lerga en su poemario Así, y todo (2001), composición de marcado tono entusiástico que destaca por la acumulación de formas verbales de futuro, una en cada pareado, que corresponden a las acciones que habrán de hacerse en seguimiento del ideal caballero de la Mancha.

Marcel Pajot, Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza
Marcel Pajot, Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza.

Para encender la fe en un mundo nuevo
pondremos rumbo a la región soñada.

Dejaremos la hacienda a la ventura,
obstinados en busca del tesoro.

Limpiaremos emblemas y blasones
ganados al sudor de cada hora.

Velaremos las armas en la venta
armados caballeros de por vida.

Y saldremos a andar por los caminos
resueltos a fraguar la paz del orbe.

Subiremos al monte del Gran Gozo
arriesgando la piel a cada paso.

Miraremos el brillo de la nieve
que aroma de silencio los paisajes.

Plantaremos un árbol, en espera
de saberlo frondoso de aquí al tiempo.

Buscaremos el fresco de las yedras
verdes, como esmeraldas en acecho.

Cruzaremos la jungla cuantas veces
haga falta, si llora el cocodrilo.

Llegaremos, por fin, al horizonte,
prestos a contestar cualquier llamada.

Sellaremos un pacto con aquellos
que hagan de la alegría santo y seña.

Sostendremos la vida a toda costa,
jugándonos la piel en el empeño.

Saldremos al camino, decididos
a enderezar entuertos por doquiera.

Nombraremos princesa a la esperanza
cansada ya de hacer de cenicienta.

Sostendremos el pulso de los nobles
vagabundos que viven bajo el puente.

Bordaremos de azul el terciopelo
acariciado y rojo de la sangre.

Pintaremos de claro el horizonte
para cobrar la luz sin una mancha.

Y sellaremos para siempre el mundo
con la razón de amar que es nuestro signo[1].


[1] Se incluye en el poemario Así, y todo, Pamplona, Medialuna Ediciones, 2001, pp. 83-85. Recogido también en Carlos Mata Induráin (ed.), Navarra canta a Cervantes. Homenaje poético en el IV Centenario de la publicación de la Primera parte del «Quijote», Pamplona, Universidad de Navarra, 2006, pp. 124-126; y en Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), introducción de Miguel dʼOrs, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2006, pp. 243-244.

«Por arte de encantamiento don Quijote visita el siglo veintiuno», soneto de Beatriz Villacañas

Siempre hay lugar en este blog para las recreaciones cervantinas y quijotescas en poesía: sea mayor o menor su calidad literaria, se presenten en formas estróficas tradicionales o en verso libre, estos textos poéticos constituyen eslabones que van formando una larga cadena de relecturas y reinterpretaciones que, a lo largo del tiempo, configuran una parte significativa de nuestro imaginario colectivo. Cada época, cada estilo literario, cada autor concreto selecciona aquellos detalles que le resultan más interesantes, y los aborda con distinta intención y distinta tonalidad (seria, irónica, paródica, etc.).

Pues bien, vaya para hoy este soneto quijotesco de Beatriz Villacañas, en el que la voz lírica enunciadora del poema corresponde a don Quijote, quien advierta a Sancho de los peligros de un mundo moderno que «se quema con el fuego del progreso / y va engendrando espíritus menguantes» (vv. 10-11) y que está ya de vuelta de todo, «pues cree que son molinos los gigantes» (v. 14).

Don Quijote en moto con molinos eólicos al fonso

Yo le debo a Cervantes
mi intimidad con Don Quijote y Sancho,
que son muy dialogantes
y tienen mucho gancho
en el mundo a lo largo y a lo ancho.

«Fuego en el Paraíso de Cervantes»

Juan Antonio Villacañas

Amigo Sancho, oye mi porfía.
Vayamos al rescate de este mundo,
que camina con paso moribundo
y se hace más pequeño cada día.

Ha perdido el compás, la fantasía,
brújula del viaje más fecundo,
es el más engreído vagabundo
que cree que la locura es cosa mía.

Hacedor de artificios deslumbrantes,
se quema con el fuego del progreso
y va engendrando espíritus menguantes.

Los tontos, según él, nacimos antes,
y él está ya de vuelta, de regreso,
pues cree que son molinos los gigantes[1].


[1] Lo tomo de Beatriz Villacañas, Astrología interior. Antología de…, Madrid, Ediciones Deslinde, 2019, p. 141.

Algunas cartas de Joaquín Roa

Como indicaba en una entrada anterior, buena parte de la correspondencia conservada hasta ahora por José María Corella son cartas o tarjetas postales enviadas por Joaquín Roa a Faustino Corella, en las que alude tanto a su actividad dramática como a la revista Pregón. Transcribiré aquí algunas de las más interesantes.

Hay una tarjeta postal que Roa remite a Corella padre desde su domicilio madrileño de Fuencarral, 137, y dice así:

Madrid, 9 – Nov. 967

Querido Faustino: Recibí Pregón y te agradezco la bondad de tus elogios en tu amena crónica «Fantasmas y Aparecidos». El número es muy bueno y celebra bien las bodas de plata. Me ha gustado mucho, está muy interesante. Trabajo en el Teatro Arlequín con Amelia de la Torre en La muchacha del sombrerito rosa y me ha dicho Diosdado que en la próxima obra de Ruiz Iriarte me va a dar un buen papel; así es que soy inacabable; también he intervenido en una película que se titula El diablo debajo de la almohada, arreglo de El curioso impertinente, modernizado, pero no conozco más que mis escenas; allá veremos lo que sale.

Para la T.V. me suelen llamar algunas veces, pero siempre con prisas y me da miedo porque hay que ser un empollón y si te falla la memoria pasas una vergüenza. Mantengo la actividad, pero hasta donde se puede. ¿Qué más os he de contar de mí? Si tuviera un claro hasta lo de Ruiz Iriarte me gustaría escaparme para aniñarme en Pamplona durante la Navidad y tocar el almirez la víspera de Reyes. ¿Qué más os [he] de decir? Ojalá pudiese ir, pero hoy, precisamente, cuando escribo me estoy oliendo que me van a decir que trabaje en la próxima que preparan de Antonio Gala, que me parece poco comercial. Pero habrá que seguir en la galera. No me agrada, pero… Cariñosos saludos a José Mari y Señora y a la madre.

Abrazos

Joaquín

La muchacha del sombrerito rosa, de Víctor Ruiz Iriarte

Otra, fechada en Madrid, a 7 de julio de 1971, alude a la muerte de José María Iribarren:

Madrid 7 – julio 971

Querido Faustino. Te escribo para que sepas que he recibido PREGÓN pues se cruzó con mi tarjeta anterior. ¡Qué pena de José María! Al leer y releer la revista me obsesiona más su recuerdo. Gracias por el cuidado de mi alegato. Todo está bien, pero se oscurece el ánimo por la pérdida del amigo de años y años de PREGÓN.

Abrazos a todos

Joaquín

En una escrita en «Madrid, 30 de marzo 973» comenta:

Querido Faustino y pregoneros queridos. La señora Iraburu tuvo la gentileza de entregarme vuestra amable carta. Siempre agradecido. ¿Cómo no acordarme de Pregón cuando me entrevistan, ese Pregón que acoge mis pequeñeces de aprendiz de escritor?

 Y en otra, Madrid, 19-2-75, leemos:

Querido Faustino. Supongo que enlazarás primavera y verano para Pregón. Por eso no te he enviado croniquilla; dime si debo hacerlo ahora. No sé si mandarías el ejemplar de Navidad a Radio España; a mí no me han dado ninguna noticia. Deseo que os encontréis muy bien de salud los pregoneros y, claro, la familia Corella, con mucho cariño. Yo estoy acabando la película Balada de los tres inocentes y por ahora pretendo descansar unos meses, que ya está bien de dinamismo. Abrazos

Joaquín

En otra carta le avisa de su intención de retirarse a Pamplona:

Madrid 8 Agosto 977

Querido Faustino. Muchas gracias. Acabo de recibir PREGÓN. Lo leeré. Por encima he visto algo. El recuerdo de Perico García Merino es entrañable, como lo del 35 Aniversario con las ausencias, Iribarren, Baleztena y algunos más que estamos en cola. Yo quisiera acabar de arreglar lo que tengo aquí para incorporarme a la Misericordia, que a mí me ilusiona como un oasis de paz. Ya me es difícil trabajar, aunque sea una pena. A José Mari, tu señora, tus nietos y pregoneros mi cariño.

Joaquín

En fin, esta es una que le escribe a Roa el dramaturgo Víctor Ruiz Iriarte:

1 – Abril – 74

Muchas gracias, querido y admirado Don Joaquín, por su carta. Es una delicia —la he leído un par de veces— y no sabe usted cómo se la agradezco. Muchas gracias, también, por ese estupendo análisis que hace de Historia de un adúltero, donde, para suerte mía, usted obtuvo un éxito inolvidable.

Sentí mucho que no pudiera usted repetir su estupenda versión de El Doctor ante las cámaras de TV. En Prado del Rey —se lo digo a usted porque es la verdad— también lo lamentaron muy sinceramente.

Cuídese, querido Don Joaquín. Le quiere y le admira mucho este amigo incondicional que le envía un abrazo muy fuerte, muy fuerte

Víctor Ruiz Iriarte[1]


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Semblanza de Joaquín Roa (1890-1981), actor y escritor pamplonés», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 11, San Fermín de 1998, pp. 8-11. Ver ahora Francisco Benavent, Joaquín F. Roa, Pamplona, Filmoteca de Navarra, 2020.

El padre Fabo de María, poeta: «Ruiseñores» (1914): temas religiosos

No son demasiados los literatos navarros que escriban en las dos primeras décadas del siglo XX: dejando aparte a Arturo Campión, cuya trayectoria arranca del siglo anterior, y a Félix Urabayen, también destacado novelista, podríamos mencionar unos pocos nombres más como los de Federico Urrecha o Ezequiel Endériz. Pues bien, por esas mismas fechas escribe igualmente el padre Fabo, de cuya producción literaria —y en concreto de su obra poética— intentaré ofrecer unas pinceladas en esta y en las entradas siguentes.

Retrato de Pedro Fabo Campo, por Francisco Maduro. Fuente: https://www.ecured.cu/
Retrato de Pedro Fabo Campo,
por Francisco Maduro.
Fuente: https://www.ecured.cu/.

El padre Fabo del Purísimo Corazón de María (Marcilla, 1873-Roma, 1933), de la orden agustina, aunque nacido en España, se nutrió en América, a donde pasó en 1895. Al año siguiente se ordenó sacerdote en Bogotá y llegaría a ser nombrado, en 1904, prior del convento del Desierto de la Candelaria. Cuenta en su haber con varias obras de tipo histórico, lingüístico, religioso, autobiográfico y de crítica literaria, y es autor de tres novelas (El doctor Navascués, 1904; Corazón de oro, 1914; Amores y letras, 1920) y un poemario (Ruiseñores, 1914). Es la suya una narrativa de sabor decimonónico, maniquea en la presentación de los universos novelescos y con una marcada intención moralizante (al final, en sus relatos, «los buenos» son premiados y «los malos» terminan recibiendo su justo castigo), sin grandes alharacas en cuanto a técnicas narrativas. Más que en su calidad literaria el interés de estos relatos estriba en su valor sociológico. En sus dos primeras novelas, en las que da entrada a personajes y paisajes americanos, el padre Fabo desarrolla al binomio campo (valores positivos) vs. ciudad (valores negativos), e introduce el elemento indígena (los indios guajivos, habitadores de las extensas llanuras de Casanare), lo que vincula a esas obras con la novela indianista americana (Cumandá, de Juan León Mera, La vorágine, de José Eustasio Rivera, etc.).

Una parte de su producción poética quedó recogida en el libro Ruiseñores (Barcelona, Luis Gili Librero-Editor, 1914), que se presenta bajo el lema «Canta et ambula» de san Agustín. Los principales temas de la poesía del padre Fabo podrían clasificarse en los siguientes apartados: «Temas religiosos», «Temas didáctico-moralizantes», «El arte y la creación poética», «Poemas de circunstancias» y «El paisaje y la naturaleza. Temas americanos».

Los temas religiosos son los más reiterados en el poemario. Encontramos composiciones dedicadas a distintos santos: «Dúo lírico» (fray Luis de León y san Juan de la Cruz, el ruiseñor agustino y la tórtola carmelita, forman «un dúo de eterno amor», p. 6), «San Agustín, «Al beato Querubín» y «Al Patriarca San José». Dios se hace presente con frecuencia en estos poemas: «¡Silencio!» (la soledad y el silencio son compañeros de Dios; más aún: el silencio es Dios), «Plegaria» (iniquidad del yo lírico frente a la eterna bondad de Dios), «Dios» (soneto en el que se ofrecen pruebas de su existencia) y «Voces de la Creación» (el hombre invita al sol, al agua, al aire y a la tierra a dar gloria al Creador). Varias composiciones se inspiran en pasajes o motivos bíblicos: «Ósculo traidor» (el beso de Judas), «Agar», «Huyendo a Egipto» (huida de la Sagrada Familia, con la indicación final: «que nunca muere abandonado el santo, / que siempre triunfa la honradez cristiana», p. 39), «Cántico fúnebre», poema que destaca por la musicalidad de sus rimas agudas:

Confiesa, confiesa con lúgubre acento
tu grande derrota, ¡oh, nación de Israel!
Repasa, si puedes, con breve recuento
los muertos y heridos de aquel campamento
que bravos lucharon ganando el laurel (p. 45).

«Noche Buena» es un villancico con léxico y ropaje modernista. Copio el principio:

Despertad, doncellitas de Engadi,
nazarenas, surgid sin tardanza
del lecho, y vestíos
las mejores galas;
brazaletes de sardios y de ónices,
cinturones de múrice y grana,
escofietas, cintillos,
ramilletes de flores galanas,
cachemiras de Persia y de India,
délficas sandalias,
de Bagdad brocados
y del Cairo gasas,
y ocurrid a Belén, que ha nacido
el Mesías del mundo (p. 59).

Otros títulos: «Super flumina» (glosa del salmo en quintillas), «El ruiseñor» (primer milagro del Niño Jesús), «Prófugo», «Viernes Santo», «¡Jerusalén, Jerusalén!» (Jesús maldice a la ciudad salomónica porque es infame), «El corazón de Jesús», «Aleluya» (amanecer en Tierra Santa, es primavera, Cristo resucita…) o «La mano de Jesús». El soneto «Iscariote» es interesante porque, a través de una acumulación de verbos y encabalgamientos, se recrea la angustia y desesperación del apóstol traidor:

Es Judas; entra al templo furibundo;
treinta monedas por el suelo arroja,
confiesa el deicidio, desaloja
el sagrado recinto, vagabundo

avanza, corre, un vértigo profundo
acométele, el crimen lo acongoja,
torvo es su rostro, la mirada roja,
el huelgo fuerte, el corazón inmundo;

asciende a un árbol, el cordel amarra
a su cuello, suspéndese de un bote,
su agonía es fatídica, violenta,

y muere maldiciéndose, y lo agarra
con sus uñas Satán, y el Iscariote
de bruces cae al suelo y se revienta (p. 69).

En fin, a la Virgen María están dedicados varios poemas:«María» («nombre divinísimo», «gayo nombre», p. 12), «El corazón de María» (contrafactum a lo mariano de una famosa rima de Bécquer), «Flor de mayo», «Mis amores» (letanía con los nombres de la Reina y Madre del Amor), «La rosa», «La obra maestra», «Reina de la paz», «Virgen y Madre» (acaba así: «Es Madre de Jesús, porque fue Pura; / es Pura, porque fue de Jesús Madre», p. 190) y «Tota Pulchra» (elogio, en dodecasílabos, de las bellezas de María)[1].


[1] Para más detalles, remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El P. Fabo de María, poeta: Ruiseñores (1914)», Río Arga. Revista de poesía, 99, tercer trimestre de 2001, pp. 27-32.

«Echarse en brazos de Dios» (1855), drama histórico de Francisco Navarro Villoslada: personajes y temas

Elvira representa en este drama[1] uno de los personajes más característicos de Navarro Villoslada, aquel que encarna en su persona todas las virtudes cristianas: la resignación, la caridad, el perdón, el sacrificio; su carácter coincide punto por punto con el de la también penitente Inés de Doña Blanca de Navarra (la acción del drama no es exactamente la misma que la de la novela, pero ambas coinciden en el fondo histórico, en muchos de los personajes, en parte del argumento y en muchos de los recursos de la intriga). Las palabras de Elvira son el vehículo para expresar el mensaje cristiano del autor: «Dios manda / que beba el cáliz amargo, / y hasta las heces apuro» (p. 36); «Dios lo quiere, Dios lo manda. / Suframos, señor, suframos» (p. 36); «Ley de Dios: el mal perdona; / llora y expía el pecado» (p. 37); «A vengarme la pasión / me incita; Dios al perdón» (pp. 44-45); «Hoy que de Dios me aparté, / por la pasión impelida, / en el fango estoy sumida. / ¡Por siempre a Dios volveré!» (p. 72; al comentar entonces Catalina: «Santa sois», ella replica: «No, soy cristiana»); «La dicha pura no se halla / sino en Dios; y a Dios no encuentra / quien va buscando venganza» (p. 78); «Desnudos ya del mundanal consuelo, / padre, nos llama Dios a su servicio, / exige este postrero sacrificio: / la recompensa toda está en el cielo» (p. 81). Su confianza en Dios tiñe a veces también las réplicas de otros personajes, como Pablo: «A gente grande y proterva / —es antigua la noticia— / los hombres no hacen justicia… / pero Dios se la reserva» (p. 28).

Algunas alusiones al significativo título se repiten en el texto del drama; dice Elvira: «Pues en tus brazos me arrojo, / ¡en ellos, Señor, me salva!» (p. 76); y más tarde: «Si efímera ventura Dios me niega, / no me abandona para siempre. El alma / que a sus brazos se entrega, / en ellos tiene inmarcesible palma» (p. 79). En fin, estas son las palabras de Pablo al conde de Lerín —con las que concluye la obra—, tras desistir de sus planes de venganza: «Pero en brazos de Dios, con fe sencilla / me arrojo y triunfo. Sí; la frente humilla, / y adora, como yo, la Providencia» (p. 82).

Sitio y batalla de Aibar, en que queda prisionero el príncipe de Viana don Carlos, estampa calcográfica, prueba de estado. Archivo Real y General de Navarra. Ilustración de José Lamarca para los Anales de Navarra, del padre Moret y Francisco de Alesón (1766)
Sitio y batalla de Aibar, en que queda prisionero el príncipe de Viana don Carlos, estampa calcográfica, prueba de estado. Archivo Real y General de Navarra. Ilustración de José Lamarca para los Anales de Navarra, del padre Moret y Francisco de Alesón (1766).

Además de un elogio del carácter de los navarros, en las palabras que don Felipe dirige al Conde: «Sé que es en vano / en Navarra buscar traición por oro. / ¿La deshonra queréis, por mil florines, / de esta gente comprar?» (p. 22), encontramos de nuevo repetido el tema de la guerra civil, obsesivo —puede decirse— en las obras del joven Navarro Villoslada:

Hace un siglo que blande con asombro
civil discordia su encendida tea;
cubierto de cadáveres y escombro
el rojo campo con terror humea.
La pica que el mancebo lleva al hombro
fue del anciano muerto en la pelea.
Hereda el hijo el odio y la venganza,
y al nieto legará su odio y su lanza.
Desgarrado el país por el encono,
y a los gritos de escándalo desierto,
en el horror oscurecido el trono,
de pompa un día y esplendor cubierto:
muerte sin gloria, crimen sin abono,
sempiterno vaivén del hado incierto;
¡peste, desolación, miseria y luto,
tal es, señor, de la discordia el fruto! (p. 22)[2].


[1] Echarse en brazos de Dios, drama, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1855. Esta pieza dramática no ha sido incluida en las Obras completas de Navarro Villoslada publicadas por la editorial Mintzoa de Pamplona.

[2] También insisten en el tema del enfrentamiento civil estas palabras de Catalina a Elvira: «Escucha: al mundo he venido / de la guerra en los embates; / el horror de los combates / suena constante en mi oído. / No hay familia que el rencor / en el hogar no atesore; / ya no hay madre que no llore / hijo robado a su amor. / Pide con ansia incesante / la muerte luto tras luto; / y de lágrimas enjuto / no deja un solo semblante. / No hay deudo en paz con su deudo; / no hay hermano con hermano. / Niégase al noble el villano, / niega el noble al rey su feudo» (pp. 71-72). Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Estructura y contenido de «Aula de Dios» de Miguel de Dicastillo (y 2)

Toda la «Silva de Teodoro» es, por tanto, una contraposición de la Ciudad de Dios y la confusa Babilonia del mundo, un elogio de la «vida retirada» en la paz de la cartuja. Aula Dei, el Alcázar o Cátedra de Bruno, no es solo un locus amoenus, una religiosa Arcadia (pp. 2-3), sino, más importante aún, un verdadero anticipo del Paraíso: «del Cielo franca puerta» (p. 10), «la tierra convertida en Cielo» (p. 11). Teodoro contrapone su rústica —pero honesta— comida, disfrutada sin preocupaciones, y la más suculenta —pero no siempre más placentera— de los grandes señores:

[…] hallo ya la comida preparada
no de grandes manjares
ni al antojo servidos
(como el vulgo fabula neciamente)
pero sin mezcla siempre de pesares,
limpia, bien sazonada,
y moderadamente
al humano sustento suficiente,
y de viles sospechas reservada,
que el pobre de recelos vive ajeno
y en su jarro jamás temió el veneno.
Sin ruido ni embarazo,
a comerla me asiento
con menos fausto, pero más contento,
que los grandes señores,
y como ellos no anhelo
a manjares estraños y exquisitos
con que se vician más los apetitos (pp. 48-49).

Francisco de Zurbarán, San Hugo en el refectorio de los Cartujos (c. 1655). Museo de Bellas Artes de Sevilla (España)
Francisco de Zurbarán, San Hugo en el refectorio de los Cartujos (c. 1655). Museo de Bellas Artes de Sevilla (España).

Esta es la desengañada visión del mundo de Teodoro, que conoce bien sus enredos y contradicciones:

Veo los devaneos,
los diversos empleos,
y los discursos vanos
de todos los humanos
y encontrados en todo los deseos:
de lo que el uno llora, el otro ríe;
de lo que éste se agravia, aquél se engríe,
porque donde uno pone la deshonra
funda el otro la honra;
lo que éste por inútil desperdicia,
aquél por su mayor útil codicia.
El uno olvida lo que el otro ama,
lo que el uno encarece,
el otro vitupera y aborrece
y lo que éste recoge, aquél derrama;
y así apenas, en tantos pareceres,
concuerdan los pesares y placeres.
Éste sigue la paz, aquél la guerra,
éste trasiega el mar, aquél la tierra,
éste desde su estudio mide el suelo
y inmoble aquél se espacia por el cielo.
Éste quiere el ruido de la caza
y aquél más el bullicio de la plaza;
éste procura el ocio,
aquél sigue la causa y el negocio,
y deste modo, nada
de cuanto agrada al uno, al otro agrada (pp. 70-71).

El cartujo sabe que, en el proceloso mar del mundo, unas cosas se toman por otras, y a veces importa más la apariencia que la realidad. Sigue, en efecto, una larga tirada con diversas inversiones de valores, recurso tópico en la literatura clásica retomado por fray Antonio de Guevara y habitual en el XVII[1]:

Esto se toma en las inclinaciones,
mas donde están los daños
y mayores engaños
es en las mal fundadas opiniones:
el parlero se da por elocuente,
el temerario pasa por valiente,
el rígido por justo,
el lascivo por hombre de buen gusto
y el que es un insolente
pasa en nuevo lenguaje por corriente.
La mentira es ingenio y agudeza,
la sátira y el chiste sacudido,
y su autor, es jovial y entretenido;
la humildad es bajeza,
pundonor la venganza,
la afectada lisonja es alabanza,
la cautela es prudencia
y el artificio del astuto, ciencia.
Llámase santidad la hipocresía,
el silencio, ignorancia,
el valor, arrogancia,
la prodigalidad, caballería,
la detracción, donaire,
el ser vicioso es gala
y el no seguir esta opinión, desaire,
estilo que ni el bárbaro lo iguala.
Con tan falsos juicios
dan color de virtudes a los vicios,
y creciendo el abuso,
el modo de pecar se vuelve en uso
y prosigue la culpa
con apariencia vana de disculpa (pp. 71-73).

A lo largo de la silva, Teodoro pide a Silvio que abandone sus estudios para ocupar una de aquellas celdas (pp. 40 y 58): dejará gozoso la vida mundana (pp. 40-41), porque esta otra vida de cartujo «es más para admirada que creída» y la muerte allí «más es para envidiada que temida» (p. 42). Silvio hace caso del consejo de su amigo, y al principio de su silva de respuesta afirma, con claros ecos gongorinos, que le ha salteado la luz de un castillo (o sea, la luz del poema de Dicastillo) cuando «erraba yo en la noche de mi engaño» (p. 67):

Pasos eran de errante peregrino,
en soledad confusa,
errados sin escusa
y sin causa perdidos
los que de un ciego engaño conducidos
daba sin esperanza de camino,
en noche tenebrosa… (p. 65)[2].


[1] Recuérdense, por ejemplo, los vv. 290-348 de Fuente Ovejuna.

[2] Para más detalles remito a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo»Río Arga. Revista de poesía, 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.

Joaquín Roa, literato

Como escritor, hay que recordar que Joaquín Roa fue colaborador en la revista Meridiano Femenino, en Fiesta Taurina y, por supuesto, en Pregón, donde publicó numerosos artículos como los titulados «Sócrates», «Todo es posible en el teatro» o «Viejos papeles, dorada niñez…». Dio a las prensas un Anecdotario teatral y escribió varios guiones de cine. En su faceta de autor dramático, cabe mencionar obras como Presentimiento, La hermanastra o Quinito y su suegro (esta escrita en colaboración con Adela Carboné y estrenada en el Teatro Rey Alfonso de Madrid en 1923), Era un romántico, estrenada igualmente en Madrid, Una ingenua, entremés en prosa en colaboración con Antonio Pedroza (Madrid, R. Velasco, 1920), etc. La familia conserva el manuscrito del drama lírico María de Aránzazu, obra que se supone estrenada, y un libro novelado que contiene un anecdotario de Pamplona: Folletín del hombre oportuno (literatura de un actor)[1].

Joaquín Roa hacia 1926
Joaquín Roa hacia 1926.

Reseño ahora con más detalle algunos de estos trabajos. En su artículo «Todo es posible en el teatro» comenta aspectos diversos del teatro de hoy y del de ayer: la parodia y la sátira, los avances de la luminotecnia, la interpretación y el estado del género musical, defendiendo que el teatro lírico nacional debía ser promovido por el Estado, para lo cual había de crearse una compañía y una orquesta titulares. Y se lamentaba con estas palabras: «¡Ay! Nuestro teatro en castellano cantaba cuando yo era chico y se ha quedado mudo».

«Viejos papeles, dorada niñez…» son tres breves estampas, «Infancia», «La Comunión general» y «La Meca», unificadas por la presencia de una primera persona narradora. En la primera, una cuadrilla de muchachos comenta algunas muertes violentas (la de Afanes, la de la novia de Juan Martín…) ocurridas en Pamplona. En la segunda se describe la procesión de la Comunión general de enfermos. «La Meca» retrata a un hombre anciano sentado en un banco del Paseo de Valencia que se distrae escuchando el concierto de la Academia de Música y viendo pasar a los soldados del regimiento que vuelven de la instrucción. El narrador, identificado afectivamente aquí con el autor, escribe: «Cuando en la linde de la vida me encuentre infortunado, triste y solo, me sentaré también en ese banco, con ese mismo vestido de la Casa de Misericordia». Y, de hecho, Joaquín Roa pasó sus últimos años y falleció en la Casa de Misericordia de Pamplona, el 24 de mayo de 1981.

Un trabajo suyo inédito es «La Cenicienta y el Rey Mago. Cuento representable». Es una breve piececita mecanografiada cuya acción se sitúa en un colegio y en la que intervienen al principio la profesora y unos niños (Canuto, Pilarín, Toribio y Lolita), que vuelven a clase tras las vacaciones de Navidad. Los niños comentan los regalos recibidos: Pilarín una muñeca, Canuto una corneta, Toribio un caballito de cartón… La profesora castiga a Canuto por hurgarse la nariz. Toribio no sabe unas sencillas sumas y la maestra lo pone también de rodillas. En cambio, Pilarín, la niña repipi, sí sabe todas las respuestas. Después manda leer a Canuto y este, tan poco avezado que solo sabe hacerlo por sílabas, comenta que las letras le parecen hormiguitas. Luego tocan las preguntas de cultura general y Canuto confunde a los Reyes Católicos con los Reyes Magos, con lo que la profesora lo pone de cara a la pared. Tras un pequeño intermedio en que cantan y bailan todos, entra la Cenicienta, una niña pobre que quiere aprender a leer y escribir. Toribio y Canuto protestan de que esté con ellos «esa birria de niña», fea y con un vestido pobre, y consiguen hacerla llorar. Aparece entonces la figura de un Rey Mago, Gaspar, que les quita los regalos, la corneta y el caballito, por egoístas y malos; les pide que reflexionen (han querido escarnecer la pobreza y la humildad) y pidan perdón a la niña. Los niños, arrepentidos, besan el vestido y las alpargatas de la Cenicienta y esta pide a Gaspar que les devuelva los juguetes. Todos aprenden la lección de que el mejor camino es la bondad, prometen ser buenos y estudiar, y la pieza acaba con todos los personajes cantando en rueda.

Presentimiento, ensayo de gran guignol, en prosa y original de Joaquín F. Roa, publicado en Biblioteca Teatral, año III, núm. 41, pp. 47-55 y estrenado en el Teatro de la Comedia el 13 de marzo de 1920, es una pieza en un acto único, repartido en cinco escenas. Intervienen los muñecos María Arnal, Amorino, Lina Moretti, Julia, Un Desconocido y Pietro, representados por Adela Carboné, Aurora Redondo, Irene Alba, Irene Caba, Juan Bonafé y Federico Gorritz, respectivamente). La acción ocurre en el gabinete de un hotelito en Roma, una noche de primavera. Escena I. Amorino, muchacha ciega, y su madre María Arnal, tiple de ópera. Mientras se oye el sexteto del hotel, la cantante lee a su hija las crónicas sobre su representación de Carmen, que la elogian diciendo que ella aporta a la obra «el sol de Andalucía». En la escena II reciben la visita de Lina Moretti, una mujer de cincuenta años «que fue distinguida, guapa y triunfadora». En una mezcla de italiano y español, pondera la belleza y elegancia de María Arnal y esta le da 200 liras. Por el diálogo nos enteramos de que una afonía llevó a Lina Moretti a la miseria y que además perdió a su hijo. Escena III. María, Amorino y Julia. Llora Amorino por el dolor de Lina. La madre canta hoy Madame Butterfly para los soldados heridos; le inquieta que le pueda ocurrir algo a su hija y pide a la criada que no la deje sola en ningún momento. Escena IV. Amorino y Julia. Amorino se queda dormida y Julia se distrae con Pietro, que aparece al fondo. Salta a la habitación de Amorino el Desconocido, que va a robar un cofre con joyas y dinero. Despierta Amorino, se asusta y grita. El Desconocido la estrangula, mientras se oye de fondo la música de Madame Butterfly. Escena última. Tras un oscuro general que simboliza el paso del tiempo, aparece la madre. Julia le dice que no se separó de Amorino. María deja el ramo de flores que trae sobre la cama de su hija, comentando que al día siguiente lo llevará a la tumba de los soldados muertos. No la besa para no despertarla. «Queda la escena sola. Sobre la cama de Amorino han quedado las flores, como presentida ofrenda a la muerte…; no se oye un rumor, como si ya nada tuviera vida»[2].


[1] Cfr. Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. V, p. 97.

[2] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Semblanza de Joaquín Roa (1890-1981), actor y escritor pamplonés», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 11, San Fermín de 1998, pp. 8-11. Ver ahora Francisco Benavent, Joaquín F. Roa, Pamplona, Filmoteca de Navarra, 2020.