La construcción dramática del personaje de doña Mencía de los Nidos en «La belígera española», de Ricardo de Turia (y 5)

En La belígera española[1], los elogios del personaje de doña Mencía vendrán también desde el propio campo enemigo. En efecto, se produce ahora la llegada al campamento español del caudillo Rengo, que viene a ofrecerse con sus tropas para pelear contra su rival Lautaro (la incontrastable fuerza del amor le lleva a traicionar a los suyos, a su patria). Rengo elogia a la dama española y explica el sobrenombre que le han puesto (el cual es, no lo olvidemos, el título de la pieza):

RENGO.- Famosa doña Mencía
de Nidos, fuerte Belona,
a quien nuestro Arauco llama
«la belígera española»;
tú que con tus grandes hechos
resucitas la memoria
—para darle nueva muerte—
de las fuertes Amazonas,
pues dellas nos acordamos
por tus hazañas famosas,
y nos olvidamos dellas
por tus proezas heroicas;
tú que del supremo alcázar
con tu fuerza milagrosa
descïendes las deidades
que nos espantan y asombran;
tú que el aleve Lautaro,
a quien ya la gente toda
a veces furia le llama
y a veces rayo le nombra,
en medio el curso furioso
de sus triunfos y vitorias,
le detienes, le retiras,
le amedrentas y le postras,
como se vio cuando a vista
de la ciudad belicosa
de Santïago hizo un fuerte
lleno de arrogancia loca;
mas tú, en el primer asalto
con tu gente valerosa,
a términos le trujiste
de dejar la plaza sola,
tanto, que ya quebrantada
su soberbia vanagloria
de las armas apeló
para una astucia engañosa… (vv. 2225-2260).

Johann Heinrich Wilhelm Tischbein, Amazonas (1788). Landesmuseum für Kunst und Kulturgeschichte (Oldenburg, Alemania).
Johann Heinrich Wilhelm TischbeinAmazonas (1788). Landesmuseum für Kunst und Kulturgeschichte (Oldenburg, Alemania).

Nótese en este parlamento la equiparación de la dama española con Belona, diosa de la guerra entre los romanos, y con las amazonas —dos alusiones clásicas en boca del indígena araucano—, así como el dato proporcionado por el relato de que doña Mencía ha vencido en armas a Lautaro. De hecho, el parlamento de Rengo continúa refiriendo en qué consistió cierta astucia de Lautaro y la desactivación de la misma por parte de doña Mencía (se insiste, por tanto, en su habilidad en los ardides de guerra, en sus buenas dotes de estratega):

RENGO.- […] y fue que, viendo que el sitio
cercado está a la redonda
de montañas, de manera
quel hondo valle coronan,
y la vega coronada
de acequias es tan copiosa,
que derribando los diques
la vega en pantano tornan,
quiso anegar aquel suelo
porque la ligera tropa
de tus caballos hundida
quedase en la tierra floja
y él pudiese sin peligro
cantar la infame vitoria,
pues como pájaro en liga
tuviera la gente toda.
Pero tú le penetraste
el intento, a la sorda
alzaste el campo una noche,
que le hizo noche su gloria,
y como cobarde liebre
le tienes cercado agora
en otro fuerte, que el miedo,
aunque es flaco, fuertes toma
y finalmente tú, que
llegas a ser tan dichosa
que Rengo a servirte viene
con su gente y su persona (vv. 2261-2288).

En suma, su habilidad estratégica no solo ha logrado desbaratar la añagaza de Lautaro, sino que ha conseguido que este haya tenido que refugiarse en un fuerte. Y, en efecto, algo más avanzada la comedia vemos que doña Mencía marcha junto con Villagrán tras Rengo para llegar hasta las proximidades del fuerte donde se encuentra Lautaro. Don Pedro, en medio de los preparativos bélicos, prosigue con sus pretensiones amorosas… pero no es tiempo ahora para el cortejo, le recuerda la dama. Y ella misma participará en el asalto al fuerte, al frente de los hombres, guiados por Rengo hasta el lugar por donde el ataque puede resultar más sorpresivo (vv. 3007-3031).

Un último detalle redondea el retrato de doña Mencía de los Nidos, la «heroica española» (v. 3007), en la comedia de Ricardo de Turia. Igual que el texto ha puesto de relieve continuamente que es avisada en los asuntos de la guerra, en el tramo final va a destacar que resulta igual de perspicaz en las cosas del amor, pues se da perfecta cuenta de que Rengo ama a Guacolda y, así, dispone que se case con ella. Y no solo eso, sino que la mujer que tan esquiva se había mostrado siempre con don Pedro, ahora que ha comprobado su valiente comportamiento en el campo de batalla, cede ella igualmente al amor. Estas son las últimas réplicas de la obra:

DON PEDRO.- Tú que la pasión más fuerte (A doña Mencía.)
que un amante trae consigo
penetras, ¿la que padezco
piensas de hoy más remedialla?

DOÑA MENCÍA.- Ya a darte gusto me ofrezco,
pues hoy te vi en la batalla
muy fuerte.

DON PEDRO.- ¿Que tal merezco?
¿Que tanto bien he alcanzado?
Mi dicha en el mundo sola
hoy me ha de hacer invidiado.

RENGO.- Y aquí tiene fin, senado,
La belígera española (vv. 3275-3286)[2].


[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.

[2]  Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia»Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (y 5)

«Poemas para una espera»[1] (son nueve secuencias, de las cuales cinco comienzan por el verso «Sujetar el alma», tres por «Mirarse en el espejo» y una más por la variante «Mirarse en el Sión») se abre con un lema bíblico y, aunque no se dice explícitamente, la espera aludida es la de la muerte. En la primera secuencia el poeta nos habla de «esta última estancia / de mi postrero sueño». Más adelante evoca el amor físico, el deseo: «beso de amante», «sexual gemido», y se prepara para «el último viaje», cuyo sentido religioso se refuerza con diversas alusiones como «vieja Jerusalén», «colinas de Gilboa», «Sión de las novias núbiles», «colinas de Líbano», «vieja Jerusalén» de nuevo, «tu vieja fe de caminantes», «loco Isaías»… La última secuencia constituye un apóstrofe a esa «vieja Jerusalén», personificada como mujer, cuando el poeta se halla «aquí, / en la postrera, / y acaso, / última de las estancias». Como puede comprenderse, esta evocación de la Jerusalén terrena nos transporta también, en un plano simbólico, a esa otra Jerusalén celeste a la que el poeta espera acceder.

Leon Katz, Jerusalén Celestial Ciudad Dorada (2025). Fuente: José Art Gallery.
Leon Katz, Jerusalén Celestial Ciudad Dorada (2025). Fuente: José Art Gallery.

Los «Poemas para una fiesta» son diez secuencias numeradas de 1 a 10 (precedidas por un lema de Jesús Mauleón). La primera secuencia insiste claramente en el tema del encuentro con Dios, una vez superada la noche de la no fe:

Se prepara mi fiesta pura,
me reconcilio conmigo mismo,
ya no soy huésped de mi noche,
más allá de los tiempos
estás Tú, mi Dios, mi vida.

En la segunda, el poeta se compara con la «naturaleza sabia»[2] y evoca el sufrimiento de la simbólica «noche» pasada. En la tercera, donde el término de comparación es un «desafinado violín», el hablante se alza «Hacia Ti». La cuarta es desiderativa: «ojalá pueda descubrirte / al final de mi tránsito / con mis ojos de luz y roca». La quinta evoca los «años vivos de deseo y vino»; antes fue el amor terreno, ahora «mi pequeño héroe» —héroe es otra imagen para referirse al hombre que vive la aventura del vivir— está «sumiso a Tu Cielo». El poeta sigue siendo «un niño asustado», un solitario, que se presenta ante ese Alguien que lo espera: «aquí estoy, con mi maltrecho cuerpo, / que tan sólo se alivia / por el céfiro suave de tu paso». La secuencia número 8 constata que «Tú estás conmigo / y la fiesta continúa», mientras que en la siguiente evoca la voz de Dios: «tu voz de Sinaí, rumor en el silencio de siglos» (Dios habla, aunque otras veces también calla: de ahí el juego con voz, rumor y silencio). En fin, la número 10 merece la pena citarla entera:

Es la hora secreta,
mi hora,
mi final travesía,
ya los pájaros de mi alma
volando fuera del viento,
el ángel de mi hombre
rebelándose inaudito y dócil
ante Tu Fiesta.

Con este poema, de claro sentido, culminaba Callado retorno y la Obra poética de Amadoz. Pero el poeta decidió a última hora añadir una composición más, «Para un deseo», en la que, además de introducir un humorístico anticlímax final en el que no faltan las referencias localistas, se define como «aprendiz de brujo». Es decir, después de haber recorrido un periplo poético de cincuenta años, considera que no se ha cerrado el camino del aprendizaje de una poesía —Poesía, con mayúscula, podríamos decir— que alcanza y ofrece un valor trascendente:

Tan sólo deseo
que me recordéis
como aprendiz de brujo,
en esta mi tierra,
como solitario en la Bardena,
pluma al viento
desde Roncal hasta mi Ribera,
de chopos humeantes en la montaña.

En este sentido, ser hombre y ser poeta se han convertido para José Luis Amadoz en conceptos equivalentes.

En cuanto a la versificación, aunque en este último poemario encontramos también algunos poemas de largos versículos, prevalecen los compuestos por versos cortos. Parece como sí en su último libro el poeta hubiese deseado “adelgazar” su expresión poética, en busca de una mayor claridad, de una mayor desnudez y cercanía al lector, en un extremo muy alejado ya del hermetismo poético de sus primeros poemarios[3].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] «Naturaleza sabia» es el título del segundo poema de «Sangre y vida», tercera sección del poemario de igual título, y también del quinto poema de Elegías innominadas.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La construcción dramática del personaje de doña Mencía de los Nidos en «La belígera española», de Ricardo de Turia (4)

Así pues, en la acción de La belígera española[1], hemos pasado de una escena en que veíamos a doña Mencía portando las armas para la caza a otra en la que se dispone a empuñarlas para el combate; es decir, hemos asistido a una simbólica metamorfosis del personaje, que de Diana cazadora se transforma en Belona guerrera.

Alessandro Turchi, Belona con Rómulo y Remo
Alessandro Turchi, Belona con Rómulo y Remo (c. 1630). Colección privada.

Y enseguida se producirá la mencionada intervención sobrenatural en favor de los españoles: así, a la aparición de Eponamón —divinidad araucana, especie de espíritu protector— a los indios, seguirá la de la Virgen María, que les previene para que no ataquen a quienes están bajo su protección. Tal presencia sobrenatural asusta a los indígenas, que suspenden el proyectado asalto a la ciudad y escapan aterrorizados. Inmediatamente después vemos salir a doña Mencía «con bastón de general» (acot. tras v. 2035), disponiendo que un escuadrón de hombres de a caballo salga en persecución de los indios. Un araucano que ha sido apresado cuenta que la desbandada de los suyos se produjo por causa de la aparición mariana, y el acto segundo de la comedia se remata con este diálogo de doña Mencía con don Pedro y Alvarado que, al tiempo que pondera la ayuda recibida del cielo, sirve para poner de relieve una vez más el valor de la dama:

DOÑA MENCÍA.- ¿Veis por la Virgen cumplido
lo que entonces prometí?
¿No veis, para que os asombre,
que con divina pasión
hoy toma su Concepción,
pues defiende hasta su nombre?
¿No veis si es aventajado
el favor, gente española,
pues esto una gota sola
de sangre no os ha costado?
¡Ea, fuerte gente, ea!
¡Muera esa infame nación,
y la sacra Concepción
de hoy más su apellido sea!
En cualquier sangriento estrago
que con valor nos hallemos,
«Concepción» apellidemos
en lugar de «Santïago».

DON PEDRO.- Primero la Concepción,
y luego doña Mencía,
pues ha sido en este día
nuestra total redempción.

DOÑA MENCÍA.- A Dios solo se han de dar
las gracias desto, cristianos,
y a estos fieros araucanos
lo ya ganado quitar.

ALVARADO.- Tú nos rige y nos gobierna,
Mencía fuerte y famosa.

DON PEDRO             Desta hazaña milagrosa
será la memoria eterna (vv. 2120-2149).

En fin, el retrato de tan belicosa mujer se irá completando en el acto tercero. Al comienzo del mismo la vemos de nuevo mostrándose esquiva con don Pedro en cuestiones de amor, si bien lo estima en mucho, tal como explica en un aparte:

DOÑA MENCÍA.- Aunque a don Pedro acobardo,
le quiero bien, que es gallardo,
y en los trances, animoso;
pero no puedo acabar
con mi altiva condición
que me hayan de sujetar,
y en llegando esto a pensar
me revienta el corazón (vv. 2202-2209)[2].


[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.

[2]  Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia»Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (4)

«Hasta que Alguien me encuentre»[1] hace alusión indirecta —pero bastante transparente— a Dios. Comienza el poema con una constatación por parte del yo lírico de su flaqueza presente: «Es bella y hermosa / esta mansión en ruinas / que sustenta mi vida»; el poeta se halla, en efecto, en «la penumbra de los años», pero sabe que el enamorado nunca envejece:

… parece que ahora vivo
como un suspiro
adensado por la sombra de los años,
un río de recuerdos
que anegan mis ojos.

Encuentro con Dios

Este «vagabundo», este «vigía» proclama que «necesitamos del misterio, / para caminar seguros»; y aunque habla de «mi vida / herrumbrada por los años», no renuncia al amor y al deseo y sigue soñando con las «noches lascivas / que iluminaron mi vida». El motivo del Dios oculto, del Dios ausente —frecuente en poemarios anteriores— reaparece aquí cuando el yo lírico indica que «algo de ese Dios dormido / me late, / ilumina mi camino / tibiamente». Señala que «mi amor / se escapa por mis costuras / de adoración y deseo», y proclama su adiós al pasado, su adiós al futuro, su

adiós a todo,
a lo que tanta confusión
despeña mi vida,

adiós a la luz
de tanto antepasado
que fue mi faro,

viva, una vez más,
mi sombra marinera
que como pájaro
se orienta en la obscuridad
asustada de sí misma,
hasta que ALGUIEN
                                      me encuentre.

La luz (la fe) de los antepasados —otro motivo recurrente— se resuelve aquí en una presencia clara de ese Alguien, que es Dios: un Alguien a quien, con muchas dudas y titubeos, se ha buscado, y que al final debe ser el que encuentre al hombre. Este séptimo poema de Callado retorno es importante porque parece resolver casi definitivamente el tema del binomio inmanencia / trascendencia: el poeta se ha rendido a la presencia de ese Alguien, y la aparición del tema se intensificará, en progresivo ascenso, en la parte final de este poemario, que es también la parte final del conjunto de la Obra poética de Amadoz.

«En aquel grave rincón» va precedido por un lema de Rilke que proclama que todos pertenecemos a la muerte; no nos extraña, por tanto, que se acumulen algunas imágenes negativas: «todo huele a rosa marchita», «asustado niño», «engendro anunciador de muerte», y otros motivos reiterados en la poesía de Amadoz («el viejo Juan apocalíptico», «el canto de Circe»…). En la parte final se despide de un innominado hermano e invoca a Cristo: «Oh, Cristo, / comparte mi río, / mi amor, mi pan, mi vino»[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La construcción dramática del personaje de doña Mencía de los Nidos en «La belígera española», de Ricardo de Turia (3)

Siguiendo con la acción de la comedia[1], se produce en ese momento la llegada de Alvarado —Juan de Alvarado—, quien refiere la derrota sufrida por los españoles en la sierra de Marihueñu —actual cerro de Villagrán—, al sur del río Chivilingo. La noticia corre ya por la ciudad de Concepción y sus habitantes comienzan a huir despavoridos, pero doña Mencía hace callar al punto a tan «triste pregonero»:

DOÑA MENCÍA.- Calla, triste pregonero,
que no es bien que en este día
digan de doña Mencía:
«Todo lo miraba Nero,
y él de nada se dolía».
Vamos con veloz subida
a esta gente, que hoy verás
que aunque el temor la convida
a dar algún paso atrás,
es por dar mayor corrida.
Al más fuerte corazón
el temor pone en aprieto;
mas la consideración
de su fama y opinión
por fuerza ha de ser su efeto.
Salgámosles al encuentro,
que si Dios me da favor
hoy restaurarán su honor (vv. 1818-1835[2]).

Cubierta del libro Mencía de los Nidos. Una heroína extremeña olvidada, de José Juan del Solar Ordóñez

Cuando llegan junto a los que huyen, la dama les dirige un largo parlamento compuesto en octavas reales (es decir, conservando la forma estrófica del modelo de Ercilla[3]):

DOÑA MENCÍA.- Famosos domadores del Poniente
contra el rigor de los opuestos hados,
que dilatáis la fe gloriosamente
del mundo en los confines dilatados:
¿qué enemigo feroz, bravo, impaciente,
os asalta los muros levantados?
Y cuando os asalte, ¿en vuestros muros,
más que en campo, no estaréis seguros?
Que del neblí la garza se recele
cuando en juntas y en tornos se le abate;
que a la cobarde liebre la desvele
el galgo que la va dando combate;
que el caimán que destruílle suele
el diestro pececillo se rescate,
hacen bien, si el contrario es tan impío;
mas que huyamos sin velle, es desvarío.
Mirad lo que perdéis, gente perdida,
de honor, de hacienda, de regalo y gusto,
pues dejar vuestra patria conocida
por hospedaje extraño, es casi injusto.
¿No veis que hasta el que os llama y os convida
os mira al tercer día con disgusto,
y aun el pariente, si de huésped tiene
el enfadoso nombre, a cansar viene?
Volved a vuestra patria, volved luego,
que en retorno de haberos sustentado
no es bien que la entreguéis al hierro y fuego
que el bárbaro cruel la ha condenado.
Que os acordéis de vuestra madre os ruego
y de aquellas entrañas que os han dado
vida y salud por milagroso modo,
pues quien el oro da, nos lo da todo.
La Virgen, de quien toma el apellido
esta ciudad, que mi palabra ofrece
ampararla del bárbaro atrevido,
pues de su Concepción nombre merece;
que si al que su pureza ha defendido,
como a Illefonso, tanto le engrandece,
no querrá permitir que nadie asombre
a quien de su pureza tiene el nombre.
Y porque echéis de ver la fe que tengo
en la Virgen, de culpa preservada,
con ser flaca mujer, ya me prevengo
a gobernar la cortadora espada;
mirad si éste es milagro, pues yo vengo
a dar ánimo a gente tan osada;
y pues el un milagro llama al otro,
y os guía una mujer, espera ese otro (vv. 1863-1910).

Como vemos, doña Mencía invoca el auxilio de la Virgen María, argumentando que no podrá dejar desamparados a los moradores de una ciudad que ensalza, en su propio nombre, su Purísima Concepción. Al mismo tiempo, en la parte final de su arenga, se ofrece para ser el adalid de las tropas. A esto responde un viejo lo siguiente:

VIEJO.- En fe del gran valor que en ti miramos
y del alto socorro prometido,
aunque con gran vergüenza, vuelta damos
al dulce despoblado patrio nido (vv. 1911-1914)[4].

Y, en efecto, todos la eligen por su caudillo y dan vivas a doña Mencía. Este bloque de acción se remata con la sentencia de don Pedro, quien manifiesta su deseo de que «Hazaña tal en mármoles se escriba» (v. 1918)[5].


[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.

[2] Se alude en los primeros versos al famoso romance «Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía…».

[3] Detalle ya notado por Lerzundi, introducción a La belígera española, p. XVI.

[4] No parece gratuita la mención aquí de la palabra nido, habida cuenta del apellido de la dama: doña Mencía de los Nidos consigue con su exhortación que los pobladores de la ciudad regresen a los nidos de sus casas.

[5]  Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia»Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.

Un soneto de Pedro Scotti de Agoiz: «“Quia pulvis es, et in pulverem reverteris”. Arte para bien vivir»

Vaya para hoy, Miércoles de Ceniza, el segundo poema de los que forman los «Varios asumptos sagrados» (pp. 1-24), dentro del corpus poético de Pedro Scotti de Agoiz (Pamplona, Navarra, 1676-Baza, Granada, 1728). Su título (que remite a Génesis, 3, 19 y que se traduce en el verso 4) es significativo «Quia pulvis es, et in pulverem reverteris. Arte para bien vivir», y el texto, que cae dentro de los tópicos del memento mori y el desengaño barroco, no requiere de mayor comento, pero invita — sí— a la reflexión íntima. Dice así:

Miércoles de Ceniza

¿De qué te sirve tu gloriosa suerte,
de qué, dime, la fama y el renombre,
las riquezas de qué si, en fin, siendo hombre,
eres polvo, y en polvo has de volverte?

Abre los ojos, pues, y vuelve a verte:
en ti mismo hallarás, porque te asombre,
cuando más, todo fama, todo nombre,
y después, todo nada, todo muerte.

No remedes al ave que, si gira
de Argos los ojos, presumptuoso en vano,
rinde la pompa, si a los pies se mira[1].

No admitas en tu pecho orgullo humano,
que el que una vez le admite, tarde aspira
a dejar por lo austero lo profano[2].


[1] ave … de Argos los ojos … a los pies se mira: alusión, tópica en la poesía aurisecular, al pavo real. Tras la muerte de Argos Panoptes, el gigante de cien ojos encargado de vigilar a Ío, la diosa Hera colocó sus cien ojos en la cola del pavo real para honrar a su fiel guardián, convirtiéndola en su ave sagrada. Ahora bien, cuando el pavo real mira sus feos pies, se avergüenza de ellos y cierra rápidamente su vistosa cola.

[2] Tomo el texto de Obras poéticas, póstumas, que a diversos asumptos escribió don Pedro Scotti de Agoiz, corregidor que fue de las ciudades de Logroño, Calahorra y Alfaro, y después de las de Guadix y Baza, y cronista general de los reinos de Castilla. Tomo primero. Dalas a luz don Francisco Scotti Fernández de Córdova, caballero del Orden de Santiago, señor de las villas de Somontín y Fines, patrono de la capilla de los Reyes en el convento de Santo Domingo de la villa de Almagro, y caballerizo de campo del rey nuestro señor. Quien las dedica al excelentísimo señor marqués don Aníbal Scotti, en Madrid, en la imprenta de Lorenzo Francisco Mojados, 1735, p. 2.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (3)

«Aquel viejo rincón…»[1] se abre con un lema de Rilke; el yo lírico se dirige a un tú que es el del hombre-poeta, en una especie de desdoblamiento interior; por ello nos habla aquí de «la fe de tus antepasados». El poeta, desde el «otoño perenne» en que vive, cuando «el viejo apocalipsis muerde tus ojos», se ve como un «viejo marino de procelosos mares» y contrapone su antigua fe de niño «acurrucado en la atalaya de tus sueños» con «tu nueva cosecha / aventada por la duda». Este «viejo aventurero / de tantos mares sin tregua», con «ojos heridos de apocalipsis», llora «por aquel rincón de tus antepasados», llora

ahora que todavía la noche
deposita su calma,
ahora que la noche
recobra su belleza bajo las estrellas
y tu ojo de niño
ondea su inocencia,
mira a la otra orilla,
al Jesús marinero
caminando seguro sobre las aguas.

Julius Sergius von Klever, Cristo caminando sobre el agua
Julius Sergius von Klever, Cristo caminando sobre el agua (c. 1880). Colección particular.

«Cuarteto para un amigo» va dedicado a Ángel Urrutia, amigo y también poeta, y está formado por cuatro estrofas numeradas en romanos. Dado que el tema evocado es la amistad, el poema acumula imágenes positivas: habla de cepas llenas de vides, de una «rosa encinta», de versos «como una fruta abundante», de un «huerto de fraternidad». El poeta nos confiesa que hay que ser «peregrino de fe» para confiar ciegamente en el otro, «para amar de verdad suficientemente… / ya empobrecido», para obtener frutos de verdadera cosecha. La sección IV constituye un apóstrofe a Dios: «Tú quieres viajar a ciegas con el amigo, / recorrer su camino de verdes praderas», un camino que le conduce hacia la cosecha del amor, que será «una proclamación sazonada de cielo macizo».

El siguiente poema nos presenta al poeta y sus pensamientos «En los límites de la ciudad» (esa expresión relativa a los «límites de la ciudad» se repite a lo largo de la composición, así como el anafórico «aquí»). A su vez, el lema reitera el motivo del «callado retorno / de todos los tiempos» que da título a todo el poemario. El poeta siente el peso grave de la espera, está «en preñada espera», preso de «la melodía solitaria del tiempo», con «una soledad adensada por su peso». Y, en medio de su soledad, apunta el tema de la solidaridad, el encuentro con el otro, con el amigo: «nuestras manos enfermizas / buscan anhelantes otras manos». Tal es el destino de tantos hombres solos, «en un resurgido deseo de vida», siendo todos «consumidores / del viaje sin retorno, / que nos exilia con su crepúsculo indómito / que inapelable se impone». Termina así:

… aquí estamos,
en la noble encrucijada de los tiempos,
contemplando nuestro misterio
con la luz vacilante del pabilo desgastado,
en el secreto rumor que, manso y sin excusa,
nos acalla y domina para siempre[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La construcción dramática del personaje de doña Mencía de los Nidos en «La belígera española», de Ricardo de Turia (2)

Ya he señalado en una entrada anterior que en la pieza teatral[1] la arenga de la dama resulta más efectiva que en el poema épico —y en la realidad histórica—, pues doña Mencía logra detener a los asustados habitantes de la ciudad de Concepción y es elegida por el pueblo para acaudillar las tropas que han de afrontar la defensa. Ya indiqué también que lo principal de la acción de la comedia tiene que ver con la rivalidad amorosa entablada entre los caciques araucanos Lautaro y Rengo, que se disputan el amor de Guacolda.

«La bella Guacolda», en Relación del viaje de Fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo
«La bella Guacolda», en Relación del viaje de Fray Diego de Ocaña por el Nuevo Mundo.

No nos habrá de extrañar, por tanto, que la dama española no aparezca en escena hasta la mitad del segundo acto. Es entonces cuando vemos sobre las tablas a doña Mencía junto a don Pedro de Villagrán —Pedro de Villagra, el capitán en ese momento de las tropas españolas en el sur de Chile—, ambos «vestidos de monte, cada cual con su jabalina» (acot. tras v. 1454). Don Pedro la pretende de amores, pero ella se muestra esquiva y prefiere entregarse al ejercicio de la caza, que es imagen de la guerra y sirve como entrenamiento para ella[2]. Estas son las razones que alega:

DOÑA MENCÍA.- No nací para sujeta,
para sujetar nací,
ya el ciervo con la saeta,
ya el cerdoso jabalí
con la turquesca escopeta.
Este robusto ejercicio
el pesar de mí destierra,
y no porque halle en él vicio,
sino por ser su bullicio
un ensayo de la guerra;
no hay dulce voz, no hay acento,
aunque el sueño me interrompa,
que me dé mayor contento
que el de una bastarda trompa
o militar instrumento;
el olor que a mi sentido
más lisonjea y suspende,
no es del ámbar escogido,
mas del salitre en quien prende
el fuego siempre atrevido;
y en suma, aquesta corteza
o esta feminil flaqueza
cubre un valor tan extraño,
que sin duda tomó engaño
en mí la naturaleza (vv. 1465-1489).

O sea, que doña Mencía no es un representante del denominado “sexo débil”, sino más bien una virago (recuérdense las palabras de Góngora Marmolejo: «con ánimo más de hombre que de mujer»). El consejo que le brinda a don Pedro, si la quiere conquistar, es que sea valiente en la guerra y no se deje seducir por la vida regalada y los amores (con alusión expresa a las delicias de Capua que detuvieron a Aníbal, en lugar de marchar directamente sobre Roma). Antonucci ha destacado que esta primera aparición de doña Mencía se da en un contexto de galanteo amoroso, como sucedía en el caso de los personajes araucanos, pero matiza que

a diferencia de éstos, la actuación de doña Mencía no se deja guiar por el amor: esta «mujer varonil» (una de las muchas del teatro español del Siglo de Oro), aparece en escena con el atuendo de Diana cazadora, «vestida de monte», y como Diana rechaza el amor. Sólo en los últimos versos de la comedia, cuando ya ha realizado sus victorias, doña Mencía se decide a aceptar los ofrecimientos amorosos de don Pedro, restaurando así el «orden natural», que prevé la sujeción de la mujer al hombre[3].


[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.

[2] Tópico bien conocido en la literatura del Siglo de Oro.

[3] Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, coord. Ysla Campbell,Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, p. 25; ver también Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1993, pp. 176-177. Sobre la mujer disfrazada de hombre y la mujer varonil pueden consultarse, respectivamente, los trabajos clásicos de Carmen Bravo-Villasante, La mujer vestida de hombre en el teatro español (siglos XVI-XVII), Madrid, Revista de Occidente, 1955; y Melveena McKendrick, Woman and Society in the Spanish Drama of the Golden Age. A Study of the «mujer varonil», Nueva York / Londres, Cambridge University Press, 1974. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia»Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (2)

«Aliviar la pena»[1] se presenta bajo un lema de Leonard Cohen; se trata de aliviar la pena en la esperanza, de «herir de muerte / la muerte»[2], de «colocar las manos / junto a las del hermano / […] mientras la música / de los antepasados suena / abriendo el camino» (esta presencia de los antepasados será constante en el poemario). Como vemos, se insiste en la misma temática del poema anterior, y se añaden nuevas imágenes para aludir a esa presencia deseada: «algo que llama a la puerta / como un amante furtivo», «algo que al parecer se oculta / como un grano de trigo / no nacido», etc. Se espera, en fin, en

algo que sacude
con fuerza de mar embravecida
los últimos goznes
del misterio,
alguien, algo,
que alivia el erial
en el estío.

Foto de Marcus Woodbridge en Unsplash.
Mar embravecida. Foto de Marcus Woodbridge en Unsplash.

Más adelante veremos que ese algo, ese alguien se transformará en un Alguien con mayúsculas. El hombre-poeta siente una «indecible esperanza» en medio de «este invierno inseguro», «este invierno / sin hojas ni colores». Y acaba así:

… ahora,
como siempre,
en que languidecen
ebrias las fuerzas
y el cuerpo cansado
se entrega al misterio
de la sangre
mientras suena esta canción
y la muerte se duerme.

Callado retorno supone una intensificación de los temas principales tratados en los poemarios anteriores de Amadoz. Ya hemos visto como sus dos primeros poemas retoman el binomio inmanencia / trascendencia. Ahora se añade una temática aparecida en Pasión oculta. En efecto, el tercer poema, titulado «Hacia aquel amor que tú soñaste», se dirige a un tú femenino. El poeta evoca «aquel libro que soñé escribir / cuando eras niña»; afirma categóricamente: «y te soñé sin saber de dónde venías»; y da entrada a imágenes líricas cargadas de sensualidad: «te besé / como invidente que explora / la arcilla de tus labios»; «el viejo vagabundo de mis años / todavía sueña en la fértil colina de tu cuerpo». Todo ello para hablarnos de un amor que permanece más allá de las barreras y fronteras del tiempo («te miré para siempre»). Citemos estos bellos versos que nos hablan de esa eternidad amorosa:

… leíste tu libro junto al mío
en la tibia intimidad
de aquella tarde mansa
y llena de presagios,
tu vida sesgada por el tiempo
se hizo eternidad para mi tiempo.

Finalmente, el poeta comprende esta noche que toda su vida ha ido avanzando «hacia aquel amor que tú soñaste / para mí, / y que hoy, acaso, abrimos para siempre». Una trascendencia, pues, también en el plano amoroso[3].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Esta frase, «aliviar la pena / en la esperanza», se repite varias veces a lo largo del poema.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La construcción dramática del personaje de doña Mencía de los Nidos en «La belígera española», de Ricardo de Turia (1)

A la hora de considerar la construcción dramática de la protagonista de La belígera española[1], el primer punto que conviene subrayar —porque no son pocos los críticos que, incluso en fechas recientes, han dudado de su existencia histórica— es que doña Mencía de los Nidos es un personaje histórico, muchos de cuyos hechos biográficos están bien documentados. A este respecto escriben José de Rújula y Ochotorena y Solar y Antonio del Solar y Taboada:

No hemos de esforzarnos en probar que existió doña Mencía de los Nidos. Incurriríamos en una vulgaridad. Además de afirmarlo eruditísimos historiadores, existen testimonios fehacientes en el Archivo General de Indias que lo acreditan. […] Numerosos historiadores aluden al rasgo heroico que realizó y que mereció ser cantado por Ercilla[2].

Doña Mencía de los Nidos (fuente: Memoria Chilena).
Doña Mencía de los Nidos (fuente: Memoria Chilena).

En efecto, algunos estudiosos —Medina, Ruffner, Lee, Castillo…— han considerado que se trataba de un personaje ficticio, mera invención literaria de Ercilla. Sin embargo, su existencia histórica está perfectamente acreditada[3]. De entre los cronistas antiguos que tratan de las guerras de Arauco, el testimonio más completo nos lo ofrece Alonso de Góngora Marmolejo, quien en el capítulo XVII de su Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado, titulado «De cómo Francisco de Villagra despobló la ciudad de la Concebición, y las causas que le movieron», escribe:

Villagra, con esta nueva [de que eran muchas las personas que se marchaban de la ciudad], juntó a los de el cabildo y les dijo que ya vían cómo desamparaban la ciudad, derribados los ánimos; que él tenía por cierto, por lo que había visto, no se habían de poder sustentar si de propósito los indios venían sobre ellos; que le parecía mejor, antes que sin orden se fuesen una noche donde en los unos o en los otros sobreviniese algún caso adverso, sería mejor irse todos; los de el cabildo le ayudaron a la voluntad que tenía. Luego se puso por obra, que fue gran lástima ver las mujeres a pie ir pasando los ríos caudalosos, descalzas, aunque entre ellas fue una tan valerosa que, con ánimo más de hombre que de mujer, con un montante en las manos se puso en la plaza de aquella ciudad, diciéndoles en general muchos oprobios y palabras de mucho valor y tales que movieran el ánimo a cualquier hombre amigo de gloria o de virtud. Mas Villagra no curó dello, aunque en su presencia le dijo: «Señor general, pues vuesa merced quiere nuestra destruición sin tener respeto a lo mucho que perdemos todos en general, si esta despoblada es por algún provecho particular que a vuesta merced resulta, váyase vuesta merced enhorabuena, que las mujeres sustentaremos nuestras casas y haciendas, y no dejarnos ansí ir perdidas a las ajenas, sin ver por qué más de por una nueva que ha echado por el pueblo, que debe haber salido de algún hombrecillo sin ánimo, y no quiera vuesa merced hacernos en general tan mala obra». Villagra, como estaba inclinado a irse, aprovechó poco todo lo que esta señora, llamada doña Mencía de los Nidos, dijo (natural de Estremadura, de un pueblo llamado Cáceres); que si esta matrona fuera en tiempo que Roma mandaba el mundo y le acaeciera caso semejante, le hicieran templo donde fuera venerada para siempre[4].

Por su parte, Ercilla dedica a la heroica acción de doña Mencía de los Nidos las octavas 20-31 del canto VII de La Araucana. Aquí puedo copiar solo un par de ellas (la 20 y la 28):

Doña Mencía de Nidos, una dama
noble, discreta, valerosa, osada,
es aquella que alcanza tanta fama
en tiempo que a los hombres es negada;
estando enferma y flaca en una cama,
siente el grande alboroto y esforzada
asiendo de una espada y un escudo,
salió tras los vecinos como pudo.

[…]

«¡Volved, no vais así desa manera,
ni del temor os deis tan por amigos,
que yo me ofrezco aquí, que la primera
me arrojaré en los hierros enemigos!
¡Haré yo esta palabra verdadera
y vosotros seréis dello testigos!»
«¡Volved, volved!», gritaba, pero en vano,
que a nadie pareció el consejo sano.

En cuanto a la génesis de la comedia de Turia, uno de sus editores modernos, Patricio Lerzundi, señala taxativamente que «La fuente directa y única de La bellígera española es La Araucana de Ercilla. No conocemos antecedentes que permitan sugerir otras posibilidades»[5], y añade a continuación:

El mismo Ercilla es en cierto modo responsable por la obra de Turia. En el canto VII había lanzado una especie de invitación literaria para inmortalizar el heroísmo de doña Mencía […]. Al aceptar Turia esta invitación aprovecha un suceso histórico específico, produciendo así una tragicomedia histórico-novelesca[6].


[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.

[2] José de Rújula y Ochotorena y Solar y Antonio del Solar y Taboada, Doña Mencía de los Nidos. Apuntes que sacan a luz … académicos correspondientes de la Real de la Historia, Badajoz, Tipografía de la Viuda de Antonio Arqueros, 1943, p. 20.

[3] Ver los trabajos de Rújula y Ochotorena y Solar y del Solar y Taboada, Doña Mencía de los Nidos; Óscar Espinosa Moraga, «El linaje de los Nidos de Cáceres a Santiago de Chile», Revista de Estudios Históricos (Santiago de Chile), 31, 1986, pp. 217-224; y José Miguel de Mayoralgo y Lodo, La familia de Doña Mencía de los Nidos, heroína cacereña en la conquista de Chile, Cáceres, Instituto de Estudios Heráldicos y Genealógicos de Extremadura, 1994.

[4] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile y de los que lo han gobernado, estudio, edición y notas de Miguel Donoso Rodríguez, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2010, pp. 212-214.

[5] Lerzundi, introducción a La belígera española, pp. XIII-XIV.

[6] Lerzundi, introducción a La belígera española, pp. XIV-XV. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia»Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.