«La dama del rey» (1855), zarzuela de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Se trata de una zarzuela estrenada el 7 de septiembre de 1855 en el Teatro del Circo; ese mismo año se publicó el libreto[1]. Ignacio Elizalde, siguiendo a Premín de Iruña [Ignacio Baleztena], escribe al comentar esta zarzuela de Navarro Villoslada: «Aunque se hallaba alejado de las candilejas, su amigo Arrieta le animó a probar nueva fortuna teatral y se dejó convencer escribiendo el libreto de esta obra, a la que le puso música Arrieta»[2]. No es del todo exacto, porque sabemos que ese mismo año se representó con éxito Echarse en brazos de Dios. El 20 de febrero de 1855 La Iberia anunciaba: «El señor Arrieta está poniendo música a dos zarzuelas originales de los señores Camprodón y Villoslada, tituladas respectivamente Marina y La dama del rey»[3]; y La España, el 20 de agosto de 1855: «El Teatro del Circo abrirá sus puertas en la primera semana de septiembre. Guerra a muerte de López de Ayala y La dama del rey serán las dos primeras obras que se pondrán en escena»[4]. Los actores principales fueron Carolina di Franco, Adelaida Fernández de Zapatero, Manuel Sanz, Joaquín Becerra, Vicente Caltañazor y Felipe Díaz. Parece que no tuvo una gran acogida, como indica la reseña de La Iberia[5]; Premín de Iruña explica el fracaso, no por la escasa calidad del libreto o de la música, sino por la falta de tipismo vasco:

La obra de Navarro Villoslada no era ni mejor ni peor que las demás que sirvieron de trama para confección de otras zarzuelas estrenadas con éxito, y la música podía pasar entre las buenas de Arrieta.

Sin embargo, fracasó […] y fue la principal causa de ello el que el público se dio a engaño; pues dada la patria de los autores y el tema a desarrollar, creyó que iba a ver una zarzuela de tipo regional vasco y se encontró con que tanto el argumento como la música, fuera de un par de números, podía muy bien haberse desarrollado en un pueblo de Extremadura o de Transilvania.

Para esta zarzuela compuso Arrieta nueve números de buena música pero, dejamos dicho, de ningún sabor vasco, fuera del coro de vendedores de la plaza de Begoña, que terminaba con el coro general «Árbol santo de Guernica» y un zorzico final, que fue aplaudidísimo, por estar en aquel entonces muy de moda en la corte los zorzicos vascuences, como entonces se les llamaba.

La obra se representó muy pocas veces y pasó a la historia de la zarzuela sin pena ni gloria[6].

La acción ocurre, tal como indica la acotación inicial, en las inmediaciones de Bilbao, cerca del santuario de Nuestra Señora de Begoña, un día de romería, en la época de los Reyes Católicos[7]. Comienza con tres coros de Vendedoras, Mancebos y Ancianos; se informa de que la reina acude a Guernica para jurar los fueros de Vizcaya; los tres grupos entonan entonces el coro:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás!

El caballero don Martín está enamorado de la villana Lucinda; a él le corresponde el honor de abrir el baile de la romería, eligiendo la pareja que desee; al proclamar que será Lucinda, la condesa de Larrea, enamorada de don Martín, se siente despechada y pide a Andrés, el criado del caballero, que trate de enemistarle con su amada. A las protestas de amor de don Martín, Lucinda opone la misma idea que las mujeres solicitadas por personajes de superior categoría social en las comedias del Siglo de Oro, que es para dama más lo que para esposa menos: «Soy muy pobre / para vuestra señoría»; pero también: «Soy muy rica / para serviros de dama» (p. 29). Al final, don Martín la elige, como tenía pensado, para abrir el baile, pero la condesa de Larrea, celosa, les interrumpe y calumnia a Lucinda en público.

La Jura de los Fueros por el rey don Fernando el Católico bajo el Árbol de Guernica el 30 de julio de 1476 (1873). Estampa del Museo Vasco de Bilbao (España). Núm. de Inventario/Siglas:
AAAA/1917
La Jura de los Fueros por el rey don Fernando el Católico bajo el Árbol de Guernica el 30 de julio de 1476 (1873). Estampa del Museo Vasco de Bilbao (España). Núm. de Inventario/Siglas:
AAAA/1917.

Por otra parte, se sabe que hace siete años estuvo el rey don Fernando en Vizcaya y tuvo amores con una dama. Como Lucinda se encarga de cuidar a María —una niña de unos seis años, que le fue entregada por su madre para ocultar su deshonra— la Condesa afirma delante de todos que Lucinda es la dama del rey; la prueba más evidente es que Lucinda quiere a María como una madre a su hija. Mientras tanto, la reina Isabel, enterada de la infidelidad de su esposo, ha enviado emisarios a Vizcaya en busca de la madre y de la niña, para casar decorosamente a la una y procurar el bienestar de la otra, y algunos de los rumores que circulan señalan que la madre de la niña es la Condesa: Pancracio, uno de los enviados, posee un retrato de la dama, que coincide efectivamente con sus señas. Al verse en la necesidad de defender su honor amenazado, Lucinda afirma que, en efecto, fue la Condesa quien le entregó a la niña. Al final, la de Larrea confiesa la verdad: la madre de María, la verdadera dama del rey, no fue ella, sino una hermana gemela que ya murió; agradece a Lucinda que haya guardado el secreto durante aquellos años y, renunciando a su amor, le pide que se case con don Martín. Aparece en última instancia la reina Isabel, que une las manos de los desposados. El coro entona el zorcico final, que insiste en la idea de los fueros vascos[8]:

La reina bienhechora
los santos fueros
viene a jurar.
Saluda a tu señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel[9].


[1] La dama del rey, zarzuela en un acto y en verso, letra de don Francisco Navarro Villoslada, música de don Emilio Arrieta, Madrid, José Rodríguez, 1855. Utilizo la edición de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52. Los actores fueron Carolina di Franco, Adelaida Fernández de Zapatero, Manuel Sanz, Joaquín Becerra, Vicente Caltañazor y Felipe Díaz.

[2] Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas, III, Pamplona, Diputación Foral de Navarra / CSIC, 1977, p. 435.

[3] Apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, I, entrada núm. 8634.

[4] Apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1762. La España, el 5 de septiembre de 1855, indicaba: «El día 7 empieza la temporada en el Circo. La primera función será Guerra a muerte y la zarzuela nueva La dama del rey» (apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1763).

[5] «Abre sus puertas de nuevo el teatro Circo. Representación de la zarzuela en un acto La dama del rey, de Villoslada y Arrieta. No tuvo éxito. También Guerra a muerte, de Ayala y Arrieta, que fue aplaudida­» (La Iberia, 8 de septiembre de 1855; apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 1764).

[6] Premín de Iruña [Ignacio Baleztena], «Un “al alimón” de Arrieta y Navarro Villoslada», Pregón, año VI, núm. 22, diciembre de 1949.

[7] La ambientación coincide con la inicial de su inédita novela histórica Pedro Ramírez, en la que también se recoge el juramento por parte de la reina Católica de los fueros vascos.

[8] Como elemento ambiental, se incluyen unas pocas palabras vascas: «Atos [debe ser Ator], mutil» («Vamos, muchacho»); «Bay, jauna» («Sí, señor»). En la obra se alude al motivo de la hidalguía universal de los vascos, en una réplica de don Martín: «El polvo que barre el viento / es noble en estas montañas» (p. 26).

[9] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (y 4)

Por su parte, en La leyenda del ladrón[1] Sancho inspirará a Cervantes el episodio de los cueros de vino acuchillados (Quijote, I, 35) y también, claro, el nombre de Sancho Panza. Ocurre que Shakespeare le ha contado a Cervantes cómo el muchacho terminó de ladrón, tras escapar de la taberna de Castro después de acuchillar todos los toneles de vino:

Aun después de todo aquel tiempo y de lo que habían pasado juntos, Sancho no pudo evitar ruborizarse al recordar cómo había apuñalado los barriles de vino aquella noche, como si fueran los enemigos imaginarios de su propia vida.

—Es una historia lamentable.

—Bien contada podría ser brillante. Tal vez la escriba algún día y le ponga vuestro nombre al protagonista.

Sancho meneó la cabeza.

—No, por Dios, don Miguel. Al protagonista no. Tal vez a algún secundario de buen corazón (p. 652).

Don Quijote acuchillando los cueros de vino

Recordaré que el título original con que fue concebida la novela de Gómez-Jurado era La materia de los sueños, que es un sintagma tomado de La tempestad. Este es el final de la novela, que remite a un diálogo previo sobre este mismo tema:

—¿Qué hay de vos, Sancho? ¿Habéis descubierto cuál es la materia de los sueños?

—Maese Guillermo creía en la tinta que da forma a las historias. Yo en el oro que da los medios para realizarlas. Y vos en la esperanza que nos lleva a cumplirlas.

[…]

Miguel permaneció aún mucho rato en el muelle de Sevilla, contemplando cómo el galeón se iba alejando Betis abajo. El pelo color medianoche de Clara se agitaba por encima de la borda donde los tres le decían adiós, mecido por el viento que impulsaba la flota del rey hacia el Nuevo Mundo. Miguel se dejó llevar por una extraña melancolía, deseando ocupar el lugar del joven al que había salvado de la muerte, al que había acabando debiendo más que la propia vida y al que tanto iba a echar de menos. Cuando la última vela se ocultó tras el recodo del río, el comisario se permitió por fin una única lágrima que quedó brillando en su rostro curtido y enjuto.

«Oro, tinta y esperanza. No es mala combinación —pensaba Miguel, mientras llevaba su caballo entre la muchedumbre, cogido por el ronzal. Cruzó el Puente de Barcas, montó y picó espuela, rumbo de nuevo a su tarea—. No es mala en absoluto.»

Los cascos de su caballo flotaron sobre el polvo del camino. Y después fuese, y no hubo nada (pp. 653-654).

Notemos, de nuevo, la intertextualidad cervantina en la última frase —que es la que cierra de novela—, «fuese, y no hubo nada», en este caso con el remate del famoso soneto del túmulo de Felipe II en Sevilla «Voto a Dios, que me espanta esta grandeza».

Sobre el posible encuentro de Cervantes y Shakespeare, ya sabemos que ha habido varias recreaciones desde la ficción literaria (queda una nota acerca de esta cuestión en una antrada anterior). En la semblanza que dedica al escritor inglés en su nota final, Gómez-Jurado justifica el —hipotético, ficticio, no lo olvidemos— encuentro sevillano de ambos ingenios:

William Shakespeare, «vagabundo, actor y poeta» y más tarde un dramaturgo no del todo desconocido, es una figura tan cambiante y apasionante como fueron sus obras. Es difícil alcanzar la verdad sobre muchas partes de su vida, y muy en concreto sobre los denominados «años perdidos» (1587-1592), en los que no por casualidad transcurre La leyenda del ladrón. Shakespeare pudo haber estado en cualquier parte durante aquellos años, y desde luego que huyese de su matrimonio a la ciudad más grande e importante del mundo en el siglo XVII no es una posibilidad tan loca como pudiera parecer[2].

Y añade a continuación:

Siempre me ha fascinado profundamente el que los dos autores más grandes que ha dado la historia muriesen el 23 de abril de 1616, que hoy es consagrado como el Día del Libro. Ambos tienen otra cosa en común, y es que parecieron recibir la inspiración que los volvió inmortales hacia la misma época. Antes de sus «años perdidos» Shakespeare era un don nadie. Antes de su etapa sevillana Cervantes era un autor de poco fuste. La posibilidad de que se conociesen y de que sus dos enormes mentes se prendieran fuego literario mutuamente fue la idea que dio pie a esta aventura. Uno y otro se lanzan referencias cruzadas a lo largo de la historia, y puede ser divertido para una segunda lectura descubrirlas todas[3].

En fin, prolonga su comentario aludiendo al perdido texto de Cardenio, al tiempo que menciona de paso sus dos principales fuentes bibliográficas:

La inspiración entre Shakespeare y Cervantes existió, de hecho. Tras leer una traducción de El Quijote, el inglés escribió una comedia, Cardenio, basada en el personaje del mismo nombre aparecido en la obra del español. Por desgracia esa obra se perdió en un incendio y tan sólo referencias del argumento han llegado hasta nosotros. Para saber más de ambos genios recomiendo las biografías de Manuel Fernández Álvarez, Cervantes visto por un historiador; y la mastodóntica Shakespeare, de Harold Bloom[4].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657.

[3] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. En realidad, los dos escritores no murieron el mismo día: Shakespeare falleció el 23 de abril de 1616, pero en Inglaterra regía todavía el antiguo calendario juliano, en tanto que en España se usaba ya el calendario gregoriano. La fecha de su muerte correspondería, entonces, al 3 de mayo, diez días más tarde. Además, Cervantes murió el 22 de abril, siendo enterrado, eso sí, al día siguiente, 23 de abril.

[4] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (1)

Creo que esa expresión, «una poética de la sencillez», constituye un epígrafe acertado para mis palabras prologales que anteceden a esta antología de poemas de Fermín Mugueta (1906-1985), poemas que fueron publicados originariamente en La Verdad a partir del año 1979, y que han sido seleccionados en esta ocasión por Dani Aldaya y Ricardo Ollaquindia[1]. La primera característica que se hace evidente al leer los versos de Mugueta es, precisamente, la de su modesta sencillez: preferencia muy marcada por los metros cortos y las rimas asonantadas (solo en escasas ocasiones emplea los versos largos y las rimas consonantes y nos encontramos, por ejemplo, algún soneto); gusto por la estructura circular, de forma que los versos iniciales se reiteran en el cierre de varias composiciones; predilección por las figuras de repetición como los paralelismos o las anáforas…

Cubierta del libro: Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005

El propio autor reflexiona en unos cuantos poemas acerca del quehacer literario, y lo que se desprende de sus versos es, precisamente, esa «poética de la sencillez» a la que he aludido. En efecto, Fermín Mugueta se refiere a sus versos calificándolos como «Mis sencilleces» (en el poema así titulado):

Como a la chita callando
discurren mis sencilleces,
fáciles para escribirlas,
fáciles a quien leyere.

En otra composición, la que se presenta bajo el epígrafe «Por ahora…», reflexiona sobre las razones que le llevan a escribir, y afirma que lo hará «hasta que olvide el estilo / que nunca tuve», con lo que pone de manifiesto su despreocupación por las cuestiones formales. Más explícito todavía respecto a su intención es el poema «Mis versos», donde el poeta proclama claramente que quiere estar «con la inmensa mayoría»:

Si mis versos no entendieren,
¿a qué habría de escribirlos?
¿A qué decir nada nuevo,
si no entienden lo que digo?
¿A quién voy a dirigirme
si ignoro a quien me dirijo?
Los versos son para todos
tanto que para uno mismo.
Y porque son espontáneos
y triviales y sencillos,
lleguen a los iletrados
y a los pobres y a los niños
… y hasta a los analfabetos,
que para tales escribo.
Mis versos son, pues, de todos,
muy antes que de uno mismo.

Sencillez formal, por tanto, para llegar a un público lo más amplio posible, que va en paralelo con la sencillez de los temas tratados (más adelante me referiré a ellos). Con este desideratum, no nos deberá extrañar que el paralelismo sea la figura estilística más reiterada en estos poemas (se emplea, especialmente, en el comienzo o en el final de las composiciones), combinada a veces con otras figuras como la antítesis o el quiasmo. Mencionaré algunos ejemplos, indicando entre paréntesis los títulos de los poemas a los que corresponden:

La nieve vino callando,
se fue, callando, la nieve («Luego será primavera»).

¿Quién sabe si llora el río,
quién sabe si el río canta? («Llorar y reír»).

Los ojos sin luz no ven,
los ojos sin luz no miran («A tientas»).

El sol es pura caricia
y es pura caricia el aire («Paseando»).

Por mucho que vaya y venga,
por mucho que venga y vaya («Un avión»).

… sin que se ofenda el oído
y sin que el Cielo se ofenda («Habla bien»).

… en cada corazón más hermosura
y en esta ingrata vida menos penas («¿Qué haces ahí, monjita de clausura…»).

Conforme la vida llega,
conforme la vida pasa («Sólo un momento se vive»).

Sencillez formal no quiere decir necesariamente ausencia de ornato retórico. En efecto, otras veces la figura empleada es la anadiplosa, la cual consiste en que un verso comience con la palabra o expresión con que acababa el anterior:

… parece triste la ermita,
la ermita del altozano («Ronquera metálica»).

Siempre la cara morena,
morena de sol y viento («Ceguera»).

La anáfora (repetición de un mismo elemento al comienzo de varios versos) se emplea en varios poemas, como «Hay que amar», «Estás en todo» o «¿Dónde está?». También encontramos algún ejemplo de concatenación, como el que estructura el comienzo del poema «A la vista del trigal»:

En el inquieto trigal
reverberan las espigas.
De la espiga sale el trigo,
y del trigo flor de harina.
Con harina se hace el pan,
pan nuestro de cada día…

Abundan, como ya indicaba, los poemas que adoptan una estructura circular. Así, por ejemplo, los titulados «Hojas secas», «En busca de otros climas», «El caso es llegar», «En esta mañana», «A solas» o «La cruz»; en algunos casos, los versos que se repiten al final del poema ofrecen alguna variante con respecto a los del comienzo:

Por la calle donde voy
me sigue un perrito negro

[…]

Por la calle, cariñoso,
me sigue un perrito negro («Me sigue»).

Y lo mismo sucede en «Como si tal cosa»:

Que soy la misma pobreza
lo sabes, Señor, de sobra

[…]

… Y que soy todo pobreza
lo sabes, Señor, de sobra.

Como vemos, se trata de recursos retóricos sencillos, propios de la poesía popular, pero que contribuyen, sin duda, eficazmente a la consecución del ritmo poético[2].


[1] Ya con anterioridad José Antonio Marcellán había editado, con escritos recopilados y clasificados por Luis María Echeverría, una Antología de Fermín Mugueta (Villava, Ayuntamiento de Villava, 2000). En su «Introducción» pueden consultarse algunos datos más acerca del autor.

[2] Texto el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: los temas y el humor

Navarro Villoslada critica en La prensa libre[1] los ataques personales que se hacían desde las columnas de los periódicos; así, pone en boca de Pilar estas palabras: «Tan fácil como hablar / se va haciendo el imprimir, / y por sólo hacer reír / se acostumbra a calumniar» (p. 157). Luego ella será objeto de calumnias, al sugerirse desde El Tornasol que Félix es su amante; entonces le dirá su esposo: «… pero la infamia detrás / de la calumnia se asienta, / y si calumnia la imprenta / no se separan jamás»; cualquier rumor es dado como noticia cierta, pero resulta difícil acusar a los calumniadores: «Un “se dice” por broquel / basta al escritor infame / para que impune derrame / su ponzoña en un papel» (p. 176). También constata Fabián el poder de la prensa, aunque puede ceder a la amenaza o al soborno: «… que tiene / la prensa voz de huracán, / y sólo con un rugido / puede al orbe amedrentar; / pero esa voz enmudece / al reflejo del puñal, / o en céfiro lisonjero / la torna el oro quizá» (pp. 181-182).

Prensa del siglo XIX

Además, reaparece en esta obra la preocupación —casi obsesión— de Navarro Villoslada por el tema de la guerra civil, todavía no lejana en el tiempo, recordada en una de las réplicas del Barón:

¿Y qué pensáis
cuando hermanos contra hermanos
blandís sangriento puñal,
por una vana quimera,
por un nombre nada más;
cuando en pólvora, en espadas
consumís vuestro caudal,
y campos de rubia mies
negros páramos tornáis,
y escombros los edificios
noble orgullo de otra edad;
cuando al eco del cañón
despavoridas se van
de un suelo ingrato las ciencias
y las artes, qué pensáis
sino que juguetes sois
de alguna nación rival? (p. 200).

Por último, destacaré un rasgo presente en la mayoría de las obras de Navarro Villoslada: el humor. Aquí se manifiesta, en primer lugar, con la presencia de Ambrosio, personaje caracterizado por su habla entre gallega y asturiana, y de Mónica, la habladora mujer de don Ramón: «cien loros / no charlan más» (p. 128). Humorística es la escena en la que Ramón va dictando un artículo político a Félix, quien, en lugar de copiarlo, se dedica a escribir unos versos a su «Divina Elisa». Provocan la risa las continuas apariciones del regente de la imprenta, siempre para pedir, con las mismas palabras: «Original, don Ramón»; cuando aparece Rafael con su artículo, Ramón trata de disimular, haciendo ver que le sobran colaboraciones y que intentará hacerle un hueco, por tratarse de un amigo. Pero la llegada del regente le pone en un compromiso; nótese el efecto humorístico de las rimas truncas y agudas:

REGENTE.- Señor director, están
los cajistas ya que trin…

RAMÓN.- (Tapándole la boca para no dejarle hablar.)
Tome usted. (Le da el artículo.)

REGENTE.- ¿Esto hay al fin?
¿qué es esto?

RAMÓN.- Lo que le dan.

REGENTE.- Cree usted que habrá bastan…

RAMÓN.- (Cerrándole la boca otra vez.)
(¡Eh!, no sea preguntón.)
Sin cercenarle un renglón
ha de salir, ¡voto a quien!…

REGENTE.- Si no por su amigo… ¿hem?

RAMÓN.- (Interrumpiéndole.)
¡Es claro!… ¡Pobre nación! (p. 143)[2].

Graciosa es también la respuesta de Ramón cuando Rafael se extraña de que vaya a marcharse tan tranquilo a un baile después de haberle descubierto tan grave crisis: «En el baile / veré a las gentes de pro; / y les aviso, y… ¿quién sabe? / mientras bailo un rigodón / con la mujer del ministro / destruyo todo el complot» (p. 144). O la llegada, en fin, de Serapio y Silvestre, que vienen hablando de la inminencia del golpe, aunque para uno se trata de una intentona revolucionaria («Es un golpe democrático. / República, sí señor…») y para otro reaccionaria («Un gobierno de Turquía / con frailes, Inquisición»; cfr. p. 146)[3].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] La última réplica del regente apunta, por supuesto, a que el artículo de Rafael les ha salvado el número del día siguiente; Ramón, para disimular, entiende que se refiere al hecho de que la conspiración ha sido descubierta por Rafael, lo que supone la salvación de la patria.

[3] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (3)

En lo que respecta a la presencia de Shakespeare en Sevilla, la novela en La leyenda del ladrón[1] nos lo muestra como un simpático borrachín que vive en la taberna del Gallo Rojo, donde entrará a servir Sancho. Como España e Inglaterra están en guerra en ese momento, no se presenta como inglés, sino que se hace pasar por irlandés. De esta forma se explican las razones de su marcha de Inglaterra:

Aunque procuraba no pensar en ellos para no sentir aún más el peso de la soledad, en aquel momento recordó a sus hijos. Hacía muchos meses que no conseguía dinero suficiente para enviar a casa, y se preguntó si todos estarían bien. Su esposa era demasiado egoísta y demasiado estúpida como para aprender a escribir o mandarle noticias. Por enésima vez en su vida lamentó haber dejado preñada a una mujer ocho años mayor que él y con la que se había casado a la fuerza. Apenas se soportaban, y marcharse lejos de ella en busca de fortuna había sido un auténtico alivio (p. 587).

William Shakespeare

Y se ofrecen a continuación algunos datos sobre su trabajo como actor:

Llevado por su deseo de triunfar en el teatro, se había unido a una troupe de cómicos itinerantes que hacían una gira de dos años por el continente, visitando lugares de los que nunca antes había oído hablar, como Verona, Venecia o la propia Sevilla. El talento de Guillermo para la interpretación era bastante justo, algo que compensaba intentando improvisar sobre el escenario. Para ello sí que estaba dotado, mucho más que sus compañeros. Esto había ocasionado roces y peleas que habían acabado con la paciencia del director y resultado en su expulsión de la compañía. Había terminado viviendo en un cuchitril de mala muerte llamado el Gallo Rojo, maldiciendo su suerte, atrapado por la guerra con España y por el agujero perpetuo de sus bolsillos (pp. 587-588).

En un determinado momento Shakespeare le cuenta a Sancho la leyenda de Robert Hood, bandido honesto, leit motiv repetido a lo largo de la novela (de hecho, Sancho aspirará a ser como ese Robert Hood, un ladrón honesto y bondadoso)[2]. En esta ficción narrativa, Cervantes y Shakespeare, presentados por el joven, se hacen buenos amigos:

Guillermo le contó lo difícil que habían sido para él aquellos años, con un ardor y una pasión que llenaban de colores y sensaciones el relato. Había sido maestro de inglés en varias casas de jóvenes nobles y comerciantes, un trabajo que había acabado con su paciencia y que le daba para malvivir. Hubo días en que tuvo que deslizarse en las cocinas de las casas para robar algo de comer. Cuando no aguantó más las impertinencias de los mocosos malcriados, cambió la hambrienta profesión de maestro por la aún más hambrienta profesión de actor. Con su pobre castellano todos los papeles a los que podía aspirar eran secundarios y sin frase.

—He sido guardia, pastor y piedra. Y árbol, maldita sea. Juro que si algún día escribo una comedia digna de tal nombre no pondré un solo árbol en ella (p. 582).

El comentario no deja de ser humorístico pues, recordemos, en el Acto III de Macbeth una aparición le avisa al protagonista: «Mantén el ánimo valeroso: serás invencible y glorioso hasta que el bosque de Birnam veas moverse y avanzar hacia ti». Luego, en el Acto IV, Malcolm ordena a sus soldados: «¡Que cada uno arranque y lleve consigo una rama para ocultarse tras ella!». Y entonces el Coro exclama: «¡El bosque de Birnam está moviéndose!».

Un detalle interesante es que, tras entablar conocimiento y mantener largas conversaciones, Shakespeare y Cervantes se inspiran mutuamente para algunas de sus futuras obras literarias. El inglés le cuenta al español que la leyenda de Robert Hood, el bandido justiciero, había afectado profundamente a su común amigo Sancho. Esto supone la “chispa” de inspiración para el personaje protagonista del Quijote:

—Supongo que una buena historia puede trastornar al hombre más sereno —dijo el inglés, apurando la jarra.

[…]

Cuando se volvió hacia el comisario, vio que éste tenía la mirada fija en un punto de la pared, y parecía encontrarse muy lejos de allí. Murmuraba algo entre dientes, algo que Guillermo no pudo captar. Tan sólo entendió la palabra «molinos», que para él no tenía ningún significado (p. 507).

A su vez, Cervantes habría sido quien la brindó a Shakespeare el argumento de Hamlet, al hilo de unos comentarios referidos al deseo de venganza que ha anidado en el joven Sancho de Écija:

—Vos no le convertisteis en un ladrón —dijo al cabo de un rato Miguel—. Eso era algo que él llevaba dentro, por los motivos equivocados.

—Temo, no obstante. Ser la causa de haberlo provocado. Y de haberle obligado a buscar venganza. La más baja e inútil de las pasiones.

Miguel sonrió.

—La venganza. Es curioso, don Guillermo, pero recientemente llegó a mis oídos una trágica historia que le sucedió a un príncipe de Dinamarca hace cuatro siglos… (p. 591) [3].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Robin Hood fue una amalgama de tres individuos distintos: un campesino proscrito del bosque de Barnsdale en torno a 1225; Robert Hood de Wakefield, soldado del ejército rebelde del conde de Lancaster que luego estuvo al servicio de Eduardo II en 1324 […] y Fulk Fitz Warine, uno de los barones que se alzaron contra el rey Juan entre 1200 y 1215» (Valdés Miyares, «Robin Hood, historia y leyenda de un proscrito», s. p.).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

 

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: argumento

Veamos cuál es el argumento de La prensa libre[1]. La comedia se abre con una escena en la redacción de El Tornasol; Ramón Tenorio está preocupado por la situación de su periódico: falta original para que pueda salir el número del día siguiente y los redactores protestan para que se les paguen los atrasos. Ramón es diputado y quiere llegar a ser ministro, y para ello vierte en las páginas de su periódico encendidos elogios de su persona y de sus discursos parlamentarios; no le parece empresa difícil, ya que el país cambia con frecuencia de ministros: «la patria / los muda cada domingo / como camisas» (p. 130). Se trata de un personaje sin escrúpulos que quiere acceder al poder para su provecho personal: cuando un amigo le explica que no durará ni diez días al frente del ministerio, Ramón comenta que de los diez le sobran cinco para cumplir su propósito, esto es, para enriquecerse en el disfrute de su privilegiada posición. El antagonista de Ramón es Rafael de Castilla, un buen escritor y diputado honrado; es consciente de la mala situación en que se halla el país:

El Estado se va a pique
si no le buscamos puerto.
Los sordos rumores vagos
de que hemos hecho mención
en el congreso ya son
cuando no golpes, amagos (p. 139).

Periodicos antiguos. Diseñado por Freepeek
Periodicos antiguos. Diseñado por Freepeek

En efecto, Rafael ha descubierto una conspiración inspirada, lo que es más grave, por algunos miembros del Gobierno, y en la que intervienen también agentes extranjeros. Su opinión es que solo la prensa —una prensa libre— puede salvar al país denunciando esta situación anómala:

Siguiendo su curso
la conspiración, revienta
dentro de poco, y la imprenta
es nuestro solo recurso.
La imprenta, que en torpes manos
es un puñal asesino,
es el paladión divino
de los libres ciudadanos.
Por más que en sueño profundo
la nación duerma indolente,
su voz de trueno es potente
para despertar al mundo.

Rafael pone a Ramón al corriente de estos sucesos, y le entrega un artículo suyo en el que denuncia la trama de la conspiración para que lo publique en El Tornasol. Sin embargo, Fabián, uno de los ministros conspiradores, promete a Ramón hacerle ministro de Hacienda si le entrega el comprometedor artículo; Ramón, por supuesto, acepta. Rafael descubrirá con asombro que su artículo no ha salido. Él está enamorado de Elisa, la hija de Fabián, pero se muestra dispuesto a sacrificar su amor al deber patriótico que le obliga a denunciar al padre de su amada: «A mil vidas te prefiero, / ángel inocente y puro; / pero la patria es primero» (p. 166). Por el diálogo de los dos jóvenes nos enteramos de que ha fallecido la madre de Rafael, que enfermó gravemente al leer en un periódico enemigo que su hijo había muerto en un desafío: «Mató a mi madre la prensa, / y de la patria en defensa / escribo sobre su tumba» (p. 166). Fabián hará detener a Rafael, aunque este ha conseguido ya hacer llegar su artículo a la prensa. El ministro muestra a Ramón la conveniencia de que El Tornasol se incline a sus ideas: «Con cierta mesura y tino / cambiando irá de matiz»; a lo que responde Ramón: «En esto será feliz; / lo suele hacer de continuo» (p. 168; el propio nombre del periódico sugiere que es tornadizo). La acción se complica porque, en lugar del artículo de Rafael, han aparecido en el periódico unos versos de Félix, que se refieren a Elisa, de la que está enamorado, pero con una nota que compromete a Pilar, la mujer del ministro Fabián.

Mientras tanto, el Barón —un extranjero que toma parte en la conspiración— propone a Fabián que conceda la mano de su hija a Rafael a cambio de que no publique el artículo, pero Fabián rechaza indignado esta propuesta. Además, es ya tarde, porque circula en forma de pliego. El Barón, que juega a dos bandas, no se muestra en absoluto dispuesto a dar la cara ahora que las cosas se complican, y Fabián reconoce que ha sido un juguete en sus manos. Félix decide batirse con Ramón por haber publicado, junto a los versos, una nota que daba a entender que él era amante de Pilar; el propietario de El Tornasol se muestra cobarde y hace todo lo posible para evitar el duelo; por último, el desafío se resuelve sin mayores consecuencias para los dos. Al final se aclara que Félix es en realidad hijo de Pilar y el Barón extranjero. Una muchedumbre, exaltada por la lectura del artículo, asalta la casa del ministro Fabián, pero Rafael acude a salvar al padre de su amada (se señala que él fue también el desconocido que le salvó la noche anterior al ser asaltado por varias personas en la calle; cfr. pp. 158-159): «No temáis: / yo les diré que la imprenta, / si contra el error fulmina, / debe salvar al que yerra» (p. 206); entonces pronuncia este alegato final:

Hoy calumniando pérfida la imprenta
el honor de esa gente despedaza:
hoy la prensa también noble se ostenta,
y hunde el loco poder que os amenaza.
Si noble la queréis, no se ensangrienta…,
si pérfida… ponedla una mordaza
antes que mancillar con lodo inmundo
la fuente del saber, el sol del mundo.
[…]
Mientras el pueblo cuente
con un eco en la prensa decidido,
no tema, no, la vencedora frente
reclinar en el seno del vencido;
es la prensa ilustrada, omnipotente,
y despertarle debe. ¡Paz y olvido! (p. 208).

Inmediatamente, el pueblo arroja las armas y Rafael exclama: «¿Lo veis? Jamás en vano / se apela al corazón del pueblo hispano». La comedia, por tanto, acaba bien: todos los obstáculos se han eliminado y Rafael y Elisa pueden casarse[2].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (2)

Otro momento que se reconstruye de la biografía cervantina en La leyenda del ladrón[1] es el de sus años de cautiverio en Argel. Este es el momento en que fray Juan Gil negocia con Hazán Bajá la libertad de algunos cautivos cristianos que están ya embarcados para ser llevados a Constantinopla:

El siguiente en su lista era un soldado que llevaba más de cinco años cautivo en Argel, y cuya familia había vendido hasta la última fanega de tierra que poseían en España para rescatarle. Le dijo su nombre al cadí.

—Ah, ése. Le tengo un cierto aprecio, es gran conversador. Pensaba guardármelo para mí.

—¿Podría ser que os hiciese cambiar de planes, majestad?

—Bien pensado, necesito una alfombra nueva. Seiscientos escudos.

—¡Majestad, es sólo un simple soldado!

El cadí meneó la cabeza.

—Llevaba cartas de recomendación del mismísimo don Juan de Austria. Debe de tener amigos influyentes. Si quieren recuperarlo, tendrán que pagar.

La negociación volvió a empezar, esta vez con una vida distinta en la balanza. Al cabo de largo rato, Hazán se cansó del juego y plantó una cifra definitiva.

—Quinientos escudos, fray Juan. No creo que consiga un buen brocado persa por menos (pp. 494-495).

Cervantes cautivo en Argel

Se alude a los supuestos amores homosexuales de Hazán Bajá con el cautivo cristiano, que podrían ser la causa que explicase por qué Cervantes no fue nunca castigado pese a sus reiterados intentos de fuga. Así, en un momento del «Interludio», traen a Cervantes cargado de cadenas a presencia de su amo y de fray Juan:

El cadí dio una palmada y un par de guardias se presentaron enseguida arrastrando al prisionero. Éste iba cargado de cadenas, con grilletes en muñecas y tobillos. Tenía el pelo y la barba largos y enmarañados, y apestaba a sudor y a orines. Cuando los guardias dejaron de sostenerle, se desplomó jadeante en la cubierta.

—Menuda mercancía me entregáis, majestad —protestó el fraile.

—Debéis agradecer a mi magnanimidad que se encuentre en tan buen estado. Este caballero ha intentado escaparse cuatro veces. En una de las ocasiones incluso se llevó a sesenta esclavos más con él. Tendría que haberlo ahorcado hace tiempo, pero tengo una debilidad especial por este hombre. Me conformo con ir metiéndole en el agujero cuando se porta mal —dijo Hazán, poniendo un énfasis especial en la última frase.

Fray Juan ignoró el malicioso comentario, pues a diferencia de muchos otros, el fraile jamás juzgaba lo que hacían los hombres para sobrevivir en aquel lugar dejado de la mano de Dios. Además, a través de otros prisioneros había escuchado de la extrema valentía con la que se había portado aquel hombre. Había intentado la fuga de todas las maneras posibles, desde huyendo a los montes cercanos a la ciudad hasta robando una barca y confiándose al mar. En una de aquellas tentativas había conducido a un gran grupo de esclavos cristianos hasta una cueva, donde habían malvivido, escondidos durante meses hasta que otro cristiano traidor les había vendido por una jarra de manteca.

La ley turca estipulaba que la fuga se castigaba con la muerte, pero el hombre que ahora languidecía sobre la cubierta había dado un paso al frente y se había atribuido toda la responsabilidad cuando los guardias del cadí los habían capturado en la cueva. Aquel hombre, aunque fuera de ascendencia humilde, tenía más derecho que nadie a regresar a España, con los suyos (pp. 494-495).

Más adelante, después de que Sancho le ayuda a ganar dinero en el garito de juego de Ramos, se aludirá a sus heridas cobradas en Lepanto:

Sobrevino un silencio incómodo, y Sancho se vio obligado a hablar. Señaló la mano izquierda, atrofiada e inútil de su interlocutor.

—¿Qué os ocurrió?

El comisario pareció azorado un instante, como si la simple mención de la herida lo transportase muy lejos de allí.

—Esto, muchacho, fue a causa de tres tiros de arcabuz que me dieron en Lepanto. La más alta ocasión que vieron los siglos. Y si me hicierais el honor de compartir un vaso de vino conmigo, me encantaría contaros cómo sucedió.

—Tal vez en otra ocasión, señor (p. 512).

Como vemos, hay aquí, con la mención de «La más alta ocasión que vieron los siglos», un claro eco intertextual cervantino (reminiscencia del famoso prólogo del Quijote de 1605). La intertextualidad se aprecia también cuando Sancho pide ayuda al comisario para desenmascarar a Vargas, que ha acaparado todo el trigo de la ciudad:

—Habéis tenido una vida muy dura, amigo Sancho. Siempre he sido de la opinión de que cada hombre se labra su propia fortuna. Pero nunca tenemos a mano un buen cincel, y a veces hay que hacerlo a dentelladas. No temáis que os juzgue, porque eso no me corresponde a mí, sino a Dios (p. 579).

La formulación «cada hombre se labra su propia fortuna» evoca, con otras palabras, la afirmación, tan del gusto cervantino, de que «cada uno es artífice de su ventura» (Quijote, II, 66).

En fin, esta es la breve semblanza que se dedica a Cervantes en la nota explicativa del autor, la cual se centra en los acontecimientos de su vida aquí evocados:

Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey en la época en la que transcurre la novela y más tarde autor de cierto renombre, pasó una etapa de su vida muy ligado a Sevilla y la recolección de grano. También se metió en bastantes líos con las cartas y con la justicia antes de escribir una obra inmortal que, quién sabe, pudo ser inspirada en parte por un ladrón impetuoso y noble llamado Sancho de Écija. Toda la parte correspondiente a su rescate en Argel, así como la figura de fray Juan Gil, responden tanto a la realidad como he sido capaz de reflejar[2].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«La prensa libre» (1844), comedia de Francisco Navarro Villoslada: introducción

Esta comedia en verso (aunque escrita originariamente en prosa) se estrenó el 25 de febrero de 1844 en el Teatro de la Cruz y se publicó ese mismo año[1]. Los principales papeles estuvieron representados por las señoras Lamadrid (doña Bárbara), Tavela y Sampelayo y los señores Lombía, López, Alverá, Caltañazor (don Vicente), Aznar y Torroba[2]. Antes de su representación, el Diario de Avisos anunciaba la novedad del tema:

La prensa libre, comedia de costumbres políticas de don Francisco Navarro Villoslada. Esta obra, la primera que su autor ofrece al público, es a la vez la primera que con un pensamiento de alta política social se presenta en la escena española: este pensamiento es el de la libertad de imprenta, reconocido como vital en los gobiernos representativos, y en cuya aplicación apenas hay dos publicistas que estén de acuerdo. El autor deja la solución al buen criterio del público[3].

Obras completas de Francisco Navarro Villoslada

En efecto, como anuncia el título de la comedia, se aboga en ella por la independencia total de la prensa, por una «prensa libre» de todo tipo de interferencias políticas, que no ceda a las censuras o intentos de soborno de los políticos y hombres influyentes del país, en lo que parece una profecía de la actitud que el autor mantendrá después, especialmente como fundador y director de El Pensamiento Español[4]. Corella afirma que a Navarro Villoslada le resultó difícil llevarla a escena y que para ello hubo de introducir diversas modificaciones en el texto[5]; ciertamente, por el tema que abordaba, la obra se podía prestar a la polémica, de ahí que en la edición de la comedia figurase al final del texto la siguiente nota aclaratoria:

Hace año y medio que tuve el gusto de leer esta comedia, escrita en prosa, a varios amigos, y entre ellos a los señores Hartzenbusch, Diana y Villergas; después de versificada, ha pasado por el tamiz de dos lecturas hechas en el Teatro de la Cruz, y las numerosas e ilustradas personas que concurrieron a entrambas convinieron unánimemente en que no se hería la susceptibilidad de ningún partido político ni de persona determinada. Esta fue también la opinión del censor de teatros quien, sin embargo, juzgó necesaria la autorización del Sr. jefe político de la provincia, atendido el estado excepcional en que esta se encuentra, para la representación de la comedia. El Sr. Benavides, en medio de las graves ocupaciones consiguientes al ejercicio de su autoridad, tuvo la bondad de leer la obra en el más breve tiempo posible, y sin exigir que se alterase una sola palabra, concedió el permiso que se solicitaba. Todos estos antecedentes, todos estos trámites, me confirman en la creencia de que La Prensa libre ni es obra de circunstancias, ni menos obra de partido: es hija de un corazón español y nada más que español, cuyos sentimientos más de una vez rebosaron en amargas y dulces lágrimas al escribirla.

Sirvan estas líneas de contestación a las anticipadas prevenciones de algún periódico de esta corte. Madrid, 22 de febrero[6].

Desde otro punto de vista, contamos con la reseña de la comedia que hizo Enrique Gil y Carrasco; en ella le reprocha fundamentalmente la elección de un tema demasiado vago, aunque reconoce que está escrita con esmero, especialmente si se tiene en cuenta que se trata de la primera obra estrenada por su autor. Dada la escasez de noticias sobre la actividad dramática de Navarro Villoslada, me parece interesante copiarla entera:

En el Teatro de la Cruz se ha representado la comedia con el título de La Prensa libre, original del señor Navarro Villoslada, ingenio también novel. Con grandes dificultades tendría que luchar quien quisiese encerrar en los estrechos límites del teatro una cuestión de suyo abstracta, por un lado, y por otro, de tan colosales dimensiones, que apenas cabe en los modernos ámbitos de la sociedad. Forzoso era, pues, tratarla de una manera parcial e incompleta, bosquejando sus rasgos más notables y rebajándola, por consiguiente, de su natural importancia, por felices atisbos que se supusieran en el autor. Esto es lo que el señor Navarro Villoslada se ha visto obligado a hacer; pero como el manejo de tan diversos elementos exigía una maestría que solo la experiencia puede dar, ha venido a suceder que el autor, embarazado con ellos, más los ha confundido que ordenado, resultando de aquí embrollo en la acción, incertidumbre en los caracteres, falta de profundidad en la intención y debilidad en el conjunto. El deber del crítico, no muy agradable de suyo, sería de todo punto insoportable si en los primeros pasos del ingenio hubiese de cerrarle el camino con importuna severidad; pero la verdad, siempre preciosa, aunque no pocas veces amarga, en ninguna época es más necesaria que al principio de una carrera. Si al señor Navarro Villoslada le parece cuerdo nuestro parecer, le aconsejamos mejor elección en los asuntos que, pues el teatro se entiende con la imaginación y con el sentimiento antes que con el entendimiento, cuestiones tan complejas y dudosas mal pueden avenirse con su índole, y tanto más eficazmente se lo recomendamos cuanto que, a juzgar por la impresión que la representación dejó en nosotros, su comedia está escrita con esmero y descubre laudable aplicación.

Gil y Carrasco termina con una breve nota acerca de la puesta en escena: «La ejecución, aunque no de gran empeño, adoleció de la desigualdad que en este teatro menoscaba más de una vez el buen efecto de sus representaciones»[7].


[1] La prensa libre, comedia original, en tres actos y en verso, Madrid, Repullés, 1844. Hay otras ediciones; citaré por la de Obras completas, III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 121-208.

[2] Completaban el reparto los señores Fernández, Spontoni, Carceller, Rada, Caltañazor (don H.) y Flores.

[3] Diario de Avisos, 11 de febrero de 1844; apud Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900). Artículos y noticias de escritores españoles del siglo XIX, Madrid, CSIC (Instituto Miguel de Cervantes), 1973, vol. III, entrada núm. 7643.

[4] José Simón Díaz, «Vida y obras de Francisco Navarro Villoslada», Revista de Bibliografía Nacional, VII, 1946, p. 175, comenta con acierto que la obra «demuestra ya un gran conocimiento de las interioridades de la vida periodística, y a pesar de la nota final, que advierte cómo la obra se leyó primeramente a Hartzenbusch, Martínez Villergas, Diana y otros, y pasó luego por diferentes censores para probar que no contenía alusiones personales ni partidistas, si desconociésemos su fecha […], no vacilaríamos en querer reconocer en los empleados que no cobran y el ambiente que les rodea, un fiel reflejo de la redacción de El Español, muy parecida a la de casi todos los periódicos de la época».

[5] «La Prensa libre, obra en la que Villoslada denuncia el partidismo informativo, la tendenciosidad de orientación e incluso la propia censura, tuvo serias dificultades para ser estrenada. Se vio obligado a efectuar varias alteraciones, enmiendas y rectificaciones» (José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático», Pregón, año XXVI, núm. 97, otoño de 1968). Añade que el día de su estreno «se organizó una agria polémica entre los componentes de varios partidos políticos», extremo este que no encuentro confirmado en ningún otro sitio.

[6] La edición en Obras completas no reproduce estas líneas, ni la indicación de lugar («La escena es en Madrid, año de mil ochocientos y tantos»), ni otra nota sobre la propiedad: «Esta comedia, que pertenece a la Galería Dramática, es propiedad del editor de los teatros moderno, antiguo español y extranjero, quien perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino sin recibir para ello su autorización, según previene la Real Orden inserta en la Gaceta de 8 de mayo de 1837, y la de 16 de abril de 1839, relativas a la propiedad de las obras dramáticas». En unas anotaciones biográficas del mes de enero de 1844 escribe Navarro Villoslada: «Leí el drama La Imprenta en casa de Lombía y fue admitido por la empresa»; y después: «Febrero 25. Se representó por primera vez en el Teatro de la Cruz mi comedia La Prensa libre, que es la misma de La Imprenta; se aplaudió muchas veces y fui llamado a la escena. Está ajustada con don Juan Lombía en 3.000 reales».

[7] Enrique Gil y Carrasco, Revista de la Quincena, IX, 1 de marzo de 1844. Crítica recogida en las Obras completas de don Enrique Gil y Carrasco, II, Madrid, Atlas, 1954 (BAE, núm. 74), p. 599. En opinión de Corella, es «una de sus producciones más mediocres en cuanto a técnica y carpintería se refiere». Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.

«Resurrección y vida», de Sebastián Urbano Baena

Vaya para hoy, Lunes de Pascua, un soneto de Sebastián Urbano Baena (La Malahá, Granada, 1904-Granada, 1977), autor de Canto eucarístico. Sonetos como el amor los quiere (Granada, Ediciones Antonio Ubago, 1989). Con este poema titulado «Resurrección y vida» cerramos el ciclo poético de esta Semana Santa.

Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Ares de San Fernando (Madrid, España)
Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España).

Así Te quiero, Dios: agua manante,
de tu muerto costado descendente,
viva, a mi encuentro, al muerto en mí viviente;
en mis vértebras río desbordante.

Así Te quiero: enamorado, amante,
y nominado Tú, tan tiernamente:
panal, pastor, pelícano muriente[1],
y vid de los sarmientos transformante.

Renáceme este aliento amortajado,
en surtidor perenne, cielo arriba.
Por la ventana del milagro, viva,

como aquella de Lázaro enterrado[2],
puede saltar el alma, si cautiva;
si sedienta, escondida en tu costado[3].


[1] pelícano muriente: el pelícano es símbolo cristológico bien conocido, dada la creencia, documentada en los bestiarios y la tradición animalística medieval, de que se hería en el pecho para alimentar a sus crías con su sangre. No anoto, por más conocidos, los otros nombres aplicados a Cristo en estos versos 7-8: panal, pastor y vid.

[2] ventana del milagro … Lázaro enterrado: alusión a la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús residente en Betania con sus hermanas Marta y María, a quien devolvió la vida después de llevar ya cuatro días muerto. Lo refiere Juan, 11, y ahí, versículos 25-26, Cristo proclama: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá». La resurrección de Lázaro anticipa y prefigura la propia resurrección de Cristo, demostrando su poder sobre la muerte. 

[3] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 303.

 

«Y al tercer día resucitó», de José Luis Ortiz de Lanzagorta

—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 
No está aquí; ha resucitado. 
(Lucas, 24, 5-6)

En años anteriores ya han quedado recogidos en el blog varios poemas dedicados a la Resurrección del Señor: así, el soneto «A la Resurrección», de Lope de Vega; «A la resurrección del Señor», de Bartolomé Leonardo de Argensola; la «Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza o el «Soneto de la Resurrección», de Francisco Luis Bernárdez, más la versión en español («Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza…») de la Secuencia de Pascua, «Victimae paschali laudes». Vaya para este nuevo Domingo de Resurrección un poema de José Luis Ortiz de Lanzagorta, que dice así:

Piero de la Francesca,  La Resurrezione (146-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia)
Piero de la Francesca,  La Resurrezione (1463-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia).

Señor, ya estás en pie.
Ya tu presencia ocupa el centro de la Historia.
Ya eres Cristo Total.
Eterna Pascua por derecho de Resurrección.

Amigos, alegraos:
Dios vive para siempre entre nosotros.

Él nos envuelve en la Alegría del mundo;
en la vida que no pasa;
en la ternura inmensa de tantas cosas bellas
que rodean el caminar del hombre:
un cántico, una flor, una mirada…

Todo es vida, Señor;
todo es luz,
todo es gracia,
todo es Dios…

Cristo nos envuelve en su Pascua[1].


[1] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 305.