«Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin

Con la festividad del Bautismo de Jesús finaliza hoy el ciclo litúrgico de Navidad. Terminaremos también esta serie de poemas de temática navideña con «Contemplación de María», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999)[1]. Poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», tras la guerra civil partió al exilio, primero en Francia y después en México, junto con su marido, Juan José Domenchina. Muerto él en 1959, Ernestina regresaría a España en 1972. Entre sus títulos poéticos figuran En silencio (1926), Ahora (1928), La voz en el viento (1931), Cántico inútil (1936), Presencia a oscuras (1952), El nombre que me diste…. (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Hai-kais espirituales (1967), Cartas cerradas (1968), Poemas del ser y del estar (1972), Primer exilio (1978), Poemillas navideños (1983), La pared transparente (1984), Huyeron todas las islas (1988), Antología poética (1988), Los encuentros frustrados (1991), Poesía a través del tiempo (1991), Del vacío y sus dones (1993) o Presencia del pasado (1994-1995) (1996). Póstumas son las recopilaciones Poemas de exilio, de soledad y de oración (antología poética) (Pamplona / Madrid, Universidad de Navarra / Ediciones Encuentro, 2004), Poesía esencial (Madrid, Fundación Banco Santander Central Hispano, 2008) o Antología poética (Madrid, Ediciones Torremozas, 2017).

Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).
Rafael, Madonna Tempi (1508). Alte Pinakothek (Munich, Alemania).

«Contemplación de María» es la primera de los tres composiciones recogidos en su folleto Poemillas navideños, y se divide externamente en cuatro apartados de métrica tradicional (el primero es un romance con rima aguda í; el segundo, un romance endecha —versos heptasílabos— con rima é e, con la peculiaridad de abrirse con una primera estrofa que presenta cinco versos[2]; el tercero, un romance con rima á o; y el cuarto, un romance con rima aguda á).

I

La espera te inunda toda
con su gozoso fluir.
Es un río de alegría,
un vuelo de colibrís
que te roza levemente
porque Dios que nace en ti
no cabe en el mundo entero
y cabe en tu seno. Así
van transcurriendo las horas
y su tejido sutil
borda hilo a hilo el milagro
que nos quiere redimir

Espera tuya. La nuestra
aprenderá hoy de ti
a esperar, año tras año,
el tiempo de revivir.

II

Y estabas, simplemente
ante ti, Dios pequeño
escondido e inerme
en tu cuerpo tan nuevo,
en tu llanto reciente.

Estás mientras le miras
o en tus brazos se duerme.
¡Qué limpio, qué sencillo
tu modo de quererle!

Al pastor de fe pura
y a los clarividentes
magos ricos en dones
silenciosa le ofreces.

No hace falta que hables.
Aquí estás, simplemente.
Tu estar es una rosa
que en la nieve florece. 

III

Todo el silencio del mundo
se concentra en el establo.
Callan los que están dentro,
calla el que llega cantando,
callan suspiros y risas.

El Niño mira callado
con sus ojos de luz tierna
a quien viene a contemplarlo.

Un aire nuevo, cernido,
agita suave los mantos
de María y de José.
Estamos en ningún lado,
en el alba de la tierra.

Amanecer rosa y blanco
del principio de la Vida.
Todo calla en el establo. 

IV

El borrico de la noria
se ha escapado hasta el portal
porque hoy el agua ya brota
de otro pozo. Volverá
sin duda alguna mañana
bajo el yugo y el ronzal
a trabajar nuevamente
lleno de gozo y de paz.

Borrico del Nacimiento
que fuiste ahora a buscar
un agua que es para siempre:
tus ojos reflejarán
asombrados y sumisos
un sueño que es realidad[3].


[1] Sobre la autora pueden verse, por ejemplo, los trabajos Ernestina de Champourcin, Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27 / Diputación Provincial de Málaga, 1989; y Ernestina de Champourcin, del exilio, a Dios, biografía y selección de poemas de Beatriz Comella, Madrid, Rialp, 2002.

[2] En esta estrofa, los versos 1, 3 y 5 mantienen la misma rima asonante é e y los versos 2 y 4 presentan una rima también asonante é o.

[3] Tomo el texto de Ernestina Champourcin, Poemillas navideños, editor Rosario Camargo E., ilustradora Ana Laura Salazar, México, D. F., Programas Educativos, 1983, s. p. En el apartado I se lee por dos veces «tí» (quito la tilde). Mantengo la distribución en “estrofas” que presenta el original en las distintas tiradas de romance.

«Burrito santo», de Juana de Ibarbourou

Pues seguimos todavía en el tiempo litúrgico de Navidad, copiaré hoy una composición de Juana de Ibarbourou —Juana Fernández Morales, que usó como nombre literario el apellido de su esposo— (Melo, Uruguay, 1895-Montevideo, 1979). La de esta escritora, «Juana de América», que fue nombrada también «Mujer de las Américas», constituye una de las voces líricas más personales de la poesía hispanoamericana de comienzos del siglo XX. Entre sus libros de poesía se cuentan títulos como Las lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920), Raíz salvaje (1922), La rosa de los vientos (1930), La mancha de humedad (1944), Perdida (1950), Azor (1953), Mensaje del escriba (1953), Romances del destino (1955), Oro y tormenta (1956), La pasajera (1967), Angor Dei (1967) o Elegía (1968). Existe además una edición de su Obra completa, en cinco volúmenes al cuidado de Jorge Arbeleche (Montevideo, Instituto Nacional del Libro, 1992).

El Greco, La huida a Egipto (h. 1570). Museo del Prado (Madrid).

«Burrito santo» —un soneto de versos dodecasílabos, con cesura al medio, y rimas agudas en los vv. 2, 4, 6, 8, 11 y 14, que le imprimen un ritmo musical, muy en la línea de la lírica modernista— aborda otro tema tradicional de este tiempo de Navidad, la huida a Egipto de la Sagrada Familia tras la adoración de los magos de Oriente[1].

Borriquillo blando[2] de la Virgen María,
manso borriquito[3] que llevó a Jesús
con su Santa Madre que el Egipto huía
una noche negra sin astros ni luz[4].

¡Lindo borriquito de luciente lomo!:
hasta el niño mío te venera ya,
y dice, mirando tu imagen en cromo:
—¿Es el de la Virgen que hacia Egipto va?

¡Dulce borriquito, todo mansedumbre!:
nunca a tus pupilas asomó el vislumbre
más fugaz y leve del orgullo atroz;

y eso que una noche sin luna ni estrellas
por largos caminos dejaste tus huellas,
llevando la carga sagrada de Dios![5]


[1] Comp. Mateo, 2, 13-15: «Cuando se marcharon [los sabios de Oriente], un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: —Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo. Él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre y huyó a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: “De Egipto llamé a mi hijo”».

[2] blando: en otras versiones «blanco».

[3] borriquito: en otras versiones «borriquillo».

[4] luz: ha de leerse con seseo, para la rima consonante con Jesús; y lo mismo sucede más abajo (vv. 11 y 14) con atrozDios.

[5] Cito el texto por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 153-154.

Dos villancicos de Concha Méndez: «De la miel y del azúcar…» y «Una cañita de azúcar…»

Concha Méndez —nombre literario de Concepción Méndez Cuesta (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1986)— fue una de las escritoras españolas de la Generación del 27 y perteneció al grupo de «Las Sinsombrero»[1]. Tras la guerra civil hubo de exiliarse, junto con su marido Manuel Altolaguirre, primero en París, después en Cuba y finalmente en México. Escribió, sobre todo, obras de teatro y de poesía. En el terreno lírico cabe destacar títulos como Inquietudes (1926), Canciones de mar y tierra (1930), Vida a vida (1932), Niño y sombras (1936), Lluvias enlazadas (1939), Poemas, sombras y sueños (1944), Villancicos de Navidad (1944), Vida o río (1979) y Entre el soñar y el vivir (1985), más la recopilación Poemas (1926-1986) (Madrid, Hiperión, 1995), con introducción y selección de James Valender.

A su libro de Villancicos de Navidad (México, Ediciones Rueca, 1944[2]) —que contó con una 2.ª edición aumentada (Málaga, Librería El Guadalhorce, 1967)— pertenecen los dos villancicos que he seleccionado para hoy, «De la miel y del azúcar…» (que podría titularse también «Villancico de los ángeles confiteros») y «Una cañita de azúcar…». Como el resto de los textos que componen el poemario, destacan por su métrica tradicional (romance) y su emotiva sencillez.

Ángeles de chocolate

Este es el primero:

De la miel y del azúcar
los ángeles confiteros
hacen para darle al niño
confites y caramelos.

El que cuida del maní
—que es el ángel manisero—
con un trocito de sol
lo va tostando en su fuego[3].

El segundo dice así:

Una cañita de azúcar
desde su cañaveral
le dijo al viento: «Mi amigo,
llévame a todo volar
—porque peso bien poquito
que bien me puedes llevar—
adonde vive ese Niño,
porque le quiero endulzar
con este sabor que tengo
su rosado paladar»[4].


[1] Del que forman parte también otras escritoras y artistas como Maruja Mallo, Rosario de Velasco, Marga Gil Roësset, María Zambrano, María Teresa León, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Margarita Manso, Delhy Tejero, Ángeles Santos, Concha de Albornoz y Luisa Carnés.

[2] El volumen tiene como colofón este texto: «Este libro se acabó de imprimir el día 4 de diciembre de 1944 en la imprenta de Adrián Morales S. bajo la dirección de su autora».

[3] Concha Méndez, Villancicos de Navidad, México, Ediciones Rueca, 1944, p. 19.

[4] Concha Méndez, Villancicos de Navidad, México, Ediciones Rueca, 1944, p. 48.

«Perdido en tu nombre», de Luis Rosales

En este blog han quedado recogidas ya varias composiciones navideñas de Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992), pertenecientes todas ellas a su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). Así, pueden leerse aquí las tituladas «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo vino al mundo la oración», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Callar…», «Villancico de la falta de fe», «Villancico de las estrellas altas», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes» y «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron».

Pues bien, para hoy 3 de enero —fiesta del Santísimo Nombre de Jesús—copiaré su poema «Perdido en tu nombre», incluido en el mismo poemario. Joaquín Juan Peñalva comenta al respecto que

es una décima donde se aborda el tema del nombre de Dios, motivo recurrente en algunos poetas de esta cuerda. Lo que aparece aquí es la interpelación de un yo poemático a la luz de la Navidad, a la que solicita ayuda para hacerse un lugar junto al Padre; se produce, por tanto, una interiorización del sentimiento de la Navidad que logra trascender la dimensión descriptiva presente en la composición[1].

Nombre de Jesús

Y dice así:

Luz navideña del cielo,
dale al alma certidumbre
si perdió con la costumbre
la libertad y el anhelo;
y si al mortal desconsuelo
tus divinas manos son
la tierra de promisión
donde Dios levanta al hombre:
para perderme en tu nombre
¡da espacio a mi corazón![2].


[1] Joaquín Juan Peñalva, La revista «Escorial»: poesía y poética. Trascendencia literaria de una aventura cultural en la alta posguerra, tesis doctoral, Alicante, Universidad de Alicante, 2004, pp. 323-324.

[2] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 243. La edición de 1940 del Retablo sacro del Nacimiento del Señor incluía quince poemas navideños. En la de 1964 el número subía hasta los 31. En las Obras completas forman el libro, ahora titulado Retablo de Navidad, un total de 39 composiciones, donde este es la última, la 39. En la edición de 1964 era también la que cerraba el volumen, la 31, con una variante en el v. 3 («si perdió por la costumbre»).

El «Villancico que llaman del aviador», de Federico Muelas

Otro poeta que ha compuesto originales villancicos es Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974), perteneciente a la Generación del 36. De profesión farmacéutico, fundó la revista El Bergantín, si bien prefirió vivir alejado de la vida literaria pública. Su producción lírica está formada por títulos como Aurora de voces altas (1934), Entre tu vida y mi sueño (1934), Pliegos de cordel (1936), Vuelo y firmeza (1936), Temblor (1941), Cantando entre cielo y sangre (1941), Rodando en tu silencio (1964), Los villancicos de mi catedral (1967), Cuenca en volandas (1967) o Ángeles albriciadores (1971), entre otros, a los que cabe sumar otros volúmenes póstumos como la recopilación de Poesía (1979) o Poesía secreta (2000), que incluye los libros Ardiente huida y El libro de las arengas, escritos ambos en los años 50 bajo el influjo estético del surrealismo.

En el blog ya hemos dado entrada a otras composiciones navideñas suyas como «Por atajos y veredas», el «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero», el «Villancico que llaman de la partera», el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos» o el «Villancico nana de los tres Reyes». Añado hoy otra composición, el «Villancico que llaman del aviador», que se inserta en una serie habitual de representantes de distintos gremios u oficios que visitan el Portal de Belén. Lo más notable de este poema es que —siguiendo un motivo frecuente en la poesía de Navidad desde los tiempos clásicos— se mezcla el anuncio del nacimiento del Niño-Dios con el futuro sufrimiento de su Pasión y Muerte en la cruz, anticipada aquí en la figura del avión.

Cristo y avión-cruz

El texto es como sigue:

—¡Un arcángel!…
                                        Asombrados
le miraban los pastores.
Sobre la paz de los prados
trepidaban los motores.

—Tu pájaro es, aviador,
una cruz que vuela… Un día
pilotaré mi dolor
desde una cruz.
                             Sonreía
yerto, en su cuna, el Señor[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 247.

«De cómo en Belén le nació voz al viento», de Carlos Murciano

Vaya para hoy, día de Año Nuevo —y Solemnidad de Santa María, Madre de Dios—, un poema de Carlos Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1931- ), escritor —también traductor, musicólogo y crítico literario— de la Generación del 50 que cuenta con una abundante producción lírica, que va de El alma repartida (1954) a Sonetos para ella (2018), recogida parcialmente en su Antología (1950-1972) del año 1973. Con su hermano Antonio fundó la revista Alcavarán y la colección de poesía del mismo título. Los hermanos Murciano han cultivado la poesía de temática navideña, cada uno por separado (véanse, por ejemplo, el «Villancico de los qué dirán» o «La Nochebuena del astronauta», de Antonio ; y de Carlos, «De cómo María dice su sorpresa por el nacimiento del Niño y pregunta a José cómo ocurrió», «Soneto para la madrugada de un seis de enero» o «A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera») y a veces al alimón («Canción de la primera madrugada» o «Romance viejo de la madre nueva»).

La Sagrada Familia (h. 1776), de Francisco Bayeu y Subías. Museo del Prado (Madrid).
La Sagrada Familia (h. 1776), de Francisco Bayeu y Subías. Museo del Prado (Madrid).

«De cómo en Belén le nació voz al viento» es un breve romance (una tirada de catorce versos) de rima aguda en , en el que cabe adivinar ciertas resonancias lorquianas, comenzando por la propia personificación del viento[1], calificado en los versos 1 y 11 —con bella metáfora aposicional— como «gigante mudo».

El viento, gigante mudo,
tiró la puerta en Belén.
Con su zamarra de frío
se recostó en la pared
y el Niño, echado en la paja,
comenzó a palidecer.
La Virgen con ser tan tímida
no sabía lo que hacer
y reclinó la cabeza
sobre el pecho de José.
El viento, gigante mudo,
dijo «Amor» y dijo «Amén».
Su gran garganta de escarcha
ya no ha vuelto a enmudecer[2].


[1] Comp. el verso «El viento, galán de torres» de «Arbolé, arbolé», de la serie «Canciones andaluzas» de Canciones 1921-1924, o el poema «Preciosa y el aire» de Romancero gitano.

[2] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 108.

«La Nochebuena del astronauta» de Antonio Murciano

Ciertos aspectos originales encontramos también en los poemas navideños de Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1929- ), poeta adscrito al grupo andaluz de la Generación del 50. Tal originalidad se aprecia ya desde los propios títulos de sus composiciones, como comentábamos en una entrada anterior. Así, «La Nochebuena del astronauta» es un romance con la peculiaridad de que todos los versos pares, los que llevan la rima, acaban con la palabra aire[1]. Y el poema termina con dos versos de aire —valga la expresión— muy tradicional: «Aire, que el aire me lleva, / aire, que me lleva el aire»[2]. Cabe destacar asimismo la bella metáfora aposicional de los vv. 1-2, que presentan al mundo como «mordida manzana».

Astronauta y planeta Tierra

1

Desde arriba se ve el mundo
—mordida manzana— al aire.

Tan solamente Belén
qué grande, hoy, desde el aire.

Hoy, que están de enhorabuena
el mar, la tierra y el aire.

2

Fiesta niña de mis ojos
dentro y fuera y bajo el aire.

Hoy he visto al Niño-Dios
en una gruta del aire;

ángeles y serafines
mecían su cuna de aire

y cantaban villancicos
de aire, al aire, por el aire.

3

Esta noche es Nochebuena
y yo, soñando en el aire;

surcando la noche negra
del tras-mundo, tras el aire;

yo, quemándome en el fuego
del encuentro con el aire

y helándome con el frío
de los espacios sin aire.

4

Hoy están de parabienes
cielo y tierra y mar y aire.

Y yo, astronauta perdido,
tendido en paz junto al aire,

sintiendo en mí la infinita
sombra de Dios, frente al aire.

5

Para mí toda la gloria.
Todo el gozo para el aire.

¡Fiesta de mis ojos niños!
¡Mi Nochebuena del aire!

Aire, que el aire me lleva,
aire, que me lleva el aire[3].


[1] Mariajosé Morillo lo califica como «un original y gracioso poema de inspiración navideña», y añade: «Con fe y júbilo, el astronauta del poema celebra la Navidad con toda naturalidad, como el aire que respira…, de ahí los juegos de palabra con la palabra “aire”» (Villancicos: textos y partituras de más de 100 canciones, recopilación de Mariajosé Morillo, Madrid, Palabra, 1997, p. 59). En las páginas 59-60 se reproduce el poema como una tirada única de romance, sin separación en apartados ni agrupación de los versos de dos en dos.

[2] Comp. el estribillo popular «Aire, que me lleva el aire, / aire, que el aire me lleva, / aire, que me lleva el aire, / el aire de mi morena». ¡Aire, que me lleva el aire! es el título de una selección de poemas para niños de Rafael Alberti, con ilustraciones de Luis Horna (Barcelona, Labor, 1986).    

[3] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 252-254. En el apartado 4, los cuatro primeros versos aparecen agrupados como una cuarteta, pero los separo de dos en dos para mantener la misma distribución que en el resto del poema.

El «Villancico que llaman del camionero» de José María Fernández Nieto

De profesión farmacéutico, José María Fernández Nieto (Mazariegos de Campos, Palencia, 1920-Palencia, 2013) fundó en 1955, junto con Marcelino García Velasco y Carlos Ureña, la revista de poesía y crítica Rocamador, de la que fue su director, y también la colección de libros de poesía de igual título. Publicó varios libros de poesía, entre otros Ramillete de poesías (1946), Aunque es de noche (1947), La trébede (1961), Un hombre llamado José (1963), Villancicos de zambomba y transistor (1968), Galería íntima (1972), La claridad compartida (1972), La nieve (1974), Poemas de amor de cada día (1982) o Fulgores de ascensión (1993). Existe además una Antología de sus versos (Palencia, Cálamo, 1997).

En las composiciones de temática navideña de Fernández Nieto se hace presente a veces el tono humorístico, como por ejemplo en su «Villancico gitano». Lo mismo sucede con este «Villancico que llaman del camionero», compuesto por seis estrofas de versos octosílabos (tres redondillas y tres cuartetas).

—Echa, conductor, el freno
a la carga de tu olvido,
porque el Señor ha nacido
y a ti te tiene por bueno.

Dejó el camión aparcado,
pero aparcado muy mal,
y se acercó hasta el Portal,
sorprendido y deslumbrado.

—¿Qué me das tú?
                                    —¡Yo qué sé!
¿Mi camión? ¡Te lo daría!
pero, chaval, para qué…
¡Para qué te serviría!

El Niño se sonrió
tiernamente complacido,
que no le dijo que no
sin habérselo pedido.

José le advirtió seráfico:
—Aparca en otro lugar,
que te acaban de multar
los motoristas de Tráfico.

Se enfureció el conductor
gritando que era un atraco.
¡Y por culpa del Señor
no pudo soltar un taco![1]


[1] Cito, con algunos retoques en la puntuación, por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 251.

El «Soneto al Niño Dios» de Francisco Luis Bernárdez

Del poeta y diplomático argentino —hijo de padres españoles— Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) ya queda recogido en este blog su «Soneto de la Encarnación» (y también algunas otras composiciones de temática no navideña, como su «Soneto de la Resurrección» o su «Soneto a Cervantes»). Graciela Maturo, a propósito del conjunto de la producción de Bernárdez, explica que

Su aventura poética es en el fondo de raíz mística, asentada en una natural disposición contemplativa, en una vocación musical y verbalizante y en una extraordinaria capacidad para intuir intelectivamente su propia experiencia. Se alían en su obra ese no saber que es propio del entendimiento místico con una plena y comprometida aceptación de la fe revelada y las más finas cuestiones del entendimiento teológico[1].

Niño Jesús llorando

El «Soneto al Niño Dios» pertenece a su poemario Cielo de tierra (Buenos Aires, Editorial Sur, 1937) y dice así:

Te llamé con la voz del sentimiento
antes de la primera desventura,
te busqué con la luz, aún oscura,
que despuntaba en el entendimiento.

Pero siempre, Señor, sin fundamento.
Pero nunca, Señor, con fe segura,
porque la luz aquella no era pura
y aquella voz se la llevaba el viento.

Fue necesario que muriera el día,
que viniera la noche, que callara
la voz y que cesara la alegría,

para que yo te descubriera, para
que la desolación del alma mía
en el llanto del Niño te encontrara[2].


[1] Graciela Maturo, «Francisco Luis Bernárdez, poeta de la noche y el alba», prólogo a Francisco Luis Bernárdez, Antología, Buenos Aires, Editorial Bonum / Secretaría de Cultura de la Nación, 1994, p. 11.

[2] Cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, p. 84.

«De cómo vino al mundo la oración», de Luis Rosales

Hoy, en la tierra, nace el Amor.
Hoy, en la tierra, nace Dios.

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los poetas españoles que más bellamente y con mayor intensidad ha cantado la Natividad del Señor, sobre todo en su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). Ya en años anteriores han salido en este blog algunos de los hermosos y sentidos poemas de este Retablo sacro de Rosales, como los titulados  «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Callar…», «Villancico de la falta de fe», «Villancico de las estrellas altas», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes» o «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron».

Niño Jesús entre la nieve

Para hoy, para esta Nochebuena en la que celebramos la Buena Nueva de que Dios viene al mundo haciéndose carne mortal para redimir al género humano, copiaré este otro soneto, «De cómo vino al mundo la oración», procedente del mismo libro. En la construcción del poema emplea Rosales una imaginería metafórica de significado transparente, que no requiere comentario, y lo remata con un rotundo verso bimembre. Dice así:

De lirio en oración, de espuma herida
por el paso del alba silenciosa;
de carne sin pecado en la gozosa
contemplación del niño sorprendida;

de nieve que detiene su caída
sobre la paja que al Señor desposa;
de sangre en asunción junto a la rosa
del virginal regazo desprendida;

de mirar levantado hacia la altura
como una fuente con el agua helada
donde el gozo encontró recogimiento;

de manos que juntaron su hermosura
para calmar, en la extensión nevada,
su angustia al hombre y su abandono al viento[1].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 224-225. La edición de 1940 del Retablo sacro del Nacimiento del Señor incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el volumen, ahora titulado Retablo de Navidad, un total de 39 poemas, donde este aparece con el número 11. En la edición de 1964, donde se lee sin variantes, era el número 9.