Estructura de «Teresa» (1924), de Unamuno (1)

El título completo de la obra es Teresa. Rimas de un poeta desconocido presentadas y presentado por Miguel de Unamuno[1]. Este subtítulo nos avisa de algo que se explicará con detalle en la «Presentación», y es que Unamuno se dice «presentador», no autor, de los versos ahí recogidos. Tras el «Prólogo de Rubén Darío», un artículo titulado «Unamuno, poeta»[2], las palabras preliminares del escritor bilbaíno explican que un día recibió una carta de un joven llamado Rafael «herido de mal de amor y de muerte, de amor de muerte y de muerte de amor» (p. 267), el cual solicitaba sus consejos para corregir y mejorar sus poesías. A partir de ese momento siguió un intercambio de correspondencia y composiciones entre ambos: Rafael le enviaba con sus cartas algunos versos en que cantaba a su amada y Unamuno, por su parte, le mandaba otros que compuso inspirados por aquellos. Los versos del supuesto Rafael son las noventa y ocho rimas que componen el libro Teresa, mientras que algunos de los poemas «de Unamuno» se recogen en esta «Presentación» y en las «Notas» finales.

Cubierta de Teresa (Cátedra), de Miguel de Unamuno

Después de las rimas se añade una «Epístola» en tercetos, supuestamente redactada también por el joven poeta desconocido (le ha pedido que silencie su apellido), unas «Notas» de Unamuno que explican diversos aspectos léxicos, sintácticos o de contenido de los poemas anteriores y una «Despedida». De esta forma, el cuerpo lírico de Teresa aparece enmarcado por distintos fragmentos en prosa que alcanzan una considerable extensión (aproximadamente el 40% del libro); es el propio Unamuno, al comienzo de la «Despedida», quien explicita «todo el valor de este enmarcamiento de Teresa» con estas palabras:

¡El valor de un marco! El marco, a la vez que aísla al cuadro del ámbito de grosera realidad que suele cercarle, suele relacionarle con él. El marco representa una ventana abierta al infinito del arte, a la eternidad (p. 463).

Todas estas incrustaciones narrativas de carácter «objetivo» que rodean la parte lírica, «subjetiva», dan un carácter unitario al conjunto de los poemas, circunstancia que refuerza la impresión de historia que tienen los desdichados amores de Rafael y Teresa. En efecto, estamos ante una historia que podría habérsenos contado en prosa: el propio Unamuno utiliza la palabra relato para referirse a su obra («este relato, históricamente histórico», p. 270) e incluso nos ofrece un resumen de su argumento[3]. Los poemas que forman Teresa no son independientes entre sí, ya que existe un hilo conductor que los engloba y les da unidad de sentido completa, y vienen a constituir un cancionero de amor y de muerte. Si recordemos los tres rasgos principales que caracterizan a un cancionero petrarquista: 1) la mayoría de las composiciones son sonetos; 2) expresan una pasión intensa por una sola persona; y 3) el conjunto revela por parte del amante una conciencia aguda del paso del tiempo, o sea, de la historia progresiva de un gran amor, veremos que Teresa coincide plenamente con los dos últimos[4]: se canta amorosamente a una sola persona y existe conciencia del transcurso del tiempo, intensificada al final por la presencia cada vez más cercana de la muerte. Por supuesto, la obra unamuniana está ya lejos de ser un cancionero petrarquista, pero es indudable que guarda cierta semejanza estructural con el modelo clásico[5].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Publicado en La Nación de Buenos Aires el 2 de mayo de 1909. Darío explica su opinión de que Unamuno es ante todo poeta, «si [ser] poeta es asomarse a las puertas del misterio y volver de él con un vislumbre de lo desconocido en los ojos» (p. 257).

[3] «La historia de mi Rafael de Teresa era sencillísima y muy vulgar, más bien cursi, la historia del pobre chico provinciano, pueblero mejor: parroquial, que se enamora, sin darse de ello cuenta, de una de sus amigas de la niñez, con uno de esos amoríos que nacen como el alba, que se hace desde su comienzo costumbre del corazón y pasa a ser noviazgo, de esos noviazgos trágicamente apacibles a la española, que quema y aun calcina sus sentires y sus pensares en la calentura de la pubertad y que ve languidecer y morir de tisis a su primera, a su última, a su única novia. Y él —herido también de muerte, acaso por contagio—, no tarda en seguirle a tierra común. ¡La vieja historia romántica!» (pp. 267-268). En estas palabras se percibe cierto tono irónico que quizá podría darnos una clave de lectura diferente para la obra.

[4] No así el primero, pues son muy pocos los sonetos incluidos.

[5] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Las rimas de «Teresa» (1924), de Unamuno, un cancionero moderno de amor y de muerte

Aunque Teresa (1924)[1] no sea una de las obras poéticas más importantes de Miguel de Unamuno[2], este poemario presenta un interés indudable si lo consideramos como un cancionero moderno, como un eco —lejano, claro está— de los escritos a la manera del Cancionero por antonomasia, el de Francesco Petrarca, ya que en este libro se evoca el desarrollo progresivo de una romántica historia de amor que no logra interrumpir la muerte de la amada. Siguiendo el modelo clásico, el poeta Rafael-Unamuno presta atención a los rasgos que caracterizan a su amada: su nombre, su voz, los ojos y la mirada, las manos… y, en general, los menos materiales de la mujer inspiradora de los poemas. Todas las composiciones que se recogen en el libro son las escritas in morte, pues se explica que las redactadas en vida de Teresa fueron destruidas por Rafael, el alter ego de Unamuno.

Cubierta de Teresa (Renacimiento), de Miguel de Unamuno

Además, la riqueza de motivos y símbolos presentes en Teresa es muy notable (la tierra y la yerba, el otoño y el color amarillo, el amanecer y el ocaso, el recuerdo y el olvido, el sueño…). El poemario resulta igualmente interesante por plantear temas universales, en especial, el Amor, la Vida y la Muerte (así, con mayúsculas); los tres están estrechamente relacionados porque, para Unamuno, el amor es vida y la muerte también es vida: al final, en Teresa, los tres conceptos se identifican y podemos hablar de un amor, una muerte y una vida eternos. Todo esto relacionado con las omnipresentes preocupaciones religiosas de Unamuno: su problemática fe, su querer creer, su «hambre de Dios», su anhelo de inmortalidad…

Estos tres aspectos del poemario —estructura, motivos y símbolos y temas— son los que iré analizando en las próximas entradas[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Sobre Teresa pueden consultarse los trabajos de Manuel García Blanco, «Notas de estética unamuniana. A propósito de su libro de rimas Teresa (1924)», Revista de Ideas Estéticas, 49, enero-marzo de 1925, pp. 3-26; Emilio González López, «La poesía de Unamuno: el relato poético de Teresa», La Torre (San Juan de Puerto Rico), XVII, 1969, pp. 84-89; Moraima de Semprún Donahue, «El amor como tema de la eternidad en las rimas de Teresa de Unamuno», Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, XXII, 1972, pp. 23-32; Francisco J. Blasco, «Miguel de Unamuno: Teresa», España Contemporánea. Revista de Literatura y Cultura (Columbus, Ohio), t. II, núm. 3, 1989, pp. 37-60; Jesús G. Maestro, «El discurso intercalado en la lírica de Miguel de Unamuno (diálogo y dialogismo en la rima L de Teresa)», en Margarita Smerdou Altolaguirre y Manuel Bonsoms (eds.), El relato intercalado,Madrid, Fundación Juan March / Sociedad Española de la Literatura General y Comparada, 1992, pp. 141-152; Jesús G. Maestro, «La literatura como provocación de la religión: Teresa (1924) de Unamuno», Hispanística, XX, 21, 2003, pp. 151-160; Bénédicte Vauthier, «Releyendo Teresa. Rimas de un poeta desconocido presentadas y presentado por Miguel de Unamuno a la luz de una cuartilla inédita. Un alegato unamuniano a favor de la modernidad de Bécquer», en Ana Chaguaceda Toledano (ed.), Miguel de Unamuno. Estudio sobre su obra, IV. Actas de las VII Jornadas unamunianas, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2009, pp. 47-57; María Consuelo Belda Vázquez, «Teresa», de Miguel de Unamuno: entre la tradición y la renovación, Tesis doctoral dirigida por Montserrat Cots Vicente, Tarragona, Universitat Pompeu Fabra, 2012; y Marta Beatriz Ferrari, «Teresa, un diálogo entre Bécquer y Unamuno», publicado en línea el 07-08-2017.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: intertextualidad

Denario romanoLa relación entre ambas obras[1] de Unamuno puede buscarse también en la abundancia de reminiscencias evangélicas —o bíblicas, en general— que comparten. Así, la novela se abre con una cita de San Pablo, 1 Cor, XV, 19, que le sirve de lema: «Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos»; pues bien, esa cita ya estaba recogida en La agonía del cristianismo —al hablar de que el cristianismo fue una preparación para la muerte y para la resurrección, para la vida eterna— de esta forma: «Si Cristo no resucitó de entre los muertos, somos los más miserables de los hombres» (La agonía del cristianismo, p. 38). El recuerdo de la indicación de Jesús de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo, XXII, 23-33 y Lucas, XX, 25) aparece en San Manuel Bueno, mártir, p. 17 y en La agonía del cristianismo, pp. 39, 71 y 72; la frase «Mi reino no es de este mundo» (San Manuel Bueno, mártir, p. 57) la encontramos al principio del capítulo VI, «El supuesto cristianismo social», de La agonía del cristianismo. Igualmente, el «Bienaventurados los pobres de espíritu» del Sermón de la Montaña (Mateo, V, 3) figura tanto en San Manuel Bueno, mártir, p. 47 como en La agonía del cristianismo, p. 69; «Mi alma está triste hasta la muerte» (Marcos, XV, 34) la leemos en San Manuel Bueno, mártir, p. 59 y en La agonía del cristianismo, p. 44; la frase de Jesús al buen ladrón «Mañana estarás conmigo en el paraíso» (Lucas, XXIII, 39-44) figura repetida en San Manuel Bueno, mártir, p. 61 y en La agonía del cristianismo, p. 92. En fin, otra reminiscencia bíblica muy del gusto de Unamuno es la afirmación de que quien ve la cara a Dios muere, presente en San Manuel Bueno, mártir, pp. 66 y 72 y en La agonía del cristianismo, p. 103[2].

También hay intertextualidad común no bíblica. Así, la conocida frase del catecismo del Padre Astete «…doctores tiene la Iglesia…» está en San Manuel Bueno, mártir, pp. 30 y 62 y en La agonía del cristianismo, pp. 93-94; y la afirmación de Karl Marx de que «La religión es el opio del pueblo», con la que juega Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, p. 58, quedaba aludida en La agonía del cristianismo (por ejemplo, en la p. 96).

A veces la coincidencia textual entre ambas obras, novela y ensayo, no estriba en la cita común de un pasaje ajeno, sino que viene a desarrollar una misma idea unamuniana. Un ejemplo bastará. Un pasaje de La agonía del cristianismo (cap. VI, «La fe pascaliana», p. 92) dice así: «Y un cristiano debe creer que todo cristiano, más aún, que todo hombre, se arrepiente a la hora de la muerte; que la muerte es ya, de por sí, un arrepentimiento y una expiación, que la muerte purifica al pecador». Pues bien, es indudable la relación con el fragmento del capítulo quinto de San Manuel Bueno, mártir en el que el padre de un suicida pregunta al sacerdote si dará tierra sagrada a su hijo, a lo que responde: «Seguramente, pues en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepintió sin duda alguna» (San Manuel Bueno, mártir, pp. 21-22).

Por último, también coinciden ambas obras en el empleo de las etimologías, tan frecuentes junto con los juegos de palabras en La agonía del cristianismo (algunas de las que aparecen en San Manuel Bueno, mártir: de Miguel, de arcángel, de diablo… estaban recogidas igualmente en el ensayo previo).

Aunque no he podido detenerme a desarrollar algunos aspectos complejos, ni he pretendido apurar todas las afinidades existentes entre ambas piezas, creo que lo apuntado basta para comprobar la estrecha relación que las une. La proximidad de redacción facilita ese trasvase de ideas del ensayo a la novela, no menos que la idea unamuniana de que la novela es filosofía y teología, a la vez que agónica autobiografía espiritual de su autor[3].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otros motivos simbólicos que convendría examinar son la caravana en la que muere el guía (San Manuel Bueno, mártir, p. 18) y el guía que no logra entrar en la tierra de promisión (San Manuel Bueno, mártir, pp. 65-66).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: ideas comunes (y 2)

Segismundo encadenadoMe referiré ahora a la idea unamuniana del nacimiento como pecado original del hombre. En efecto, en La agonía del cristianismo[1] (p. 105) exponía Unamuno la idea de que el verdadero pecado original del hombre consistía en haber nacido, recordando los famosos versos de La vida es sueño, de Calderón de la Barca: «pues el delito mayor / del hombre es haber nacido», que cita de memoria como: «Porque el pecado mayor del hombre es haber nacido» (con una sustitución, seguramente voluntaria, de delito por pecado: en efecto, delito presenta connotaciones penales civiles, mientras que las de pecado son religiosas). Pues bien, en San Manuel Bueno, mártir no solo se habla de la «cruz del nacimiento» (p. 34, Ángela quiere aliviarle de su peso a su padre espiritual) y luego del sueño de la vida (p. 64), sino que también se citan, correctamente, esas palabras calderonianas: «el delito mayor del hombre es haber nacido» (p. 63).

Otra cuestión interesante es la negación del cristianismo social. El ataque al cristianismo social es idea plasmada igualmente en ambas obras, la ensayística y la novelesca, en reflexiones que parten de la frase de Jesús: «Mi reino no es de este mundo». En La agonía del cristianismo, capítulo VI, se lanzan duras críticas contra el cristianismo social y el político: Unamuno se opone al cristianismo como poder político temporal, «el catolicismo del decreto, la inquisición y la cruzada», la religión defendida a golpe de cruz y espada. También critica el cristianismo como religión institucionalizada, en especial el jesuitismo, al que aplica acerbos epítetos. Ni cristianismo conservador ni cristianismo progresista, sino cristianismo agónico, tal es el ideal propugnado por Unamuno. En la novela, Lázaro propone crear un sindicato agrario católico, posibilidad que don Manuel rechaza enérgicamente: «No, Lázaro, no; la religión no es para resolver los conflictos económicos o políticos de este mundo que Dios entregó a las disputas de los hombres» (p. 58). Ya antes había afirmado el sacerdote: «La justicia humana no me concierne» (p. 17). Y es que tanto el integrismo católico como el catolicismo progresista son para Unamuno dos formas de «enfeudamiento político de la fe»[2].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Ver Pedro Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico. Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno, Madrid, Editorial Trotta, 1996, pp. 727-728. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: ideas comunes (1)

Además del problema de fondo de la fe, de la agonía del protagonista (valga la redundancia) consistente en querer creer y no poder creer, que he resumido en la entrada anterior, existen otras ideas más concretas comunes a ambos textos. Veamos en primer lugar lo relativo a la paternidad carnal y la paternidad espiritual, tema recurrente en la obra de Unamuno.

La Resurrección de la Carne, por Luca Signorelli.Una línea de pensamiento fundamental en La agonía del cristianismo[1] es la tensión entre la esperanza escatológica de la resurrección de la carne y el dogma filosófico de la inmortalidad del alma. Una vez desarrollada esa dicotomía, Unamuno afirma que una manera de eternizarse estriba en la paternidad, no tanto carnal como espiritual[2]. En ese ensayo se expresa, en especial en el capítulo IX dedicado a «El padre Jacinto», la posibilidad de buscar la fe en la resurrección de la carne. Don Manuel también tratará de engendrar en medio de su agonía, compatibilizando las nociones de virginidad y «maternidad». Angelina confiesa desde el comienzo de la novela que don Manuel es su padre espiritual (p. 7); se dice de él que entró en el Seminario para poder sustentar a unos sobrinos (p. 12); el sacerdote consigue que Perote se case con la hija de la Rabona y que prohíje a la criatura nacida, fruto de otra relación amorosa (p. 13); Angelina siente crecer su «afecto maternal» hacia su padre espiritual (p. 34), y ese sentimiento también aflora en ella al absolver al cura en nombre del pueblo (p. 51); por el contrario, es una mujer con un complejo de maternidad frustrada (se insiste varias veces en que ha renunciado a casarse) y, en fin, en la p. 75, vuelve a explicar que don Manuel es «padre de mi alma». A su vez, su hermano Lázaro es otro hijo espiritual del sacerdote, lo mismo que todos sus feligreses[3].

Una idea relacionada con el punto anterior es la vida solitaria como ideal para la santidad. La afirmación de que el solitario (monachos) está más cerca de la santidad queda apuntada en las páginas 30 y 62 de San Manuel Bueno, mártir. Y en La agonía del cristianismo había escrito Unamuno: «Sólo el eremita se acerca al ideal de vida individualista» (p. 80), y distinguido dos tipos de cristianos, los civiles (cristianos del mundo o del siglo) y los puros cristianos (los regulares, los del claustro). Pero a continuación reconocía que «cabe llevar el mundo al claustro, el siglo a la regla, y cabe guardar en medio del mundo el espíritu del claustro» (La agonía del cristianismo, p. 80). En la novela, don Manuel —y también, en cierto modo, Ángela— hace del pueblo su monasterio; pero no es un solitario, sino que allí, entregándose a la acción, no a la contemplación, llega a alcanzar en el sentir de todos la condición de santo[4].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otra posibilidad, expuesta por Unamuno en varios lugares, consiste en eternizarse a través de sus obras literarias, a través de la fama.

[3] Cfr. La agonía del cristianismo, p. 32: «El sufrimiento de los monjes y de las monjas, de los solitarios de ambos sexos, no es un sufrimiento de sexualidad, sino de maternidad y paternidad, es decir, de finalidad. Sufren de que su carne, la que lleva al espíritu, no se perpetúe, no se propague. Cerca de la muerte, al fin del mundo, de su mundo, tiemblan ante la esperanza desesperada de la resurrección de la carne»; y el capítulo IX, «El padre Jacinto».

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno: la identificación entre don Manuel y Cristo agonizante

Según las ideas expuestas por Unamuno en su ensayo del año 1931[1], el cristianismo es agonía. Para él, el cristianismo es la religión del Hijo[2], de Cristo, y sobre todo la religión del Cristo que lucha con la muerte y agoniza en la Cruz. En La agonía del cristianismo, p. 30, leemos este párrafo:

Terriblemente trágicos son nuestros crucifijos, nuestros Cristos españoles. Es el culto a Cristo agonizante, no muerto. […] El Cristo al que se adora en la cruz es el Cristo agonizante, el que clama consumatum est! Y a este Cristo, al de “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo, XXVII, 46), es al que rinden culto los creyentes agónicos. Entre los que se cuentan muchos que creen no dudar, que creen que creen.

Unamuno, en efecto, se interesa sobre todo por ese Cristo agónico y agonizante: «Y todo es luchar contra la muerte, o sea agonizar» (La agonía del cristianismo, p. 101). Pues bien, en la novela un aspecto importante es la identificación de don Manuel con ese Cristo sufriente —luchador, agonista— en la Cruz: la lucha interior del cura, a la que asistimos a lo largo de la novela, es la misma que la de Jesús en el Huerto de los Olivos al pedir a su Padre pase sin necesidad de apurarlo el amargo cáliz de sufrimiento que le espera; es la lucha del Cristo que, clavado en el infamante madero, se lamenta del supuesto abandono de su Padre. De hecho, las palabras de JesúsCristo agonizante: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», mencionadas en el ensayo, se repiten en varias ocasiones, como un insistente leitmotiv, en San Manuel Bueno, mártir. La primera vez (p. 16) es durante un sermón de Viernes Santo, cuando la voz de don Manuel suena tan parecida a la del Cristo «como si la brotara de aquel viejo crucifijo a cuyos pies tantas generaciones de madres habían depositado sus congojas»; tan desgarrada es que su madre le responde con un angustiado grito, «¡Hijo, mío!», identificándose a su vez con la Virgen como Mater Dolorosa[3]. Luego la encontramos mencionada en el recuerdo de Ángela (p. 30), en los ecos del bobo Blasillo (este repite la frase que ha escuchado al sacerdote en dos ocasiones, pp. 31 y 45) y en el último sermón de Semana Santa que pudo pronunciar el sacerdote (p. 61)[4].

Pero hay además otros pasajes en los que se opera esa identificación: don Manuel cura a varios endemoniados y poseídos que acuden la noche de San Juan al lago, convirtiéndose él mismo en lago y piscina probática, con tal éxito que las gentes le piden milagros (pp. 14-15); igual que el Buen Pastor, presta más atención «a los desgraciados y a los que aparecían como más díscolos» (p. 15); en cierta boda, manifiesta su deseo de poder convertir el agua del lago en un vino que «alegrara siempre, sin emborrachar nunca», en clara reminiscencia del primer milagro de Jesús, el de las bodas de Caná (p. 23); ya enfermo, don Manuel pide a sus cuidadores que permitan se le acerque Blasillo (p. 67), de la misma forma que Cristo indicó a sus discípulos: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Y, en fin, por si quedara algún tipo de duda, la identificación se hace explícita en las propias palabras de Ángela, cuando habla de «nuestros dos Cristos, el de esta Tierra y el de esta aldea» (p. 61)[5].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] «El cristianismo es la religión del Hijo, no la del Padre, del Hijo virgen» (La agonía del cristianismo, p. 101).

[3] Si don Manuel se identifica con el Cristo agónico, también a Angelina, en tanto en cuanto «madre» de su padre espiritual, le conviene la comparación con la Mater Dolorosa, madre y virgen a la vez.

[4] Comp. con el final de la conclusión de La agonía del cristianismo: «¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?»

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno: don Manuel y su agonía del cristianismo

El sentimiento de agonía interior que sufre don Manuel, el torcedor de la duda y la lucha por recuperar una fe que no llega a consolidarse, es el mismo que sintió el escritor y el que impregna de forma angustiosa su ensayo escrito a raíz del destierro parisino del año 1924[1]. Recuérdese que La agonía del cristianismo[2] es, a su vez, una especie de compendio quintaesenciado de Del sentimiento trágico de la vida, donde Miguel de Unamuno expone su idea de que el agonismo es inherente al cristianismo en la modernidad, esto es, de que existe un «abrazo trágico entre la fe cristiana y la cultura»[3].

Mucho se ha escrito sobre la autenticidad de las distintas crisis religiosas de Unamuno, desde la primera de 1897, y de todas sus reflexiones subsiguientes sobre el problema de la fe; sobre si «descreía» sinceramente o si estuvo instalado retóricamente en la duda, en una especie de ejercicio de pose intelectual de cara a la galería. Pedro Cerezo Galán adopta una postura equidistante de ambos extremos:

Ni un Unamuno jugando al cristianismo y escribiendo su falta de fe en literatura, como cree Sánchez Barbudo, ni un Unamuno heterodoxo a priori, sin razones últimas, como sostiene J. Marías, complaciéndose en una duda en la que de veras y radicalmente no se está[4].

En un caso, se trataría de un simulacro de fe; en otro, de un simulacro de duda. Cabría recordar aquí también la opinión de Ángel-Raimundo Fernández González, expuesta en distintos trabajos, para quien Unamuno fue sincero dentro de su inautenticidad: fue un personaje inauténtico en el que sus pensamientos se contradecían con sus sentimientos, de forma que lo que afirmaba con el corazón lo negaba con la inteligencia, y viceversa. Fue la suya una personalidad en la que razón y fe no eran solo aspectos contrarios, sino incluso contradictorios. Y, aunque heterodoxo, fue hombre de una profundísima religiosidad, que anduvo siempre a vueltas con su necesidad de salvarse, de vivir una vida eterna, y de ahí su voluntarismo religioso y su defensa del actuar «como si» realmente se creyera.

Lo que sí está claro es que Unamuno se identifica con aquellos que sufren queriendo creer pero sin llegar a creer, los que sienten anhelo —«hambre»— de Dios, y buscan, y se preguntan, aunque no terminen de encontrar la luz que les ilumine definitivamente, bien porque Dios calla, bien porque ellos no saben o no pueden escucharle; en suma, se identifica con aquellos —como Pascal[5], como su don Manuel— que vivieron una fe agónica o una agonía de la fe. Unamuno sentía la necesidad de creer, necesidad de Dios, y de ahí nace su voluntad de creer, su querer creer. Ese momento volitivo, o virilidad de la fe (cfr. La agonía del cristianismo, cap. V), como puro querer creer, no es todavía la fe verdadera, explica Cerezo Galán, aunque ese querer creer puede acabar en ganas de creer[6]:

¿Creía Pascal? —se pregunta Unamuno— Quería creer. Y la voluntad de creer, la will to believe, como ha dicho William James, […] es la única fe posible en un hombre que tiene la inteligencia de las matemáticas, una razón clara y el sentido de la objetividad (La agonía del cristianismo, p. 88).

Don Manuel, el protagonista de su novela, es un héroe trágico que se debate entre su increencia y su voluntad y necesidad de creer; y la tragedia de don Manuel es la misma tragedia de don Miguel. Su idea es que hay que mantener la ilusión, porque la religión es la única solución contra el sinsentido de la existencia, y la fe la única salvación posible frente a la muerte, el único medio de sobrevivir y sobrevivirse. Don Manuel conoce la falta de sentido de la existencia, cree en la nada, se siente atraído por la eterna quietud del lago (el suicidio, la noluntad o voluntad de no ser). Necesita y quiere creer, pero no puede creer; sin embargo, opina Cerezo Galán, no se trata de un impostor porque no persigue sacar una ventaja o ganancia personal de esa situación; es la suya «una duda que escapa a su voluntad y lo envuelve como un destino trágico»: «Querer y no poder creer es el martirio quijotesco del protagonista de San Manuel Bueno, mártir, tal vez como Unamuno, o como tantos espíritus tocados por el “mal del siglo”»[7]. Su martirio es sentir el abandono de Dios, la agonía de un alma a la que Dios se oculta, y acaba siendo un mártir de esa lucha por la fe.

San Manuel Bueno, mártir, de UnamunoReflexionemos un momento sobre esa palabra, mártir, que figura en el título —San Manuel Bueno, mártir—, y también en el texto de la novela (pp. 68, 73, 79…). ¿Por qué se aplica el calificativo de mártir a don Manuel? Stricto sensu, acudiendo a la definición académica, mártir es la «Persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana» (DRAE). Don Manuel muere defendiendo, si no su fe, que no la tiene, su anhelo de fe y la fe de los demás. Su —¿cómo denominarlo?— engaño o autoengaño, su ficción, sirve para mantener la ilusión de todos sus feligreses, a los que ha querido siempre transmitir el «contento de vivir» (cfr. especialmente las pp. 23 y 38). Sin embargo, él mismo no tiene esa fe, y su voz calla, en el momento de rezar el Credo, justo al llegar a la frase «creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable» (pp. 17-18), dejando que sea el pueblo quien la recite. No olvidemos que Unamuno perdió la fe precisamente razonando el Símbolo de la fe. La razón y la inteligencia son causa de la agonía religiosa, pues no constituyen medios válidos para alcanzar la deseada fe; y recordemos, por otra parte, que en La agonía del cristianismo dejó escrito: «Fe que no duda es fe muerta» (p. 30). Don Manuel finge creer para dar alegría a los demás (pp. 44-45); pero para Lázaro, conocedor de su secreto, no es un hipócrita (pp. 37-38); es el suyo un bienintencionado fraude para que los demás se sueñen inmortales (p. 46): «que crean lo que yo no he podido creer» (p. 64). El sacerdote responde con evasivas a la pregunta directa de Ángela sobre si cree en la otra vida (p. 50), confiesa taxativamente a Lázaro que no hay más vida eterna que la de este mundo (p. 61) y manifiesta su convencimiento de que muchos grandes santos murieron sin creer en la otra vida (p. 73). Ángela tiene su propia teoría sobre el santo párroco de Valverde de Lucerna:

Y ahora, al escribir esta memoria, esta confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena, creo que don Manuel Bueno, que mi San Manuel y que mi hermano Lázaro se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada. […] Y es que creía y creo que Dios nuestro Señor, por no sé qué sagrados y no escudriñados designios, les hizo creerse incrédulos. Y que acaso en el acabamiento de su tránsito se les cayó la venda (pp. 76-77).

También se afirma luego del sacerdote que «sin esperar la inmortalidad los mantuvo en la esperanza de ella» (p. 79). Y ese fue su «secreto trágico», su «tragedia», en eso precisamente consistió su «martirio»[8].


[1] Aprovecho aquí ideas del libro de Pedro Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico. Filosofía y tragedia en Miguel de Unamuno, Madrid, Editorial Trotta, 1996, pp. 647-662 (sobre La agonía del cristianismo) y 714-732 (sobre San Manuel Bueno, mártir).

[2] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[3] Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico, p. 651.

[4] Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico, p. 653.

[5] Para Cerezo Galán, Unamuno está más cerca del sentimiento trágico de Pascal que del escepticismo místico de Renan (cfr. La agonía del cristianismo, cap. VIII, «La fe pascaliana»).

[6] «Lo que a lo largo de las páginas de San Manuel encontramos es una defensa apasionada del querer creer sin llegar a la fe. […] Es sostener que, aunque no se crea, el mejor camino para llegar a creer es vivir como si se creyera y rezar siempre, tomar agua bendita» («Morir y sobrevivir. Estructura autobiográfica en San Manuel Bueno, mártir», lección inaugural del curso académico 1968-1969 de la Universidad de Barcelona, sección de Palma de Mallorca, Palma de Mallorca, 1969, p. 14).

[7] Cerezo Galán, Las máscaras de lo trágico, p. 725.

[8] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno, o la agonía de la fe

En el breve prólogo que Miguel de Unamuno antepuso a San Manuel Bueno, mártir[1] en la edición de «La novela de hoy» comentaba:

Esta novelita ha de ser una de mis obras más leídas y gustadas en adelante como una de las más características de mi producción toda novelesca. […] Y quien dice novelesca dice filosófica y teológica. Y así pienso yo, que tengo la conciencia de haber puesto en ella todo mi sentimiento trágico de la vida cotidiana[2].

Se trata, en efecto, de una obra de madurez y de síntesis, en la que el escritor vasco resume algunas de sus más hondas inquietudes. En el análisis que sigue tengo que dejar de lado aspectos interesantes de una novela tan compleja como esta (por ejemplo, la identificación de don Manuel Bueno con don Quijote, Alonso Quijano el bueno; el rico simbolismo del lago y la montaña; el complicado juego de perspectivismo y distanciamiento narrativos, etc.), para centrarme en algunos puntos esenciales.

Unamuno-penagos.jpgComo es bien sabido, San Manuel Bueno, mártir refiere la tragedia de un sacerdote, el párroco de Valverde de Lucerna, que no cree en la vida eterna, pero que finge tener fe —y vive «como si» la tuviera— para no perjudicar la salud espiritual de todos los creyentes que le han sido confiados a su cura de almas. Junto a este personaje agónico, don Manuel, cuyas luchas son trasunto de las que sostuvo el propio Unamuno, Ángela y Lázaro, una pareja de hermanos, creyente ella, descreído él, forman el triángulo principal de personajes. Los tres abordan el problema de la fe desde tres actitudes o perspectivas distintas: la del «profesional» de la religión al que la fe «se le supone»; la de la mujer educada en un colegio religioso y que cree sinceramente, según ella misma confiesa; y la del espíritu escéptico que vuelve del Nuevo Mundo imbuido de ideas progresistas y modernizadoras, y que acaba convertido por el sacerdote, no a la fe (que no la tiene), sino a la religiosidad. Para Ángel-Raimundo Fernández González[3], el autobiografismo de la novela es total y complejo, y en ella están en síntesis los tres yos de Unamuno, retratados en la tríada de personajes principales: don Manuel es el Unamuno de la intrahistoria y encarna los aspectos fundamentales y agónicos de su vivir; Ángela es el Unamuno de la adolescencia, el más auténtico; y Lázaro, el Unamuno de la historia, el Unamuno de la vida política y social. La figura del bobo Blasillo, especie de contrapunto o alter ego del sacerdote —al tiempo que símbolo de su imposible fe, encarnación de una idea de Blas Pascal—, y el lago y la montaña, cuya continua y simbólica presencia los eleva a la categoría de personajes, completan la nómina de los protagonistas principales[4].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Podrían citarse muchos pasajes similares; baste este de su artículo «Novelas de actualidad», Nosotros, 1922, p. 453: «Toda novela verdaderamente original es autobiográfica. El autor —poeta más bien, o sea creador— se pone, o mejor se da, en todas y cada una de sus criaturas».

[3] En «Morir y sobrevivir. Estructura autobiográfica en San Manuel Bueno, mártir», lección inaugural del curso académico 1968-1969 de la Universidad de Barcelona (sección de Palma de Mallorca), Palma de Mallorca, 1969.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

Miguel de Unamuno, del ensayo a la novela filosófica

Miguel_de_Unamuno.jpgToda la producción novelística de Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936) se sitúa en una zona de transición entre la narrativa y el ensayo. En efecto, todas sus novelas —sus nivolas, por emplear el marbete que el escritor acuñó— destacan por su alto contenido ideológico, pues están concebidas como un vehículo para la expresión de conflictos existenciales, para el desarrollo de las inquietudes del autor, que se manifiestan en el conjunto de su producción literaria. Esta circunstancia condiciona sus características y, así, las novelas de Unamuno resultan altamente subjetivas y líricas, plenas de simbolismo; en ellas, la palabra (los diálogos o monólogos de los personajes) predomina de forma notable sobre la acción. Títulos como Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921) o San Manuel Bueno, mártir (1931), además de algunas de sus piezas narrativas cortas, constituyen buenos ejemplos al respecto.

Es más, a veces las novelas retoman ideas que su autor ya había expuesto en sus escritos de contenido y tono filosófico. Por ejemplo, Niebla (1914) es una novela que resume, a través de las vivencias sentimentales y existenciales de su protagonista Augusto Pérez, lo expuesto en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913). De la misma forma, hay también un claro trasvase de ideas de La agonía del cristianismo (ensayo publicado en 1931, pero escrito algunos años antes) a San Manuel Bueno, mártir (1931, fechada en noviembre de 1930). Sería interesante analizar las relaciones entre estas dos parejas de libros, si bien voy a centrarme en los dos últimos títulos citados[1]. Por supuesto, no voy a intentar un análisis exhaustivo de ambas obras —piezas claves las dos en la obra unamuniana y que cuentan con abundante bibliografía—, sino que me limitaré a compararlas, mostrando la relación de la pieza narrativa con el ensayo previo, en dos sentidos:

1) Por un lado, señalaré cómo la idea general de La agonía del cristianismo subyace también en la acción y en el pensamiento de San Manuel Bueno, mártir: la vida, la vida cristiana en concreto, se concibe como agonía (en el sentido etimológico de la palabra, ‘lucha’, que Unamuno pretendía recuperar). Esa agonía se da sobre todo en el protagonista, don Manuel, personaje que sufre en su interior la dura pugna del vivir y del creer o, mejor, del vivir queriendo creer, pero sin poder creer.

2) En segundo término, me fijaré en algunas ideas concretas de la novela que recuperan otras del ensayo, a veces, con notables coincidencias en determinados pasajes o en los intertextos citados[2].

Pero eso será ya en próximas entradas…


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

La recepción del «Quijote» en el siglo XX

Vida de don Quijote y Sancho, de UnamunoSi pasamos ahora al siglo XX, debemos recordar que algunas aportaciones fundamentales se producen con motivo del III Centenario, en 1905, de la publicación de la Primera Parte del Quijote[1]. En ese año se publican la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno y La ruta de don Quijote de Azorín. La primera de esas obras es una recreación mítica de la novela cervantina, centrada en el drama vital de los personajes de don Quijote y Sancho. De acuerdo con la interpretación unamuniana, las novelas intercaladas y otros aspectos formales del Quijote quedan relegados a un plano muy secundario, y se da toda la importancia a la problemática existencial de los protagonistas. Para Unamuno, Cervantes es un creador inconsciente de la trascendencia de su creatura: para él, don Quijote, el personaje, está por sobre Miguel de Cervantes, el escritor. Por lo que toca a Azorín, de acuerdo con su práctica habitual de establecer una aproximación cercana a los clásicos (y frente a la tendencia a trabajar en abstracto de los críticos cervantinos), va a centrar su mirada en las gentes y en las tierras de la Mancha, en sus paisajes y costumbres, porque para él el Quijote es «un libro de realidad». También el máximo poeta del Modernismo, el nicaragüense Rubén Darío, se interesó, por esas mismas fechas, en Cervantes y don Quijote, dedicándoles algunas composiciones poéticas, ensayos y narraciones, entre las que cabe destacar su magistral «Letanía de nuestro señor don Quijote»[2], publicada en Cantos de vida y esperanza (1905).

Meditaciones del Quijote, de Ortega y GassetEn la década siguiente, encontramos otro aporte fundamental: las Meditaciones del «Quijote» (1914) de José Ortega y Gasset, libro en el que, de acuerdo con su filosofía racio-vitalista, interpreta al personaje como un símbolo del hombre que tiene un proyecto vital y lucha por hacerlo realidad. Una década después se suma otro título señero en la historia de la recepción del Quijote: nos referimos a la obra de Américo Castro El pensamiento de Cervantes (1925), que marca una ruptura frente a la crítica anterior. Para Castro, Cervantes estaba familiarizado con las poéticas del Renacimiento y el tema central del Quijote es la polémica relación entre historia y poesía. Señala además que el pensamiento de Cervantes es unitario, un sistema coherente que se va conformando en todas sus obras, en el que el aspecto artístico y la expresión de una ideología van de la mano. En cualquier caso, ese pensamiento es difícil de aprehender porque se expresa de una forma ambigua, tamizada por la ironía y el perspectivismo. Décadas después, con Hacia Cervantes (1957) y Cervantes y los casticismos españoles (1966), Castro modifica las ideas expuestas en 1925 y plantea su teoría del Quijote como manifestación cimera del sistema de valores de los judeoconversos españoles.

Al año siguiente, 1926, se añaden otros dos trabajos significativos: la Guía del lector del «Quijote» de Salvador de Madariaga y Don Quijote, don Juan y la Celestina de Ramiro de Maeztu. Desde ese momento, las líneas de interpretación se multiplican y diversifican y, de acuerdo con Close[3], podríamos resumirlas —muy esquemáticamente— en las siguientes tendencias: 1) perspectivismo (Spitzer, Riley, Mia Gerhard); 2) existencialismo (Castro, Gilman, Durán, Rosales); 3) narratología o socio-antropología (Redondo, Joly, Moner, Segre); 4) estilística (Hatzfeld, Spitzer, Casalduero, Rosenblat); 5) inventario de fuentes del pensamiento (Bataillon, Vilanova, Márquez Villanueva, Forcione, Maravall); 6) oposición al impulso modernizante de Castro (Auerbach, Parker, Green, Riquer, Russell, Close). Hay además otras corrientes críticas que derivan de tradiciones antiguas: 7) actitud ante la tradición caballeresca (Murillo, Williamson, Eisenberg); 8) estudio de errores (Stagg, Flores); 9) lengua y estilo (Amado Alonso, Rosenblat); 10) biografía de Cervantes (McKendrick, Canavaggio); 11) estudios del género novela (Riley, estructuralismo, postmodernismo)[4].

En definitiva, cada época, cada generación, cada corriente crítica y filosófica ha leído e interpretado el Quijote de forma diferente, proyectando sobre él sus preocupaciones y problemáticas. Sobre la novela cervantina se han acumulado multitud de interpretaciones literarias, ideológicas, simbólicas, estéticas, etc., aunque todas esas interpretaciones se podrían sintetizar en dos grandes líneas: la que incide en los aspectos serios (el Quijote como libro profundo, con un gran contenido ideológico, etc.) y la que se centra en los aspectos cómicos (el Quijote como libro de entretenimiento, lleno de burlas y gracias del lenguaje). Todo este crisol de interpretaciones constituye una prueba palpable de la riqueza de una obra con inmensas potencialidades, de un clásico, en suma, que sigue y seguirá dando lugar a inagotables acercamientos críticos.


[1] Este texto está extractado de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Lo reproduzco aquí con ligeros retoques.

[2] Comienza con esta estrofa: «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes, / coronado de áureo yelmo de ilusión; / que nadie ha podido vencer todavía, / con la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón».

[3] Anthony Close, «Interpretaciones del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, vol. I, pp. CLX-CLXIV.

[4] Ver Close, «Interpretaciones del Quijote», pp. CXLII-CLXV.