Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: los besos y las flores

El de los besos es un motivo bastante repetido en Teresa[1] de Unamuno, pero menos importante. Se habla de besos «febriles» (siempre está presente la enfermedad) en la rima 10, de los besos de Teresa que aún viven en las mejillas de su hermanita (rima 50), de un beso en los dedos (rima 23), de los primeros besos que se dieron (rimas 58, 89 y 90). La vida y la muerte se entremezclan con los besos, pues si bien «en cada beso nuestro amor vivía, / nacía en cada beso», en otra ocasión se habla de «un beso lento, / pero beso de muerte» (rimas 30 y 77, respectivamente).

«Lʼanniversaire», de Marc Chagall
«Lʼanniversaire», de Marc Chagall

Tradicionalmente la flor ha sido el símbolo por excelencia de la fugacidad de la belleza (desde, por lo menos, el «Collige, uirgo, rosas…» de Ausonio). Pero el valor de los símbolos no es siempre unívoco y, así, nuestro poeta puede hablar de «la eternidad de la flor»:

Recordando tus dolores,
dolores de puro amor,
aquí te traigo estas flores,
fruto de nuestros amores:
¡La eternidad es la flor! (rima 54).

La flor puede asociarse también al ocaso: «Y entonces a poniente el cielo se hace / todo como una rosa» (rima 9); la mar quiere «ceñir al sol poniente una amapola / que en ella muere» (rima 91). Puede tratarse de un simple motivo: «¿Te acuerdas de la amapola / que hube una vez de prender / en tu pecho?…» (rima 54), y lo mismo la corona de siemprevivas de la rima 56. Sirve también como base para una metáfora: sangre=rosas o pétalos de carne (rimas 6 y 10, al hablar del pañuelo manchado). O puede simbolizar a la mujer amada: Teresa es «lirio / de casta pureza» (rima 54). Además del término genérico flor, flores[2], se emplea rosas, lirios, amapolas, siemprevivas, pensamientos y azucenas[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Los poemas en los que se encuentran menciones de las flores como motivo o como símbolo son los números 6, 7, 9, 10, 16, 20, 26, 43, 44, 51, 54, 56, 60, 69, 73, 91, 92 y 98.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la enfermedad

Además de lo dicho al tratar de la descripción de la amada, la enfermedad se refleja en algunos versos de las rimas de Teresa[1] de Unamuno: en la 21 se habla de «eslabón de fiebre», en la 46 de «la fiebre / que ceñía por dentro a sus huesos», en la 60 de «noches de febril desvelo». En la 54 leemos: «y en fiebre hacía esclava / de tu salud mi salud». La 47 es un diálogo entre Teresa y Rafael en el que ella manifiesta su intención de marchar en verano a la sierra «para dorarme al sol de las alturas», esto es, para someterse a una «helioterapia».

«La primera y última comunión», de Cristóbal Rojas (Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)
«La primera y última comunión», de Cristóbal Rojas (Galería de Arte Nacional, Caracas, Venezuela)

En cualquier caso, la referencia más clara a la tisis (Rafael morirá de la misma enfermedad que su amada) se halla en la rima 13: «Me muero de un mal cursi, Bécquer mío, / se me agota el pulmón»[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el amanecer y el ocaso

Normalmente identificamos amanecer con ‘vida, nacimiento’ y ocaso con ‘fin, muerte’. Sin embargo, en Teresa[1] de Unamuno ambos términos se hacen sinónimos: «El ocaso y el alba son lo mismo» (rima 59), «El alba y el ocaso se fundían / sobre tu cuna, / y fundidos en uno me traían / nuestra fortuna» (rima 68). En esa misma rima se anuncia que «nace el alba en tu tierra de la huesa» y que «Es un alba sin sol, eterna aurora / que siempre avanza». Sigue una poética descripción del ocaso, que «era tu hora»:

En la rosada puesta del oeste
lento sonaba
toque fundido en el azul celeste
como de aldaba.
Le cerré al cielo el ojo en un abrazo
la campa en lloro,
recojiendo piadosa en su regazo
lágrimas de oro.

Atardecer en un campo de trigo con un árbol al fondo

La rima 69 es muy importante: Rafael recuerda que quemó sobre la tumba los versos escritos en vida de Teresa «a la puesta del sol, hora / de nuestro amor». En fin, en la rima 71 la sonrisa de la amada se equipara al amanecer[2]: «El alba es tu sonrisa y es la brisa / del alba tu respiro; / acuérdate cuando iba al alba a misa / por ti y en el retiro / por mí rogaba»[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Otros ejemplos de estos motivos: «A la puesta del sol la cruz del leño […] / va alargando su sombra. / Es el reló de sol de la otra vida, / el que nos marca la hora / de la oración eterna, mi Teresa, / y de la eterna boda» (rima 9); «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas…» (rima 56); «…y el sol, todo luz, más amortiguado / su fuego, se acostaba / tibio en tierra / con un ocaso dulce y sosegado» (rima 64). Y más ocurrencias en las rimas 11, 51, 74 y 80.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: la tierra y la yerba y la cruz

Los motivos y símbolos presentes en el poemario Teresa[1] de Unamuno son muy abundantes[2] y muchos de ellos, o bien remiten directamente a la muerte, o bien aparecen en función de ella, mediatizados por ella.

La tierra y la yerba son símbolos muy importantes y repetidos en el poemario, sinónimos los dos de ‘muerte’ (se reiteran al hablar de la tumba de Teresa), aunque, como luego señalaré al tratar de los temas, la muerte no siempre tiene aquí connotaciones negativas, pues es un paso hacia la Vida perdurable. Ya en la primera rima leemos: «Ya, Teresa, me espera / para la eterna cita, / hecho tierra bendita / tu pobre corazón». En la número 5: «… y mirabas el blanco sendero / que a la tierra nos lleva, que hoy guarda, / Teresa, tu cuerpo». En la rima 8 se recuerda que las golondrinas «sobre tu tierra vuelan sin cesar» y se menciona «la yerba / bajo que has ido al fin a descansar». La siguiente indica que una cruz «tu frente corona / sobre la yerba de tu camposanto»[3]. Toda la rima 12 gira en torno al símbolo de la tierra:

Todos los de mi sangre, de mi raza,
duermen en tierra,
los más desde hace siglos,
en tierra mi Teresa…
[…]
y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra… 
[…]
y en tierra están sumidos
tus ojos, mi Teresa…

La consideración de la tierra como madre se repite en la rima 52: «Teresa, en la última cuna, / la de madre tierra, pide / que nunca Dios nos olvide / lo que es vivir de verdad». En la 40 se escribe: «Bañé con el rocío de mis lágrimas / el vestido, Teresa, / de tierra que reviste y que recubre / a tu cuerpo de tierra». Nótese aquí la identificación ya total del cuerpo de Teresa con la tierra: su cuerpo es de tierra. De forma similar, en la rima 45 se equiparan sus ojos verdes con la hierba que rodea a su sepultura: «Mas tus ojos verdes, —mi eterna Teresa, / los que están haciendo —tu manto de yerba…».

Tumba rodeada de hierba

Al final, la misma tierra unirá a los amantes, ahora separados: «Lloverá sobre la tierra / que confunda nuestros huesos, / la que nuestras carnes cierra; / serán de lluvia los besos; / sólo el que muere no yerra» (rima 87). La tierra que cubre a Teresa muerta, con su manto de yerba, es un símbolo de la muerte; pero la muerte es el nacimiento a una nueva vida, de ahí que el poeta pueda llamar «cuna» a la huesa en que yace la amada de Rafael[4].

En cuanto a la cruz, es un símbolo íntimamente relacionado con los dos anteriores, porque una cruz preside la sepultura de Teresa. Sus primeras apariciones se registran en las rimas 9 y 20, a las que pueden añadirse la 43: «Y de la cruz que tu tierra corona / brota invisible un Jordán de pureza»; y la 56: «A la puesta del sol vi la corona / de siemprevivas que colgué con manos / temblorosas del leño que eslabona / tu tierra con tu cielo como hermanos» (donde leño equivale a ‘cruz’)[5].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Esta clasificación mía puede cotejarse con la que ofrece Ángel-Raimundo Fernández González en su libro Unamuno en su espejo, Valencia, Bello, 1976, pp. 180-186, la cual incluye motivos cósmicos (otoño, atardecer, noche, amanecer, campo y sierra, mar, tierra, yerba, lluvia), motivos animales (gato, macho cabrío, golondrinas), motivos corporales de la amada (ojos, boca, labios, oídos, dedos, pelo, voz, corazón, respiración, senos), motivos ideales de la amada (nombre, sueño), cosas de la amada (pañuelo), personas queridas de la amada (abuelos, antepasado, primo), otros motivos (la tabla de multiplicar, celos, coronas de flores siemprevivas, medallones de piedra), apoyos literarios (parejas de amantes, don Miguel de Unamuno), motivos religiosos (María y oraciones, Eva) y, en fin, motivos psicológicos (Amor y Muerte).

[3] En la rima 20 aparece de nuevo unida la cruz de la sepultura de Teresa a la tierra en que descansa: «Hoy, cuando la frente inclino / sobre tu tierra, Teresa, / siento la cruz del destino / cómo me llama a tu huesa».

[4] Pueden verse más ejemplos en la rima 47: «Poco después en sus brazos / de sombra / te recojía la tierra materna / y da el padre sol a la verde alfombra / de tu cuna final su lumbre eterna»; en la 57: «Pronto irás también tú, corazón mío, / a la cama de tierra del reposo / que nunca acaba…»; en la 60: «…no al Dios que vela, sino al Dios que duerme, / tierra su almohada. […] Espero despertarme entre tus brazos / hechos tierra mollar, fresca y oscura, / hechos reposo»; en la 68: «…nace el alba en tu tierra de la huesa»; en la 69: «Bien sé por fin que es divina la tierra / que guarda tu beldad, / y sé que el cielo en la tierra se encierra / por toda la eternidad». Las citas podrían multiplicarse (otras rimas en las que aparecen ocurrencias de la tierra o la yerba: 3, 19, 26, 40, 43, 46, 55, 71…).

[5] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el recuerdo y el olvido

Son dos motivos bastante importantes en Teresa[1] de Unamuno, que representan como casi todos los otros a la muerte, y muy relacionados con los símbolos de la tierra y el sueño.

Tumbas en un cementerio

Recojo a continuación las principales ocurrencias:

Hay una tierra blanda, verde y rubia,
donde se oye la canción del mar,
abriga tus recuerdos, mis recuerdos,
¡y la canción me llama a recordar!… (rima 3)

… y vine aquí al olvido
de nuestra madre Tierra (rima 12).

Sueño despertar un día,
y sueño que estoy dormido,
y es mi vida la agonía
de recordar el olvido.
Sueño algún día dormirme
y sueño que estoy bien cuerdo,
y tiemblo de que al morirme
me he de olvidar del recuerdo (rima 21).

Es que me está matando calentura
de no ser una tierra con su tierra,
olvido con su olvido y un recuerdo
que su recuerdo encierra (rima 31).

Hoy en las horas febriles
de mi pasión
te recuerdo como antes que viniera
sobre mí tu mirada,
recuerdo aquella niña…
[…]
Tristes, dulces, serenos recuerdos
de recuerdos,
chapuzones del alma en la fuente
del naciente (rima 74)[2].

¡Dormirse en el olvido del recuerdo,
en el recuerdo del olvido,
y que en el claustro maternal me pierdo
y que en él desnazco perdido! (rima 78)[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Nótese la sugerente metáfora aposicional recuerdos=chapuzones.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Motivos y símbolos de «Teresa» (1924) de Unamuno: el pañuelo y la reja

El motivo del pañuelo aparece en la rima 6 de Teresa[1] de Unamuno: «Cuando te dio la tos, con el pañuelo / te tapaste la boca», de forma que el lienzo se mancha de sangre («las rosas de tu pecho»). Después Rafael colocará ese pañuelo sobre la tumba de Teresa: «He puesto aquí, sobre tu yerba verde, / aquel pañuelo, ¿sabes? / que guarda ajados copos de tu pecho, / pétalos de tu carne». Como señala Fernández González, se trata de «un reproche de su instinto de vivir»[2]. En efecto, poco después añade el joven: «Cobarde, sí, pues que mi pecho aún siente / ardiente sed del aire, / en vez de hambre de tierra, de tu tierra, / donde mi muerte acabe».

Cortejo ante la verja (Museo Carmen Thyssen Málaga)

Por lo que respecta a la reja, se cita en varias ocasiones, la primera en la rima 1, en sus versos iniciales: «Yo, sin saber por dónde, / junto a la reja estaba / y al oído te hablaba / de nuestro eterno amor». Aparece de nuevo en la 23: «… a la reja / te asiste cual cautivo a tu grillete»; y en la 28: «Mi corazón latía contra el hierro / de la implacable reja». Por un lado, se trata del reflejo de una forma de cortejar a la mujer. Pero puede interpretarse además como un símbolo de la separación de los amantes, de su amor no culminado en esta vida, a tenor de estas palabras de Unamuno en la «Presentación»: «¿De qué murió mi Rafael? Me han asegurado que, como su Teresa, de tisis, de consunción pulmonar, de agotamiento del corazón. Yo creo que murieron de la reja. Y de amor insaciado e insaciable»[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Ángel-Raimundo Fernández González, Unamuno en su espejo,Valencia, Bello, 1976, p. 183.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Estructura de «Teresa» (1924), de Unamuno (y 2)

En la entrada anterior me refería a la estructura de Teresa[1] de Unamuno, poniéndola en relación con la de los cancioneros a la manera petrarquista. Todavía podrían apurarse algunas coincidencias más entre. Así, siguiendo la tradición de las teorías amorosas neoplatónicas, los rasgos más destacados en la caracterización de la amada de Rafael son los menos materiales (el nombre, la voz, la mirada); o bien los que, siendo ya físicos, transmiten una visión idealizada de la mujer (las manos, el cabello). Respecto a la importancia del nombre, verdadera esencia de la persona amada, prácticamente en todas estas rimas se repite el de Teresa, facilitando muchas veces una consonancia con huesa, palabra muy repetida a lo largo del libro. Es más, en la rima 19 el poeta inventa ateresar y ateresamiento, creaciones léxicas que cabe relacionar —fonéticamente, y también por las connotaciones positivas que encierran— con atesorar y atesoramiento.

La voz de la amada es el segundo elemento caracterizador, algo todavía no tangible. Desde las primeras referencias a ella se nos sugiere una voz frágil, quebrada, una voz «enferma», como enferma está Teresa: «Y yo oía las alas ya rotas / de tus pobres palabras volando, / con que triste susurro doliente / rozaban tus labios» (rima 4). La máxima idealización de esa voz se encuentra en la rima 73: «El río claro de tu voz fluía / tan sosegado y manso / que era agua cristalina que corría / en brazos de un remanso».

Remanso de un río entre árboles

También abundan en las páginas de Teresa las referencias a los ojos de la amada; así, las rimas 37 y 48 están dedicadas casi en su totalidad a esa parte del cuerpo, o bien a la mirada. Otra hermosa alusión se encuentra en el poema 63: «Eran tus ojos gemelos, / palomas de tiro al par, / que al carro de mis anhelos / le hicieron siempre volar».

Igualmente, son bastante frecuentes las alusiones a las manos de Teresa, y en concreto a sus dedos. Eran unas manos que «te temblaban de fiebre» (rima 2), pero que trataban de aferrarse al lino, a la vida (rima 3). Los dedos eran ahuesados, lívidos y marfileños (rimas 20 y 46), notas descriptivas que presentan matices relacionados con su enfermedad. En relación con la enfermedad están asimismo las menciones del pecho (toses, desmayos…, como por ejemplo en la rima 4). Otros rasgos de la descripción física de la amada como la boca (los labios, la sonrisa), la frente o el cabello registran menos ocurrencias[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Estructura de «Teresa» (1924), de Unamuno (1)

El título completo de la obra es Teresa. Rimas de un poeta desconocido presentadas y presentado por Miguel de Unamuno[1]. Este subtítulo nos avisa de algo que se explicará con detalle en la «Presentación», y es que Unamuno se dice «presentador», no autor, de los versos ahí recogidos. Tras el «Prólogo de Rubén Darío», un artículo titulado «Unamuno, poeta»[2], las palabras preliminares del escritor bilbaíno explican que un día recibió una carta de un joven llamado Rafael «herido de mal de amor y de muerte, de amor de muerte y de muerte de amor» (p. 267), el cual solicitaba sus consejos para corregir y mejorar sus poesías. A partir de ese momento siguió un intercambio de correspondencia y composiciones entre ambos: Rafael le enviaba con sus cartas algunos versos en que cantaba a su amada y Unamuno, por su parte, le mandaba otros que compuso inspirados por aquellos. Los versos del supuesto Rafael son las noventa y ocho rimas que componen el libro Teresa, mientras que algunos de los poemas «de Unamuno» se recogen en esta «Presentación» y en las «Notas» finales.

Cubierta de Teresa (Cátedra), de Miguel de Unamuno

Después de las rimas se añade una «Epístola» en tercetos, supuestamente redactada también por el joven poeta desconocido (le ha pedido que silencie su apellido), unas «Notas» de Unamuno que explican diversos aspectos léxicos, sintácticos o de contenido de los poemas anteriores y una «Despedida». De esta forma, el cuerpo lírico de Teresa aparece enmarcado por distintos fragmentos en prosa que alcanzan una considerable extensión (aproximadamente el 40% del libro); es el propio Unamuno, al comienzo de la «Despedida», quien explicita «todo el valor de este enmarcamiento de Teresa» con estas palabras:

¡El valor de un marco! El marco, a la vez que aísla al cuadro del ámbito de grosera realidad que suele cercarle, suele relacionarle con él. El marco representa una ventana abierta al infinito del arte, a la eternidad (p. 463).

Todas estas incrustaciones narrativas de carácter «objetivo» que rodean la parte lírica, «subjetiva», dan un carácter unitario al conjunto de los poemas, circunstancia que refuerza la impresión de historia que tienen los desdichados amores de Rafael y Teresa. En efecto, estamos ante una historia que podría habérsenos contado en prosa: el propio Unamuno utiliza la palabra relato para referirse a su obra («este relato, históricamente histórico», p. 270) e incluso nos ofrece un resumen de su argumento[3]. Los poemas que forman Teresa no son independientes entre sí, ya que existe un hilo conductor que los engloba y les da unidad de sentido completa, y vienen a constituir un cancionero de amor y de muerte. Si recordemos los tres rasgos principales que caracterizan a un cancionero petrarquista: 1) la mayoría de las composiciones son sonetos; 2) expresan una pasión intensa por una sola persona; y 3) el conjunto revela por parte del amante una conciencia aguda del paso del tiempo, o sea, de la historia progresiva de un gran amor, veremos que Teresa coincide plenamente con los dos últimos[4]: se canta amorosamente a una sola persona y existe conciencia del transcurso del tiempo, intensificada al final por la presencia cada vez más cercana de la muerte. Por supuesto, la obra unamuniana está ya lejos de ser un cancionero petrarquista, pero es indudable que guarda cierta semejanza estructural con el modelo clásico[5].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Publicado en La Nación de Buenos Aires el 2 de mayo de 1909. Darío explica su opinión de que Unamuno es ante todo poeta, «si [ser] poeta es asomarse a las puertas del misterio y volver de él con un vislumbre de lo desconocido en los ojos» (p. 257).

[3] «La historia de mi Rafael de Teresa era sencillísima y muy vulgar, más bien cursi, la historia del pobre chico provinciano, pueblero mejor: parroquial, que se enamora, sin darse de ello cuenta, de una de sus amigas de la niñez, con uno de esos amoríos que nacen como el alba, que se hace desde su comienzo costumbre del corazón y pasa a ser noviazgo, de esos noviazgos trágicamente apacibles a la española, que quema y aun calcina sus sentires y sus pensares en la calentura de la pubertad y que ve languidecer y morir de tisis a su primera, a su última, a su única novia. Y él —herido también de muerte, acaso por contagio—, no tarda en seguirle a tierra común. ¡La vieja historia romántica!» (pp. 267-268). En estas palabras se percibe cierto tono irónico que quizá podría darnos una clave de lectura diferente para la obra.

[4] No así el primero, pues son muy pocos los sonetos incluidos.

[5] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Las rimas de «Teresa» (1924), de Unamuno, un cancionero moderno de amor y de muerte

Aunque Teresa (1924)[1] no sea una de las obras poéticas más importantes de Miguel de Unamuno[2], este poemario presenta un interés indudable si lo consideramos como un cancionero moderno, como un eco —lejano, claro está— de los escritos a la manera del Cancionero por antonomasia, el de Francesco Petrarca, ya que en este libro se evoca el desarrollo progresivo de una romántica historia de amor que no logra interrumpir la muerte de la amada. Siguiendo el modelo clásico, el poeta Rafael-Unamuno presta atención a los rasgos que caracterizan a su amada: su nombre, su voz, los ojos y la mirada, las manos… y, en general, los menos materiales de la mujer inspiradora de los poemas. Todas las composiciones que se recogen en el libro son las escritas in morte, pues se explica que las redactadas en vida de Teresa fueron destruidas por Rafael, el alter ego de Unamuno.

Cubierta de Teresa (Renacimiento), de Miguel de Unamuno

Además, la riqueza de motivos y símbolos presentes en Teresa es muy notable (la tierra y la yerba, el otoño y el color amarillo, el amanecer y el ocaso, el recuerdo y el olvido, el sueño…). El poemario resulta igualmente interesante por plantear temas universales, en especial, el Amor, la Vida y la Muerte (así, con mayúsculas); los tres están estrechamente relacionados porque, para Unamuno, el amor es vida y la muerte también es vida: al final, en Teresa, los tres conceptos se identifican y podemos hablar de un amor, una muerte y una vida eternos. Todo esto relacionado con las omnipresentes preocupaciones religiosas de Unamuno: su problemática fe, su querer creer, su «hambre de Dios», su anhelo de inmortalidad…

Estos tres aspectos del poemario —estructura, motivos y símbolos y temas— son los que iré analizando en las próximas entradas[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Sobre Teresa pueden consultarse los trabajos de Manuel García Blanco, «Notas de estética unamuniana. A propósito de su libro de rimas Teresa (1924)», Revista de Ideas Estéticas, 49, enero-marzo de 1925, pp. 3-26; Emilio González López, «La poesía de Unamuno: el relato poético de Teresa», La Torre (San Juan de Puerto Rico), XVII, 1969, pp. 84-89; Moraima de Semprún Donahue, «El amor como tema de la eternidad en las rimas de Teresa de Unamuno», Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, XXII, 1972, pp. 23-32; Francisco J. Blasco, «Miguel de Unamuno: Teresa», España Contemporánea. Revista de Literatura y Cultura (Columbus, Ohio), t. II, núm. 3, 1989, pp. 37-60; Jesús G. Maestro, «El discurso intercalado en la lírica de Miguel de Unamuno (diálogo y dialogismo en la rima L de Teresa)», en Margarita Smerdou Altolaguirre y Manuel Bonsoms (eds.), El relato intercalado,Madrid, Fundación Juan March / Sociedad Española de la Literatura General y Comparada, 1992, pp. 141-152; Jesús G. Maestro, «La literatura como provocación de la religión: Teresa (1924) de Unamuno», Hispanística, XX, 21, 2003, pp. 151-160; Bénédicte Vauthier, «Releyendo Teresa. Rimas de un poeta desconocido presentadas y presentado por Miguel de Unamuno a la luz de una cuartilla inédita. Un alegato unamuniano a favor de la modernidad de Bécquer», en Ana Chaguaceda Toledano (ed.), Miguel de Unamuno. Estudio sobre su obra, IV. Actas de las VII Jornadas unamunianas, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2009, pp. 47-57; María Consuelo Belda Vázquez, «Teresa», de Miguel de Unamuno: entre la tradición y la renovación, Tesis doctoral dirigida por Montserrat Cots Vicente, Tarragona, Universitat Pompeu Fabra, 2012; y Marta Beatriz Ferrari, «Teresa, un diálogo entre Bécquer y Unamuno», publicado en línea el 07-08-2017.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

«San Manuel Bueno, mártir» y «La agonía del cristianismo», de Unamuno: intertextualidad

Denario romanoLa relación entre ambas obras[1] de Unamuno puede buscarse también en la abundancia de reminiscencias evangélicas —o bíblicas, en general— que comparten. Así, la novela se abre con una cita de San Pablo, 1 Cor, XV, 19, que le sirve de lema: «Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres todos»; pues bien, esa cita ya estaba recogida en La agonía del cristianismo —al hablar de que el cristianismo fue una preparación para la muerte y para la resurrección, para la vida eterna— de esta forma: «Si Cristo no resucitó de entre los muertos, somos los más miserables de los hombres» (La agonía del cristianismo, p. 38). El recuerdo de la indicación de Jesús de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mateo, XXII, 23-33 y Lucas, XX, 25) aparece en San Manuel Bueno, mártir, p. 17 y en La agonía del cristianismo, pp. 39, 71 y 72; la frase «Mi reino no es de este mundo» (San Manuel Bueno, mártir, p. 57) la encontramos al principio del capítulo VI, «El supuesto cristianismo social», de La agonía del cristianismo. Igualmente, el «Bienaventurados los pobres de espíritu» del Sermón de la Montaña (Mateo, V, 3) figura tanto en San Manuel Bueno, mártir, p. 47 como en La agonía del cristianismo, p. 69; «Mi alma está triste hasta la muerte» (Marcos, XV, 34) la leemos en San Manuel Bueno, mártir, p. 59 y en La agonía del cristianismo, p. 44; la frase de Jesús al buen ladrón «Mañana estarás conmigo en el paraíso» (Lucas, XXIII, 39-44) figura repetida en San Manuel Bueno, mártir, p. 61 y en La agonía del cristianismo, p. 92. En fin, otra reminiscencia bíblica muy del gusto de Unamuno es la afirmación de que quien ve la cara a Dios muere, presente en San Manuel Bueno, mártir, pp. 66 y 72 y en La agonía del cristianismo, p. 103[2].

También hay intertextualidad común no bíblica. Así, la conocida frase del catecismo del Padre Astete «…doctores tiene la Iglesia…» está en San Manuel Bueno, mártir, pp. 30 y 62 y en La agonía del cristianismo, pp. 93-94; y la afirmación de Karl Marx de que «La religión es el opio del pueblo», con la que juega Unamuno en San Manuel Bueno, mártir, p. 58, quedaba aludida en La agonía del cristianismo (por ejemplo, en la p. 96).

A veces la coincidencia textual entre ambas obras, novela y ensayo, no estriba en la cita común de un pasaje ajeno, sino que viene a desarrollar una misma idea unamuniana. Un ejemplo bastará. Un pasaje de La agonía del cristianismo (cap. VI, «La fe pascaliana», p. 92) dice así: «Y un cristiano debe creer que todo cristiano, más aún, que todo hombre, se arrepiente a la hora de la muerte; que la muerte es ya, de por sí, un arrepentimiento y una expiación, que la muerte purifica al pecador». Pues bien, es indudable la relación con el fragmento del capítulo quinto de San Manuel Bueno, mártir en el que el padre de un suicida pregunta al sacerdote si dará tierra sagrada a su hijo, a lo que responde: «Seguramente, pues en el último momento, en el segundo de la agonía, se arrepintió sin duda alguna» (San Manuel Bueno, mártir, pp. 21-22).

Por último, también coinciden ambas obras en el empleo de las etimologías, tan frecuentes junto con los juegos de palabras en La agonía del cristianismo (algunas de las que aparecen en San Manuel Bueno, mártir: de Miguel, de arcángel, de diablo… estaban recogidas igualmente en el ensayo previo).

Aunque no he podido detenerme a desarrollar algunos aspectos complejos, ni he pretendido apurar todas las afinidades existentes entre ambas piezas, creo que lo apuntado basta para comprobar la estrecha relación que las une. La proximidad de redacción facilita ese trasvase de ideas del ensayo a la novela, no menos que la idea unamuniana de que la novela es filosofía y teología, a la vez que agónica autobiografía espiritual de su autor[3].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] Otros motivos simbólicos que convendría examinar son la caravana en la que muere el guía (San Manuel Bueno, mártir, p. 18) y el guía que no logra entrar en la tierra de promisión (San Manuel Bueno, mártir, pp. 65-66).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.