Estructura de «Teresa» (1924), de Unamuno (y 2)

En la entrada anterior me refería a la estructura de Teresa[1] de Unamuno, poniéndola en relación con la de los cancioneros a la manera petrarquista. Todavía podrían apurarse algunas coincidencias más entre. Así, siguiendo la tradición de las teorías amorosas neoplatónicas, los rasgos más destacados en la caracterización de la amada de Rafael son los menos materiales (el nombre, la voz, la mirada); o bien los que, siendo ya físicos, transmiten una visión idealizada de la mujer (las manos, el cabello). Respecto a la importancia del nombre, verdadera esencia de la persona amada, prácticamente en todas estas rimas se repite el de Teresa, facilitando muchas veces una consonancia con huesa, palabra muy repetida a lo largo del libro. Es más, en la rima 19 el poeta inventa ateresar y ateresamiento, creaciones léxicas que cabe relacionar —fonéticamente, y también por las connotaciones positivas que encierran— con atesorar y atesoramiento.

La voz de la amada es el segundo elemento caracterizador, algo todavía no tangible. Desde las primeras referencias a ella se nos sugiere una voz frágil, quebrada, una voz «enferma», como enferma está Teresa: «Y yo oía las alas ya rotas / de tus pobres palabras volando, / con que triste susurro doliente / rozaban tus labios» (rima 4). La máxima idealización de esa voz se encuentra en la rima 73: «El río claro de tu voz fluía / tan sosegado y manso / que era agua cristalina que corría / en brazos de un remanso».

Remanso de un río entre árboles

También abundan en las páginas de Teresa las referencias a los ojos de la amada; así, las rimas 37 y 48 están dedicadas casi en su totalidad a esa parte del cuerpo, o bien a la mirada. Otra hermosa alusión se encuentra en el poema 63: «Eran tus ojos gemelos, / palomas de tiro al par, / que al carro de mis anhelos / le hicieron siempre volar».

Igualmente, son bastante frecuentes las alusiones a las manos de Teresa, y en concreto a sus dedos. Eran unas manos que «te temblaban de fiebre» (rima 2), pero que trataban de aferrarse al lino, a la vida (rima 3). Los dedos eran ahuesados, lívidos y marfileños (rimas 20 y 46), notas descriptivas que presentan matices relacionados con su enfermedad. En relación con la enfermedad están asimismo las menciones del pecho (toses, desmayos…, como por ejemplo en la rima 4). Otros rasgos de la descripción física de la amada como la boca (los labios, la sonrisa), la frente o el cabello registran menos ocurrencias[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa,de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

«Corpus Christi», soneto de Antonio Murciano

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Vaya para este día del Corpus Christi, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (que ya no se celebra, como antiguamente, el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, sino el domingo siguiente a Pentecostés), el delicado soneto de igual título, «Corpus Christi», de Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, 1929- ). Este poeta, que se encuadra en el grupo andaluz de la Generación poética del 50, está considerado uno de los máximos representantes de la poesía neopopular y neoflamenca, y es también un gran cantor de la poesía de la Navidad y de otras temáticas religiosas (algunos de sus poemas han quedado recogidos en este blog, por ejemplo su «Villancico de los qué dirán», su décima «A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera» o su soneto «Acción de gracias»).

Del poema, un apóstrofe al «hombre», en general, para que rinda adoración al paso del Santísimo Sacramento, cabe destacar el neologismo azucenamente (v. 3) o el juego paronomástico del último verso, «poco de pan, copo de pan».

Hombre arrodillado ante el Santísimo Sacramento.

Este es el texto completo del soneto:

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que solo un soplo de aire le sostiene.

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni límites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.

Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma ondulante;
las torres en tropel, campaneando.

Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
—poco de pan, copo de pan— pasando[1].


[1] Tomo el texto de la revista Muñidor, año XXI, núm. 80, p. 2.

Las rimas de «Teresa» (1924), de Unamuno, un cancionero moderno de amor y de muerte

Aunque Teresa (1924)[1] no sea una de las obras poéticas más importantes de Miguel de Unamuno[2], este poemario presenta un interés indudable si lo consideramos como un cancionero moderno, como un eco —lejano, claro está— de los escritos a la manera del Cancionero por antonomasia, el de Francesco Petrarca, ya que en este libro se evoca el desarrollo progresivo de una romántica historia de amor que no logra interrumpir la muerte de la amada. Siguiendo el modelo clásico, el poeta Rafael-Unamuno presta atención a los rasgos que caracterizan a su amada: su nombre, su voz, los ojos y la mirada, las manos… y, en general, los menos materiales de la mujer inspiradora de los poemas. Todas las composiciones que se recogen en el libro son las escritas in morte, pues se explica que las redactadas en vida de Teresa fueron destruidas por Rafael, el alter ego de Unamuno.

Cubierta de Teresa (Renacimiento), de Miguel de Unamuno

Además, la riqueza de motivos y símbolos presentes en Teresa es muy notable (la tierra y la yerba, el otoño y el color amarillo, el amanecer y el ocaso, el recuerdo y el olvido, el sueño…). El poemario resulta igualmente interesante por plantear temas universales, en especial, el Amor, la Vida y la Muerte (así, con mayúsculas); los tres están estrechamente relacionados porque, para Unamuno, el amor es vida y la muerte también es vida: al final, en Teresa, los tres conceptos se identifican y podemos hablar de un amor, una muerte y una vida eternos. Todo esto relacionado con las omnipresentes preocupaciones religiosas de Unamuno: su problemática fe, su querer creer, su «hambre de Dios», su anhelo de inmortalidad…

Estos tres aspectos del poemario —estructura, motivos y símbolos y temas— son los que iré analizando en las próximas entradas[3].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Sobre Teresa pueden consultarse los trabajos de Manuel García Blanco, «Notas de estética unamuniana. A propósito de su libro de rimas Teresa (1924)», Revista de Ideas Estéticas, 49, enero-marzo de 1925, pp. 3-26; Emilio González López, «La poesía de Unamuno: el relato poético de Teresa», La Torre (San Juan de Puerto Rico), XVII, 1969, pp. 84-89; Moraima de Semprún Donahue, «El amor como tema de la eternidad en las rimas de Teresa de Unamuno», Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, XXII, 1972, pp. 23-32; Francisco J. Blasco, «Miguel de Unamuno: Teresa», España Contemporánea. Revista de Literatura y Cultura (Columbus, Ohio), t. II, núm. 3, 1989, pp. 37-60; Jesús G. Maestro, «El discurso intercalado en la lírica de Miguel de Unamuno (diálogo y dialogismo en la rima L de Teresa)», en Margarita Smerdou Altolaguirre y Manuel Bonsoms (eds.), El relato intercalado,Madrid, Fundación Juan March / Sociedad Española de la Literatura General y Comparada, 1992, pp. 141-152; Jesús G. Maestro, «La literatura como provocación de la religión: Teresa (1924) de Unamuno», Hispanística, XX, 21, 2003, pp. 151-160; Bénédicte Vauthier, «Releyendo Teresa. Rimas de un poeta desconocido presentadas y presentado por Miguel de Unamuno a la luz de una cuartilla inédita. Un alegato unamuniano a favor de la modernidad de Bécquer», en Ana Chaguaceda Toledano (ed.), Miguel de Unamuno. Estudio sobre su obra, IV. Actas de las VII Jornadas unamunianas, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2009, pp. 47-57; María Consuelo Belda Vázquez, «Teresa», de Miguel de Unamuno: entre la tradición y la renovación, Tesis doctoral dirigida por Montserrat Cots Vicente, Tarragona, Universitat Pompeu Fabra, 2012; y Marta Beatriz Ferrari, «Teresa, un diálogo entre Bécquer y Unamuno», publicado en línea el 07-08-2017.

[3] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

«Nadie ni nada», de José Luis Martín Descalzo

Copio hoy este bello y emotivo soneto, de factura clásica, de José Luis Martín Descalzo (Madridejos, Toledo, 1930-Madrid, 1991), sacerdote, periodista y escritor, perteneciente a su libro Testamento del Pájaro Solitario, publicado en abril de 1991, pocas semanas antes de su fallecimiento. «Nadie ni nada» es el último poema de la tercera parte del libro, «Que bien sé yo la Fonte» (todo el volumen se presenta «En homenaje a y en seguimiento de San Juan de la Cruz»).

Nadie estuvo más solo que tus manos
perdidas entre el hierro y la madera;
mas cuando el Pan se convirtió en hoguera
nadie estuvo más lleno que tus manos.

Nadie estuvo más muerto que tus manos
cuando, llorando, las besó María;
mas cuando el vino ensangrentado ardía
nadie estuvo más vivo que tus manos.

Nadie estuvo más ciego que mis ojos
cuando creí mi corazón perdido
en un ancho desierto sin hermanos.

Nadie estaba más ciego que mis ojos.
Grité, Señor, porque te habías ido.
Y Tú estabas latiendo entre mis manos[1].


[1] Cito por José Luis Martín Descalzo, Testamento del Pájaro Solitario, 13.ª ed., Estella, Verbo Divino, 1991, p. 87.

Un poema de Miguel dʼOrs: «Oh, muerte, te llevamos sembrada en nuestra carne»

Dedico la entrada de hoy a
Andresa Induráin Garcés (1929-2020),
in memoriam

Fechado el 27-VI-1970, este es el sexto poema de la segunda sección del poemario Ciego en Granada (1975), de Miguel dʼOrs. Lo elijo para reanudar hoy las entradas del blog, después de unos meses sin publicar nada —después de un tiempo necesario de silencio y reflexión. En estos momentos, el poema no requiere para mí —no quiere decir, ni mucho menos, que no lo merezca— mayor comentario.

Olleta2

Dice sencillamente así:

Oh, muerte, te llevamos sembrada en nuestra carne;
en nuestras vidas creces y maduras.
Vas pujándonos dentro, extendiendo en nosotros
tu ramaje; nos llenas, nos invades…
Y entonces comprendemos
que una vida solo sirve para que de ella
se alimente una Muerte[1].


[1] Cito por Miguel dʼOrs, Poesías completas 2019, Sevilla, Renacimiento, 2019, p. 566.

«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: rasgos estilísticos

Finalizaré esta serie de entradas sobre Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982) con un breve comentario de sus principales rasgos estilísticos. Lo más destacado a lo largo de todo el poemario es, sin duda alguna, el frecuente empleo de juegos de palabras. De hecho, podría afirmarse que la poesía de Irigoyen es, en buena medida, un puro juego, un continuo alarde verbal, fruto de un afán lúdico comprobable también en su prosa. Aquí encontramos juegos de palabras a partir de año y ano, en las disociaciones vill-anos, m-ano, Vatic-ano, ciudade-anos (pp. 17 y 23); las paronomasias: calma y cama (p. 18); égida y héjira (p. 19); «la paranoia, la menopausia, la paronomasia» (p. 19); «a mi papá y al Papa» (p. 20); «rayada por el Rayo» (p. 21); «escasas casas de putas» (p. 24); «los beocios y los batracios» (p. 24); «sarro de serrallo» (p. 35); el empleo de nombres comunes para aludir a nombres propios: «las arias de su testamento» (p. 19), alusión casi transparente a Carlos Arias Navarro.

Carlos Arias Navarro

Más ejemplos: franco por Franco, en todo el libro; pintura becerril, en el epílogo, aludiendo a la ministra Soledad Becerril; el calambur: pistola como un compuesto de pis y de estola (p. 27); la modificación con fines humorísticos de frases hechas: «las hacía [las traducciones] para pasar el rapto» (p. 31). A veces el juego es más complejo; explica el yo lírico al comienzo del fragmento XI que tiene la memoria rayada, de ahí que el poema finalice con estos versos:

La sopa conyugal la sopa conyugal
la sopa conyugal se ha helado (p. 33),

donde la repetición del sintagma emula, efectivamente, el sonido de un disco rayado. Lo mismo ocurre en el fragmento III, donde se repite cuatro veces el verso «que escribe poesía de santos» (p. 21).

En fin, es también notable la elaboración retórica, con figuras como los paralelismos: «porque no me gusta trabajar la lluvia / y mucho menos trabajar el campo» (p. 20), a veces combinados con polisíndeton anafórico (pp. 21 y 28); la anadiplosis: «al pensar en la tortura, / en la tortura de mi pasado» (p. 20); las metáforas sugerentes: «los aviones de los orgasmos» (p. 20); «el betún de tus besos / y […] los polvos de las uñas de tus telarañazos» (p. 35); «mi chocolate del camposanto» (p. 36); las imágenes, cercanas en ocasiones a la greguería: la estola «es el foulard de moda en el Vaticano» (pp. 28-29), etc.[1]


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: retrato de un régimen y una sociedad

Tomaré unas palabras de Tomás Yerro como punto de partida para mi reflexión sobre esta cuestión relativa a Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982):

La agresividad anticatólica, profanadora y blasfema a veces, no es resultado [en la poesía de Irigoyen] de una “pose” culturalista: brota del rechazo del nacional catolicismo español de posguerra, causante de diferentes traumatismos del poeta (y de tantos españoles de a pie, y en particular navarros) gestados en los años cincuenta y sesenta en la levítica ciudad de Pamplona. Surgida de la experiencia autobiográfica con la fuerza irreprimible del instinto, la poesía de Irigoyen alcanza, sin embargo, una dimensión colectiva, generacional y, por ello mismo, solidaria»[1].

Efectivamente, aunque tras la voz lírica cabe percibir circunstancias autobiográficas de Ramón Irigoyen (el paso por el Seminario, los años de estudio en la Universidad de Salamanca, la estancia purificadora en Grecia, donde tradujo a los clásicos, hasta la circunstancia del hermano gemelo que nació muerto aludida en las pp. 23 y 36…), la intención de estos poemas busca trascender la propia experiencia personal del poeta para alcanzar una dimensión social. El propio Irigoyen lo indica en el «Epílogo», relativizando así la posible interpretación “autobiografista” de su poemario:

Lo primero que veo en estos versos es que la voz que habla en el poema es la de un juglar, o sea la voz de un poeta-saltimbanqui más empeñado en urdir una crónica de costumbres colectivas que en ofrecer un resumen de su autobiografía. Naturalmente el juglar ha estado y está inmerso en los avatares de la sociedad cuya historia quiere contar y participa de sus calamidades y fortunas. Pero esta participación personal, en la historia del poema, es relativamente irrelevante. En este sentido el yo que habla en el poema es un yo muy tangencial de Ramón Irigoyen, o por lo menos del Ramón Irigoyen que más conozco (p. 13).

El enfoque social —taxativamente declarado por el autor— viene determinado por el hecho de que, como él, hubo muchas otras personas en la misma circunstancia, que vieron recortadas sus posibilidades de realización personal por el régimen y la sociedad franquistas. Así, la conciencia de su fracaso personal («Me está desviando del tema / la mala hostia que hago / al pensar en la tortura, / en la tortura de mi pasado», p. 18; «conmigo como hijo / ya es suficiente el fracaso», p. 20) es exponente de un fracaso más amplio, de muchas otras personas que vivieron ese mismo momento histórico, de toda una generación; y es también una crítica corrosiva de un modelo —cultural, social…— de régimen autoritario, el del general Franco, al que se alude siempre en el poemario de forma indirecta, aunque transparente, por medio del sustantivo Rayo, imagen que sintetiza su poder y su energía destructora: «aquel Rayo / tan campechano, gallego / y franco», «aquel Rayo franco» (p. 19), «el Rayo» (pp. 21 y 22), «el Rayo ha muerto» (p. 34).

Francisco-Franco

Los abanicos del Caudillo no solo nos ofrecen una «visión desmitificadora», una «crónica negra», «la caricatura y el esperpento de las miserias del inmediato pretérito» (son expresiones de Yerro), sino que se remonta años atrás, para poner de manifiesto las secuelas de muerte, odio y violencia que dejó en España la guerra civil. No falta una referencia al exilio en el final del fragmento I: «cuando sufrimos aquí la héjira / de los mejores ciudadanos» (p. 19); ni, en la página 24, a propósito del padre legendario, a los fusilados en las represalias de la guerra del 36:

Por él mi poesía ahora es más árida
que sus inhóspitos brazos.
Ya mi ternura está más seca
que los pellejos del bacalao.
Ya no me queda ni una lágrima.
Sequía y sal: tengo la gracia
de un universo de fusilados (p. 24).

Y esa visión negativa se proyecta hacia el futuro, pues el juglar se duele del triste legado que Franco dejó para lustros a los españoles «en las arias de su testamento» (una clara alusión a su heredero político), legado que fue «la paranoia, la menopausia, la paronomasia / y la desgracia de los chistes malos» (p. 19). En conjunto, el poemario nos transmite una imagen nada halagüeña de aquellos «asquerosos años» en los que «nos quitaron todo, / por no coincidir en nada / con quienes nos destriparon» (p. 18, jugando con la antítesis todo / nada). El autoritario régimen de Franco tan solo sirvió para crear una sociedad de locos, de personas sexualmente reprimidas («… porque por hombres nos han castrado / y no renunciamos a la vida / ni con los testículos ensangrentados», p. 22) y con sus libertades personales brutalmente recortadas[2].


[1] Tomás Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga. Revista navarra de poesía, 27, segundo trimestre de 1983, p. 30.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: génesis, contenido, voz lírica y estructura (y 2)

Gran importancia estructural adquiere en Los abanicos del Caudillo (Madrid, Visor Libros, 1982) la figura del padre, un «padre mítico» que por un lado simboliza «la brutalidad de las relaciones amorosas hispánicas, tan fecundas en torpezas de todas las estirpes» (Irigoyen, «Epílogo») y que, por otra parte, es trasunto también del gobernante represor y sus adláteres, en definitiva, un punto de referencia a quien el juglar responsabiliza del fracaso de su vida por haberle impedido realizarse como persona y contra el que descarga todo su odio. Esa figura paterna, símbolo del salvaje autoritarismo que en aquellos años invadía todos los órdenes de la vida española (gobierno, centros educativos, familia…), es aludida breve e irónicamente en el fragmento II («mi papá», p. 20), se caracteriza plenamente en el IV («el macho de mi padre», «un macho hispánico», p. 23, «la bestia que me ha engendrado», p. 24) y vuelve a aparecer en el XI, al principio para negarle el perdón («Padre me gustaría poder perdonarte / ¡pero me has hecho tanto daño!», p. 33), luego para concedérselo, al reconocer en él una pieza más de aquel engranaje social[1].

Tirania

El fragmento XII explica claramente esa función simbólica del padre, razón por la que merece la pena copiarlo íntegro:

He necesitado todas estas injurias contra mi padre
para sacudirme el manicomio de Franco.
Que mi padre ya muerto me perdone
estos insultos tan ordinarios
como yo a él también le perdono
la fetidez de sus sagrarios.
Ya no resisto más este odio: puesto que el Rayo ha muerto
la guerra ha terminado.
Estoy viviendo los primeros minutos de una paz tan frágil
que no sé si es un baño en el mar con más sol
o una mutilación de piernas vientre y brazos (p. 34).

Ese padre, identificado con los ideales del nacional-catolicismo, se convierte en blanco de todas las críticas y de todos los reproches. Aquí el odio parece haberse desbordado; pero con la muerte de Franco («el Rayo») estalla la paz para el juglar-“narrador”. El verso «la guerra ha terminado» remite a unas palabras del último parte de la guerra civil española: ha sido necesaria la muerte del Caudillo para que el yo lírico pueda acceder a la paz, aunque una paz todavía inestable y frágil, como sugiere la idea de la mutilación física del último verso. De hecho, a lo largo del poemario se reiteran esas imágenes violentas («el infinito silencio que me ha agusanado», p. 33), en especial de mutilación o castración, para simbolizar la imposibilidad de realización personal (ver las pp. 22, 25…), no referida exclusivamente al terreno de la sexualidad, sino a todos los valores, en general, del individuo.

El fragmento XIII, penúltimo, está dedicado a cantar un amor joven (pero un amor ahora «de viaje»), que podría haber supuesto una esperanza liberadora para el yo lírico: «Buenos días amor / ya a dos jornadas de tu dulce látigo» (p. 35). Sin embargo, tras ese fugaz conocimiento de la felicidad, el tono esperanzado se quiebra en el fragmento último, el XIV, que supone una vuelta atrás, con la exigencia de «la vida / que los hijos de puta nos han robado»; aunque el sujeto lírico manifiesta aquí, desde su «autopsia» —desde una coordenada atemporal, desde un «tiempo mítico» de disolución—, cierto alivio («Ya me da menos vueltas la cabeza»), sin embargo el poema y el libro se cierran con un tono que pudiera parecer negativo, pues al juglar le resulta imposible olvidar esa vida perdida, que le han robado y que es ya irrecuperable. No obstante, la autocrítica y la asunción de la propia responsabilidad suponen un positivo paso adelante. Pide, sí, cuentas por lo pasado a sus chivos expiatorios, pero se reprocha igualmente a sí mismo el no haberse rebelado antes y expresa su convicción de que habría sido mejor no haber nacido: «¡Basta de satanismo de salón! / Con mi colaboración me pudristeis entero. / ¡Ojalá hubiera sido mi hermano gemelo que nació muerto!» (p. 36).

Desmintiendo la acusación que se hizo a Irigoyen de presentar un texto poco trabajado (esa fue una de las razones esgrimidas para denegarle la segunda parte de la ayuda), cabe destacar que Los abanicos del Caudillo presenta una notable cohesión interna. Además de las ya comentadas, son bastantes más las referencias textuales que van entrelazando unos fragmentos con otros, tejiendo una estructura bien trabada por medio de palabras o expresiones que se retoman más o menos literalmente. Así, el verso «Violo, fecundo y me las piro» con que se abre el fragmento II remite a los versos 14-15 del primero: «Violo, fecundo y me las piro; / y que la zurzan con bicarbonato» (p. 17). La indicación «como ya somos medievales» del poema III vuelve sobre una idea expresada al comienzo de I («Como me he revelado medieval…»), y que luego leeremos en XIII: «Por ti me he revelado medieval» (p. 35). De la misma manera, el carácter “diabólico” de la voz lírica se reitera en varias ocasiones («tengo semilla de diablo», p. 17; «Como diablo fecundo siempre», p. 20; «aquí todos estudiamos para diablos», p. 21; «Y pues somos diablos…», p. 36).

Otro elemento unificador viene dado por los continuos apóstrofes a un vosotros al que el yo lírico se dirige en varias ocasiones, ya para zaherir, ya para aconsejar: «Permitidme aún dos palabras…» (p. 24); «echad los caldos» (p. 26); «seguid amando sin tabús / y después bailadme los resultados» (p. 32); «Os perdono…» (p. 33), etc. En fin, el propio sintagma «la hoz / y los zarcillos»[2] de I figura repetido en XIII, «la hoz de tus zarcillos prusianos» (p. 35), dotando al poemario de una clara estructura circular[3].


[1] «Te perdono cielo / porque has sido un modelo / de bestialidad exportable al peor antro / del infierno. / Tu infierno el de los infinitos necios de tu cabestro / porque ni siquiera eres singularmente bestia eres como la mayoría / eres un tonto con pijama a cuadros» (p. 33).

[2] En esta expresión podemos ver el gusto por el juego verbal de Ramón Irigoyen: «la hoz y los zarcillos» está calcada sobre otra fonéticamente parecida, «la hoz y el martillo». De la misma manera, el título del poemario juega con la contradicción, al aplicar al Caudillo militar un elemento tan poco masculino —por educación sexista— como son los abanicos.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

«Los abanicos del Caudillo» (1982) de Ramón Irigoyen: génesis, contenido, voz lírica y estructura (1)

En esta y en próximas entradas voy a abordar el análisis de Los abanicos del Caudillo de Ramón Irigoyen (Madrid, Visor Libros, 1982). Dividiré mi comentario en tres apartados: 1) génesis, contenido, estructura y voz lírica del poemario; 2) retrato de un régimen y una sociedad; y 3) rasgos estilísticos. Comenzaremos hoy con el primero de los puntos señalados.

Irigoyen

Los abanicos del Caudillo es una versión abreviada de un poema más extenso, de más de novecientos versos, titulado La hoz y los zarcillos, que Ramón Irigoyen había escrito, aproximadamente, entre diciembre de 1977 y abril de 1978; en 1981, para solicitar una ayuda a la creación literaria del Ministerio, reescribió el texto según los consejos que, ya en 1979, le había dado Jaime Gil de Biedma, optando por abreviar considerablemente el texto primitivo: el contenido coincide en líneas generales con el del poema extenso, aunque varía la disposición de los materiales, en los que se ha operado una importante concentración expresiva. Los datos principales sobre ese proceso pueden seguirse acudiendo a las palabras de Jaime Gil de Biedma recogidas en el libro como apéndice[1]. La versión publicada incluye catorce fragmentos poéticos de desigual extensión (el más largo, el I, tiene sesenta y cuatro versos; el más breve, el V, consta de seis) que conforman un poema unitario. Esa unidad viene dada no solo por la presencia de una misma voz lírica enunciativa, sino también por reiterarse la figura referencial —que no reverencial— de ese «padre mítico» ferozmente atacado en el texto; por constituir el conjunto una negativa crónica social, muy crítica, del nacional-catolicismo (el régimen político del general Franco y el modelo socio-cultural de él resultante) y, en el plano textual, por la repetición a modo de leit motiv de determinadas expresiones que van enlazando unos fragmentos con otros.

La voz lírica del poemario es la de un «poeta-saltimbanqui», una especie de juglar medieval «apicarado y goliardesco»[2], que en el primer fragmento se identifica con estas palabras: «Si soy poeta tengo semilla de diablo», comentando a continuación: «Aunque por lo que al diablo le queda de ángel, / si soy poeta, / le agradezco mucho los servicios prestados» (p. 17). Ahí es donde anuncia su propósito de «bajarles las bragas / a todas las palabras del diccionario» (p. 18), idea retomada en el fragmento III cuando habla de «romperles las bragas / a todos los poemas contemporáneos». Ese mismo fragmento tercero es un ataque a la poesía culta, la del mester de clerecía, «que escribe poesía de santos» y que, trasladada la idea a un contexto histórico contemporáneo, simbolizaría la poesía —por extensión, toda la cultura— oficial del régimen franquista[3]. En el número V se interroga por su deseo de destrozar o desarticular el lenguaje («No sé qué busco envenenando las palabras», p. 25), pregunta a la que se dará respuesta en el X. En efecto, los fragmentos IX y X corresponden al paso del yo lírico por Grecia, estancia que dulcifica en parte su carácter. Ahí es donde descubrirá la íntima unión del amor y la palabra, pero de un amor «con caricias de garfio», que pone de manifiesto el carácter sanguinario de nuestro yo lírico: «Descubiertos en el amor mis deseos de crimen / hice del lenguaje mi matadero privado», confiesa, para añadir inmediatamente:

Y necesito asesinar
porque soy hijo de matarifes con escapulario.
Violo y acuchillo palabras
para resistir la tentación de asesinaros.
Ya sé qué busco envenenando las palabras:
busco la manera impune de reventaros (p. 32).

La expresión bronca y violenta de su lenguaje (nuestro juglar, dice en otro lugar, tiene «la lengua de un fullero / de los escasos burdeles vascos», pp. 23-24) obedece, por tanto, a una función catártica; la palabra, como exteriorización de sus traumas internos, es salvadora: «Asumimos nuestra locura / y a aullido limpio nos salvamos» (p. 22). La voz lírica se rebela en el fragmento VI contra todos aquellos («mis amos») que le han condenado a vivir una vida vacía («más que seco porque soy árido», «seco y árido como una pasa», p. 26) y, en consecuencia, a escribir una poesía prosaica, seca también. No obstante, ese pasaje es importante, porque marca el momento de una inflexión en su vida: cuando el juglar estaba ciego y solo, colgado como una pasa, echó los caldos hacia adentro y reventó de amor: «Me armé de látigos y me eché a vivir» (p. 26), y por eso desde entonces su carácter es dulce y árido a la vez[4].


[1] Jaime Gil de Biedma, Pueblo, viernes literario, 19 de marzo de 1982, texto reproducido en Los abanicos del Caudillo, pp. 51-53.

[2] Tomás Yerro (en su trabajo «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga, 27, segundo trimestre de 1983, pp. 30-33) le aplica estos términos, aunque Javier Pérez Escohotado (en «Para una teoría de la armonía universal», Revista Hiperión, 4 —El excremento—, 1980, pp. 91-99) matiza la calificación de goliardesco.

[3] Pérez Escohotado («Para una teoría de la armonía universal, p. 245) escribe con relación a este poema: «La clerecía es una referencia doble, tanto se refiere a la beatería lírica medieval, como a esa poesía de oficio, escrita por santones y para beatos de escuela o cátedra. Se trata de romper los estrechos moldes de “lo culto”, de las capillas, de las iglesias, de las devociones entontecidas».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.

Breve nota sobre la poesía de Ramón Irigoyen

Existen ya algunas aproximaciones generales a la producción lírica de Ramón Irigoyen, como los trabajos de Javier Pérez Escohotado y Tomás Yerro[1], y a ellos remito para mayores detalles. Aquí bastará con recordar que Cielos e inviernos y Los abanicos del Caudillo forman un corpus de poesía directa, provocadora, mordaz, bronca en determinados pasajes (Irigoyen no evita la irreverencia ni aun la blasfemia[2]) y que, en ocasiones, adopta como rasgo estilístico distintivo un deliberado prosaísmo (en la línea de Cavafis), sin que esto suponga, en modo alguno, que sus composiciones tengan una escasa fuerza expresiva. El propio poeta alude a esta circunstancia:

Encuentro una gran dificultad para afirmar que Cavafis sea un poeta que ha marcado mi vida —como puedo afirmar que la han marcado, en etapas sucesivas, Ramón Gómez de la Serna, Seferis, Cernuda, Vallejo y Jaime Gil de Biedma— y, sin embargo, este poeta, cuya presencia en mí siento tan difuminada, es el escritor cuya influencia ha sido para mí más decisiva a la hora de escribir, en 1978, la primera versión de Los abanicos del Caudillo, mí último libro de poemas. A la hora de escribir este texto tuve especialmente presente mi experiencia de lector inicial de los poemas de Cavafis y el rechazo que sentí por su prosaísmo. Totalmente consciente de aquel repudio por aquella aparente frialdad del lenguaje, elegí la vía del más crudo prosaísmo escribiendo un texto que, en forma y contenidos, se situaba en el mismo terreno que el lenguaje de las bandas rockeras. […] No es quizá fácil verlo desde fuera, pero en mi caso aquí estaba Cavafis presente de cuerpo entero. Mi experiencia ateniense de lector de Cavafis —y de lector ignorante que aún no está educado para percibir el lenguaje poético de los nuevos tiempos— la apliqué a la redacción de este libro, y quedé encantado de los resultados, pues Los abanicos del Caudillo causaron en 1982 un sonoro escándalo, según la calificación de Santos Sanz Villanueva. Por experiencia propia sabía que los manjares del prosaísmo no pueden disfrutarlos los cerebros insuficientemente educados[3].

Por el contrario, algunas de las características más destacadas de sus dos poemarios (marcado tono humorístico, numerosos alardes verbales, predilección por las paronomasias y otros juegos de palabras, empleo frecuente de las figuras retóricas, imágenes y metáforas atrevidas, cercanas en ocasiones a la greguería ramoniana, etc.) coinciden con las que se pueden percibir en el conjunto de la producción literaria del autor.

PoesiaReunida

Como valoración general de su poesía, resultan muy acertadas estas palabras de Tomás Yerro:

Para Irigoyen […] la poesía es actividad liberadora de sus propios fantasmas personales, no sedante recuperación del tiempo pasado ni consolador regreso al paraíso perdido de la consabida inocencia infantil. La catártica cancelación de la «sucia memoria» se lleva a cabo por medio de la exorcización vengativa de los odios, resentimientos, frustraciones y complejos de culpabilidad acumulados en la infancia y adolescencia. Penetrado de un odio visceral hacia su propio pasado —castrador de libertades y, por consiguiente, de posibilidades de felicidad y realización personal—, el poeta se aplica afanosamente a la tarea de demoler los cimientos de su educación en el ámbito del espacio textual. El cristianismo, el patriotismo y el amor heterosexual, verdaderos baluartes de la sociedad burguesa al decir de Peter Bien, citado repetidamente por Ramón Irigoyen, son objeto de violentos ataques[4].

Las afirmaciones del crítico, con las que coincido plenamente, constituyen el marco perfecto para centrar el análisis de Los abanicos del Caudillo, al que dedicaré algunas próximas entradas[5].


[1] Javier Pérez Escohotado, «Para una teoría de la armonía universal», Revista Hiperión, 4 (El excremento), 1980, pp. 91-99 y «Paraísos particulares de Ramón Irigoyen», Institute for the Study of Ideologies and Literature, nueva época, núms. 1-2, invierno-primavera 1985, pp. 230-251; y Tomás Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», Río Arga, 27, segundo trimestre de 1983, pp. 30-33.

[2] Para estas cuestiones, y para la asimilación de la poesía a funciones digestivas y escatológicas, ver Pérez Escohotado, «Para una teoría de la armonía universal» y «Paraísos particulares de Ramón Irigoyen».

[3] Ramón Irigoyen, prólogo a C. P. Cavafis, Poemas, Barcelona, Seix Barral, 1994, p. 40.

[4] Yerro, «Ramón Irigoyen: la poética de la transgresión», p. 30.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «Un apunte de crónica moral del franquismo: Los abanicos del Caudillo, de Ramón Irigoyen»‚ en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Poesía histórica y (auto)biográfica (1975-1999). Actas del IX Seminario Internacional del Instituto de Semiótica literaria, teatral y nuevas tecnologías de la UNED (Madrid, UNED, 21-23 de junio de 1999), Madrid, Visor Libros, 2000, pp. 53-63.