«Daba el reloj las doce… y eran doce…», de Antonio Machado

Dedico la entrada de hoy a
María Carmen Mata Induráin (1958-2022),
in memoriam

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos
golpe a golpe y muerto a muerto.
(Gabriel Celaya, «España en marcha», Cantos íberos)

Prometo ver la alegría…
(Antonio Flores, «No dudaría»)

Desde el recuerdo emocionado, sereno en el dolor, copio hoy —sin comentario— esta composición perteneciente a Soledades, galerías y otros poemas, de Antonio Machado (es el poema II de la sección «Del camino»).

Daba el reloj las doce… y eran doce
golpes de azada en tierra…

… ¡Mi hora! —grité— … El silencio
me respondió: —No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera
[1].

Barca amarrada a la orilla del mar, al amanecer.

[1] Antonio Machado, Soledades, galerías y otros poemas. Cito por la edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, que reproduce la segunda edición de Madrid, Talleres «Calpe», 1919.

Las rimas de «Teresa» (1924), de Unamuno: valoración final

Las rimas de Teresa[1] de Unamuno constituyen un moderno cancionero de amor y de muerte, con algunas reminiscencias lejanas, en su estructura y en la descripción física de la amada, del modelo clásico petrarquista. Dentro de la producción poética de Unamuno, este libro destaca por afirmar una visión romántica del amor, de marcado tono neo-becqueriano, cuando menos en las primeras rimas. No obstante, al estar trascendido ese amor por la vivencia poética de la muerte, lo aquí expresado no queda demasiado lejos de las habituales inquietudes unamunianas. Sorprende, en efecto, comprobar cómo la amenazadora presencia de la muerte es constante desde la primera rima hasta la última, con reiteraciones casi obsesivas. La mayoría de los símbolos del poemario, los más importantes, remiten directa o indirectamente a la muerte, a una idea de la muerte que está íntimamente enlazada con el amor.

Amor eterno

En efecto, la muerte y el amor son los dos temas centrales del libro. Muerte y amor que se identifican, pues al final la muerte supone el nacimiento a otra vida, y el amor, considerado con sentido trascendente, también nos conduce a la eternidad de la vida perdurable. Eternidad e inmortalidad, tal es en última instancia el anhelo del yo lírico de Teresa, es decir, de Rafael-Unamuno, pues no nos cabe duda de que, en este caso concreto, detrás del amante se esconde el poeta. Y ya el propio Unamuno en su «Presentación», sin ocultarse tras la máscara de su alter ego, había sentenciado: «Porque para inmortalizarse hay que amar y hay que morir» (p. 283)[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

«Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales

Aunque ya han pasado los Reyes y las vacaciones tocan a su fin, seguimos todavía —hasta el domingo— en el tiempo litúrgico de la Navidad, y por eso quiero recordar uno de los textos que quedó mencionado en una entrada anterior y estaba pendiente de ser recogido aquí. Me refiero al «Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales, perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).

Se trata de un breve romance (veinte versos con rima é e) en el que Dios Padre se interesa por la situación en Belén (pregunta al ángel por la mula, la paja, la Virgen, la nieve y el niño). Y aunque todas las respuestas del ángel enuncian algún aspecto negativo, la conclusión de Dios Padre es que «Todo está bien», y acalla la tímida protesta del ángel con un nuevo «Todo está bien» (valga entender que todo se ajusta a lo previsto en sus designios divinos). Como es frecuente en las composiciones de temática navideña desde la época clásica, se anticipa en el momento del nacimiento de Jesús su futura pasión (aquí en los vv. 7-8, cuando el ángel cuenta que la paja del pesebre se extiende bajo el cuerpo del recién nacido «como una pequeña cruz / dorada pero doliente»).

Niño Jesús con nieve

—¿La mula?

              —Señor, la mula
está cansada y se duerme;
ya no puede dar al niño
un aliento que no tiene.

—¿La paja?

              —Señor, la paja
bajo su cuerpo se extiende
como una pequeña cruz
dorada pero doliente.

—¿La Virgen?

                 —Señor, la Virgen
sigue llorando.

                 —¿La nieve?
—Sigue cayendo; hace frío
entre la mula y el buey[1].

—¿Y el niño?

              —Señor, el niño
ya empieza a mortalecerse[2]
y está temblando en la cuna
como el junco en la corriente.

—Todo está bien.

                     —Señor, pero…

—Todo está bien.

Lentamente
el ángel plegó sus alas
y volvió junto al pesebre[3].


[1] buey: en posición de rima (verso par) del romance; podemos considerarlo una licencia, o bien añadir una -e paragógica (bueye).

[2] mortalecerse: no figura este verbo en el DRAE, ni lo encuentro documentado tampoco en el CORDE. Sea o no un neologismo de Rosales, se trata de una sugerente creación léxica: el niño Jesús (que, siendo Dios, ha asumido la naturaleza humana, mortal) empieza ya a mortalecerse, a ʻacercarse a la muerteʼ, en primer lugar porque está desprotegido, aterido de frío, y podría morir; pero, sobre todo, porque morir para redimir a todo el género humano es su destino.

[3] Cito por Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 242, donde es el poema número 37 de Retablo de Navidad. En Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 59-60, es el poema número 28 y el texto presenta algunas variantes: los vv. 3-4 son «tal vez no sepa mañana / que ha nacido para siempre»; el v. 6 es «no parece paja y duele»; y en el v. 8 el segundo adjetivo es «crujiente» en vez de «doliente».

«Villancico-sextina (un poco triste) de los Reyes de Oriente», de Jesús Urceloy

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes,
vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?
Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.»
(Mateo, 2, 1-2)

Vaya para hoy 6 de enero, Día de los Reyes Magos y festividad de la Epifanía —Manifestación— del Señor, este «Villancico-sextina (un poco triste) de los Reyes de Oriente» de Jesús Urceloy (Madrid, 1964), poeta, escritor, editor literario y profesor de Escritura Creativa. En el terreno de la lírica, cuenta en su haber con títulos como Libro de los salmos, Profesión de Judas, Berenice, Diciembre, Harto de dar patadas a este bote, Misa de Réquiem, La biblioteca amada, Versos cobardes para el niño de la foto, Piedra Vuelta. Poesía 1985-2014 y Visibles e invisibles. Falsa antología de poetas verdaderos.

Más allá de la artificiosa construcción de la composición, ajustada a la estructura de la sextina —cuya dificultad señala el propio poeta[1]—, cabe destacar la bella cadencia musical de los versos, que aquí son dodecasílabos (cada uno de ellos está formado por dos hemistiquios de 6 + 6 sílabas).

Hans Memling, Tríptico de la Adoración de los Magos (tabla central). Museo del Prado, Madrid
Hans Memling, Tríptico de la Adoración de los Magos (tabla central). Museo del Prado, Madrid

El villancico-sextina de Jesús Urceloy, que hace gala de un verdadero prodigio constructivo en este ejercicio poético de gran virtuosismo, dice así:

Los reyes, cantando, sacaron sus cestos
de mimbre, de tela, de caucho, de viento,
y en la alfombra antigua de los nuevos sueños
los dejaron vanos, insensibles, huecos,
vacíos de formas, letras, cartas, pliegos,
singulares, cortos, limpios, áureos, viejos.

Del atrio a la sala de los arcos viejos,
desasosegados, dejaron los cestos.
Los pajes quedaron dormidos. Hay pliegos
que así nos lo cuentan en cajas de viento,
en celdas oscuras, con nutrientes huecos
donde se embalsaman leyendas y sueños.

Desde su alta cama, Baltasar, en sueños,
descalzo miraba sus zapatos viejos:
con la mano dulce sensibleó los huecos,
desrodilló mantas, encodó los cestos,
se tendió desnudo, de espaldas al viento
del escriba extraño que eterniza pliegos.

Antes de la nada, Gaspar, unos pliegos
que en la mesa anuncian los cercanos sueños,
despobló de letras, cicatrices, viento,
señales, palabras, y en sus ojos viejos
fue cerrando casas, despoblando cestos,
apagando luces, ventanas y huecos.

Melchor, en el baño, llenaba los huecos
del agua con sales que guardaba en pliegos:
arenas de arabia, del mar rojo[2] cestos,
con algas y anclajes para hornear los sueños
y en el caudal limpio, como hacen los viejos,
despojó de aromas el musical viento.

De los tres, ahora, que ha pasado el viento
de la vida ajando libertad y huecos,
nos quedan leyendas, relatos con viejos
dibujos en vallas, películas, pliegos
de dudosa suerte, como aquellos sueños
que, por repetidos, van llenando cestos.

Sacaron los cestos los reyes al viento:
Baltasar los sueños, Melchor solo huecos,
Gaspar esos pliegos desnudos y viejos…[3]


[1] En efecto, en nota al pie explica: «La sextina —como todo poeta sabe—es una composición que consta de 39 endecasílabos, estructurados en seis estrofas de seis versos y una estrofa final de tres. Las palabras finales de la primera estrofa deben repetirse en las siguientes con una pauta determinada: ABCDEF – FAEBDC – CFDABE – ECBFAD – DEACFB – BDFECA. En el terceto final se repiten las seis palabras siguiendo el mismo orden que en la primera estrofa, es decir, AB, CF, EF entendiendo que A está en la mitad y B a final del primer verso, C en la mitad y D al final del segundo verso, y E a la mitad y F al final del tercero. Una composición con su enjundia y su guindilla, para entretenerse los días en que no hay fútbol. Ni decir tiene que el contenido debe superar al continente. Lo normal es que no haya rimas, pero como hacía frío, no había elecciones y no tenía otra cosa mejor que hacer, me propuse rimar en la misma asonancia, por aquello de hacer una especie de canto salmódico al estilo gregoriano, no más. Ah, el poema fue escrito en diciembre de 2014, pero para esta edición ha sido revisado y corregido (gracias, Alicia). Laus deo». El autor se refiere a Alicia Arés, directora de la colección «Anaquel de poesía» de la editorial Cuadernos del Laberinto, en que se publica el volumen donde se recoge el poema.

[2] arabia … mar rojo: mantengo las minúsculas del original.

[3] Cito por Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 47-48. Lo encuentro recogido también en el blog Creación poética, donde fue publicado el 23 de diciembre de 2014, bajo el título algo diferente de «VILLANCICO (sextina un poco triste de los reyes de oriente)», con un texto que carece por completo de signos de puntuación.

Poesía de Navidad: «Noche de Reyes», de Luis García Arés

Hace unos días traía al blog un emotivo poema de Luis García Arés (Ávila, 1934-2013) titulado «Las lágrimas del ángel». Para hoy, 5 de enero, en la ilusionada espera de la llegada de los Magos de Oriente, copiaré su también delicada composición «Noche de Reyes». El texto, que significativamente ocupa el último lugar en la recopilación de sus Versos para la Navidad (villancicos), se distribuye en dos estrofas, la primera de 28 versos y la segunda de 12, en las que —como en el otro poema— van alternando versos heptasílabos y pentasílabos con ritmo de seguidillas: 7- 5a 7- 5a. En su sencillez, el poema no requiere de mayor comentario, más allá de destacar su estructura circular (vv. 1-2 y 39-40) y el tono reflexivo —melancólico— con que se tiñen los versos finales, cuando la voz lírica contempla ya cercano el sueño de la muerte.

El Greco, La Adoración de los Reyes Magos (c. 1568-1569), versión del Museo Lázaro Galdiano (Madrid)
El Greco, La Adoración de los Reyes Magos (c. 1568-1569), versión del Museo Lázaro Galdiano (Madrid)

A lomos de camellos
vienen los Reyes,
cargados de ilusiones
y de juguetes.
Ya llegan con sus pajes
desde el Oriente,
y en los zapatos dejan
muchos paquetes.
Cuando pasa la noche
y el día viene,
¡qué alborozo tan grande
los niños sienten!
Un año tras de otro
los Magos vuelven,
y en la mente infantil
se hacen presentes.
Recuerdo que de niño
quería verles,
pero nunca me cupo
tan buena suerte,
porque el roce del sueño
con su ala leve
mis párpados cerraba
dulce y silente.
¡Ilusiones tan limpias
como esa nieve
que en las noches de enero
cae mansamente…!

Con el paso del tiempo
algo se pierde,
y otros sueños distintos
hoy me adormecen:
los sueños de la vida
y el de la muerte.
Mas cuando al fin, cansado,
mis ojos cierre
veré con otros nuevos
que por Oriente
a lomos de camellos
vienen los Reyes[1].


[1] Cito por Luis García Arés, Versos para la Navidad (villancicos), Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2019, pp. 67-68. Previamente se había publicado en Me gusta la Navidad. Antología de poesía navideña contemporánea, Madrid, Cuadernos del Laberinto, 2016, pp. 19-12, con la única modificación de figurar oriente con minúscula en los vv. 6 y 38.

Poesía de Navidad: «Bethlem», de Manuel Machado

De Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) ya ha parecido en este blog un conocido poema navideño suyo, «El Niño divino (villancico de Navidad)». Hoy copiaré su soneto «Bethlem», construido como un apóstrofe al «Señor» (v. 1), del que se pondera su eterna bondad, su amor sin condiciones al sujeto lírico a pesar de la maldad (v. 12) y las ofensas por este cometidas (vv. 1, 12 y 14). En los dos cuartetos encontramos la contraposición de la condición divina y la humana a través de algunas antítesis (pureza / mísera torpeza, vv. 3-4; grandeza / nulidad y pobreza de este gusano vil, vv. 7-8). Por lo demás, cabe destacar en el texto que la mención del apelativo «celestial cordero» (v. 10) trae aparejada una alusión a la misión redentora de Cristo («para el sacrificio señalado», v. 12), esto es, a su futura muerte en la Cruz como sacrificio expiatorio de los pecados de la humanidad.

Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)
Rafael Sanzio, Sagrada Familia del cordero (c. 1507). Museo del Prado (Madrid)

El poema dice así:

Nunca, Señor, pensé que te ofendía
porque jamás creí que a tu pureza
alcanzase la mísera torpeza
de quien, aun de quererlo, ¡no podría!

Triste de mí, tampoco concebía
que pudiera caber en tu grandeza
amar la nulidad y la pobreza
de este gusano vil, que dura un día.

Pero al llegar la Navidad y verte
niño y desnudo, celestial cordero,
y para el sacrificio señalado…

Sé cuánto mi maldad pudo ofenderte
y sé también —y en ello sólo espero—
que más que te he ofendido me has amado[1].


[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, edición de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 536. El poema pertenece a la sección «Horario» de la recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), Madrid, Editora Nacional, 1943.

«De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», de Luis Rosales

¡Aleluya, aleluya, ha nacido el Salvador!

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los autores españoles que nos han dejado bellos poemas dedicados al tema de la Natividad del Señor. En este sentido cabe recordar especialmente su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). En el «Prólogo» a la edición de 1664 escribía el poeta:

De niño, allá en Granada y en la infancia, las lucecitas azules y rojas y amarillas del Belén, la plata de las aguas; los pastores y la nieve en la sierra; los ganados, la ermita y el blanco espejeante y acurrucado de la cal en el pueblo; el carrito de bueyes con los adrales, las mieses y el boyero de la aguijada; la risa de mi madre con un poco de musgo sobre el labio, y ¡en fin!, el movimiento de las figuras que íbamos acercando todos los días un poco hacia el Portal. Y yo, alelado, sin movimiento corporal alguno, me pasaba las horas muertas ante la hiedra que festoneaba el nacimiento, me pasaba las horas muertas aprendiendo a nacer. Mientras esta impresión no se me borre seguiré siendo niño. Sí, panderos, sonajas y el bullir de la sangre en Nochebuena, cuando se reunía toda la familia ante el Belén y cantábamos y cantábamos villancicos hasta que el sueño nos rendía. Y luego, algo más tarde, en el año mil novecientos cuarenta, escribí de un tirón este libro. Lo escribí recordándolo, viéndolo, moviendo con la mano sus figuras, y por esto le he llamado Retablo. Desde entonces, todos los años he cumplido esta cita conmigo mismo y con los míos y he escrito villancicos como si los cantara; he escrito villancicos quizás con el deseo de que todo lo que era mío no se acabara de una vez. Ahora los junto todos para juntarme, y doy gracias a los amigos que me ayudaron a escribirlos[1].

Algunos de los poemas del Retablo sacro de Luis Rosales ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores: así, por ejemplo, los titulados  «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes»«Callar…», «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «Villancico de la falta de fe» y «Villancico de las estrellas altas».

El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)
El Greco, Adoración de los pastores (1612-1614). Museo del Prado (Madrid)

Hoy reproduciré su hermoso soneto «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron», perteneciente al mismo poemario:

El sueño como un pájaro crecía
de luz a luz borrando la mirada;
tranquila y por los ángeles llevada
la nieve, entre las alas, descendía.

El cielo deshojaba su alegría;
mira la luz al niño ensimismada;
con la tímida sangre desatada
del corazón, la Virgen sonreía.

Cuando ven los pastores su ventura,
ya era un dosel el vuelo innumerable
sobre el testuz del toro soñoliento;

y perdieron sus ojos la hermosura,
sintiendo, entre lo cierto y lo inefable,
la luz del corazón sin movimiento[2].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 213. La edición de 1940 incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el Retablo sacro un total de 39 poemas.

[2] Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, p. 229, donde es el poema número 18 del Retablo sacro. En la edición de 1940 es el número 9 y el título figura «De cómo estaba la luz, ensimismada en su Creador, cuando los hombres le adoraron». Además, en el v. 4 se lee sin comas «la nieve entre las alas descendía»; en el v. 5 hay coma en vez de punto y coma, y en el v. 9 falta la coma final. En la edición de 1964 es el poema número 15, y el título y la puntuación son los que se reproducen en Obras completas.

El poema «Leyendo el “Don Quijote”» de Eusebio Rey

Dado que no resulta demasiado conocida, reproduzco aquí la composición poética «Leyendo el Don Quijote» de Eusebio Rey, jesuita que utilizó el seudónimo Emilio Rego. Durante la guerra civil española, el autor fue hecho prisionero en septiembre de 1937, permaneciendo encarcelado hasta 1939. Al año siguiente publicaría Mientras iba amaneciendo… Emocionario lírico de la cárcel (San Sebastián, Gráficas Fides, 1940), con prólogo de Manuel Machado y epílogo de F. Xavier Martín Abril, libro en el que relata su viaje íntimo durante su cautiverio.

Precisamente en la evocación quijotesca que ahora rescato (que va fechada en «Gandía, diciembre, 1938») se hace alusión a esa circunstancia vital: el yo lírico, aquí claro trasunto del autor, está prisionero («Al meditar en prisiones», v. 5; «pobre preso a contrafuero», v. 18) y «el estrecho horizonte de la prisión» se le ensancha (v. 1) con la lectura de la novela cervantina. Se alude además a la idea tópica de que el Quijote fue escrito en una prisión: «Como naciste en prisiones», leemos en el v. 17, en apóstrofe al personaje cervantino. La lectura del Quijote contagia al yo lírico de actividad y energía: «he sentido de repente el dolor de no hacer nada / y un afán de acción sacude mi energía adormecida» (vv. 7-8); se afirma que la vida del «gentil caballero» (v. 21) es «fragante como una rosa, bizarra como una espada» (v. 6); se pondera el ideal caballeresco: «la imposible quimera / del ideal entrevisto como un lucero distante» (vv. 11-12); y, por último, el hablante se ofrece en el verso final a ser su escudero: «Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero».

Interesa destacar también la estrofa cuarta del poema, en la que el yo lírico rechaza los calificativos aplicados a don Quijote por Rubén Darío («No eres el Rey de los tristes», sino que «mereces ser coronado Príncipe del optimismo», vv. 13-14) y se dirige al caballero con el apelativo de «Padre nuestro Don Quijote», en esta “nueva letanía” que constituyen las estrofas cuarta, quinta y sexta. Este es el texto completo del poema:

Para Sabino Alonso-Fueyo

Hoy el estrecho horizonte de la prisión se me ensancha;
en la noche de mi tedio apuntan luces de aurora;
se me ha roto la cadena de inacción que me devora,
ha venido a visitarme Don Quijote de la Mancha.

Al meditar en prisiones el poema de su vida,
fragante como una rosa, bizarra como una espada,
he sentido de repente el dolor de no hacer nada
y un afán de acción sacude mi energía adormecida.

Cabalgar y cabalgar, Clavileño o Rocinante:
disparar de mi existencia la rauda flecha certera.
Sagitario de mí mismo, tras la imposible quimera
del ideal entrevisto como un lucero distante.

Padre nuestro Don Quijote: No eres el Rey de los tristes[1]:
mereces ser coronado Príncipe del optimismo,
Fénix que eterno renaces del fracaso de ti mismo,
y derrotado cien veces otras cien en lid embistes[2].

¡Bien venido, caballero, a romper en mi favor,
pobre preso a contrafuero, una lanza humanitaria!
Como naciste en prisiones, en tu gesta temeraria
tuviste siempre por lema ser «El Buen Libertador».

¡Bien venido a libertarme! Gracias, gentil caballero.
Prisionero en el alcázar marfileño de mí mismo,
tú has hecho saltar de un bote[3] el portón de mi egoísmo.
Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero[4].


[1] Este verso evoca claramente la «Letanía de nuestro señor don Quijote» de Rubén Darío (escrita en el Centenario de 1905 y publicada ese mismo año en Cantos de vida y esperanza), que comienza «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…» y que se cierra con otra estrofa que comienza «¡Ora por nosotros, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…».

[2] embistes: en el original, «envistes».

[3] bote: entiéndase bote ʻgolpeʼ de lanza.

[4] Tomo el texto de Poesía nueva de jesuitas, selección y estudio preliminar de José María Pemán, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Instituto Antonio de Nebrija), 1948, pp. 105-106. Mantengo las mayúsculas del original, así como la formulación «bien venido» (separado en dos palabras) en las dos últimas estrofas. En el verso 21 cambio la coma del original por un punto y en el verso penúltimo suprimo la coma, innecesaria, tras la palabra «bote».

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Muerte

Su vivencia marca todo el libro Teresa[1] de Unamuno: al igual que el amor, la muerte está presente desde la primera hasta la última rima del poemario. En efecto, los versos 21-24 de la rima 1 rezan así: «… y me acosté a la muerte / en que sueño, Teresa; / si duermo en cama o huesa / ya, Teresa, no sé». La muerte de Rafael supondrá el reencuentro con la amada muerta, y por eso la pide en la rima 5, con palabras que parafrasean el comienzo del «Padrenuestro»:

Madre nuestra, que estás en la tierra,
y que tienes mi paz en tu reino,
¡ábreme ya tus brazos y acoge
mi vida en tu seno!

La muerte acecha continuamente a los amantes. En la rima 18 se habla de «los dedos descarnados de la Intrusa»; en la 64 un «dedo invisible» acaricia a Teresa al morir el sol.

Manos cogidas y algunas flores

En las últimas rimas, desde la 92, la muerte se intuye ya muy cercana. En la siguiente Rafael da las gracias a Dios porque viene la muerte. En la 94 afirma: «Oigo el susurro de la muerte que llega» y «Por no morir morimos huyendo muerte». La 95 la describe como un murciélago gigante que le hunde en tierra. La 96 comienza así: «¡Ay, el aprendizaje de la muerte! / ¡qué larga lección! / Morir de no morir es cosa fuerte / y huir del harpón!». También se habla de «el duro aprendizaje / del postrer nacer» (la muerte es sueño, des-nacer, nacer a otra vida, etc.; son juegos de palabras muy del gusto de Unamuno). La 97 está dedicada a la muerte por amor. En fin, la 98 y última cuenta la visión presenciada por Rafael: resurrección y eterna boda con su amada Teresa después de la muerte[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Vida

Ya en la rima 3 de Teresa[1] de Unamuno encontramos que la «sed de vivir» está íntimamente unida a la «sed de amar». La rima 15 es muy importante para la identificación de Vida, Amor y Muerte: «Por el amor supimos de la muerte, / por el amor supimos que se muere: / sabemos que se vive / cuando llega el morirnos». La misma idea se expresa en la estrofa final de la 20: «Virgen, Amor, Muerte y Vida, / todo formaba una rosa».

Rafael desea morirse para reunirse con su amada, pero por otro lado el instinto de supervivencia le mantiene aferrado a la vida. Vida y Muerte se identifican también en la sepultura de Teresa. Rafael refiere en la rima 22 que escucha el canto de su amada, y «era un canto de tumba y un canto de cuna». A la 48 pertenecen estos bellos versos:

Tú no puedes morir aunque me muera,
tú eres, Teresa, mi parte inmortal,
tú eres mi vida, que viviendo espera,
la estrella de mi flor breve y fatal.
[…]
Hecha mujer por mí quedaste presa
de la razón eterna del vivir,
y al hacer que no mueras, mi Teresa,
aunque me muera yo no he de morir.

En la rima 71 Rafael se dirige a la Virgen, con el ruego de que interceda por ellos para que puedan vivir unidos en la vida perdurable:

Haz por ella que en la hora del ocaso,
en el último trance,
cuando de mi alma al fin se rompa el vaso,
de nuestro Padre alcance
eterna vida
mi tierra con su tierra confundida.

Por ello, porque confía en reunirse con su amada en la vida eterna, un tono de júbilo preside la rima 85: «¡Que me ahogo en un piélago de gana / terrible de morir!». En las últimas composiciones de Teresa se intensifica notablemente la vivencia poética de la muerte, pero de una muerte que se identifica ya, en la conciencia del poeta, con el nacimiento pleno a otra vida, a una Vida superior (cfr. especialmente las rimas 90, 93 y 95)[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).