Publicaciones póstumas de Lope de Vega

Al año siguiente de la muerte del Fénix, en 1636, el doctor Juan Pérez de Montalbán, da a las prensas su Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope de Vega Carpio, breve biografía y recopilación de numerosos «elogios panegíricos» de muy diversos autores[1].

La vega del Parnaso, de Lope de VegaEn fin, en 1637 aparecen póstumas su égloga Filis y La vega del Parnaso. Este libro sale con la autorización de Luis de Usátegui, marido de Feliciana (la hija de Lope), quien lo dedicará al duque de Sessa, aludiendo a «la afición que Vuestra Excelencia ha mostrado siempre a los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, mi señor, y las mercedes que en su vida recibió de esas generosas manos». De carácter recopilatorio (además de algunas comedias incluye sus últimos poemas), Lope había estado trabajando en esta obra los últimos años de su vida, y ya en 1633 había anunciado su preparación. Por ello, puede considerarse La vega del Parnaso como su testamento literario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Últimas desilusiones del Fénix: muerte de Lope Félix y rapto de Antonia Clara

El dolor y la melancolía teñirán el tramo final de la vida del «monstruo de la naturaleza»[1]. En efecto, 1634 es año de pesares. Su hijo Lope Félix muere frente a las costas de Venezuela, en una expedición a la isla Margarita para pescar perlas. Lope muestra su inmenso sufrimiento por la trágica pérdida en Felicio. Égloga piscatoria en la muerte de Lope Félix del Carpio y Luján, incluida en La vega del Parnaso (obra póstuma, 1637). El dolor del padre debió de ser desgarrador, pues Lopito constituía su mayor esperanza y, como certeramente escribe Entrambasaguas, su carácter inquieto era vivo reflejo del suyo en sus buenos tiempos.

Pero no acaban aquí los motivos de tristeza. Un nuevo dolor, un nuevo desengaño, espera agazapado al Fénix para darle un durísimo zarpazo en el tramo final de su vida: su hija Antonia Clara, que era viva imagen de Marta-Amarilis, que le servía de amanuense, que le alegraba con sus canciones y recitando sus versos, huye con un galán que tiene apellido de seductor: Cristóbal Tenorio, caballero del hábito de Santiago, un paniaguado del conde-duque de Olivares. Como muy atinadamente escribe McGrady,

Parece haberse impuesto la fuerza de la sangre, pues la niña de diecisiete años, al igual que su madre, se entrega a un amor ilícito; el padre que sembrara vientos ahora recoge tempestades.

Lope manifiesta su desesperación por el nuevo revés en su égloga Filis, que se publicaría póstumamente. Tal es el panorama que se le ofrece ahora al examinar la suerte corrida por sus hijos: Lope Félix, muerto; Marcela, monja, retirada del siglo; Feliciana, casada; Antonia Clara, huida… Todos los biógrafos destacan el cansancio y la soledad del otrora vital Lope, que a sus 72 años encuentra su casa de la calle de Francos vacía, fría y silenciosa.

Casa de Lope de Vega

Entrambasaguas lo imagina vertiendo amargas lágrimas de arrepentimiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Primer matrimonio de Lope: Isabel de Urbina

Tenemos, pues, que hacia mediados de febrero de 1588 Lope debe salir de Madrid (directamente desde la cárcel, según establecía la condena) para cumplir la pena de destierro, tema que aparecerá ahora literaturizado en varios de sus romances, como en el que comienza[1]:

Mil años ha que no canto
porque ha mil años que lloro,
trabajos de mi destierro,
que fueran de muerte en otros.

Mientras que en algunos de ellos le salteará el recuerdo de Filis-Elena:

¡Ay, amargas soledades
de mi bellísima Filis,
destierro bien empleado
del agravio que la hice.

Pero Lope es incorregible y, pese a sus enredos con la justicia, no tiene inconveniente en raptar (eso sí, con su anuencia, al parecer) a una doncella principal de Madrid, Isabel de Urbina, también conocida como Isabel de Alderete, a la que cantará en sus versos con el nombre poético de Belisa. Isabel es hija de Diego de Urbina y Alderete, pintor de la cámara real, y hermana de don Diego de Ampuero Urbina y Alderete, regidor y rey de armas de Su Majestad. Pertenecía, por tanto, a una familia bien situada. El rapto se debió de producir entre la salida de la cárcel y la marcha al destierro (recordemos que Lope disponía de un plazo de quince días para abandonar el reino de Castilla), si bien otra posibilidad es que lo quebrantase para regresar a Madrid y raptar a Isabel.

Firma de Lope de Vega

Pese al consentimiento de la muchacha, su escapada con el «escandaloso poetilla de Madrid», al decir de Entrambasguas, no dejaba de suponer un grave deshonor que debía ser reparado inmediatamente: la familia de Isabel reacciona y Lope se ha de enfrentar a un nuevo proceso judicial, que no se detendrá hasta que el 10 de mayo se case con ella por poderes, actuando en su nombre su cuñado Luis Rosicler (el marido de su hermana Isabel del Carpio, bordador de oficio):

En diez días del mes de mayo, año de mil y quinientos ochenta y ocho años, se desposó, con licencia y mandamiento del señor Vicario general de esta villa de Madrid, Lope de Vega e Carpio, vecino de esta villa, y en su nombre, y por su poder bastante, Luis de Rosicler, con doña Isabel de Alderete; fueron testigos el secretario Tomás Gracián; Juan de Vallejo, alguacil de corte; Juan Pérez, boticario; y Juan de Vega y Alonso Díaz, estantes en esta dicha villa. El licenciado Delgado.

Pérez de Montalbán, que en su Fama póstuma elimina todos los detalles negativos de la biografía de su admirado Lope —no dice nada, por ejemplo, de los amoríos con Elena Osorio, ni del escándalo del proceso por libelos, ni del paso por la cárcel—, señala que el matrimonio con Isabel de Urbina fue después de entrar Lope en la casa del duque de Alba y que se celebró con consentimiento de la familia:

Supo que estaba el señor Duque de Alba en Madrid, y vino a verle y a besarle la mano, de que se holgó Su Excelencia mucho porque le amaba con estremo y así lo mostró, ofreciéndole su casa y haciéndole no solo su secretario sino su valido, favor que pagó Lope con escribir a su orden la ingeniosa Arcadia, enigma misterioso de sujetos altos, desalumbrado en el rebozo de pastores humildes.

Perseveró en esta privanza mucho tiempo, ya estando con Su Excelencia en Alba, y ya viniendo a la corte a sus negocios, hasta que, enamorado de doña Isabel de Urbina, hija de don Diego de Urbina, rey de armas y muy conocido en esta villa, hermosa sin artificio, discreta sin bachillería y virtuosa sin afectación, se casó con ella con permiso de los deudos de entrambas partes.

Pero esto último no debió de ser así, ni mucho menos. Como se ha apuntado, la boda habría sido aceptada sin mucho entusiasmo por los Urbina, tras el hecho consumado de la huida, y como un mal menor que suponía la reparación de su maltrecho honor familiar. El matrimonio canónico con Isabel no se confirmará de presente hasta el 10 de julio de 1589, en la iglesia de san Esteban de Valencia, cuando ya los esposos estén instalados en aquella ciudad.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope canta a Elena-Zaida-Filis

En La Dorotea (1632), Lope completaría el retrato de Elena con nuevos detalles[1]:

Esto en cuanto al paramento visible, que el talle, el brío, la limpieza, la habla, la voz, el ingenio, el danzar, el cantar, el tañer diversos instrumentos, me cuesta más de dos mil versos.

Lope paseaba la calle a Elena (que, no lo olvidemos, era una mujer casada) y, al parecer, ella pronto correspondió a un galán tan gallardo y gentil, y de tan buenas prendas. Y luego Lope recreaba tales visitas y encuentros en romances que ponían como telón de fondo a esos amores el idealizado ambiente morisco, con su nombre y el de Elena enmascarados tras los de Zaide y Zaida:

Gallardo pasea Zaide
puerta y calle de su dama,
que desea en gran manera
ver su imagen y adorarla…

I Love Zaida

Así comienza uno de ellos, al que sirve de respuesta este otro, uno de los más famosos del ciclo de romances moriscos, puesto en boca de Zaida:

—Mira, Zaide, que te digo
que no pases por mi calle,
no hables con mis mujeres
ni con mis cautivos trates…

En otras ocasiones, los amores quedarían reflejados en otro mundo idealizado, el de los romances pastoriles, y en estas ocasiones los disfraces nominales serían Belardo y Filis. Y aunque es obvio que no debemos tomar al pie de la letra y aplicar a Elena y Lope todos los lances y aventuras que en ellos se cuentan (cierta bofetada dada por Belardo a Filis porque en una fiesta de toros había ponderado la valentía de un caballero; los cabellos arrancados por la madre de ella, que se opone a la relación, y con los que Filis hace una trenza que regala a su enamorado como favor amoroso; la vena del cuello del amante que salta por la fuerza de la pasión…), sí que podemos ver en ellos un trasunto, bellamente pasado por el tamiz de la literatura, de aquellos apasionados amores, con sus alternativas de gozo y dolor, de esperanza y sufrimiento, de entregas y rechazos desdeñosos, con sus celos de ausencia y el placer de los reencuentros…

El orgullo satisfecho del poeta, al que cabe imaginar exultante por su conquista de tan celebrada beldad, no podía dejar de pregonarla vanidosamente por medio de sus versos, de forma que tales amores se convirtieron en la comidilla de la Corte; estarían en boca de todos en los famosos mentideros de Madrid y, como señala Entrambasaguas, «Allí saldrían a relucir los dos enamorados entre hazañas de Flandes, riquezas de Indias y relatos de fiestas y autos de fe». En La Dorotea, don Fernando señala precisamente que fue ese hecho, el haberse convertido ambos en «fábula de la corte», la razón alegada por Dorotea para su ruptura:

Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la corte, teniendo yo no poca culpa, que con mis versos publicaba lo que sin ellos no lo fuera tanto.

En efecto, los versos de Lope servían de altavoz de aquella relación adúltera, convirtiéndola en piedra de escándalo para muchos.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos intensos amores con Elena Osorio, como contrapunto de calma, y quizá para rellenar las horas que no podía pasar a su lado, Lope tuvo ocasión de perfeccionar sus estudios, y lo hizo asistiendo, entre los años 1583 y 1586, a la Academia de matemáticas fundada por Felipe II. En ella cursó estudios astrológicos (frecuentó las clases de Juan Bautista Labaña y Ambrosio Ondériz) y recibió además lecciones de esgrima del famoso maestro Pablo de Paredes. La habilidad con la espada era condición sine qua non para todo aquel que se preciase de cortesano; y aunque Lope no lo fue nunca, en sentido estricto, por sus años de estudio y formación, por sus buenas prendas de naturaleza y por sus nuevas habilidades adquiridas reunía muchas de las condiciones necesarias para aparentar tal faceta.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.