Clavileño y la cueva de Montesinos, episodios relacionados

ClavileñoEl episodio de Clavileño todavía tiene una coda final, muy importante: la Duquesa pregunta a Sancho qué tal fue el viaje y el buen labrador explica que se levantó la venda de los ojos y pudo ver la tierra del tamaño de «un grano de mostaza» y a los hombres «poco mayores que avellanas»; no solo eso: al verse junto al cielo, se apeó para jugar «casi tres cuartos de hora» con las siete cabrillas (las Pléyades). A su vez, el Duque consulta su parecer a don Quijote, quien opina: «o Sancho miente, o Sancho sueña» (p. 576)[1]. Sin embargo, el escudero da las señas de las siete cabrillas, sus colores («las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla», p. 576); el Duque, olvidado todo decoro, le pregunta si vio también algún cabrón, y obtiene una digna respuesta de Sancho.

Tal es el fin de la aventura de la dueña Dolorida, «que dio que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera» (p. 577). Pero todavía resta un último y revelador aparte entre amo y criado: «Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más» (p. 577).

Cueva de MontesinosLa clara relación entre ambos episodios, el de Clavileño (ascenso a la esfera celestial) y el de la cueva de Montesinos (descenso a lo profundo de los abismos), ya ha sido puesta de manifiesto por la crítica[2]. Además, existe mucha bibliografía sobre las fuentes de Clavileño y es cuestión en la que no me interesa ahora ahondar[3]. Bastará con recordar que se han señalado fuentes persas, indias, la historia del caballo de madera de Las mil y una noches, Clamadés y Clarmonda, Valentin et Orson… Sí quiero detenerme un instante en las interpretaciones sobre la importancia y la función del episodio, que son muy variadas. Para Gillet, por ejemplo, aunque considera que es «burlesco en su totalidad», tiene una trascendencia simbólica de éxtasis místico:

Parece que en un pasado ya lejano el vuelo de Don Quijote y Sancho en un caballo de madera entrañaba un significado místico. No es fácil darse cuenta de ello leyendo el episodio de Clavileño, burlesco en su totalidad. En su fondo, sin embargo, es el relato de un rapto espiritual en el que se supone que el alma trasciende los límites del espacio y del tiempo. Puede tomar la forma de un viaje por los aires o por la profundidad de la Tierra. Tiene correspondencia esencial, desde luego, con el episodio de la Cueva de Montesinos, en los capítulos 22 y 23, también de la Segunda parte. […] el vuelo de Clavileño, aunque reducido a farsa, representa en realidad un vuelo del alma, como lo es también con más color de verdad, el sueño de la Cueva de Montesinos[4].


[1] Cito por Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. crítica y comentario de Vicente Gaos, Madrid, Gredos, 1987.
[2] Ver especialmente Joseph E. Gillet, «Clavileño: su fuente directa y sus orígenes primitivos», Anales cervantinos, VI, 1957, pp. 251-255; y Mario Martín-Flores, «De la cueva de Montesinos a las aventuras de Clavileño: un itinerario de carnavalización del discurso autoritario en el Quijote», Hispánica, XXXVIII, 1994, pp. 46-60.
[3] Además de los trabajos de Gillet y Martín-Flores ya citados, ver Paul Aebischer, «Paléozoologie de l’Equus Clavileñus, Cervant.», Études de Lettres, VI, 1962, pp. 93-130; Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», 4.ª ed. corregida, Madrid, Ínsula, 1975, pp. 313-318; Albert Henry, «L’ascendance littéraire de Clavileño», Romania, XC, 1969, pp. 242-257; Carlos Orlando Nállim, «Clavileño. La tradición en una nueva obra de arte», en Melchora Romanos (coord.), Alicia Parodi y Juan Diego Vila (eds.), Para leer a Cervantes. Estudios de literatura española Siglo de Oro, vol. I, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1999, pp. 83-98; Augustin Redondo, «De don Clavijo a Clavileño: algunos aspectos de la tradición carnavalesca y cazurra en el Quijote», Edad de Oro, III, 1984, pp. 181-199; Martín de Riquer, «La technique parodique du roman médiéval dans le Quijote», en La littérature narrative d’imagination. Des genres littéraires aux téchniques d’expression, París, Presses Universitaires de France, 1961, pp. 63-64; y Rudolph Schevill, «El episodio de Clavileño», en Estudios eruditos «in memoriam» de Adolfo Bonilla y San Martín, Madrid, Universidad Central, 1927, vol. I, pp. 115-125. Puede consultarse además Jaime Fernández, Bibliografía del «Quijote» por unidades narrativas y materiales de la novela, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 715-723. Albert Henry afirma respecto a las fuentes: «Malgré tous ses talents, Clavilègne le Véloce n’est pas de race pure, pas plus que le baudet de Sancho. Dans son arbre généalogique, il faut, comme diraient les philologues, introduire des contaminations» («L’ascendance littéraire de Clavileño», pp. 256-257).

[4] Gillet, «Clavileño: su fuente directa y sus orígenes primitivos», pp. 253-254.

El episodio cervantino de Clavileño

ClavileñoLa aventura de Clavileño (Quijote, II, 40-41)[1] constituye el remate del episodio de la dueña Dolorida (que comienza en II, 38) y se enmarca en un contexto general más amplio, el de las burlas urdidas por los Duques y su mayordomo para engañar a don Quijote y Sancho y reír a costa de la locura de uno y la simplicidad de otro. Como explica la dueña Dolorida —el burlesco mayordomo de los Duques—, el caballo será enviado por el gigante Malambruno para que amo y escudero puedan volar hasta Candaya y resolver así dos encantamientos, el de los príncipes don Clavijo y doña Antonomasia y el concerniente a su propia persona (dueña Dolorida-condesa Trifaldi) y a las dueñas barbadas. Esta nueva burla, tramada por los aristócratas y sus coadyuvantes conforme al estilo caballeresco, se desarrolla a lo largo de dos capítulos, el II, 40, «De cosas que atañen y tocan a esta memorable historia» (aquí se describen las características de Clavileño el Alígero) y el II, 41, «De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura», donde se pone en práctica el plan burlador. Clavileño, recordemos, es un caballo de madera, el mismo que usaron —se dice— los amantes Pierres y la linda Magalona, que vuela veloz y con paso llano y reposado y en el que caben dos personas.

La «memorable aventura» sucede en el jardín de los Duques, de noche. Cuatro salvajes traen el caballo de madera, que dispone de una clavija para gobernar sus subidas y bajadas; los jinetes deben taparse los ojos hasta que el caballo relinche, pues esa será la indicación de que el viaje ha finalizado. Toda la escena es ridícula, porque el caballo no tiene riendas ni estribos y a don Quijote le cuelgan las piernas; al mismo tiempo, Sancho tiene que sufrir las duras ancas de tabla, porque la montura no sufre que le pongan ningún cojín (para ir algo más descansado, se pone a mujeriegas). Las voces de los presentes les indican a amo y escudero que van subiendo, aunque el buen sentido de Sancho anota la objeción de que esas voces se oyen demasiado cerca. El paso de Clavileño es tan llano, afirma don Quijote, que parece que no se mueven.

ClavileñoLos agentes activos de la burla siguen siendo los Duques y sus criados: «tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta» (p. 570)[2]. Así, les dan aire con fuelles y don Quijote cree que atraviesan las distintas regiones del aire, hasta llegar a la del fuego (entonces les acercan estopas ardiendo a la cara con unas cañas). Al final, pegan fuego al caballo por la cola y estalla con los cohetes tronadores que lleva dentro; desaparecen la Trifaldi y las dueñas barbadas, quedando los demás como desmayados en el jardín. Don Quijote y Sancho, chamuscados y maltrechos, quedan atónitos al verse de nuevo en el mismo lugar de donde partieron; sin embargo, ven hincada en el suelo una gran lanza con un pergamino, en el cual Malambruno les comunica que ha quedado satisfecho de la prueba, de forma que dejará mondas a las dueñas barbadas y libres a don Clavijo y doña Antonomasia. El Duque hace como que vuelve en sí, y lo mismo la Duquesa y los otros, «con tales muestras de maravilla y espanto, que casi se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien sabían fingir de burlas» (pp. 573-574).


[1] Clavileño ya aparecía mencionado en I, 49; su constructor fue el sabio Merlín.

[2] Cito por Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. crítica y comentario de Vicente Gaos, Madrid, Gredos, 1987.