«El licenciado Vidriera» de Cervantes: valoración y recreaciones posteriores

En entradas anteriores me he referido al argumento y la estructura narrativa de El licenciado Vidriera y he abordado, asimismo, el tema central del relato, la locura de su protagonista, Tomás Rodaja. Quedaría por decir algo acerca de la valoración de esta narración, la quinta de la colección de Novelas ejemplares. Ya he comentado que la crítica ha destacado el notable interés del tema planteado por el relato, si bien algunos estudiosos han puesto reparos a su estructura narrativa: se le ha llegado a negar incluso el carácter de novela, por ser, en buena medida, una mera acumulación de apotegmas o frases sentenciosas puestas en boca de Vidriera, lo que repercute en su construcción como personaje narrativo. Así Juan Luis Alborg, por ejemplo, comenta en su Manual de literatura española que, «siendo soporte tan sólo de las ideas del novelista, Tomás Rodaja no tiene la consistencia humana de otras muchas creaciones del autor». Y añade que

son bastantes los críticos que han encontrado en Vidriera una proyección muy personal del propio Cervantes y una como prefiguración de don Quijote en este otro loco que ridiculiza las hipocresías o necedades de la gente. Pero Vidriera, creemos nosotros, se nos impone más por la originalidad de su situación que por la fuerza de su personalidad. Cervantes no consigue dar el suficiente calor al licenciado loco que, muy lejos de la insondable humanidad de don Quijote, queda más bien en un convencional muñeco literario. […] La novela pertenece —junto a Rinconete y Cortadillo y El coloquio de los perros— al grupo de las satíricas; pero, basada principalmente en esquemáticas sentencias de lúcida lógica, ni posee la intensidad realista del Rinconete ni las punzantes ironías del Coloquio, discursivas también, pero infinitamente más vívidas y humanas que las del Licenciado[1].

En fin, esta otra es la valoración que ofrecen, igualmente en su Manual, Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

La locura y el fracaso de Rodaja preludian a los de don Quijote. Nos parece una obra magnífica, una amarga sátira, una nueva muestra del mundo al revés que fue la España de los Austrias y que acostumbra a ser la sociedad humana[2].

El argumento de El licenciado Vidriera, como sucede con otras varias de las Novelas ejemplares, ha dado lugar a reescrituras y recreaciones literarias por parte de otros autores, así en teatro (las del Siglo de Oro las ha estudiado Katerina Vaiopoulos[3]) como en narrativa. Una de ellas es la comedia homónima, El licenciado Vidriera, de Agustín Moreto. Redactada hacia 1648 y publicada en 1653, es comedia de ambiente palatino cuya acción se sitúa en Italia (Urbino). Carlos sigue el doble camino de las letras y las armas para tratar de alcanzar fortuna y obtener así el amor de Laura. Para ser aceptado en la corte, fingirá la locura de ser de vidrio, logrando entonces la aceptación de todos los cortesanos.

ElLicenciadoVidriera_Moreto

La otra recreación destacada es la de Azorín, quien en 1915 publicó El licenciado Vidriera visto por Azorín (Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes) como parte de los centenarios cervantinos de esos años. El autor de La ruta de don Quijote (1905) reflexiona ahora sobre la condición intelectual, rindiendo de nuevo homenaje a su admirado Cervantes. En la edición de 1941, esta obra azoriniana pasaría a titularse Tomás Rueda.


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 109.

[2] Felipe B. Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. III, Barroco: Introducción, prosa y poesía, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 132.

[3] Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Academia del Hispanismo, 2010.

Comedias de enredo de Jerónimo de Cáncer

Para Jesús Duce, colega y amigo,
que aprecia estas entradas sobre don Jerónimo

El bandolero Sol Posto (1669, escrita por Cáncer y Velasco junto con Pedro Rosete Niño y Francisco de Rojas Zorrilla[1]) tiene como protagonista a Simón, hidalgo portugués que se convierte en bandido para vengar la afrenta que le ha hecho el castellano don Félix de Andrada, quien ha forzado a su prometida Leonor. Simón se hace llamar Sol Posto porque, dado su agravio, huye de la luz del sol; y sol puesto es también el honor mancillado de Leonor, hasta que, una vez muerto Simón, don Félix se casa con ella.

La fuerza del natural (1676, con Moreto[2]) se basa en el socorrido recurso de intriga de los hijos trocados. Al nacer su hijo, el duque de Ferrara lo entrega al labrador Roberto para que lo cuide como si fuera suyo. En el campo se crían dos jóvenes, Julio, el supuesto hijo del duque, y Carlos, que pese a su hábito rústico da siempre muestras de cortesano (por ejemplo, en su trato con la bella Aurora). Al final se produce la anagnórisis: la esposa de Roberto cambió los niños; Carlos, el verdadero hijo del duque, se casa con Aurora, mientras que el rústico Julio tiene que conformarse con la villana Gila.

LaFuerzaDelNatural

La verdad en el engaño (1662, con Juan Vélez de Guevara y Antonio Martínez de Meneses[3]), cuya acción se sitúa en Chipre, es un «ciego laberinto» de amor y de celos y una nueva ilustración de que «engañando vence amor». Febo, príncipe de Albania, ama a Fénix, princesa de Chipre, y acude a su encuentro pese a la enemistad existente entre los dos reinos, viéndose precisado a urdir mil enredos (por ejemplo, fingir que es Tolomeo, un enemigo al que ha vencido). La comedia acaba con las bodas de Febo y Fénix y una alusión a los monarcas españoles, «la Fénix de Austria divina / y el Febo de España cuarto» (fol. 148v-b).

Localización italiana, ambiente cortesano y diversas intrigas amorosas y políticas encontramos en Enfermar con el remedio (1653[4], con Calderón y Luis Vélez de Guevara), Hacer remedio el dolor (1658, con Moreto) y La razón hace dichosos (1663, con Martínez de Meneses y Zabaleta). Todavía podríamos recordar algunos títulos más como El hijo pródigo (con Matos y Moreto) o El rey don Enrique el enfermo, curiosa colaboración entre seis ingenios (además de Cáncer, intervinieron Zabaleta, Martínez de Meneses, Rosete, Villaviciosa y Moreto); y otras piezas con problemas de atribución como Los tres soles de Madrid o El bandolero de Flandes[5].


[1] El bandolero Sol Posto, en Parte treinta y dos de comedias nuevas nunca impresas, escogidas de los mejores ingenios de Espana, Madrid, Andrés García de la Iglesia a costa de Francisco Serrano de Figueroa, 1669.

[2] La fuerza del natural, en Segunda parte de las comedias de Agustín Moreto, Valencia, Benito Macè, 1676.

[3] La gran comedia de la verdad en el engaño, de don Juan Vélez, de don Gerónimo Cáncer y de don Antonio Martínez, en Parte diez y siete de comedias nuevas, y escogidas de los mejores ingenios de Europa, Madrid, Melchor Sánchez a cargo de San Vicente, 1662.

[4] Puede leerse en el tomo XIV de la BAE (Obras de don Pedro Calderón de la Barca, ed. de Juan Eugenio Hartzenbusch, tomo cuarto, Madrid, Rivadeneyra, 1945), pp. 429-448.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

Otras comedias de asunto religioso de Jerónimo de Cáncer

En Dejar un reino por otro y mártires de Madrid (1678, escrita por Cáncer y Velasco en colaboración con Villaviciosa y Moreto[1]), Enrique, cautivo español que guarda gran parecido físico con Solimán, el desaparecido sobrino del emperador otomano Amurates, tiene la oportunidad de hacerse pasar por el infante y aspirar al trono de los turcos y al amor de la bella princesa Luna. Ya en Constantinopla, se reúne con Flora, mujer a la que cortejó en Madrid y que le ha seguido por toda Europa. Ambos se niegan a renunciar a su fe cristiana, mueren mártires y un ángel pone sobre sus cabezas sendas coronas de color rojo y blanco (símbolo de su sangre derramada y de su castidad).

Santa Sofía

En Antioquía, en tiempos de Diocleciano, ocurre la acción de La Margarita preciosa (1663, con Zabaleta y Calderón[2]). Margarita, hija supuesta de Esedio, sacerdote gentil, se convierte al cristianismo y es sacrificada a los dioses; después de muerta, obra el prodigio de decir que Cristo es el Dios verdadero. En la Jornada II, Cáncer la presentaba en traje de pastora, entonando bellas alabanzas a Dios-Pastor: «Ya todo me ha faltado, / mas como os tenga a Vos, Divino Esposo, / nada encuentro, Señor, que sea penoso» (p. 420). La obra se desarrolla en un ambiente campesino, con bellas cancioncillas intercaladas:

MÚSICOS.- La beldad de Flora
celebren y alaben
todos los pastores
deste ameno valle.
Que de Margarita
la hermosura grande
quemósela el sol,
llevósela el aire (Jornada II, pp. 420b-421a)[3].


[1] Dejar un reino por otro y mártires de Madrid, de Cáncer, Villaviciosa y Moreto, en Parte cuarenta y cuatro de comedias nuevas, nunca impresas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, por Roque Rico de Miranda, a costa de Juan Martín Merinero, 1678.

[2] La Margarita preciosa, comedia famosa de tres ingenios, la primera jornada de Don Juan de Zabaleta, la segunda de Don Gerónimo Cáncer y la tercera de Don Pedro Calderón, en Parte veinte y una de comedias nuevas escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Joseph Fernández de Buendía a cargo de Agustín Verges, 1663. Puede leerse en el tomo XIV de la BAE (Obras de don Pedro Calderón de la Barca, ed. de Juan Eugenio Hartzenbusch, tomo cuarto, Madrid, Rivadeneyra, 1945), pp. 517-536.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Cáncer y la comedia burlesca», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, vol. I, De la Edad Media a los Siglos de Oro, Madrid, Gredos, 2003, pp. 1069-1096.

La música en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso

La música tiene una relevancia destacada en esta obra escrita en colaboración por Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, por lo menos en dos pasajes. El primero, cuando Natalio quiere entretener a Teodora, porque últimamente la ve con «graves melancolías». Los Músicos le cantan y Natalio pondera la belleza de su esposa con estos bellos versos:

MÚSICOS.- Ojos, venced los enojos,
pues que sois cielos de amor,
porque no eclipse el dolor
la luz de tan bellos ojos.

NATALIO.- Bellísima emulación
del planeta más luciente,
a cuya veneración
en llama pura y decente
sacrifico el corazón.
En los amenos verdores
del jardín, tanta tristeza
pudo templar sus rigores,
viendo que de tu belleza
eran retrato las flores.
Para copiar con primor
tu frente, playa serena
donde está en calma el amor,
todo su hermoso candor
pródiga dio la azucena.
En tus mejillas traslada
la rosa su pompa breve,
pues en ellas imitada
se vio su púrpura nieve
o su púrpura nevada.
En tu boca el encendido
clavel quedó convertido,
y el que en tan dichoso empeño
acertó a ser más pequeño,
ese fue más parecido.
Para tus ojos no había
comparación en el suelo,
y por lograr su porfía,
Amor, que el retrato hacía,
dos astros le pidió al cielo.
Y como tú en el raudal
te mirabas de una fuente,
desta copia celestial
parecía la corriente
limpio viril de cristal;
pero el aumentar así
tu tristeza fue preciso,
si al ver tu hermosura allí
quedaste como Narciso
enamorada de ti (pp. 246b-247a)[1].

Velazquez, Tres músicos

En fin, la música también desempeña una función clave cuando se escucha en la escena del asalto a la casa de Natalio, momento en que sirve como aviso a Filipo del grave delito que va a cometer y de sus consecuencias.

Como hemos visto a lo largo de varias entradas, La adúltera penitente, de Cáncer, Moreto y Matos, es una comedia hagiográfica que mezcla elementos de la comedia de capa y espada (gracioso, amor y honor, mujer en traje varonil, bandidos, música, espectacularidad de los milagros…) con los propiamente religiosos y sobrenaturales. No es una comedia de calidad excelente, pero sin duda hay que tener en consideración el corpus de obras de autores secundarios para completar el estudio cabal de la comedia hagiográfica del Siglo de Oro, centrado hasta ahora en algunas obras representativas de los dramaturgos más importantes: Lope, Tirso y Calderón[2].


[1] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

El elemento profano en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: el gracioso y el humor

En esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso el papel del gracioso lo representa Morondo, que al principio se muestra interesado por Julia, criada de Teodora. Él es quien urde la industria para sacar de casa a Natalio y dejar libre el campo a su señor: inventa Morondo que Filipo, por una mujer, se dio de cuchilladas con un caballero griego, cuatro criados latinos y seis lacayos tudescos. Al tiempo que lanza este embuste, Morondo afirma que en su vida supo mentir, detalle que subraya la comicidad del pasaje, para rematar luego comentando: «De encaje salió el enredo» (p. 246a)[1]. También se explota humorísticamente la cobardía del gracioso (por ejemplo, su temor al sentirse el ruido de espadas en el asalto a la casa).

Duelo de espadas

El humor se acentúa notablemente en la jornada segunda. Así, en la escena en que Morondo sale a medio vestir, con el abad, ronca y se pone la capilla en la pierna; cuando Teodora echa agua bendita al Demonio, este da una puñada a Morondo. Luego el criado, convertido en lego, se alegra porque le llenan la barriga los labradores, quienes bromean sobre el buen apetito del hermano Morondo: «Para santo con exceso / engorda a puros bodigos» (p. 266a-b), dice Flora. Y el propio Morondo comenta: «Esta sí que es buena vida, / que hace un pícaro estimado» (p. 266b). Pero también recibe más palos; el Demonio, enrabietado porque fracasan todas sus trampas contra Teodora, se venga golpeando al criado: «Padre, cierto que esta noche / ha andado el malo muy listo / por aquí» (p. 270b). Más tarde el Demonio, nuevamente rabioso, hace que la carne del cordero que está merendando Morondo le sepa a hiel, y a azufre el vino[2].


[1] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

El elemento profano en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: amor y honor

CapayEspadaSabido es que muchas de las estructuras y mecanismos de la comedia hagiográfica coinciden con los de la comedia de enredo o de capa y espada: amor, honor, gracioso, humor, mujer en traje varonil, etc. Pues bien, en esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso ese elemento profano es muy importante. Recordemos que la acción comienza con un triángulo amoroso, el formado por Natalio, Teodora y Filipo. El galán desdeñado logra con violencia gozar a la mujer y el marido ultrajado querrá vengar su honor. Veamos cómo funciona en la pieza esta estructura de amor y honor.

En efecto, el arranque de La adúltera penitente bien podría ser el de una comedia de enredo. La primera escena nos muestra a un galán, Filipo, que, tras quejarse de sus desdeñados amores, pide a su criado Morondo y a su amigo Roberto que le dejen morir. Morondo va a ser el típico criado industrioso[1]. Le dice que es una locura amar a una mujer casada, pero el galán se excusa diciendo que ella se casó con un rico que compró su belleza. Dos años después, él le sigue escribiendo billetes de amor. La propia Teodora corrobora esa explicación: sabía al casarse que Filipo la amaba, pero sus deudos le pidieron que admitiera a Natalio por dueño. Ella, en cualquier caso, es virtuosa y, fiel al honor conyugal, resiste en todo momento a las porfías de Filipo. Consideremos esta bella descripción de Teodora vista por Filipo:

FILIPO.- Aunque es el fuego su asiento,
libre en sus llamas se mira
la salamandra, y respira
sin riesgo de un elemento.
Entre las zarzas vecinas
de las fragosas montañas,
nace el lirio, y aunque hurañas,
le respetan las espinas.
Con repetida porfía
de la enfaldad[2] obscura
de la noche hermosa y pura
se libra la luz del día.
Sin que amargo sabor cobre,
hay río cuyos cristales
conservan dulces raudales
en medio del mar salobre.
Y así el recato que veo
en Teodora ser pretende
salamandra, que no ofende
todo el fuego de un deseo;
lirio cuajado ni herido
del riesgo, no puede ser;
aurora que obscurecer
sombras torpes no han podido,
y río que nunca deja
el curso de su rigor
y está en el mar de mi amor
si en lo amargo de mi queja (p. 245a)[3].

También el final de la primera jornada, cuando salen Filipo y Teodora a medio vestir, es «de capa y espada». Él le ha arrebatado su honor, pero una vez que ha tomado posesión del cuerpo, muere su deseo y se va, dejándola abandonada. En ese momento, el Demonio mata la luz y hace creer a la desengañada mujer que ha llegado su esposo, todo para incitarla a dejar la casa. Así lo hace, no sin antes explicar que, si huye, es porque teme el castigo de los cielos, no el humano. Al llegar Natalio ve ropas revueltas en el suelo y teme por su honor. Al principio duda, pero convencido de su deshonra, sale a buscar a la fugitiva y ejecutar su venganza:

NATALIO.- Ya no hay mal que no recele
contra el decoro sagrado
del honor; pero ¿qué arguyo?
Miente el recelo villano,
miente cualquiera apariencia,
mas lo que podrán pensar
los que la vieren faltar,
a lo peor me sentencia.
Pues su duda o su obediencia
a nadie honrado le hace,
del concepto ajeno se hace
la honra propia, y así
no me satisface a mí
si a todos no satisface.
Hallar desea en su ayuda
algún indicio mi amor,
mas de ausentarse el error
no da lugar a la duda.
Claros astros, noche muda,
guiad mi venganza fiera,
pero aunque seguirla quiera,
¿cómo he de alcanzar, cargado
de un agravio tan pesado,
a una mujer tan ligera?
Mas ya que a entender su culpa
me obligan indicios tantos,
la buscaré aunque la esconda
el centro más ignorado
de la tierra o el abismo
en sus profundos espacios.
Peregrinando sujeto
al dictamen de mi agravio,
fatigaré incultos montes,
pisaré desiertos campos,
navegando nuevos mares,
discurriendo climas varios,
siendo piedad de los Cielos,
de los hombres y los hados
con la deshonra que llevo,
con el fuego en que me abraso.
Y si no hallare la causa
de tan afrentosos daños,
hallar la muerte aguardo
que es la dicha mayor de un desdichado (p. 258a-b).

Al comienzo de la Jornada II se nos informa de que Teodora lleva dos meses en traje varonil: vive en un convento de la orden de San Elías (Teodora es ahora fray Teodoro); Filipo, a su vez, recorre el monte como bandido; y el esposo ultrajado los anda buscando a los dos. El Demonio quiere hacer que Natalio conozca su afrenta a ciencia cierta y para ello escribe en los troncos el siguiente mensaje: «Adúltera fue Teodora». Trata así de vengarse en la opinión de Teodora, ya que no puede en su virtud. Más tarde se produce el encuentro entre Natalio y su esposa (a la que no reconoce por ocultar con el hábito su verdadera personalidad). Natalio cuenta su historia —cómo casó con la bella e ingrata Teodora— al supuesto padre Teodoro, el único que le ha prestado atención. Teodora, llorosa por lo que escucha, se turba cuando su marido empuña el acero en su mano: Natalio, tras leer al final el «Adúltera fue Teodora», ve confirmado su agravio, ve su deshonra grabada en las cortezas de los árboles, y todo su amor se transforma en odio. Si Teodora es mala, concluye, no habrá ninguna mujer buena.

Al inicio de la Jornada III, vemos de nuevo a Natalio, rodeado de sus deudos y amigos, encendido por la deshonra y su sed rabiosa de venganza. Siente la herida afrentosa de su deshonor y el Demonio quiere acercarlo a Roberto, que va a traicionar a Filipo. Honor, venganza, deshonra, son palabras repetidas en esta escena. Roberto dice que Filipo ha afrentado a la esposa de Natalio. Pero Natalio no desea hacer notoria su afrenta. Por ello, en lugar de darse a conocer, dice ser un hombre que vengará esa inocencia ofendida (intentará que parezca socorro lo que en realidad es venganza). Natalio va a ser médico de su honra (p. 275b; de ahí que se hable de herida, p. 275b y supra, p. 274a). Se duele de la resolución tomada (ama a su esposa, se insiste en esto) y luchan en su pecho los sentimientos de amor y de deshonra:

NATALIO.- Muerte dio a mi bien, señora,
Teodora, querido dueño,
vida ya de mis congojas,
alma de mi amor, ¿qué digo?,
siéndolo de mi deshonra.
Cielos, ¿cómo cabe en mí
este sentimiento agora
sin que el de mi amor le impide?
Sin duda, pues no se estorban,
que en los secretos del pecho
puso mano artificiosa
un seno para el amar
y otro para la deshonra,
pues entrambos ofendidos,
¿qué espera mi furia loca?
El veneno que respiro,
¿cómo el aire no inficiona?
¿Qué nieve en mi pecho oculta
el Etna[4] que incendios brota?
¿Cómo no arden estas plantas
para hacer ojos sus hojas
con que miren mi venganza?
¿Cómo ya llamas no arrojan
arenas, riscos y peñas?
Amigos, huid agora,
que el volcán de mis alientos
va abrasando cuanto topa.
¡Venganza, amigos, venganza,
que abrasará mi deshonra,
que este rayo aun lo débil no perdona! (pp. 275b-276a).

Natalio afirma que quemará todo el monte, aunque es consciente también de que, aunque se vengue con el fuego, quedarán siempre las cenizas del deshonor. En la escena en que Roberto se ofrece para entregarle a Filipo —a cambio de lo cual Natalio le promete «hacienda, honor, riqueza» (p. 276b)— aparecen de nuevo las imágenes ígneas: abrasa, incendia, quema[5]


[1] Ver para industria las pp. 244b y 245a.

[2] Sic en el texto, quizá error por «frialdad».

[3] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[4] Enmiendo la lectura errada «Etno».

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

El elemento espectacular en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: los milagros de Santa Teodora

Frente a las artes diabólicas del Demonio, tenemos en la comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso los milagros que obra Teodora en su vida de penitente. El primero acontece precisamente ante su esposo Natalio, que recorre el monte enajenado provocando la huida de los villanos. Él explica que la suya es locura de amor, y lo expresa en una bella enumeración diseminativo recolectiva:

NATALIO.- ¿Adónde, amante y rendido,
hallaré el bien que perdí?
Mas sin duda estuvo aquí
pues dejó el campo florido.
Flores, decidme su esfera;
mas no lo querréis decir,
que en sus pies os va a decir[1]
otra mejor primavera.
Aves, que al sol hacéis salva,
sin duda della sabréis,
si no es que ya no cantéis
dulces requiebros al alba.
Arroyo, en aqueste empleo
que ciegamente conquisto,
¿ríeste de haberla visto
o de que yo no la veo?
Yedras, decid de mi bien,
y no me dejéis penar,
y pues que sabéis amar,
sabed consolar también.
Todos amáis, selvas, flores,
arroyos, yedras constantes,
y pues todos sois amantes,
mirad que muero de amores (p. 263b)[2].

El abad manda a fray Teodoro que salga al encuentro del loco. Así lo hace, y sus palabras logran apaciguarlo: Natalio explica al supuesto religioso que no hubo traición por parte de su esposa, pondera su «honesta hermosura» y afirma que la idolatra. Otro hecho prodigioso tiene lugar más tarde, cuando se encuentran Teodora y Filipo; él sigue enamorado de la dama, pero ella es ya otra, sigue a Dios, y a Él pide amparo: cuando se entra Teodora huyendo del galán, este no puede moverse para seguirla, y la sorpresa del hecho sobrenatural queda subrayada por el comentario del galán: «todo es prodigios mi vida» (p. 269b).

Una nueva intervención milagrosa se produce a propósito del niño cuya paternidad Flora atribuye a fray Teodoro. Despechada porque fray Teodoro (en realidad, Teodora) no le hace caso, afirma delante del abad que le entregó las llaves de su honor porque le dio palabra de ser su esposo y que después se entró fraile sólo por burlarla. Además, esta noche la ha vuelto a gozar, así que la ha burlado dos veces. Pide por ello que lo echen del convento, ya que si no lo hacen así bajarán las limosnas. El niño que trae es de fray Teodoro, dice, pero uno de los labradores comenta: «Ya el niño ha tenido / con este diez padres» (p. 272a). El abad pide cuentas a fray Teodoro, y aunque protesta que es inocente, es expulsado del convento: «Vaya, y su pecado pague» (p. 272b)[3]. Entonces Teodora pide a Dios por el niño, momento en que bajan dos ángeles con cestillas «y dánselas a la Santa» (p. 272b). Le explican además que en una cueva hallará una leona para criarlo, como así sucede[4].

DosAngeles_Giotto

Siguen los milagros de la santa[5]: Teodora amansa un león y, más tarde, al tiempo que lamenta la tristeza de verse arrojada del coro, pide a la Virgen que la ayuden a cantar los árboles; entonces «Descúbrese un coro en un bofetón que saldrá hasta donde está la Santa» y el coro de árboles entona un Kyrie eleyson. Luego «Sale un ángel en una apariencia» y la invita a subir al coro de la Virgen, porque María le restituye su gracia: «Desaparece todo con sus apariencias, la Santa por una parte y el coro por otra, y el Ángel por otra» (p. 280a). Otra aparición espectacular ocurre cuando Natalio y Roberto persiguen a Filipo, que cae por un despeñadero. Sabe que le ha vendido el traidor Roberto, movido del interés, y tras invocar al Cielo, se oculta en unas peñas, en una de cuyas cuevas hay un santo varón (Teodora) leyendo:

TEODORA.- Es la vida una jornada
que hace el hombre para el Cielo:
andamos cuando vivimos,
partimos cuando nacemos,
cuando morimos llegamos
y descansamos muriendo (p. 281a).

Filipo quiere ampararse del santo y entonces: «Sale un bofetón de dentro, que tape la cueva, y en él la Santa de rodillas, y suena música» (p. 281b). Natalio ve que se trata de un aviso del Cielo y decide perdonar sus agravios. En fin, cuando Teodora se siente morir es llevada al convento. El Demonio se va vencido definitivamente:

ABAD.- Válgame el cielo, ¿quién eres?

DEMONIO.- Quien persiguiendo a Teodoro,
[ha] asistido inútilmente,
porque venciendo mi engaño
ya en el aire resplandece,
y yo de sus luces huyo
a mis lóbregos albergues. Húndese. (p. 285b).

Hecho que el abad subraya con sus asombradas palabras: «¡Cielos, qué raro prodigio! / ¿Pero qué estruendo es aqueste?». Se oye, en efecto, un estruendo de campanas y sucede un último prodigio; se ve a la santa y a Filipo con hábito: «Descúbrese la Santa con tunicela, y Filipo con el hábito, abajo un Ángel» (p. 286a). Y acaba la comedia así:

ÁNGEL.- Natalio, y todos vosotros
cuantos escucháis alegres,
la que miráis es Teodora,
que, viviendo penitente
en el traje de varón,
logró tan dichosa muerte.
El honor te restituye,
pues ya Filipo te ofrece,
donde le miras, rendido,
que ya otra vida promete,
y cumpliendo con su fama
y contigo, ahora vuele
donde celestial corona
divina mano le ofrece.

NATALIO:- ¡Cielos, dichosa venganza!

ABAD.- Su error nuestra voz confiese.

TODOS.- Todos pedimos perdón.

MORONDO.- Y con vitorias alegres
tendrá aquí dichoso fin
La adúltera penitente (p. 286a-286b)[6].


[1] Quizá se podría enmendar ese repetido «decir» por «lucir».

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Como vemos, Teodora por segunda vez ha sido arrojada del espacio que le sirve de hogar: al acabar la primera jornada, de su propia casa; al acabar la segunda, del convento donde había hallado acogida. Pero eso no le hace perder la esperanza, en modo alguno, y en la Jornada III se intensificarán los milagros de la adúltera penitente.

[4] Por cuenta de Dios queda el sustentarlo, y se destaca que el niño abandonado va a encontrar más abrigo en una fiera que en su madre.

[5] También tenemos milagros a lo burlesco, los que supuestamente hace el gracioso Morondo, que dice ser santo: por ejemplo, ha logrado convertir a un hombre… con un azumbre de vino.

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.