Lope publica «La Dorotea»

Sigue aspirando Lope al cargo de cronista real, pero infructuosamente[1]. Al año siguiente, 1632, da a las prensas La Dorotea, una «acción en prosa», en cinco actos, en la que rememora idealmente su primer gran amor con Elena Osorio; y escribe la Égloga a Claudio, epístola dirigida a su amigo Claudio Conde, que constituye un hermoso resumen poético de su vida y pensamiento, algunos de cuyos pasajes he tenido ocasión de citar en entradas anteriores.

La Dorotea, de Lope

Es el mismo año en que muere Marta de Nevares (el 7 de abril). Pagaría su entierro Alonso Pérez, librero amigo del poeta y padre de Juan Pérez de Montalbán. Lope describe la muerte de su amante en las octavas reales de la égloga Amarilis, que se publicaría en 1633. También evoca su muerte en este soneto del Tomé de Burguillos titulado «Que al amor verdadero no le olvidan el tiempo ni la muerte»:

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.

Tan vivo está el jazmín, la pura rosa,
que, blandamente ardiendo en azucena,
me abrasa el alma de memorias llena:
ceniza de su fénix amorosa.

¡Oh, memoria cruel de mis enojos!,
¿qué honor te puede dar mi sentimiento,
en polvo convertidos sus despojos?

Permíteme callar solo un momento:
que ya no tienen lágrimas mis ojos,
ni conceptos de amor mi pensamiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Enfermedad de Lope y agravamiento de Marta de Nevares

En marzo y abril de 1628, Lope está enfermo de gravedad y decaído (a sus 66 años es una persona anciana, dada la esperanza de vida de la época)[1]. Así se percibe en las cartas al de Sessa, que ya no se muestra tan espléndido como antes:

Ya tiene Vuestra Excelencia, gracias a Dios, a Lope de Vega, que hasta hoy no le tenía: así se dudó de mi vida. Truje en pie este negro mal, que negro debe ser, pues Vuestra Excelencia me receta negras, más de veinte días con grande trabajo y pena, tanto que entendí que me había vuelto don Juan de Alarcón; y al fin caí en la cama, hoy hace dieciocho días, de una hinchazón tan dolorosa, que me encendía en terribles calenturas y me causó tantos males que ya me lloraban las musas domésticas y extrañas. Sea Dios alabado, su Santísima Madre y San Isidro, que estoy en puerto de claridad, que en abril, y no pocos años, mucho había que temer.

Lope de Vega

Por lo demás, su amada Marta sigue sin vista y con frecuentes accesos de locura. De alguna manera, en este cuidar de la amada enferma —circunstancia que trasladará tanto a sus cartas como a sus versos, por ejemplo en su égloga Amarilis (1633)— Lope rehabilita su persona:

Solo la escucho yo, solo la adoro
y de lo que padece me enamoro…

[…]

Ejemplo puede ser mi amor de amores,
pues quiere amor que más aumente y crezca,
que si en amar defectos se merece,
ese es amor que en las desdichas crece.

Terminaré esta sección de la biografía lopesca citando unas palabras de Villacorta que hacen balance de esta relación, la que fue, sin duda alguna, la gran pasión de madurez del Fénix:

Si el amor de Lope por Micaela de Luján fue ciego y desde una plenitud física, el que sintió por Marta de Nevares fue febril, más desesperado, suplicante y desde las carencias físicas. Fue un último amor que se tornó en compasivo y purificador. Fue un honroso colofón a tantas aventuras irrelevantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Enfermedad y locura de Marta de Nevares

La melancolía va a ir invadiendo poco a poco a nuestro Lope[1]. Hacia 1623 Marta de Nevares, enferma de los ojos, irá perdiendo la vista… y, más adelante, la cordura. En su égloga Amarilis (1633) alude con dolor a la progresiva ceguera de Marta:

Cuando yo vi mis luces eclipsarse,
cuando yo vi mi sol escurecerse,
mis verdes esmeraldas enlutarse
y mis puras estrellas esconderse,
no puede mi desdicha ponderarse
ni mi grave dolor encarecerse,
ni puede aquí sin lágrimas decirse
cómo se fue mi sol al despedirse.

Los ojos de los dos tanto sintieron
que no sé cuáles más se lastimaron:
los que en ella cegaron o en mí vieron,
ni aun sabe el mismo Amor los que cegaron
aunque sola su luz escurecieron,
que en lo demás bellísimos quedaron,
pareciendo al mirarlos que mentían
pues mataban de amor lo que no vían.

Ojos verdes

Durante estos años Lope purgará, en parte, la culpa de sus locos y ciegos amores desvelándose en cuidar a su amante, ciega y loca:

Aquella que gallarda se prendía
y de tan ricas galas se preciaba,
que a la aurora de espejo le servía
y en la luz de sus ojos se tocaba,
furiosa los vestidos deshacía;
y otras veces, estúpida, imitaba,
el cuerpo en hielo, en éxtasis la mente,
un bello mármol de escultor valiente.

[…]

las bellas luces donde yo me vía
y en los hermosos ojos respetaba
de Amarilis el sol, cegó de suerte
que se pudo vengar de amor la muerte.

A veces, en la correspondencia con el duque de Sessa, se aprecia algún atisbo de mejora en la enfermedad, que sin embargo no llega a concretarse:

De sus ojos tiene Amarilis más esperanza que mejoría, y está tan agradecida a las memorias y mercedes de Vuestra Excelencia, que si yo fuera el que solía, tuviera celos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Nuevos ataques literarios y personales al Fénix

Sigue publicando Lope obras piadosas, como su Romancero espiritual (1619) o Catorce romances a la Pasión de Nuestro Señor (1620)[1]. Pero la escritura de tales piezas no logra encubrir su andar en malos pasos, y sus enemigos no desaprovechan la nueva flaqueza amorosa del Fénix para atacarle; de Góngora, por ejemplo, es esta punzante décima, que juega, entre otras referencias, con la homofonía de marta, una piel muy preciada, y Marta, el nombre de la nueva amada:

Dicho me han por una carta
que es tu cómica persona
sobre los manteles mona
y entre las sábanas, marta.
Agudeza tiene harta
lo que me advierten después:
que tu nombre del revés,
siendo Lope de la faz,
en faz del mundo y en paz
pelo de esta marta es.

Marta cibelina

En una décima satírica que comienza «Cuando fue representante…» leemos estos otros versos alusivos a su desordenada vida una vez ordenado sacerdote:

… fue familiar y fiscal,
y fue viudo de arrabal
y sin orden ordenado.

Siguen, pues, los odios literarios, siendo sus enemigos y rivales tanto los preceptistas aristotélicos como Góngora y sus seguidores. El propio Lope alude a estas envidias y rencillas:

Si en el mar de la murmuración se pierden bajeles de alto bordo, anéguese mi pobre barquilla, tan miserable que apenas se ve, en las aguas, y a quien por cosa inútil pudieran perdonar las olas de la ociosidad y los vientos de la envidia.

De todas estas polémicas con los poetas culteranos (la guerra con Góngora arrecia en 1617, con don Luis en la Corte) y con los preceptistas aristotélicos (ataques de Pedro de Torres Rámila en la Spongia y defensa por parte de sus amigos en la Expostulatio spongiae) se hablará con más detalle en otras entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Nace Antonia Clara, hija de Lope y Marta de Nevares

Fuera del ámbito idealizado de los versos, en el terreno más prosaico de la pura y dura realidad, Lope aconseja a su amada que inicie los trámites de separación de su marido, y así se comienzan en 1619, logrando Marta que se declarara nulo su matrimonio[1]. Desde entonces las relaciones de los amantes se hacen menos recatadas. Por ejemplo, el Fénix le pedirá el coche al duque de Sessa para ir con Marta-Amarilis a San Isidro.

Carroza

De esta sacrílega relación resultará una sola hija, Antonia Clara, nacida el 12 de agosto de 1617. Fue su padrino don Antonio de Córdoba y Rojas, conde de Cabra, hijo primogénito del duque de Sessa, si bien Lope había mostrado su deseo de que lo fuera el propio duque, tal como refiere esta carta de junio de 1617:

De los sucesos de Amarilis no hay más de cielo y agua y esperar el puerto con el curso de los días, que en fin no paran; yo lo deseo por mil cosas, y no es la menor volver a emparentar con el Almirante de Nápoles, no porque le quiero poner en las pasadas liberalidades de Feliciana, sino para honrar mi sangre, que sin duda está allí, y porque hasta el cielo que deseo para mis hijos sea de mano de Vuestra Excelencia.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Marta de Nevares, gran pasión de madurez de Lope

Si Elena Osorio fue su gran pasión de juventud, Marta de Nevares es su gran pasión de madurez[1]:

Duque mi Señor: yo no he cerrado los ojos en toda la noche, y hasta ahora he estado en la cama con mil accidentes; y no me levantara della, si una persona que los ha entendido no me enviara a llamar; ni aun he querido comer, que he estado con tantas desesperaciones, que le he pedido a Dios me quitase la vida […] Yo nací en dos extremos, que son amar y aborrecer; no he tenido medio jamás.

¡Bien cierta resulta esta última afirmación! En Lope todo es extremado, exagerado, sin medida, así en su vida como en su creación literaria… A Marta la retrata en hermosos versos de su égloga Amarilis:

Criose hermosa cuanto ser podía
en la primera edad belleza humana,
porque cuando ha de ser alegre el día
ya tiene sus albricias la mañana.
Aprendió gentileza y cortesía,
no soberbio desdén, no pompa vana,
venciendo con prudente compostura
la arrogancia que engendra la hermosura.

Si cátedra de amar Amor fundara,
como aquel africano español ciencias,
la de prima bellísima llevara
a todas las humanas competencias;
no tuvieran contigo, fénix rara,
las letras y las armas diferencias,
ni estuvieran por Venus, tan hermosa,
quejosa Juno y Palas envidiosa.

El copioso cabello, que encrespaba
natural artificio, componía
una selva de rizos, que envidiaba
Amor para mirar por celosía;
porque cuando tendido le peinaba
un pabellón de tornasol hacía,
cuyas ondas sulcaban siempre atentos,
tantos como cabellos, pensamientos.

En la mitad de la serena frente,
donde rizados los enlaza y junta,
formó naturaleza diligente,
jugando con las hebras, una punta.
En este campo, aunque de nieve ardiente,
duplica el arco Amor, en cuya junta
márgenes bellas de pestañas hechas
cortinas hizo y guarnición de flechas.

Dos vivas esmeraldas, que mirando
hablaban a las almas al oído,
sobre candido esmalte trasladando
la suya hermosa al exterior sentido,
y con risueño espíritu templando
el grave ceño, alguna vez dormido,
para guerra de amor de cuanto vían
en dulce paz el reino dividían.

La bien hecha nariz, que no lo siendo
suele descomponer un rostro hermoso,
proporcionada estaba, dividiendo
honesto nácar en marfil lustroso;
como se mira doble malva abriendo
del cerco de hojas en carmín fogoso,
así de las mejillas sobre nieve
el divino pintor púrpura llueve.

¿Qué rosas me dará, cuando se toca
al espejo, de mayo la mañana?
¿Qué nieve el Alpe, qué cristal de roca,
qué rubíes Ceilán, qué Tiro grana,
para pintar sus perlas y su boca,
donde a sí misma la belleza humana
vencida se rindió, porque son feas
con las perlas del Sur rosas pangeas?

Con celestial belleza la decora,
como por ella el alma se divisa,
la dulce gracia de la voz sonora
entre clavel y roja manutisa;
que no tuvo jamás la fresca aurora,
bañada en ámbar, tan honesta risa
ni dio más bella al gusto y al oído
margen de flores a cristal dormido.

No fue la mano larga, y no es en vano,
si mejor escultura se le debe
para seguirse a su graciosa mano
de su pequeño pie la estampa breve;
ni de los dedos el camino llano,
porque los ojos, que cubrió de nieve,
hiciesen, tropezando en sus antojos,
dar los deseos y las almas de ojos.

Marta de Nevares

Y en la dedicatoria de La viuda valenciana «A la señora Marcia Leonarda» le dirige estos encendidos elogios:

Si vuesa merced hace versos, se rinden Laura, terracina; Ana Bins, alemana; Safo, griega; Valeria, latina, y Argentaria, española. Si toma en las manos un instrumento, a su divina voz e incomparable destreza el padre de esta música, Vicente Espinel, se suspendiera atónito; si escribe un papel, la lengua castellana compite con la mejor, la pureza del hablar cortesano cobra arrogancia, el donaire iguala a la gravedad y lo grave a la dulzura; si danza, parece que con el aire se lleva tras sí los ojos y que con los chapines pisa los deseos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, sacerdote y amante

Lope se amanceba con Marta de Nevares a finales de 1616[1]. Ella tiene 26 años y él, 54. Son los de ahora unos amores sacrílegos (Lope es sacerdote) y adúlteros (Marta está casada, aunque pronto será viuda). Una vez más, el espíritu sigue en lucha tenaz con la carne. A Marta la conoció en una fiesta poética, y fue primero un sentimiento platónico, como le escribe al duque de Sessa, en carta con posible datación a comienzos de septiembre de 1616:

Certifico a Vuestra Excelencia que ha grandes tiempos que es este amor espiritual y casi platónico, pero que en el atormentarme más parece de Plutón que de Platón, porque todo el infierno se conjura contra mi imaginación.

Pero la carne es débil, y unos meses después, en junio de 1617, cambia de tono al referirse a ella:

Porque yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar en esto, ni vivir sin gozarlo […] Esta noche no he dormido, aunque me he confesado. ¡Malhaya amor que se quiere oponer al cielo!

Ello es estrella mía; yo pienso rogar a las canas que me enseñen dónde vive la prudencia, pues dicen que son sus aposentadoras, aunque la ira siempre hace que se yerre el camino de hallarla y el bien y descanso de poseerla.

Firma de Lope de Vega

Y en otra, con el tono de picardía y desvergüenza tan habitual en estas cartas, refiere:

… estoy en el estado que pintaré aquí, pasando muy lindas mañanas en los brazos de un sujeto entendido, limpio, amoroso, agradecido y fácil, cuya condición, si no mienten principios, parece de ángel. […] he hallado, finalmente, médico a mis heridas, que desde una legua se me ve el parche; trabajo y cuidado me costaron estos principios, pero como me resolví, todo se hizo a pedir de boca.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.