«El dolor del tiempo», de Pedro Miguel Lamet, SI

Metidos ya en la Semana Santa, vaya para hoy este soneto del jesuita Pedro Miguel Lamet (Cádiz, 1941- ) titulado «El dolor del tiempo», e incluido en su selección poética El alegre cansancio (1965). El texto, que no necesita mayor comentario, lo ilustro con un Cristo que se venera en la iglesia de la Merced de Rancagua (Chile) desde el año 1783.

Tenerlo todo y no saber decirlo
para escuchar las voces tan oídas,
agarrar el silencio por las bridas
es un quebrar el tiempo sin abrirlo.

Pero mirar tus ojos y sufrirlos,
arropar los torrentes de mi vida
recostarme callado en tus heridas
es ahondar en el tiempo y repartirlo.

Yo no quiero soñar con los jardines
de mi infancia entre pompas irisadas.
Yo no quiero dormir en tus violines

ni jugar sobre el potro de la suerte.
Sólo quiero, Señor, noches calladas.
Sólo quiero, Señor, sorber tu muerte[1].


[1] Pedro Miguel Lamet, SI, El alegre cansancio (Poemas 1962-65), Madrid, Ediciones Ágora, 1965, p. 27. Lo encuentro reproducido también en el blog de Equipos de Nuestra Señora. Sector de Valladolid, el 30 de julio de 2016, y en el de Equipos de Nuestra Señora de León, el 24 de agosto de 2016. En ambos casos, con una variante en el verso 4: «en un quebrar» (en vez de «es un quebrar»).

«El capitán de sí mismo» (1950), de Manuel Iribarren (y 5)

Otro aspecto muy interesante en El capitán de sí mismo es la intriga que el autor consigue crear en torno a San Ignacio de Loyola. Este no aparece desde el mismo comienzo de la obra, sino que lo hace ya mediada la primera estampa. Durante este intervalo de tiempo, Manuel Iribarren crea cierta expectación en torno a Íñigo por medio de la heterocaracterización. Los personajes que están en escena hablan sobre él, sosteniendo opiniones muy diversas. Así, un soldado lo describe como «un camorrista» temerario y un espadachín. Por el contrario, un ballestero lo defiende y dice que es muy valiente y uno de los pocos soldados que nunca han intervenido en las acciones de rapiña que seguían a las victorias en el campo de batalla. Posteriormente, cuando Íñigo aparece en escena, permanece callado durante largo tiempo y, hasta que no comienza a hablar, el espectador no consigue hacerse cargo de cuál es su verdadera personalidad.

San Ignacio de Loyola

Si se tiene en cuenta todo lo que hasta aquí llevamos dicho, podemos afirmar que El capitán de sí mismo, de Manuel Iribarren, es una meritoria obra dramática que se destaca ante todo por la habilidad con que muestra al espectador dos importantes facetas de la realidad histórica: por un lado, la historia de unos hechos externos protagonizados por un conjunto de personajes y, además, la historia del desarrollo espiritual y psicológico de uno de sus protagonistas: San Ignacio de Loyola[1].


[1] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

«El capitán de sí mismo» (1950), de Manuel Iribarren (4)

Precisamente muy relacionado con las figuras está otro aspecto destacado de esta obra, y es que, junto con la dimensión histórica que presenta, nos encontramos ante un drama que se podría calificar de psicológico. En este sentido, a lo largo de la obra asistimos al proceso de evolución del carácter del personaje central. Un acierto, en este sentido, es el hecho de que el cambio del protagonista no se produzca de un modo brusco. Así, son importantes las elipsis temporales que se dan entre las diferentes escenas. El lapso de tiempo transcurrido entre ellas hace verosímil el cambio que se opera en el alma del protagonista. Hay, eso sí, momentos relevantes que marcan hitos en la vida de la figura, pero esta no cambia de un modo radical. Así, a Íñigo le cuesta refrenar su ira y sus ímpetus de soldado después de haber tomado la decisión de dedicarse al servicio de Cristo. Solamente al final de la obra parece haber llegado a ser de un modo completo «el capitán de sí mismo».

San Ignacio de Loyola

Para ilustrar esta evolución del personaje resulta interesante contrastar los siguientes pasajes:

ÍÑIGO.- Alcaide, debéis saber
que vine aquí, con mi gente,
no para ver y ceder,
sino para defender
un reino y un continente.
Que batallar y sufrir
son gajes de nuestro oficio.
Y si nos matan, morir,
pero siempre resistir
bajo buen o mal auspicio (p. 16).

MAGDALENA.- Sois otro. Más que un guerrero
parecéis fraile enclaustrado
sin regla y sin monasterio (p. 58).

MORISCO.- No cabe en mi pensamiento
semejante laberinto,
y creedme que lo siento.

ÍÑIGO.- (Para sí reprimiendo su indignación.)
No eches, hombre, mano al cinto.
¿Hay nada en el mundo entero
imposible para Dios?

MORISCO.- Que me convencierais vos.

ÍÑIGO.- (Echando mano al pomo de su espada.)
Te convencerá mi acero (p. 77).

FRAY NICOLÁS.- Me agrada
vuestra mansa condición
tanto como vuestra calma (p. 134).

El progresivo cambio que se opera en Íñigo es precisamente uno de los criterios estructuradores más claros que permite agrupar las escenas en varias secciones, según el estadio en que se encuentra el personaje en relación con su búsqueda de la santidad. Las dos primeras estampas muestran la etapa de Íñigo como soldado y caballero, impulsivo y valiente. Las estampas centrales, la tercera, cuarta y quinta, ponen de manifiesto la reorientación de la vida del protagonista hacia la religión y las dificultades interiores que debe afrontar para lograr su objetivo. Desde este momento hasta la última estampa de la obra, el autor pasa a ilustrar otras dificultades, en este caso de índole externo, que se oponen a los deseos y ansias del personaje. Finalmente, en el epílogo aparece Íñigo en su mejor momento: reconocida su labor públicamente, ve cómo la Compañía de Jesús ayuda a numerosas gentes a acercarse a Dios, siguiendo el mismo camino que él ha recorrido previamente.

Los procedimientos de los que se sirve el autor para mostrar al espectador el proceso que se opera en el personaje son muy diversos. En primer lugar, el dramaturgo ofrece algunos de sus rasgos más destacados por medio de las acotaciones en las que señala su aspecto físico, su disposición anímica, su vestuario o sus gestos. En este sentido hay que señalar que un aspecto aparentemente trivial como pudieran parecer las vestiduras sirve para mostrar claramente la evolución del personaje. Al comienzo de la obra y durante las primeras escenas, este viste como un guerrero y como un caballero afortunado. Sin embargo, y a partir de su estancia en Montserrat, sus atuendos son los de un pobre, lo que indica la renuncia de Íñigo a las riquezas terrenales. También el propio nombre que cambia es un índice del proceso interior de la figura. Esta a lo largo de toda la obra es denominada en las acotaciones como Íñigo. En el epílogo, sin embargo, Manuel Iribarren se refiere a él como San Ignacio de Loyola.

Por otra parte, el protagonista queda caracterizado por medio de réplicas en las que otras figuras se dedican a hablar acerca del santo, ya se encuentre este ausente o presente en el escenario en ese momento. Es el caso que podemos observar en algunas de las intervenciones que hemos reproducido anteriormente. Por otro lado, las relaciones de contraste que mantiene con otras figuras sirven también para caracterizarlo. Así, en la primera escena, el abatimiento de Alfonso pone de manifiesto la valentía y el entusiasmo juvenil de Íñigo, como se puede observar en estos versos:

ÍÑIGO.- Se presentó la ocasión
tanto tiempo apetecida.
Como una magnolia herida
se abre al gozo el corazón.
No lo empañe la razón
ni lo turbe el sentimiento.
Por fin nos llegó el momento
de desenvainar la espada
y luchar a mano airada
en nuestro propio elemento.
Ved que nuestra primavera
huele a pólvora, no a rosas,
y que de todas las cosas
el honor es la primera.
¡Qué porvenir nos espera!
Conquistemos gloria y medro.
Vos, Alonso de San Pedro,
preparad la artillería.

ALONSO.- (Que le escucha con una sonrisa de escepticismo.)
Trágico se anuncia el día.
Ni me ufano ni me arredro.
Comprendo vuestro alborozo
aunque de él no participe.
No estoy bien. Sufro de gripe.
Yo soy viejo. Vos sois mozo (pp. 20-21).

También el protagonista se caracteriza a sí mismo a través de réplicas en las que reflexiona sobre su interioridad, y también por su modo de hablar y de actuar. Precisamente en relación con la caracterización por medio de las propias palabras cobran una importancia muy especial en esta obra los monólogos y los soliloquios[1] de San Ignacio. En numerosas ocasiones el protagonista deja conocer al espectador su lucha interior de forma directa por medio de ágiles soliloquios:

(Hace mutis [el morisco] por donde vino, en plan de huida, sin apartar los ojos de Íñigo.)

(Íñigo queda de pie, en actitud vacilante, sumido en un mar de confusiones.)

ÍÑIGO.- ¿Y yo le dejé partir
sin atravesarle el pecho?
¿Y no lo tumbé, maltrecho,
sus blasfemias al oír?
Culpa, Íñigo, a tu ignorancia.
No le pude convencer
porque me falta saber
lo que me sobra arrogancia.
¡Ay de mí! Pero ofendió
a la Virgen, mi Señora,
y mi honor no lo impidió.
¡Corre tras él, que aún es hora!
Contén tu tardía audacia,
que no logra violencia
adeptos, sino la ciencia
de persuadir y la Gracia.
Pero blasfemó delante
de mí, sin ningún respeto.
Más que una ofensa fue un reto.
¿Y eres caballero andante?
¿Por qué entablaste porfía
necia e inútil con él?
¡Un perro moro! ¡Un infiel!
La ley de caballería
prohíbe disputas tales.
Tú le debiste matar
muy antes que tolerar
sus sarcasmos infernales (pp. 78-79).

Menos abundantes son los monólogos, que sin embargo no están ausentes en esta obra. Así, por ejemplo, es interesante aquel en el que, en la estampa quinta de la obra, el protagonista da cuenta de la evolución que se ha operado en su interior durante el tiempo transcurrido en Manresa, cuando delante de sus amigos comenta:

ÍÑIGO.- Puedo decir que a Manresa
llegué torpe y me voy sabio
en cosas, no de la tierra,
sino de Dios soberano.
Aquí, por gracia del Cielo,
se abrieron mis ojos tardos
a los misterios del alma,
al más allá y sus arcanos.
Cuando vine, era mi fe
ímpetu desordenado.
Mas se hizo luz en mi mente,
y mi fuerza y mi entusiasmo
apuntan a un fin preciso,
al par que tensan el arco.
Si sufrí tribulaciones,
gocé de consuelos amplios.
He visto aquí tantas cosas
que, aunque los Libros Sagrados
no las dijesen, por ellas
moriría sin dudarlo.
Manresa, a lo que presiento,
ha sido mi noviciado
y en ella recios sillares
de virtud se están labrando.
La experiencia me ha nutrido.
La Gracia me ha iluminado
(Parándose en seco.)
Perdón, que, contra costumbre,
con exceso estoy hablando.
Adiós a todos (pp. 117-118)[2].


[1] Entendemos por monólogo las palabras pronunciadas por un personaje ante otro del que no espera respuesta. En el caso del soliloquio, la réplica de la figura se pronuncia estando esta sola sobre el escenario.

[2] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

«El capitán de sí mismo» (1950), de Manuel Iribarren (3)

Si se tiene en cuenta el hecho de que la obra fue escrita para ser presentada a un concurso convocado con motivo del aniversario de la aprobación del libro de Ejercicios de San Ignacio, así como la exactitud e incluso las coincidencias existentes entre la obra de Manuel Iribarren y la autobiografía del santo[1], podemos afirmar que esta fue, sin lugar a dudas, la fuente principal de la que el autor navarro bebió para escribir su drama. Este hecho permite deducir que el argumento de la obra está cuidadosamente documentado, por lo que también resulta lógico suponer que los datos ofrecidos por el autor en relación con el espacio y el tiempo son rigurosos.

Los datos cronológicos que aporta esta pieza son exactos, como se puede comprobar si se confrontan con las fuentes históricas. En este sentido, según se indica en la primera acotación, la obra se inicia en «mayo de 1521» (p. 7), coincidiendo con las revueltas de los comuneros en Castilla y el levantamiento de Navarra, y concluye con la «última etapa de la vida de San Ignacio» (p. 157), en 1557.

Muerte de San Ignacio de Loyola.
Muerte de San Ignacio de Loyola.

Por otro lado, los lugares en los que se desarrolla la acción son reales y variados: el interior de la fortaleza de Pamplona, una habitación en la casa de Loyola, un lugar en el camino hacia Montserrat, este monasterio mariano, el camino entre Montserrat y Manresa, Salamanca y Roma. Esta abundancia de espacios resulta lógica si se considera que la obra abarca también un largo periodo de la vida del protagonista, y que esta transcurrió en lugares diversos.

Los diferentes espacios que aparecen ante los ojos del espectador están minuciosamente detallados en las acotaciones que el dramaturgo les dedica. Para conseguir un mayor realismo y una mejor ambientación utiliza el autor diversos recursos técnicos, como por ejemplo la iluminación. Así, en los momentos de éxtasis del santo, una luz muy intensa le rodea:

Íñigo se postra de hinojos, se persigna y queda en actitud recogida, con las manos cruzadas sobre el pecho. Poco a poco, esta parte de la escena se ilumina hasta alcanzar caracteres deslumbradores (p. 7).

Tampoco olvida el dramaturgo el empleo de los recursos sonoros. En esta misma escena, sin ir más lejos, para ambientar el monasterio, indica en una acotación que debe oírse el tañido de las campanas y las voces de los monjes orando. En varias ocasiones, además, Manuel Iribarren confiere un mayor realismo y más complejidad al escenario dividiéndolo en dos partes. Estas representan ámbitos distintos y contiguos, con lo que consigue una sensación de movilidad mucho mayor para sus personajes.

Es quizá en los niveles de las figuras y del lenguaje donde la dimensión histórica está menos trabajada en esta obra. En efecto, el lenguaje empleado por el autor no pretende recrear el utilizado en la época y tan solo se puede señalar la presencia de algunos términos que designan realidades de aquel entonces como un índice con dimensión histórica. Más elaborado resulta el nivel de los personajes. Además de todos los datos relativos al personaje central, algunas de las figuras que aparecen en la obra tienen una dimensión histórica desde el momento en que el protagonista da cuenta de su existencia en su autobiografía. Es lo que sucede en el caso del moro con el que traba la violenta discusión teológica, el pobre al que entrega sus ropas en el monasterio de Montserrat o algunos de los miembros de la Compañía que aparecen en el epílogo[2].


[1] Compárense, por ejemplo, los siguientes fragmentos: «—Pues luego ¿qué es lo que predicáis? / —Nosotros, dice el peregrino, no predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos de cosas de Dios, como después de comer con algunas personas que nos llaman. / Mas dice el fraile, ¿de qué cosas de Dios habláis?, que eso es lo que queríamos saber. / —Hablamos, dice el peregrino, cuándo de una virtud, cuándo de otra, y esto alabando; cuándo de un vicio, cuándo de otro, y reprehendiendo» (San Ignacio de Loyola, El peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola, p. 68) y «Íñigo.- Nosotros no predicamos, / que hablamos con voz callada / de las verdades eternas / como en amigable plática./ Algunos hombres de bien, /por escucharnos nos llaman / y estamos de sobremesa / con ellos. Fray Nicolás.- (Burlón.) ¡Curiosa cátedra! / ¿Y qué verdades son esas? / ¿De qué habláis? Íñigo.- De cosas santas. / Fray Nicolás.­- ¿Y vos qué entendéis por tales? / Íñigo.- Las que el corazón ensanchan / y elevan el pensamiento / y robustecen el alma. / Hablamos de Dios con Dios. / De la fe nuestra que salva. / De culpas, para temerlas. / De virtudes, para honrarlas» (El capitán de sí mismo, pp. 137-138).

[2] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

«El capitán de sí mismo» (1950), de Manuel Iribarren (2)

En primer lugar El capitán de sí mismo es, sin duda, un drama histórico, según podemos comprobar en los diferentes niveles de la obra. La trama de esta pieza se centra en unos acontecimientos acaecidos realmente; en concreto, los relacionados con la persona de San Ignacio de Loyola. Son llamativos y dignos de resaltar en este sentido la exactitud y el acierto con los que el autor selecciona y representa algunas de las peripecias de la vida del santo: acierta en la selección, porque escoge de entre los hechos de la existencia del protagonista aquellos que tienen una mayor carga dramática, ciñéndose, por lo demás, estrictamente a la historia.

La obra se inicia con el asedio de la fortaleza de Pamplona por parte de los franceses. Estos cuentan con un nutrido ejército bien armado, mientras que los navarros son pocos y carecen de armas. Muchos se muestran partidarios de rendirse, pero a ello se oponen fervientemente algunos militares entre los que destaca Íñigo. Este, según se indica en su autobiografía, «venido el día que se esperaba la batería, se confesó con uno de aquellos sus compañeros de armas, los cuales se conhortaban con su ánimo y esfuerzo, y después de durar un buen rato la batería, le acertó a él una bombarda en una pierna, quebrándosela toda»[1].

Miguel Cabrera, San Ignacio de Loyola herido en la batalla de Pamplona
Miguel Cabrera, San Ignacio de Loyola herido en la batalla de Pamplona

Debido a las graves heridas recibidas, en la segunda estampa Íñigo es retirado para recuperarse en su casa de Loyola. Allí hace planes para el futuro y sueña con poder ser un destacado caballero al servicio de su rey. Aburrido, sin embargo, por la inactividad a la que se ve reducido, se dedica a leer los únicos libros que puede encontrar en la casa, todos ellos de carácter religioso, hecho fundamental para su conversión. Gracias al contenido de estos libros y al reposo que debe guardar, el protagonista reflexiona sobre su vida y sobre lo que Cristo quiere que haga con ella. En la estampa tercera Íñigo aparece convertido en un hombre grave y profundamente religioso que toma la determinación de convertirse en un caballero de Cristo y abandonar los afanes mundanos, tras sostener una honda lucha interior. Después Íñigo tiene una visión que le consuela profundamente:

ÍÑIGO.- ¿Qué son estos dulcísimos acentos?

(Al fondo, en lo alto, aparece la imagen de Nuestra Señora, sonriente y benévola, con su Divino Hijo en los brazos.)

¡Reina y Madre! ¿Qué místicos portentos
rasgaron de mi casa el recio muro?

[…]

Y pues me muestras a tu Hijo en brazos,
romper deseo mis carnales lazos
y proclamarte, ¡oh, Virgen!, desde ahora
mi consuelo, mi norte y mi Señora[2].

Durante la cuarta estampa, Íñigo, que se dirige hacia Montserrat, se encuentra con un morisco que le expone en términos provocativos sus dudas sobre la virginidad de la Madre de Dios. Íñigo se contiene a duras penas, culpando a sus escasos conocimientos teológicos el no saber explicar el problema al moro. Pero pronto, y llevado por sus antiguos ímpetus caballerescos, se arrepiente de haber dejado marchar al infiel y decide matarlo por blasfemo.

Salvado de cometer este homicidio por un padre benedictino, Íñigo reorienta su furia interior en la estampa quinta y, tras donar su cabalgadura y depositar como exvotos su espada y su daga en Montserrat, se dispone a pasar la noche en vela para convertirse en un caballero espiritual, teniendo a la Virgen como Señora. Ya en la estampa sexta, Íñigo emprende de nuevo su peregrinación, en dirección hacia Manresa. En el camino se encuentra con tres viudas piadosas que, hondamente impresionadas por sus virtudes, deciden ayudarle. Íñigo se detiene en Manresa, ciudad donde escribe sus famosos Ejercicios Espirituales. Sin embargo, en la siguiente estampa, las maledicencias y calumnias que se acumulan sobre él le obligan a abandonar esta población.

En la estampa octava, y durante el trayecto de Gaeta a Roma camino de Tierra Santa, unos soldados tratan de violar a dos mujeres, pero Íñigo, que siente de nuevo sus ímpetus de guerrero, las defiende caballerescamente. Luego, arrepentido por su tendencia a la violencia, pide perdón a Dios por seguir siendo incapaz de dominarse a sí mismo por completo y le pide ayuda para conseguir ser «el capitán de sí mismo». Al cabo de algún tiempo, Íñigo empieza a estudiar en Salamanca. Allí, un padre dominico, desconfiando de Íñigo por los rumores que lo acusan de estar próximo a los principios luteranos, lo interroga y decide hacerlo encarcelar. Íñigo se alegra de su mal y reza por sus amigos y también por sus enemigos.

En la última estampa, el cardenal Dominicio espera para juzgar a Íñigo, de quien desconfía, a pesar de las buenas palabras que sobre él le ha dicho su sobrino Quirino. Tras interrogarlo, el cardenal reconoce la perfección interior de Íñigo y le ofrece su afecto y hospitalidad. El drama concluye con un epílogo en el que el espectador asiste al triunfo de la Compañía de Jesús y su extensión por todo el mundo[3].


[1] San Ignacio de Loyola, El peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola, introducción, notas y comentario de Josep Maria Rambla Blanch, Bilbao / Santander, Ediciones Mensajero / Sal Terrae, 1990, p. 28.

[2] Manuel Iribarren Paternáin, El capitán de sí mismo, Pamplona, Gómez, 1950, p. 69 (todas las citas de la obra serán por esta edición, pero con pequeños cambios en la puntuación del texto). Compárese con las siguientes palabras del santo: «Estando una noche despierto, vido claramente una imagen de nuestra Señora con el santo Niño Jesús, con cuya vista por espacio notable recibió consolación muy excesiva, y quedó con tanto asco de toda la vida pasada, especialmente de cosas de carne, que le parecía habérsele quitado del ánima todas las especies que antes tenía en ella pintadas» (San Ignacio de Loyola, El peregrino. Autobiografía de San Ignacio de Loyola, p. 32).

[3] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

«El caballero de Dios Ignacio de Loyola» (1923), de Juan Marzal, SJ (y 6)

En fin, el libro del jesuita argentino se cierra con una nueva pieza, en esta ocasión de mayor extensión: Desdén, afición y amor. Drama histórico en tres actos y en prosa. El título, aunque no se explicita al interior de la obra, viene a compendiar los distintos sentimientos de Javier hacia Ignacio: primero desdén, desprecio; luego se le va aficionando poco a poco; por fin, amor y entrega total a su empresa. La acción se desarrolla en París, en el Colegio de Santa Bárbara, en los años 1528-1530: el primer acto, en la pobre habitación de Ignacio, Javier y Lefevre (Pedro Fabro); el segundo, en el aposento de Javier; el tercero, en el claustro o salón de actos públicos.

No vamos a resumir el contenido del drama con tanto detalle como hemos hecho con las piezas breves, por dos razones: primero, porque este drama resulta algo más conocido que las otras obras de Marzal: en efecto, ha tenido una mayor difusión ya que fue publicado en forma exenta (Bilbao, El Siglo de las Misiones, 1964); en segundo lugar, porque se centra más bien en el proceso de conversión interior de Javier (también se muestra, por añadidura y en un plano secundario, el del pícaro Guzmán de Alfarache), en el que, como es sabido, Ignacio desempeñó un papel clave. De hecho, los diálogos que se establecen entre Ignacio y Javier constituyen los pasajes más notables del primer acto. En este momento, el navarro, tentado todavía por los señuelos de la gloria mundana y peligrosamente atraído por otros compañeros protestantes, se muestra desdeñoso y lejano con Ignacio. En el acto segundo se insiste en el cambio de actitud de Javier hacia el guipuzcoano: «Ignacio ni se esconde ni tiene errores. Voy viendo lo que quiere y es algo grande que me place» (p. 74). Mientras tanto, el de Loyola es acusado de perturbar con sus enseñanzas los espíritus de los jóvenes estudiantes y de trastornar todo el colegio. Poco a poco, Javier, bien aconsejado por Lefevre (también son interesantes los diálogos que ambos mantienen), siente que la semilla ignaciana va arraigando en su corazón:

Cuando no le comprendía, le llamé loco; cuando conocí su virtud, le admiré. Ahora me parece santo. Un paso más y una nueva lección de Dios, y le seguiré como tantos otros. ¿Qué me importan todas las cátedras del mundo, si pierdo mi alma? Y yo quiero salvar la mía. (Con vehemente afecto.) (p. 83).

El acto tercero se centra en el peligro que acecha a Ignacio, tanto por las acusaciones inquisitoriales que pesan sobre él como por el castigo de la sala que pretende aplicarle el Rector Gobea. Javier, ya plenamente ganado para su causa, dice que Ignacio es inocente y que lo que van a hacer con él es una infame crueldad y una villanía: «¡También yo soy de Ignacio!», exclama con fuerza (p. 90), y luego, a su maestro: «Dios ha vuelto por vos. ¡Soy todo vuestro hasta la muerte!» (p. 91).

San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola en la iglesia de los Jesuitas de Paris
San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola en la iglesia de los Jesuitas de Paris

Al final, todos reconocen que Ignacio es un justo varón de Dios y el rector ordena que profesores y alumnos se destoquen ante él. Mientras Ignacio les pide limosna para los pobres de Cristo, cae el telón, siendo el colofón de la obra el lema jesuita de «A. M. D. G.».

Este drama de Desdén, afición y amor es, en nuestra opinión, la pieza más sólida e interesante del conjunto del libro de Marzal, pues describe dramáticamente, con detalle y acierto, todos los sucesos de aquellos años de París en que se produjo el venturoso y fructífero (providencial) encuentro de Ignacio y Javier[1].


[1] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

«El caballero de Dios Ignacio de Loyola» (1923), de Juan Marzal, SJ (5)

La segunda parte del volumen nos sitúa al personaje «En París» y consta de un prólogo, un sainete y un drama. En el «Prólogo del Trovador estudiante» (siguen las habituales estrofas de seis versos y los arcaísmos) se nos refiere que el vasco Loyola, peregrino, va a París en busca de la esciencia. En la página 40 se nos ofrece una descripción de Ignacio ahora: camina despacio, como enfermo mal convalecido, con el cabello crecido y la palidez de la cera; pero no sabe del miedo ni de la ira: es un ser cuerdo vestido de loco que tiene en poco todo lo terreno. Dios le ha dicho que se detenga, lo quiere letrado; debe lograr las almas con la esciencia. Cura a los dolientes (enfermos) en el hospital, mientras se prepara para ser doctor por la Sorbona. Allí, en la Universidad, será un montero de caza mayor capaz de ojear los mejores doctores en Filosofía. Y su principal presa va a ser Javier. El Trovador ha fecho un retablo de «homildes actores» y nos anuncia: «Et veréis a Ignacio ganar sotilmente / al doctor Francisco, que luego en Oriente / fizo tales cosas que descir non sé…» (p. 42).

San Ignacio de Loyola

La segunda pieza de esta segunda parte es Adiós a las letras. Sainete de estudiantes, en prosa. La acción se sitúa en un barrio del antiguo París. Llama la atención que figure en el reparto Guzmán de Alfarache (como luego veremos, el famoso pícaro será, en efecto, uno de los personajes del sainete y también del drama que viene a continuación). Varios estudiantes españoles, incluidos Ignacio y Javier, están a punto de comenzar sus estudios de Filosofía. Para despedirse de las Letras Humanas, hacen un certamen, una justa poética junto al río Sena y preparan tres coronas, para los que canten mejor al Amor, a la Patria y a la Fe. Varios estudiantes declaman sus composiciones al Amor, a la Patria, a España y a la Fe, mientras que Javier recita su soneto «No me mueve, mi Dios, para quererte…», con el que gana el premio de los que cantaban a la Fe. Después juegan espadas Guzmán y los Estudiantes 1 y 4. A Javier, que es el más experto de Santa Bárbara, le piden que se bata con Loyola, que fue soldado en España. Pero dice Ignacio que dejó las armas para siempre a los pies de la Virgen. Finalmente, en una escena ingeniosa desde el punto de vista dramático, esgrimen Loyola y Javier. Si gana él, dice Ignacio, Javier hará lo que le diga, y al revés. Y le explica: el mundo es un campo de batalla; hay que estar preparado por si la muerte le asalta. Dios es su maestro de esgrima: se trata de una santa esgrima, en la que el hombre cae rendido ante Dios de una divina estocada. Le advierte al navarro:

Javier, no tiréis conmigo,
que os vencerían mis mañas
y os pondría en condiciones
que al presente no os agradan.
Ya esgrimiremos más tarde
con igual brío la espada,
en un mismo campamento,
en una misma campaña,
sirviendo a un mismo Señor,
que nos dará igual soldada.
Javier, hasta que luchemos
por Dios, sin sangre y sin chanzas (p. 52).

Javier no se toma en serio sus palabras y se ríe del «nuevo profeta». Después, todos los estudiantes bailan la gallarda, destacándose la arraigada amistad del grupo de españoles. Cuando acaba el canto y el baile, cae el telón[1].


[1] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Cronología de San Francisco Javier (1506-1552)

Bartolomé Esteban Murillo, San Francisco Javier (c. 1670). Wadsworth Atheneum (Hartford, Connecticut, Estados Unidos)
Bartolomé Esteban Murillo, San Francisco Javier (c. 1670). Wadsworth Atheneum (Hartford, Connecticut, Estados Unidos)

1506 El 7 de abril nace en el castillo de Javier (Navarra) Francisco (Francés) de Jaso y Azpilicueta. Su padre, Juan de Jaso, era Presidente del Real Consejo del rey de Navarra, Juan III de Albret. Su madre, doña María de Azpilicueta, pertenecía a una noble familia de la que formaba parte Martín de Azpilicueta, el llamado «Doctor Navarrus». Francisco era el benjamín de cinco hermanos: Magdalena, Ana, Miguel, Juan y él mismo.

1512 Conquista de Navarra por las tropas castellano-aragonesas al mando de don Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, por orden de Fernando el Católico, rey ya de Aragón y Castilla.

1515 Muerte de su padre en el exilio. Navarra es incorporada a la Corona de Castilla.

1516 Miguel y Juan, los hermanos de Francisco, partidarios del legítimo rey de Navarra, don Juan de Albret, participan en una incursión bélica para tratar de recuperar el reino, que fracasa. Ambos son encarcelados; la familia es desposeída de sus propiedades, y el castillo desmochado por orden del gobernador, el cardenal Cisneros.

1521 Una nueva invasión navarro-francesa al mando del duque de Foix penetra hasta Logroño, permitiendo a los leales al rey Juan de Albret recuperar el control casi total del reino, si bien por poco tiempo. El 20 de mayo Íñigo López de Loyola —que combate con las tropas guipuzcoanas del emperador Carlos— es herido en la defensa del castillo de Pamplona, asediado por el ejército navarro-francés.

1524 Francisco Javier tiene tomada la determinación de ir a estudiar a París, en la célebre Universidad de la Sorbona. Antes cursa estudios en diferentes ciudades navarras, entre ellas Pamplona.

1528 Viaja a París para proseguir sus estudios en la Sorbona.

1529 Conoce a Ignacio de Loyola.

1531 Se gradúa en París en filosofía. Comienza estudios de teología.

1532-1533 La conversión de Javier se produce entre diciembre de 1532 y junio de 1533 (según Schurhammer). Ignacio le recuerda la frase evangélica: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Mateo, 16, 26).

1534 El 15 de agosto, una vez finalizados sus estudios, Javier, Ignacio y otros compañeros pronuncian en la Cripta del Martirio de Montmartre sus votos de pobreza y castidad y prometen peregrinar a Tierra Santa. Francisco se queda en París otros dos años más estudiando teología, después de participar en los Ejercicios espirituales impartidos por Ignacio de Loyola.

1537 Viaja con Ignacio a Italia. En Roma visitan al papa Paulo III para pedirle su bendición antes de emprender el viaje a Tierra Santa, viaje que no se iba a poder realizar por haber entrado en guerra Venecia con el imperio turco. El 24 de junio Javier es ordenado sacerdote en Venecia, donde se dedica a predicar. Ante la tardanza del viaje a Jerusalén, vuelven a Roma y se ofrecen al papa para ser enviados a cualquier otro lado.

1540 El papa aprueba formalmente la Compañía de Jesús. Javier marcha a Lisboa, pasando por Azpeitia para entregar cartas de Ignacio de Loyola a su familia. La iniciativa de marchar a Portugal se debe a la solicitud del embajador portugués en Roma, don Pedro de Mascarenhas, que pidió a Ignacio de Loyola, en nombre del rey don Juan III, algunos hombres suyos para enviarlos a las Indias Orientales. Para ese viaje, Francisco fue nombrado por el papa «legado suyo en las tierras del mar Rojo, del golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges».

1541 Javier parte de Lisboa el 7 de abril hacia las colonias portuguesas en la India como nuncio papal en el lejano Oriente. El 22 de septiembre llega a Mozambique, donde se queda hasta febrero del año siguiente. Allí ayuda en el hospital y percibe el mal trato que se da a los negros, lo cual le lleva a tener los primeros enfrentamientos con las autoridades civiles portuguesas.

1542 El 6 de mayo, después de efectuar escalas en Melinde y Socotora, llega Javier a Goa (ciudad que luego sería capital de la India Portuguesa). Prepara un texto divulgativo basado en el catecismo de Juan Barros y comienza a predicar la doctrina católica por la ciudad, a la vez que asiste a moribundos, visita a presos y socorre a pobres. Trata de aprender la lengua del país. Tras rechazar el puesto de director del seminario de San Pablo, en octubre de 1542 se embarca para las islas de la Pesquería, en la costa de Goa, donde permaneció más de un año. Aprende el idioma tamil y traduce a esa lengua parte de los textos cristianos. Evangeliza a los indios paravas y recorre las ciudades de Tuticorrín, Trichendur, Manapar y Combuture, encontrando la oposición de los brahmanes de la región.

1543 En el mes de noviembre se encuentra en Goa con sus compañeros micer Paulo y Mansilla y se entrevista con el obispo de la ciudad, Juan de Alburquerque, para pedirle misioneros. Este destina a seis sacerdotes para esa labor y Javier se vuelve con ellos a la Pesquería. En el viaje escribe varias cartas a sus compañeros de Roma, señalando que «muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber personas que se ocupen en la evangelización». En la Pesquería permanece un mes con los makuas, donde bautizará a más de 10.000 personas.

1545 Parte a las islas Molucas en compañía de Juan Eiro, llegando a Malaca poco después. Durante tres meses aprende algo del idioma, traduce algunos textos de la doctrina católica y se familiariza con la cultura local. Escribe al rey de Portugal sobre «las injusticias y vejaciones que les imponen [a los nativos] los propios oficiales de Vuestra Majestad».

1546 Viajes por el archipiélago malayo. En el mes de enero sale hacia la isla de Amboino. Recorre diferentes islas de la región y en Baranula (Ceran), según cuenta la tradición, un cangrejo le devuelve el crucifijo que había perdido durante una tempestad. En junio llega a Ternate, rico centro comercial de especias y última posesión portuguesa. Permanece allí tres meses. Otros tres meses los pasa en las islas del Moro, y de allí emprende el viaje de vuelta a Malaca. Llega a Cochín el 13 de enero de 1548.

1548 Recorre diversos lugares de la India realizando labores de reordenación y supervisión de las misiones establecidas en este extenso territorio y en las Molucas.

1549 El domingo de Ramos de este año Javier emprende el viaje a Japón, acompañado de sus compañeros Cosme de Torres y Juan Fernández y el traductor Anjirō, llegando a su destino el 15 de agosto. Permanece un año en Kagoshima, entonces capital del reino Sur del Japón. Su estancia en tierras japonesas se extiende por dos años y tres meses. Con ayuda de su compañero Pablo de Santa Fe trata de evangelizar a sus gentes.

1550 Se dirige al norte del Japón. Funda una pequeña colectividad cristiana en Hirado. Llega a Yamaguchi, luego a Sakai y, finalmente a Meaco, donde intenta, sin conseguirlo, ser recibido por el emperador. Se traslada a Yamaguchi de nuevo y obtiene del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Su predicación da como fruto la creación de una comunidad católica que permanece hasta nuestros días. Muchos de los convertidos son samuráis. Cuenta en cambio, con la fuerte oposición del clero local, los bonzos.

1551 En septiembre le llama el príncipe de Bungo, quien le permite predicar en esas islas. 

1551 Abandona Japón para visitar las misiones de la India. Realiza el viaje de vuelta en la nao Santa Cruz, capitaneada por Diego de Pereira, quien le brinda la idea de organizar una embajada a China en nombre del rey de Portugal. Al llegar a Malaca se entera de que la India ha sido nombrada provincia jesuítica independiente de Portugal y que él es su provincial.

1552 El 24 de enero llega a Cochín y el 18 de febrero a Goa. Realiza preparativos para el viaje a China y parte rumbo a ese país el 14 de abril en la nao Santa Cruz del capitán Pereira. Le acompañan el sacerdote Gago, el hermano Álvaro de Ferreira, Antonio de Santa Fe (de origen chino) y un criado indio llamado Cristóbal. Cuando llegan a Malaca tienen problemas con el capitán de Mares, Álvaro de Ataide, que retrasa el viaje por dos meses e impide que Pereira siga al mando de la nao.

1552 Desembarca en el islote de Sancian (Shangchuan), a 150 km. de Cantón, cerca de Macao, China. Allí permanece a la espera de un barco chino que les introduzca, clandestinamente, en el continente. El 3 de diciembre, a los 46 años de edad, Francisco Javier fallece a causa de unas fiebres.

1553 Desenterrado, se descubre que su cuerpo está incorrupto. El 22 de marzo es enterrado en Malaca, en la iglesia de Santa María del Monte. Después su cuerpo es conducido a Goa, adonde llega en la primavera de 1554.

1614 Un sacerdote jesuita secciona su brazo derecho —con el que bautizó a miles de personas— y se traslada como reliquia a Roma, donde se venera en la iglesia del Gesù.

1619 El 25 de octubre es beatificado por el papa Paulo V.

1621 Es nombrado patrón de Navarra por la Diputación del reino.

1622 Es canonizado —San Francisco Javier— el 12 de marzo por el papa Gregorio XV, junto con San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri.

1623 Llega a Goa la noticia de su canonización, la cual se solemnizó con una gran ceremonia al año siguiente, 1624. Sus restos son depositados en una urna de plata.

1624 Es ratificado como patrón de Navarra por las Cortes del reino (desde 1657 compartirá el patronazgo con San Fermín de Amiens —y también con Santa María la Real—).

1748 Es nombrado patrono de todas las tierras al este del cabo de Buena Esperanza.

1904 Es nombrado patrono de la Obra de la Propagación de la Fe.

1927 El papa Pío XI le nombra patrono de las Misiones junto a Santa Teresita del Niño Jesús.

1952 El papa Pío XII lo proclama patrono del Turismo.

Cronología de San Ignacio de Loyola (1491-1556)

San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola

1491 Año probable del nacimiento de Íñigo López de Loyola, en la casa solariega de Loyola (parroquia de Azpeitia, Guipúzcoa) donde vivía su familia, perteneciente a la nobleza del señorío de Vizcaya. Era el último de los ocho hijos varones de don Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y doña Marina Sánchez de Licona.

1506-1517 Es educado como paje en el palacio del contador mayor de Castilla, don Juan Velázquez de Cuéllar, en Arévalo (Ávila). En 1507 muere su padre. En 1515 es acusado de «delitos enormes» en Azpeitia. En 1517 muere Juan Velázquez de Cuéllar e Ignacio se traslada de Arévalo a Navarra como gentilhombre del virrey, don Antonio Manrique, duque de Nájera.

1521 Como soldado del virrey de Navarra, interviene en la defensa de Pamplona contra las tropas francesas de Francisco I que pretendían invadir Navarra, recuperando el reino para Enrique II de Navarra. El 20 de mayo es herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra. Pasa la convalecencia en Loyola; en este tiempo caen en sus manos algunos libros piadosos que le hacen descubrir, en la vida de Jesús y de los santos, un nuevo horizonte en su vida. Se produce en Ignacio una primera conversión. Experimenta, igualmente, una lucha interior entre deseos piadosos y deseos mundanos.

1522-1523 Ignacio comienza una vida de oración, meditación y penitencia. Tras visitar el santuario mariano de Aránzazu, donde seguramente hizo voto de castidad, emprende una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat. Una vez en Montserrat, hace una confesión general que dura tres días y una vela de armas, en la noche del 24 al 25 de marzo de 1522, dejando a los pies de la Virgen morena sus vestidos y su espada. En febrero de 1523 continúa el camino hacia Manresa, donde da comienzo a una vida de pobreza, oración, y penitencia. Después de un tiempo de turbación, escrúpulos, dudas y angustias, vivirá una singular experiencia de Dios que recordará toda la vida: «la ilustración del Cardoner». Concibe entonces la idea de crear un instituto religioso. Igualmente comenzará a formular su experiencia espiritual, con lo que da comienzo a lo que más adelante será el libro de los Ejercicios espirituales. El 20 de marzo de 1523 se embarca en Barcelona para iniciar su peregrinación a Tierra Santa: pasa por Roma, para obtener el permiso papal, y el 14 de julio sale de Venecia. Llega a Jerusalén el 14 de julio. Su intención era quedarse allí, pero el provincial de los franciscanos se opone y parte de regreso el 23 de septiembre, llegando a Venecia a mediados de enero de 1524.

1524-1526 Se instala en Barcelona, donde es recibido por una bienhechora, Isabel Roser. A los 33 años, empieza a estudiar latín con el bachiller Jerónimo Ardévol, maestro de gramática. Reúne a sus tres primeros compañeros, que le seguirán a Alcalá y Salamanca.

1526-1527 En marzo de 1526 se traslada a Alcalá de Henares para cursar filosofía. Comienza a impartir ejercicios espirituales, actividad por la cual es considerado sospechoso de alumbramiento. Sufre tres procesos, siendo condenado a no predicar durante tres años. En junio de 1527, al salir de la prisión, viaja a Salamanca, donde también conoce dificultades: nuevamente tendrá procesos inquisitoriales, es encarcelado otra vez, se le prohíbe predicar y enseñar materias teológicas por no haber hecho suficientes estudios. Al quedar libre, Ignacio decide marchar a París para proseguir sus estudios. Adoptará la forma latina (Ignatius) de su nombre de pila (Íñigo).

1529-1531 Cursa filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde se encuentra con el saboyano Pedro Fabro y el navarro Francisco Javier. Realiza tres viajes a Flandes y uno a Londres para subvencionarse los estudios.

1532 Recibe el grado de bachiller en Artes.

1533 Se licencia en Artes.

1534 Obtiene el grado de maestro en Artes (aunque el diploma lleva la fecha de 14 de marzo de 1534). Da el mes de Ejercicios a Fabro, Laínez, Salmerón, Rodrigues, Bobadilla y Francisco Javier. El día 15 de agosto, Ignacio y sus compañeros realizan en Montmartre votos de pobreza, castidad y vida apostólica, que renovarán en el mismo día los dos años siguientes.

1535 A principios de abril, enfermo, sale de París camino de Azpeitia. Además de cuidar su salud, pretende visitar a los familiares de Javier y de Laínez. Viajes por España (Obanos, Almazán, Sigüenza, Madrid, Toledo, Segorbe, Valencia).

1536 En Venecia completa sus estudios de teología, comenzados en París en 1533, y ejercita el apostolado con conversaciones y Ejercicios. Es ordenado sacerdote de manos de Vicente Negusanti, obispo de Arbe.

1537 Año de espera para la peregrinación a Jerusalén. Proceso judicial, acusado de ser un fugitivo de España y de París, quedando exculpado el 13 de octubre. Visión trinitaria de la Storta: Ignacio tiene una experiencia espiritual de excepcional trascendencia que confirma definitivamente su idea de servicio divino. Esta visión tuvo claras repercusiones en la fundación de la Compañía de Jesús, empezando por el nombre de la nueva orden, un nombre que era todo un programa: ser compañeros de Jesús, alistados bajo su bandera, para emplearse en el servicio de Dios y bien de los prójimos. En noviembre entra en Roma.

1538 Ignacio celebra su primera misa en la iglesia de Santa María la Maggiore. Él y sus compañeros se ofrecen al papa.

1539 Deliberaciones sobre la fundación de la Compañía. El papa Paulo III aprueba oralmente la Compañía de Jesús. Salen a varias partes los primeros compañeros.

1540 Por medio de la bula Regimini militantis Ecclesiae Paulo III aprueba de manera canónica, el 27 de septiembre, la constitución del instituto de clérigos regulares de la Compañía de Jesús, cuyos estatutos ya había admitido verbalmente el año anterior. Francisco Javier parte para la India.

1541 Ignacio comienza la redacción de las Constituciones de la Compañía y es elegido, el 8 de abril, Superior General de la misma. A partir de este momento, salvo breves ausencias, Ignacio vivirá permanentemente en Roma, dedicándose al apostolado y al gobierno de la Compañía.

1544 Comienza la redacción del Diario espiritual.

1546 Muere Pedro Fabro. Admisión de Francisco de Borja. Ignacio termina las Constituciones. Enferma gravemente.

1548 Se publican sus Ejercicios espirituales, aprobados por Paulo III.

1550 El papa Julio III confirma la aprobación de la Compañía.

1551 Funda el Colegio Romano.

1552 Funda el Colegio Germánico. Muere Francisco Javier a las puertas de China.

1553 Comienza a dictar su Autobiografía.

1556 Muere Ignacio de Loyola en la madrugada del 31 de julio. Su cuerpo fue sepultado en la pequeña iglesia de Santa Maria de la Strada, quedando después depositado en el actual altar dedicado a él en la iglesia del Gesù.

1609 El 27 de julio el papa Paulo V beatifica a San Ignacio de Loyola.

1622 El 12 de marzo el papa Gregorio XV canoniza a Ignacio de Loyola, junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri.

1922 Pío XII le nombra patrono de los Ejercicios Espirituales y de las obras que los promueven.

«El caballero de Dios Ignacio de Loyola» (1923), de Juan Marzal, SJ (4)

Tenemos, pues, ya a Ignacio de Loyola convertido en «Caballero a lo divino», epígrafe de una nueva sección que va a recoger los hechos de Ignacio «De Loyola a Monserrat». Este apartado se abre con un nuevo pasaje de la «Gesta del Trovador» (siguen siendo las mismas estrofas de seis versos plagadas de arcaísmos). El narrador refiere que a Ignacio, cuando huye de su valle nativo, cada cosa le habla del Señor. Va en busca de su Reina, montaraz y de faz morena (la Virgen de Monserrat). Tiene lugar la conocida discusión con el moro que se burla de la virginidad de María, e Ignacio duda si matarlo o dejarlo marchar. Finalmente sube a lo alto de la montaña, donde la Reina le sonrise.

Viene después La vela de las armas. Cuadro dramático, en verso, cuya acción tiene lugar «en Monserrate», en 1521. La escena primera nos muestra a Ignacio trayendo un fardel con su túnica de saco y su bordón de peregrino. Ya ha llegado al lugar de sus sueños y sus ansias, donde quiere trocar su galana vestimenta por un hábito, si esa es la voluntad de Dios. El hermano que lo recibe le hace ver que la de ermitaño es una vida muy dura. Ignacio se confiesa ciervo sediento del agua de la Virgen. Cuenta cómo abandonó su casa, la vida militar y sus heredades, completamente desengañado de las vanidades humanas: «charco es el mundo que corrompe y mata» (p. 33). Se refiere a su cuerpo infame como ladrón de fama: «De la gloria de Dios ladrón he sido, / y a mi costa tendré que recobrarla» (p. 34). No ama el dolor, confiesa, pero castigará con disciplinas sus faltas por la gloria que robó a Dios, quien le inspira ese muy puro amor. «Vais camino de santo», le dice el hermano lego. Ignacio insiste: «Yo nada valgo; / con Él, inmenso es el poder del alma» (p. 34). Llega entonces el entierro de un pequeño escolán del coro: Ignacio desea morir inocente como ese niño. Pasa la procesión con el féretro y se escucha el canto fúnebre del coro de escolanes. Íñigo, conmovido y contrito ante el espectáculo de la muerte, confiesa que desea trocar su negra vida por las blancuras de esa caja, por el «almita blanca» de ese niño. Y pide confesor, porque no puede sufrir por más tiempo el peso de su carga: «¡Yo soy aquel perverso caballero / que en cárcel y en cadenas tiene el alma!» (p. 35). Ora de rodillas ante el altar de la Virgen, agitado por el dolor. Es este un pasaje muy bello, y un acierto dramático la idea de que Ignacio se arrepienta todavía más de sus pecados y pida confesión al ver el féretro del niño.

En la escena segunda, Ignacio cuenta al padre confesor su vida «de soldado vano / y desgarrado» (p. 36). Resume los datos relativos a su familia; sus tempranas hazañas como capitán de niños y sus nocturnas raterías en los manzanos. Perdió la inocencia, fue un corrupto pecador. Ardían en su pecho sin cesar dos llamas, la del amor y la de la gloria. Era estrecho para él el valle nativo y buscó la libertad en la milicia. El campamento fue palenque de aventuras, «y amor cadenas me forjó floridas» (p. 37). Resume así esa etapa de su vida:

Guantes arrojé al rostro, corté caras,
herí a felones, esquivando fintas,
supe de encrucijadas y torneos,
de puntos de honra, justas y divisas;
y por las damas que la muerte pudre,
lanzas y cañas en la lid rompía (p. 37).

Fue a servir al rey, por la gloria del monarca y también por su propio provecho, para acrecentar el blasón de la familia. Pero él no era feliz con estas vanidades:

Viví con alma y cuerpo encadenados,
como un esclavo vil a la codicia
de riquezas, al vano honor del mundo
y a los vicios que engendra la crecida
soberbia, hija mayor del amor propio,
madrastra de la carne que mancilla… (p. 37).

Ignacio, aplastado por su dolor (dice la acotación), hace una pausa larguísima. Esa es su historia desgarrada y vana. Luego vinieron Pamplona, la herida, la desesperación del rendimiento, la carnicería de los huesos:

La humillación y mi soberbia en lucha…
Mi carne, como fiera enfurecida
rugiendo ante el espíritu cobarde…

(Pausa.)

Un recuerdo de amor que martiriza…

(Pausa.)

Un libro que mi espíritu serena…

(Pausa.)

Un llanto que mis culpas purifica…

(Pausa.)

Un arranque de Dios que me descuaja
del mundo, para hacer cuanto me pida… (pp. 37-38).

La acotación indica que «Deben oírse los sollozos del penitente» (p. 38). Ignacio le entrega al confesor un papel con sus pecados por escrito; el padre, tras leerlos, le absuelve. Antes, confiesa Ignacio, estaba muerto, pero ahora en la Virgen tiene vida. Ella lo llama para que sea su caballero: «Su caballero soy; Ella me asista» (p. 38). Desea que su librea sea el saco de penitente, y no ya los brocados y la ropilla de antes; deja la daga y la espada «ante la Reina que mi amor cautiva» (p. 38) y viste sus nuevas armas de peregrino: el bordón y una vasija para el agua. Y exclama:

Aún no sé adónde voy; pero me llama
una voz interior, clara y distinta;
voz es de Dios y mi Señor eterno:
me lo dicen mi paz y mi alegría (pp. 38-39).

Armado ya de esta guisa, va a velar sus nuevas armas de caballero celestial para servir a la Reina de sus amores y a Dios:

Pobreza y humildad son mis cuarteles,
que han de adornar mi escudo de hidalguía;
y el mote del blasón, desde este instante
ha de ser: ¡A mayor gloria divina…! (p. 39).

Cristóbal de Villalpando, San Ignacio de Loyola ofrece sus armas a la Virgen de Montserrat (c. 1690). Museo Soumaya, Fundación Carlos Slim (Ciudad de México, México)
Cristóbal de Villalpando, San Ignacio de Loyola ofrece sus armas a la Virgen de Montserrat (c. 1690). Museo Soumaya, Fundación Carlos Slim (Ciudad de México, México).

Los escolanes salen a cantar la Salve vespertina, y queda Ignacio orando ante el altar de la Virgen. Cae un telón lento. Viene después un soneto bajo el epígrafe «Quien me quisiere seguir…» (la nota que se pone al pie cumple en realidad la función de acotación escénica: amanece e Ignacio saluda a la Virgen), que copio entero:

Ved mi armadura. En el sonoro
yunque de acero que Cantabria cría,
a martillazos Dios me forjó un día,
y al fuego y con buril me incrustó en oro.

Lejos de ella el heráldico decoro,
no hay ciencia del blasón en su hidalguía;
el forjador le dio cuanto tenía:
de humildad, fe y amor todo un tesoro.

Caudillo me ha hecho Dios de su cruzada.
Ningún cobarde alisto en mi mesnada;
que mi empresa es audaz, dura la guerra…

Quien quisiere seguir mi llamamiento
ha de tener valor y rendimiento,
la vista en Dios, bajo los pies la tierra (p. 39).

Tras el recitado del soneto, de nuevo cae el telón[1].


[1] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.