La documentación histórica en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado

Un detalle que merece la pena destacar es el gran trabajo de documentación histórica llevado a cabo por Gómez-Jurado para redactar su novela[1] (el autor ha declarado que ese proceso de documentación le llevó cuatro años), la cual está escrita en un tono marcadamente realista. En efecto, a lo largo de sus páginas vemos aparecer la Sevilla del Siglo de Oro. Recordemos que la ciudad hispalense era entonces el puerto y la puerta del Nuevo Mundo. Y el relato refleja no solo ese aspecto del comercio, sino también la lucha por la vida que tenía lugar en sus calles, la división social entre pobres y ricos, la violencia generalizada y el mundo del hampa (con la presentación de la Corte de Monipodio, nombrado también con el apodo «el Rey de los Ladrones»), siendo obvia la intertextualidad con la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo. Aquí y allá van apareciendo algunas descripciones de aquella Sevilla áurea (el Arenal, Triana, el Compás, etc.). Citaré a modo de ejemplo la evocación del Arenal, tal como es visto desde una almena por Sancho, al comienzo de la novela:

El espectáculo era magnífico.

Ante él se extendía el Arenal, el más famoso lugar de comercio de la cristiandad. Aquella enorme explanada que se abría entre la muralla oeste de Sevilla y el caudaloso Betis maravillaba a todos los que visitaban la ciudad. El muchacho había caído también bajo su hechizo cuando puso en ella los pies por vez primera, el invierno anterior. Cada día, desde el alba hasta el ocaso, miles de personas bullían por aquel espacio abierto. Literalmente todas las mercancías del globo se daban cita en aquel lugar, en el que se comerciaba con pieles y grano, especias y acero, armas y municiones. En un caos tan sólo inteligible para quienes llevaban años inmersos en él, los bizcocheros y los curtidores se mezclaban con los plateros y los zapateros bajo cientos de toldos azules, blancos y parduzcos. El golpeo de los martillos y el burbujear de las olas se fundía con el regateo apresurado en catalán, flamenco, árabe e inglés, por citar unos pocos. Que si algo se aprendía pronto en el Arenal era a timar en todas las lenguas posibles.

El Arenal era lo que había convertido a Sevilla en la capital del mundo. Su puerto fluvial, al abrigo del ataque de los piratas por hallarse bien tierra adentro, era el paso obligado de todo el comercio con las Indias por expreso deseo de Felipe II. Nunca había menos de doscientas embarcaciones amarradas en sus muelles, y en las próximas semanas llegarían hasta trescientas. Cuando todos los barcos de la flota alcanzasen su destino, formarían un gigantesco bosque de mástiles y velas que taparían literalmente la vista de la orilla contraria, la de Triana (p. 29).

Alonso Sánchez Coello, Vista de Sevilla (hacia 1576 o 1600). Museo de América (Madrid, España)
Alonso Sánchez Coello, Vista de Sevilla (hacia 1576 o 1600). Museo de América (Madrid, España).

Asimismo, abundan los datos históricos sobre la época (la guerra entre España e Inglaterra, las deudas contraídas por Felipe II para sufragar los gastos de los ejércitos, los continuos préstamos de los banqueros genoveses, la carestía del trigo, etc.). Encontramos también datos sobre la comida y la bebida, los vestidos (la moda del negro), el juego, las armas (y el arte de la esgrima matemática), la esclavitud, la vida en galeras, etc. En ocasiones se da entrada a un léxico y una fraseología propios del Siglo de Oro (a través de pequeños detalles como, por ejemplo, la mención de los bodegones de puntapié).

En suma, La leyenda del ladrón de Juan Gómez-Jurado constituye una entretenida novela de acción y aventuras, que pone sobre la mesa el mundo de pobreza, corrupción, hampa y marginalidad de la Sevilla del Siglo de Oro. Sobre ese telón de fondo de la acción narrativa, junto con personajes igualmente interesantes como Sancho de Écija, Clara y Monardes, asistimos a un nuevo encuentro —en una nueva ficción literaria— y a la amistad entre los dos grandes genios literarios del momento, el inglés Shakespeare y el español Cervantes[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

 

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (y 4)

Por su parte, en La leyenda del ladrón[1] Sancho inspirará a Cervantes el episodio de los cueros de vino acuchillados (Quijote, I, 35) y también, claro, el nombre de Sancho Panza. Ocurre que Shakespeare le ha contado a Cervantes cómo el muchacho terminó de ladrón, tras escapar de la taberna de Castro después de acuchillar todos los toneles de vino:

Aun después de todo aquel tiempo y de lo que habían pasado juntos, Sancho no pudo evitar ruborizarse al recordar cómo había apuñalado los barriles de vino aquella noche, como si fueran los enemigos imaginarios de su propia vida.

—Es una historia lamentable.

—Bien contada podría ser brillante. Tal vez la escriba algún día y le ponga vuestro nombre al protagonista.

Sancho meneó la cabeza.

—No, por Dios, don Miguel. Al protagonista no. Tal vez a algún secundario de buen corazón (p. 652).

Don Quijote acuchillando los cueros de vino

Recordaré que el título original con que fue concebida la novela de Gómez-Jurado era La materia de los sueños, que es un sintagma tomado de La tempestad. Este es el final de la novela, que remite a un diálogo previo sobre este mismo tema:

—¿Qué hay de vos, Sancho? ¿Habéis descubierto cuál es la materia de los sueños?

—Maese Guillermo creía en la tinta que da forma a las historias. Yo en el oro que da los medios para realizarlas. Y vos en la esperanza que nos lleva a cumplirlas.

[…]

Miguel permaneció aún mucho rato en el muelle de Sevilla, contemplando cómo el galeón se iba alejando Betis abajo. El pelo color medianoche de Clara se agitaba por encima de la borda donde los tres le decían adiós, mecido por el viento que impulsaba la flota del rey hacia el Nuevo Mundo. Miguel se dejó llevar por una extraña melancolía, deseando ocupar el lugar del joven al que había salvado de la muerte, al que había acabando debiendo más que la propia vida y al que tanto iba a echar de menos. Cuando la última vela se ocultó tras el recodo del río, el comisario se permitió por fin una única lágrima que quedó brillando en su rostro curtido y enjuto.

«Oro, tinta y esperanza. No es mala combinación —pensaba Miguel, mientras llevaba su caballo entre la muchedumbre, cogido por el ronzal. Cruzó el Puente de Barcas, montó y picó espuela, rumbo de nuevo a su tarea—. No es mala en absoluto.»

Los cascos de su caballo flotaron sobre el polvo del camino. Y después fuese, y no hubo nada (pp. 653-654).

Notemos, de nuevo, la intertextualidad cervantina en la última frase —que es la que cierra de novela—, «fuese, y no hubo nada», en este caso con el remate del famoso soneto del túmulo de Felipe II en Sevilla «Voto a Dios, que me espanta esta grandeza».

Sobre el posible encuentro de Cervantes y Shakespeare, ya sabemos que ha habido varias recreaciones desde la ficción literaria (queda una nota acerca de esta cuestión en una antrada anterior). En la semblanza que dedica al escritor inglés en su nota final, Gómez-Jurado justifica el —hipotético, ficticio, no lo olvidemos— encuentro sevillano de ambos ingenios:

William Shakespeare, «vagabundo, actor y poeta» y más tarde un dramaturgo no del todo desconocido, es una figura tan cambiante y apasionante como fueron sus obras. Es difícil alcanzar la verdad sobre muchas partes de su vida, y muy en concreto sobre los denominados «años perdidos» (1587-1592), en los que no por casualidad transcurre La leyenda del ladrón. Shakespeare pudo haber estado en cualquier parte durante aquellos años, y desde luego que huyese de su matrimonio a la ciudad más grande e importante del mundo en el siglo XVII no es una posibilidad tan loca como pudiera parecer[2].

Y añade a continuación:

Siempre me ha fascinado profundamente el que los dos autores más grandes que ha dado la historia muriesen el 23 de abril de 1616, que hoy es consagrado como el Día del Libro. Ambos tienen otra cosa en común, y es que parecieron recibir la inspiración que los volvió inmortales hacia la misma época. Antes de sus «años perdidos» Shakespeare era un don nadie. Antes de su etapa sevillana Cervantes era un autor de poco fuste. La posibilidad de que se conociesen y de que sus dos enormes mentes se prendieran fuego literario mutuamente fue la idea que dio pie a esta aventura. Uno y otro se lanzan referencias cruzadas a lo largo de la historia, y puede ser divertido para una segunda lectura descubrirlas todas[3].

En fin, prolonga su comentario aludiendo al perdido texto de Cardenio, al tiempo que menciona de paso sus dos principales fuentes bibliográficas:

La inspiración entre Shakespeare y Cervantes existió, de hecho. Tras leer una traducción de El Quijote, el inglés escribió una comedia, Cardenio, basada en el personaje del mismo nombre aparecido en la obra del español. Por desgracia esa obra se perdió en un incendio y tan sólo referencias del argumento han llegado hasta nosotros. Para saber más de ambos genios recomiendo las biografías de Manuel Fernández Álvarez, Cervantes visto por un historiador; y la mastodóntica Shakespeare, de Harold Bloom[4].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657.

[3] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. En realidad, los dos escritores no murieron el mismo día: Shakespeare falleció el 23 de abril de 1616, pero en Inglaterra regía todavía el antiguo calendario juliano, en tanto que en España se usaba ya el calendario gregoriano. La fecha de su muerte correspondería, entonces, al 3 de mayo, diez días más tarde. Además, Cervantes murió el 22 de abril, siendo enterrado, eso sí, al día siguiente, 23 de abril.

[4] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», pp. 657-658. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (3)

En lo que respecta a la presencia de Shakespeare en Sevilla, la novela en La leyenda del ladrón[1] nos lo muestra como un simpático borrachín que vive en la taberna del Gallo Rojo, donde entrará a servir Sancho. Como España e Inglaterra están en guerra en ese momento, no se presenta como inglés, sino que se hace pasar por irlandés. De esta forma se explican las razones de su marcha de Inglaterra:

Aunque procuraba no pensar en ellos para no sentir aún más el peso de la soledad, en aquel momento recordó a sus hijos. Hacía muchos meses que no conseguía dinero suficiente para enviar a casa, y se preguntó si todos estarían bien. Su esposa era demasiado egoísta y demasiado estúpida como para aprender a escribir o mandarle noticias. Por enésima vez en su vida lamentó haber dejado preñada a una mujer ocho años mayor que él y con la que se había casado a la fuerza. Apenas se soportaban, y marcharse lejos de ella en busca de fortuna había sido un auténtico alivio (p. 587).

William Shakespeare

Y se ofrecen a continuación algunos datos sobre su trabajo como actor:

Llevado por su deseo de triunfar en el teatro, se había unido a una troupe de cómicos itinerantes que hacían una gira de dos años por el continente, visitando lugares de los que nunca antes había oído hablar, como Verona, Venecia o la propia Sevilla. El talento de Guillermo para la interpretación era bastante justo, algo que compensaba intentando improvisar sobre el escenario. Para ello sí que estaba dotado, mucho más que sus compañeros. Esto había ocasionado roces y peleas que habían acabado con la paciencia del director y resultado en su expulsión de la compañía. Había terminado viviendo en un cuchitril de mala muerte llamado el Gallo Rojo, maldiciendo su suerte, atrapado por la guerra con España y por el agujero perpetuo de sus bolsillos (pp. 587-588).

En un determinado momento Shakespeare le cuenta a Sancho la leyenda de Robert Hood, bandido honesto, leit motiv repetido a lo largo de la novela (de hecho, Sancho aspirará a ser como ese Robert Hood, un ladrón honesto y bondadoso)[2]. En esta ficción narrativa, Cervantes y Shakespeare, presentados por el joven, se hacen buenos amigos:

Guillermo le contó lo difícil que habían sido para él aquellos años, con un ardor y una pasión que llenaban de colores y sensaciones el relato. Había sido maestro de inglés en varias casas de jóvenes nobles y comerciantes, un trabajo que había acabado con su paciencia y que le daba para malvivir. Hubo días en que tuvo que deslizarse en las cocinas de las casas para robar algo de comer. Cuando no aguantó más las impertinencias de los mocosos malcriados, cambió la hambrienta profesión de maestro por la aún más hambrienta profesión de actor. Con su pobre castellano todos los papeles a los que podía aspirar eran secundarios y sin frase.

—He sido guardia, pastor y piedra. Y árbol, maldita sea. Juro que si algún día escribo una comedia digna de tal nombre no pondré un solo árbol en ella (p. 582).

El comentario no deja de ser humorístico pues, recordemos, en el Acto III de Macbeth una aparición le avisa al protagonista: «Mantén el ánimo valeroso: serás invencible y glorioso hasta que el bosque de Birnam veas moverse y avanzar hacia ti». Luego, en el Acto IV, Malcolm ordena a sus soldados: «¡Que cada uno arranque y lleve consigo una rama para ocultarse tras ella!». Y entonces el Coro exclama: «¡El bosque de Birnam está moviéndose!».

Un detalle interesante es que, tras entablar conocimiento y mantener largas conversaciones, Shakespeare y Cervantes se inspiran mutuamente para algunas de sus futuras obras literarias. El inglés le cuenta al español que la leyenda de Robert Hood, el bandido justiciero, había afectado profundamente a su común amigo Sancho. Esto supone la “chispa” de inspiración para el personaje protagonista del Quijote:

—Supongo que una buena historia puede trastornar al hombre más sereno —dijo el inglés, apurando la jarra.

[…]

Cuando se volvió hacia el comisario, vio que éste tenía la mirada fija en un punto de la pared, y parecía encontrarse muy lejos de allí. Murmuraba algo entre dientes, algo que Guillermo no pudo captar. Tan sólo entendió la palabra «molinos», que para él no tenía ningún significado (p. 507).

A su vez, Cervantes habría sido quien la brindó a Shakespeare el argumento de Hamlet, al hilo de unos comentarios referidos al deseo de venganza que ha anidado en el joven Sancho de Écija:

—Vos no le convertisteis en un ladrón —dijo al cabo de un rato Miguel—. Eso era algo que él llevaba dentro, por los motivos equivocados.

—Temo, no obstante. Ser la causa de haberlo provocado. Y de haberle obligado a buscar venganza. La más baja e inútil de las pasiones.

Miguel sonrió.

—La venganza. Es curioso, don Guillermo, pero recientemente llegó a mis oídos una trágica historia que le sucedió a un príncipe de Dinamarca hace cuatro siglos… (p. 591) [3].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Robin Hood fue una amalgama de tres individuos distintos: un campesino proscrito del bosque de Barnsdale en torno a 1225; Robert Hood de Wakefield, soldado del ejército rebelde del conde de Lancaster que luego estuvo al servicio de Eduardo II en 1324 […] y Fulk Fitz Warine, uno de los barones que se alzaron contra el rey Juan entre 1200 y 1215» (Valdés Miyares, «Robin Hood, historia y leyenda de un proscrito», s. p.).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

 

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (1)

El autor ha señalado en alguna entrevista que, en su novela[1], Cervantes es un secundario de lujo. Efectivamente, no ocupa el lugar protagónico, sino que aparece en determinados momentos de la acción global: 1) en el «Prólogo», en su primera jornada como comisario de abastos, salva al niño Sancho de Écija. Luego desaparece de la acción narrativa durante un buen trecho del relato. En el «Interludio» (situado entre los capítulos XLIV y XLV, ocupando las pp. 487-497) se rememora su rescate de Argel por fray Juan Gil y se ofrecen datos relativos a sus cinco años y medio de cautiverio. Por último, en el tramo final de la novela, Sancho le ayuda en una partida de cartas en el garito de Gonzalo Ramos, el Florero, y le presenta a Shakespeare. A partir de ahí Cervantes y Shakespeare, que se hacen amigos, ayudarán juntos a Sancho de Écija.

Shakespeare y Cervantes

Esta es la primera descripción que se ofrece de Cervantes (aunque su nombre no se revelará hasta el final de este apartado introductorio de la novela, para los conocedores de la biografía del autor del Quijote resulta claro de quién se trata):

Un hombre enjuto y de rasgos afilados encabezaba el grupo […]. Estrenaba aquella jornada el cargo de comisario de abastos del rey, encargado de reunir el trigo para la Grande y Felicísima Armada que Felipe II estaba preparando para invadir Inglaterra. Como antiguo soldado que era, aquel encargo llenaba al nuevo comisario de orgullo y responsabilidad. Sentía que iba a contribuir a la gloria que iba a conquistarse en los próximos meses. Si no podía sostener él mismo un mosquete —pues en una batalla librada dieciséis años antes había perdido el uso de una mano— al menos podría alimentar a quienes los empuñasen (p. 11).

Y con estas líneas refleja el narrador sus pensamientos, en estilo indirecto:

Tampoco sería tarea fácil. Los campesinos y terratenientes no verían con buenos ojos las requisas de grano. El comisario portaba vara alta de justicia, así como permiso para romper cerraduras y saquear los sitios, sin más obligación que dejar a cambio un pagaré real. Un pedazo de papel por el fruto de sus esfuerzos no sería bien recibido por quienes doblaban el espinazo sobre la tierra, especialmente cuando era notoria la lentitud de la Corona a la hora de satisfacer las deudas en las que tan alegremente se embarcaba (pp. 11-12).

Insisto: todavía no se ha mencionado su nombre, pero para el lector avisado ya queda suficientemente claro quién es este comisario de abastos. Sea como sea, para que no quede ninguna duda, su identidad se explicita al final de este prólogo, cuando deja al niño que ha salvado en el orfanato, en manos de un fraile:

El comisario volvió a montar, pero cuando iba a ponerse en marcha el anciano agarró el bocado del animal.

—Esperad, señoría. ¿Quién debo decirle que es su salvador, para que le tenga en cuenta en sus oraciones?

El hombre guardó silencio un momento, con la mirada perdida en las calles tenebrosas de Sevilla. Estuvo a punto de negarse a responder, pero había pasado por demasiados malos tragos en la vida, demasiadas pruebas y sinsabores como para desperdiciar una oración a cambio de sus seis escudos. Volvió sus ojos tristes hacia el fraile:

—Decidle que rece por Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey (p. 21)[2].


[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.

«El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González: valoración final

Las 1.300 páginas que alcanza El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra de Manuel Fernández y González[1] —el rey de la novela por entregas y folletinesca en la España de la segunda mitad del XIX— están llenas de aventuras y de amoríos, y no faltan en el relato los excesos y las excentricidades narrativas, como he tratado de mostrar con el repaso, a grandes pinceladas, de su estructura y contenido. Con tales mimbres se va fabricando este Cervantes personaje de ficción, que tiene sus puntas y ribetes de héroe romántico perseguido por la fatalidad, aunque a veces los sucesos evocados se alejen demasiado del núcleo narrativo principal. Sabemos que el autor hace gala de una fantasía desmesurada y que tiene una verbosidad torrencial, y ocurre, en efecto, en ocasiones que quien debería ser el protagonista central queda algo desdibujado, relegado a un segundo plano de importancia, o incluso desaparece por completo del foco narrativo: así sucede cuando sus aventuras quedan sepultadas por las de una multitud de personajes secundarios, cuyas historias —como pasa con las cerezas— van saliendo enredadas unas con otras. La desaforada fantasía de Fernández y González nos brinda el retrato de un Cervantes genial, dueño de un alma fácilmente impresionable, capaz de enamorarse de dos, de tres y aun de cuatro mujeres a la vez. Y no, no es que el escritor sea un partidario avant la lettre del poliamor, sino que su desbordada imaginación de artista genial se deja atrapar fácilmente por la belleza en general, y en particular por la belleza de cuantas mujeres hermosas se cruzan en su vida, que no son pocas: doña Magdalena, donna Beatriz, Abigail, la duquesa de Puente de Alba, Paulina, doña Inés Rojas de Arias, Noemí, Darahimaráh… y hasta Aldonza Lorenzo, su particular Dulcinea de senectud. Alma de poeta embriagada por el amor, de todas se enamora Cervantes… y todas se enamoran de Cervantes.

Útiles de escritura

Con las características señaladas, obvio es decir que no se puede pedir al relato mayor profundidad psicológica, ni una descripción detallada de las motivaciones de los personajes, ni una coherencia lógica en sus pensamientos y acciones, ni nada por el estilo. Sería tanto como pedir cotufas en el golfo. Todo está puesto aquí a mayor gloria de la acción, a la que se sacrifica todo lo demás, siendo la novela un continuo sucederse de lances y peripecias encaminado a mantener de manera sostenida el interés del lector. Se entenderá igualmente que en todos estos episodios de intriga, aunque se parta de ciertos datos de la biografía cervantina —los conocidos a la altura de los años 70 del siglo XIX—, caben las licencias literarias y los anacronismos, sean estos voluntarios o resultado del descuido o desconocimiento del autor. Tampoco tiene mucho sentido hablar de la calidad literaria de esta producción, que hay que entender y valorar en el contexto de la novela por entregas, con sus características y sus limitaciones. En fin, la imaginación sin límites de Fernández y González fluye torrencialmente a lo largo de estos trece cientos de páginas —ni una más, ni una menos—, en la que constituye —y creo no equivocarme al afirmarlo así— la más desmesurada y excéntrica de cuantas recreaciones cervantinas se han escrito hasta la fecha. Y el escritor sevillano puso tan alto el listón, a estos efectos, en su descomunal novela-río, que sin duda resultará muy difícil de superar en el futuro[2].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Un detalle narrativo-estilístico de «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González: la técnica del «abuso del punto y aparte»

Se trata de un rasgo presente a lo largo de toda la narración[1] y que responde a la técnica de escritura de las novelas por entregas, práctica de la que se hace eco Hernández Girbal[2].

Punto y aparte

Son muy numerosos los pasajes de la novela en los que el autor emplea este recurso para rellenar con más facilidad la página, pero citaré tan solo este ejemplo del final del capítulo IV del libro cuarto:

Todos mostraban el valor de la resignación, aunque verdaderamente no le tenían.

Eran bravos y valientes soldados españoles.

Aun hubo alguno que tuvo valor para chancearse.

Entre ellos, Cervantes.

Los que hacían esto, era para evitar a sus compañeros.

Fue avanzando la noche.

Las conversaciones se fueron disminuyendo.

Al fin, la fatiga pudo en los más de ellos más que el dolor, que el hambre, que las heridas, y se durmieron.

Abigail reclinó su cabeza sobre el hombro de Cervantes.

Le abrazó.

Se estrecharon.

Le retuvo en sus brazos.

Luego le besó silenciosamente en la boca.

Aquel fue un beso de dolor, de agonía.

Luego lloró largamente.

Era la primera vez que Cervantes sentía llorar a Abigail (p. 689).

En fin, podríamos decir —parafraseando un refrán conocido— que el autor tenía muy clara la consigna a la hora de escribir o dictar sus textos: A más líneas, más ganancia[3].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Ver Florentino Hernández Girbal, Una vida pintoresca: Manuel Fernández y González. Biografía novelesca, Madrid, Biblioteca Atlántico, 1931, pp. 199-200.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Excesos, desmesuras y extravagancias en «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González (libro séptimo)

El libro séptimo[1], «La hija de Cervantes», nos sitúa en Valladolid a la altura de 1605. Nuestro protagonista vive amargado y sin esperanza, resignado a seguir con sus frecuentes comisiones de cobro de tercias y alcabalas. Doña Magdalena reside con su familia, como una hermana más. Grande de genio, pero olvidado por casi todos (únicamente el conde de Lemos y el cardenal de Toledo le socorren en sus necesidades, y eso solo de cuando en cuando), cada vez más enfermo de hidropesía, Cervantes tendrá el consuelo del éxito de la primera parte del Quijote, aunque también conocerá la envidia, los dardos de sus enemigos literarios, con Lope a la cabeza (ver las pp. 1191-1192) y el dolor de la aparición de la continuación apócrifa de Avellaneda (que en la novela se identifica con fray Luis Aliaga).

Sea como sea —y dejando de lado otras intrigas secundarias de personajes como María de Ceballos o Clara la tendera—, lo esencial en esta última parte de la novela es el cortejo que sufre su hija Isabel, ya de veinte años, por parte de dos galanes calaveras, don Hernando de Toledo y don Gaspar de Ezpeleta. Rivales en sus pretensiones amorosas, don Hernando dejará malherido de muerte a Ezpeleta a las puertas de la casa de Cervantes: el suceso se convierte en la comidilla de la ciudad, y el escritor y su familia pasarán una temporada en la cárcel de Valladolid. Nuestro héroe, que está cada vez más enfermo, cae en un estado febril y piensa que Dios lo castiga, en su honra y en su hija, por haber sido pecador. «El destino de Cervantes era luchar a brazo partido con la adversidad», sentencia el narrador (p. 1241). De ahí que sus últimas obras, pese a que el autor mantenga siempre su genio y su espíritu joven, destilen un poso de tristeza y melancolía. Todavía hay espacio para que, en el tramo final de la narración, aparezca un nuevo personaje, el joven escritor don Francisco de Quevedo, quien protege a doña Magdalena e Isabel del intento de rapto ordenado por el malvado don Hernando, ganándose con ello la confianza de Cervantes y haciéndose gran amigo de su familia[2]. Doña Magdalena y Miguel siguen manteniendo un casto amor espiritual, son ya como hermanos. Al final, ella e Isabel terminarán profesando como religiosas.

Cervantes enfermo

Restan tan solo para acabar la novela unas páginas a modo de «Conclusión» —divididas en 14 capitulillos de corta extensión—, donde se evocan brevemente los últimos tiempos de un Cervantes que, viejo, pobre, cansado y sin esperanza, logra publicar la segunda parte del Quijote y trabaja en medio de su enfermedad para intentar terminar, corriendo contra el tiempo, su Persiles. Por último, quien fuera el «regocijo de las musas» —se evoca el encuentro con un estudiante en su último viaje de Esquivias a Madrid, tal como se cuenta en el prólogo de su novela póstuma— recibe la extremaunción el 18 abril de 1616, firma al día siguiente —«Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte»— la famosa dedicatoria a Lemos y muere, en fin, el sábado 23 de abril. «Aquel mismo día, y hay que notar esta circunstancia, murió el famoso poeta Guillermo Shakespeare» (p. 1299)[3].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] «La vida sin aventuras cansa», dice Quevedo (p. 1262). Y a las aventuras del satírico madrileño dedicará también Fernández y González varias de sus novelas, ofreciendo de él un retrato semejante al de Cervantes (valiente, noble, espadachín y pendenciero, etc.). Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, p. 175.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173. Hoy sabemos que Cervantes murió el 22, no el 23 de abril; y que la coincidencia de día de fallecimiento con Shakespeare tampoco fue tal, pues se usaban distintos calendarios en España y en Inglaterra.

Excesos, desmesuras y extravagancias en «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González (libro sexto)

En el libro sexto[1], «El alcalde de Argamasilla», encontramos una concentración mayor de datos relativos al escritor, si bien el narrador decide resumir el relato de sus hechos biográficos. Dice así:

Vamos a epilogar una parte de la vida de Cervantes.

Nuestros lectores nos dispensarán.

Si hubiéramos de seguir punto por punto los sucesos y las aventuras de la vida de nuestro héroe, necesitaríamos dar a su historia unas dimensiones descomunales (p. 1053).

¡Pues menos mal!, añadiremos nosotros, porque esto lo indica el narrador cuando ya ha superado el millar de páginas escritas… Llega ahora la noticia de que Abigail ha muerto en Constantinopla. Doña Magdalena, que siente un amor purificado, espiritual por Cervantes, lo ama como a un hermano. Y este sigue con sus gestiones como pretendiente en Madrid, que a la postre resultan siempre infructuosas. Al final, desatendido en sus pretensiones y calumniado por sus enemigos, tendrá que conformarse con un discreto cargo de proveedor de las galeras reales: será alcabalero y terminará preso en la cárcel de Sevilla por problemas con sus cuentas de los dineros públicos. Se prepara también la que será la materia del último libro de la novela, recordándose que dieciséis años atrás Cervantes tuvo amores en Madrid con una gran señora —la duquesa de Puente de Alba—, fruto de los cuales nació una hija natural, que —con el beneplácito de doña Magdalena— será reconocida por su padre y entrará a formar parte de la familia con el nombre de Isabel de Cervantes y Salazar, instalándose todos en Valladolid, a donde se ha trasladado la corte.

Aldonza Lorenzo

Hasta aquí, más o menos, son datos conocidos de la biografía cervantina. Pero Fernández y González no se para en barras y está dispuesto a llevar la historia de Cervantes un paso más allá todavía: en una de sus comisiones por la Mancha, conoce nada más y nada menos que a doña Aldonza Lorenzo (sic) y se enamora de ella: «Y era el caso que a Cervantes le gustaban las mujeres obesas y hermosotas, y que se perecía por ellas» (p. 1098). Este amor tardío hace rejuvenecer al escritor —él tiene 51 años y su Dulcinea 25, se indica—. Lo que viene a contrariar sus nuevos planes sentimentales es que un tal Alonso Quijano, el alcalde de Argamasilla, también ama a Aldonza y se convierte en su rival. Finalmente Quijano apresa al alcabalero y lo conduce a la cárcel de su localidad (ver la p. 1116; Fernández y González se hace eco aquí de la tradición del encarcelamiento del escritor en la cueva de la Casa de Medrano). En fin, este triángulo amoroso Cervantes-Aldonza-Alonso Quijano que fabula la calenturienta imaginación del novelista sevillano se cierra con la indicación de que Dulcinea moriría, tiempo después, de una vulgar congestión, si bien alcanzó a ver publicado el libro que novelaba sus aventuras amorosas[2].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Excesos, desmesuras y extravagancias en «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González (libro quinto)

En el quinto libro[1], «Esquivias», se nos cuenta el matrimonio de Cervantes con doña Catalina de Palacios Salazar, dama a la que protege de las asechanzas del malvado don Gaspar de Valenzuela. Cervantes, al que le sobra ingenio, pero le faltan dineros, no siente una gran pasión por doña Catalina; pero ella dispone de algunos bienes, y el escritor —que está cansado y desesperado: la literatura no da para vivir; pretende algunos empleos en la corte, pero sin conseguir nunca nada…— es consciente de que el matrimonio con la joven —él tiene 34 años, ella 25, se dice en la novela— es una forma práctica de asegurar la estabilidad financiera de su familia, arruinada tras el rescate de los dos hermanos, Rodrigo y Miguel (ver las pp. 996-997).

Casa-Museo Miguel de Cervantes en Esquivias (Toledo)
Casa-Museo Miguel de Cervantes en Esquivias (Toledo).

Por lo demás, en este libro tampoco faltan las tramas e intrigas secundarias en las que nuestro protagonista está implicado: reaparece después de muchas páginas ausente la duquesa de Puente de Alba, doña María de los Dolores Pérez de Cañizares, con su hija; se nos cuenta la historia de Beatriz, otra mujer amada por el malvado don Gaspar de Valenzuela; otros sucesos tienen que ver con Francisca, una moza de posada de Castillejos, etc., etc. Como sentencia el narrador, «Era indudable que, por donde quiera que iba [Cervantes], llovían sobre él las aventuras» (p. 1032)[2].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.

Excesos, desmesuras y extravagancias en «El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra», de Manuel Fernández y González (libro cuarto)

El libro cuarto[1], «El cautiverio en Argel», está formado por 59 capítulos. El narrador evoca el apresamiento de Cervantes a bordo de la galera Sol, cuando regresaba a España, y sus años como cautivo, con sus varios intentos de fuga, hasta que finalmente es liberado por los trinitarios tras pagar su rescate de quinientos escudos de oro. Pero las peripecias de Cervantes en Argel se van a ver envueltas, una vez más, en una maraña de amoríos y de historias protagonizadas por otros personajes, llenas de lances y aventuras diversas. Tenemos, por ejemplo, que Abigail —que se hace pasar por el soldado Juan Pérez de Dávalos, también cautivo— se gana la confianza del dey Hassan-Agá, quien lo nombra wazir de su casa. Cuando descubra que en realidad es una mujer, se enamorará apasionadamente de ella; y Abigail, teniendo sojuzgada la voluntad de Hassan-Agá, usará su posición de dominio sobre él para proteger a su gran amor, Cervantes, al que llaman el gran cristiano estropeado. A su vez Noemí, la obesa esposa de Hassan-Agá, también se enamorará del supuesto Juan Pérez de Dávalos (esto es, de Abigail bajo la apariencia de hombre).

Antonio Muñoz Degrain, Cervantes ante el bey de Argel acusado de conjura (1879). Biblioteca Nacional de España. Colección Histórico-Artística (Madrid).
Antonio Muñoz Degrain, Cervantes ante el bey de Argel acusado de conjura (1879).
Biblioteca Nacional de España. Colección Histórico-Artística (Madrid).

El novelista irá incorporando a su relato los principales datos conocidos sobre el cautiverio de Cervantes: cómo, debido a las importantes cartas de recomendación que llevaba consigo al ser capturado, es considerado un valioso cautivo de rescate; sus diversos intentos de fuga; su heroica valentía al atribuirse siempre toda la responsabilidad de tales planes de fuga, disculpando a sus compañeros; cómo, pese a estar penado el intento de fuga con la muerte, Cervantes no es nunca castigado (Abigail ha convencido a Hassan-Agá de que el cristiano es un poderoso hechicero y el dey piensa que recibirá un castigo divino si atenta contra su vida); y cómo es finalmente rescatado por fray Juan Gil, de la orden trinitaria, cuando ya se encontraba embarcado para pasar a Constantinopla. Eso sí, todo ello bien aderezado con la correspondiente ración de rebeliones internas en Argel, combates y cuchilladas, raptos, tormentas en alta mar, abordajes… y la existencia de una curiosa Hermandad del Tigre, cuyo jefe secreto es ni más ni menos que… doña Magdalena (que también está en Argel, en su caso como hija fingida del hagib-Morato).

El balance sentimental de nuestro héroe cautivo es ahora el siguiente: creyendo a Paulina muerta en Roma, sin noticias de doña Magdalena y de donna Beatriz, con la duquesa de Puente de Alba en olvido, no puede menos que amar a Abigail, pese a conocer su oscuro y malvado carácter. Para complicar más la situación, también Noemí, la esposa de Hassan-Agá, se enamora de Cervantes… y Cervantes de ella: «Eran estos unos amores que se desarrollaban en el misterio, sin que los comprendiera bien ninguno de los dos», apostilla el narrador (p. 827); y el lector, sinceramente —añadiré yo—, tampoco los comprende demasiado bien. Pero es que la fuerza incontrastable del amor —sigue explicando el narrador— lo justifica todo, siendo esta una idea que se repite como un leitmotiv a lo largo de toda la novela.

Pero, ojo, que no acaban aquí los líos amorosos y las aventuras: Arnaute-Mamí, El Tigre de los tigres (o sea, el jefe de la hermandad que conspira en la sombra para derrocar a Hassan-Agá), se enamora de doña Magdalena, que en Argel responde al nombre árabe de Saruh-Yemal (aunque también es conocida como Miriam o como doña María Ponce de León). Y en Argel va a reaparecer asimismo Paulina, que había sido cautivada en Lepanto (¡otra mujer más que había asistido al combate vestida como soldado!), aunque doña Magdalena conseguirá liberarla pronto. Poco a poco nuestro cautivo empieza a tener más claras las cosas del querer, y así le dice a doña Magdalena: «Abigail era Satanás; tú y Paulina sois dos ángeles» (p. 868). Y es que «Cervantes experimentaba en sí este fenómeno de la multiplicidad del amor, y con mayor fuerza que otros, cuanto más delicada, cuanto más sensible que la de otros era su percepción, o lo que es lo mismo, su sensibilidad» (p. 871). Pero todavía hay más: Hassan-Agá, que cree que Cervantes sabe dónde se encuentra su desaparecida esposa Noemí y desea que se lo revele, lo tienta ofreciéndole a su hija Darahimaráh, una niña de entre catorce y quince años que —¿lo adivinan?— tampoco puede evitar caer rendida ante los encantos del gentil cristiano. En fin, no habrá de extrañarnos que el capítulo LV se titule «En que Cervantes se encuentra más perdido que nunca en sus mismos deseos». Al final, y resumiendo mucho la acción, Cervantes bautiza a Darahimaráh y luego Paulina la sigue instruyendo en el cristianismo. Más adelante, habiendo escapado a tierras italianas, la nieta de la Fornarina morirá y la hija de Hassan-Agá entrará en un convento. Y el libro cuarto se remata con estas palabras: «El torbellino, cada vez más revuelto, de los sucesos de su azarosa vida arrastraba a Cervantes» (p. 946).

Por lo demás, en este tramo narrativo el narrador presenta a Cervantes como un gigantesco héroe de la libertad, un nuevo Espartaco que rumia un plan para alzar en armas a todos los cautivos de Argel y apoderarse de la ciudad norteafricana para el rey Felipe II. Se explica que hay allí 25.000 cautivos, todo un ejército, pero falta tener la capacidad de organizarlo: «Una de las mayores glorias de Cervantes es la de haber intentado la posesión de Argel, y la libertad del Mediterráneo, sin otros elementos que el de los míseros esclavos que con él gemían lejos de su patria y en la mayor de las miserias» (p. 785)[2].


[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173.