«Del bautismo del Jordán», de Alonso de Bonilla

En la festividad del Bautismo del Señor, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad, cerraremos también la serie de poemas navideños con esta composición de tono festivo de Alonso de Bonilla[1] titulada «Del bautismo del Jordán». Para la cabal comprensión del poema (para aclarar la pendencia a la que se refiere Bonilla), puede ser de ayuda este comentario del Padre José-Román Flecha Andrés, quien nos ofrece las principales claves interpretativas del texto:

«Riñendo la omnipotencia con el siervo pertinaz, entró el Verbo a meter paz, y mojose en la pendencia». Así interpretaba Alonso de Bonilla el bautismo de Jesús en el río Jordán. La suya era una interpretación que a la verdad teológica le unía una cierta picardía popular.

Aquel platero y poeta andaluz imaginaba la tensión multisecular de la misericordia y el poder de Dios con la tozudez y la pretensión humana de autonomía. El Verbo de Dios hecho carne se sabía y sentía como necesario y oportuno mediador de aquel pleito, siendo como era parte de lo divino y de lo humano.

El bautismo de Jesús sería por tanto el acto en el que Jesús pretendía poner paz entre Dios y los hombres. No era un rito de penitencia para el bautizado en el Jordán. Era un acto de mediación por el que Jesús buscaba la reconciliación entre Dios y los hombres.

En su breve poema, el poeta repite hasta tres veces que lo que Dios sacó de esta paz fue salir «bien mojado en la pendencia». Este baño del Hijo de Dios, lejos de significar una humillación de lo divino, refleja más bien una glorificación gratuita y generosa de lo humano.

Siglos antes, san Isidoro de Sevilla había reflexionado sobre esta bajada de Jesús hasta el Jordán, comparándola con la bajada de Josué. En efecto, Josué, hijo de Nun, había bajado al Jordán para introducir a su pueblo en la tierra de la libertad. Y Jesús, hijo de María, bajó al Jordán para ganar la definitiva libertad para sus hermanos.

Al Jordán había bajado también Naamán, jefe de los ejércitos de Siria. Llegaba afectado por la lepra. Y el profeta Eliseo le ordenó que fuera a bañarse siete veces en el río. No le fue fácil obedecer. La observación de un criado le hizo cambiar de decisión. Para bañarse tuvo que desprenderse de su armadura. No le salvaron sus medallas, sino su humildad.

En su Historia de Cristo, Giovanni Papini subraya que el Bautista llama a los pecadores para que se laven en el río antes de hacer penitencia. «Pero en Cristo no existen ni siquiera apariencias de conversión». Es razonable preguntarse por qué decide bajar hasta el Jordán para hacerse bautizar.

Hay que recordar que Jesús es único entre todos. Es la limpieza de la verdad y la verdad de la limpieza. «Va entre los impuros con la sencillez del puro; entre los pecadores con la fuerza del inocente; entre los enfermos con la franqueza del sano».

Jesús de Nazaret baja hasta el Jordán para hacerse solidario y hermano de todos los pecadores y leprosos, de todos los angustiados y oprimidos. De todos los sucios, que viven descontentos de serlo, de todos los que esperan la curación y anhelan una conversión. El bautismo de Cristo es la profecía de su resurrección y de la nuestra[2].                                                     

Domenico Tintoretto, Bautismo de Cristo. Museo del Prado (Madrid)
Domenico Tintoretto, Bautismo de Cristo. Museo del Prado (Madrid)

El poema de Bonilla dice así:

Riñendo la omnipotencia
con el siervo pertinaz
[3],
entró el Verbo
[4] a meter paz
y mojose
[5] en la pendencia.

La espuela de la codicia
le hizo en la riña entrar,
y lo que sacó fue dar
de comer a la justicia.

Que aunque Dios a su potencia
es de resistir capaz,
lo que sacó desta paz
fue mojarse en la pendencia.

Apenas tomó el trabajo
de afirmarse entre los dos,
cuando empezó un agua-Dios[6]
que se venía el cielo abajo.

Mas puesto que[7] su presencia
fue de tercero sagaz,
Dios escapó de esta paz
bien mojado en la pendencia
[8].


[1] De Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) han quedado recogidas en el blog la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» y las «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo», composiciones pertenecientes a su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617).

[2] Reflexión publicada por José-Román Flecha Andrés el 3 de enero de 2022 en su blog El cántaro, bajo el título «La pendencia del Jordán».

[3] Riñendo la omnipotencia / con el siervo pertinaz: el siervo pertinaz es el hombre, que, al haber pecado, riñe, está en pendencia con Dios (la omnipotencia).

[4] el Verbo: la segunda persona de la Trinidad, Jesucristo.

[5] mojose: la mojadura es, claro está, la del agua del bautismo en el Jordán, a manos de Juan el Bautista.

[6] un agua-Dios: creación jocosa de Bonilla; no empezó un agua-cero, sino un agua-Dios.

[7] puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, usual en la lengua clásica.

[8] Cito, con algún ligero retoque, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 274 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se repite en el poema.

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: Ignacio y Javier, en buena Compañía

Me refiero en esta entrada a algunos poemas del Siglo de Oro que cantan juntos a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier, las dos columnas más importantes de la Compañía de Jesús, su primer General y su primer Secretario.

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier

Son abundantes, y de hecho ya hemos encontrado algunas alusiones a ambos en los textos citados en entradas anteriores. Podemos recordar, por ejemplo, una poesía de Juan de Jáuregui que comienza «Del américo reino y nuevo mundo…»[1], a la que pertenecen estos versos:

Al siglo inútil de metal inmundo
Javier e Inacio en las tinieblas vanas
aparecieron, luces soberanas,
sol y planeta cada cual segundo (vv. 5-8);

o esta otra de Martín Silvestre de la Cerda, su «Glosa de “Hacen a Dios compañía…”»[2], que repite el estribillo:

Hacen a Dios compañía
Guipúzcoa y Navarra, y dan
al mundo un gran capitán,
a todo el Oriente guía.

En este poema, el autor compara a San Ignacio y San Francisco Javier con los «fuertes Gedeones» y hace de ellos dos nuevos Sansones (vv. 15 y 17). También Miguel Sagrera, en su «Glosa de “Para ganar Dios almas para el Cielo”»[3], canta conjuntamente a ambos personajes: «Ve que Ignacio y Javier aquí en el suelo / con su Jesús han hecho Compañía» (vv. 3-4), juego de palabras (reiterado en otros muchos textos) que debemos interpretar como ‘se han juntado, se han reunido’ y ‘han formado la Compañía de Jesús’. El poema los presenta como pescadores de almas, al servicio del sumo Pescador (=Dios), con la diferencia de que Ignacio queda en Europa, mientras Javier «a pesquería de Indias va, y recoge / perlas» (‘gana almas para el Cielo’).

Por su parte, Alonso de Bonilla en uno de los varios sonetos que dedica a ambos santos, el que comienza «Planeta y sol fue Ignacio en la asistencia…»[4], insiste en esa misma idea: Ignacio permanece alumbrando la fe de Europa, pero, en justa correspondencia, «dio Javier al antípoda ignorante / influjo y luz de fe, justicia y ciencia» (vv. 7-8), de forma que uno y otro fueron «dos planetas, dos soles en dos cielos» (v. 14). Merece la pena copiar entero este otro soneto suyo «A San Francisco Javier y San Ignacio»[5], de tema similar:

El enemigo del que hizo el día,
por estragar del mundo la distancia,
en la banda del sur plantó ignorancia
y en el septentrïón sembró herejía.

Pero la original Sabiduría,
viendo que era el socorro de importancia,
en dos justos defensa y vigilancia
puso, de quien su Iglesia y honor fía.

Reparó la ignorancia con la ciencia
Javier, por cuya luz divina y pura
el antípoda vio, que estaba ciego;

y el norte la herética dolencia
curó el fuego de Ignacio, y fue gran cura,
porque la cura del hereje es fuego.

En un poema de José Pellicer de Salas «A las navegaciones de San Francisco Javier, y al aparecerse en dos lugares»[6], la equiparación de Javier con Jasón —que se reitera en otros textos similares— permite presentar a Ignacio como «nuevo Pelias»:

Del Jasón prodigioso la conquista,
que al remoto Japón, Colcos segundo,
nuevo Pelias Ignacio manda asista,
averiguando términos al mundo,
pronósticos dichosos da a su vista
y anuncios santos de su amor fecundo,
que a desterrar tinieblas de la noche
conduce en campos de agua alado coche (vv. 41-48).

Recordemos que Pelias, hijo de Tiro y Posidón, envió a Jasón a Colcos a la conquista del vellocino de oro. De la misma manera, San Ignacio, nuevo Pelias, manda a Javier al Japón, Colcos segundo.

En fin, de Juan Portillo, ya aludido en una entrada anterior, es esta glosa de «Segundo Ignacio y segundo…», que obtuvo el premio… a la peor composición de las presentadas a uno de los certámenes de la canonización:

Segundo Ignacio y segundo
Francisco a su Iglesia Dios
ha dado; sonle los dos
lo que los polos al mundo.

Por virtudes que no pinto,
pues no ha de ser necesario,
al bendito San Ignacio
Gregorio Decimoquinto
ha puesto en el calendario.

Fue segundo por el mundo
en santidad milagrosa
del mártir de Dios yocundo,
por eso dice la glosa:
Segundo Ignacio y segundo.

Llagas Francisco tenía
impresas de un serafín,
y él, de Jesús Compañía,
bebió las de un pobre un día
con sus labios de marfil;

y como el profeta Amós
en el Testamento Viejo,
aquestos luceros dos
en el Testamento Nuevo
ha dado a su Iglesia Dios.

Aquí ninguno refiere
de virtud más obelisco
para que nadie se altere;
mas quien hizo un San Francisco,
hará cuantos él quisiere.

Asieron Franciscos dos
la ocasión por el copete,
de manera que entre nos
su capilla y su bonete
ha dado, sonle los dos.

Dios que en los altos apriscos
de la gran Jerusalén
mira los humanos ciscos,
como le saben tan bien,
nunca se harta de Franciscos,

ni de Ignacios, pues lo fundo
en que uno y otro segundo
ya luces del cielo lindas
son de España y las Indias
lo que los polos al mundo.

Id con ánimo sencillo,
glosa, al juïcio que vais;
mi nombre es Juan de Portillo,
que si el premio no alcanzáis,
Dios os depare el trapillo[7].


[1] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2004 (Biblioteca Javeriana, 3), p. 56.

[2] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, pp. 57-58.

[3] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, pp. 68-70.

[4] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, p. 73.

[5] Incluido en Alonso de Bonilla, Nombres y atributos de la impecable siempre Virgen María, Señora Nuestra. En octavas, con otras rimas a diversos asumptos y rimas difíciles, en Baeza, por Pedro de la Cuesta,1624.

[6] Primavera de poemas en loor de San Francisco Javier, pp. 40-42.

[7] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.