El personaje de Quevedo en «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (1)

La comedia de Narciso Serra nos presenta a un Quevedo feo, cojo, miope[1], viejo y cansado, fustigador de ministros y de mujeres, que paradójicamente habrá de encontrar la salvación de su vida en el matrimonio[2]. Pero al final se tratará de un matrimonio por amor, porque doña Esperanza de Cetina es la mujer de la que se había prendado años atrás, al defenderla de un agravio y castigar al hombre que la abofeteó en un templo. Así pues, quien tanto había renegado de las mujeres y del matrimonio va a encontrar la salvación de su vida en esta boda.

El Quevedo misógino aparece retratado en las palabras de su largo y mordaz parlamento contra las mujeres del primer acto:

QUEVEDO.- Don Marcial, no lo extrañéis;
no lo extrañéis, don Marcial,
que la hembra que es mejor hembra
es una calamidad:
por ellas todo lo malo,
por Eva perdiose Adán,
cuando por ella hincó el diente
al prohibido vegetal.
Dalila esquiló a Sansón
el pelo y la dignidad,
y por ella despechado,
cuando tornó a pelechar,
desquició una sinagoga
mayor que una catedral.
Por los ojuelos de Yole
Hércules se puso a hilar,
trocada la maza en rueca
y en mujercilla el jayán.
Anduvo con cola y cuernos
Júpiter, la alta deidad,
porque el amor por Europa
le estaba haciendo bramar.
Y si una hembra hace de un dios
un toro, sin más ni más,
pensando piadosamente,
con el que no es dios, ¿qué hará?
La Cava, por poco acaba
con toda la cristiandad.
Por tentar a san Antón
(que no se dejó tentar)
tomó cuerpo de hembra el diablo,
y es cosa muy natural,
pues todas las hembras tienen
en el cuerpo a Satanás.
Ellas hacen al que es célibe
combatir y trasnochar;
ellas hacen al casado,
aunque sea viejo ya,
en la estatura crecer,
en las haciendas menguar.
Y frailes y mercaderes
se pierden por ellas más
que necedades han dicho,
queriéndome censurar,
Alarcón, Pacheco, Góngora
y Pérez de Montalbán (vv. 103-148).

Más adelante se imagina la respuesta que la dama habrá dado a don Andrés al decirle que era amigo del poeta: «Don Francisco es basilisco, / con las hembras descortés / y los ministros arisco» (vv. 282-284). En su discusión con la dueña doña Gaitana concluye: «Peores que las mujeres / son todavía las viejas» (vv. 720-721). Sin embargo, Quevedo es todo un caballero («yo soy muy caballero», v. 1287) y sabe comportarse cortésmente delante de las damas, por ejemplo ante doña Esperanza:

QUEVEDO.- Aunque vocinglera fama
me señala con el dedo
y por descortés me aclama,
siempre honrar supo a una dama
don Francisco de Quevedo (vv. 747-751).

Él mismo reconoce su fealdad y sus defectos físicos ante su amigo, explicando las razones por las que permanece soltero y sin amor:

QUEVEDO.- Y en amores, don Andrés,
nunca hiciera una conquista
quien es tan corto de vista,
siendo tan largo de pies.
Devaneos, a fe mía,
que tuve mil, se comprende;
pero el amor que se vende,
no es amor, es mercancía.
Al mirarme en el espejo
en tan feo desaliño,
sin amores desde niño
he ido llegando hasta viejo;
con fealdad y poca hacienda
fuera loca presunción
el buscar un corazón
que este corazón comprenda.
Por eso cejé en mi empeño (vv. 336-352).

QuevedoFeo

Y en un pasaje inmediatamente posterior, al quedar solo tras la marcha de don Andrés, reflexiona con estas palabras:

QUEVEDO.- Don Marcial solo ha querido
hacerme su consejero,
pero el otro majadero
pretende hacerme marido,
¡a mí!, que nunca he tenido
duda para un galanteo;
porque siendo cojo y feo,
claro está que en el asunto
cualquiera mujer, al punto,
sabe del pie que cojeo (vv. 410-419).

Y más indicaciones al respecto: señala que tiene «cara de cordobán» (v. 335); «soy de vista corto» (v. 368); pide a doña Esperanza que contemple la fealdad de su rostro (v. 846, y comentario al respecto en los vv. 868-869); aunque se ilusiona al pensar: «¡Oh! ¡Si mi ingenio pudiera / hacer olvidar mi rostro!» (vv. 938-939). De nuevo encontramos el motivo de la fealdad en la cara, compensado por otras cualidades (belleza de alma, nobleza…):

MARCIAL.- ¿No tiene ningún defecto?

QUEVEDO.- Tiene varios en la cara.
Como busto no es gran cosa,
y lo sufre sin disgusto,
que aunque tiene feo el busto,
tiene el alma muy hermosa.
Y aunque el alma oculta está
del cielo en lo más profundo,
y nunca se asoma al mundo
de vergüenza que la da,
el alma existe y se siente,
cuando es grande y cuando es bella,
en lo que surge por ella
del corazón y la mente.
Volviendo al tercero: es tal,
que desde su edad más verde
nunca gana, y siempre pierde,
porque siempre fue leal.
Jamás tocó un mal registro,
y, ved si será manía,
pudo ser ministro un día,
y no quiso ser ministro.

MARCIAL.- ¿Por qué no quiso el poder?

QUEVEDO.- Porque le había de hurtar
la noche para estudiar
y el día para querer (vv. 1230-1254).

Y en otro lugar, cuando se enfrenta a sus dos amigos y rivales:

QUEVEDO.- Un grave peligro arrostro.
Considerad mis afanes,
si lucho con dos galanes
sobre luchar con mi rostro (vv. 1304-1307).

Y todavía más: «Si no lo habéis por enojo, / es un cojo que no es cojo, / sino entre cojo y cortés» (vv. 1261-1263); se ve a sí mismo «pobre, miope y viejo» (v. 1323); pese a su edad ya adulta, no se muestra dispuesto a teñirse el cabello (vv. 323-331, aunque luego rectifica (vv. 1280-1281); y comenta con gracejo que, siendo ya mayor, tenga que andar haciendo bizarrías de muchacho (vv. 1365-1367, al subir al balcón de la casa de su amada). Sea como sea, Quevedo es «dechado de valientes» (v. 1531), según dice el soldado Mateo y como él mismo afirma al decir que nunca conoció el miedo (v. 1265).

En fin, si Quevedo no es agraciado, como reconoce Adán de la Parra a doña Esperanza al pedirle que se case con él, nadie puede dudar de que tiene un corazón de oro: «él es feo, pero en cambio / debajo de la ropilla / tiene un corazón muy guapo» (vv. 1737-1739)[3].


[1] «Asomémonos un momento a su imagen física, tan popularizada, porque indudablemente Quevedo paseaba una figura física bastante peculiar, como testimonian amigos y enemigos de la época. Lo que llamaba la atención eran pequeñas deformaciones: cojera, miopía, cargado de espaldas…, que él resolvió llevar con cierta ostentación —grandes gafas, preferencia por el negro, abundante cabellera…— y hasta se nos antoja que con cierta osada galanura, que convertía en divertimento literario a veces», escribe Pablo Jauralde Pou, Francisco de Quevedo (1580-1645), Madrid, Castalia, 1999, p. 887; ver para el retrato de Quevedo y algunos ejemplos de retratos literarios las pp. 885-898.

[2] Quevedo había escrito en su romancillo «La vida poltrona»: «Dicen que me case; / digo que no quiero, / y que por lamerme / he de ser buey suelto» (Poesía original completa, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, núm. 773, vv. 53-56).

[3] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas corresponden a esta edición.

Resumen de la acción de «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (Acto III)

La acción de La boda de Quevedo retorna a la sala de paso en la casa donde vive Quevedo, como en el acto I.

Escena primera. Doña Esperanza y Mateo. La dama indica que le siguió porque Quevedo le dijo que peligraba su honra. Mateo Cano cuenta su historia (fue soldado, ahora es un valiente que vende su espada al mejor postor). Quevedo logró una vez su perdón y por eso le obedece ciegamente. Don Andrés le encargó que diera un susto a doña Esperanza entrando a cuchilladas en su calle para que la gente la viera en sus brazos. Quevedo le pidió en cambio que la salvase llevándola a su cuarto.

Escena II. Doña Esperanza sola. Comenta que, siendo mujer y sin contar con la compañía de ningún familiar, fue paso imprudente venir a la Corte. Razona sobre el billete del duque, en el que le pide que se case con Quevedo. Hay en todo esto un gran misterio que desea aclarar. De hecho, no sabe si ama al poeta, y se pregunta si será alguien a quien recuerda de cierta ocasión.

Escena III. Adán de la Parra y doña Esperanza. Adán cree que quien está dentro de la habitación es Quevedo. Tras aclararse la confusión inicial, explica a la dama que, si ve a Quevedo, debe decirle que él lo ocultará en su casa: le debe la libertad y esta es la forma de pagarle. Pregunta a doña Esperanza si es casada: la pregunta es oportuna, porque puede salvarlo si se casa con él; le explica todo lo relativo a la sátira y la comedia escrita en colaboración con Mendoza y cómo la condesa-duquesa desea verlo casado «o achicharrarle soltero» (v. 1716); fue ella quien envió los textos al Santo Oficio para que se examinara si iban contra el dogma, y ahora el lazo del himeneo es el único mentís que el poeta puede darles. Adán indica que él es el encargado de prenderlo: «Si no es marido a las tres, / es prisionero a las cuatro» (vv. 1732-1733), y pide de nuevo a la hermosa dama que dé su mano a Quevedo.

Escena IV. Doña Esperanza, sola, reflexiona sobre su desengaño: piensa que lo que impulsaba al escritor a amarla era el miedo a la Inquisición, no el amor, y reconoce que su corazón vale más que el corazón de Quevedo.

Escena V. Doña Esperanza y doña Gaitana, que llega comentando que Quevedo es un canalla y el hombre más ruin: viene a buscar venganza del poeta, que la dejó en enaguas.

Escena VI. Don Marcial y don Andrés con la silla. Como compensación por haberle ayudado, don Andrés le pide a su amigo la llave de la casa. Cuando don Marcial replica que le ganó el criado, su amigo responde que es lo mismo que él hizo con la dueña. Van a reñir, pero deciden que es mejor alejarse hasta el Prado para no comprometer a la dama.

Escena VII. Aparece Quevedo en la ventana.

Escena VIII. Quevedo baja, justo cuando se va doña Esperanza. Doña Gaitana mata la luz y trata de engañar al poeta fingiendo la voz, porque desea pescar marido. Quevedo no sabe si se encuentra con una silfa o con una bruja, hasta que reconoce a la vieja por el tacto de su mano, y entonces la rechaza con repugnancia. Cuando ella dice que la Inquisición la vengará, Quevedo hace gala de su humor al afirmar que prefiere que lo tuesten a casarse con tal harpía.

Escena IX. Vuelve doña Esperanza con luz.

Escena IX Doña Esperanza y Quevedo. Adán le contó todo: ella no ha pensado casarse sin amor, así que le ofrece la vida casándolo con la dueña. «Yo solamente en vuestro amor vivía» (v. 1986), confiesa Quevedo: la ama con el alma y se dispone a morir amando. Doña Esperanza le muestra la carta del duque y cuenta Quevedo la historia de su sueño de amor: una niña le enamoró, una vez que un hombre la abofeteó en una iglesia; él dejó malherido al alevoso y tuvo que emigrar, pasando años sin ver la luz de su existencia. Esa niña no era otra que doña Esperanza. La dama ve ahora que ya amaba a Quevedo antes de conocerlo. El amor de ambos, se sinceran, no es un sueño.

PlazaQuevedo

Escena última. Dichos, don Andrés, don Marcial, corchetes, doña Gaitana y Adán. Doña Esperanza dice que Quevedo es su marido («La que le admiró poeta, / le sabrá adorar amante», vv. 2049-2050) y los corchetes, a una orden de Adán de la Parra, se retiran. Quevedo le ofrece toda su alma. Don Marcial y don Andrés, que venían sin luchar para que ella eligiera entre los dos, se encuentran con que la dama ya ha elegido a Quevedo. En los últimos versos, el poeta canta a los matrimonios en seguidillas: el hombre es náufrago en el mar de la vida y la mujer es barca, que le puede conducir a buen puerto o no, según los casos. Él pone su esperanza en doña Esperanza, y acaba con un anuncio: «Por sus luceros, / modelo de maridos / será Quevedo» (vv. 2103-2105)[1].


[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas, con su correspondiente numeración de versos, son por esta edición.

Resumen de la acción de «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (Acto II)

La acción del Acto II de La boda de Quevedo sucede a la calle del Niño, de noche.

Escena primera. Don Andrés y doña Gaitana. Ella presume de noble, y solo por su nobleza —y porque su fin es santo— ayudará a don Andrés. Por su parte, el galán proclama que nunca nadie logró burlarse del burlador de Madrid. La dueña informa de que doña Esperanza ha salido a hacer obras de caridad, y en el diálogo se alude a que el rey actual está dominado por Olivares. Nos enteramos también de que la casa de doña Esperanza tiene una puerta de escape hacia la calle de Francos.

Escena II. Don Andrés, doña Gaitana y don Marcial, que queda escondido tras un arca de agua. Doña Gaitana, que tiene la llave de la puerta, pide a don Andrés que se retire. Don Marcial descubre ahora que don Andrés es su competidor.

Escena III. Los mismos, doña Esperanza y un escudero. Don Marcial ve confirmada su sospecha de que doña Gaitana es cómplice de su rival. La criada entrega a doña Esperanza un pliego del duque de Medinaceli.

Escena IV. Dichos, menos doña Gaitana. Don Andrés detiene a doña Esperanza para hablar con ella, le pide que oiga sus ruegos. Dice que sacrifica por ella el amor de cien beldades que le adoran. Ella le anima a seguir hablando (lo que provoca los celos de don Marcial)… pero es para que acabe cuanto antes de molestarla. Sale don Marcial a defender a la dama del atropello y dice que la defiende porque la adora. Doña Esperanza descubre que la del segundo galán no ha sido una intervención desinteresada.

Escena V. Don Andrés y don Marcial. Comentan que son rivales, y que la dama no ama a ninguno de los dos: uno es diestro en armas y tira tajos, otro diestro en amores y tira flores, y ninguno se muestra dispuesto a ceder en sus pretensiones. Don Marcial reprocha a su amigo que ambicionar ciento y una damas es demasiada ambición. Cuando se disponen a reñir oyen pasos y se interrumpen.

Escena VI. Ellos y Quevedo, que se ríe de ver riñendo a «el galán de la posada / y el galán de San Martín» (vv. 1210-1211, en alusión a los lugares donde cada uno conoció a la dama). Doña Esperanza, les dice, los dejó sin esperanza a los dos. Pero no solo eso: en realidad son tres los amantes; el tercero en discordia es él. Ahora Quevedo reniega de la sátira que escribió contra el matrimonio y se casa; hasta se muestra dispuesto a teñirse el pelo. Les dice que él no solo debe luchar con dos galanes rivales sino además con la fealdad de su rostro, y les pide que cedan en sus pretensiones para beneficiar a un amigo, pero ninguno de los dos quiere hacerlo. Les advierte que él va a poder con los dos porque es don Francisco de Quevedo.

Quevedo.jpg

Escena VII. Don Andrés y don Marcial, que se creen mejores que el poeta, deciden seguir en su intento cada uno por su camino.

Escena VIII. Quevedo, solo, se sube al balcón de la casa a esperar acontecimientos, pues sabe que los galanes volverán.

Escena IX. Quevedo escondido en el balcón y don Marcial, que llega amenazando con dar una fiera estocada a don Andrés. Se queja de que la dueña dio la llave al rival, cuando él la había pagado.

Escena X. Don Andrés se dirige al arca. Don Marcial da las tres palmadas de seña convenidas por su rival con la dueña.

Escena XI. Dichos y doña Gaitana, que aparece. Entre insultos, don Marcial reprocha a la vieja que le haya vendido; dice que le pagará el doble, y la amenaza diciendo que elija entre el oro o el acero. Pregunta el galán cuál es el plan de su rival don Andrés y la dueña confiesa: vendrá a las doce con unos truhanes, fingirán una riña y la dama, con seguridad, se desmayará; de esta forma dispondrá de una ocasión para tenerla en sus brazos y para que todos los vecinos lo vean. Don Marcial, que explica que pensaba incendiar la habitación y sacarla en brazos, se retira indicando que volverá con una silla de manos.

Escena XII. Don Andrés ha escuchado el plan de su rival. Suenan las doce campanadas.

Escena XIII. Dichos, Mateo y dos embozados. Habla con ellos don Andrés, les da la llave de la casa y vuelve al arca.

Escena XIV. Llega don Marcial con Leonardo conduciendo una silla de manos. Don Andrés da una bolsa de dinero al criado de su rival para que se retire, y así sucede.

Escena XV. Don Marcial y don Andrés. Don Marcial, que no se ha dado cuenta de que don Andrés ha sustituido a Leonardo, cree que su plan está saliendo según lo previsto.

Escena XVI. Ambos galanes meten en la silla un bulto rebozado, creyendo que es doña Esperanza, pero en realidad se trata de Quevedo[1].


[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas, con su correspondiente numeración de versos, son por esta edición.

Resumen de la acción de «La boda de Quevedo» de Narciso Serra (Acto I)

La acción del primer acto de La boda de Quevedo (1854) sucede en una sala de paso en la casa donde vive Quevedo.

Escena primera. Quevedo y don Marcial, que son vecinos de cuarto. Don Marcial, sobrino de don Luis Pacheco de Narváez, comenta que está inmerso en el juego del amor. Cuenta a Quevedo su desafío en una fiesta con «un hidalguillo bizco / más feo que un alacrán» (vv. 49-50) que lo desarmó; más tarde lo encontró de nuevo en Madrid, riñeron otra vez y el hidalguillo, con el mismo golpe de espada, lo dejó herido, siendo atendido en la posada por una bella dama, de la que quedó prendado. Sigue un parlamento de Quevedo contra las mujeres. Habla a continuación de los pleitos que le cuesta el señorío de la Torre de Juan Abad, y don Marcial le recuerda que tiene enemigos. Pese a la enemistad que enfrenta a Quevedo con su tío Luis, don Marcial le pide ayuda y consejo, y el poeta le recomienda que trate de ganarse a la dama dándole joyas o bien que la salve de un gran peligro, real o inventado.

Quevedo-Torre

Escena II. Llega don Andrés, «el galán más atildado / de los galanes» (vv. 213-214). Don Marcial los deja solos.

Escena III. Quevedo y don Andrés. Don Andrés, a quien llaman «el burlador de Madrid» (v. 232), le cuenta que tiene una honda pena en el alma: después de haber galanteado superficialmente a numerosas mujeres, ahora está enamorado de buena fe, pero la dama le es esquiva. Él le escribió un billete con una propuesta de matrimonio y su respuesta fue que no se casaría hasta el día en que se case Quevedo. Por ello, don Andrés trata de animarle para que se decida a contraer matrimonio. Quevedo, que se ve ya viejo y clama contra los hombres que se tiñen el cabello, reconoce que tuvo algunos devaneos, pero en realidad nunca conoció el amor: feo y con poca hacienda, ha vivido sin amores desde niño. Aunque una vez amó un sueño. «Es que yo amo al amor, / pero temo a la mujer» (vv. 366-367), indica, y le cuenta a su amigo varios casos curiosos en el comportamiento amoroso de las damas, que desprecian a quien las quiere bien, y al revés. Quevedo termina aconsejando a don Andrés que, para ganar a la dama, pruebe a darle un buen susto.

Escena IV. Quevedo, a solas, reflexiona sobre lo funestos que son los matrimonios. Se lamenta de que uno de sus amigos quiera hacerlo su consejero amoroso, pero más de que el otro quiera hacerlo marido. En cualquier caso, la conversación con ambos le ha despertado el recuerdo de su antiguo sueño amoroso, de aquel serafín que una vez amó.

Escena V. Quevedo y el inquisidor don Juan Adán de la Parra. Adán de la Parra, que llega asustado, le advierte de que corre peligro, pues está en el punto de mira de la Inquisición. Al avisarle, está faltando a su deber por un deber de amistad: recuerda que, cuando él se vio viejo, enfermo y preso, Quevedo lo socorrió y lo sacó de la cárcel, por eso lo quiere como a un hijo. Le reitera que está en grave peligro por haber escrito la «Sátira del matrimonio», cuyo original está en poder del Santo Oficio; además escribió una comedia en colaboración con don Antonio de Mendoza, Quien más miente medra más, comedia que llamó la atención de la Corte por no acabar en boda, como todas. Adán de la Parra le aconseja que pida la protección del rey, creyendo que es su amigo; Quevedo le dice que él tan solo lo divierte, pues el monarca se cree del oficio por haber escrito algunos versos. Adán de la Parra cuenta que es la esposa del conde-duque la que le pone en esta disyuntiva: ser marido o ser difunto. «Por entretener el ocio / es capaz de hacerme arder» (vv. 574-575), reconoce Quevedo.

Escena VI. Quevedo solo. Se pregunta si el peligro que corre será tan grave como presume su amigo Adán de la Parra. Decide no dar ningún paso mientras no se aclaren las cosas. Una solución, razona festivamente, podría ser llamar hermosa a la esposa del Conde-Duque.

Escena VII. Doña Gaitana y don Marcial. La criada comenta que su ama está en Madrid y el galán quiere que haga todo lo posible para que él pueda verla. Doña Gaitana pide dinero a cambio, alegando sus numerosos achaques. Cuando don Marcial afloja la mosca, le informa de que se mudan a la calle del Niño, pues así se ha empeñado don Luis la Cerda, duque de Medinaceli.

Escena VIII. Doña Gaitana y Quevedo, que rompe el papel que escribía porque ya no encuentra la inspiración de las musas: desde que le han recordado su antiguo sueño de amor, tiene el corazón lleno de tristeza. Doña Gaitana explica que su ama doña Esperanza de Cetina desea alquilar el piso del que es propietario. Quevedo discute con la dueña (la llama vieja, fea, barbuda, le echa en cara el no tener muelas…) y concluye con humor que «Peores que las mujeres / son todavía las viejas» (vv. 720-721).

Escena IX. Llega doña Esperanza, y doña Gaitana le dice que no espere nada de Quevedo, ya que tiene más de judío que de casero.

Escena X. Doña Esperanza y Quevedo. El poeta descubre en la bella dama a la mujer que idolatra desde antiguo. Ella, que viene a pedir un precio por la casa, reconoce a Quevedo como el autor de las obras que con tanta admiración lee en su retiro. La dama le parece a Quevedo hermosa y discreta, mientras que doña Esperanza envidia el saber del escritor. Quevedo le confiesa que jamás fue feliz, que ha llorado mucho: «En la soledad nutrí / el corazón» (vv. 807-808). Tan solo tuvo dos amigos, Miguel Cervantes y Adán de la Parra, confiesa; doña Esperanza le recuerda que tiene una hermana, aunque está retirada del mundo, porque es monja. Ella, huérfana y mayor de edad, le ofrece su amistad, y ambos quedan encantados tras el encuentro, como indican sus respectivos apartes: «Extremado es el casero», «Me enloquece la inquilina» (vv. 860-861).

Escena XI. Quevedo solo reflexiona: ha visto al ángel de sus sueños, y ha sido feliz mirando su rostro. Pero no quiere seguir pensando porque se va a volver loco.

Escena XII. Ginés llega con una carta para el poeta.

Escena XIII. Quevedo, de nuevo solo, lee la carta, que es de Adán de la Parra. Le anuncia que está perdido: se ha dictaminado que su sátira es contraria al dogma y que la comedia es herética; Mendoza se libra porque es casado y le pide que haga lo propio, casarse: «o sed marido, o sed prófugo» (v. 905). Quevedo se hace ilusiones pensando que podría contraer matrimonio con la dama de sus pensamientos.

Escena XIV. Quevedo y don Andrés. El galán viene feliz porque la mujer que adora va a vivir a la casa de su amigo. Está decidido a darle un buen susto para que le quiera, como le recomendó su amigo.

Escena XV. Quevedo y don Marcial, que también llega alegre por el mismo motivo: la mujer que ama es la inquilina de su amigo, así que inventará un riesgo y la salvará.

Escena XVI. Quevedo, solo, se muestra decidido a cobrar bríos de mozo para luchar por su amor y, aunque sea una locura, reconoce que su corazón adora a doña Esperanza[1].


[1] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002. Las citas, con su correspondiente numeración de versos, son por esta edición.

«La boda de Quevedo» (1854) de Narciso Serra: datos externos

Durante la época romántica, tanto el drama como la novela echaron mano con harta frecuencia de temas y personajes históricos. Novelistas y dramaturgos históricos buscaron con profusión en el rico vivero de la historia de España[1], tanto en la Edad Media como en nuestro Siglo de Oro. De entre los personajes auriseculares recuperados (Felipe II, el conde-duque de Olivares…), Quevedo fue uno de los predilectos, evocado tanto en novelas como en obras dramáticas[2]. No olvidemos que del autor de los Sueños y el Buscón se tenía una imagen distorsionada, que lo presentaba casi exclusivamente como protagonista de numerosos lances aventureros y como autor agudo y procaz creador —y a veces protagonista— de chistes chocarreros y escatológicos. Además, circularon en torno a su persona numerosas leyendas y anécdotas falsas[3].

BodaQuevedo

Pues bien, en esta comedia de Narciso Serra se recrea el matrimonio de Quevedo con doña Esperanza de Mendoza, señora de Cetina y de sus Cinco Villas (en la obra figura con el nombre de Esperanza de Aragón), concertado en 1632 y celebrado el 26 de febrero de 1634. Lo que en la realidad seguramente no pasó de ser una mera concesión a la presión social —un matrimonio que, aparentemente al menos, no dejó grandes huellas en el corazón ni en los escritos de don Francisco[4]es aquí una verdadera boda por amor, cuyas circunstancias quedan igualmente idealizadas.

La obra lleva el siguiente pie de imprenta: Madrid, Imprenta de la calle de San Vicente, a cargo de José Rodríguez, 1854. Figuran como textos preliminares el «Catálogo de las obras dramáticas y líricas de la Galería El Teatro», una indicación legal[5] y la dedicatoria del autor al actor Julián Romea, protagonista de la obra en el papel de Quevedo. La comedia, original de Serra, es en tres actos y en verso. Hay una edición moderna de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Eunsa, 2002).

Tras el texto de la comedia figuran dos postliminares, la censura[6] y un «Post-scriptum» en el que el autor reconoce los méritos de los actores que la representaron[7]:

No me mueve al escribir estas líneas, ni baja adulación, ni espíritu de pandillaje; toda mi vida he sido sobradamente franco, y así me he visto de lucido; faltaría a mi deber si al dar a la prensa esta comedia, no dedicase una página a los artistas que con tanta inteligencia la interpretaron: el Sr. Romea estuvo a la altura de la justa fama que le coloca el primero entre los actores de España; el Sr. Guzmán hizo llorar en el Adán de la Parra; la señora Carrasco, con sus maneras distinguidas y su exquisito buen tono, caracterizó admirablemente la dama discreta, altiva y amante del siglo XVII. La señora Sampelayo y el Sr. Pizarroso contribuyeron al buen éxito, desempeñando con acierto sus papeles. A la buena ejecución de mi obra debo (por lo menos) la mitad de los aplausos con que el público ha querido alentar mi pobre ingenio; reciban estos renglones como una prueba inequívoca de mi gratitud.

N. Serra[8]


[1] Como Narciso Serra, también Zorrilla, Hartzenbusch, García Gutiérrez o Gil y Zarate, entre otros muchos, escribieron «dramas de cota de malla, ropilla y espada al cinto, en los que desfilaban por la escena los personajes de nuestra historia» (Iris M. Zavala, «La escena posromántica», en Francisco Rico (ed.), Historia y crítica de la literatura española, vol. V, Romanticismo y realismo, Barcelona, Crítica, 1982, p. 645).

[2] Sería muy interesante un estudio completo acerca de Quevedo como personaje literario. Quede para otra ocasión la referencia a otras muchas obras del Romanticismo en las que Quevedo aparece como personaje destacado. Ahora me limitaré a señalar, tan solo, que con esta comedia de Narciso Serra presenta algunos puntos de contacto (sobre todo en cuanto al tema tratado) la obra de Antonio de San Martín Las bendiciones de Quevedo. Novela festiva (Madrid, Administración de la Galería Literaria, 1881).

[3] «Las innumerables leyendas surgidas en torno a la vida de nuestro autor forman también una densa cortina de humo. De la vida de Quevedo nos queda un puñado de documentos, un montón de cartas y una nube de relatos apócrifos» (Manuel Durán, Quevedo, Madrid, Edaf, 1978, p. 15). «Fue un matrimonio tardío y desgraciado que duró muy poco. A los tres meses, en mayo del mismo año, Quevedo se encontraba ya de vuelta en Madrid, aunque la separación definitiva no se produjo hasta 1636. Doña Esperanza de Mendoza murió en 1642, cuando Quevedo se encontraba prisionero en San Marcos de León» (Celsa Carmen García Valdés, Quevedo esencial, Madrid, Taurus, 1990, p. 15).

[4] «Su matrimonio, tardío y, pudiéramos agregar, involuntario, terminó muy pronto: a los tres meses de la boda, don Francisco y su esposa decidieron separarse, y, lo cual es quizá más significativo, su esposa no tardaría en firmar cartas y documentos legales con su nombre de viuda del primer marido, repudiando totalmente con ello su casamiento con Quevedo» (Durán, Quevedo, p. 35).

[5] «Esta comedia es propiedad de la Galería titulada El Teatro, cuyo dueño perseguirá ante la ley al que la reimprima o represente en algún teatro del reino sin su consentimiento».

[6] «Gobierno de la provincia de Madrid / Madrid 19 de enero de 1854 / Examinada por el Sr. Censor de turno, y de conformidad con su dictamen, puede representarse. / Quinto.»

[7] Viene después la continuación de la lista de obras de la Galería El Teatro y la indicación de los «Puntos de venta».

[8] El texto de esta entrada está extractado de mi introducción a Narciso Serra, La boda de Quevedo, Pamplona, Eunsa, 2002.