Estructura y contenido de «Don Quijote en las Améscoas» (1954), de Martín Larráyoz Zarranz (1)

Fue en enero de 1954, y en la revista Pasce. Boletín Oficial Eclesiástico de la Diócesis de Pamplona, cuando comenzó a aparecer una serie de escritos de Martín Larráyoz Zarranz titulada «Rincones perdidos del Quijote»[1], que venía a ser una continuación por tierras navarras de las andanzas y aventuras del ingenioso hidalgo y su fiel y bonachón escudero. Unas décadas después, tras la muerte del autor ocurrida en 1991, Víctor Manuel Arbeloa tuvo la iniciativa de coleccionar en forma de libro (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993[2]) aquellos capítulos, anteponiéndoles un prólogo que arrojaba luz, entre guiños personales, sobre la génesis del texto y comentaba algunas características (argumento, valoración literaria…) de este Don Quijote en las Améscoas, cuya publicación arrancaba en aquel lejano enero de 1954:

Aquellos sesudos y graves editores tuvieron a bien advertir en la entradilla que presumían como inéditos los susodichos capítulos, hallados en las últimas páginas de un viejo libro que dormía arrinconado en el desván de la abadía de Izacondo, soportando pacientemente el polvo de los siglos.

Los discípulos de aquel afamado y todavía joven abad no dudamos un instante que aquella nueva leyenda, fresca como una primavera, fecunda de invención, robusta de estilo, rica de conceptos y abundante de erudición y doctrina, fuera obra, y obra madura, de nuestro querido y ahora llorado preceptor, don Martín Larráyoz y Zarranz, y no de algún ignorado y extraño Cide Hamete Benengeli.

[…]

No pocas veces habíamosle oído quejarse muy a lo vivo de que don Quijote de la Mancha y Sancho Panza no hubieran entrado en el reino de Navarra cuando atravesaron la provincia de Zaragoza, camino de Barcelona.

Púsose, pues, nuestro autor manos a la obra, con el intento de hacer resucitar literariamente —que es como decir poderosamente— a los dos excelsos personajes de nuestras Letras y hacerlos entrar en vereda, es decir, por las verdes veredas navarras. Y es que el erudito abad, historiador de peso, abrigaba la convicción de que al caballero hazañoso, y no tanto a su fiel escudero, le roía las entrañas la rencilla de haber muerto sin pisar este esclarecido y glorioso territorio foral (pp. 9-10).

Remito, en fin, a ese prólogo de Arbeloa para más detalles acerca de la génesis y las circunstancias de aparición del libro. El texto de la novela se completaba entonces con una nota biográfica anexa —reproducida en una entrada anterior—, que no va firmada, aunque Arbeloa explica en su prólogo que fue redactada por el bachiller Johannes de Lecea, alusión casi transparente a Juan María Lecea[3].

Fue, en efecto, a la muerte de Larráyoz Zarranz cuando Arbeloa agavilló y dio a las prensas los capítulos aparecidos en Pasce. Aquella era una revista que circulaba casi exclusivamente entre los sacerdotes de la diócesis de Pamplona, y sin duda que el texto de Larráyoz Zarranz merecía mayor difusión. La novela, tal como se publicó en 1993, se divide externamente en dieciséis capítulos, y está sin concluir: de hecho, el último capítulo es mucho más breve que los demás y el hilo argumental parece quedar interrumpido justo en el momento en que don Quijote y Sancho se disponen a entrar en la ciudad de Estella.

Estella

Juan María Lecea me ha dado noticia de la existencia de, al menos, otro capítulo, publicado suelto en la revista de la Asociación de Belenistas de Pamplona en el año 1956, el cual recoge la llegada de don Quijote a Pamplona y su encuentro con la hermosa imagen de la Virgen, patrona de la ciudad, entre otras aventuras, capítulo este que viene a completar así la historia narrativa de las andanzas del personaje cervantino por tierras navarras[4].


[1] Mencionaré, a título de curiosidad, que el hermano del autor, Javier Larráyoz Zarranz, también sacerdote y también historiador, cuenta en su haber con otra obra de reminiscencias quijotescas, al menos en su título: «El Quijote de Navarra. Vida y aventuras del brigadier de los ejércitos carlistas don Mariano Larumbe», trabajo publicado en Príncipe de Viana, núms. 148-149, 1977, pp. 605-627 y 150-151, 1978, pp. 203-280.

[2] Esta edición al cuidado de Víctor Manuel Arbeloa, bienintencionada y útil porque hizo más accesible el texto de la novela, está sin embargo plagada de erratas, errores de transcripción, descuidos y hasta faltas de ortografía, además de presentar una puntuación arbitraria en muchos pasajes. Citaré por ella, pero corrigiendo y enmendando todo lo necesario, sin indicarlo a cada paso. Las citas del Quijote de Cervantes (indico solamente parte y capítulo) corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998, 2 vols.

[3] En ese prólogo se alude también a un tal Johannes de Olio, nombre que remite a Juan Ollo, profesor de Teología Moral en el Seminario Diocesano de Pamplona y deán del Cabildo catedralicio cuando era Arzobispo de Pamplona Mons. Enrique Delgado Gómez.

[4] Agradezco a Juan María Lecea Yábar sus valiosas informaciones relativas a la génesis de la novela. También quiero dar las gracias a Pablo Larraz por los datos que amablemente me ha proporcionado acerca del trabajo desempeñado por Lárrayoz Zarranz en el Hospital «Alfonso Carlos» de Pamplona. Esos datos no han quedado incorporados a este trabajo, pero me han servido, sin duda, para completar la semblanza, el retrato humano, del autor de Don Quijote en las Améscoas. El lector interesado puede consultar el trabajo de Pablo Larraz Entre el frente y la retaguardia. La sanidad en la guerra civil: el Hospital «Alfonso Carlos», Pamplona, 1936-1939, Madrid, Actas, 2004. Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz»Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115.

«Don Quijote en las Améscoas» (1954), recreación narrativa del «Quijote» de Martín Larráyoz Zarranz

En esta y en próximas entradas[1] me propongo estudiar una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX que traslada al hidalgo manchego y a su escudero Sancho Panza a tierras navarras y describe sus andanzas, durante un solo día, en una comarca de Tierra Estella. Me refiero a la novela Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz, publicada en 1954 en una revista diocesana pamplonesa (con una circulación muy limitada, por tanto) y recuperada luego en forma de libro a la altura de 1993 (pero también en una editorial de ámbito regional, con muy escasa difusión más allá de las mugas forales).

Valle_de_Amescoa_Navarra

La obra, no exenta de humor, resulta interesante —lo adelanto ya— no tanto por los primores de su calidad literaria, sino sobre todo por constituir un eslabón más en la larga y fecunda cadena de recreaciones del inmortal personaje cervantino y sus aventuras, una prueba más de su enorme vigencia como mito universal, de su potencialidad para ser recuperado y revivificado en multitud de obras literarias y artísticas.

Respecto al autor de Don Quijote en las Améscoas, Martín Larráyoz Zarranz, basta para mi propósito de ahora recordar algunos datos biográficos esenciales. En este sentido, la nota biográfica redactada por Juan María Lecea Yábar que aparece al final de la edición de Don Quijote en las Améscoas (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1993) recoge una información bastante completa, así que me limitaré aquí a reproducirla:

Nació (1918) y murió (1991) en Pamplona. Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, y en Filosofía y Letras por la Universidad Central de Madrid. Ordenado sacerdote en 1943.

Su actividad intelectual se encauzó principalmente por las vertientes de la historia y del arte, y tuvo un centro de mira casi obsesivo: Navarra. A su historia aportó, sobre todo, el descubrimiento y registro de los ricos fondos documentales de los Archivos de París; sus catalogaciones se entregaron al Archivo de Navarra. En 1977 publicó, en colaboración con su hermana Josefina, el primer tomo de la Historia de la cultura y del arte de Pamplona, que no pudo concluir. Contribuyó decisivamente a la creación del Museo Diocesano de Pamplona y a la restauración artística de muchas iglesias navarras. Trabajó como alto funcionario en la Institución Príncipe de Viana desde 1978 a 1984.

Educador y maestro en el Seminario, donde fue Vicerrector, y Profesor en la Escuela de Peritos Agrícolas, despertó y encauzó no pocas vocaciones científicas.

Hombre de amplios saberes, humanista integral, trazó para sus alumnos del Seminario, hace ya 40 años, un mapa geológico de Navarra. Explicaba la evolución de las especies o daba clases de Griego o de Literatura. Alguna pintura mural suya queda aún en aquellas paredes.

Como teólogo, se dedicó principalmente al estudio de la vocación sacerdotal. La vocación sacerdotal según la doctrina del Beato Juan de Ávila y La vocación misionera según las cartas de San Francisco Javier son dos obras publicadas en 1949. Fue párroco de Sarasa desde 1972 hasta 1986. Capellán durante muchos años de la Asociación de Belenistas y de las «Colonias» veraniegas de la Caja de Ahorros de Navarra en Zudaire.

Trabajador incansable, estuvo entregado siempre al servicio de los demás, desde los días de la guerra civil, en que, aún seminarista, fue jefe de enfermeros en el hospital de guerra «Alfonso Carlos» de Pamplona, hasta que una grave y larga enfermedad puso fin a sus numerosas actividades (pp. 7-8).


[1] Este trabajo forma parte del proyecto «Recreaciones quijotescas y cervantinas (RQC)», que dirijo en la actualidad en el marco de las investigaciones del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra. La novela de Martín Larráyoz Zarranz es una de las numerosísimas recreaciones del Quijote en la narrativa, tema sobre el que existen abundantes estudios; me limito a remitir ahora a la monografía de Santiago López Navia, Inspiración y pretexto. Estudios sobre las recreaciones del «Quijote», Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, donde el lector interesado encontrará abundantes comentarios y una rica bibliografía. Remito para más detalles sobre esta obra a mi trabajo «Una recreación narrativa del Quijote de mediados del siglo XX: Don Quijote en las Améscoas, de Martín Larráyoz Zarranz», Anales cervantinos, 43, 2011, pp. 91-115, artículo que lleva la siguiente dedicatoria: «A Joaquín Ansorena y Ángel de Miguel, buenos amigos, “sabidores” de algunos secretos que encierra este trabajo».

El conde de Villamediana en «Villamediana» (2008), de Ignacio Gómez de Liaño (1)

Obra publicada en 2008[1], no me consta que se haya representado. Su autor, Ignacio Gómez de Liaño Alamillo (Madrid, 1946), es poeta, ensayista, filósofo, traductor y profesor universitario, con una obra que abarca el campo filosófico, el sociológico y el literario:

Preguntado sobre las lecturas que considera más importantes o más influyentes en su propia literatura, dice: «Todas las lecturas pueden aportar algo. No estoy seguro de cuáles son las que más se pueden trasparentar en el libro, pero sí sé cuáles son las que más me han apasionado. Entre ellas están algunos clásicos, como Villamediana, Leopardi y Virgilio, y, evidentemente, muchos otros. Ahora bien, yo creo que esas lecturas valen poco si uno no trata de traducir, de leer, ese libro que todos llevamos dentro». Cuando le digo que esa es una idea romántica de la poesía romántica en el sentido más técnico de la palabra, dice: «Romántica o no, a mí me parece que es central en un trabajo de escritura poética»[2].

La tragedia de Gómez de Liaño es una obra interesante, que ofrece aspectos originales dentro del corpus de recreaciones villamedianescas. Así, incorpora muy abundantes anécdotas que forman parte de la biografía real o de la leyenda del conde: el maltrato a la marquesa del Valle; la formulación «más penado, más perdido, menos arrepentido»; la reina le pregunta quién es la dama a la que dedica sus versos y el conde le entrega un espejo, siendo esa su respuesta; un día se le cae una venera de diamantes y no se baja del caballo a recogerla para no perder la elegancia y compostura; por supuesto, la famosa divisa «Son mis amores reales» y el «Yo se los haré cuartos» de la respuesta del rey, etc. También es muy llamativo el elevado número de poemas y versos de Villamediana a los que se da entrada en la pieza, que externamente se divide en tres actos, escritos en prosa.

Liaño.jpg

Esta pieza dramática forma un trío junto con Hipatia y Bruno, tres «tragedias del espíritu» a cuyos protagonistas el autor presenta como héroes trágicos de gran modernidad:

Hipatia, Bruno, Villamediana. Tres nombres que, como pocos, encarnan el riesgo que concita el pensamiento cuando incomoda a los que pretenden monopolizarlo. […] En el [caso] de Villamediana, el pensamiento fue un ímpetu poético que le llevó a volar en las alas de cera de la imaginación a un cielo donde la realidad cotidiana se metamorfoseaba en poesía, con la consecuencia de acabar, como Ícaro, derribado en el suelo. […] Hipatia, Bruno, Villamediana. Los tres coinciden en ser víctimas de una tragedia que va más allá de lo personal, pues es traducción de otra más vasta: la tragedia del espíritu frente al mundo. En los tres casos la tragedia presenta rasgos tan modernos que difícilmente habría sido apreciada por los espectadores del teatro antiguo. […] [Los tres personajes] Sabían a lo que se exponían, y no obstante asumieron el riesgo. Fueron provocadores, he ahí un rasgo típico de la modernidad. […] Hipatia, Bruno y Villamediana coinciden también en haber creído alguna vez que estaban cerca de hacer realidad sus sueños. Los tres se engañaron. Y porque se engañaron, la realidad se cobró en ellos cruel venganza. Pero dieron la talla en el trance supremo (pp. 9, 10, 11 y 13).

En cualquier caso, pese a esa coincidencia, las tres piezas responden a estilos distintos, como destaca el propio autor:

En el polo opuesto [a Hipatia], como corresponde a un poeta barroco coetáneo de Calderón, está Villamediana, que, rebosante de episodios y vicisitudes, abarca el último año de la vida del poeta, discurre por los lugares más variados y ofrece un amplio muestrario de personajes de época, desde Felipe IV, Isabel de Borbón y Olivares, hasta Góngora y Quevedo. Más que el dibujo, se hacen notar en la composición los variados juegos de perspectiva (p. 13)[3].


[1] Las citas son por Ignacio Gómez de Liaño, Hipatia, Bruno, Villamediana: tres tragedias del espíritu, Madrid, Siruela, 2008.

[2] Declaraciones a Rosa María Pereda, El País, 20 de agosto de 1980.

[3] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

El conde de Villamediana en «La Corte del Buen Retiro» (1837), de Patricio de la Escosura (y 4)

La segunda escena[1] interesante que quiero destacar es aquella en la que Villamediana se declara abiertamente a la Reina; tras haberla salvado del incendio, confiesa que su fe está rendida a sus plantas:

REINA.- ¡No más, no más, os lo ruego!

VILLAMEDIANA.- Pretendéis un imposible,
queréis oprimir un fuego
que ya no oculto ni niego,
básteos mirarle insensible.

REINA.- ¡Conde, Conde, soy casada!

VILLAMEDIANA.- ¿Qué importa? Contra el honor,
yo, Reina, no os pido nada;
de un alma desesperada
quiero exhalar el dolor;
quiero deciros que os amo
desde que os miré, señora;
que paguéis mi amor no clamo:
vuestra compasión reclamo,
mirad si aquesto os desdora.

REINA.- Ese amor es un delirio.
Olvidadme.

VILLAMEDIANA.- ¿Qué decís?
Olvidarme necesito
a mí mismo. Vos un grito
en el pecho no sentís
que noche y día os asombre,
que repita sin cesar,
hasta en sueños, solo un nombre.
¡Que olvide decís a un hombre
que vive solo de amar!
Vuestra imagen en mi pecho
es ya cosa natural;
no os engaña mi despecho:
aun a pedazos deshecho,
me la arrancaran muy mal.

REINA.- La Reina aquí no os oyó;
la mujer os compadece:
vuestro arrojo perdonó,
tal vez, no se queja, no

(Vuelve a sentarse, reclina la cabeza y llora.)

quien de los dos más padece.

VILLAMEDIANA.- (De rodillas a los pies de la Reina, tomándole una mano, que ella abandona.)

¿Lloráis, señora? ¡Perdón!
¡Malhaya yo que os enojo
con mi atrevida pasión!
¡Del cielo la maldición
castigue mi loco antojo! (pp. 22-23).

Cortejo

Y en esa atmósfera romántica, entre maldiciones y alusiones a la estrella, a la suerte contraria (p. 22), con calificativos como «mi insana / pasión» (p. 22), «mi atrevida pasión» (p. 23), se va desarrollando la obra[2]. Como se habrá podido comprobar por el resumen de la acción y los pasajes citados, la pieza de Escosura no alcanza una gran calidad literaria, y se limita a lo esencial con relación a la vida del conde, incidiendo únicamente en sus amores por la reina como causa de su muerte, que es el punto nuclear de todas las recreaciones dramáticas de su figura[3].


[1] Las citas son por Patricio de la Escosura, La Corte del Buen Retiro, Madrid, Imprenta de los hijos de doña Catalina Piñuela, 1837.

[2] Hay diversas alusiones a la Fortuna en boca de Villamediana (por ejemplo, en la p. 39), se dice que la Reina ha nacido en mal hora (p. 48)… Igualmente, también el pecho del bufón es un volcán que se enciende con una sola chispa (p. 24), etc.

[3] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

El conde de Villamediana en «La Corte del Buen Retiro» (1837), de Patricio de la Escosura (3)

Como he tratado de mostrar a través del apretado resumen de la acción de la entrada anterior, esta pieza se aleja bastante de los sucesos históricos[1]. Lo esencial aquí son los amores de Villamediana con la reina doña Isabel y su muerte decretada por el Rey, que se deja llevar por los celos, los mismos que siente el bufón Nicolasito, que pretende hacer suya a la Reina y que alcanza en el drama un protagonismo notable. No tienen relevancia, en cambio, los “celos” políticos de Olivares, personaje bastante desdibujado aquí. En fin, tampoco aparecen los amores del conde con la dama portuguesa doña Francisca de Tavora.

Villamediana

El carácter enamorado de Villamediana se destaca ya desde sus primeras réplicas en escena, en diálogo con su amigo el conde de Orgaz, cuando ronda la ventana de la Reina:

VILLAMEDIANA.- Ya sé que es un devaneo,
un delirio, una quimera,
pero dejadme que muera
a manos de mi deseo (p. 8).

Amor y muerte, Eros y Thanatos, se dan la mano en esta primera intervención del Conde en escena. Y sigue:

VILLAMEDIANA.- Águila mi pensamiento,
no en la tierra se fijó:
al sol claro se atrevió
y osó contemplarle atento (p. 8).

Atreverse al sol, osar, etc. son expresiones que remiten claramente a la poesía de don Juan de Tasis. Hay dos escenas especialmente interesantes para completar su retrato: la mencionada conversación del inicio con Orgaz y su posterior diálogo amoroso con la Reina. Veamos. Villamediana confiesa paladinamente a Orgaz que está loco (de amor) y que vive sin esperanza: «Yo vivo sin esperanza, / loco estoy» (p. 15). Adora a la Reina, que se ha hecho dueña de su pecho. Y sabe perfectamente que es locura enamorarse del sol (tópicos del «alto atrevimiento» presentes con frecuencia en la poesía amorosa del conde):

VILLAMEDIANA.- ¡Ah!, mi pena es extremada,
que no es amor, es locura
enamorarse del cielo,
ansiar, estando en el suelo,
subir del sol a la altura.
[…]
Yo sueño estando despierto,
vivo, Orgaz, desesperado.
Viéndola crece mi fuego;
ausente de ella, me abraso;
muero si me mira acaso,
si no me mira, reniego (p. 15).

Nótese que se siguen empleando esas imágenes tópicas del enamorarse del cielo o el subir a la altura del sol, pero no se echa mano del recurso (como sí sucederá en obras posteriores) a la intertextualidad con citas exactas de la poesía del noble-poeta, es decir, el aprovechamiento de aquellos textos poéticos del conde que aludirían —supuestamente— a la osadía de amar a la reina. Así las cosas, el conde de Orgaz le aconseja huir:

ORGAZ.- Si vos mismo de imposible
tacháis ese amor terrible
que tirano os avasalla,
huir, huir es cordura,
que el tiempo y tierra distante
bastan a cualquier amante
para templar su locura (p. 15).

A lo que responde Villamediana:

VILLAMEDIANA.- Huir dice la razón,
mas, Conde, no la escuchamos,
que habla más alto el amor (p. 16).

Y luego, en la réplica del amigo, se sigue apuntando a la muerte (y a la traición al rey) como fin de ese amor:

ORGAZ.- O habéis de morir amando
sin esperanza ninguna,
u os ayuda la fortuna
y vencéis; pero faltando,
como noble, a vuestro rey,
como hombre, a Dios soberano,
que la mujer del hermano
os prohíbe amar por ley (p. 16).

El conde defiende que se trata de un amor puro:

VILLAMEDIANA.- ¡Ofender al rey ni a Dios!
Mi amor es puro, celeste;
no es un fuego como aqueste,
lo juro al cielo y a vos,
el que en la Corte se encubre
de fino amor con el nombre,
brutal afecto del hombre
que engañoso velo cubre.
No, Conde, no, yo os lo fío:
a Dios mismo no se ama
con más viva, pura llama,
que la adora el pecho mío (p. 16).

Orgaz le advierte que camina al borde de un precipicio, y añade un nuevo presagio de muerte: «Partamos, partamos luego; / una chispa de ese fuego / la vida os puede costar» (p. 17)[2].


[1] Las citas son por Patricio de la Escosura, La Corte del Buen Retiro, Madrid, Imprenta de los hijos de doña Catalina Piñuela, 1837.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

El conde de Villamediana en «La Corte del Buen Retiro» (1837), de Patricio de la Escosura (2)

Como es habitual en los dramas románticos, la pieza de Escosura[1] se divide externamente en cinco actos, cada uno con título propio: «El incendio», «El Rey Poeta», «La Reina», «La verbena» y «Villamediana» (los actos I, III y V se dividen a su vez en dos cuadros). Ofreceré a continuación un breve esquema de la acción.

En el acto I, cuadro primero, el rey deja abandonada a su esposa doña Isabel para salir de galanteo, en tanto que Villamediana ronda la ventana de la reina en el palacio del Alcázar. Esta circunstancia es la que le permite salvarla cuando se desata un incendio en su aposento (no es, pues, el famoso incendio de las fiestas de Aranjuez en el estreno de La gloria de Niquea, aunque su función es la misma). El cuadro segundo nos presenta la declaración amorosa de Villamediana a la reina (que se complace con ese amor, aunque trate de desanimar a su fogoso enamorado). Esta escena será contemplada por el bufón Nicolasito, quien, celoso (él también ama a la reina), jura venganza.

El acto segundo consiste en un certamen poético en el palacio del Buen Retiro en el que participan Góngora, Quevedo, Calderón (Escosura nos lo presenta ya anciano: falla aquí la cronología…) y el propio Villamediana. Esta Academia gira en torno al amor: cada poeta lee una composición, que luego entrega por escrito a la Reina, quien habrá de declarar el vencedor. Villamediana, dejándose llevar por la pasión, lee un soneto («Amor imposible. Habla el amante») que es un acróstico en el que las letras iniciales de los 14 versos forman el nombre de ISABEL DE BORBÓN:

Ira del cielo, amor, fueron tus tiros
Sobre el que adora un imposible objeto:
Arde, y su fuego, que ocultó el respeto,
Bramando exhala en rápidos suspiros.

En vano ablandan bronces y porfiros
Lágrimas de dolor, ¡cruel Aleto!
¡Dura suerte! No muda un solo afeto,
En tanto el hombre cambia en raudos giros.

Bárbaro amor, concede una esperanza,
O que a olvidar me mueva su desprecio;
Rompe, si no, los lazos de la vida.

Baste ya lo sufrido a tu venganza.
¡Oh!, no escuches, amor, mi ruego necio,
No, ingrata sea: nunca aborrecida (p. 44).

El Rey cae en la cuenta de la alusión y, enfadado, rasga el papel, dejándolo abandonado en el suelo.

En el primer cuadro del tercer acto vemos a Velázquez pintando un cuadro, que representa a Diana siendo sorprendida en el baño por Acteón. Se trata de un encargo del Conde, y los modelos a la hora de pintarlo han sido precisamente Villamediana y la Reina. El rey Felipe recrimina a su esposa el amor del Conde, y la prueba de ello es el acróstico; pero cuando el Rey vuelve a examinar el soneto, las primeras letras de cada verso no forman ya el nombre de la reina, porque Villamediana ha procurado otra copia del poema con el texto convenientemente modificado. El cuadro segundo muestra las amenazas del bufón, quien, locamente enamorado de la Reina, la chantajea: será suya o morirá. Se muestra muy seguro de ello porque tiene en su poder la prueba de la infidelidad: en efecto, él recogió el soneto acróstico rasgado por el rey.

El acto IV muestra una verbena popular (es la noche de san Juan) a la que acude la Reina con algunas sirvientas, todas tapadas. El Rey, embozado, sigue a las tapadas. Villamediana, embozado también, se interpone y se enfrenta al monarca, quien no puede mostrar su identidad públicamente (en lugar de hacerlo delante de todos, se desemboza solo ante un alguacil).

En el primer cuadro del quinto acto, la Reina acude a la habitación del bufón para recuperar, mientras este duerme, la prueba incriminatoria, el papel original de Villamediana rasgado por el rey. Sin embargo, su venganza se ejecutará en el segundo cuadro: el bufón ha convencido al Rey, con otras pruebas distintas, de la infidelidad de su esposa, y el monarca dispone que un ballestero oculto en un pasadizo secreto mate a Villamediana con una daga.

Bufon_Daga

El Conde expira con un «¡Ay de mí!» y el Rey sentencia que «Cumplido está su destino» (p. 112). Destino es, por tanto, la última palabra pronunciada en escena en la obra de Escosura, que bien podría haberse titulado Don Juan o la fuerza del destino[2].


[1] Las citas son por Patricio de la Escosura, La Corte del Buen Retiro, Madrid, Imprenta de los hijos de doña Catalina Piñuela, 1837.

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.

El conde de Villamediana en «La Corte del Buen Retiro» (1837), de Patricio de la Escosura (1)

Bien sabido es que durante los años románticos y post-románticos, hasta la década de los 70 del siglo XIX, los escritores (novelistas y dramaturgos, fundamentalmente) vuelven sus ojos al Siglo de Oro español y convierten en personajes de ficción a los principales autores áureos: Cervantes, Quevedo, Calderón, en menor medida Lope o Góngora, proliferan en las páginas de muchos de sus escritos. Y también el conde de Villamediana, cuya aureola “romántica” no podía escapar a la inspiración de los autores de la época. Villamediana aparecerá, en efecto, en muchas obras del momento, a veces como personaje secundario, protagonista de algunos episodios concretos de la acción. Para mi análisis he seleccionado la pieza de Patricio de la Escosura, La Corte del Buen Retiro, porque es la primera de las recreaciones de la figura del conde en la que este adquiere carácter protagónico central[1].

CorteBuenRetiro

Obvio es decir que, a la altura de 1837 (en un momento de pleno triunfo del Romanticismo español, cuya gran década va de 1834 a 1844), el personaje que nos presenta Escosura sobre las tablas es un Villamediana romántico perseguido por una fatal estrella (abundan a lo largo de la obra las alusiones al destino, a la suerte…). Dejaré ahora de lado los muchos anacronismos y errores históricos en ella detectables, que no hace al caso pormenorizar con detalle; baste como ejemplo recordar que la acotación inicial sitúa la acción «en Madrid a mediados del siglo XVII» (1622, año de la muerte de Villamediana, no es exactamente «mediados» de siglo); también el hecho de mencionar a Olivares con el título de conde-duque cuando faltaban aún algunos años para que efectivamente lo fuera, o el dato de que Velázquez tenga ya pintado en ese momento el cuadro de «Las lanzas». Pasemos por alto todos esos errores, que por otra parte no afectan a lo esencial de la construcción ficcional de la pieza. El drama nos presenta a un conde de Villamediana loco y ciego de amor, fatalmente enamorado de la reina doña Isabel de Borbón, al que llevarán a la muerte los celos del rey Felipe IV convenientemente azuzados por el bufón Nicolasito, enamorado también perdidamente de la reina. Cabe decir que, en esta ficción, la figura de Olivares no adquiere demasiado protagonismo, y aunque en un par de ocasiones (pp. 32 y 82) se menciona el hecho de que Villamediana se está ganando el favor real y eso lo convierte en un rival en la lucha por la privanza, este componente político de la historia no alcanza mayor desarrollo. Como digo, es la pasión desbordada de Villamediana, y el contrariado amor del bufón por la reina (más imposible aun que el del propio conde), lo que conducirá al fatal desenlace[2].


[1] Las citas son por Patricio de la Escosura, La Corte del Buen Retiro, Madrid, Imprenta de los hijos de doña Catalina Piñuela, 1837. Analizan con detalle esta pieza María del Carmen Rincón Martínez, «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, 8, 1987, pp. 123-126 y Yasmina Reviriego, «La figura del conde de Villamediana convertida en personaje literario de la mano de escritores de los siglos XIX y XX», en su blog Viaje al desbordante Barroco, 29 de febrero de 2016. Ver también José Montero Reguera, «Calderón de la Barca sale a la escena romántica», en Estudios de literatura española de los siglos XIX y XX. Homenaje a Juan María Díez Taboada, Madrid, CSIC, 1998, p. 325. Para la vida y obra de Escosura en general remito a la monografía de María Luz Cano Malagón, Patricio de la Escosura: vida y obra literaria, Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Editorial de la Universidad de Valladolid, 1988. Villamediana interviene también en Don Francisco de Quevedo (1848) de Eulogio Florentino Sanz (ver Rincón Martínez, «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», pp. 126-128; Jesús Costa, «El teatro de Eulogio Florentino Sanz entre dos revoluciones (1848-1854)», en Estudios de literatura española de los siglos XIX y XX. Homenaje a Juan María Díez Taboada, Madrid, CSIC, 1998, pp. 188-193; Celsa Carmen García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», La Perinola. Revista de investigación quevediana, 8, 2004, pp. 171-185 y su edición moderna de esta comedia, Pamplona, Eunsa, 2014). Igualmente, es protagonista de Vida por honra (1858), de Juan Eugenio Hartzenbusch, pieza que dejo fuera de mi análisis (ver Rincón Martínez, «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», pp. 128-129 y Reviriego, «La figura del conde de Villamediana …»).

[2] Ver para más detalles mi trabajo «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero (eds), La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95.