Poesía de Adviento: «Isaías», de Pedro Miguel Lamet, SJ

El Adviento es esperanza;
la esperanza, salvación;
ya se acerca el Señor.
Preparemos los caminos,
los caminos del amor;
escuchemos su voz.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
Nuevos cantos de Adviento y Navidad)

Vaya para este cuarto domingo de Adviento —tiempo de esperanzada espera de la Navidad y el nacimiento del Niño Dios— otro soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ), «Isaías», perteneciente a su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad. Forma parte de la serie «Tres profetas de Adviento», junto con los también sonetos «Juan el Bautista» y —ya recogido en este blog— «María».

Isaías profetiza el nacimiento de Jesús
Isaías profetiza el nacimiento de Jesús

«Isaías» es el primer soneto de la serie, y este es su texto:

Mirad, la joven está encinta
y dará a luz un hijo…
Porque un niño nos ha nacido,
nos han traído un hijo,
consejero maravilloso,
príncipe de la paz.

(Isaías, 7, 14; 9, 4-5)

Él miraba a lo lejos una tarde
el horizonte rojo de temblores
y el asirio imperio en los horrores
que avanza, mata, arrasa, hiere y arde,

empuñando la espada del cobarde.
Cuando una luz deshace sus dolores
y de la sangre brota entre las flores
una visión de paz como un alarde:

¡No temas más, que ya amanece un sueño:
un hijo trae la luz sobre la tierra,
un niño se os dará, la joven madre

ya está encinta y en su seno encierra
el sendero de amor con que se abre
al mundo un Dios que anhela ser pequeño![1]


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 71. Los tres poemas quedaron recogidos también el 13 de diciembre de 2020 en el blog unassemillitas.com, de Daniel S. Barbero, entrada titulada «Tres personajes del Adviento». Ahí escribe el propio Lamet: «Avanzamos en el Adviento. La liturgia nos presenta tres profetas de este tiempo de caminar en la esperanza: Isaías, Juan el Bautista y María, a los que he dedicado tres sonetos».

Poesía de Adviento: «¡Qué frío, qué frío!», del Padre Gustavo González Villanueva

Preparemos los caminos,
ya se acerca el Salvador…

Vaya para este tercer domingo de Adviento un poema del sacerdote guatemalteco (nacido en Antigua Guatemala) Gustavo González Villanueva. Fallecido en 2005, el Padre González Villanueva, abogado y Doctor en Teología, fue maestro de Educación Primaria por el Instituto Normal «Antonio Larrazábal» de Antigua Guatemala. Casi todos sus libros de poesía se publicaron en Costa Rica y Guatemala: Canción del huésped aguardado (1991), Glosa del amor bien pagado (1991), Una rosa encendida (1991), Loa en la Antigua Guatemala, cavalcavía del tiempo (1992), Almendras de oro (1992), Luna de cristal (1992) o Nanas del Adviento (1992), títulos a los que hay que añadir otros trabajos de investigación literaria o histórica como Cancionero y romancero antigüeño, Bitácora de la Antigua Guatemala, Ocurrencias romanas, Selectas biografías vulgares, Los primeros cristianos de la Audiencia de los Confines, El testamento del adelantado don Pedro de Alvarado o La utopía de Francisco Marroquín, entre otros[1].

La temática navideña es frecuente en la poesía del Padre González Villanueva. Al respecto escribe Víctor Valembois que el autor

maneja una sorprendente técnica de asombro, ya no tanto en él mismo, sino en su receptor, nosotros todos. Esta resulta particularmente vivaz en el reincidente tópico de Navidad, no solo la de Cristo nacido en Oriente, sino con abierto anacronismo, la de aquí y ahora. Como analizado en otro trabajo, existe entonces una constante voluntad iconoclasta de “contemporaneización” de la temática bíblica. En Nanas del Adviento existe una continua interferencia entre el acá y el allá tanto en sentido espacial como trascendental: «“¡Ya viene, ya viene!” / “Gloria en las alturas!” / (Y estamos tan bajos/ en estas tristuras.)». La tensión se sitúa entonces siempre entre el Belén evocado y el Guatemala de aplicación (o cualquier país del mapa actual), como entre lo terrenal y lo celestial. La mayoría de las creaciones de este poemario vienen con un epígrafe que consiste simplemente en un topónimo de la geografía guatemalteca: «Las Salinas», […], o «San Juan del Obispo», o «Petén Itzá», etc.[2]

A este poemario Nanas del Adviento pertenece la composición «¡Qué frío, qué frío!», en la cual —como suele ser habitual en la poesía navideña, desde tiempos remotos— se evocan, aquí incluso antes del nacimiento de Cristo, los futuros sufrimientos del Salvador del Mundo en la Pasión, anticipados en los vocativos Espina (v. 3) y Clavo, serrucho y martillo (v. 8 y luego, en el v. 18, sin la conjunción copulativa) y en la formulación de los vv. 12-13: «Mi niño, que no has nacido, ¿y ya sueñas con la cruz?».

La Virgen María encinta

El texto del poema, que no requiere mayor comentario, dice así:

El Merendón

—No ha nacido,
¿y ya vienes a buscarle?
Espina, pincha mi mano,
no temas brote la sangre;
pero déjale que duerma,
mi niño, que no ha nacido
y ya vienes a buscarle.

—Clavo, serrucho y martillo
golpean en mis entrañas:
el niño está dando saltos,
mueve manitas y pies.
Mi niño, que no has nacido,
¿y ya sueñas con la cruz?

—Tarde de plata bruñida,
¡qué frío, qué frío!,
se me está helando la sangre
y a mi niño le hace daño.

Clavo, serrucho, martillo,
¡qué frío, qué frío![3]


[1] Para más detalles sobre el autor y su obra poética remito a Víctor Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», ponencia leída en el XI Congreso de CILCA, Universidad Nacional (Heredia, Costa Rica), en marzo de 2003, disponible en Vereniging van Leuvense Romanisten, pp. 51-59; Conny Palacios, La poética del viaje iniciático: la poesía interiorista de Gustavo González Villanueva, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2013; y VV. AA., Homenaje a Gustavo González Villanueva: el poeta de la Antigua Guatemala, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 2015.

[2] Valembois, «Constantes en la poesía del guatemalteco Gustavo González Villanueva», p. 57.

[3] Tomo el texto de Gustavo González Villanueva, Nanas del Adviento, música de Beatriz Fernández de Hütt, escritura musical de Elizabeth Lobo, San José de Costa Rica, Ediciones Promesa, 1992, pp. 36-37 (modifico ligeramente la puntuación).

Poesía de Adviento: «María», de Pedro Miguel Lamet, SJ

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Siendo muy abundante la producción poética en torno al ciclo litúrgico de la Navidad, no lo es tanto la relacionada con el Adviento, este tiempo de preparación para la llegada del Dios hecho hombre en que nos encontramos. Sea como sea, en este blog ya he dado entrada a algunos poemas con esta temática específica como «Adviento» del Padre Jesús del Castillo; «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo; o «Adviento», del Padre Salvador Lugo Azuela, MNM.

Pedro Miguel Lamet, SJ (Cádiz, 1941- ) cuenta entre su producción con un hermoso libro titulado La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad (Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016), que va encabezado por un interesante «Proemio. Despertar a la luz escondida» en el que trata de ambos tiempos litúrgicos, el de Adviento y el de Navidad:

En este libro ofrezco una antología de cuantos poemas he dedicado a lo largo de mi vida al Adviento y la Navidad, la mayoría de ellos inéditos. Quizás la originalidad de este manojo de versos puede radicar en que no se desliga el nacimiento de Cristo de su contexto teológico. Si la Navidad es el hecho de que Dios se hace visible, arranca mucho antes, desde el momento en que la luz es luz. Parte del vacío, de la nada o el caos, como se quiera llamarlo, en el instante genesíaco de la creación: «Y la luz existió». La luz y su armonía estaban en el inicio de todo, cuando Dios decide multiplicarse en el variopinto estallido de colores y formas de las que se reviste la vida. Sobre todo, cuando hace aparecer en el mundo un «yo» que es capaz de nombrar todas las cosas, reflejos de su luz, y prolongar su milagro con un «tú”. A este período previo se asoma la primera parte de este libro[1].

Y añade a continuación, reflexionando sobre el Adviento:

Pero el hombre, herido por la estrechez a la que él mismo somete su ego, descubre la limitación, el miedo, el dolor, el sinsentido, por lo que vuelve a gritar a su creador buscando, suplicando que de nuevo le envíe un rayo de luz. Es lo que la liturgia cristiana denomina el Adviento. Desolado por la experiencia del sufrimiento, el hambre, la violencia, la guerra, la soledad y el miedo, vuelve sus ojos ansiosos hacia el cielo. A mi entender, el Adviento es el tiempo que más se adecúa a nuestra existencia actual. Queremos intuir, si no comprender cabalmente, por qué estamos aquí, a dónde se dirige esta flecha en apariencia absurda, «pasión inútil» para los existencialistas, que parecemos ser. Los judíos, que ya tenían el privilegio de atribuir la creación a un Dios único, esperan un Mesías, piden a los cielos que «rocíen» al justo, intuyen con los profetas la venida de un salvador, nacido de una muchacha en debilidad y pobreza, que nos rescate del desastre. Y va a venir, nos dirá la Buena Nueva, directamente del seno de Dios mismo, del amor que se profesa la comunidad divina, que, preexistente en familia trinitaria, va a pronunciar el Verno que se hará carne, hombre. Y como es la Palabra, solo nuestra palabra más digna, más preñada, más evocadora, la poesía, puede quizás rozarla, destapar, aunque sea a través de rendijas, esa inabarcable luz. Este misterio es abordado por la segunda parte del poemario que el lector tiene entre las manos[2].

Pues bien, para este segundo domingo de Adviento, copio uno de los poemas del Padre Lamet incluidos en su poemario, concretamente el bello soneto titulado «María», en el que precisamente es Ella la voz lírica enunciadora del poema. Dice así:

La Virgen María encinta

Mira, concebirás y darás a luz un hijo,
a quien llamarás Jesús.

(Lucas, 1, 31)

Cuando contemplo el brillo de mi aldea
bajo el sol que se ríe con la fuente,
o el trigo que se mece blandamente
y promete nacer mientras verdea;

cuando escucho a José que carpintea
una cuna de olivo, oigo a la gente
que me sabe feliz porque presiente
una ola de luz con la marea…,

los ojos cierro y palpo tu presencia
en este santuario de mi seno.
Oh, mi niño, te siento en mi regazo,

y te escucho latir con la querencia
de un vacío que nunca estuvo lleno,
y un mundo desvalido sin tu abrazo[3].


[1] Pedro Miguel Lamet, SJ, «Proemio. Despertar a la luz escondida», en La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 16-17.

[2] Pedro Miguel Lamet, SJ, «Proemio. Despertar a la luz escondida», p. 17.

[3] Pedro Miguel Lamet, SJ, La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, p. 75.

«Adviento», del P. Salvador Lugo Azuela, MNM

Abre tu tienda al Señor:
recíbele dentro,
escucha su voz.

Abre tu tienda al Señor:
prepara tu fuego,
que llega el Amor.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor», en
Nuevos cantos de Adviento y Navidad, 1986)

Vaya para este primer domingo de Adviento un poema del P. Salvador Lugo Azuela, MNM. Oriundo de México (nacido el 13 de noviembre de 1944), se ordenó sacerdote en 1972. Fue maestro en el Seminario de los Misioneros de la Natividad de María (Congregatio Missionariorum Nativitatis Mariae), y también maestro de física electromagnética en la Universidad de Guanajuato (México). Como poeta, el P. Lugo Azuela ha recopilado su producción lírica en un volumen de bello título, Estrellas y rosas en aljaba, un conjunto de poesías escritas en León (Guanajuato) y en Mexicali. A este libro pertenece el poema «Adviento», emotivo en su brevedad y sencillez:

La Virgen María encinta

Si todo aguarda al Mesías:
la brisa, el ave y la flor,
y ya lo anuncia Isaías,
¿por qué se tarda el Señor?

Se apresuran los pastores
y la estrella da su luz.
Ángeles cantan primores,
¿dónde está el Niño Jesús?

El establo ya está listo,
la tosca paja también.
Anochece ya en Belén
¿y no llega Jesucristo?

Callad todos, tened calma.
Algo pasa si no llega.
Falta aún alguna entrega:
falta… ¡preparar el alma!
[1]


[1] Tomo el texto de Internet y modifico ligeramente la puntuación.

Poesía de Adviento: «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Mañana ya es Nochebuena, pero hoy todavía estamos en tiempo de Adviento, de espera para la llegada del Niños-Dios, el Emmanuel (ʽDios con nosotrosʼ), el Salvador del mundo. Vaya, pues, para cerrar este tiempo de preparación espiritual el poema «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo. El poema (42 versos de romance con rima é e) tiene la musicalidad y la gracia de la mejor poesía tradicional navideña. La repetición del verso inicial, «Espera la Virgen pura…», además de incidir en esa gozosa espera (espera que es esperanza) de María, contribuye igualmente al ritmo de la composición. Se trata de una poesía sencilla y emotiva, que no requiere mayores notas explicatorias[1].

VirgenEmbarazada

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.
En la grávida doncella[2]
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte[3],
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes[4].
Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.
Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.


[1] Publicado en la revista Ecclesia el 7 de diciembre de 2014: «“Espera la Virgen pura”, poema de Adviento con María, por Francisco Vaquerizo», de donde lo tomo.

[2] grávida doncella: bella formulación; grávida vale ʽencinta, embarazadaʼ.

[3] sumida en sombras de muerte: alude al pecado y, por extensión, a todo el mal que se extiende por el mundo. La antítesis sombras / claridad es evidente.

[4] el que abra al hombre las puertas / de las moradas celestes: Cristo, con su muerte y resurrección, redimirá al género humano.

«El Niño va a nacer», de Arquímedes Jiménez

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…
La Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Vaya para este cuarto domingo de Adviento, y víspera ya de la Nochebuena, este soneto del costarricense Arquímedes Jiménez (abogado, poeta y caricaturista) que canta la conmoción y el «hondo regocijo» (v. 3) que supone para todo el mundo la inminente llegada del Niño Dios. Además del «afán prolijo» (v. 2) de la espera, el yo lírico destaca en los tercetos la importancia de que el Niño nazca, «no en Belén en el establo oscuro» (v. 10), sino en el corazón de cada uno de nosotros.

Virgen-Maria-Encinta

El Niño va a nacer. El mundo entero
cuando lo espera con afán prolijo
se conmueve, y tan hondo regocijo
domeña el potro de su instinto fiero.

Y pide que, cual vívido lucero
—en la urbe, en el barrio, en el cortijo,
en el hogar de todos—, nazca el Hijo
de la humilde Mujer del carpintero.

Él nacerá, al universal conjuro
—no en Belén en el establo oscuro—,
sino en el propio corazón humano,

ostentando otra vez con gracia ingente
una estrella de amor sobre la frente
y un haz de resplandores en la mano[1].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 114-115.

«Estrella de Oriente», villancico de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

De Nazaret a Belén
hay una senda;
por ella van los que creen
en las promesas.

Vaya, para este segundo domingo de Adviento, el texto de otro villancico de los escritores Juan Colino Toledo (†) y José Javier Alfaro Calvo, pertenecientes ambos al Grupo Literario Traslapuente de Tudela. Este villancico (un romancillo, formado por tres breves tiradas de seis versos cada una, con rimas en á, é a y é o) nos habla, desde su sencilla formulación, de realidades por desgracia muy vigentes en nuestros días. Y finaliza con tono desiderativo, para que esa estrella de Oriente presida «sobre un mismo suelo» una paz beneficiosa para todos, «sin bombas ni burkas, / sin odio y sin miedo».

Adviento

Su texto dice así:

La estrella de Oriente
nos trae la Paz
en cielos de guata
y de celofán
junto a mesas llenas
de todo con pan.

Al cielo de Oriente
le falta una estrella,
cosa que se nota
bastante en su tierra
pues se fue la Paz
y llegó la guerra.

Ojalá que un día
tengamos un cielo
con la misma estrella,
sobre un mismo suelo
sin bombas ni burkas,
sin odio y sin miedo[1].


[1] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De miel y de hiel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, p. 25.

«Caminos de Belén», de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

Los que soñáis y esperáis
la Buena  Nueva,
abrid las puertas al Niño,
que está muy cerca.

Hoy comienza el Adviento, tiempo de espera y de Esperanza… Un tiempo que nos va acercando, semana a semana, al Portal de Belén. Y para llegar a Belén, muchas son las sendas y las veredas, como certeramente nos muestra este emotivo romancillo de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo[1], en el que a la gracia y sencillez de la métrica tradicional de arte menor se une la buscada ingenuidad infantil de muchas de sus imágenes.

Caminos de Belén

He aquí el texto de «Caminos de Belén»:

La risa de un niño
que borra el estrés,

la estela de un ángel
de color de fe,

la luna lunera
en oro de ley,

las letras vocales,
a, i, o, u, e,

y todos los números
desde el 1 al 10,

la senda que han hecho
la mula y el buey,

la estrella de plata
sobre la pared,

el cristal de un río
con pato y con pez,

la Paz que un abuelo
dibuja en su piel,

las nubes de guata
que quitan la sed,

el viento velero,
la vía del tren,

cualquier carretera,
en coche o a pie…

… TODOS LOS CAMINOS
LLEVAN A BELÉN[2].


[1] Juan Colino Toledo (Zamora, 1913-Tudela, 2001), «escritor polifacético, pero sobre todo poeta», publicó los poemarios Sonetos a cuatro voces y Por las catorce rutas del soneto. José Javier Alfaro Calvo (Cortes, Navarra, 1947) ha dado a las prensas una decena de libros de poemas, la mitad de ellos dirigidos al público infantil, entre los que cabe destacar el titulado Magiapalabra. Los dos pertenecen al Grupo Literario Traslapuente, de Tudela.

[2] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De hiel y de miel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, pp. 34-35.

Poesía de Adviento: un poema del Padre Jesús del Castillo

Muchos son los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En cualquier caso, el terreno que mejor se presta a una evocación subjetiva del tema navideño es precisamente el de la poesía[1]. En los próximos días, dedicaré algunas entradas a reproducir y comentar algunos poemas navideños del ámbito hispánico, que van desde los albores literarios medievales hasta nuestros días, pero hoy quisiera copiar un poema del Padre Jesús del Castillo titulado «Adviento».

Nacido en Sada de Sangüesa (Navarra), el Padre Jesús del Castillo ha sido durante muchos años párroco de la Parroquia Catedral de San Bernardo (Santiago, Chile). En el 2006 celebró sus 50 años de ministerio sacerdotal y hoy goza de un merecido descanso. Cuenta en su haber con poemas navideños como «Revelación» o «Ante el misterio de Belén (aplicación de sentidos)», pero aquí transcribo uno suyo dedicado al Adviento, por ser este —el de la marcha esperanzada hasta la Navidad— un aspecto no muy frecuentemente tratado por quienes han abordado este concreto ámbito temático. El poema dice así:

El Adviento se viste de violetas.
Es, en el alma, tensión de espera.
No es aún la cosecha:
es primavera.

El Adviento es hambre de pan,
clamor de profetas;
es mugido en los establos
y cónclave en las estrellas.

El Adviento es llamada en los cielos,
luna que al sueño despierta,
suave temblor de alborada que alerta,
pasos de peregrinos que inquietan.

El Adviento es gravidez
que viene pidiendo urgencias.
Ya están convocados ángeles y reyes,
pastores, pesebre y bueyes…

El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡Santa María!

Adviento

[1] Ver Carlos Mata Induráin, La Navidad en las letras españolas y en los poetas navarros, Pamplona, Universidad de Navarra, 2006.