«Corpus Christi», soneto de Antonio Murciano

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Vaya para este día del Corpus Christi, solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (que ya no se celebra, como antiguamente, el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad, sino el domingo siguiente a Pentecostés), el delicado soneto de igual título, «Corpus Christi», de Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, 1929- ). Este poeta, que se encuadra en el grupo andaluz de la Generación poética del 50, está considerado uno de los máximos representantes de la poesía neopopular y neoflamenca, y es también un gran cantor de la poesía de la Navidad y de otras temáticas religiosas (algunos de sus poemas han quedado recogidos en este blog, por ejemplo su «Villancico de los qué dirán», su décima «A un Niño-Jesús que reclinaba su cabeza sobre una calavera» o su soneto «Acción de gracias»).

Del poema, un apóstrofe al «hombre», en general, para que rinda adoración al paso del Santísimo Sacramento, cabe destacar el neologismo azucenamente (v. 3) o el juego paronomástico del último verso, «poco de pan, copo de pan».

Hombre arrodillado ante el Santísimo Sacramento.

Este es el texto completo del soneto:

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que solo un soplo de aire le sostiene.

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni límites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.

Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma ondulante;
las torres en tropel, campaneando.

Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
—poco de pan, copo de pan— pasando[1].


[1] Tomo el texto de la revista Muñidor, año XXI, núm. 80, p. 2.

«Epifanía», de Víctor Manuel Arbeloa

Como ya he indicado en otras ocasiones, Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es un escritor que ha abordado con frecuencia la temática navideña, y lo he hecho como estudioso y como creador, en distintos momentos de su dilatada trayectoria poética (véase la entrada que le dediqué hace algún  tiempo). En el blog han quedado recogidos también su «Villancico cruel a un subnormal no nacido» y, hace unos pocos días, su «Nana en el día de los Inocentes». Vaya hoy, para esta festividad de la Epifanía (o manifestación) del Señor, su poema «Epifanía», correspondiente a la sección «Dios se ha revelado» de su poemario Dios es hombre para siempre (1966). Se trata de una composición arromanzada (con rima í o), pero con la particularidad de que los versos impares son heptasílabos y los pares pentasílabos.

ReyesMagosMurillo.jpg

La adoración de los Reyes Magos, de Bartolomé Esteban Murillo.

Ante él se postrarán todos los reyes
y le servirán todos los pueblos.
(Salmo 71, 11)

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos

El oro del Dios Rey
los ha atraído.
La nube del incienso
del Dios Santísimo.
Y la mirra olorosa
del Dios nacido.

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos…

Todos los continentes
todos los siglos
se fueron tras la estrella
del regocijo
¡Al espacio y al tiempo
rige este Niño!

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos
[1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 161.

El soneto «San José», de Jacinto Fombona Pachano

El venezolano Jacinto Fombona Pachano (Caracas, 1901-1951) fue un destacado escritor (poeta, narrador y ensayista) que, en su juventud, formó parte de la denominada «Generación del 18» y más tarde se unió al grupo poético surgido en torno a la revista Viernes (1936). Se dio a conocer en el mundo de las letras con su novela El batallón (1922), al mismo tiempo que se dedicaba al periodismo y el ensayo. Sus principales títulos poéticos son El canto del hijo (1925), La comedia (1927), Virajes (1932) o Las torres desprevenidas (1940), que pasa por ser su obra más destacada.

Este poema navideño suyo se centra en la figura de san José que, sin ser la más destacada en la celebración navideña, tampoco está ausente de la poesía de este tiempo. El soneto destaca por su construcción anafórica, con la repetición de «En casa de José» al comienzo de cada estrofa.

SanJoseConElNiño

San José con el Niño, de Sebastián Martínez.

 

Su texto completo dice así:

En casa de José, ¡qué ardido nardo![1]
Y es flor al par de íntimo contorno,
donde no sufren: el cristal, bochorno;
garra, el balido; ni la pluma, dardo.

En casa de José no medra cardo,
ni el hacha duerme, ni descansa el torno,
y alondra de salida o de retorno,
la hormiga del Señor lleva su fardo.

En casa de José, ¡qué alegre lumbre!
La oveja hila, y guarda la techumbre
o el ojo del arcángel y la estrella[2].

En casa de José sueña María
que el Niño entre viñedos florecía[3]
y abrazada a sus pies lloraba Ella[4].


[1] ardido nardo: el nardo es emblema de la pureza virginal, sobre todo de María; además, la iconografía representa a san José con una vara de nardos (la flor es conocida popularmente como «vara de san José»).

[2] el ojo del arcángel y la estrella: alusiones, respectivamente, a la Anunciación a María por el arcángel san Gabriel y a la estrella que guio a los Reyes Magos hasta el Portal de Belén.

[3] el Niño entre viñedos florecía: remite a Juan, 15, 1-8: «Yo soy la vid verdadera», etc. Este verso y el siguiente parecen hacer alusión, además, a la muerte de Cristo en la Cruz (es frecuente en la poesía navideña que, al tiempo que se canta la alegría de su nacimiento, se anuncien ya las penas y sufrimientos de la Pasión y Muerte).

[4] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.

«Zagalejo de perlas, / hijo del Alba», villancico de Lope de Vega

Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.

Vaya para este gozoso día de Navidad otro villancico de Lope de Vega, incluido también en Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog: «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», «Nace el alba María, / y el Sol tras ella» o «Campanitas de Belén»). Antonio Carreño nos recuerda el contexto narrativo en que se inserta este poema:

Canta esta composición Aminadab, el hombre «leído y sabio en las divinas letras» y «después de haberle dicho mil amorosos requiebros, bastantes a enternecer las piedras de aquellos muros, cuánto más los corazones de aquellos santos pastores». Le acompaña Palmira con su voz e instrumento (ff. 401-402). Es este villancico una de las más destacadas nanas a lo divino de la lírica española[1].

Y en nota a los vv. 1 y 9 explica:

Es Zagalejo de perlas porque ha nacido del Alba, que es María, de ahí la asociación con las perlas. Se creía que estas nacían del rocío que dejaba el alba al salir el sol.

El Pastor como el Cordero son imágenes iconográficas que ha consagrado la liturgia en himnos y en representaciones plásticas.

VirgendelLibro_Botticelli

Sandro Botticelli, Virgen del libro.

Una vez más, el Fénix nos brinda un villancico que es pura delicadeza, una composición plena de ritmo y musicalidad:

Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
Pastor y Cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?[2]


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 611.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 203. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 298, p. 611, con ligeros retoques en la puntuación (añado coma al final del verso 2, y también coma tras vais en el estribillo).

«Nace el alba María, / y el Sol tras ella», villancico de Lope de Vega

¡Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra a todos los hombres
de buena voluntad!

Vaya para este día de Nochebuena un villancico del Fénix, perteneciente a Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog en años anteriores; ver, por ejemplo, «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», o «Campanitas de Belén»). Explica su editor moderno, Antonio Carreño:

Canta este villancico Palmira, que con Aminadab mueve el discurso narrativo de esta novela pastoril a lo divino. El drama de la redención está alegóricamente aprisionado en este villancico: María es concebida por una gran luz que penetra su vientre; se anuncia la epifanía y el destierro alegórico de la noche ante la figura mesiánica del que va a nacer: Cristo[1].

Y en nota a los vv. 1-2 añade:

En términos lumínicos y cósmicos se establece la alegoría del nacimiento de María (Alba) y con ella la promesa de Cristo (Sol), que al nacer desterrará el pecado de nuestras vidas, idea que refuerza el estribillo (vv. 3-4, 11-12, 19-20 y 27-28).

Natividad

Como tantas otras composiciones de temática navideña de Lope de Vega, este villancico tiene toda la gracia y sencillez de la mejor poesía popular:

Nace el alba María,
y el Sol tras ella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Nace el Alba clara,
la noche pisa,
del cielo la risa
su paz declara;
el tiempo se para
por sólo vella,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Para ser señora
del cielo, levanta
esta niña santa
su luz como Aurora;
él canta, ella llora
divinas perlas,
desterrando la noche
de nuestras penas.

Aquella luz pura
del Sol procede,
porque cuanto puede
le da hermosura
el alba segura
que viene cerca,
desterrando la noche
de nuestras penas[2].


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 606.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 19. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 295, pp. 606-607 (modifico la puntuación del v. 24).

Poesía de Adviento: «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo

La Virgen sueña caminos,
está a la espera…

Mañana ya es Nochebuena, pero hoy todavía estamos en tiempo de Adviento, de espera para la llegada del Niños-Dios, el Emmanuel (ʽDios con nosotrosʼ), el Salvador del mundo. Vaya, pues, para cerrar este tiempo de preparación espiritual el poema «Espera la Virgen pura», de Francisco Vaquerizo. El poema (42 versos de romance con rima é e) tiene la musicalidad y la gracia de la mejor poesía tradicional navideña. La repetición del verso inicial, «Espera la Virgen pura…», además de incidir en esa gozosa espera (espera que es esperanza) de María, contribuye igualmente al ritmo de la composición. Se trata de una poesía sencilla y emotiva, que no requiere mayores notas explicatorias[1].

VirgenEmbarazada

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.
En la grávida doncella[2]
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte[3],
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.
Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes[4].
Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.
Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.


[1] Publicado en la revista Ecclesia el 7 de diciembre de 2014: «“Espera la Virgen pura”, poema de Adviento con María, por Francisco Vaquerizo», de donde lo tomo.

[2] grávida doncella: bella formulación; grávida vale ʽencinta, embarazadaʼ.

[3] sumida en sombras de muerte: alude al pecado y, por extensión, a todo el mal que se extiende por el mundo. La antítesis sombras / claridad es evidente.

[4] el que abra al hombre las puertas / de las moradas celestes: Cristo, con su muerte y resurrección, redimirá al género humano.

El soneto «Gracias, Señor» de Luis Álvarez Lencero

Llegados ya al Lunes de Pascua, es tiempo de cerrar este pequeño ciclo poético de Semana Santa (Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo) en el que nos han acompañado textos de Lope de Vega (el romance «Al levantarle en la Cruz» y el soneto «¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado…»), de Rafael Sánchez Mazas (el soneto «Cristo») y de Antonio Murciano («Acción de gracias», soneto también). Copiaré hoy otro soneto, el titulado «Gracias, Señor» del escultor, pintor y poeta Luis Álvarez Lencero (Badajoz, 1923-Mérida, 1983), perteneciente a su libro Poemas para hablar con Dios, prólogo de Alejandro García Galán, Madrid, Artes Gráficas Ibarra, 1982, donde se localiza en la página 20. Se trata, como el soneto de Murciano, de un texto que expresa la gratitud del yo lírico (nótese la anáfora paralelística de «Gracias por…» en los vv. 1, 3, 5, 12 y 13) a ese «Dios amigo» (v. 14) al que se dirige.

GraciasSeñor

El texto del poema es como sigue:

Gracias por esta vida que me has dado,
y, también, porque un día seré muerte.
Gracias por esta gracia de comerte
convertido tu cuerpo en pan sagrado.

Gracias, Señor, por todo lo creado,
por mi cruz y mis penas, de tal suerte
que no sería digno de quererte
si no estuviera en Ti crucificado.

Bendito sea el dolor de cada día.
Los clavos que me unen al madero
me tengan a tus pies siempre contigo.

Gracias por el regazo de María.
Gracias por tanto amor y porque muero
besándote las llagas, Dios amigo[1].


[1] Recogido en Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 24, por donde cito.

El soneto «Acción de gracias» de Antonio Murciano

Vaya para este Domingo de Resurrección, y sin necesidad de mayor comento dada su emotiva sencillez, el soneto «Acción de gracias» de Antonio Murciano, de grácil ritmo basado en la anáfora y el paralelismo. Todo el poema es una enumeración de distintos elementos por los que el hombre («barro con alas», según la hermosa formulación del yo lírico en el v. 14) quiere mostrar su agradecimiento al Creador.

Gracias

El soneto dice —y reza— así:

Quiero que cada cosa te lo diga:
Gracias, Señor, por hombre, por destino,
por cielo y mar, por árbol, por espino,
gracias por tierra y lluvia y sol y espiga.

Gracias, sí, por tristeza, por amiga,
por madre y por amor para el camino,
por hostia y cruz, por pájaro y por trino,
por toda voluntad que se te obliga.

Gracias, Señor, por muerte, por conciencia,
por el pecado y por la penitencia,
por mañana y ayer, por este hoy;

por la lumbre y la paz del universo,
por la piedra y la estrella, por el verso,
por el barro con alas que yo soy[1].


[1] Antonio Murciano, De la piedra a la estrella, en Antología 1950-1975, Barcelona, Plaza & Janés, 1975, p. 179. Incluido en Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 22, de donde lo tomo.

El soneto de Lope de Vega «¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado…»

Vaya para este Sábado Santo un excelente soneto de arrepentimiento del Fénix —¡tantas veces gran pecador y otras tantas gran arrepentido!—, perteneciente a sus Rimas sacras (1614), el que comienza «¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado…»[1]. En el poema, que se construye como un apóstrofe al Señor (v. 1), el yo lírico se lamenta de lo apartado que ha estado de Dios, pese a sus continuas llamadas; da cuenta de sus zozobras y continuos vaivenes espirituales («Seguí mil veces vuestro pie sagrado / […] / y atrás volví otras tantas, atrevido», vv. 5-7); pero ahora («hoy que vuelvo con lágrimas a veros», v. 12), compungido y humillado ante el Dios humanado, pide quedar clavado con Él en la Cruz para mayor seguridad («clavadme Vos a Vos en vuestro leño, / y tendreisme seguro con tres clavos», vv. 13-14).

Clavos

El soneto completo dice así (para más detalles y paralelismos con otros textos de las Rimas sacras remito a las notas):

¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado[2],
y cuántas con vergüenza he respondido
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado[3]!

Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido[4],
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.

Besos de paz os di para ofenderos[5],
pero si, fugitivos de su dueño,
hierran, cuando los hallan, los esclavos[6],

hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme Vos a Vos en vuestro leño,
y tendreisme seguro con tres clavos[7].


[1] Lope de Vega, Rimas sacras, núm. XV, en Obras poéticas, ed., introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, p. 302 (cito por esta edición, poniendo Vos en mayúscula las dos veces en el v. 13). También en Rimas sacras, ed. de Antonio Carreño y Antonio Sánchez Jiménez, Madrid, / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006, p. 152. Reproducido igualmente en Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 51.

[2] La formulación en el arranque del poema recuerda los tercetos de otro famoso soneto de Lope de Vega, el que comienza «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?»: «¡Cuántas veces el Ángel me decía: / “Alma, asómate agora a la ventana, / verás con cuánto amor llamar porfía”! / ¡Y cuántas, hermosura soberana, / “Mañana le abriremos”, respondía, / para lo mismo responder mañana!».

[3] desnudo como Adán, aunque vestido / de las hojas del árbol del pecado: según el relato del Génesis, tras pecar en el Paraíso, Adán y Eva toman conciencia de su desnudez, se avergüenzan de ella y se cubren con unas hojas de higuera (o de parra, o del propio manzano, como en el cuadro de Alberto Durero, que es asimismo lo que indican los versos de Lope).

[4] Compárese con el terceto final de otro soneto de Lope también muy conocido, «Pastor que con tus silbos amorosos…»: «Espera, pues, y escucha mis cuidados, / pero ¿cómo te digo que me esperes, / si estás para esperar los pies clavados?».

[5] Besos de paz os di para ofenderos: en sentido estricto sería alusión al traicionero beso de Judas en el Huerto de los Olivos, cuando viene la patrulla a prender a Cristo y el beso es la señal para identificarlo. Pero, en un sentido más amplio, alude a todos los momentos de pecado y alejamiento de Dios, que suponen una ofensa contra el Creador. Como anota Manuel Casado, «Los pecados de quien hora son tan graves como la traición de Judas, que dio a Jesús un beso de paz para identificarle ante los que le iban a prender» (Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, p. 51, nota 7).

[6] fugitivos … los esclavos: los esclavos eran herrados (marcados con un hierro candente) con una S y un clavo, anagrama de la palabra esclavo.

[7] tres clavos: en la iconografía de la Crucifixión, durante el periodo románico se representaba a Cristo clavado a la cruz con cuatro clavos, dos para los manos y dos para los pies; en cambio en el gótico los clavos se reducen a tres, con un solo clavo para los pies, haciendo que uno esté colocado sobre el otro.

El soneto «Cristo» de Rafael Sánchez Mazas

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?

(saeta popular y Antonio Machado)

No solo los escritores de nuestros Siglos de Oro (Baltasar del Alcázar, José de Valdivieso, Agustín López de Reta, Lope de Vega, Góngora, Quevedo, etc.) han evocado líricamente la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. También autores de la época moderna y contemporánea han cantado este tema, y algunas de sus composiciones ya han quedado recogidas en entradas anteriores de este blog. Así, por ejemplo, «A Jesús crucificado» de Francisco Navarro Villoslada, el «Soneto a Jesucristo» de Bartolomé Llorens, el soneto «Sábado Santo» de Antonio Trujillo Téllez o la «Oda a Cristo resucitado» de Antonio López Baeza, entre otros muchos nombres que han abordado esta temática, entre los que cabría mencionar los de Gerardo Diego, Luis Rosales o Dionisio Ridruejo.

Pues bien, este soneto «Cristo» que copio para este Viernes Santo forma parte del libro titulado XV sonetos de Rafael Sánchez Mazas para XV esculturas de Moisés de Huerta (Bilbao, Edición Lux [Sabino Ruiz Impresor], 1917), el primer volumen de poesía publicado por Rafael Sánchez Mazas (Madrid, 1894-Madrid, 1966). Es el último de la serie, y en otros lugares se recoge con el título de «A Cristo crucificado». El soneto, que es un continuado apóstrofe al Señor (vv. 2, 6, 12 y 14), se construye bellamente con reiterados paralelismos: los ojos del hablante lírico se quedan mirando la Cruz y, «sin ellos quererlo», llorando «porque pecaron mucho» (primer cuarteto); asimismo, sus labios se quedan cantando y, «sin ellos quererlo», rezando, también «porque pecaron mucho» (segundo cuarteto); en fin, junto con la mirada y la palabra prendidas de Cristo crucificado se quedan igualmente el alma y la vida del arrepentido yo lírico (tercetos).

Museo Thyssen- Bornemisza

Este es el texto del soneto:

Delante de la Cruz, los ojos míos,
quédenseme, Señor, así mirando
y, sin ellos quererlo, estén llorando
porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos,
quédenseme, Señor, así cantando
y, sin ellos quererlo, estén rezando
porque pecaron mucho y son impíos.

Y así, con la mirada en Vos prendida,
y así, con la palabra prisionera,
como la carne a vuestra Cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera,
y así, clavada en vuestra Cruz mi vida,
Señor, así cuando queráis me muera[1].


[1] Cito, con ligeros retoques, por Antología de la poesía sacra española, selección y prólogo de Ángel Valbuena Prat, Madrid, Editorial Apolo, 1940, pp. 557-558. Incluido en Rafael Sánchez Mazas, Poesías, ed. de Andrés Trapiello, Granada, Comares, 1990, p. 167. Reproducido igualmente en Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 157.