«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (8)

Pasemos a analizar el segmento histórico presente en esta comedia de Eduardo Galán. La acción se sitúa en la primavera de 1628 y los amores reales que sirven de fondo a la acción (Felipe IV y la Calderona) son verdaderos. A eso hay que añadir la mención de anécdotas o hechos históricos concretos (así, los ratones soltados en la cazuela del teatro). En tercer lugar, el lenguaje y las costumbres retratadas contribuyen poderosamente a dar sensación de verosimilitud. Hay numerosas alusiones a la situación política y económica de España: se habla del «estado mísero y ruinoso de nuestros reinos» (p. 93)[1], en los que abundan los hidalgos pobres; los piratas ingleses abordan los galeones del oro indiano; las guerras de Flandes desangran al país, etc. Por lo menos en dos ocasiones se menciona que no se paga el sueldo a los criados de Palacio (p. 55 y 93). Hay que recordar todo lo relativo a la religión y los problemas de los judíos con la Inquisición.

Juan RanaSensación de gran verosimilitud proporciona la mención de detalles costumbristas: las calles sucias de Madrid (p. 45; se constata la poco salubre costumbre de arrojar las inmundicias desde las ventanas al grito de «agua va»), los valentones (p. 49), las gradas de San Felipe, verdaderos «mentideros de Madrid» (pp. 51 y 64); alusiones a conocidos cómicos de la época (la Riquelme, Amarilis, Alonso de Valdivia, Juan Rana…) y a escritores (Lope, Tirso, Moreto); al teatro o corral de comedias de la Cruz (con apuntes interesantes sobre las representaciones), notas sobre la mala consideración social de los cómicos (p. 72), alusiones a los pícaros de Lavapiés y las riberas del Manzanares, a los banqueros genoveses (p. 51), al sagrado de las iglesias (p. 72). Entraría en este mismo apartado la mención de topónimos madrileños: la plaza de la Cebada, el paseo del Prado, el Manzanares, la Puente Segoviana, la Casa de Campo, la calle de Huertas, las gradas de San Felipe, el balcón de Marizápalos, la Plaza Mayor, la calle del León… Y lo mismo diríamos del léxico: floreo de Villán (p. 50), marranos ‘judíos’ (p. 66), gallofero ‘el que comía la sopa boba de los conventos’ (p. 81), que proporciona cierto sabor de época, pero sin resultar pedante o recargado para el lector o espectador contemporáneo.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

El entremés: personajes, estilo y representación

Por lo que toca a los personajes del entremés barroco, existe un elenco fijo de máscaras o figuras, a saber, el bobo-alcalde, el vejete, el sacristán, el soldado, el estudiante, el médico, el barbero, el ciego, el negro…, más la mujer, a la que Huerta Calvo califica como «auténtica Dea ex machina del género entremesil»[1]. Arellano, por su parte, añade:

Personajes de los bajos oficios (sastres, venteros, pasteleros, criados, pajes) y representantes degradados de los hidalgos miserables y chanflones, rufianes y hampones, prostitutas y alcahuetas, pululan en el mundo del entremés, lo mismo que en la literatura burlesca y satírica de otros géneros. A menudo el mismo título hace referencia a este protagonismo de las figuras ridículas: basta repasar la colección de Cotarelo para encontrar, por ejemplo, entremeses De los habladores, Del astrólogo borracho, Del viejo casado con moza, De las gorronas, Del hospital de los podridos, Del doctor simple, Del indiano, De los ladrones engañados, De la endemoniada, Del sacristán Soguijo, De los rufianes, Del gabacho, De las viudas[2].

Si nos referimos al estilo, hay que subrayar que la lengua del entremés explota todos los recursos propios de la comicidad grotesca: hablas dialectales, latines macarrónicos, vocabulario popular (invectivas, insultos codificados, pullas, disfemismos…), onomástica burlesca, todos los registros expresivos del erotismo, alusiones escatológicas, etc. Sin duda alguna, el entremés ofrece un campo inmenso para todo tipo de experimentación lingüística.

En cuanto a la representación, el entremés se presta especialmente al histrionismo más exagerado. De hecho, el éxito de estas piezas es atribuible en muchas ocasiones a la habilidad de los actores, como el celebérrimo Cosme Pérez, alias Juan Rana, para quien se escribieron más de cuarenta piezas[3]: La boda de Juan Rana (quizá de Francisco de Avellaneda, aunque suele atribuirse a Cáncer), El desafío de Juan Rana (Calderón), El doctor Juan Rana (Quiñones), Juan Rana poeta (Solís), Juan Rana mujer y Juan Ranilla (Cáncer)…

El actor Cosme Pérez, Juan Rana


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 95.

[2] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 662.

[3] Existe abundante bibliografía sobre este actor-personaje, pero remito únicamente a la monografía de Francisco Sáez Raposo, Juan Rana y el teatro cómico breve del siglo XVII, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2005.