Mi perro Oker, el Guardián de la Ínsula

El otro día, en la primera entrada del blog, aludía a la Princesa y a los dos Guerreros de la Ínsula. Se me olvidó (¡olvido imperdonable!) mencionar también al «galgo corredor», que en realidad no es galgo, ni tampoco demasiado corredor: me refiero a Oker, un petit grifón vendeano, que es el Guardián de la Ínsula.

Mi perro Oker (palabra que en vascuence significa travieso…, o bien deforme, mal hecho, pero que en cualquier caso constituye un nombre músico, peregrino y significativo para un can) es noble por los cuatro costados. Y no lo digo solo porque haya nacido en León, sino también porque tiene el pedigree que acredita su raza y su afamada ascendencia. No es, pues, chucho callejero, ni quiltro mestizo, ni mucho menos «perro vago». Si por casualidad le fuera concedido el don de la palabra, como a los célebres Cipión y Berganza, él mismo podría hacerse de los godos, contándonos quiénes fueron sus padres y abuelos y trazando, en suma, el cuadro de su ilustre (que no pícara) genealogía.

Mi perro Oker llegó a la Ínsula por voluntad de la Princesa, quien logró vencer mis reticencias iniciales. Eso fue hace ya algunos años, cuando aún era cachorro, y aquí sigue. Siendo noble, como sin duda lo es, se ha convertido en un perro aburguesado, muy señor de su casa: él es quien más ha disfrutado del sofá durante todos estos años; podría decirse que duerme más que las mantas, y sus principales obligaciones se reducen a vigilar la Ínsula en nuestra ausencia. Cuando estamos en casa, disfruta de nuestra compañía y le gusta tumbarse al lado mientras uno ve la tele o lee en el balcón.

Mi perro Oker, seguramente, no sabe hacer demasiadas cosas. Obedece, sí, las órdenes de estarse quieto, de sentarse y de dar la patita. Ladra cuando uno contesta al timbre del portero automático. Nunca conseguí que hiciese aquello de ir a buscar y traer el palito o la pelotita, pero debo decir en su descargo que tampoco lo entrené demasiado en ese ejercicio que tanto gusta a muchos de sus congéneres. Además, ha tomado el mal hábito, cuando te descuidas, de robarse de la mesa la comida que ha quedado olvidada. Una cosa buena tiene, y es que me obliga a hacer un poco de ejercicio todos los días, sacándolo a pasear mañana, tarde y noche por los confines de la Ínsula.

Mi perro Oker es muy tranquilo y tiene buen carácter. Es muy bueno con los niños: se deja acariciar en el parque por la chiquillería y, sobre todo, soporta de buen grado todas las “perrerías” que le hacen los Guerreros de la Ínsula. Nunca se le ha conocido un mal gesto o una protesta.

Mi perro Oker, pese a su comentado aburguesamiento, conserva intacto su innato instinto de cazador: ventea, olfatea la tierra y da gusto ver cómo se para cuando ha localizado una posible presa (aquí me vendría bien haber leído recientemente a Delibes, para introducir algunas palabras más del léxico cinegético, pero no es el caso)… Cuando estamos en la calle, muchas veces oigo con orgullo los elogios que le dedican, del siguiente jaez: «¡Qué bueno tiene que ser este para el jabalí y el conejo!». Sin embargo, ay, hemos hecho de nuestro Oker un perro de casa, y no de caza.

En definitiva, mi perro Oker, el Guardián de la Ínsula, tiene sin duda muchas cosas buenas. Pero lo que más me gusta de él es su mirada leal y, sobre todo, la cara de buena persona que tiene…

Postdata: -Oker, ¿qué me quieres decir con esa miradita que me lanzas ahora? Ah, ¿que si leerá el blog alguna perrita que pueda ver tu foto y quiera ser tu novia? Olvídate, galán, que este es un blog académico y muy serio…