El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Hasta ahora el lector de Blancos y negros[1] de Arturo Campión solo ha conocido a los Ugarte a través de la mirada de sus enemigos, los Osambela. La presentación de doña María y sus dos hijos, María Isabel y Mario, se produce en el capítulo IV, cuando acude a Jaureguiberri el Padre Aguinaga[2]. Este capítulo sirve para completar el retrato (físico y sobre todo moral) de don Mario. El fraile, apodado por los liberales Padre Trabuco-Urnas dados sus ánimos belicosos y sus continuas ingerencias en los asuntos electorales, trae instrucciones del pretendiente carlista de cara a las elecciones que van a renovar la Diputación provincial: en concreto, pide —ordena— a don Mario que sea el candidato carlista para quitar el distrito a los liberales. Pero don Mario se niega, alegando las deudas contraídas por su casa tras la última guerra civil, pues es consciente de que existe para ellos riesgo verdadero de perder el solar nativo (en una prolepsis narrativa que anticipa lo que, de hecho, va a suceder más adelante):

—¿No sabe usted que la última guerra civil vino a desbaratar los restos de nuestro patrimonio, salvados casi milagrosamente de los estériles sacrificios que mi familia prodigó siempre a la causa? ¡Hoy mismo, si a nuestro principal acreedor se le antojase, podría vendernos el solar nativo, los últimos terrenos de una pingüe hacienda; y mi pobre madre habría de pasar los últimos años de su vida entre paredes extrañas! Vea usted; he renunciado a mis gustos, a mis aficiones, a mis hábitos. ¿Le parece a usted que para un muchacho joven que hizo su carrera en Madrid, gozando de las mejores relaciones de familia y sociedad, con el bolsillo repleto y bastantes ilusiones en la cabeza, no equivale a cambiar palacio por mazmorra venir desde la corte a Urgain, súbitamente, sin transición, como cuando se hunde el suelo que pisamos? Vivo entre estos montañeses, que son dueños de mi afecto por honrados y pobres. Dios se sirvió plantar en un rinconcito de mi corazón cierto amor a la naturaleza, del cual, lo confieso, no me había dado cuenta ni en el Retiro ni en las butacas del Real; hoy se desarrolló, y me consuela. Mis amigos de Pamplona y Madrid, mis primos de Bilbao, me llaman el oso de Andía: bromeando, dicen verdad. Pues mire usted, estoy aclimatado; y maldito si me acuerdo de teatros, casinos, bailes ni ateneos, que hace años me parecían la única razón de vivir. Aquí descubro el fondo de los corazones, como las guijas de los arroyos. Rústicamente, vivo entre los rústicos. Alivio, cuanto puedo, sus trabajos; participo de sus alegrías. Ellos me respetan y quieren; llevo el alta y baja de sus rebaños y conozco la cantidad y calidad de sus cosechas. Las primeras bocanadas de este licor fueron muy amargas. Otro hubiera luchado allí, en Madrid; yo no sirvo para eso. El papel de pobre con frac me horroriza. ¿Es resignación, cobardía, conformidad, orgullo, pereza? No lo sé; de todo habrá, a desiguales dosis. Hasta he renunciado al dulce propósito de casarme; ¿dónde hallar mujer, digna de mí, que no me desdeñe? Rica y de cuna humilde, su vanidad me compraría; pobre y bien nacida, doblaríamos nuestros males. Aquí soy un aldeano más; un García del Castañar. Habito la casa de mis padres y no quiero que de ella me lancen los alguaciles del Juzgado. Aquí nacieron los Ugartes y aquí morirá el último de ellos. En resumidas cuentas, yo y los míos pertenecemos a una sociedad que se desmorona, mejor dicho, a una sociedad que la mano de Dios borra del mundo. Por lo que a mí toca, carezco del orgullo de casta, la honradez es el más valioso pergamino, y la Providencia escribe sobre él nombres, sin acepción de clases: pero quiero ser digno de los míos. Nuestra hacienda montañesa, que es dilatada, vale poco, de suyo, excepto el arbolado, que podrá sacarnos de apuros si lo explotamos con pericia. Mi hermana se casará, debe casarse, y hay que dotarla cuanto sea posible para que haga buena boda. […] ¿Cómo, pues, he de desatender lo mío y meterme a nuevas aventuras, que para mí serán desventuras? (pp. 240-241).

Fray Ramón le espeta que antepone su interés personal al deber e insiste en que los leales han de sacrificarse y dar a la Causa, no solo la sangre, sino también el dinero. Don Mario, tras criticar la «ordenomanía» que en su opinión ha llevado a la ruina al partido carlista, reitera su negativa, lo que lleva al intransigente fray Ramón a concluir que el último de los Ugartes ya no es carlista, sino liberal: un traidor, apóstata, mestizo y renegado, tales son los insultos que dirige a su huésped[3].

Carlismo

Don Mario, en cualquier caso, ha tomado su decisión y renuncia a ser el candidato carlista en la lucha electoral. No obstante, tendrá una intervención decisiva el día de las elecciones: la pasión política ha dividido peligrosamente al pueblo en dos bandos irreconciliables, a la hora de acudir a las urnas la tensión en el ambiente es máxima y una chispa cualquiera puede desatar el incendio de la violencia. Entonces el abad don Javier pide a don Mario que ponga paz entre los grupos rivales y «con su prestigio, influencia y palabra» (p. 449) evite que corra la sangre. El joven hidalgo se niega en principio, argumentando que la pobreza y la calumnia (la lengua viperina de Celedonia se ha encargado de propalar la especie de que ha dejado embarazada a Josepantoñi, una de las mozas campesinas del pueblo) le han arrebatado todo su prestigio. Pero el abad le insiste para que cumpla con su deber, para que sea Ugarte hasta el fin. Espoleado por esas palabras, al recordar que el señor de Jaureguiberri siempre ha ejercido su bienhechora tutela sobre el pueblo de Urgain y sobre todo el valle, don Mario asume valientemente la responsabilidad que por tradición familiar recae sobre su persona: «Una llamarada de generosidad y entusiasmo le enardeció el pecho» (p. 450). Tras besar a su madre, toma las papeletas del fuerista Zubieta y arenga a los vecinos del pueblo instándoles a la paz, representada en esa candidatura que supera la estéril división de carlistas y liberales:

Mario, rodeado de los aldeanos, seguía perorando. La carga nerviosa, durante tantos días acumulada, rompía en afluente y persuasiva frase; hablaba el corazón al corazón, y sus palabras volaban con las alas de oro de la elocuencia. Los aldeanos, atónitos, pronto persuadidos y encantados siempre, bebían el discurso. Nunca les habían dicho cosas semejantes. Lo que en el fondo de su aversión latente a las luchas políticas era egoísmo y desaliento, herido por la varita de virtudes que a los guijarros trueca en diamantes, ahora resultaba nobles sentimientos y patrióticas virtudes. Pasaban, envueltas en luctuosas túnicas, las escenas de la guerra civil, y sobre ellas se cernía, coronada de luceros obscurecidos por vahos de sangre, la imagen de Nabarra. Amarrados a la más alta picota los partidos políticos, recordaba sus promesas, otras tantas mentiras; sus esperanzas, otros tantos fracasos; su ingratitud, su insolencia, sus rapiñas y matanzas, única sinceridad de ellos. Hablaba, no a la opinión, sino a la naturaleza; no al carlista y al liberal, facticios y circunstanciales, sino al nabarro; y ahondando más la peña viva, al éuskaro, recubierto por tantas capas de mentiras políticas, históricas y nacionales, sedimento de los tiempos. Y pasando de lo general a lo particular, les trazó el cuadro de su hermandad y concordia deshechas, de las amistades rotas, de los parentescos encizañados, de los beneficios raídos por la ingratitud: el cuadro repugnante y vivo de los odios de vecindad, de los rencores de campanario. Y terminó incitándoles, con tierna, patética y arrebatadora palabra, que volviesen a ser los de antes y fundiesen sus sentimientos en la urna, causa de tanta desunión, sacando de ella el nombre de don Enrique de Zubieta, único candidato por quien no habría en Urgain vencedores ni vencidos (pp. 451-452).

Don Mario es aclamado por sus vecinos y llevado en volandas. Los ánimos, hasta entonces encrespados, se distienden. Sin embargo, en medio del gentío se alza una mano cobarde y asesina: Casildo Zazpe, alias Cuadrau, cegado por los celos (piensa que Josepantoñi le desdeña a él porque está en relaciones con el señorito de Jaureguiberri), aprovecha la confusión para herir de muerte a don Mario con su descomunal navaja[4]. López Antón ha subrayado el valor simbólico de esta muerte[5], que pone de manifiesto el fracaso del fuerismo y de la unidad navarra por él predicada[6].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 232-233.

[3] Don Mario expresa así sus ideas: «El campo de la vida es demasiado vasto para que en él no quepan sino carlistas y liberales» (p. 244); «Luchemos por perpetuar la fisonomía castiza del pueblo nabarro, que ya empieza a descomponerse y alterarse. Cese el grito de los partidos españoles y resuene el himno de la hermandad nabarra. Nada haré para dividir; cuenten conmigo para unir» (p. 248).

[4] Casildo había jurado «por la hostia» que lo mataría cara a cara, como hombre, pero no cumple su promesa, y más tarde su padre le reprochará su cobardía: cuando el mozo alega que «Vulcar a un hombre, a nadie deshonra» (p. 463), Aquilino le dice que es así cuando se le mata cara a cara, y le acusa de tener las manos manchadas de sangre «¡toíca llaneza de bien y señorío!» (p. 463).

[5] «La muerte de Mario significa la erradicación de la idea euskara de Navarra, eliminada por las sectas ultraibéricas» (José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, p. 183).

[6] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

BlancosyNegros_TtarttaloEn la novela de Arturo Campión, la primera alusión a don Mario se produce en un diálogo entre el cacique liberal don Juan Miguel Osambela y el indiano don Santiago Gastaminza; el primero, al verlo pasar por la calle, lo califica despectivamente con el término señorón, en tanto que el narrador predica de él que es «un joven de arrogante aspecto […] a quien los aldeanos cedían la acera, saludándole respetuosamente» (p. 195)[1]. Este respeto que los campesinos sienten por el linaje de Ugarte —respeto que va acompañado de cariño sincero— será una de las notas repetidas a lo largo de la novela. Don Santiago, por su parte, es quien hace notar la pobreza que acecha a la familia, al comentar que a don Mario se lo comen las ratas. La distancia que separa a Osambelas y Ugartes —y la inquina de Juan Miguel contra el linaje hidalgo— se pone de manifiesto en el capítulo III, cuando su hija Robustiana le explica el proyecto de boda entre su hermano Perico y doña María Isabel de Ugarte, hermana de don Mario. En primera instancia, la idea aparece completamente disparatada a los ojos de Osambela, precisamente por la distancia que separa a las dos familias (comienza aquí el empleo de esa técnica de contraste o polarización, que seguirá utilizando el autor a lo largo de toda la novela):

—¡Badajo! ¿Has olvidado quiénes son los Ugartes, o qué? ¿Ignoras que son hidalguillos raídos, aristócratas ratonados, con más fachenda, pretensiones y orgullo de sangre azul y armas parlantes que deudas, que es cuanto hay que decir? ¿Olvidas que esa damisela es prima de condes, sobrina de marqueses, tía de duques, descendiente por línea recta y no interrumpida del mismísimo sobaco de Cristo? ¿Que es hija de doña María de Axpe-Salazar, descendiente, por lo menos, del gran Tamerlán? ¿Que esa maldita bruja tiene más humo en la cabeza que todos los bizcaínos, sus paisanos, juntos? ¿Que esa familia ugarteña es más antigua que la sarna y más limpia que el sol? ¿Que era casa armera y del brazo militar, ricos-hombres en Nabarra —¡más les valdría ser hombres ricos!—, infanzones en Bizcaya, de los parientes mayores en Guipúzcoa, obispos en Roma y calamidad en todas partes? ¿Que tienen sobre la puerta un escudo con más fieras y animalazos que muchú Bidel? ¿Se te ha ido de la sesera que Perico es hijo de Juan Miguel de Osambela, notario y villano por los cuatro abolorios, nieto de Lucas y bisnieto de Chaparro, el más insigne esquilador de toda esta barranca? ¿Que sus abuelas paterna y materna eran labradorazas de tomo y lomo, más cerriles, si cabe, que las de ahora, layaterruños y rascaboñigas? ¿Que si miran a nuestro linaje no encuentran asa señoril por donde agarrarnos? ¿Que don Mario es un carlistón fanático y yo un gran liberal? (pp. 218-219).

Como vemos, al resentimiento por la diferencia de clase se une en Juan Miguel Osambela la animadversión derivada de la militancia en bandos políticos irreconciliables. Sin embargo, los Ugartes están arruinados y tienen sus bienes hipotecados en 15.000 duros a don Juan Leoz. Este, un buen amigo de la familia, nunca hubiese cedido la hipoteca a una tercera persona; pero Leoz ha fallecido recientemente y a su hermano don Timoteo, que está entrampado, no resultará complicado comprarle la hipoteca. El maquiavélico plan de venganza ideado por Robustiana inmediatamente encandila a su padre: acuciados por la deuda, los orgullosos Ugartes habrán de acceder a la desigual boda. El narrador, adoptando aquí el punto de vista de Osambela (estilo indirecto libre), glosa así el plan maquinado:

¡Dónde mayor venganza, ni más completa y sonada, que injertar en el noble cedro del Líbano un tosco chaparro! Lograrlo por la fuerza y violencia, bien vistas las cosas, era recibir nuevos desaires. El precioso mueble se había de abrir con su llave propia. Descerrajarlo de un puñetazo, era confesarse ladrón de él: ¡hazaña digna de rufianes, en resumidas cuentas! ¡Pero contemplarse aceptado, ya que las circunstancias lo imponían, por el predominio de la razón sobre el sentimiento, aunque fuese a regañadientes, de igual modo que el enfermo consiente una amputación para no morirse, ¡qué triunfo, qué gloria, qué encumbramiento! ¡Cuánta consideración personal le tocaría a él, que en mil diversas ocasiones, a pesar de su dinero e influjo, había tenido envidia a la mayor veneración, al más cumplido afecto y al menos temeroso respeto que las gentes del país profesaban a los Ugartes, con quienes estaban unidos por esos invisibles lazos que la historia anuda silenciosamente! (p. 223).

En las líneas siguientes, se añaden nuevos datos que explicitan todo lo que separa a las dos familias, representante una de la tradición y otra de la modernidad:

Don Juan Miguel era «el escribano»; su familia «los del escribano»; don Mario era «el señor» (jauna); las personas de su casa «los del señor» (jaunenak). ¿Y cómo no, si todo hablaba a las gentes de la comarca de los Ugartes, y nada de los Osambelas? El puente de soberbia fábrica, tendido sobre el Arakil a costa de los antecesores de don Mario; la ruina de la torre, vestida de yedra y musgo, a cuyo amparo los progenitores de don Mario, allá en tiempos de Mari Castaña, rechazaban las incursiones de los guipuzcoanos, que se derramaban por el valle, saqueando y talando, desde las gargantas de Elkorre; la inscripción de la iglesia, reconstruida, así como dos manzanas de casas que formaban la calle denominada Eliza-kalea, con dinero de los abuelos de don Mario, después del voraz incendio del año 1604. Los Ugartes eran patronos de la iglesia, y el cabeza de la familia todavía se sentaba, durante las ceremonias religiosas, en puesto preferente, ocupando el majestuoso banco de roble tallado, con las armas de la casa y de la villa entrelazadas, aunque cuando asistía de oficio la corporación municipal, por cortesía dejaba el asiento al alcalde. Durante siglos y siglos los Ugartes fueron los cabos, los conductores, los guiones, el ejemplo, el sostén de aquellos montañeses, cuyas vidas y haciendas mil veces defendieron, de cuyas aspiraciones mil veces fueron portavoz y enseña. Ni aun la época moderna, letal para las tradiciones, había conseguido romper las que unían a esa familia con sus conterráneos, pues siempre los corazones de éstos y aquélla al unísono latieron. Ugartes fueron los capitanes del valle en la guerra contra la República francesa, y en la de la Independencia y en la de los realistas del año 22 y en las civiles de 1833 y 1872, y junta corrió su sangre, vertida por el plomo francés y el liberal. Los Ugartes eran el bosque centenario; los Osambelas el hongo efímero sin raíces, que nace de la corrupción de la tierra. Representaban éstos, en vez de servicios históricos, la improvisación social, los caprichos del acaso, la inmoralidad del éxito, la conquista de la influencia por medios ilícitos y mantenida por procedimientos torpes y artimañas repugnantes, el endiosamiento plebeyo, el poder envilecedor del dinero (pp. 223-224)[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.