Santa Teresa de Jesús en la ficción narrativa española contemporánea: introducción

Bien sabida es la trascendencia y el legado inmenso que ha dejado tras de sí la ingente figura de santa Teresa de Jesús[1]. Más allá de su santidad, de su acción como reformadora del Carmelo, de su labor como escritora y su impronta en el terreno espiritual, la santa de Ávila ha dado lugar a muchas recreaciones, en diversas artes (pintura, escultura, etc.) y también —lo que ahora me interesa— en la literatura. En el terreno literario, su figura ha sido evocada en todos los géneros: teatro, poesía, ensayo y, por supuesto, en la narrativa. En las próximas entradas, tras ofrecer un listado con el corpus de obras que muestran su presencia en la ficción narrativa española contemporánea (siglos XX y XXI), me detendré en el análisis de la novela El castillo de diamante (2015) de Juan Manuel de Prada, una de las de mayor interés y mayor calidad literaria de cuantas aparecieron en torno al centenario teresiano de ese año.

Santa Teresa de Jesús. Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria (1576).
Santa Teresa de Jesús. Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria (1576).

Antes de entrar en materia, y a modo de preliminar, señalaré tres premisas de las que parten mis reflexiones. La primera es, aunque resulte un hecho bastante obvio, que la novela histórica está de moda de unas décadas a esta parte. Basta con acercarse a la sección de novedades de cualquier librería para comprobarlo. Hay para ello poderosas razones de márquetin (premios, estrategias editoriales…), a lo que se suma el sostenido gusto por la historia (la sentencia ciceroniana «Historia, magistra vitae» sigue teniendo valor y vigencia a día de hoy: en un mundo complejo como el nuestro, saber de nuestro pasado nos ayuda a entender mejor nuestro presente, de forma que podamos afrontar en mejores condiciones nuestro futuro). Además, la novela histórica se desarrolla con mayor intensidad en épocas de crisis, entre otras razones porque es un molde que permite establecer paralelismos entre el pasado y el presente (y por ello es, también, un subgénero que se presta a la carga ideológica, en un sentido conservador o progresista). En las primeras décadas del siglo XIX, tras el éxito de Walter Scott y las Waverley Novels, los imitadores del maestro escocés fueron legión en toda Europa: escribir “a la manera de Scott” se convirtió en garantía de éxito editorial[2]. Mutatis mutandis, hacia finales del siglo XX el éxito de Umberto Eco con El nombre de la rosa (que —entre otras cosas— es una memorable novela histórica) relanzó el subgénero, y no solo en esa modalidad de ʻuna investigación detectivesca ambientada en algún momento de la Edad Mediaʼ; a ese cultivo del género se ha sumado la modalidad de la novela “del código” (asimilable en ocasiones —no siempre— al subgénero novela histórica).

La segunda premisa es que la novela histórica, en los últimos tiempos, siente predilección por el Siglo de Oro español, y así, no resulta difícil encontrar a distintos escritores áureos convertidos en personajes de ficción. El asunto, por supuesto, no es nuevo, pues ya desde el Romanticismo aparecen con frecuencia Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Villamediana (y algo menos Garcilaso, Calderón, Tirso o Góngora) protagonizando relatos de ficción histórica, ya sea como personajes principales, ya interviniendo en ellos de forma secundaria. Sin embargo, esta tendencia se ha multiplicado considerablemente en las últimas décadas (sobre todo en lo que llevamos de siglo XXI, podría decirse).

La tercera y última premisa es que a la novela histórica “le sientan muy bien” los centenarios. Un ejemplo señero lo tenemos con Cervantes; en lo que va de siglo se han acumulado las conmemoraciones cervantinas: en 2005, de la Primera parte del Quijote; en 2013, de las Novelas ejemplares; en 2014, del Quijote de Avellaneda; en 2015, de la Segunda parte del Quijote y de las Ocho comedias y ocho entremeses; en 2016, de la muerte del escritor, y en 2017, de la publicación póstuma del Persiles. Pues bien, en todos esos años hemos visto aparecer un verdadero aluvión de novelas con Cervantes convertido en personaje de ficción (y no hablo ahora de las recreaciones narrativas de don Quijote, que es otra materia distinta). Algo similar ocurrió con el centenario del nacimiento de santa Teresa en 2015, momento en el que se dieron a las prensas bastantes recreaciones novelescas de su vida, algunas en el año 2014 (adelantándose un poco a la conmemoración), varias más en el 2015 y algunas otras rezagadas que se sumaron en el año 2016, valga decir, en el “post-centenario”[3].


[1] Ver especialmente para su legado y trascendencia Esther Borrego y José Manuel Losada (eds.), Cinco siglos de Teresa. La proyección de la vida y los escritos de Santa Teresa de Jesús. Actas selectas del Congreso Internacional «Tan alta vida espero. Santa Teresa o la llama permanente de 1515 a 2015». Universidad Complutense de Madrid, 20-23 de octubre de 2015, Madrid, Fundación María Cristina Masaveu Peterson, 2016; y Esther Borrego y Jaime Olmedo Ramos (coords.), Santa Teresa o la llama permanente. Estudios históricos, artísticos y literarios, Madrid, Centro de Estudios Europa Hispánica (CEEH), 2017. Para el personaje de santa Teresa de Jesús, en general, remito también a Joseph Pérez, Teresa de Ávila y la España de su tiempo, Madrid, Algaba, 2007; Rosa María Alabrús y Ricardo García Cárcel, Teresa de Jesús. La construcción de la santidad femenina, Madrid, Cátedra, 2015; o Carlos Ros, Teresa de Jesús: vida, mensaje y actualidad de la santa de Ávila, Madrid, San Pablo, 2015, entre otros muchísimos trabajos posibles.

[2] Ver para estas cuestiones Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en La novela histórica. Teoría y comentarios, ed. Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998a, pp. 113-151; y «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en La novela histórica. Teoría y comentarios, ed. Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata, 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998b, pp. 11-50.

[3] Me centraré exclusivamente en la novela histórica, pero lo mismo podríamos decir con relación a otros subgéneros literarios: la literatura infantil y juvenil, la novela gráfica, el ensayo, el cine… y otras modalidades de recepción del personaje. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Santa Teresa de Jesús en la ficción narrativa española contemporánea: El castillo de diamante (2015) de Juan Manuel de Prada», en Esther Borrego Gutiérrez y Carlos Mata Induráin (eds.), Teresa de Jesús y su legado. Santidad y escritura. 400 años de su canonización, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2024, pp. 511-530.

«A la Oración del Huerto», de Cristóbal Cabrera

Vaya para este Martes Santo el soneto «A la oración del Huerto», del misionero y escritor del siglo XVI Cristóbal Cabrera, nacido en Burgos hacia 1513, que vivió en Nueva España protegido primero por el virrey Antonio de Mendoza y luego por Vasco de Quiroga. 

El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido)
El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido).

La humanidad de Dios, triste, afligida,
con pura sangre matizando el suelo[1],
rogaba al Padre con humilde celo
le escusase la muerte dolorida[2].

Un ángel le envió, su voz oída,
que ansí le dice, dándole consuelo:
«¿Qué es esto, Capitán de tierra y cielo?
¿Teméis la muerte, siendo vos la Vida?

Como hombre la temió; mas como fuerte
y eterno Dios, no hay cosa que le asombre;
y así el temor en ánimo convierte.

Pues di, cristiano indigno de tal nombre:
si Cristo, con ser Dios, temió la muerte,
¿cómo tú no la temes, siendo hombre?[3]


[1] con pura sangre matizando el suelo: según Lucas, 22, 44, Jesús sudó sangre en el huerto de Getsemaní durante su angustiosa oración antes de la crucifixión. Médicamente, este fenómeno se conoce como hematidrosis, y se produce cuando un estrés emocional extremo rompe los capilares, mezclando sangre con el sudor. 

[2] rogaba al Padre … le escusase la muerte dolorida: comp. Mateo, 26, 39: «Unos pasos más adelante, se inclinó sobre su rostro y comenzó a orar. Y decía: “Padre mío, si es posible, haz que pase de mí esta copa. Pero que no sea como yo lo quiero, sino como lo quieres tú”». 

[3] Cito con algún retoque por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 272.

El villancico «Canta, gallo, canta…» de Rodrigo de Reinosa

¡Aleluya, Aleluya,
ha nacido el Salvador!

Rodrigo de Reinosa, pseudónimo del bachiller Rodrigo de Linde (Reinosa, Cantabria, c. 1450-c. 1530), es poeta conocido por ser el creador de la lírica germanesca en lengua castellana. Ha sido estudiado por José María de Cossío, quien le dedicó un volumen en la Antología de escritores y artistas montañeses[1]. La primera obra impresa con su nombre, aunque perdida, es el Cancionero de Rodrigo de Reinosa de coplas de Nuestra Señora (Barcelona, 1513). Por otra parte, se le ha atribuido un Cancionero de Nuestra Señora, impreso tardíamente (León, 1612), pero tal atribución resulta problemática. Rodrigo de Reinosa fue muy popular en su época y sus composiciones se nos han conservado en distintos cancioneros y a través de pliegos sueltos. En sus poemas da entrada a personajes populares como rufianes, prostitutas, pastores, comadres, venteros, negros, etc. Cultivó también el tema navideño; al decir de Gerardo Diego, lo trata

de diversos modos y con variedad de intenciones. Una veces, anacrónica y deliciosamente, como en la letrilla a la Virgen para que abrigue al Niño con una de las dos mortajas de Lázaro, con la media capa de San Martín, el manto de Elías o el velo del Templo. Otras de manera un tanto conceptuosa y refinada. O como en el romance «Al Nacimiento», lleno de sagrado estupor. O bien, y es quizá su más tierna inspiración, cantando sobre el estribillo popular la inminencia del parto virginal[2].

Este último comentario se refiere al villancico que copio hoy, en el que la voz lírica corresponde a san José, que se dirige en apóstrofe al gallo (vv. 1-2), para que anuncie el amanecer del nuevo día; y luego ya, durante el resto de la composición, a su esposa María, cuyo vientre está  a punto de florecer con el nacimiento del Niño-Dios:

Canta, gallo, canta,
cata[3] que amanece;
y tú, Virgen Santa,
tu vientre florece[4].

El parto es llegado
de nuestra esperanza;
que Dios encarnado
nació sin dudanza;
por donde se alcanza
el bien que parece[5];
tu vientre florece.

A la media noche
acá entre nos
sin ningún reproche
nació hombre y Dios;
pues, Señora, a nos
por vos tal contece[6],
tu vientre florece.

Según me decíais,
y a mí me dijeron,
estas profecías
en vos se cumplieron;
pues vos escogieron[7]
porque Adam padece,
tu vientre florece.

Pues Dios nos echó
en este portal
do el Niño nació
por lo humanal;
en este arrabal,
con frío que crece,
tu vientre florece.

Si quieres que vaya
partera[8] a buscar,
el gabán y sayo
os quiero dejar;
en pobre lugar
todo esto acaece;
tu vientre florece.

Mientras vo[9], Señora,
partera a buscar,
quered vos agora
sola consolar:
no queráis llorar,
que a mí me entristece;
tu vientre florece.

Lumbre no tenemos
ni leña ninguna,
ni tampoco habemos[10]
mantillas ni cuna;
pues nuestra fortuna
todo esto merece,
tu vientre florece.

Con terrible invierno
y noche lloviosa[11],
sin ningún gobierno,
con pena penosa,
consuélate, Esposa,
aunque algo fallece[12];
tu vientre florece[13].

Adoración_de_los_pastores_Bonifazio_Veronese
Adoración de los pastores, de Bonifazio Veronese.


[1] Rodrigo de Reinosa, selección y estudio de José María de Cossío, Santander, Librería Moderna, 1950. Ver también Stephen Gilman y Michael J. Ruggerio, «Rodrigo de Reinosa and La Celestina», Romanische Forschungen, 73, 1961, pp. 255-284; La poesía de Rodrigo de Reinosa, estudio y ed. de José Manuel Cabrales Arteaga, Santander, Institución Cultural de Cantabria, 1980; Rodrigo de Reinosa, Poesía de germanía, ed. de María Inés Chamorro Fernández, Madrid, Visor, 1988; y, más reciente, Rodrigo de Reinosa, Obra conocida, ed. de Laura Puerto Moro, San Millán de la Cogolla, Cilengua, 2010.

[2] Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1953, pp. 19-20.

[3] cata: mira, date cuenta.

[4] florece: haz florecer.

[5] parece: aparece, se presenta.

[6] contece: acontece, sucede.

[7] pues vos escogieron: Diego lee este verso «pues a vos escogieron», largo; enmiendo para regularizar la medida del hexasílabo.

[8] partera: cambio la lectura de Diego, partero, por partera, como figura luego en el v. 41.

[9] vo: voy.

[10] habemos: tenemos.

[11] lloviosa: forma usual en la lengua antigua, con vacilación en la vocal átona.

[12] fallece: falta.

[13] Diego, La Navidad en la poesía española, pp. 20-22. Retoco ligeramente la puntuación y destaco en cursiva la cabeza del villancico y el verso repetido como estribillo. Diego cierra su comentario sobre este villancico con una nota humorística, en guiño regional: «Bien se echa de ver que este San José, disfrazado bajo el capote recio y pardo de Rodrigo de Reinosa, conocía bien las noches cerradas de cellisca y ventisca en Campóo de Suso» (p. 22).

El poema «Ya toda me entregué y di…» de Santa Teresa de Jesús

El estudio de la faceta poética de Santa Teresa de Jesús fue abordado también por el padre Ángel Custodio Vega, quien a la altura de 1970 escribía:

Que Santa Teresa es poeta y poeta de verdad y en todo, es cosa que nadie niega. Basta leer algún escrito suyo. Cualquiera, pero especialmente sus cartas, en las que su corazón y su mente se explayan y comunican sin trabas ni miramientos, en una efusión cordial e íntima con sus hijas o con sus amigas o amigos. Cartas hay que son verdaderos poemas en prosa, con su gracia inimitable, con sus ocurrencias y observaciones sorprendentes.

[…]

Pero, aparte sus escritos, y concretándonos a sus poesías propiamente dichas, no se puede negar que la santa alcanza en ellas las más altas cumbres de la poesía mística. Y decimos místicas, porque Santa Teresa es poeta en función de mística, o en torno a la mística. Y conviene que recalquemos esto, porque los temas que toca y las ansias de amor que exhala, y los arranques y gemidos que muestra, son todos de amor místico. Pero, como el hombre no tiene más que un corazón para amar a Dios y al hombre, evidentemente los movimientos e ímpetus de amor son también muy semejantes entre poetas y místicos. Los impulsos de amor, las reacciones violentas de éste, el mal de ausencia, el gozo de la presencia, las ansias de muerte y aun cierto odio a la vida, son todos ellos comunes a unos y otros amadores, como son también comunes las expresiones y conceptos. Uno de los temas de los poetas sentimentales, sea por temperamento o sea por condición de ambiente, ha sido en todos los tiempos, pero especialmente en los antiguos, el de vida y muerte, gozo y dolor, esperanza y desesperación. Entronquemos la poesía teresiana con esta tendencia y lucha de amor en trance de vida y muerte, de posesión o ausencia de amor[1].

Traigo hoy al blog el poema que comienza «Ya toda me entregué y di…», que tiene como motivo central el de la herida de amor («Hiriome con una flecha / enherbolada de amor») y muestra la identificación total de los amantes, el alma y Dios[2]. Es una composición que podemos poner en relación con el célebre pasaje de la Vida en que la santa de Ávila describe el episodio de su transverberación:

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento[3].

 

SantaTeresa_Transverberacion

Y este es el texto del poema, donde quien dispara la amorosa flecha enherbolada (las flechas se emponzoñaban con hierba,  ʽvenenoʼ)  es el «dulce Cazador» (Dios):

Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó herida,
en los brazos del amor
mi alma quedó rendida;
y, cobrando nueva vida,
de tal manera he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.

Hiriome con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado[4].


[1] Ángel Custodio Vega, La poesía de Santa Teresa. Sus fuentes y raíces, Madrid, Artes Gráficas Benzal, 1970, pp. 27-29.

[2] El amor transforma al objeto amado (el alma) y lo iguala con el amante (Dios). Remito para más detalles sobre estas teorías amorosas a la erudita monografía de Guillermo Serés La transformación de los amantes: imágenes del amor de la Antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996.

[3] Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, c. 29, 13, en Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, pp. 294-295.

[4] Cito por Santa Teresa de Jesús, Antología, ed. de María Pilar Manero Sorolla, Barcelona, Ediciones El Albir, 1987, pp. 423-424. El texto presenta algunas variantes en Obras completas, ed. citada de Tomás Álvarez, núm. 3, p. 1361: el v. 3 se lee «que es mi Amado para mí», y en los versos 6 y 8 las palabras en posición de rima son rendida y caída. Ahí figura bajo el epígrafe «Sobre aquellas palabras “dilectus meus mihi”», y con esta nota del editor: «Poema inspirado en la palabra del Cantar bíblico: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado” (Cant. 6,2)».

El poema «Coloquio amoroso», de Santa Teresa de Jesús

En una reciente publicación sobre la poesía de Santa Teresa de Jesús, escribe Joaquín Benito de Lucas lo siguiente:

La escritura en verso […] no es el vehículo expresivo más idóneo ni el que más utiliza la Santa [para manifestar sus vivencias espirituales]. Por eso no debe extrañarnos la poca atención que han dedicado a su poesía la mayor parte de los críticos en relación con el resto de sus obras. Conviene tener en cuenta que cuando ella escribe, Garcilaso ya ha completado prácticamente su obra de tema y métrica renacentista y que será la lira, estrofa «introducida en España por Garcilaso de la Vega» (Antonio Quilis), con la que Fray Luis de León expresará sus ansias de Dios y la armónica ordenación de las esferas celestes, y san Juan de la Cruz su encendida, mística e insólita visión de[l] mundo y de la divinidad.

Santa Teresa, por el contrario, parece ignorar los logros conseguidos por la poesía renacentista. Y es dentro de lo popular y a través de lo tradicional donde encontramos la mejor explicación para su obra poética[1].

JoaquinBenitoDeLucas

Pues bien, un bello ejemplo de esa lírica que bebe en lo popular y en lo tradicional lo tenemos en su «Coloquio amoroso», una poesía tan sencilla como emotiva que, como anuncia el epígrafe, presenta una estructura dialogada[2], una conversación de enamorados entre el alma y Dios:

—Si el amor que me tenéis,
Dios mío, es como el que os tengo,
decidme: ¿en qué me detengo?
O Vos, ¿en qué os detenéis?

—Alma, ¿qué quieres de mí?
—Dios mío, no más que verte.
—Y ¿qué temes más de ti?
—Lo que más temo es perderte.

—Un alma en Dios escondida
¿qué tiene que desear
sino amar y más amar,
y en amor toda encendida
tornarle de nuevo a amar?

—Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer un dulce nido
adonde más la convenga[3].


[1] Joaquín Benito de Lucas, La poesía de santa Teresa. Entre la tradición y lo divino, Madrid, Ediciones Rialp, 2015, p. 13.

[2] Considero que esa estructura dialogada se extiende al conjunto del poema (como sugiere la reiteración del vocativo «Dios mío» en los versos segundo, sexto y decimoquinto), de ahí que añada los guiones indicativos de diálogo al comienzo de las estrofas primera, tercera y cuarta.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, núm. 4, pp. 1361-1362, con algunos retoques en la puntuación. Además, en el verso 12 adopto la lectura «encendida» que traen algunas versiones para evitar la repetición de «escondida» en posición de rima; igualmente, en el verso siguiente prefiero «tornarle» a «tornarte» (entendiendo que quien enuncia estos cinco versos es la voz de la divinidad, y no el alma). Anota al pie el padre Álvarez que esta composición «Desarrolla el tema de la “igualdad de amor” entre Dios y el alma, motivo místico que será glosado por san Juan de la Cruz (Cántico 28,1; 38, 3)».

«En la festividad de los Santos Reyes», de Santa Teresa de Jesús

Copio para hoy, festividad de la Epifanía del Señor, otro villancico del ciclo navideño de Santa Teresa de Jesús. En nota al pie indica su editor moderno, el Padre Tomás Álvarez, que «Los doce primeros versos se conservan autógrafos en el carmelo de Savona (Italia)». La mención de Llorente en el v. 21 nos sitúa en un contexto pastoril. Los pastores, en efecto, se disponen a llevar al Dios humanado sus presentes («Llevémosle dones / de grande valor», vv. 13-14), sabiendo en cualquier caso que el mayor regalo que pueden ofrecerle es su amor y adoración: «Dale el corazón, / y yo esté empeñada», vv. 25-26).

Adoración, de Gentile

Pues la estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

Vamos todas juntas
a ver el Mesías,
pues vemos cumplidas
ya las profecías.
Pues en nuestros días,
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

Llevémosle dones
de grande valor,
pues vienen los Reyes,
con tan gran hervor.
Alégrese hoy
nuestra gran Zagala,
vaya con los Reyes
la mi manada.

No cures, Llorente,
de buscar razón,
para ver que es Dios
aqueste garzón.
Dale el corazón,
y yo esté empeñada:
vaya con los Reyes
la mi manada[1].


[1] Cito por Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1376.

«Al Nacimiento de Jesús», villancico de Santa Teresa

Vaya para el día de Año Nuevo este villancico pastoril dialogado de Santa Teresa de Jesús. Como bien anota el Padre Tomás Álvarez, los nombres de los pastores que hablan o se mencionan (Gil, Bras, Menga, Llorente) son los tradicionales en la poesía pastoril castellana. Y añade el dato de que «Todo el poema se conserva autógrafo: los primeros once versos, en el carmelo de Florencia; los restantes en el carmelo de Savona (Italia)». Como es habitual en este tipo de poemas, al tiempo que se canta el Nacimiento de Jesús se anuncia ya su pasión y muerte redentora de toda la humanidad:

Adoración, Bonifacio Veronese

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios omnipotente.

—Por eso nos ha sacado
de prisión a Satanás;
mas es pariente de Bras,
y de Menga, y de Llorente.
¡Oh, que es Dios omnipotente!

—Pues si es Dios, ¿cómo es vendido
y muere crucificado?
—¿No ves que mató el pecado,
padeciendo el inocente?
Gil, que es Dios omnipotente.

—Mi fe, yo lo vi nacido
de una muy linda Zagala.
—Pues si es Dios, ¿cómo ha querido
estar con tan pobre gente?
—¿No ves que es omnipotente?

Déjate de esas preguntas,
muramos por le servir,
y pues Él viene a morir,
muramos con Él, Llorente,
pues es Dios omnipotente[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1371. 

«Vivo sin vivir en mí», de Santa Teresa de Jesús

Continuaremos hoy el examen de las poesías de Santa Teresa de Jesús recordando una de sus composiciones más famosas y conocidas, la que glosa «Vivo sin vivir en mí…». Pero antes recordaremos lo que sobre su producción poética en general han escrito Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres:

Tiene, además, algunas composiciones en verso. Son, casi siempre, cancioncillas hechas con motivo de alguna festividad religiosa o para alegrar a sus monjas. Existen testimonios coetáneos de la gran facilidad y gracia que tenía la santa para improvisar este tipo de versos.

En realidad son muy pocas; se llegan a computar unas cuarenta pero la atribución de la mayor parte de ellas es más que dudosa. El motivo de esta inseguridad hay que buscarlo en que no estaban destinadas a la impresión sino que circulaban por tradición oral entre los conventos de la orden. No se recopilaron hasta el siglo XVIII.

Son glosas, canciones y villancicos escritos en metros tradicionales. Muchas veces aprovecha estribillos religiosos o profanos trasladados a lo divino. En ellas aparecen todos los temas tópicos de los cancioneros de los siglos XV y XVI: el cazador, el alba y la vela de amor, el servicio amoroso…, así como las antítesis de las que tanto gusta el género.

La más celebre es una glosa de «Vivo sin vivir en mí» y el villancico «Véante mis ojos», pero tanto una como otro son de dudosa atribución. En cualquier caso, las poesías que se le atribuyen, aunque algunas no sean suyas, responden perfectamente a su estilo personal[1].

Santa Teresa de Jesús

Sobre el «Vivo sin vivir en mí» explica el padre Tomás Álvarez que es

Poema compuesto sobre la base de una letrilla vuelta a lo divino. Las estrofas glosan varios pensamientos o sentimientos «paulinos» que la Autora vive intensamente como propios. El poema es probablemente coetáneo del que compuso san Juan de la Cruz, inspirado en la misma letrilla (hacia 1572)[2].

Su texto dice así:

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Solo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Solo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que solo me resta
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero[3].


[1] Felipe Pedraza Jiménez y Milagros Rodríguez Cáceres, Manual de literatura española, vol. II, Renacimiento, Tafalla, Cénlit, 1980, p. 485.

[2] En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1356, nota.

[3] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, núm. 1, pp. 1356-1357, con ligeros retoques en la puntuación.

Teresa de Jesús, una santa «trazadora de versos»

Santa Teresa de Jesús, cuyo quinto centenario del nacimiento estamos celebrando a lo largo de este año 2015, tuvo fama ya en su tiempo de ser buena «trazadora de versos»; ella misma decía que, «con no ser poeta», necesitaba cantar a través de sus versos la hermosura de Jesucristo. Esas composiciones poéticas que salieron de su pluma las escribía —siempre sobre temas piadosos— para entretener a sus monjas o aliviar la monotonía y el cansancio de los numerosos viajes que realizó la andariega de Dios. Muchas le han sido atribuidas por la tradición, pero resulta difícil saber cuántas y cuáles son realmente suyas y cuáles no. Parece que escribió siempre en metros cortos, populares, fuera de la línea iniciada por Garcilaso, a pesar de que esta fue seguida por otros grandes escritores espirituales como fray Luis de León y san Juan de la Cruz.

San Fernando y Santa Teresa

Su poema más famoso seguramente sea el que glosa la letrilla «Vivo sin vivir en mí…», que expresa su sed de eternidad en unión con la divinidad. Muy conocidos son también estos otros versos suyos:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta[1].

Anota Tomás Álvarez que

Es letrilla que llevaba consigo la Santa en su breviario, al morir en Alba de Tormes (1582). Existe una extensa glosa poética de esta letrilla, pero no hay indicios de que también esa glosa sea de la Santa.

En fin, terminaremos por hoy —pero habrá nuevas ocasiones de volver sobre la producción poética de santa Teresa— recordando su poema «Vuestra soy, para Vos nací: / ¿qué mandáis hacer de mí?». Este texto constituye la mejor expresión de una vida entendida como don del amor de Dios y como ofrenda a Él; aquí, en efecto, el yo lírico se entrega, poniéndose por entero en las manos de Dios:

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra, pues que me llamastes,
vuestra, porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
Amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida,
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración;
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
solo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme, pues, sabiduría,
o, por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí y allí,
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa,
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
solo Vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para Vos nací:
¿qué mandáis hacer de mí?[2]


[1] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1368.

[2] Cito por Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. de Tomás Álvarez, pp. 1358-1360, con ligeros retoques en la puntuación. El editor explica en nota al pie: «Poema que […] tiene amplias resonancias paulinas. Está inspirado en la palabra y el gesto de san Pablo en el camino de Damasco: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Ya en Vida había expresado la Santa reiteradamente ese sentimiento: «Vuestra soy, disponed de mí…» (V. 21,5)».

Dos evocaciones de Garcilaso por Rafael Alberti

(A mis alumnos del Programa Senior de la Universidad de Navarra,
con los que estoy repasando estas semanas algunas «Claves de la
literatura del Renacimiento», empezando por la poesía del príncipe
de los poetas castellanos, Garcilaso de la Vega)

Supuesto retrato de Garcilaso de la VegaLa figura señera de Garcilaso de la Vega, genial introductor en España de los metros y las formas estróficas de origen italiano —tarea en la que estuvo acompañado, aunque con algo menos de talento, por su amigo Juan Boscán—, fue recordada en numerosas ocasiones por los poetas del grupo poético del 27, quienes no solo admiraron su poesía, sino que conocieron su benéfico influjo, y tuvieron ocasión de celebrar, a la altura de 1936, el centenario de la muerte del soldado-poeta[1]. Rafael Alberti, en concreto, le dedicó dos evocaciones: la primera es el famoso poema que comienza «Si Garcilaso volviera…», incluido en Marinero en tierra (1924); la segunda es un texto menos conocido, la «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», de Sermones y moradas (1929-1930). El primero de los poemas dice así:

Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
que buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
que buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
que buen caballero era[2].

Como bien anota su editora, María Asunción Mateo,

La admiración —patente en toda su obra— hacia el poeta toledano le inspira esta canción, en la que rinde vasallaje poético a su figura y su obra. La mar, la vocación marinera, queda relegada —excepcionalmente— a un segundo plano, por seguir a la poesía, representada por el caballero Garcilaso.

Juan Ramón Jiménez elogió mucho este poema al propio Alberti[3].

Por otra parte, en Sermones y moradas (1929-1930) incluye Alberti el citado poema «Elegía a Garcilaso (Luna, 1501-1536)», que va encabezado por un verso garcilasista a modo de lema: «… antes de tiempo y casi en flor cortada». Se trata de un verso de la octava 29 de la Égloga III de Garcilaso, donde hace referencia a la muerte de una ninfa:

Todas, con el cabello desparcido,
lloraban una ninfa delicada
cuya vida mostraba que había sido
antes de tiempo y casi en flor cortada.
Cerca del agua, en un lugar florido,
estaba entre las hierbas degollada,
cual queda el blanco cisne cuando pierde
la dulce vida entre la hierba verde[4].

Rafael AlbertiPero aquí el sentido de ese verso se actualiza al aplicarse ahora —así lo entendemos al leer el contenido del poema— a la temprana muerte del poeta, fallecido como consecuencia de las heridas recibidas en una heroica acción de armas (el asalto a la fortaleza de Le Muy, en Francia, en septiembre de 1636, en el contexto de las guerras del emperador Carlos V con Francisco I de Francia). La muerte temprana, viene a sugerir poéticamente el texto («Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta»), es el destino reservado a los héroes, que abandonan pronto esta existencia mortal, pero que en compensación están llamados a vivir la inmortalidad de la fama:

… antes de tiempo y casi en flor cortada.
Garcilaso de la Vega

Hubierais visto llorar sangre a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
a un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los espejos de los castillos
a esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida
al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas y los laúdes se ahogan por arrollarse a sí mismos.

Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas
si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.

En el Sur siempre es cortada casi en flor el ave fría[5].


[1] Ver Francisco Javier Díez de Revenga, Un pasado, un presente: el Siglo de Oro español en nuestros contemporáneos, Madrid, Biblioteca Nueva, 2003. En el capítulo segundo, «Garcilaso de la Vega y la poesía contemporánea», comenta la presencia de Garcilaso en Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Jorge Guillén, Miguel Hernández, Rafael Alberti, etc.

[2] Cito por Rafael Alberti, Antología comentada (Poesía), ed. de María Asunción Mateo, dibujos de Rafael Alberti, Madrid, Ediciones de la Torre, 1990, p. 184. El poema puede escucharse, recitado por el propio Alberti, en el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=M5-MoREx3yI

[3] Antología comentada (Poesía), cit., p. 184, nota.

[4] Cito por Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elias L. Rivers, 6.ª ed, Madrid, Castalia, 1989, p. 202, con algún ligero retoque en la puntuación.

[5] Cito por Rafael Alberti, Con la luz primera. Antología de verso y prosa (Obra de 1920 a 1996), ed. de María Asunción Mateo, Madrid, EDAF, 2002, p. 202.