Vaya para hoy una nueva recreación poética de don Quijote, esta vez la del poeta navarro Jesús Górriz Lerga en su poemario Así, y todo (2001), composición de marcado tono entusiástico que destaca por la acumulación de formas verbales de futuro, una en cada pareado, que corresponden a las acciones que habrán de hacerse en seguimiento del ideal caballero de la Mancha.
Marcel Pajot, Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza.
Para encender la fe en un mundo nuevo pondremos rumbo a la región soñada.
Dejaremos la hacienda a la ventura, obstinados en busca del tesoro.
Limpiaremos emblemas y blasones ganados al sudor de cada hora.
Velaremos las armas en la venta armados caballeros de por vida.
Y saldremos a andar por los caminos resueltos a fraguar la paz del orbe.
Subiremos al monte del Gran Gozo arriesgando la piel a cada paso.
Miraremos el brillo de la nieve que aroma de silencio los paisajes.
Plantaremos un árbol, en espera de saberlo frondoso de aquí al tiempo.
Buscaremos el fresco de las yedras verdes, como esmeraldas en acecho.
Cruzaremos la jungla cuantas veces haga falta, si llora el cocodrilo.
Llegaremos, por fin, al horizonte, prestos a contestar cualquier llamada.
Sellaremos un pacto con aquellos que hagan de la alegría santo y seña.
Sostendremos la vida a toda costa, jugándonos la piel en el empeño.
Saldremos al camino, decididos a enderezar entuertos por doquiera.
Nombraremos princesa a la esperanza cansada ya de hacer de cenicienta.
Sostendremos el pulso de los nobles vagabundos que viven bajo el puente.
Bordaremos de azul el terciopelo acariciado y rojo de la sangre.
Pintaremos de claro el horizonte para cobrar la luz sin una mancha.
Y sellaremos para siempre el mundo con la razón de amar que es nuestro signo[1].
[1] Se incluye en el poemario Así, y todo, Pamplona, Medialuna Ediciones, 2001, pp. 83-85. Recogido también en Carlos Mata Induráin (ed.), Navarra canta a Cervantes. Homenaje poético en el IV Centenario de la publicación de la Primera parte del «Quijote», Pamplona, Universidad de Navarra, 2006, pp. 124-126; y en Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), introducción de Miguel dʼOrs, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2006, pp. 243-244.
Toda la «Silva de Teodoro» es, por tanto, una contraposición de la Ciudad de Dios y la confusa Babilonia del mundo, un elogio de la «vida retirada» en la paz de la cartuja. Aula Dei, el Alcázar o Cátedra de Bruno, no es solo un locus amoenus, una religiosa Arcadia (pp. 2-3), sino, más importante aún, un verdadero anticipo del Paraíso: «del Cielo franca puerta» (p. 10), «la tierra convertida en Cielo» (p. 11). Teodoro contrapone su rústica —pero honesta— comida, disfrutada sin preocupaciones, y la más suculenta —pero no siempre más placentera— de los grandes señores:
[…] hallo ya la comida preparada no de grandes manjares ni al antojo servidos (como el vulgo fabula neciamente) pero sin mezcla siempre de pesares, limpia, bien sazonada, y moderadamente al humano sustento suficiente, y de viles sospechas reservada, que el pobre de recelos vive ajeno y en su jarro jamás temió el veneno. Sin ruido ni embarazo, a comerla me asiento con menos fausto, pero más contento, que los grandes señores, y como ellos no anhelo a manjares estraños y exquisitos con que se vician más los apetitos (pp. 48-49).
Francisco de Zurbarán, San Hugo en el refectorio de los Cartujos (c. 1655). Museo de Bellas Artes de Sevilla (España).
Esta es la desengañada visión del mundo de Teodoro, que conoce bien sus enredos y contradicciones:
Veo los devaneos, los diversos empleos, y los discursos vanos de todos los humanos y encontrados en todo los deseos: de lo que el uno llora, el otro ríe; de lo que éste se agravia, aquél se engríe, porque donde uno pone la deshonra funda el otro la honra; lo que éste por inútil desperdicia, aquél por su mayor útil codicia. El uno olvida lo que el otro ama, lo que el uno encarece, el otro vitupera y aborrece y lo que éste recoge, aquél derrama; y así apenas, en tantos pareceres, concuerdan los pesares y placeres. Éste sigue la paz, aquél la guerra, éste trasiega el mar, aquél la tierra, éste desde su estudio mide el suelo y inmoble aquél se espacia por el cielo. Éste quiere el ruido de la caza y aquél más el bullicio de la plaza; éste procura el ocio, aquél sigue la causa y el negocio, y deste modo, nada de cuanto agrada al uno, al otro agrada (pp. 70-71).
El cartujo sabe que, en el proceloso mar del mundo, unas cosas se toman por otras, y a veces importa más la apariencia que la realidad. Sigue, en efecto, una larga tirada con diversas inversiones de valores, recurso tópico en la literatura clásica retomado por fray Antonio de Guevara y habitual en el XVII[1]:
Esto se toma en las inclinaciones, mas donde están los daños y mayores engaños es en las mal fundadas opiniones: el parlero se da por elocuente, el temerario pasa por valiente, el rígido por justo, el lascivo por hombre de buen gusto y el que es un insolente pasa en nuevo lenguaje por corriente. La mentira es ingenio y agudeza, la sátira y el chiste sacudido, y su autor, es jovial y entretenido; la humildad es bajeza, pundonor la venganza, la afectada lisonja es alabanza, la cautela es prudencia y el artificio del astuto, ciencia. Llámase santidad la hipocresía, el silencio, ignorancia, el valor, arrogancia, la prodigalidad, caballería, la detracción, donaire, el ser vicioso es gala y el no seguir esta opinión, desaire, estilo que ni el bárbaro lo iguala. Con tan falsos juicios dan color de virtudes a los vicios, y creciendo el abuso, el modo de pecar se vuelve en uso y prosigue la culpa con apariencia vana de disculpa (pp. 71-73).
A lo largo de la silva, Teodoro pide a Silvio que abandone sus estudios para ocupar una de aquellas celdas (pp. 40 y 58): dejará gozoso la vida mundana (pp. 40-41), porque esta otra vida de cartujo «es más para admirada que creída» y la muerte allí «más es para envidiada que temida» (p. 42). Silvio hace caso del consejo de su amigo, y al principio de su silva de respuesta afirma, con claros ecos gongorinos, que le ha salteado la luz de un castillo (o sea, la luz del poema de Dicastillo) cuando «erraba yo en la noche de mi engaño» (p. 67):
Pasos eran de errante peregrino, en soledad confusa, errados sin escusa y sin causa perdidos los que de un ciego engaño conducidos daba sin esperanza de camino, en noche tenebrosa… (p. 65)[2].
[1] Recuérdense, por ejemplo, los vv. 290-348 de Fuente Ovejuna.
Dentro de ese contexto festivo que veíamos en la entrada anterior, el texto de doña María de Peralta fue leído el día jueves, en el mencionado Convento de los Descalzos de Zaragoza[1], junto con otras composiciones presentadas al certamen quinto, en el que obtuvo el premio la glosa de un tal Jerónimo Zamorano. Pero hora es ya de reproducir el texto de la corellana:
No siendo Madre de Dios, no hallo santa a quien le cuadre llamarse Virgen y Madre, Teresa, mejor que a vos.
GLOSA
Paulo Quinto le mandó a toda la Rota viera la información que se dio de Teresa, y respondió la Rota desta manera: «Bien podéis beatificalla a Teresa, Padre, vos, pues es tal que no se halla Virgen que pueda igualalla no siendo Madre de Dios.
»Y según su información, no solo podéis llegar a la beatificación, pero con justa razón la podéis canonizar. Que es Virgen, y del Carmelo la Reformadora y Madre, y esta honra, Sancto Padre, mejor que a ella en el Cielo no hallo santa a quien le cuadre.»
Cuando el Pontífice vio lo que la Rota decía, luego la beatificó, y el canonizalla dio palabra de que lo haría. Por beata la confiesa en su breve el Santo Padre, dando en él licencia expresa para que pueda Teresa llamarse Virgen y Madre.
Con bien y merced tamaña estrañamente se goza y se regocija España, y con alegría estraña hace fiestas Zaragoza. Pero para merecer en ellas mucho con Dios, ¿qué santa pudiera haber a quien podellas hacer, Teresa, mejor que a vos?[2]
Santa Teresa de Jesús (1576). Pintura al óleo de fray Juan de la Miseria. Convento de las Carmelitas Descalzas (iglesia de San José), Triana, Sevilla (España).
Como es sabido, la glosa es una composición poética artificiosa formada por varias estrofas, cada una de las cuales se remata con un verso de un texto previamente existente. La de doña María se articula como una hipérbole: lo que se celebra ahora es la beatificación de Teresa de Jesús, pero sus virtudes son tan grandes, que el papa bien podría canonizarla (de hecho, sería canonizada pocos años después, en 1622). Este es el comentario acerca de la composición que figura en el propio Retrato de las fiestas…, en la «Sentencia» del certamen quinto:
Doña María de Peralta, clara y rutilante estrella que con sus rayos esmalta la hermosura de Corella[3], como reside tan alta desde allí quiso mirar a Paulo beatificar a nuestra Madre Teresa, y de aquella cuenta expresa pretendió en su glosa dar. Pero su escribiente ha errado en la palabra que dice que Su Santidad ha dado; eso se le contradice y su ingenio han laureado[4].
En cuanto a su estructura, la glosa se divide claramente en dos partes: la primera (las tres primeras estrofas) aclara que el papa ha solicitado un informe sobre Teresa de Jesús al Tribunal de la Rota y que este no solo recomienda la beatificación, sino incluso la canonización; a tenor de este informe, el papa la declara ahora beata y da palabra de incluirla en el canon de los santos (y esto es precisamente, como hemos visto, lo que se le criticaba a la autora en la «Sentencia»). En la segunda parte (la estrofa última) se pondera que las fiestas que se están celebrando en Zaragoza y, en general, en toda España no podrían dedicarse a otra santa mejor que a Teresa de Jesús.
Por lo demás, el texto no presenta mayor complicación léxica o sintáctica, ni requiere mayor comentario. Tampoco destaca especialmente por su ornato retórico. En definitiva, se trata de una composición que se explica en ese contexto hagiográfico de las fiestas zaragozanas con motivo de la beatificación de Teresa de Jesús, y en el marco mayor de ese gran siglo de la santidad que es el XVII español. Es un poema de circunstancias (uno más de los muchos al uso), sin especial calidad literaria, pero que he creído conveniente exhumar para ir completando la nómina de los escritores navarros del Siglo de Oro y el estudio de sus textos[5].
[1] Ver Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad, p. 92b. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.
[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.
La obra lleva censuras y aprobaciones de enero de 1637, así que podemos suponer que estaría acabada a finales de 1636. Pese a publicarse bajo el seudónimo de Miguel de Mencos[1], la paternidad del libro queda claramente desvelada en los poemas laudatorios. Al parecer, antes salió otra edición del poema sin permiso del autor[2], y hubo otra posterior publicada en Zaragoza, Imprenta de Pascual Bueno, 1679, con Dicastillo ya muerto, que presenta importantes adiciones. En cuanto a su intención, «Dicastillo —escribe Egido— elige como tarea literaria la descripción de la vida dentro de la Cartuja, para hacerla comunicable y modélica, con una función indudablemente didáctica en su empeño»[3].
Cartuja de Aula Dei (Zaragoza).
Dejando de lado los textos preliminares (admonición latina al lector, censuras y aprobaciones, dedicatoria, poemas laudatorios de diversos ingenios…), la obra se divide en tres partes: una «Carta de Teodoro a Silvio», la «Silva de Teodoro» y la «Respuesta de Silvio a Teodoro» (de esta última es autor el clérigo zaragozano Tomás Andrés Cebrián). Ha de notarse el valor simbólico de los nombres de los interlocutores: el cartujo refugiado en Aula Dei se llama Teodoro ‘regalo de Dios’, mientras que su amigo —al que aquel invita a retirarse allí— es Silvio, esto es, ‘silvestre, el que permanece todavía en la selva del mundo, sin conocer el cultivado jardín de Aula Dei’. Tres son los propósitos de Dicastillo: por un lado, describe la cartuja y su vida de cartujo, dedicada a la oración y el silencio: atendiendo una petición de Silvio —así se indica en distintas ocasiones[4]—, Teodoro le pinta con palabras el lugar de Aula Dei y la vida que allí lleva. Pero la «Silva de Teodoro» no es solo una descripción de tan idílico lugar, sino también —en segundo término— una invitación a su interlocutor Silvio para que acuda allí y se olvide de los falsos engaños del mundo, que son vanidad de vanidades. En tercer lugar, por boca de Teodoro, Dicastillo llora su vida pasada y se lamenta por haber tardado tanto tiempo en dejar el mundo, en responder a la llamada de Dios. El tema principal es, por tanto, el desengaño barroco de los valores mundanos, expresado con los tópicos clásicos del Beatus ille y del «menosprecio de corte y alabanza de aldea» (aldea que, en este caso, es la terrena Ciudad de Dios de Aula Dei, anticipo de la celestial). Teodoro —trasunto del autor—, que vive ya cautivo del amor de Dios[5], se lamenta así en la carta preliminar por su juventud perdida:
Aquí lloran mis ojos la libertad pasada de aquella juventud tan mal lograda, que esta prisión suave, donde en lo que es lo menos lo más cabe, cuando nací quisiera que albergue o tumba de mi vida fuera («Carta de Teodoro a Silvio», s. p.).
Más adelante, ya en la silva, explica que allí espera tranquilo la llegada de la muerte (p. 30). Y llora de nuevo el haber resistido durante un tiempo a la llamada del cielo:
Con estos ejercicios, la vida alegre paso, y tan contento, que aunque sé que se pasa, no lo siento, y lloro arrepentido de haber al Cielo un tiempo resistido impulso tan divino, imaginando cárcel este Cielo, y lo que es sumo gozo, desconsuelo. ¡Oh, loco pensamiento, que en la más dulce vida finges mayor tormento y tienes por feliz la más perdida! (p. 55)[6].
Teodoro vive feliz «en esta soledad apetecida» (p. 42) donde «todo es gozo y amor, y Dios es todo» (p. 56), y llora asimismo porque antes escribió versos profanos:
Salgo después al coro donde equívocamente canto y lloro: canto de Dios la gloria y lloro renovando la memoria de cuando yo algún día cantar versos solía de finezas humanas, tan olvidado destas soberanas, dando en vano instrumento, con toda propiedad, voces al viento (p. 60).
Ahora ha comprendido que todo lo terreno pasa (cfr. p. 63), conoce a la perfección los desengaños de lo caduco y sabe que el negocio principal del hombre consiste en la salvación del alma:
Con estos infalibles desengaños en que atento reposo, menosprecio del hombre más dichoso los gustos, las delicias, las riquezas, los honores, los timbres, las grandezas, pues todo viene al fin a rematarse solamente en salvarse o no salvarse (p. 64)[7].
[1] El título completo del libro es: Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza, fundación del excelentísimo príncipe don Fernando de Aragón, su arzobispo. Describe la vida de sus monjes, acusa la vanidad del siglo, acuerda las memorias de la muerte en las desengañadas plumas de Teodoro y Silvio. Conságrala a la utilidad pública don Miguel de Mencos…, Zaragoza, Diego Dormer, 1637.
[2] Así se indica en las palabras preliminares «Al letor».
[3] Egido, en su edición facsímil de Aula de Dios,Zaragoza, Libros Pórtico, 1978, p. 20.
[4] Teodoro explica que le envía la silva «más por obedecerte que por mía» y para atraerlo allí: «con ansias de que vivas donde vivo» («Carta de Teodoro a Silvio»). En la propia silva se insiste en que ha sido su amigo quien le ha pedido que describa su retiro: «… pues que me pides amoroso / que por menor te lo describa todo…» (p. 8).
[5] Se habla de esas cadenas de amor divino en las pp. 11 y 38.
[6] Se muestra avergonzado «de que a la voz de Dios respondí tarde, / siendo para mi bien siempre cobarde» (p. 55).
En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.
El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:
Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].
Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:
Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:
No siendo Madre de Dios, no hallo santa a quien le cuadre llamarse Virgen y Madre, Teresa, mejor que a vos.
A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].
[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.
El padre Miguel de Dicastillo (Tafalla, 1599-Cartuja de El Paular, 1649), religioso cartujo, es autor de Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza (Zaragoza, Diego Dormer, 1637; 3.ª ed., Zaragoza, Pascual Bueno, 1679), poema en silvas, de contenido didáctico, del que Hermilio Olóriz dio a conocer una versión refundida a finales del siglo XIX[1]. Contamos además con una edición facsímil del poema, de 1978, con estudio preliminar de Aurora Egido[2]. Aula de Diospertenece al género barroco del poema descriptivo[3], y —como ha destacado la crítica— con él Dicastillo se anticipa algunos años a la obra más característica del corpus, el Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos (1652) de Pedro Soto de Rojas.
En los versos de Dicastillo también se aprecia cierta influencia gongorina (González Ollé la detecta «tanto en sintaxis y léxico como en motivos concretos»[4]), aunque contenida, porque el estilo del cartujo tiende más a la claridad y sencillez que al exceso. Otros rasgos estilísticos mencionados por el citado estudioso son el amplio conocimiento de la cultura de la Antigüedad de que hace gala el autor, la presencia de situaciones y motivos contemporáneos vueltos «a lo divino» y el acertado tono poético general, mantenido —con algunos altibajos— a lo largo del poema. Para González Ollé, su calidad poética es patente, «pese a seguir los convencionalismos propios de un género que los tiene muy estrictos»[5]. Considero que este poco conocido poeta navarro y su poema son dignos de mayor atención, y así, en próximas entradas analizaré algunos aspectos de Aula de Dios. Pero antes recordaré los datos biográficos esenciales relativos a Miguel de Dicastillo[6].
Miguel de Dicastillo nació en Tafalla (Navarra) en 1599. Sus padres, Miguel de Dicastillo y Johanna de Muruzábal, pertenecían a la alta nobleza navarra. En los versos de su poema se lamentaría «de aquella juventud tan mal lograda», perdida entre los placeres de la caza a orillas del Cidacos (el río que pasa por Tafalla) y en la elaboración de poesías profanas, que no han llegado hasta nosotros. Ahora bien, esta indicación podría responder quizá a un mero tópico literario. Dicastillo ingresó como cartujo: el 29 de junio de 1626 profesa en Aula Dei, recibiendo el hábito de manos de su paisano el padre fray Martín de Zunzarren. En cuanto a su formación, es posible que contase con una base cultural de cierto rigor humanístico, pues era exigida para ingresar en la Orden de San Bruno. Para Egido, su cultura «atendía a los más variados temas»[7]. Esta investigadora alude también al ambiente de estudio —con su matiz de santificación personal— de la cartuja de Aula Dei, que contaba con una excelente biblioteca donada por Jerónimo Zurita hacia 1571. Sus monjes —explica— estaban en contacto con los escritores aragoneses, en especial con los de la Academia de los Anhelantes, que ya funcionaba en 1628 y que duraría hasta la muerte de su mantenedor, Juan Francisco Andrés de Uztárroz[8].
Ocupó Dicastillo algunos cargos dentro de su Orden: fue vicario y procurador de las cartujas de Las Fuentes, Aula Dei y La Concepción; y rector (5 de junio de 1645) y luego prior de la Concepción (1646-1649). El Capítulo general de la Orden lo envió a la Cartuja de El Paular (Madrid), y allí murió en el mes de junio de 1649. Su principal, casi única, obra literaria es el mencionado poema descriptivo Aula de Dios. Sabemos que empezó a redactar una Historia de San Bruno, pero no se nos ha conservado. Dicastillo se interesó por la obra de Gracián, autor que lo cita en el discurso XXVIII de la Agudeza y arte de ingenio (lo llama «elocuentísimo silencioso» y a su obra le aplica los calificativos de «grave, ingeniosa y culta»)[9].
[1]Aula de Dios. Poema del padre cartujo Fray Miguel de Dicastillo, refundido por Hermilio Olóriz, Pamplona, Imprenta de N. Aramburu, 1897.
[2] Miguel de Dicastillo, Aula de Dios, Cartuxa Real de Zaragoza (Zaragoza, 1637), ed. facsímil, con estudio preliminar de Aurora Egido, Zaragoza, Libros Pórtico, 1978. Citaré por este facsímil, pero modernizando las grafías y la puntuación.
[3] Para la poesía descriptiva en Aragón por aquellos años, véase el estudio preliminar de Egido a su edición facsímil de Aula de Dios, pp. 29-42.
[4] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, p. 122. Para Egido, Dicastillo «es menos fiel [que Soto de Rojas] a los moldes culteranos, que utiliza sólo en ocasiones, y se aleja, por su intencionalidad, de su modelo» (estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 43).
[5] González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, p. 122.
[6] Los resume Egido, en su estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, pp. 11-19, a quien sigo aquí.
[7] Egido, en su estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 15.
[8] Véase Egido, estudio preliminar a su edición facsímil de Aula de Dios, p. 18.
Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:
Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestasque a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].
Escudo de Corella (Navarra).
Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].
[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra:Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.
[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.
[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.
[4]Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.
Vaya para hoy, Sábado de Pasión, un hermoso soneto atribuido tradicionalmente a Calderón de la Barca. Dejando de lado la cuestión de la autoría, me limitaré a señalar que el poema, construido como un apóstrofe a «mi Jesús», «amable Jesús», «Jesús» (vv. 1, 9 y 14), recuerda —no solo por el contenido, sino también por su estructura paralelística— el célebre «No me mueve, mi Dios, para quererte». Llamo la atención sobre el hecho de que doce de las catorce rimas se consiguen con formas verbales de infinitivo + pronombre enclítico, siendo vida y herida (vv. 10 y 13) las únicas rimas con sustantivos.
Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid).
¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte, quiero cuanto hay en mí del todo darte, sin tener más placer que el agradarte, sin tener más temor que el ofenderte.
Quiero olvidarlo todo y conocerte, quiero dejarlo todo por buscarte, quiero perderlo todo por hallarte, quiero ignorarlo todo por saberte.
Quiero, amable Jesús, quiero abismarme en ese dulce abismo de tu herida, y en tus divinas llamas abrasarme.
Quiero en aquel que quiero transformarme, morir a mí, para vivir tu vida, perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme[1].
[1] Cito, con ligeros retoques de puntuación, por Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 156. En YouTube existen algunas versiones musicadas del texto, por ejemplo esta de Viviana Sassaro o esta otra de Eric Costa.
Como hemos podido comprobar en entradas anteriores, esta comedia de La belígera española de Ricardo de Turia[1]nos presenta a doña Mencía de los Nidos, personaje histórico, protagonizando lances de guerra y amor. Pese a que el título pudiera hacernos pensar que ella es el personaje más importante, en realidad no sucede así: ni está presente en escena todo el tiempo ni, cuando aparece, ocupa siempre el plano central. Desde el punto de vista dramático, lo que sustenta principalmente el enredo de la acción es la rivalidad amorosa entre Lautaro y Rengo por Guacolda. Es en el contexto de esos amores cruzados de los tres personajes araucanos donde se inserta la figura de doña Mencía y su acción hazañosa en la defensa de la ciudad de Concepción, contada por los cronistas como Góngora Marmolejo y cantada por los poetas épicos como Ercilla.
Tríptico de El joven Lautaro (1946), de Pedro Subercaseaux.
La comedia toma como fuente el episodio incluido en La Araucana, pero modifica muy libremente los acontecimientos históricos; y, como no podía ser de otra manera, nos transmite la imagen idealizada de una heroína decidida y valiente, capaz de convertirse en un sagaz caudillo que se pone al frente de las tropas españolas y logra vencer a sus enemigos. No se nos ofrece en el texto una descripción física de la virago, ni se insiste tampoco demasiado en su carácter varonil (sí, varias veces, en su deseo de no dejarse sujetar por nadie); y si al final corresponde al amor que don Pedro de Villagrán siente por ella, lo hace movida sobre todo porque este ha sabido mostrarse valiente en la batalla y hacerse merecedor de su amor. De forma que al final, en la persona de doña Mencía de los Nidos, Marte y Venus se dan la mano en esta comedia de La belígera española, que se queda a medio camino entre el drama «de hechos famosos» y la comedia de enredo amoroso, manejando recursos e ingredientes propios de uno y otro subgénero[2].
[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.
En La belígera española[1], los elogios del personaje de doña Mencía vendrán también desde el propio campo enemigo. En efecto, se produce ahora la llegada al campamento español del caudillo Rengo, que viene a ofrecerse con sus tropas para pelear contra su rival Lautaro (la incontrastable fuerza del amor le lleva a traicionar a los suyos, a su patria). Rengo elogia a la dama española y explica el sobrenombre que le han puesto (el cual es, no lo olvidemos, el título de la pieza):
RENGO.- Famosa doña Mencía de Nidos, fuerte Belona, a quien nuestro Arauco llama «la belígera española»; tú que con tus grandes hechos resucitas la memoria —para darle nueva muerte— de las fuertes Amazonas, pues dellas nos acordamos por tus hazañas famosas, y nos olvidamos dellas por tus proezas heroicas; tú que del supremo alcázar con tu fuerza milagrosa descïendes las deidades que nos espantan y asombran; tú que el aleve Lautaro, a quien ya la gente toda a veces furia le llama y a veces rayo le nombra, en medio el curso furioso de sus triunfos y vitorias, le detienes, le retiras, le amedrentas y le postras, como se vio cuando a vista de la ciudad belicosa de Santïago hizo un fuerte lleno de arrogancia loca; mas tú, en el primer asalto con tu gente valerosa, a términos le trujiste de dejar la plaza sola, tanto, que ya quebrantada su soberbia vanagloria de las armas apeló para una astucia engañosa… (vv. 2225-2260).
Johann Heinrich Wilhelm Tischbein, Amazonas (1788). Landesmuseum für Kunst und Kulturgeschichte (Oldenburg, Alemania).
Nótese en este parlamento la equiparación de la dama española con Belona, diosa de la guerra entre los romanos, y con las amazonas —dos alusiones clásicas en boca del indígena araucano—, así como el dato proporcionado por el relato de que doña Mencía ha vencido en armas a Lautaro. De hecho, el parlamento de Rengo continúa refiriendo en qué consistió cierta astucia de Lautaro y la desactivación de la misma por parte de doña Mencía (se insiste, por tanto, en su habilidad en los ardides de guerra, en sus buenas dotes de estratega):
RENGO.- […] y fue que, viendo que el sitio cercado está a la redonda de montañas, de manera quel hondo valle coronan, y la vega coronada de acequias es tan copiosa, que derribando los diques la vega en pantano tornan, quiso anegar aquel suelo porque la ligera tropa de tus caballos hundida quedase en la tierra floja y él pudiese sin peligro cantar la infame vitoria, pues como pájaro en liga tuviera la gente toda. Pero tú le penetraste el intento, a la sorda alzaste el campo una noche, que le hizo noche su gloria, y como cobarde liebre le tienes cercado agora en otro fuerte, que el miedo, aunque es flaco, fuertes toma y finalmente tú, que llegas a ser tan dichosa que Rengo a servirte viene con su gente y su persona (vv. 2261-2288).
En suma, su habilidad estratégica no solo ha logrado desbaratar la añagaza de Lautaro, sino que ha conseguido que este haya tenido que refugiarse en un fuerte. Y, en efecto, algo más avanzada la comedia vemos que doña Mencía marcha junto con Villagrán tras Rengo para llegar hasta las proximidades del fuerte donde se encuentra Lautaro. Don Pedro, en medio de los preparativos bélicos, prosigue con sus pretensiones amorosas… pero no es tiempo ahora para el cortejo, le recuerda la dama. Y ella misma participará en el asalto al fuerte, al frente de los hombres, guiados por Rengo hasta el lugar por donde el ataque puede resultar más sorpresivo (vv. 3007-3031).
Un último detalle redondea el retrato de doña Mencía de los Nidos, la «heroica española» (v. 3007), en la comedia de Ricardo de Turia. Igual que el texto ha puesto de relieve continuamente que es avisada en los asuntos de la guerra, en el tramo final va a destacar que resulta igual de perspicaz en las cosas del amor, pues se da perfecta cuenta de que Rengo ama a Guacolda y, así, dispone que se case con ella. Y no solo eso, sino que la mujer que tan esquiva se había mostrado siempre con don Pedro, ahora que ha comprobado su valiente comportamiento en el campo de batalla, cede ella igualmente al amor. Estas son las últimas réplicas de la obra:
DON PEDRO.- Tú que la pasión más fuerte (A doña Mencía.) que un amante trae consigo penetras, ¿la que padezco piensas de hoy más remedialla?
DOÑA MENCÍA.- Ya a darte gusto me ofrezco, pues hoy te vi en la batalla muy fuerte.
DON PEDRO.- ¿Que tal merezco? ¿Que tanto bien he alcanzado? Mi dicha en el mundo sola hoy me ha de hacer invidiado.
RENGO.- Y aquí tiene fin, senado, La belígera española (vv. 3275-3286)[2].
[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.