Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (2)

En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.

Portada del libro Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad

El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:

Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].

Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:

Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:

No siendo Madre de Dios,
no hallo santa a quien le cuadre
llamarse Virgen y Madre,
Teresa, mejor que a vos.

A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].


[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.

[2] Retrato de las fiestas…, s. p.

[3] Retrato de las fiestas…, p. 9a. Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús»Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (1)

Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:

Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestas que a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].

Escudo de Corella (Navarra)
Escudo de Corella (Navarra).

Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].


[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra: Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.

[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.

[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.

[4] Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.

[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

«Resurrección y vida», de Sebastián Urbano Baena

Vaya para hoy, Lunes de Pascua, un soneto de Sebastián Urbano Baena (La Malahá, Granada, 1904-Granada, 1977), autor de Canto eucarístico. Sonetos como el amor los quiere (Granada, Ediciones Antonio Ubago, 1989). Con este poema titulado «Resurrección y vida» cerramos el ciclo poético de esta Semana Santa.

Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Ares de San Fernando (Madrid, España)
Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España).

Así Te quiero, Dios: agua manante,
de tu muerto costado descendente,
viva, a mi encuentro, al muerto en mí viviente;
en mis vértebras río desbordante.

Así Te quiero: enamorado, amante,
y nominado Tú, tan tiernamente:
panal, pastor, pelícano muriente[1],
y vid de los sarmientos transformante.

Renáceme este aliento amortajado,
en surtidor perenne, cielo arriba.
Por la ventana del milagro, viva,

como aquella de Lázaro enterrado[2],
puede saltar el alma, si cautiva;
si sedienta, escondida en tu costado[3].


[1] pelícano muriente: el pelícano es símbolo cristológico bien conocido, dada la creencia, documentada en los bestiarios y la tradición animalística medieval, de que se hería en el pecho para alimentar a sus crías con su sangre. No anoto, por más conocidos, los otros nombres aplicados a Cristo en estos versos 7-8: panal, pastor y vid.

[2] ventana del milagro … Lázaro enterrado: alusión a la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús residente en Betania con sus hermanas Marta y María, a quien devolvió la vida después de llevar ya cuatro días muerto. Lo refiere Juan, 11, y ahí, versículos 25-26, Cristo proclama: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá». La resurrección de Lázaro anticipa y prefigura la propia resurrección de Cristo, demostrando su poder sobre la muerte. 

[3] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 303.

 

«Y al tercer día resucitó», de José Luis Ortiz de Lanzagorta

—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 
No está aquí; ha resucitado. 
(Lucas, 24, 5-6)

En años anteriores ya han quedado recogidos en el blog varios poemas dedicados a la Resurrección del Señor: así, el soneto «A la Resurrección», de Lope de Vega; «A la resurrección del Señor», de Bartolomé Leonardo de Argensola; la «Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza o el «Soneto de la Resurrección», de Francisco Luis Bernárdez, más la versión en español («Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza…») de la Secuencia de Pascua, «Victimae paschali laudes». Vaya para este nuevo Domingo de Resurrección un poema de José Luis Ortiz de Lanzagorta, que dice así:

Piero de la Francesca,  La Resurrezione (146-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia)
Piero de la Francesca,  La Resurrezione (1463-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia).

Señor, ya estás en pie.
Ya tu presencia ocupa el centro de la Historia.
Ya eres Cristo Total.
Eterna Pascua por derecho de Resurrección.

Amigos, alegraos:
Dios vive para siempre entre nosotros.

Él nos envuelve en la Alegría del mundo;
en la vida que no pasa;
en la ternura inmensa de tantas cosas bellas
que rodean el caminar del hombre:
un cántico, una flor, una mirada…

Todo es vida, Señor;
todo es luz,
todo es gracia,
todo es Dios…

Cristo nos envuelve en su Pascua[1].


[1] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 305.

«Consummatum est», de Julio Mariscal Montes

Es Viernes Santo. El Verbo, que se había humanado para habitar entre nosotros, muere —y muere una muerte de cruz, que en la antigua Roma era considerada la forma más infamante de ejecución, reservada para esclavos, rebeldes y enemigos del Estado que no fueran ciudadanos romanos— para, con su sangre redentora, ser la Salvación del mundo. Ese momento de la muerte de Jesús lo evoca este emotivo soneto —uno más— de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), que toma como motivo las últimas palabras de Cristo según Juan, 19, 30. 

José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Ya nunca más. El viento, solo juega
a rebuscar la vida por su frente,
mientras el mundo flota sin simiente
y la tarde sin flores se doblega.

Ya nunca. Nunca. El corazón se entrega:
Amor… Piedad… Señor. ¿Cómo se siente
¿Cómo, Señor, se doma la corriente
de esta sangre podrida y andariega?

Cristo está aquí clavado, remachado
a salivazo limpio[1] por la oscura
cerrazón de la noche en agonía.

Cristo con una rosa en el costado[2]
y la Última Palabra[3], seca y dura,
colgándole del labio todavía[4].


[1] a salivazo limpio: aunque el sentido de la expresión no es aquí literal, sino metafórico, evoca las burlas de los soldados romanos en el Pretorio de Jerusalén. Cfr. Mateo, 26, 67-28: «Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: “Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó”».

[2] una rosa en el costado: a su vez, esta metáfora anticipa la próxima herida de la lanza del centurión romano, identificado con Longinos (o Longino) de Cesarea, para asegurar la muerte del crucificado: «Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Juan, 19, 34)..

[3] la Última Palabra: las Siete Palabras de Jesús en la cruz son frases pronunciadas durante su crucifixión, recogidas en los evangelios y que resumen su mensaje de salvación, amor y entrega. La sexta de esas palabras, en la versión latina de la Vulgata, es el «Consummatum est» que da título al poema y que significa ʻestá consumadoʼ, ʻtodo está cumplidoʼ o ʻse ha terminadoʼ: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es”. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (Juan, 19, 30). En Lucas, 23, 46 la frase equivalente (Séptima Palabra), dicha a la hora novena (tres de la tarde), justo antes de expirar, es «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

[4] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 363-364.

«Al amor os convoco», de Jesús Arcensio

Vaya para hoy, Jueves Santo, este original soneto de Jesús Arcensio Gómez Sánchez (Galaroz, Huelva, 1911-Sevilla, 1992), en el que la voz lírica convoca en el lugar de la Crucifixión de Jesús a distintos elementos de la naturaleza, y al final «al mundo entero» (v. 9), no solo para consolar en su dolor al Cristo crucificado, sino para todos juntos alzar el Madero de la Cruz como bandera «contra las egoístas sinrazones / del odio, la injusticia y el dinero» (vv. 12-13).

Giotto y colaboradores, Crucifixión (1308-1310). Basílica Inferior de Asís (Asís, Italia)
Giotto y colaboradores, Crucifixión (1308-1310). Basílica Inferior de Asís (Asís, Italia).

Petirrojos convoco, golondrinas
y nubes de algodón a restañarte
la sangre de tus llagas y arrancarte
la raíz del dolor con las espinas.

Convoco de mi amor a las ruïnas
para desenclavarte y abrazarte;
a mi aliento convoco para darte
vida a Ti que a la Vida nos conminas.

Al Gólgota[1] convoco al mundo entero
para que, en comunión de corazones,
alce como bandera tu Madero

contra las egoístas sinrazones
del odio, la injusticia y el dinero.
¡Y así no habrá ya más crucifixiones![2]


[1] El Gólgota (del arameo Gûlgaltâ) o Calvario (del latín Calvariae Locus) es el lugar de la crucifixión de Jesús, mencionado en los cuatro evangelios. Significa ʻLugar de la Calaveraʼ y se situaba extramuros de Jerusalén. 

[2] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 289-290. En el v. 5 edito «ruïnas» en vez de «rüinas».

«A Cristo en la Cruz», de Ramón de Garciasol

Vaya para este Miércoles Santo el soneto «A Cristo en la Cruz» de Ramón de Garciasol (seudónimo de Miguel Alonso Calvo, Humanes, Guadalajara, 1913-Madrid, 1994), con el comentario con el que se lo envió al antólogo Leopoldo de Luis:

Cuando hice estudios sobre el Homo albaterensis, allá por la primavera-verano de 1939, escribí este soneto que te copio, pues desconozco si Luis Guarner llegó a publicar su antología de poemas religiosos. […] Te pongo aquí este poema en función testimonial y documentaria. Algunos me dijeron entonces que el soneto es más Cristo-Pueblo que Cristo-Símbolo. No lo sé. Lo que recuerdo es que le escribí con la muerte hasta la garganta. Además, Cristo era —y es— pueblo también —uno de los nombres que se le olvidaron a fray Luis—, como nos advierte su origen, su encuadramiento humano. Y por algo el pueblo lleva su cruz, en la que a menudo acaba izado por cabezonerías, egoísmos e ignorancias[1].

Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.
Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.

El poema dice así:

Si no fuera por Ti, ¿quién disipara
esta espesa negrura que me crece
como bosque de luto? Me parece
habitar el dolor. Veo tu cara

chorreada de sangre que saltara
la soberbia brutal que entenebrece
la historia de los hombres y amanece
en mi pecho por tu mirada clara.

Tu Cruz echa raíces en la roca
estéril hasta ahora de mis días
y tu cruel Pasión limpia mi boca.

Seré digno de Ti. Si no me dejas
las espinas darán sus profecías.
Estás por mí en la Cruz y no te quejas[2].


[1] Ramón de Garciasol, «Sobre la poesía religiosa (Carta a Leopoldo de Luis)», en Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 67-68.

[2] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, p. 67.

«A la Oración del Huerto», de Cristóbal Cabrera

Vaya para este Martes Santo el soneto «A la oración del Huerto», del misionero y escritor del siglo XVI Cristóbal Cabrera, nacido en Burgos hacia 1513, que vivió en Nueva España protegido primero por el virrey Antonio de Mendoza y luego por Vasco de Quiroga. 

El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido)
El Greco y taller, Oración en el huerto de Getsemaní (c. 1589-1590). National Gallery (Londres, Reino Unido).

La humanidad de Dios, triste, afligida,
con pura sangre matizando el suelo[1],
rogaba al Padre con humilde celo
le escusase la muerte dolorida[2].

Un ángel le envió, su voz oída,
que ansí le dice, dándole consuelo:
«¿Qué es esto, Capitán de tierra y cielo?
¿Teméis la muerte, siendo vos la Vida?

Como hombre la temió; mas como fuerte
y eterno Dios, no hay cosa que le asombre;
y así el temor en ánimo convierte.

Pues di, cristiano indigno de tal nombre:
si Cristo, con ser Dios, temió la muerte,
¿cómo tú no la temes, siendo hombre?[3]


[1] con pura sangre matizando el suelo: según Lucas, 22, 44, Jesús sudó sangre en el huerto de Getsemaní durante su angustiosa oración antes de la crucifixión. Médicamente, este fenómeno se conoce como hematidrosis, y se produce cuando un estrés emocional extremo rompe los capilares, mezclando sangre con el sudor. 

[2] rogaba al Padre … le escusase la muerte dolorida: comp. Mateo, 26, 39: «Unos pasos más adelante, se inclinó sobre su rostro y comenzó a orar. Y decía: “Padre mío, si es posible, haz que pase de mí esta copa. Pero que no sea como yo lo quiero, sino como lo quieres tú”». 

[3] Cito con algún retoque por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 272.

«El Cirineo», de Julio Mariscal Montes

Vaya para este Lunes Santo otro bello soneto de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), dedicado a Simón de Cirene, el Cireneo (o el Cirineo), una persona que «venía del campo» y, según los evangelios (Mateo, 27, 32-33; Marcos, 15, 21-22 y Lucas, 23, 26-27), ​fue obligado a ayudar a Jesús a cargar con la cruz hasta el Gólgota.

Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).
Tiziano, Cristo camino del Calvario (c. 1560). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

La artesa y el olivo; el hormiguero
de afanes por la yunta o el verano…
Desde su amanecer ya era mi mano
justa para abrazar este madero.

Me equivocó la brisa de sendero,
que iba a los surcos y me trajo al grano;
me equivocaba este pujar en vano
hacia un terrible y último tempero.

Pero rugió la plebe: «Este que viene
cumplido de pujanza…». La mirada
del Hombre se hizo estrella: amanecía.

Jesús, de Nazaret. Yo, de Cirene.
Luna y sombra cumpliendo una jornada
que ya iba a repetirse cada día[1].


[1] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, p. 363.

«¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte», soneto atribuido a Calderón de la Barca

Vaya para hoy, Sábado de Pasión, un hermoso soneto atribuido tradicionalmente a Calderón de la Barca. Dejando de lado la cuestión de la autoría, me limitaré a señalar que el poema, construido como un apóstrofe a «mi Jesús», «amable Jesús», «Jesús» (vv. 1, 9 y 14), recuerda —no solo por el contenido, sino también por su estructura paralelística— el célebre «No me mueve, mi Dios, para quererte». Llamo la atención sobre el hecho de que doce de las catorce rimas se consiguen con formas verbales de infinitivo + pronombre enclítico, siendo vida y herida (vv. 10 y 13) las únicas rimas con sustantivos.

Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid)
Cristo crucificado (c. 1667), Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid).

¿Qué quiero, mi Jesús? Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí del todo darte,
sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable Jesús, quiero abismarme
en ese dulce abismo de tu herida,
y en tus divinas llamas abrasarme.

Quiero en aquel que quiero transformarme,
morir a mí, para vivir tu vida,
perderme en Ti, Jesús, y no encontrarme[1].


[1] Cito, con ligeros retoques de puntuación, por Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 156. En YouTube existen algunas versiones musicadas del texto, por ejemplo esta de Viviana Sassaro o esta otra de Eric Costa.