El soneto de Quevedo «Vinagre y hiel para sus labios pide»

Dedico la entrada de hoy a
Amancio Mata Sanz (1926-2020),
in memoriam

Vaya para este Viernes Santo, día de dolor y luto, y sin posibilidad por ahora de mayor comento, este soneto de don Francisco de Quevedo, quien entre sus poesías religiosas cuenta con algunas dedicadas específicamente a la Pasión y Muerte de Cristo.

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Tal es el caso, por ejemplo, de su soneto «En la muerte de Cristo», que comienza «Pues hoy derrama noche el sentimiento…», o de este otro que reza así:

Vinagre y hiel para sus labios pide,
y perdón para el pueblo que le hiere:
que como sólo porque viva, muere,
con su inmensa piedad sus culpas mide.

Señor que al que le deja no despide,
que al siervo vil que le aborrece quiere,
que porque su traidor no desespere,
a llamarle su amigo se comide,

ya no deja ignorancia al pueblo hebreo
de que es Hijo de Dios, si, agonizando,
hace de amor, por su dureza, empleo.

Quien por sus enemigos, expirando,
pide perdón, mejor en tal deseo
mostró ser Dios, que el sol y el mar bramando.

«Epifanía», de Víctor Manuel Arbeloa

Como ya he indicado en otras ocasiones, Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es un escritor que ha abordado con frecuencia la temática navideña, y lo he hecho como estudioso y como creador, en distintos momentos de su dilatada trayectoria poética (véase la entrada que le dediqué hace algún  tiempo). En el blog han quedado recogidos también su «Villancico cruel a un subnormal no nacido» y, hace unos pocos días, su «Nana en el día de los Inocentes». Vaya hoy, para esta festividad de la Epifanía (o manifestación) del Señor, su poema «Epifanía», correspondiente a la sección «Dios se ha revelado» de su poemario Dios es hombre para siempre (1966). Se trata de una composición arromanzada (con rima í o), pero con la particularidad de que los versos impares son heptasílabos y los pares pentasílabos.

ReyesMagosMurillo.jpg

La adoración de los Reyes Magos, de Bartolomé Esteban Murillo.

Ante él se postrarán todos los reyes
y le servirán todos los pueblos.
(Salmo 71, 11)

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos

El oro del Dios Rey
los ha atraído.
La nube del incienso
del Dios Santísimo.
Y la mirra olorosa
del Dios nacido.

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos…

Todos los continentes
todos los siglos
se fueron tras la estrella
del regocijo
¡Al espacio y al tiempo
rige este Niño!

Hasta Belén llegaron
tres peregrinos
tres magos babilonios
tres adivinos
cabalgando una estrella
por los caminos
[1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 161.

El soneto «Desde otro oriente», de Rafael Maya

Rafael Maya, abogado y diplomático colombiano (Popayán, 1897-Bogotá, 1980), fue también poeta, periodista y autor de ensayos y estudios críticos, como por ejemplo Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944), Los tres mundos de Don Quijote y otros ensayos (1952), La musa romántica en Colombia (1954) o Los orígenes del modernismo en Colombia (1961). Entre su producción literaria se cuentan títulos como La vida en la sombra (1925), Coros del mediodía (1930), Después del silencio (1935), Final de romance y otras canciones (1940), Alabanzas del hombre y de la tierra (1941), Tiempo de luz (1945), Navegación nocturna (1955), La tierra poseída (1965), El retablo del sacrificio y de la gloria (1966), El rincón de las imágenes (1972), El tiempo recobrado (1974) o De perfil y de frente (1975), entre otros. Fue Premio Nacional de Poesía en 1972, y en 1979 se publicó su Poesía completa.

Para esta Noche de Reyes, copio su poema «Desde otro oriente», un soneto de alejandrinos (versos de catorce sílabas, con una cesura al medio, separando los dos hemistiquios: 7 + 7), de sabor modernista:

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La adoración de los Reyes Magos, de Pedro Pablo Rubens.

Noche clara y fragante, casta noche lejana
de mi niñez… La estrella ronda por la colina;
el séquito, pesado de yelmos, se avecina
y en tanto los camellos presienten la mañana.

Oro, cofres, esclavos. Pasa la caravana.
Llevadme con vosotros, oh, Magos, al divino
infante sobre cuya desnudez el pollino
sopla el vaho caliente de su piedad humana.

¡Oh, Rey viejo, oh, Rey mozo, oh, Rey negro! Parado
frente al portal dejadme un camello, de hastiado
mirar, bajo la lumbre que en el cenit destella.

Yo montaré desnudo sobre su giba hirsuta,
y desandando el tedio de vuestra larga ruta,
vendré desde otro oriente con una nueva estrella[1].


[1] Cito por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 338, con algún ligero retoque en la puntuación. En el verso 12 restituyo la palabra «sobre», sin la cual el verso queda cojo. El texto original puede verse en Rafael Maya, La vida en la sombra, 1920-1925, Bogotá, Editorial de Cromos, 1925, p. 68.

El «Soneto para un alumbramiento», de Jesús Górriz Lerga

Ya en otras ocasiones he traído al blog algunos poemas navideños de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-2016). En una entrada antigua pueden leerse el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor», y en una más reciente, de estas mismas navidades, he añadido su «Villancico que repite la letanía de siempre». Hoy traigo el «Soneto para un alumbramiento», perteneciente también a su poemario Memorial del gozo (Pamplona, edición del autor, 1994), todo él de temática navideña. La composición se basa en la invocación de Cristo como «luz de luz» del Credo («… Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero…»), repetida paralelísticamente a lo largo de los catorce versos.

luz

Lumen de lumine

En la luz de tu luz amanecido,
por la luz de tu luz iluminado,
con la luz de tu luz transfigurado,
tras la luz de tu luz enardecido.

Con la luz de tu luz esclarecido,
tras la luz de tu luz alucinado,
en la luz de tu luz ensimismado,
por la luz de tu luz reconocido.

Con la luz de tu luz favorecido,
por la luz de tu luz vivificado,
en la luz de tu luz sobrecogido.

A la luz de tu luz encaminado,
con la luz de tu luz estremecido,
en la luz de tu luz glorificado[1].


[1] Lo cito por Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), introducción de Miguel dʼOrs, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2006, p. 186.

 

El soneto «San José», de Jacinto Fombona Pachano

El venezolano Jacinto Fombona Pachano (Caracas, 1901-1951) fue un destacado escritor (poeta, narrador y ensayista) que, en su juventud, formó parte de la denominada «Generación del 18» y más tarde se unió al grupo poético surgido en torno a la revista Viernes (1936). Se dio a conocer en el mundo de las letras con su novela El batallón (1922), al mismo tiempo que se dedicaba al periodismo y el ensayo. Sus principales títulos poéticos son El canto del hijo (1925), La comedia (1927), Virajes (1932) o Las torres desprevenidas (1940), que pasa por ser su obra más destacada.

Este poema navideño suyo se centra en la figura de san José que, sin ser la más destacada en la celebración navideña, tampoco está ausente de la poesía de este tiempo. El soneto destaca por su construcción anafórica, con la repetición de «En casa de José» al comienzo de cada estrofa.

SanJoseConElNiño

San José con el Niño, de Sebastián Martínez.

 

Su texto completo dice así:

En casa de José, ¡qué ardido nardo![1]
Y es flor al par de íntimo contorno,
donde no sufren: el cristal, bochorno;
garra, el balido; ni la pluma, dardo.

En casa de José no medra cardo,
ni el hacha duerme, ni descansa el torno,
y alondra de salida o de retorno,
la hormiga del Señor lleva su fardo.

En casa de José, ¡qué alegre lumbre!
La oveja hila, y guarda la techumbre
o el ojo del arcángel y la estrella[2].

En casa de José sueña María
que el Niño entre viñedos florecía[3]
y abrazada a sus pies lloraba Ella[4].


[1] ardido nardo: el nardo es emblema de la pureza virginal, sobre todo de María; además, la iconografía representa a san José con una vara de nardos (la flor es conocida popularmente como «vara de san José»).

[2] el ojo del arcángel y la estrella: alusiones, respectivamente, a la Anunciación a María por el arcángel san Gabriel y a la estrella que guio a los Reyes Magos hasta el Portal de Belén.

[3] el Niño entre viñedos florecía: remite a Juan, 15, 1-8: «Yo soy la vid verdadera», etc. Este verso y el siguiente parecen hacer alusión, además, a la muerte de Cristo en la Cruz (es frecuente en la poesía navideña que, al tiempo que se canta la alegría de su nacimiento, se anuncien ya las penas y sufrimientos de la Pasión y Muerte).

[4] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 143.

El «Villancico del incendio y el campanero», de Emilio Breda

Del argentino Emilio Breda ya había traído al blog, en alguna ocasión anterior, su «Villancico del marinero». Para este día de Nochevieja transcribo su «Villancico del incendio y el campanero», un sencillo poema (un romancillo —versos hexasílabos— con rima é o y forma dialogada), que reza así[1]:

Luz

—Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca las campanas.
Salgan los bomberos.

En ese pesebre
se ha encendido un fuego.

Grita el buey y el asno
entre los luceros

Corren los pastores.
Corren los corderos.

Aplaude el palmar.
Saltan los camellos.

Las uvitas gimen
entre los viñedos.

Las olivas ríen
en el árbol viejo.

Los trigales danzan
la danza del viento.

—Tú calla y escucha
la voz de los vientos.

—No, no es esa luz
la luz de un incendio.

Es la luz de un Niño,
de un niño pequeño,

que redime al mundo
con su triste sueño.

—Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca las campanas
por el Niño Bueno.

Toca las campanas
por el mensajero.

Toca las campanas
por el Carpintero.

Toca las campanas
también por sus celos[2].

Toca las campanas,
tú, buen campanero.

Toca por la Virgen
y Gabriel partero[3].


[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 247-248.

[2] por el Carpintero … por sus celos: el Carpintero es José, y sus dudas ante el embarazo de María constituyen un motivo tradicional en la poesía de Navidad. Véase, por ejemplo, el «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano.

[3] Gabriel partero: el arcángel san Gabriel es el encargado de la Anunciación a María («Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús…», Lucas, 1, 31-33). Aquí, festivamente, se le asocia al parto.

«Villancico triste para un Niño sin posada», de Ángel de Miguel

De Ángel de Miguel Martínez, poeta castellano-navarro (burgalés de nacimiento, en La Nuez de Arriba, pero afincado en Estella desde hace muchos años), ya había quedado recogido en el blog su precioso y cantarín «Villancico de la Fuente de Irache». Ahora, respondiendo amable a la petición del Gobernador de esta Ínsula Barañaria, me envía, en prueba de amistad, su inédito «Villancico triste para un Niño sin posada». El poema, de grácil ritmo (se construye con ágiles tetrasílabos), pone de relieve el desvalimiento del Niño Jesús recién nacido, que no ha encontrado posada abierta para Él, y que se ve reconfortado únicamente por distintos elementos de la naturaleza (astros, escarcha, nieve, agua, noche-vaca, luna-mula, estrella, auroras).

PortalyEstrella

Este es el texto del villancico:

Para el Niño
no hay posada,
solo hay astros
que lo guardan.

Para el Niño,
pan de escarcha,
miel de nieve,
roscos de agua…

Y la noche,
negra vaca
que le muge
sol de nanas.

Y la luna,
mula blanca
que le rumia
madrugadas.

Y una estrella
oxidada,
pezoncillo
de luz pálida

que lo arrulla
y amamanta
mientras llega
la mañana.

Para el Niño
no hay posada,
solo auroras
desoladas.

«Nana en el día de los Inocentes», de Víctor Manuel Arbeloa

Víctor Manuel Arbeloa (Mañeru, Navarra, 1936- ) es otro escritor que se ha acercado con mucha frecuencia a la temática de la Navidad, en una doble faceta de estudioso y de poeta, según quedó consignado en una entrada anterior. En otra ocasión, también un 28 de diciembre, he recordado su «Villancico cruel a un subnormal no nacido». Para el día de los Santos Inocentes de este año copio otro poema ad hoc, su «Nana en el día de los Inocentes», correspondiente a la sección «Poemas inéditos» de su poemario La otra Navidad (1996). La composición es sencilla y no requiere mayor comento.

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La matanza de los inocentes, de Pedro Pablo Rubens.

Día de los Inocentes

Tengo miedo al fantasma
que anda de noche
asustando a los niños
que no conoce.
No es un fantasma, mi niño,
sólo es un hombre.

—Tengo miedo al dragón
que vuelve al monte
con los niños que roba
y los esconde.

—No es dragón, niño mío,
que sólo es hombre.

—Tengo miedo a los lobos
negros del bosque
que se llevan los niños
y se los comen.

—No son lobos, mi niño…
Duerme…
¡¡Son hombres!![1]


[1] Cito por Víctor Manuel Arbeloa, Obra poética (1964-2010), prólogo de Jesús Mauleón, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2010, p. 786.

El «Villancico que repite la letanía de siempre», de Jesús Górriz Lerga

El nombre de Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-2016) ya se había asomado a este blog como fino cultivador poético de la temática navideña, al tratar precisamente de «La Navidad de los poetas navarros». Todo un poemario suyo está dedicado a esta materia; me refiero a Memorial del gozo (Pamplona, edición del autor, 1994), título significativo, porque gozo e inmensa alegría es lo que nos trae la Navidad. Como certeramente escribe Miguel dʼOrs,

Memorial del gozo es una colección de villancicos (en el hoy usual sentido navideño del término), que prolonga una tradición, casi tan antigua como la poesía española misma, en que brilla una larga teoría de figuras ilustres, desde Gómez Manrique, Fray Ambrosio Montesino, Fray Íñigo de Mendoza, Juan del Encina y otros poetas de hacia 1500 —de nombre conocido o no— influidos por el franciscanismo y la “devotio moderna” hasta contemporáneos jóvenes, como José Mateos o Abel Feu, pasando por Lope de Vega, Góngora, Gerardo Diego, Luis Rosales, Aquilino Duque o los hermanos Murciano; una tradición —no puedo dejar de notarlo— considerablemente viva entre los poetas navarros de la segunda mitad del siglo XX, supongo que en gran parte a causa del fuerte sustrato católico, y aun sacerdotal en no pocos casos, que los caracteriza[1].

En esa entrada anterior ya quedaron transcritos algunos poemas suyos como el «Villancico del anuncio gozoso», el «Villancico del vagabundo», el «Villancico del corolario que resume el gozo», los «Gozos para entonar en la Nochebuena» y el «Romancillo de la Natividad del Señor». Hoy transcribo su «Villancico que repite la letanía de siempre», perteneciente a ese mismo poemario, Memorial del gozo, que se construye como una acumulación de vocativos dirigidos a la Virgen María, como una letanía, entre los que destacan los nombres de flores a Ella aplicados (clavelina, retama, camelia, rosa, buganvilla, azucena…).

Virgen

Jan Brueghel el Joven, Virgen con el Niño.

La emotividad del texto se refuerza por el empleo de diminutivos (doncellica, galanica, virgencica), en tanto que el uso del hexasílabo (romancillo, pero con rima diferente en cada estrofa) dota de grácil musicalidad al poema.

A la clavelina,
a la perla fina.
(Lope de Vega)

Clavelina blanca,
doncellica hermosa
retama florida,
florecida rosa
que donáis de amores
lo que de graciosa.

Estrella del alba,
camelia bendita,
preciosa entre todas,
que disteis la vida
al Dios del Eterno
para su venida.

Limpia como el oro,
madre virginal,
galanica y bella,
rosa en su rosal,
que nos dais al niño
celeste y mortal.

Clavelina blanca
flor de buganvilla,
virgencica guapa,
serena y sencilla,
que dais a la tierra
tan buena semilla.

Azucena abierta,
granada crecida,
sol del Sol más claro,
perla, la más fina…[2]


[1] Miguel dʼOrs, introducción a Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo, Institución Príncipe de Viana), 2006, p. 23.

[2] Lo cito, con algún ligero retoque, por Jesús Górriz Lerga, Obra poética (1950-2006), p. 189.

«Zagalejo de perlas, / hijo del Alba», villancico de Lope de Vega

Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.

Vaya para este gozoso día de Navidad otro villancico de Lope de Vega, incluido también en Pastores de Belén (como otros ya recogidos en el blog: «De una Virgen hermosa / celos tiene el sol», «Nace el alba María, / y el Sol tras ella» o «Campanitas de Belén»). Antonio Carreño nos recuerda el contexto narrativo en que se inserta este poema:

Canta esta composición Aminadab, el hombre «leído y sabio en las divinas letras» y «después de haberle dicho mil amorosos requiebros, bastantes a enternecer las piedras de aquellos muros, cuánto más los corazones de aquellos santos pastores». Le acompaña Palmira con su voz e instrumento (ff. 401-402). Es este villancico una de las más destacadas nanas a lo divino de la lírica española[1].

Y en nota a los vv. 1 y 9 explica:

Es Zagalejo de perlas porque ha nacido del Alba, que es María, de ahí la asociación con las perlas. Se creía que estas nacían del rocío que dejaba el alba al salir el sol.

El Pastor como el Cordero son imágenes iconográficas que ha consagrado la liturgia en himnos y en representaciones plásticas.

VirgendelLibro_Botticelli

Sandro Botticelli, Virgen del libro.

Una vez más, el Fénix nos brinda un villancico que es pura delicadeza, una composición plena de ritmo y musicalidad:

Zagalejo de perlas,
hijo del Alba,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Como sois lucero
del alma mía,
al traer el día
nacéis primero;
Pastor y Cordero
sin choza y lana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Perlas en los ojos,
risa en la boca,
las almas provoca
a placer y enojos;
cabellitos rojos,
boca de grana,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?

Que tenéis que hacer,
pastorcito santo,
madrugando tanto
lo dais a entender;
aunque vais a ver
disfrazado el alma,
¿dónde vais, que hace frío
tan de mañana?[2]


[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 611.

[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 203. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 298, p. 611, con ligeros retoques en la puntuación (añado coma al final del verso 2, y también coma tras vais en el estribillo).