«Hosanna», de Julio Mariscal Montes

Vaya para hoy, Domingo de Ramos, este bello soneto de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), que evoca la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén.

Juan de Flandes, La entrada de Cristo en Jerusalén (1496-1504), óleo que forma parte del Políptico de Isabel la Católica. Patrimonio Nacional, Galería de las Colecciones Reales (Madrid). Inventario 10002024.
Juan de Flandes, La entrada de Cristo en Jerusalén (1496-1504), óleo que forma parte del Políptico de Isabel la Católica. Patrimonio Nacional, Galería de las Colecciones Reales (Madrid). Inventario 10002024.

¡Jerusalén! ¡Jerusalén…! Ardía,
traca de «hosannas»[1], viva, la mañana,
cizañando la esquina y la ventana
con un último ramo de alegría.

Marceaban los campos; se sentía
orondear la espiga y la manzana,
y esa sangre podrida que engalana
un ramalazo oscuro de agonía.

Jesús cruzaba entre los ramos: era
raya en el mar, luna de abril subiendo
calles de un mundo tornadizo y loco.

Se espesaba de azul la primavera,
y entre «hosanna» y «hosanna» iba sintiendo
que empezaba a morir poquito a poco[1].


[1] «Hosanna» proviene de la expresión hebrea hōša’nā, que significa ʻte ruego que salvesʼ, ʻsalva ahoraʼ o ʻsálvanos, te pedimosʼ. Aunque comenzó como una súplica de ayuda, pasó a usarse como un grito de júbilo, alabanza y reconocimiento mesiánico, especialmente cuando la multitud lo exclamó durante la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén (téngase en cuenta que el pueblo judío esperaba la llegada de un Mesías con poder político-militar que lo liberase de la opresión romana, y no uno que predicase la paz y la mansedumbre). 

[2] Incluido en El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 265.

«La visitadora», de Antonio Murciano

Antonio Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1929), en solitario o al alimón con su hermano Carlos, ha cultivado con frecuencia la temática navideña en su poesía. En el blog pueden leerse sus poemas «La Nochebuena del astronauta» y el «Villancico de los qué dirán», más otro, «Romance viejo de la madre nueva», fruto de la mencionada colaboración fraternal. Vaya para hoy su composición titulada «La visitadora», que recrea con tensión dramática la llegada al Portal de Belén de una «mujer seca, harapienta y oscura» (v. 3). María teme al ver que se acerca a la cuna y ofrece algo al Niño. Cuando la mujer se alza, se la ve transformada, radiante de hermosura («¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!», v. 18): es Eva, que ha ofrendado al Niño la manzana mordida del Paraíso.

Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso
Eva ofrenda al Niño Jesús la manzana mordida del Paraíso.
Imagen creada con IA (Gemini).

A la memoria de los hermanos Tharaud

Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.

Venía sucia de barro, de polvo de caminos.
La iluminó la luna y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.

Tenía los cabellos largos, color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo;
en sus ojos se abría la primera mirada
y cada paso era tan lento como un siglo.

Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra, ¡oh, Dios!, ¿qué llevaría?…
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.

La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba. También la mula. El buey
mirábala y rumiaba igual que si tal cosa.

Era Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María, al conocerla, gritó y la llamó: «¡Madre!».
Eva miró a la Virgen y la llamó: «¡Bendita!».

¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aún era pura, dura la nieve y fría.
Dentro, al fin, Dios dormido, sonreía teniendo
entre sus dedos niños la manzana mordida[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 73. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.

«Huerto de Melibea», de María Victoria Atencia

Vaya para hoy este breve poema de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), uno de los muchos suyos en los que encontramos reminiscencias de nuestros clásicos. Aquí, de la Celestina (recordemos las palabras de Calisto, en el Acto I; cuando Sempronio le pregunta ¿Tú no eres cristiano?, él responde: «¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo»).

Huerto de Melibea (Salamanca).

El poema es el segundo de la sección «En el joyero Tiffanyʼs» de su poemario El coleccionista (1979):

Escribió en su poema mi nombre, ya inmortal,
y me subió con él en su carro de fuego.
de por vida o por muerte —conceptos revisables—
en Melibea creo y de Calisto soy[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 128.

«Canción de invierno y de verano», de Ángel González

En entradas anteriores he transcrito aquí algunas composiciones de Tratado de urbanismo de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. A «Inventario de lugares propicios al amor», «Soneto para cantar una ausencia» y «Soneto para imaginarte con exactitud» añado hoy «Canción de invierno y de verano», que es el noveno poema de la sección «Intermedio de canciones, sonetos y otras músicas», del mismo libro. Dice así:

Valparaíso

Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los balandros soleados arrastran por la superficie del Pacífico Sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
—rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, pp. 9-10.

«Las palomas», de María Victoria Atencia

Vaya para hoy un nuevo poema de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), recientemente galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, que se suma a las composiciones «Blanca niña, muerta, habla con su padre», «Sazón» y «Epitafio para una muchacha» transcritas en los días anteriores. «Las palomas» (fechado el 6 de diciembre de 1975) forma parte de su poemario Los sueños (1976).

Padre con su hija en un parque con palomas

Con un tiempo lentísimo los paseos del parque
se desplazan en torno a las palomas mientras
a mi padre me acercan, lo rebasan y siguen
y nuevamente tornan en su giro, rozándolo,
y grito y no me oigo y las palomas vuelan
sin que me queden fuerzas que detengan el parque,
sin que me queden gestos que mi padre aperciba,
y alcance a comprender que preciso el seguro
refugio de sus brazos. Mis manos desoladas
buscan en los bolsillos algo que me ilusione
—regaliz o altramuces dulces— y cuando quiero
en el suelo sentarme, me hace daño una piedra[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 55.

«Epitafio para una muchacha», de María Victoria Atencia

En días pasados he transcrito aquí los poemas «Blanca niña, muerta, habla con su padre» y «Sazón» de María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ), que acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025. Hoy traigo una de las composiciones más conocidas y celebradas de la poeta malagueña, su «Epitafio para una muchacha», perteneciente a su poemario Cañada de los Ingleses (1961).

Ofelia (1851-1852), de John Everett Millais. Tate Gallery (Londres)
Ofelia (1851-1852), de John Everett Millais. Tate Gallery (Londres).

Porque te fue negado
el tiempo de la dicha
tu corazón descansa
tan ajeno a las rosas.
Tu sangre y carne fueron
tu vestido más rico
y la tierra no supo
lo firme de tu paso.

Aquí empieza tu siembra
y acaba juntamente
—tal se entierra a un vencido
al final del combate—,
donde el agua en noviembre
calará tu ternura
y el ladrido de un perro
tenga voz de presagio.

Quieta tu vida toda
al tacto de la muerte,
que a las semillas puede
y cercena los brotes,
te quedaste en capullo
sin abrir, y ya nunca
sabrás el estallido
floral de primavera[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 394. En esta edición, el segundo verso de la tercera estrofa comienza con «el tacto»; restituyo la lectura correcta, «al tacto».

«Sazón», soneto de María Victoria Atencia

Copiaba el otro día el poema «Blanca niña, muerta, habla con su padre» de María Victoria Atencia, perteneciente a su poemario Marta & María (1976). Vaya para hoy su soneto «Sazón», que abre su primer libro de poemas, Arte y parte (1961):

Árbol

Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.

¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha

que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.

Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.

«Blanca niña, muerta, habla con su padre», de María Victoria Atencia

María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ) acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, en reconocimiento al conjunto de su labor literaria. Perteneciente a la Generación del 50 o del medio siglo, desde muy joven estuvo ligada al grupo poético de Caracola. Entre sus obras destacan títulos como Arte y parte (1961), Cañada de los Ingleses (1961), Marta & María (1976), Los sueños (1976), El mundo de M. V. (1978), El coleccionista (1979), Compás binario (1984), Paulina o el libro de las aguas (1984), Trances de Nuestra Señora (1986), De la llama en que arde (1988), La pared contigua (1989), La intrusa (1992), El puente (1992), Las contemplaciones (1997, Premio Andalucía de la Crítica y Premio Nacional de la Crítica 1998), Las niñas (2000), El hueco (2003), De pérdidas y adioses (2005) y El umbral (2011, Premio Real Academia Española 2012). Existen además varias antologías de su poesía: así, Ex libris, de 1984, con prólogo de Guillermo Carnero, recopila en Visor sus libros poéticos hasta El coleccionista; en 1991 el Ayuntamiento de Málaga dio a las prensas La señal. Poesía 1961-1989, edición de Rafael León, con prólogo de Clara Janés; en 2011 Renacimiento acogió Como las cosas claman (Antología poética, 1955-2010), con prólogo de Guillermo Carnero; y en 2014 Fundación Málaga patrocinó la publicación digital Voz en vuelo (Antología poética 1961-2014), edición e introducción de María José Jiménez Tomé. Más recientemente, en 2021, Cátedra publicó Una luz imprevista. Poesía completa, en edición de Rocío Badía Fumaz.

Copiaré hoy uno de los poemas de Marta & María, concretamente el titulado «Blanca niña, muerta, habla con su padre», escrito en rítmicos alejandrinos:

Aparta el ave umbría que se posó en tus ojos
para quebrar por siempre su vuelo en tu mirada.
¿Era razón de vida que yo me anticipase?
Tanto amor tengo tuyo que no te estoy ausente
pues mi sangre retorna nuevamente a la tuya
y aguardo desde el polvo, floralmente, tu mano.

Me fue puesta esta casa más allá del estiércol:
no podrá contra ella el terral que propaga
a la dama de noche, ni al viento de poniente.
Mi jardinero y padre, siempre aquí es primavera:
tu majestad prosigue sobre las rosas rojas;
sonríe, pues que vives sólo para lo bello[1].

[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.

«Inventario de lugares propicios al amor», de Ángel González

En fechas recientes he traído al blog dos composiciones de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. Se trababa de «Soneto para cantar una ausencia» y «Soneto para imaginarte con exactitud». Copiaré hoy otro poema suyo incluido también en Tratado de urbanismo, «Inventario de lugares propicios al amor», que es la composición que abre el poemario (poema I de la sección inicial «Ciudad uno»).

Ojo vigilante

Dice así:

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
—sin interés alguno—
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,  
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, pp. 9-10.

«Soneto para cantar una ausencia», de Ángel González

Vaya para hoy otro soneto de Tratado de urbanismo de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. Se trata de «Soneto para cantar una ausencia» y dice así:

Muro de las Lamentaciones

Las horas pasan, pesan lentamente
vacías de ti, llenas de tu memoria.
Tu ausencia rompe el hilo de mi historia,
aísla como un foso este presente,

dejándome indefenso e inocente
entre la espada aguda de la gloria
de haberte amado ayer, y la ilusoria
esperanza de amarte eternamente.

No dirijo mi vida, y el futuro
se presenta inseguro, turbio, incierto.
Me atengo sólo a ti, que no te tienes.

Me inclino sobre ti, endeble muro
de mis lamentaciones: roto, abierto,
hendido dique en el que me contienes[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, p. 48.