Elvira representa en este drama[1] uno de los personajes más característicos de Navarro Villoslada, aquel que encarna en su persona todas las virtudes cristianas: la resignación, la caridad, el perdón, el sacrificio; su carácter coincide punto por punto con el de la también penitente Inés de Doña Blanca de Navarra (la acción del drama no es exactamente la misma que la de la novela, pero ambas coinciden en el fondo histórico, en muchos de los personajes, en parte del argumento y en muchos de los recursos de la intriga). Las palabras de Elvira son el vehículo para expresar el mensaje cristiano del autor: «Dios manda / que beba el cáliz amargo, / y hasta las heces apuro» (p. 36); «Dios lo quiere, Dios lo manda. / Suframos, señor, suframos» (p. 36); «Ley de Dios: el mal perdona; / llora y expía el pecado» (p. 37); «A vengarme la pasión / me incita; Dios al perdón» (pp. 44-45); «Hoy que de Dios me aparté, / por la pasión impelida, / en el fango estoy sumida. / ¡Por siempre a Dios volveré!» (p. 72; al comentar entonces Catalina: «Santa sois», ella replica: «No, soy cristiana»); «La dicha pura no se halla / sino en Dios; y a Dios no encuentra / quien va buscando venganza» (p. 78); «Desnudos ya del mundanal consuelo, / padre, nos llama Dios a su servicio, / exige este postrero sacrificio: / la recompensa toda está en el cielo» (p. 81). Su confianza en Dios tiñe a veces también las réplicas de otros personajes, como Pablo: «A gente grande y proterva / —es antigua la noticia— / los hombres no hacen justicia… / pero Dios se la reserva» (p. 28).
Algunas alusiones al significativo título se repiten en el texto del drama; dice Elvira: «Pues en tus brazos me arrojo, / ¡en ellos, Señor, me salva!» (p. 76); y más tarde: «Si efímera ventura Dios me niega, / no me abandona para siempre. El alma / que a sus brazos se entrega, / en ellos tiene inmarcesible palma» (p. 79). En fin, estas son las palabras de Pablo al conde de Lerín —con las que concluye la obra—, tras desistir de sus planes de venganza: «Pero en brazos de Dios, con fe sencilla / me arrojo y triunfo. Sí; la frente humilla, / y adora, como yo, la Providencia» (p. 82).

Además de un elogio del carácter de los navarros, en las palabras que don Felipe dirige al Conde: «Sé que es en vano / en Navarra buscar traición por oro. / ¿La deshonra queréis, por mil florines, / de esta gente comprar?» (p. 22), encontramos de nuevo repetido el tema de la guerra civil, obsesivo —puede decirse— en las obras del joven Navarro Villoslada:
Hace un siglo que blande con asombro
civil discordia su encendida tea;
cubierto de cadáveres y escombro
el rojo campo con terror humea.
La pica que el mancebo lleva al hombro
fue del anciano muerto en la pelea.
Hereda el hijo el odio y la venganza,
y al nieto legará su odio y su lanza.
Desgarrado el país por el encono,
y a los gritos de escándalo desierto,
en el horror oscurecido el trono,
de pompa un día y esplendor cubierto:
muerte sin gloria, crimen sin abono,
sempiterno vaivén del hado incierto;
¡peste, desolación, miseria y luto,
tal es, señor, de la discordia el fruto! (p. 22)[2].
[1] Echarse en brazos de Dios, drama, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1855. Esta pieza dramática no ha sido incluida en las Obras completas de Navarro Villoslada publicadas por la editorial Mintzoa de Pamplona.
[2] También insisten en el tema del enfrentamiento civil estas palabras de Catalina a Elvira: «Escucha: al mundo he venido / de la guerra en los embates; / el horror de los combates / suena constante en mi oído. / No hay familia que el rencor / en el hogar no atesore; / ya no hay madre que no llore / hijo robado a su amor. / Pide con ansia incesante / la muerte luto tras luto; / y de lágrimas enjuto / no deja un solo semblante. / No hay deudo en paz con su deudo; / no hay hermano con hermano. / Niégase al noble el villano, / niega el noble al rey su feudo» (pp. 71-72). Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.