«La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz: la figura del tío Estanis

Frente a ese mundo de personajes intransigentes y hostiles, la figura del tío Estanis representa la libertad. Estanis escribía novelas de misterio, policiacas y verdes, y fue quien dejó los muñecos en herencia a Juan tras su suicidio. Fue el cáncer lo que empujó a Estanis a quitarse la vida. Como Juan, su tío Estanis era un inadaptado radical, la oveja negra de la familia, una lacra para los otros. Como Juan, él también se marchó de Umbría, en 1936, para regresar más tarde, en el año 50. Durante la guerra, Estanis había trabajado como artista de variedades en el frente, y ese hecho, en la posguerra, pesaba como una losa para la familia:

Éramos, fuimos, una familia sin historia, apenas sin nombre, avergonzada por causas misteriosas que ocultaba su vergüenza como podía hasta en privado, sobre todo en privado, vuelta sobre sí misma, con una prisa enorme de desaparecer de escena e irse a disfrutar al otro barrio. Nunca he logrado saber por qué. Nunca. […] Todos parecían tener algo que ocultar, algo que les daba la tabarra en la conciencia. Teníamos alma de barraqueros. Todos arrastrábamos, como si fuéramos feriantes, una barraca de culpa (p. 59).

Fotograma de la película ¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura
Fotograma de la película ¡Ay, Carmela! (1990), de Carlos Saura

Estanis le caía bien a Juan precisamente porque era distinto de los demás. Su tío le contaba historias, falsas, de la ciudad y de la familia:

Cuál fue la realidad, imposible saberlo, imposible. Historias de Umbría, de sus dobleces, de su noche, sus timbas, del contrabando, las casas de putas sobre todo, la Turca, Casa Aurora, del campo, de las ciudades que había visto, de libros hablaba menos, y eso que leer, ya leía, pero tal vez leía por matar el tiempo, por perderse definitivamente (p. 449).

Estanis se suicidó en 1976. Tras su muerte, la familia quemó sus libros, trató de borrar todas las huellas de su memoria. Pero para Juan, Estanis se había convertido en su ídolo. Estanis siempre decía que Juan tomaría el tren… Y así sucede al final de la novela; el tren de Estanis se quedó parado, pero no así el de Juan:

«¿Y este tren adónde te ha llevado?», me había preguntado Irene en una de nuestras noches de viaje y espectáculo. «¿Éste?», y le contesté de seguido: «Éste es el tren de Estanis, el que me ha llevado a un viaje, el mío, en pos de las huellas de mis propios pasos. Un viaje de la oscuridad a la luz, un viaje si no en la noche, sí entre dos luces, a los subterráneos de la ciudad, a sus entrañas, a los subterráneos de la conciencia, el que ha traído tu vida a la mía, ese tren me gusta mucho, amor; un viaje para dejar atrás esas zonas de sombra que van quedando en la memoria y que uno cuida sólo por el gusto enfermizo, oscuro, de hacerse daño, por nada más» (pp. 580-581)[1].


[1] Cito por La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

Primeras manifestaciones de la historia literaria de Navarra: los albores latinos

La Edad Media es, en general, una época de anonimia literaria: conocemos pocas obras y en muchas ocasiones ignoramos todo acerca de sus autores, aunque también irán apareciendo ya los primeros nombres propios. Sabemos, por los vestigios conservados, que en Navarra hubo una rica cultura visigoda (que se mantuvo especialmente en Navarra y en Cataluña por la mayor relación de estos territorios con Francia). Un dato se suele recordar a este respecto: el viaje que hacia el año 848 realiza san Eulogio de Córdoba, quien visita varios monasterios navarros y se lleva copias de distintos manuscritos que no eran conocidos en su lugar de origen, la Hispania andalusí. Como es bien sabido, es esta una época en la que la cultura permanece refugiada en los monasterios, y fuera de estos focos difusores del saber la incultura es bastante general: no es ya que el pueblo sea analfabeto; es que son muy pocos los nobles que saben leer y escribir. Incluso en épocas bastante avanzadas no serán muy numerosas las escuelas de Gramática que funcionan en el reino de Navarra.

A los monasterios y a las órdenes conventuales corresponde, por tanto, la tarea de conservar en estos siglos oscuros —aunque quizá no tan oscuros como una imagen tópica de la Edad Media nos ha venido transmitiendo— los saberes de la Antigüedad clásica y de irradiar cultura. En este sentido, podemos destacar la importancia del monasterio benedictino de San Salvador de Leyre como núcleo de extensión del dialecto navarro de que hablábamos en una entrada anterior. Un importante documento escrito de ese romance hispánico son las glosas de San Millán de la Cogolla (monasterio enclavado en territorio riojano, pero bajo dominio del reino de Pamplona en aquel momento), que son del siglo X, conocidas como Glosas Emilianenses. Las glosas son breves apuntes en lengua romance que los copistas colocaban interlineadas o en los márgenes de documentos latinos para aclarar determinadas palabras cuyo significado latino empezaba ya a serles dificultoso entender.

Manuscrito 60, que contiene las Glosas Emilianenses (Real Academia de la Historia)
Manuscrito 60, que contiene las Glosas Emilianenses (Real Academia de la Historia).

En el caso de las primeras glosas, el monje que estaba anotando un sermón de san Agustín escribe:

Cono ayutorio de nuestro dueño dueño Christo, dueño Salbatore, qual dueño yet en honore e qual dueño tienet ela mandacione cono Patre, cono Spiritu Sancto, enos siéculos de los siéculos. Fácanos Deus omnipotes tal serbicio fere que denante ela sua face gaudiosos seyamus. Amen.

Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz gozosos seamos. Amén.

Las glosas emilianenses se habían tenido tradicionalmente por el primer testimonio escrito de un romance hispánico, aunque se han visto desplazadas por un glosario datado en 964, estudiado por los hermanos García Turza. Recordaré, en fin, que algunas de esas glosas están escritas en vascuence[1].

Los primeros nombres propios que podemos consignar son los de Salvio (o Salvo) y Vigila, dos abades del monasterio navarro de San Martín de Albelda, también del siglo X. El primero es autor de la Regla a las vírgenes sagradas y de varios himnos religiosos «escritos, según los que de él tratan, con lucido estilo, sentimiento y suavidad»[2]. Al segundo, iluminador o miniaturista, colector de Concilios, historiador y poeta, se le atribuye el Códice Vigilano, también llamado Códice Albeldense: «Todos los primores de sus variadas aptitudes —escribe Zalba— los desplegó en el Códice Vigilano, denominado también albeldense, que llama la atención por la frescura de los colores y por la rica labor de imaginería, al mismo tiempo que es un conjunto de Crónicas interesantes para la historia y un Código del Derecho Canónico de aquellos tiempos»[3]. Cabe destacar que tanto el Códice Albeldense como los Códices de San Millán los consultaría en el siglo XIII Alfonso X el Sabio[4].


[1] Víctor Manuel Arbeloa, Navarra y el vascuence, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura-Dirección General de Universidades y Política Lingüística), 2001, p. 19.

[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 346.

[3] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 346.

[4] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

«La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz: la intransigencia familiar

El ambiente del núcleo familiar en que ha vivido Juan (sus padres, sus hermanos Nico, Paquita, Camino, Lucía, su cuñado Hormigones…) constituía una atmósfera verdaderamente irrespirable. «Dominantes, avasalladores, intransigentes, fanáticos…» (p. 66), sus familiares son gente de orden de Umbría, y no de muchos amigos, porque temen a los demás, desconfían del otro. El protagonista tiene la impresión de que no conoció a su familia (cfr. p. 61), aunque sabe que podrían haber sido felices. En realidad, todos ellos han sido seres extraños para él, y juntos no pudieron compartir ni las migajas de una vida dichosa:

Me dolían aquellos para mí inevitables años de encono y de malentendidos, de reproches y confusiones, de exigencias y de tristezas, siempre tristezas, de culpa sorda (p. 65).

Juan critica sobre todo su cerrazón mental, su intransigencia en materia religiosa, propia de una secta de puritanos:

Lo perseguían todo: los amigos, el sexo, los libros, los gustos, las ideas de chichinabo, el matrimonio, los hijos, el egoísmo de la carne. Un carrusel de disparates con que macizar un manicomio, pero sobre todo la memoria (p. 72).

El protagonista ha pertenecido a un mundo agobiante, cerrado, completamente hermético, propio —aunque no exclusivo— de su entorno más cercano. Como otros en Umbría, los miembros de su familia odian al que se marcha de la manada, al que va por libre:

Parece cosa de otro tiempo y sin embargo es de ahora. Está en el corazón de la ciudad donde he vivido. La inquina contra los aventureros, los socialistas, los masones, los maricones, los enemigos de Dios, los vascos, los negros, los extranjeros. Una inquina heredada, enraizada, complicada, febril. La inquina de la ignorancia y del miedo y de la escasez (p. 72).

Periódico ABC del 9 de noviembre de 1992

Sus familiares son personas integristas, con sus principios y sus manías, con el ABC como breviario del alma y «las pendejadas de sus directores espirituales hechas dogmas de fe» (p. 89), con el castigo divino como último argumento racional. Juan no se entendió nunca con ellos, llevaban caminos distintos y estaban condenados a «una vida de malentendidos y de tristezas» (p. 183). Por ejemplo, a Juan le duele la incomprensión de los suyos, que nunca entendieron que se dedicara a escribir y pintar. En eso, él era distinto: «A mis hermanos no les gusta nada. Por pereza, por temor a pecar también, por oscuras razones, por miedo a la vida» (p. 89). En ese ambiente en el que todo es tabú, ha sentido arrebatada su intimidad, sus propios seres lo han marcado con el estigma del degenerado, del vago, del fracasado.

Así, para sus familiares, la lectura era algo clandestino. No solo los libros eran perniciosos, también el cine, las mujeres, cualquier entretenimiento. Veían el mal, la perversión, el pecado en todo. Para ellos, todo el que pensaba y vivía por su cuenta —como quería hacer Juan— estaba mal de la chaveta: «El camino de la disidencia les ponía nerviosos» (p. 461). Y es que tenían miedo a la verdad del prójimo. En ese mundo pequeño y asfixiante —reflexiona el narrador—, hacerse el loco era la única forma de que le dejaran a uno en paz. Otro de los aspectos familiares criticados por Juan es el de la hipocresía, la doble moral imperante:

Mangar en las contratas, estafarse por lo menudo en la mezcla de los áridos, en la cantidad de hierro puesta en obra, eso, permitido, irse de propia mano cuando la vida se hace sencillamente intolerable, no. Tal vez porque en el otro barrio no se puede robar así como así. Envenenarle los árboles al vecino, sí, si me da la gana, matarle el perro también, estafarle ocasionalmente para que el bello orden de las cosas siga en su sitio, eso sí, ponerse un condón, no. Era una gente estupenda (pp. 462-463).

Porque, eso sí, la moral, los vascos, los rojos, los coños, las furcias, las cerdas, los maricones, el sexto mandamiento, pero engañar en el peso, en la medida, en la calidad a porrillo, por eso no te condenas, por robar no vas al infierno, qué vas a ir, hombre, de qué, das para obras pías y, ¡riapa!, al cielo, con los barbis (p. 480).

Pero, sea como sea, todas esas personas están en su memoria y en su corazón: la memoria familiar no está perdida y tapiada para Juan. Al igual que sucedía con la ciudad, con Umbría, la familia, a pesar de todo y de todos, le tira poderosamente:

Me tiraba el encontrar un sitio donde no sentirme extraño, que no me fuera hostil, donde pudiera saberme querido tal y como era de verdad porque para que no me fuera hostil tenía que mostrarme como yo no era en realidad, tenía que esconderme. En todas partes además, en todas partes (p. 371)[1].


[1] Cito por La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

La historia literaria de Navarra en la Edad Media: rasgos generales

Al empezar a tratar de la historia literaria de Navarra, y al tener que referirnos a su época más lejana, la Edad Media, debemos también comenzar matizando algunos conceptos y dejando claras algunas ideas esenciales. Por ejemplo, qué vamos a entender por literatura y qué por Navarra.

Una primera cuestión es a qué llamamos literatura. Ocurre que los historiadores de la literatura tienden muchas veces a incluir en sus estudios obras que, en sentido estricto, no pertenecen al terreno de la literatura, sino que son tratados de filosofía, historia, oratoria, ciencias, artes, etc. Esta tendencia es más acusada sobre todo al abordar el estudio de la Edad Media, porque en esa época son mucho más escasos los textos estrictamente literarios que se conservan. Ante esa carencia de textos, se intenta “rellenar” el panorama —que de otra forma quedaría con bastantes huecos— con obras de corte más bien erudito y hasta científico, obras que no son propiamente literatura, aunque puedan contener, en mayor o menor medida, algunos elementos con valor literario. En este panorama también daré entrada a ese tipo de obras, pero de forma más breve, reservando el espacio principal para las composiciones estrictamente literarias, esto es, aquellas en cuya génesis está la intención de crear una obra de ficción. Ese es el criterio fundamental que manejo para considerar que una obra es literaria: el que predominen los elementos de ficción, la fantasía fabuladora del autor, en definitiva, que se trate de verdaderas obras de creación.

Scriptorium medieval
Scriptorium medieval.

En segundo lugar, qué entendemos por Navarra. Hay que tener en cuenta que los límites geográficos del antiguo reino pirenaico —primero de Pamplona, luego de Navarra— van a ser muy variables en el largo periodo medieval (en su momento pertenecieron a él las Vascongadas, la merindad de Ultrapuertos, territorios de La Rioja, Aragón…). Al trazar el panorama de estos siglos medievales, consideraré que han de entrar en la historia literaria de Navarra los escritores nacidos o las obras concebidas dentro de los territorios que en cada momento comprendía el reino.

Otra cuestión preliminar importante es de orden lingüístico. En efecto, al referirnos a la Edad Media, además de las cuestiones geográficas recién apuntadas, hay que tener en cuenta la riqueza idiomática del territorio navarro. Podemos considerar, al menos, estas seis variedades idiomáticas: el latín (lengua culta ligada a los monasterios, difusores de cultura); el vascuence (es el idioma del pueblo en buena parte del territorio, pero se trata de una lengua oral, que solo muy tardíamente pasaría a ser escrita[1]); el romance navarro (que es el dialecto romance derivado del latín en territorio navarro, tradicionalmente estudiado en conjunto con el aragonés —navarro-aragonés—, aunque con rasgos lingüísticos propios que permiten diferenciarlo, según demostraron los estudios de Fernando González Ollé y Carmen Saralegui[2], entre otros; este dialecto, el romance navarro, fue la lengua oficial de la Corte navarra, ya que facilitaba los contactos con los otros reinos cristianos). Y hemos de considerar también los idiomas correspondientes a tres minorías de población: el árabe (hablado por la población musulmana), el hebreo (hay importantes juderías o aljamas en Pamplona, Estella, Viana, Los Arcos… que cuentan con la protección real) y los dialectos occitanos[3] correspondientes a la población de origen franco (con la que se van repoblando los burgos de nuestras ciudades medievales). Por supuesto, habría que estudiar la distinta extensión geográfica y la difusión social de cada una de estas lenguas. Pero importa consignar que todas ellas nos dejaron sus testimonios literarios escritos en la Edad Media, con la excepción del vascuence, de tradición eminentemente oral y cuyas primeras manifestaciones literarias escritas no se presentan, como veremos, hasta el siglo XVI. José María Corella, en un trabajo del año 1980, tras referirse a la romanización de Pamplona y del territorio de Navarra y recordar los diferentes pueblos (vascones, romanos, bárbaros, godos…) que pasaron por nuestra tierra, alude a esa situación de plurilingüismo:

Navarra, pues, es una tierra que se configura multirracialmente y que se expresa en varias lenguas: el latín (del que salió el romance navarro, hablado ya en el siglo IX en el reino de Pamplona), el vascuence (mantenido en el reducto montañés no romanizado) y un pequeñísimo conjunto de dialectos mozárabes que muy pronto ceden y desaparecen ante el empuje avasallador del romance, implantado como lengua oficial en el reino de Navarra incluso antes que lo hiciera para sí el reino de Castilla[4].

Por último, no hemos de olvidar que la historia política del reino de Navarra (reino de Pamplona en sus orígenes) es muy compleja. Esta tierra fronteriza fue —y sigue siendo— cruce de culturas, idiomas y religiones, encrucijada de caminos, y esa circunstancia tendrá importantes repercusiones culturales. Pensemos en la importancia del proceso histórico de la Reconquista. Pensemos en las relaciones que mantuvo Navarra a lo largo de los siglos con sus poderosos vecinos (Aragón, Castilla, Francia), a veces con periodos más o menos largos de unión dinástica con algunos de esos territorios. Pensemos también, por señalar otros dos ejemplos señeros, en la importancia del Camino de Santiago y en la introducción de la reforma cluniacense, con el correspondiente trasiego de ideas y de movimientos artísticos procedentes de Europa que ambos fenómenos supusieron para Navarra. Sumemos a todo esto las distintas relaciones políticas y diplomáticas establecidas con los demás reinos hispánicos y con los territorios franceses. Todos estos factores históricos marcarán, sin duda alguna, los hechos culturales y también, cómo no, los literarios[5].


[1] Ver Fernando González Ollé, «Vascuence y romance en la historia lingüística de Navarra», Boletín de la Real Academia Española, 50, enero-abril de 1970c, pp. 31-76.

[2] Ver Fernando González Ollé, «El romance navarro», Revista de Filología Española, 53, 1970a, pp. 45-93, y Carmen Saralegui, El dialecto navarro en los documentos del Monasterio de Irache (958-1397), Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1977.

[3] Ver Fernando González Ollé, «La lengua occitana en Navarra», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 25, 1969, pp. 285-300.

[4] José María Corella Iráizoz, La literatura y los escritores hebraicos en Navarra, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Dirección de Educación), 1980, p. 6.

[5] Una buena aproximación al panorama literario y cultural de Navarra en la Edad Media puede verse es el trabajo de Juan Antonio Frago Gracia, «Literatura navarro-aragonesa», en José María Díez Borque (coord.), Historia de las literaturas hispánicas no castellanas (Madrid, Taurus, 1980), pp. 219-276. Ver también Antonio Ubieto Arteta, «Poesía navarro-aragonesa primitiva», Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, VIII, 1967, pp. 9-44. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2004.

«La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz: Umbría o el ambiente opresivo de una ciudad (y 2)

Es Umbría, por otra parte, ciudad de muchos poetas, de varios «nabokoves», según comenta irónicamente el narrador (p. 28). Esa vida cultural de la ciudad, supuestamente notoria, queda parodiada a través de las continuas alusiones a los Aldeanos Críticos, reunidos en torno al Espacio Cultural El Cucamonas. Estos personajes forman la bohemia de Umbría, gente puerca, aldeana, crítica, que canta en la noche de Umbría, que bebe sus copuces en la noche de Umbría, que apura la sordidez sostenida de la noche de Umbría, que recorre los alfoces de Umbría, las zahúrdas de Umbría, protagonizando las anécdotas más oscuras y espesas. En su espectáculo, Juan denunciaba el carácter hipócrita de la ciudad: beatona en la apariencia, en sus reboticas oscuras se hacen sin embargo abortos clandestinos; los caballeros defienden públicamente el dogma y el honor, pero gustan de ir de putas o con chaperos[1]. Etcétera.

Alfred Pages, La vie de Bohème. Colección particular
Alfred Pages, La vie de Bohème. Colección particular.

La Umbría profunda, «Umbría de baraja y chistaraza» (p. 205), «aquella ciudad de seminaristas y carlistones» (p. 422), «aquella Umbría, pura brea, un cepo en el que perder la vida» (p. 519), amiga de la vida guapa, aventurera y putera, es equiparada a una fruta en descomposición, incluso a una bosta. En Umbría, señala el narrador, la vida puede ser un muro de niebla espesa, de niebla sólida. La denuncia, el insulto, el desprecio constituyen las principales señas de identidad de Umbría. Y seña de identidad es también el estar en posesión de la verdad la gente de orden, la Umbríadetodalavida defensora de la tradición, de un puritanismo enfermizo, con una piedad rayana en la insania (p. 284). Pero, a pesar de todo, Umbría es para Juan Fernández Lurgabe su escenario soñado y su ciudad amada:

Hablando con Molina también me di cuenta de que si uno ha vivido toda la vida en la misma ciudad y en la misma calle y en la misma casa, uno es esa ciudad, forma parte de ella como una gárgola, y acaba contando, lo quiera o no, le guste o no, de esa ciudad y de esa calle y de esa casa y de la gente con la que ha ido haciendo su vida y del aire, sus olores, sus ruidos, sus luces y hasta de sus comistrajos. Y a veces poco o nada más. No hay identidad que valga, no la hay, hay tribu, hay ocasionalmente mugre. En el alma. Sobre todo ahí (p. 351).

Derivas de su ciudad recuperada, y perdida sin remedio, y vuelta a recuperar. Por eso lo que desea este andasolo es marchar de la ciudad sin salir de ella, desaparecer en sus entrañas: «Tu vida está en esa ciudad, está en esa ciudad para siempre» (p. 501). Por eso evoca continuamente en sus escritos «el corazón de esta ciudad de todos los demonios, que es el suyo porque es el nuestro» (p. 102)[2].


[1] Véanse las pp. 370 y 451. Pero Juan enderezaba también sus dardos a «la Umbría rebelde y progresista y taurina y pericona y de todo» (p. 45).

[2] Cito por La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

«La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz: Umbría o el ambiente opresivo de una ciudad (1)

El opresivo ambiente de Umbría es un motivo reiterado obsesivamente a lo largo de la novela. La primera mención es en la página 9, identificándola simbólicamente con la niebla: «Ahí, en ese terreno, como en tantos otros, todo es brumoso, de pura niebla, signo de identidad de Umbría hecho propio: la Niebla» (p. 11). Y esa identificación se reitera en distintas ocasiones:

Umbría es la ciudad de la niebla, de las apariencias, de las ocultaciones, la ciudad del miedo también, aunque esto último sólo se aprenda con el tiempo, a base de años (pp. 103-104).

… la niebla eran ellos [los de Umbría], que eran como la niebla, una niebla espesa y asfixiante en cuyo corazón perder la vida por asfixia era más fácil de lo que parecía (p. 121).

En muchas páginas el narrador evoca las historias miserables de la vieja Umbría y de sus habitantes:

Eran gente terrible, auténticos profesionales de Umbría, gente brutal de esa que lleva el desprecio, el resentimiento, el robo y la robada, y la xenofobia en el alma (p. 14).

En esa pequeña ciudad en la que todos viven juntos desde la cuna hasta la sepultura (cfr. pp. 12 y 22), Juan se ve atrapado en una turbia red de historias ajenas y propias: «Esa es la trama de Umbría: un vago, un difuso temor, una sospecha, un mirar la vida de reojo» (p. 21). Allí se ha sentido siempre un extraño, un desclasado, un proscrito. En Umbría, explica, «No se puede ser otra cosa que uno mismo y a veces ni eso» (p. 33). El narrador habla de «aquella espesa sociedad de favores mutuos que era la Umbría castiza, la espesa, la de toda la vida, la puerca» (p. 75). Y sigue la caracterización negativa en estos términos:

El estanco y el contrabando, algo, un poco, lo justo, para no desentonar, para usar de machote. Ser o no ser machote, ahí está la cuestión: el frontón, el contrabando y san Francisco Javier, la jota y el zortziko, el pimiento del piquillo e Ignacio de Loyola, gure patro aundia, las pochas, el vascuence y Carlos VII y sus secuaces, la selva del Irati, el olentzero y los espárragos, el zaldiko maldiko y los cogollos de Tutera, la boina, los fueros ignotos, ignotos, las apuestas de hachas, el encierro y la virilidad, rampante, los santos patrones en los que no se cree, ay, ateos, ateos que rezan como posesos a sus santos de respeto (es un milagro que no haya más majarones)… (pp. 75-76)[1].

En Umbría la Bella todo el mundo se conoce de vista, y en sus socarradas tierras abundan los caciques de pueblo, los corruptos[2] y los matones, demócratas de toda la vida con alma heredada de asesinos: «Gran cosa en Umbría el pasarse, el sobrarse. Acabas con los ojos morados» (p. 95). Pero los linchamientos no son solo físicos: en esa ciudad de pacatos, hay también linchamientos sociales que causan la muerte civil del sujeto perturbador o molesto. Umbría aparece caracterizada como un pulguero monstruoso (p. 117), en el que abundan la droga, las corruptelas, los politiqueos y los bufones mamporreros de políticos corruptos, los testigos falsos, los tramposos… Una ciudad peligrosa, Umbría:

En Umbría el que tiene mano te puede cerrar la boca, los ojos, la cartera, y hasta la tapa del ataúd diciendo que es de la familia. Todo, te pueden cerrar todo, hasta el ojo del culo con sisal y a diente perro (p. 117).

El narrador, en sus monólogos hipercríticos del Lambroa, se metía con la mejor gente de Umbría, con lo más sagrado, razón por la que era vigilado de cerca. Y la persecución —paliza incluida— terminó haciéndose verdaderamente tenaz:

Umbría se me aparecía una vez más como la ciudad de los informes, el mundo de los informes, de los secretos a voces, de los espías, de los agentes secretos, de las tramas organizadas por una suerte de caballeros templarios de la noche, de cruzados de la causa, gente auténtica, altruista, guerra a los corruztos [sic], guerra, guerra al nacionalismo, guerra, Santiago y cierra España, cierra, España, guerra (pp. 125-126)[3].


[1] Más adelante leemos: «Esas cosas medio castizas, medio míticas, fardan mucho en Umbría, te dan patente de auténtico casi para siempre» (p. 110).

[2] Habla concretamente de la corrupción de Umbría, pero se indica que es la de todo el Estado (p. 109).

[3] Y añade: «No sabía entonces que no se puede ser Henry Miller pero en Umbría, Robin Hood pero en Umbría, Leo Ferré pero en Umbría. La sucesión de escenarios de Umbría estaban preparados para ser o representar, eso según el temple de que se estuviera, Sanjurjo o Mola, o un fascistón de camisa azul y pistola al cinto, o un carpintero carlistón y asesino de las cunetas o un vendedor de casullas y lo mismo, o un trabucaire, un collón, un matasiete, un trampas, un modoso tendero, un ladrón que gestiona lo del inmobiliario para que le vean en barrera de capotes y sobre todo un patán que jalea lo que le digan los curas y las jerarquías del momento, capaz de aplaudir cualquier vileza si le pagan las copas o le ponen la mano encima del lomo, pero no Leo Ferré, no» (p. 184). Cito por La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

Juan Fernández Lurgabe, protagonista y narrador de «La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz (y 2)

El narrador-protagonista de La flecha del miedo es, en definitiva, un desarraigado, un náufrago, un Robinsón, que desea empezar a vivir de nuevo, ser uno mismo, dejar de huir de su propia vida, de sus taras y de su ciudad.

Robinson Crusoe
Robinson Crusoe.

Más adelante, el relato evoca también su marcha a París con su amigo Paquito para vivir como artistas, pero allí se fraguó un nuevo trompazo, «la hostia de nuestra vida» (p. 420). Los dos, en París, eran vagabundos a la deriva de la ciudad. No fue la solución. Después de esta experiencia frustrada, su dilema sigue siendo el mismo de siempre: vivir al margen o acomodarse, ser tontiloco o ser del rebaño. Pero después de que siempre otros hayan decidido por él (tu vida, tus actos y tu conciencia en sus sucias manos, piensa el personaje), ahora Juan desea inventar una vida mínimamente habitable (cfr. p. 427), nueva peripecia en la que le ayudarán dos personas, su compañera Irene y su amigo Gus.

Hacia el final de la novela, en una escena onírica (un sueño del protagonista), Juan es secuestrado y llevado a la sala de la Audiencia ante los magistrados Foraleta, Vitriolus y Dormilón, donde es acusado de vago, vagamundos y rebelde. Y también de cobardía. En un pasaje recopilatorio, enumera todos los oficios que ha tenido (cfr. p. 576). Finalmente, llega Robin Jud, que lo libra, momento en que Juan despierta. Y en la última secuencia, el protagonista descubre que queda toda una vida por hacer. Irse parece ser, de nuevo, la única solución[1]; irse supone la rebelión, la libertad, la posibilidad de buscar un sitio donde no ser extranjero, paria, maqueto:

Mejor traidor hasta la muerte, peregrino, vagamundos. Alguien que no tenga miedo o no más miedo que el imprescindible para ser persona, nada más que eso, persona, que no es mucho pedir, ¿no os parece? (p. 588).

En definitiva, el suyo ha sido un regresar a extramuros de Umbría para volver a irse, ahora acompañado de Irene, su más firme apoyo:

Convivir en una ciudad y sobre todo convivir con la propia memoria, con sus pliegues, con lo que en ellos se esconde, con las pequeñas mínimas taras, que ser renco de alma está al alcance de cualquiera […], y olvidar, pasar la página, coger la mano de Irene. Ésa ha sido la tarea. Aprender a dar, a amar, a vivir. No hay otra (p. 590).

Ha llegado el momento de coger trenes que parten. Toma mi mano, Irene, toma mi mano, vámonos de Umbría, vamos a nuestra verdadera vida, a mi ciudad al fin recuperada, porque la otra es una ciudad de palabras y sólo de palabras… (p. 591).

Y la obra se cierra, como si fuera una representación dramática, con un «Telón… y cuenta nueva» (p. 591), que parece apuntar a un final abierto a la esperanza[2].


[1] El segundo lema de la novela es una cita de María Luisa de Elío: «Ahora me doy cuenta que regresar es irse».

[2] Cito por La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

Juan Fernández Lurgabe, protagonista y narrador de «La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz (1)

El protagonista de La flecha del miedo es un desarraigado Juan Fernández Lurgabe (Lurgabe significa ‘sin tierra’, en vascuence: es, por tanto, un Juan sin tierra). Juan es, al mismo tiempo, el narrador en primera persona de la novela:

Se había acabado la huida. Ésa sería la historia, la mía, escrita desde extramuros, desde fuerapuertas, desde el otro lado… Desde el otro lado de casi todo. Y la ciudad, la mía, la que es de verdad mía, Umbría, a lo lejos esta vez, al otro lado del río, al otro lado de las vías del ferrocarril, al otro lado, en una verdadera tierra de nadie. Vista, entrevista, recordada en el papel, habitada por fantasmas, definitivamente (p. 9).

El narrador-protagonista es un ventrílocuo e ilusionista, «Solo un artista de variedades fules» (p. 16), cuarentón[1] y sin trabajo, enfermo de una memoria, enfermo de sí mismo, que busca su sitio —un sitio que no encuentra— en su ciudad y en su vida. Siempre ha tenido miedo de ser arrojado fuera de la familia, fuera de la tribu[2]: miedo a no ser de los suyos. Y miedo también a ser de los suyos, a no poder ir por libre, a no poder decir no: han sido «Años soñando, malsornando, dimitiendo de la vida, desertando de mis sueños» (p. 270). En efecto, a Juan nunca le han dejado ser él mismo, realizarse, inmerso como ha estado en un «ambiente emputecido hasta hartar de falta de futuro» (p. 301), y se lamenta de haber ido siendo desposeído cada día de las ganas de vivir (cfr. p. 347). De ahí su querencia al bosque, al sótano, a las atalayas del sueño, a ser mendigo, vagabundo, proscrito… Pero ahora, después de toda una vida huyendo, quiere decir por fin basta ya de huir.

El ventrílocuo Paul Winchell con su muñeco Jerry Mahoney (fotografía de James Kriegsmann, New York, 1951)
El ventrílocuo Paul Winchell con su muñeco Jerry Mahoney (fotografía de James Kriegsmann, New York, 1951).

En la novela se evoca cómo hizo sus primeras armas de ventrílocuo en el cabaret La Cueva del Moro, y luego en el Café Teatro Lambroa. Se fue de la ciudad ocho años atrás, y ahora ha vuelto a Umbría tratando de encontrar un mundo habitable. Hasta parece dispuesto a aceptar la servidumbre voluntaria de la tribu, aunque nunca ha podido sentirse como los demás, «castizo entre los castizos, de toda la vida, condenado a muerte por tanto» (p. 41). De hecho, también ahora ha buscado una habitación extramuros de la ciudad para empezar otra vez, aunque es consciente de que quizá todo esto sea engañarse de nuevo:

Y es que no puedes volver a tu ciudad como si tal cosa después de haberte ido para no regresar jamás o poco menos. Cuando te haces proscrito es para siempre, no hay perdón real que valga (p. 63)[3].

Juan recuerda también cómo se fue con Mila un día de niebla espesa, cansado de vivir entre prohibiciones y miedos. Ahora ha decidido que ya no habrá más fugas, no más huir, no más apariencias, y se muestra decidido a llevar adelante «mi vida de marionetista de ocasión» (p. 45). Con su bagaje de poeta, de proscrito, de artista total o de loco de atar, siente temor a ser lo que es: «Un hombre al margen, en extramuros, del todo, desarraigado, inadaptado…» (p. 73). En cualquier caso, desea poner orden en su vida, en sus palabras, en sus voces interiores (las de sus muñecos). Se trata, simplemente, de empezar a no hacerse daño, aunque sabe que la suya no deja de ser una vuelta a la ciudad del pasado, de los antiguos fantasmas, donde otros fabricaban el miedo. Juan Fernández Lurgabe tiene miedo de haber perdido su vida por las bravas, miedo de «que mi vuelta no fuera más que eso, una vuelta con el rabo entre las piernas, al escenario del desastre» (p. 79). Ahora —como siempre— lo único que desea es poder hacer su propia vida:

Hacerse poeta, pintor, vasco o negro, hacerse algo, ser algo, alguien, algo de una vez, tener un sitio, una voz sobre todo. Pero no es tan fácil hacerse negro o vasco o pintor o poeta, no es fácil, en el fondo, hacerse nada (p. 84).

Es difícil, pero no imposible. Juan Fernández Lurgabe sabe que hay una vida posible en algún lado, y por ello quiere ser Corto Maltese, o Litle Nemo, el pequeño nadie, o Martín Zalacaín, o Ulises Ttipia; ser artista, poeta maldito o lo que fuera (cfr. p. 360): «No podía admitir que la vida fuera eso, no tener intimidad, no tener nada» (p. 373). En su desorientación vital, años atrás compartió con un personaje apodado el Canalla a la Milagritos, que quedó embarazada y abortó en Londres. Juan ha pasado temporadas en distintos sanatorios (en los manicomios, dice, se come la sopa del miedo[4]; cfr. p. 427). Y ahora, después de tantos años, sigue sin encontrar su sitio ni su oficio:

Toda una vida extraviado en el interior de uno mismo, en el laberinto de sus voces encontradas: la que me decía fuera, larga, a campo abierto, al bosque, y la que me decía quédate, echa una copa, sé de la cuadrilla, túmbate un poco (p. 113).

Al final, terminaron cerrando el local donde hacía sus números con los muñecos porque en sus parodias aludía y criticaba a la mejor gente de Umbría. En efecto, como este ventrílocuo se metía con todo Dios, decidieron darle un susto: una noche le propinan una paliza y sus muñecos también quedan despedazados en medio de la calle. Entonces —explica— decidió «inventarme en secreto una nueva, una verdadera vida, y vivir de verdad allí, en otro lado» (p. 136). Más tarde, nos cuenta también, reconstruir los muñecos fue lo que le devolvió la vida[5].


[1] El motivo del naufragio de la edad aparece al evocar «aquellos años confusos de dandismo e intriga, de arte povera, de chamarilería del alma, de timo que no cesa» (p. 83).

[2] En un lugar como Umbría, pertenecer a la tribu, a la cuadrilla, es algo esencial: «La tribu se hereda. La tribu está en el ambiente. La tribu no perdona. Si te najas de la tribu vas dado. No puedes volver» (p. 499). «La cuadrilla… Desde la infancia, hasta la sepultura, en alegre coyunda […]. La cuadrilla es una condena a vivir juntos, a ser testigos los unos de los otros, una condena a comerciar con las propias miserias hasta la muerte» (p. 499).

[3] Antes había escrito: «Pero volver a la propia ciudad es también eso, encontrarse con la mugre y a domicilio, en el escenario» (p. 16). Y hablaba también del peligro, del gusto de hacerse daño: «Porque regresar sobre las huellas de los propios pasos a veces no sirve más que para hacerse daño, y mucho» (p. 55).

[4] Dado que sufre depresiones, Juan ha pasado temporadas encerrado en la casa familiar del valle de Yerri y en sanatorios como el de Bihurramuna. Como explica expresivamente, con la excusa de «lo de los nervios» le metió mano en la sesera todo Cristo, y hasta llegaron a hacerle un exorcismo…

[5] Cito por La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

«La flecha del miedo» (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz: una novela de patrañas e historias fules

Miguel Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) es autor de una extensa producción literaria que incluye libros de poesía, dietarios y, sobre todo, novelas, además de algunos trabajos de tipo periodístico y ensayos de investigación literaria. Su extensa producción narrativa —Los papeles del ilusionista (1982), El pasaje de la luna (1984), La quinta del americano (1987), Tánger Bar (1987), La gran ilusión (1989), Las pirañas (1992), Un infierno en el jardín (1995), La caja china (1996), No existe tal lugar (1997), La flecha del miedo (2000), El corazón de la niebla (2001), En Bayona, bajo los porches (2002)[1] y La Nave de Baco (2004)— lo convierte en una de las voces más destacadas del panorama novelístico actual en España[2]. La calidad de su obra viene avalada por los importantes premios que jalonan su carrera, como el «Herralde» de Novela de 1989, el «Euskadi» de Literatura de 1990, el Nacional de la Crítica de 1997 o el «Príncipe de Viana» de la Cultura de 2001, concedido por el Gobierno de Navarra.

Cubierta de la novela La flecha del miedo, de Miguel Sánchez-Ostiz (Barcelona, Anagrama, 2000)

Su novela La flecha del miedo (Barcelona, Anagrama, 2000) constituye un buen compendio de las principales preocupaciones temáticas —también estilísticas— de Sánchez-Ostiz: el pasado como escenario narrativo, la escenografía de la destrucción, el valor simbólico de los paisajes devastados, el tema del desengaño y la búsqueda de un mundo habitable[3]… La novela está narrada por una primera persona, un ventrílocuo que no encuentra acomodo en la vida, y que recuerda el opresivo ambiente familiar y de su pequeña ciudad provinciana (Umbría, la fantápolis inventada por Sánchez-Ostiz), a la que regresa con sus muñecos —distintas voces narrativas— tras varios años de infructuosa búsqueda y huida. Un amplio coro de personajes secundarios completa el universo novelesco —a lo largo de varios cientos de páginas— y permite al autor abordar los temas apuntados, y algunos otros de candente actualidad, desde diversas perspectivas.

En sucesivas entradas estudiaré la figura del narrador-protagonista; la descripción de Umbría y del opresivo ambiente familiar, con el contrapunto de libertad representado por el tío Estanis; el anhelo de hallar un espacio vital habitable; y las voces narrativas y el coro de personajes secundarios para, en la parte final, abordar un acercamiento al tema de la memoria y la escritura, fundamental en esta novela[4] que parece cerrar todo un ciclo narrativo en el que el autor ha estado empeñado durante varios años[5].


[1] Estas dos novelas, El corazón de la niebla y En Bayona, bajo los porches, son las primeras de un nuevo y amplio proyecto anunciado por el autor, de pesquisa histórica, a la manera barojiana, titulado Las armas del tiempo.

[2] Con posterioridad a esa fecha, su producción literaria ha seguido creciendo a muy buen ritmo: en narrativa, debemos mencionar títulos como El piloto de la muerte (2005), La calavera de Robinson (2007), Cornejas de Bucarest (2010), Zarabanda (2011), El Escarmiento (2013), Perorata del insensato (2015), El Botín (2015), Diablada (2018) y Moriremos nosotros también (2021). Y lo mismo cabe decir en lo que se refiere a la poesía, los diarios, dietarios y recopilaciones de artículos y los ensayos y crónicas.

[3] Para José Luis Martín Nogales, estos son los aspectos que forman el universo literario de Sánchez-Ostiz; véase su trabajo Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 281-314. Para el autor, remito también a Ramón Acín, «Miguel Sánchez-Ostiz: Seriedad literaria», Cuadernos Hispanoamericanos, 1991, núm. 490, pp. 117-128; y a Darío Villanueva y otros, Los nuevos nombres: 1975-1990, en Francisco Rico (dir.), Historia y crítica de la literatura española, vol. IX, Barcelona, Editorial Crítica, 1992, pp. 397-399. En fin, para esta novela, a la reseña de Santos Alonso, «Sánchez-Ostiz, Miguel, La flecha del miedo, Barcelona: Anagrama. 2000», en Reseña, Madrid, XXXVII, 2000, núm. 317, p. 25.

[4] Miguel Sánchez-Ostiz, La flecha del miedo, Barcelona, Anagrama, 2000. Al título hace referencia el primero de los tres lemas que preceden al texto: «No temerás el espanto nocturno, / ni la flecha que vuela de día» (Salmo 90); y algún pasaje interno, como éste: «Y allí que se va la panda cantando el himno de la legión, escapando de la flecha del miedo, alcanzados por ella de lleno en la diana del corazón» (p. 367).

[5] Para más detalles remito a un trabajo mío anterior: Carlos Mata Induráin, «De patrañas, simulaciones, imposturas y otras historias fules: escritura y memoria en La flecha del miedo (2000), de Miguel Sánchez-Ostiz», en María José Porro Herrera (ed.), Claves y parámetros de la narrativa en la España posmoderna (1975-2000). IV Reunión Científica Internacional, Córdoba, 4, 5 y 6 de noviembre, 2002, Córdoba, Fundación PRASA, 2006, pp. 317-332.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: valoración final

Los Cuentos del vivac. Bocetos militares (Madrid, Manuel F. Lasanta Editor, 1892) de Federico Urrecha presentan, como hemos visto a lo largo de las entradas anteriores, diversas escenas de la vida militar: combates, asaltos, acciones de guerrilla, guardias en posiciones avanzadas, movimientos de tropas, sin olvidar tampoco episodios de la vida en retaguardia (cuarteles, hospitales de sangre…). Las historias más interesantes son en mi opinión aquellas ya comentadas en las que el autor sabe captar con acierto los momentos de ternura y humanidad que, indefectiblemente, también se producen en el escenario siempre violento de una guerra: tipos como «Andusté» o el capitán Retama son difíciles de olvidar por sus acciones generosas, que son referidas sin caer en ningún momento en un fácil sentimentalismo. Igualmente impresionantes resultan otros personajes con final trágico como Muérdago, el Tío Recajo, Pepe Corpa, la Chazarra, la Parrala; esas muertes resultan todavía más dramáticas si se trata de muchachos jóvenes, casi niños, como el Pinzorro o el corneta Santurrias. Mérito de Urrecha es haber sabido pintar semblanzas tan interesantes e impactantes para el lector en unos relatos cuya brevedad apenas le permite detenerse más que en lo imprescindible en su caracterización.

Cubierta de Cuentos del vivac. Bocetos militares (Madrid, Manuel F. Lasanta, 1892) de Federico Urrecha
Cubierta de Cuentos del vivac. Bocetos militares (Madrid, Manuel F. Lasanta, 1892) de Federico Urrecha.

Como queda indicado, la mayoría de las historias están focalizadas desde el punto de vista de soldados liberales, que son sus protagonistas. En «El corneta Santurrias» el narrador comenta que se hallaba con sus compañeros soldados cerca de Begoña «el día antes de que la libertad viniera río arriba como una ola vivificadora» (p. 89); ahora bien, hay que tener en cuenta que quien pronuncia esas palabras es el narrador, que es un soldado liberal, y que sus opiniones no tienen por qué coincidir necesariamente con las del autor. El desconocimiento detallado de la biografía de Urrecha nos impide saber si la escritura de este libro refleja su participación, de una u otra forma, en la segunda guerra carlista (1872-1876), o si transmite cuando menos sus vivencias personales de la misma, tal como parece indicar el primer relato, «Toque de atención». En cualquier caso, el autor no cae en el maniqueísmo de ensalzar a los liberales y de pintar con negras tintas a los partidarios de don Carlos de Borbón. En algunos relatos se expresa además un alegato —si bien es cierto que muy velado— contra la dureza de la vida militar, y en concreto del código militar que, por mor de la disciplina, incluye la pena de muerte. La indeterminación cronológica y a veces también espacial contribuye a dar validez universal a lo expresado.

En cuanto al estilo, lo más destacable es la reproducción de un lenguaje coloquial, basado en vulgarismos morfológicos o sintácticos, especialmente abundantes en «El fin de Muérdago», «La redención de Baticola» y «De dos a cuatro»: vusotros, sabís, muchismo, yo vos lo digo, melitar, pa, tamién, diendo ‘yendo’, veréis ustedes, manque, andamos, judía nieve, amos ‘vamos’, quisiera yo verbos ‘veros’, tiemblarían, iluminarias, na… Estos rasgos resultan quizá tópicos, pero sirven para caracterizar el habla de unos protagonistas que son en su mayoría tipos humildes (soldados del pueblo, pilletes, prostitutas). En un caso, «La pareja del segundo», se pretende imitar el habla andaluza: er coronel, presillo ‘presidio’. Desde el punto de vista léxico, se puede mencionar la inclusión de algunas palabras con un significado especial en el contexto bélico: marranos ‘carlistas’, pelones ‘reclutas’, pistolos ‘soldados bisoños’, machacantes ‘asistentes’, etc.

Por lo demás, el tono narrativo es siempre lineal y sencillo, lo mismo que el estilo, llano (aunque no vulgar), sin demasiadas galas ni adornos en el nivel de la expresión[1], pero ajustado a la intención y al contenido de lo relatado. Además, cabe destacar que, en el panorama del cuento navarro de finales del siglo XIX[2], dominado casi en exclusiva por las leyendas históricas (como las escritas por Juan Iturralde y Suit y Arturo Campión) o las narraciones y los poemas narrativos en verso de Arturo Cayuela Pellizzari, Nicasio Landa, Ignacio Mena y Sobrino, Hermilio Olóriz o Mariano Pérez Goyena que cantan las glorias épicas del viejo reino de Navarra, estos Cuentos del vivac de Federico Urrecha suponen, junto a los Cuentos vascongados (1896) de Francisca Sarasate de Mena, una interesante novedad, que, si no tanto por su calidad literaria, merece la pena recordar cuando menos por lo que tienen de frescura y vivacidad[3].


[1] «La última noche» es el relato literariamente más elaborado, con la presencia de algunos recursos retóricos (metáforas, símiles…) que apenas aparecen en los demás: «La fatalidad coloca con mucha anticipación las figuras en el ajedrez de la muerte y resulta un juego que a los ojos humanos es solo casualidad funesta…» (p. 170); al describir la capilla se comenta: «El cuarto era frío, como antesala de la muerte, y en los polvorosos rincones tejían silenciosamente las arañas» (p. 172), etc.

[2] Este trabajo sobre los Cuentos del vivac de Federico Urrecha forma parte de una investigación más amplia sobre la Historia del cuento literario en Navarra, que llevé a cabo tiempo atrás merced a una beca postdoctoral del Gobierno de Navarra.

[3] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.