Don Quijote o la locura caballeresca

Alonso Quijano enloquece leyendo libros de caballeríasUno de los rasgos que definen a don Quijote es la locura, cercana a la paranoia; pero es la suya una locura muy peculiar[1]. Don Quijote es loco solo en aquello que tiene que ver con la caballería andante; cuando su mente no está dominada por su monomanía caballeresca, piensa y razona a las mil maravillas, y hasta declama discursos que dejan admirados a sus oyentes por su discreción y buen juicio. De ahí que don Diego de Miranda, tras la aventura de los leones, lo defina como «un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo» (II, 17, p. 768), y que poco más adelante su hijo don Lorenzo hable de él como «un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos» (II, 18, p. 776).

Sin embargo, al final de sus días, se invierte el proceso con que comenzaba la novela: de cuerdo había dado en loco y, tras su derrota como caballero andante, que supone la pérdida definitiva de su voluntad heroica, deja de ser loco para volver a estar cuerdo. En efecto, el regreso a casa significa también un regreso a la cordura: el personaje vuelve a recuperar el juicio, vuelve a ser de nuevo el hidalgo Alonso Quijano el bueno, para morir cristianamente, rodeado de sus familiares y amigos, en su lecho, después de haber hecho testamento, y él mismo proclama taxativamente:

—Yo fui loco y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno (II, 74, p. 1220).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Otros autores de la comedia neoclásica

Mencionaré brevemente otros autores y obras que acompañan a Leandro Fernández de Moratín, comenzando por La petimetra (publicada en 1762), de Nicolás Fernández de Moratín[1]. Es una comedia de capa y espada, híbrido de comedia barroca y comedia a la francesa, que describe un tipo femenino, el de la presumida. El delincuente honrado (escrita en 1773), de Gaspar Melchor de Jovellanos, es obra de tesis sobre los desafíos. Puede ser considerada un melodrama o comedia lacrimosa, un tipo de teatro con abundantes elementos trágicos y sentimentales.

El delincuente honrado, de Jovellanos

Podemos recordar asimismo las comedias de Tomás de Iriarte: Hacer que hacemos (1770), El señorito mimado (1788) y La señorita malcriada (1788, estrenada en 1791). Las dos últimas son las más importantes. En la primera, el protagonista es Mariano; su madre, la viuda doña Dominga, le permite todo, de forma que se convierte en un calavera. Entabla relaciones con Mónica, una chica ligera de costumbres, y firma con ella un compromiso matrimonial. Entra en contacto con una banda de estafadores, que es detenida. Él se salva, pero pierde el verdadero amor de Flora. Se trata, como podemos apreciar, de una obra con intención didáctica, que presenta además algunos rasgos costumbristas. La señorita malcriada viene a ser el reverso de la moneda; aquí la protagonista es Pepita, una joven insolente y de vida desenfada. Su padre, don Gonzalo, un juerguista, la incita incluso a ello, sin preocuparse lo más mínimo de su educación. Pasa por diversas peripecias y al final es recluida en un convento para ver si enmienda su malcrianza. Esta obra denuncia los vicios de la mala educación, con un respeto escrupuloso de las tres unidades.

De Juan Pablo Forner podemos mencionar La escuela de la amistad o El filósofo enamorado (1795) y La cautiva española. María Rosa Gálvez es autora de Un bobo hace ciento, La familia moderna, Las esclavas amazonas, Los figurones literarios, El egoísta… En fin, Cándido María Trigueros escribió Juan de buen alma y otras obras, que son refundiciones de Lope, Molière, etc.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Don Quijote, personaje adánico

Don QuijoteDon Quijote, como personaje, es un protagonista completamente diferente a los que aparecían en las obras narrativas al uso hasta entonces, incluidas las correspondientes al género caballeresco o al picaresco[1]. En efecto, no se trata de un personaje determinado por su origen, como sí lo eran el caballero (poseedor de una genealogía heroica, heredada por su nacimiento) y el pícaro (un «caballero enrevesado», para decirlo en palabras de Pedro Salinas, que cuenta con una genealogía ruin e infamante). Don Quijote, por el contrario, es un personaje «adánico» que se hace a sí mismo, del que no conocemos su historia previa: no sabemos quiénes fueron sus antepasados, ni a qué ha dedicado los años de su existencia anterior, y surge para nosotros, lectores, entrado ya en la cincuentena, cuando (según la esperanza de vida de aquel entonces) es ya casi un anciano[2].

En el primer capítulo, de forma muy sintética, se nos ofrece un acabado retrato de este hidalgo «de segunda», con ejecutoria de linaje pero empobrecido (hidalgos de gotera llamaban también en la época a estos representantes de la baja nobleza): se nos describe su menú diario más bien frugal que abundante («Una olla de algo más vaca que carnero…», pp. 35-36), su austera y algo anticuada vestimenta y también los escasos pasatiempos que la vida de aldea le brindaba para combatir el tedio de una existencia igual y sin horizontes. Téngase en cuenta que los hidalgos no podían trabajar puesto que se consideraba que el trabajo manual deshonraba y era, por tanto, una actividad impropia de la nobleza. Así, las únicas aficiones con las que Alonso Quijano podía llenar tantas horas de monotonía[3] eran la conversación cotidiana con los amigos (el cura y el barbero) y familiares (la sobrina y el ama), la práctica de la caza (ejercicio, este sí, propio de los nobles por ser imagen de la guerra) y, especialmente en su caso, la lectura, sobre todo de libros de caballerías, que serán los que le hagan enloquecer:

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio (I, 1, p. 39).

En ese mismo capítulo primero, Alonso Quijano transmuta el mundo a través del poder mágico de la palabra. De este modo, vuelve a nombrar a su caballo (de rocín lo vuelve en Rocinante), se bautiza a sí mismo con un nombre sonoro propio de héroe caballeresco (deja de ser el hidalgo Alonso Quijano para convertirse en el caballero andante don Quijote de la Mancha) y lo mismo hace con su amada (transforma a la rústica labradora Aldonza Lorenzo en la sin par princesa Dulcinea del Toboso). En esta actividad nominativa —y en fabricarse una celada— emplea varios días, buena señal de que el tiempo le sobraba a este ocioso hidalgo. Y es que don Quijote, antes de ejercitarse con las armas, se bate en el campo del decir poético, de la creación —a partir de la palabra— de un nuevo mundo, idealizado, completamente diferente de la realidad prosaica que perciben sus ojos.

En suma, don Quijote antes que caballero andante es poeta. Don Quijote se crea a sí mismo y crea, igualmente, el mundo que añora habitar. Y nosotros sentimos el deseo íntimo, la arrolladora voluntad de ser y hacerse del personaje, un personaje completamente libre[4], como proclamará más adelante, en el capítulo I, 5: «Yo sé quién soy» (p. 73). Don Quijote de la Mancha tiene una fe absoluta en sus sueños e ideales, en su proyecto de vida; don Quijote es, como acertadamente sugiriera Unamuno en su Vida de don Quijote y Sancho, el Caballero de la Fe.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Para más detalles, Eduardo Godoy, «Cervantes (Don Quijote): en torno a aspectos novelescos fundamentales», en AA. VV., Vigencia de la lectura del «Quijote», Santiago de Chile, Cuadernos Juvenal Hernández, 1996, pp. 37-55.

[3] Este problema del aburrimiento era propio de toda una generación, como han señalado Francisco Rico y Joaquín Forradellas en su lectura del capítulo I, 1, en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Volumen complementario, pp. 16-18.

[4] Véase Luis Rosales, Cervantes y la libertad, Madrid, Valere, 1960.

La comedia neoclásica o moratiniana (y 2)

Las comedias neoclásicas son sentimentales, pero no líricas; de ahí que se prefiera la prosa al verso[1]. Sus autores pretenden moralizar, dar una lección provechosa al auditorio (es un género con marcado afán didáctico: verdad y virtud, retomando las antes palabras de Leandro Fernández de Moratín citadas en otra entrada, son conceptos claves). Están ajustadas a las normas y a la regla de las tres unidades y se persigue la verosimilitud. Se desarrollan en ambientes urbanos y sus protagonistas pertenecen a la clase burguesa[2]. Junto a esta comedia de costumbres burguesas (en la línea de Molière), encontraremos también la denominada comedia lacrimosa o sentimental, que muestra ya cierto espíritu prerromántico.

La comedia lacrimosa

Leandro Fernández de Moratín es el autor más conocido e importante y, según ya señalé, el que con sus obras caracteriza toda la comedia neoclásica. Podría extrañarnos que con solo cinco comedias pudiera concitar en su tiempo tantos admiradores (llegaron a llamarle «el Molière español») y también tantos detractores. Es algo que debemos explicar en su contexto histórico-literario. Efectivamente, el teatro español, a mediados del siglo XVIII, había llegado a un estado de extrema postración y se hacía necesaria una rápida reforma. De esta manera, resulta más fácil de entender que sus cinco piezas fuesen suficientes para colocarlo en la cima de la comedia neoclásica, pues fue el único autor representativo con cierto grado de calidad estética, el suficiente para hacerle merecedor del calificativo de «padre de la comedia moderna»[3].


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Ver Loreto Busquets, «Iluminismo e ideal burgués en El sí de las niñas», Segismundo, 37-38, 1983, pp. 61-88.

[3] Para la «Modernidad de Moratín», ver Fernando Lázaro Carreter, estudio preliminar a la edición de El sí de las niñas de Jesús Pérez Magallón (Barcelona, Crítica, 1994), pp. IX-XI.

Los personajes del «Quijote»

El censo de personajes del Quijote es verdaderamente elevado[1]. Se han hecho recuentos que sitúan en torno a los setecientos el número de los mencionados (un total de 659 personajes, de los cuales 607 son hombres y 52 mujeres), pero los que intervienen en la acción, aunque sea de forma mínima, son unos doscientos[2], que conforman un personaje coral o colectivo. En efecto, con los numerosos personajes que pueblan las páginas de su novela, Cervantes recorre todos los estratos sociales, los distintos oficios, las diversas regiones de la geografía peninsular, conformando un acabado retrato de la sociedad de su tiempo.

Personajes del Quijote

Se ha afirmado, con plena razón, que en el Quijote está toda la España del XVII, desde el rey hasta el último villano, pasando por representantes de los distintos estamentos, clases sociales y oficios: miembros de la alta nobleza, hidalgos más o menos empobrecidos, labradores ricos, comerciantes, médicos, letrados, eclesiásticos, estudiantes, militares, cabreros, arrieros, mozos de mulas, venteros, actores, mozas de mesón y del partido, amas, dueñas, doncellas, damas principales, y un larguísimo etcétera. En suma, puede decirse que en el Quijote están representadas, sin excepción, todos los grupos de la pirámide social, y que leer esta obra es un modo de asomarse al inmenso mosaico de la España de aquel entonces. En cualquier caso, no por esta circunstancia de su concreta y exacta localización espacial pierde el libro valor universal, y en ello precisamente radica, en buena medida, la riqueza de la magistral obra cervantina.

Por otra parte, Cervantes tiene la habilidad de caracterizar a muchos de sus personajes con rasgos bien definitorios y representativos de su condición, aunque no por ello se queden siempre en la categoría de meros tipos: así, acumula en su retrato elementos que nos hablan de su presencia física, su temperamento y psicología, su indumentaria y sus hábitos alimenticios, su ideología, sus sentimientos y aspiraciones, sus peculiares formas de hablar… Dicho con otras palabras, el modo de caracterización de los personajes cervantinos no es excluyente, sino incluyente: cada uno de ellos no está caracterizado por un sólo rasgo que lo tipifica sino que conforma una psicología con rasgos positivos y negativos. Recordemos que Cervantes retrata sus personajes sirviéndose del perspectivismo (cada uno de ellos es descrito por el narrador y también por otros personajes) y, en este sentido, no son unívocos, sino que quedan presentados desde distintos puntos de vista.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Remito a Alberto Sánchez, «La sociedad española en el Quijote», Anthropos. Suplementos, 17, 1989, pp. 267-274; y a Antonio Domínguez Ortiz, «La España del Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998, pp. LXXXVII-CIV.

La comedia neoclásica o moratiniana (1)

En el siglo XVIII los preceptistas distinguían claramente dos géneros teatrales, la tragedia y la comedia[1]. Los límites entre uno y otro estaban netamente marcados, así que la separación era obligada. Y si en otra entrada anterior he señalado que la tragedia del XVIII no gozó en general de mucho éxito, habrá que decir ahora que algo más afortunada —pero tampoco demasiado— fue la comedia neoclásica.

El sí de las niñas, de MoratínEn efecto, a la larga resultó también un intento fallido. El único autor capaz de arraigar entre el público fue Leandro Fernández de Moratín, cuyas obras se estrenaron tardíamente: su primera comedia subió a las tablas en 1790. El panorama está dominado por su figura hasta tal punto, que el conjunto de la comedia neoclásica suele a veces recibir el nombre de comedia moratiniana. Ello se debe a que él consiguió fijar una fórmula característica del Neoclasicismo[2]. ¿Cuáles son sus rasgos? En primer lugar, una crítica social moderada, dentro de unos límites no escandalosos; en segundo término, la aparición de unos caracteres idealizados (no hay estudios psicológicos completos, sino tipos que no evolucionan a lo largo de la pieza: conocemos cómo son y cómo van a reaccionar los personajes en cada momento). Esto no quiere decir que se trate de una comedia de caracteres; significa simplemente que el autor ha conseguido retratar con mucho detalle a distintos tipos, esto es, ha llegado a una universalización de los personajes.

Otra característica es la simplificación de la intriga, evitándose las complicaciones argumentales típicas del Barroco. Se eliminan los episodios subalternos para ceñirse a lo esencial. Igualmente, se sigue un desarrollo cronológico lineal, sin desvíos ni saltos atrás que puedan complicar la trama y despistar al espectador.




[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Una buena síntesis de «La poética dramática de Moratín» se encontrará en el prólogo de Jesús Pérez Magallón a su edición de El sí de las niñas, Barcelona, Crítica, 1994, pp. 5-30.

La influencia de Avellaneda en el «Quijote» de 1615

Mucho se ha escrito sobre la influencia de la novela de Avellaneda —quienquiera que fuese— en la redacción de la II Parte del Quijote[1]. No es posible comentar ahora todos los pasajes en los que se manifiesta el disgusto cervantino por la aparición del apócrifo, ni puedo estudiar la compleja cuestión de las relaciones mutuas entre ambos textos[2]. Me limitaré a recordar un par de pasajes significativos.

Así, las alusiones se intensifican a partir de II, 59 (sería al ir redactando este capítulo cuando llegaría a Cervantes la noticia de la publicación de la falsa II Parte; antes hay algunas otras alusiones, pero podrían haber sido añadidas en una revisión de última hora del texto ya escrito antes). En la venta, dos caballeros, don Jerónimo y don Juan, leen mientras esperan la cena la II Parte de Don Quijote, y el primero comenta que le desplace que se pinte al protagonista ya desenamorado de Dulcinea, circunstancia que provoca la iracunda reacción de don Quijote, quien afirma que jamás su amada podrá caer en su olvido. Despectivamente, se limita a hojear el libro que le muestran, y comenta:

—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia (p. 1112).

Se comenta, además, que en el Quijote de Avellaneda se pinta a Sancho comedor y simple y «nonada gracioso», y el propio escudero contradice esta caracterización suya, y también la de su amo:

—Créanme vuesas mercedes […] que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho (p. 1114).

En II, 72 tiene lugar el encuentro en un mesón con don Álvaro Tarfe, personaje amigo del falso caballero en el apócrifo. Don Quijote le pregunta si aquel otro se le parecía a él, cosa que Tarfe niega.

Don Quijote conversando

Tampoco el escudero descrito por el falsario se corresponde con el auténtico Sancho, pues aquél no tenía la gracia de éste. Sancho apostilla de nuevo a este propósito:

—Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y, si no, hágase vuestra merced la experiencia y ándese tras de mí por lo menos un año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las más veces lo que me digo hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño (p. 1206).

Don Quijote le pide a don Álvaro Tarfe que firme una declaración ante el alcalde del lugar dando fe de que él es el verdadero don Quijote, y así lo hace. Otra alusión ocurre en el capítulo II, 74, en la última cláusula del testamento de Alonso Quijano:

Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos (pp. 1220-1221).

En fin, la última alusión se encierra en las palabras finales de la novela, cuando el narrador refiere que Cide Hamete ha colgado su pluma para que nadie la profane, y copia las palabras que le dirige:

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres: […] Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los extraños reinos» (pp. 1222-1223).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Para Menéndez Pidal, Cervantes pudo conocer el manuscrito del apócrifo. En cambio, Stephen Gilman opina que Avellaneda tuvo acceso al original de la II Parte del Quijote de Cervantes, y que es Avellaneda quien imita a Cervantes. La bibliografía sobre el tema es muy abundante (estudios de Frago Gracia, Iffland, Martín Jiménez, Riquer, etc.) y ha seguido creciendo en los últimos años.

La tragedia neoclásica en España (y 2)

Teatro completo de Nicolás Fernández de MoratínSea como sea, las tragedias neoclásicas españolas son obras con ausencia de sentido teatral y de emoción[1]. La imposición de las tres unidades constriñe la libertad creadora del artista. Es un género eminentemente culto, no apto para todos, para un público heterogéneo. Ante la supuesta inexistencia de una tradición de tragedia en España, se toman otros ejemplos: en efecto, junto a los modelos franceses, se utilizan también los italianos y clásicos. La tragedia neoclásica española tocó primero temas de la antigüedad clásica, de ambientación oriental o bíblica. Luego se centró en la historia nacional, dando paso a la llamada «tragedia original española» (por ejemplo, la Hormesinda de Nicolás Fernández de Moratín, de 1770). Son piezas que ponderan la virtud, el patriotismo y la nobleza, con un universo dramático donde solo tienen cabida los sentimientos sublimes. El tema preferido será la lucha por la libertad que lleva al más heroico sacrificio (se establece un juego dialéctico libertad / tiranía).

Los nombres que cabe recordar son los de Agustín Montiano y Luyando, Juan José López Sedano, Nicolás Fernández de Moratín, Cándido María Trigueros, Ignacio López de Ayala o Vicente García de la Huerta. También Gaspar Melchor de Jovellanos, José Cadalso, Nicasio Álvarez Cienfuegos o Manuel José Quintana cultivaron en alguna ocasión la tragedia.

Considerada en conjunto, la tragedia neoclásica fracasó en su intentó de renovar el teatro español, sobre todo por la enorme distancia entre el gusto de la minoría ilustrada y el del pueblo.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Diferencias entre el «Quijote» de Cervantes y el de Avellaneda

Sancho PanzaLas diferencias entre ambos Quijotes, el de Cervantes y el apócrifo, son notables, en todos los planos[1]. Por lo que respecta a los protagonistas, el don Quijote cervantino es un loco-cuerdo, un personaje profundo, idealista y simbólico, mientras que el de Avellaneda es un demente sin ninguna visión del mundo, un loco de atar que acaba encerrado en un manicomio, la Casa del Nuncio de Toledo. En cuanto a Sancho, deja de ser el escudero humanísimo, que evoluciona junto con su amo, progresivamente «quijotizado», y se convierte en un rústico glotón, borracho y aficionado a los chistes escatológicos. En fin, Dulcinea, uno de los ideales de don Quijote, desaparece en el texto de Avellaneda, de forma que don Quijote pasa a ser el Caballero Desamorado; por contra, el personaje femenino central es Bárbara, una prostituta vieja y mondonguera, con la cara atravesada por una cuchillada.

En el plano del narrador, el Quijote cervantino se caracteriza —como veremos en próximas entradas— por su riqueza y complejidad (perspectivismo, presencia de múltiples voces narrativas y juegos con los planos de la ficción, genial invención de Cide Hamete Benengeli…). En la novela de Avellaneda quien cuenta la historia es el sabio Alisolán, un «historiador moderno», pero este aspecto de las fuentes de la narración apenas si adquiere desarrollo. Avellaneda también incluye dos historias intercaladas, El rico desesperado y Los felices amantes, como era habitual en la narrativa de la época, con un propósito esencialmente didáctico y moralizador.

La visión del mundo es también muy distinta en ambas piezas: compleja en el caso cervantino, matizada siempre por la ironía, y respondiendo a un ideario que se ha relacionado con el pensamiento erasmista (aunque otros críticos matizan o niegan tal influjo); en cambio, el espíritu que transmite la obra de Avellaneda es claramente contrarreformista, y el autor se muestra como portavoz del inmovilista estamento nobiliario.

Finalmente, el estilo del Quijote de Cervantes es espontáneo, variado y ameno, fecundo en humor e inteligente ironía, en tanto que Avellaneda se complace exclusivamente en la comicidad de lo escatológico y el ridículo grotesco y hace gala de una prosa menos rica y expresiva.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

La tragedia neoclásica en España (1)

La tragedia neoclásica en España es, en palabras de Francisco Ruiz Ramón, la «historia de un fracaso»[1]. El corpus lo forman un conjunto de obras con un objetivo muy distinto del de la comedia: no pretenden divertir, sino enseñar, pero lo que consiguieron fue, por lo general, aburrir. Como siempre, la tragedia constituía el género más valorado por los preceptistas y el que era capaz de consagrar a un escritor; de ahí que la mayoría de los ilustrados con pretensiones y ambiciones literarias se dediquen a ella.

Orígenes de la tragedia neoclásica española, de José J. Berbel RodríguezEl XVIII no continúa, salvo excepciones, la tradición barroca, sino que enraíza en la tragedia francesa, aunque los personajes pertenezcan casi siempre a la historia española. Los dramaturgos barrocos no habían mantenido la regla de las tres unidades, ni el decoro, ni la distinción de géneros (permitían la inclusión en la tragedia de elementos cómicos), etc. La tragedia del Barroco era todo lo contrario de lo que los neoclásicos consideraban teatro. Como ya he apuntado, ahora se vuelven los ojos a la tragedia francesa y, en consecuencia, se empleará el verso largo (endecasílabos, romances heroicos) y sin rima, frente a la polimetría característica del Barroco. El verso va en consonancia con la elevación del registro lingüístico en la tragedia.

Los ilustrados buscarán sus argumentos tanto en la antigüedad clásica como en la antigüedad nacional. La mayoría de las tragedias francesas apuntaban a sucesos franceses contemporáneos: la acción solía estar situada en la antigüedad, pero los temas tratados eran de actualidad. Pues bien, este mismo rasgo se observa en la tragedia española, que señala hacia aspectos de la sociedad contemporánea, con un importante componente político: se aprecia una intención política en estas obras (exaltación del despotismo político borbónico). Además, los protagonistas son ofrecidos al público como modelos de conducta.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.