Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (5)

Pasemos ahora al comentario de los relatos que presentan aspectos humanos. En efecto, algunos de estos Cuentos del vivac presentan la cara más humana, no de la guerra, sino de las circunstancias que se viven durante una guerra, mostrando que incluso en esas situaciones límite existen también momentos para la ternura. El primero de los que reseño en este apartado es «La trenza cortada». En la taberna del tío Araya tiene su asiento una partida de doce «ínclitos y desarrapados combatientes del altar y el trono» (p. 39), es decir, doce soldados carlistas que allí remiendan sus uniformes y limpian sus armas. El jefe de esta partida, Butrón, trata de redactar un parte para dar cuenta de la detención del liberal Basilio Mudárriz, al que considera el soplón que ha estado a punto de que su grupo fuese sorprendido por 200 liberales entre Elorrieta y Otzaurte (en Guipúzcoa). En esto llega Constanza, la hija pequeña del detenido, afirmando que está dispuesta a dar cualquier cosa por conseguir su libertad; y como prueba de ello se corta su preciosa trenza. Butrón decide entonces soltar al hombre por tres motivos: por compasión, al ver el gesto de su hija; porque el tío Araya le dice que es inocente; y también porque tiene problemas con la ortografía y teme que sus superiores se burlen de él al leer el parte de la detención. Este relato es uno de los pocos que está contado desde la perspectiva carlista o, mejor, uno de los pocos en los que los personajes principales son carlistas.

Trenza cortada

En estos relatos de ambiente bélico apenas tiene cierta cabida el sentimiento amoroso, que sí aparece en «El idilio de la pólvora». Los liberales sitian Villacobriza, defendida por un fuerte de minas. Gina, una joven de 14 años, y Ántropos, un mozo de 16, acuden a un lugar desde donde pueden contemplar al cañoneo. Los disparos asustan a la muchacha que se acerca y se acurruca junto al joven; entonces estalla una contramina cerca de donde están «y en el tremendo momento se rasgó para Ántropos y Gina el misterioso cendal del secreto deseado y temido, revelado en el primer abrazo ceñido con tembloreo de brazos y el primer beso dado con los ojos cerrados» (pp. 55-56). Cabe destacar el valor simbólico de los nombres de los dos personajes, Gina y Ántropos, que podríamos interpretar como ʻmujerʼ y ʻhombreʼ.

«El rehén del Patuco» es, por contra, un nuevo relato de tono trágico. El Patuco es un vagabundo de Sollacabras que recibe ese mote por su andar torpe, de pato. Antes solía frecuentar las tabernas y el casino de los liberales, el «Círculo fraternal»; sin embargo, al llegar la guerra se ha ido con «los otros», habiéndose convertido en jefe de una partida carlista. Su única debilidad es una hija pequeña que tiene. El tuerto Adaja, jefe contraguerrillero, quiere acabar con él; para ello no duda en raptar a la hija del Patuco, enviándole un mensaje con un leñador: debe entregarse en el monte Muérdales; el carbonero, que hará de mediador, pondrá a salvo a la niña. Así lo hacen; después, suenan disparos; el tuerto ha matado al Patuco y lo trae cruzado sobre un burro, tal como había prometido en el pueblo, pues él nunca hace prisioneros. El narrador no es aquí testigo o protagonista directo, sino que ha oído contar la historia al leñador[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.