Vaya para hoy, Lunes de Pascua, un soneto de Sebastián Urbano Baena (La Malahá, Granada, 1904-Granada, 1977), autor de Canto eucarístico. Sonetos como el amor los quiere (Granada, Ediciones Antonio Ubago, 1989). Con este poema titulado «Resurrección y vida» cerramos el ciclo poético de esta Semana Santa.
Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España).
Así Te quiero, Dios: agua manante, de tu muerto costado descendente, viva, a mi encuentro, al muerto en mí viviente; en mis vértebras río desbordante.
Así Te quiero: enamorado, amante, y nominado Tú, tan tiernamente: panal, pastor, pelícano muriente[1], y vid de los sarmientos transformante.
Renáceme este aliento amortajado, en surtidor perenne, cielo arriba. Por la ventana del milagro, viva,
como aquella de Lázaro enterrado[2], puede saltar el alma, si cautiva; si sedienta, escondida en tu costado[3].
[1]pelícano muriente: el pelícano es símbolo cristológico bien conocido, dada la creencia, documentada en los bestiarios y la tradición animalística medieval, de que se hería en el pecho para alimentar a sus crías con su sangre. No anoto, por más conocidos, los otros nombres aplicados a Cristo en estos versos 7-8: panal, pastor y vid.
[2]ventana del milagro … Lázaro enterrado: alusión a la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús residente en Betania con sus hermanas Marta y María, a quien devolvió la vida después de llevar ya cuatro días muerto. Lo refiere Juan, 11, y ahí, versículos 25-26, Cristo proclama: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá». La resurrección de Lázaro anticipa y prefigura la propia resurrección de Cristo, demostrando su poder sobre la muerte.
[3] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 303.
Ven, ven, Señor, no tardes, ven, ven, que te esperamos…
Rafael Alfaro (El Cañavate, Cuenca, 1930-Granada, 2004), sacerdote salesiano, es autor de una extensa obra lírica, entre la que se cuentan títulos como El alma de la fuente (1971), Voz interior (1972), Vamos, Jonás (1974), Objeto de contemplación (1978), Tal vez mañana (1978), Cables y pájaros (1979), Música callada (1981), Los Cantos de Contrebia (1985), Tierra enamorada (1986), Escondida senda (1986), La otra claridad (Madrid, 1989), Poemas para una exposición (1991), Salmos desde la noche (1993), Elegías del Rus (1993), Dios del venir (1994), Los pájaros regresan a la tarde (1995), Xaire (1998), Apuntes de Alarcón (2001) o Indagación del otoño (2002).
Vaya para hoy, cuarto domingo de Adviento, este soneto suyo que comienza «Hoy tengo ya mi lámpara encendida» y que remite al pasaje evangélico de Lucas que lleva como lema:
«Tened ceñidos vuestros lomos y encendidas las lámparas, y sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas, para que, al llegar él y llamar, al instante le abran» (Lc 12, 35).
Hoy tengo ya mi lámpara encendida, ceñida la cintura, y la alianza en mi dedo vigía; y la esperanza centinela del alba prometida.
Y arde en mi corazón la dolorida llaga de soledad: ¡lenta es la danza de las horas y lenta tu tardanza! Dios del venir[1]: ¡Ardiendo está mi vida!
Y me digo: la noche anuncia al Día; las estrellas al Sol; el suelo al Cielo. ¿A quién anunciará el alma vacía?
Aprenda el Ángel ya su «avemaría» y encienda el aire blanco de su vuelo. Dios del venir, ¡mi corazón te ansia![2]
[1] Esta formulación recuerda el primer verso del primer poema («La transparencia, Dios, la transparencia») de Dios deseado y deseante de Juan Ramón Jiménez: «Dios del venir, te siento entre mis manos, / aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa / de amor, lo mismo / que un fuego con su aire», si bien el significado es distinto en cada caso: en Jiménez, se trata de la formulación de una inmanencia divina (en varias ocasiones afirmó Juan Ramón: «El mío es un dios en inmanencia»); en Alfaro remite a la espera de Cristo que supone el Adviento (adventus significa ʻllegadaʼ o ʻvenidaʼ).
[2] Tomo el texto de Rafael Prieto Ramiro, Como la gallina a sus polluelos (Lc 13, 34). Adviento y Navidad 2002-2003, Madrid, Cáritas Española, 2002, p. 30.
Comienza el Año Nuevo y desde este blog insular y barañario seguimos recordando con poesía la esencia de la Navidad, que no es otra que el nacimiento en Belén del Niño-Dios, redentor de toda la humanidad. Transcribo hoy —solemnidad de Santa María, Madre de Dios— un hermoso soneto de Alfredo Díaz de Cerio (Mendavia, Navarra, 1941-Pamplona, 2008), recogido en su libro póstumo De Navidad a Nochevieja (2008). Jesús Mauleón, en el prólogo de la publicación, escribe estas palabras que contextualizan perfectamente al autor y su poemario:
Profesionalmente, diríamos que Alfredo era más pintor que poeta, aunque no sea más que porque a nadie se le ocurre aducir la actividad poética como profesión en documento oficial alguno. Pero hacía versos por la misma razón por la que pintaba o esculpía, o por la misma pasión que le llevaba a plasmar o decir lo que de fuera hería su sensibilidad o lo que le ardía por dentro. Como poeta dejó una decena de libros y obtuvo innumerables distinciones y, entre otros, los premios Antonio Machado, León Felipe, Fray Luis de León, Vicente Aleixandre, Luis Rosales, Martínez Baigorri…
El libro que aquí se presenta no es, seguramente, el más acendrado ni el más difícil de su producción. Buena parte de él se resuelve métricamente en formas tradicionales como el soneto, la décima, las letrillas de diversa factura, sus versos rimados de arte menor. No es quizá la obra más original ni novedosa del poeta, pero sí un poemario cálido y sentido, accesible a un amplio público, con ramalazos líricos del mejor Díaz de Cerio. […] Aquí abundan los poemas donde casi todo es leve, con la levedad de la tradición popular del villancico. Maneja Alfredo todos los datos tradicionales de la Navidad: el portal con Jesús, María y José, Reyes, pastores, estrella, canto en el cielo, luz, nieve y noche invernal. Pero los conjuga y los vive para alcanzar en ocasiones versos y poemillas enteros de renovada belleza[1].
Este soneto en concreto (el número VIII de la sección inaugural del libro, «Sonetos a la Navidad») se articula en torno a la idea de la encarnación de Cristo, que siendo Dios se hace barro mortal («Viene el Amor a nuestra arcilla breve», v. 1); es decir, se pone de relieve su naturaleza humana («se atreve / a ser carne mortal y carne leve», vv. 4-5, con expresivo encabalgamiento estrófico; «herido con la herida / de todo lo que muere por ser vida», vv. 6-7; «se hace el Verbo de carne tan sencilla», v. 10). Ese Jesús, todo Amor, es a la vez Niño y Dios (v. 8); y, siguiendo con otra aparente contradicción (o, por mejor decir, el profundo misterio, la «Maravilla de toda maravilla», v. 9), «El gran Libertador se hace cautivo» (v. 12): porque, en efecto, el Redentor de todo el linaje humano asume por completo las servidumbres de la carne, las ataduras de su condición de hombre. Tal es el «milagro vivo / y tierno de Belén» (vv. 13-14), certera expresión de Díaz de Cerio que se refuerza desde el punto de vista retórico con un nuevo encabalgamiento, en esta ocasión versal. De esta forma, en su rotunda sencillez, «la gloria de Dios luce más pura» (v. 11) y es «limpia hermosura» (v. 14). Cabe destacar, en fin, el buen ritmo de los catorce endecasílabos, que forman un soneto de gran belleza y musicalidad, cuyo texto completo es como sigue:
Viene el Amor a nuestra arcilla breve, a nuestra soledad tan escondida. Viene el Amor de forma decidida y llega de manera que se atreve
a ser carne mortal y carne leve. Viene el Amor herido con la herida de todo lo que muere por ser vida; tan Niño viene Amor que nos conmueve.
Maravilla de toda maravilla: se hace el Verbo de carne tan sencilla que la gloria de Dios luce más pura.
El gran Libertador se hace cautivo, misterio del amor, milagro vivo y tierno de Belén, limpia hermosura[2].
Natividad, de Sandro Boticelli.
[1] Jesús Mauleón, prólogo a Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo-Institución Príncipe de Viana), 2008, pp. 12-13.
[2] Alfredo Díaz de Cerio, De Navidad a Nochevieja, p. 26.
A punto de llegar a las fiestas de Navidad, traigo hoy al blog un poema de José María Forteza, periodista nacido en Palma de Mallorca en 1925, autor de libros como Resonancias, La ola sucesiva, Invitación a la esperanza, Tres homenajes y una invocación a la paz, Al borde de la ternura, Mensajes del alba (Yendo hacia ti…), La llama desplazada y otros poemas, etc. Se trata de una décima que pertenece a su libro Antífona de Navidad y otros poemas (1989)[1], cuyo primer verso remite a Isaías, 7, 14: «He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». El texto completo es así:
Una doncella está encinta. ¿Qué florecerá en su seno? El recinto es tan ameno y la noche tan distinta… El cielo que la precinta se inclina al amanecer, para que el Niño al nacer nos descubra la alegría y destierre la sombría incertidumbre del ser[2].
La Madonna del parto, de Piero della Francesca.
[1] Este poemario se divide en cuatro secciones: «Antífona de Navidad», «Cinco variaciones sobre la alegría», «Retablo de amor mediterráneo» y «Testigos de mi tiempo». El texto impreso en las solapas del libro explica sobre la primera de ellas: «Antífona de Navidad y otros poemas exalta, en su primera parte, el nacimiento del Mesías desde un enfoque lírico-intimista. En ella se funde el corte clásico de un motivo, que acumula tan grande y hermosa tradición, y la imagen innovadora, cálida y llena de plasticidad. Su lectura nos aproxima a un quehacer que, a la búsqueda de la transparencia y precisión del lenguaje, tiene mucho de ejercicio litúrgico. Su religiosidad se transfigura para convertirse en retablo de cautivadora ternura».
[2] José María Forteza, Antífona de Navidad y otros poemas, Madrid, Ediciones Rialp, 1989, p. 17.