Lope de Vega y Cervantes (y 2)

Si Lope había leído el Quijote recién impreso (en 1604), poco hubieron de gustarle, en efecto, las palabras del canónigo (Quijote, I, capítulo 48) sobre las comedias de su tiempo, que eran sobre todo las comedias de Lope[1]:

Pero lo que más me le quitó de las manos y aun del pensamiento de acabarle fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: «Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser mi libro al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo». Y aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que sigan el arte que no con las disparatadas, ya están tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque.

Cervantes y Lope de Vega, historia de una enemistad, de Felipe Pedraza

Que entre Cervantes y Lope había una tensa amistad muy precaria se trasluce en otros testimonios, como el del prólogo del Quijote apócrifo, en el que Avellaneda acusa a Cervantes de atacar a Lope envidiosamente:

… pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá por lo menos dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa, si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras, y la nuestra debe tanto por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar…

A lo que responde Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote, con palabras que suenan a ironía, pues ciertas ocupaciones de Lope, si bien eran continuas, no podían calificarse de «virtuosas»:

He sentido también que me llame envidioso, y que como a ignorante me describa qué cosa sea la envidia; que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañose del todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques. Ver, entre otros trabajos, Felipe B. Pedraza Jiménez, Cervantes y Lope de Vega: historia de una enemistad y otros estudios cervantinos, Barcelona, Octaedro, 2006.

La influencia de Avellaneda en el «Quijote» de 1615

Mucho se ha escrito sobre la influencia de la novela de Avellaneda —quienquiera que fuese— en la redacción de la II Parte del Quijote[1]. No es posible comentar ahora todos los pasajes en los que se manifiesta el disgusto cervantino por la aparición del apócrifo, ni puedo estudiar la compleja cuestión de las relaciones mutuas entre ambos textos[2]. Me limitaré a recordar un par de pasajes significativos.

Así, las alusiones se intensifican a partir de II, 59 (sería al ir redactando este capítulo cuando llegaría a Cervantes la noticia de la publicación de la falsa II Parte; antes hay algunas otras alusiones, pero podrían haber sido añadidas en una revisión de última hora del texto ya escrito antes). En la venta, dos caballeros, don Jerónimo y don Juan, leen mientras esperan la cena la II Parte de Don Quijote, y el primero comenta que le desplace que se pinte al protagonista ya desenamorado de Dulcinea, circunstancia que provoca la iracunda reacción de don Quijote, quien afirma que jamás su amada podrá caer en su olvido. Despectivamente, se limita a hojear el libro que le muestran, y comenta:

—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia (p. 1112).

Se comenta, además, que en el Quijote de Avellaneda se pinta a Sancho comedor y simple y «nonada gracioso», y el propio escudero contradice esta caracterización suya, y también la de su amo:

—Créanme vuesas mercedes […] que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho (p. 1114).

En II, 72 tiene lugar el encuentro en un mesón con don Álvaro Tarfe, personaje amigo del falso caballero en el apócrifo. Don Quijote le pregunta si aquel otro se le parecía a él, cosa que Tarfe niega.

Don Quijote conversando

Tampoco el escudero descrito por el falsario se corresponde con el auténtico Sancho, pues aquél no tenía la gracia de éste. Sancho apostilla de nuevo a este propósito:

—Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y, si no, hágase vuestra merced la experiencia y ándese tras de mí por lo menos un año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las más veces lo que me digo hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño (p. 1206).

Don Quijote le pide a don Álvaro Tarfe que firme una declaración ante el alcalde del lugar dando fe de que él es el verdadero don Quijote, y así lo hace. Otra alusión ocurre en el capítulo II, 74, en la última cláusula del testamento de Alonso Quijano:

Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos (pp. 1220-1221).

En fin, la última alusión se encierra en las palabras finales de la novela, cuando el narrador refiere que Cide Hamete ha colgado su pluma para que nadie la profane, y copia las palabras que le dirige:

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres: […] Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los extraños reinos» (pp. 1222-1223).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Para Menéndez Pidal, Cervantes pudo conocer el manuscrito del apócrifo. En cambio, Stephen Gilman opina que Avellaneda tuvo acceso al original de la II Parte del Quijote de Cervantes, y que es Avellaneda quien imita a Cervantes. La bibliografía sobre el tema es muy abundante (estudios de Frago Gracia, Iffland, Martín Jiménez, Riquer, etc.) y ha seguido creciendo en los últimos años.

Diferencias entre el «Quijote» de Cervantes y el de Avellaneda

Sancho PanzaLas diferencias entre ambos Quijotes, el de Cervantes y el apócrifo, son notables, en todos los planos[1]. Por lo que respecta a los protagonistas, el don Quijote cervantino es un loco-cuerdo, un personaje profundo, idealista y simbólico, mientras que el de Avellaneda es un demente sin ninguna visión del mundo, un loco de atar que acaba encerrado en un manicomio, la Casa del Nuncio de Toledo. En cuanto a Sancho, deja de ser el escudero humanísimo, que evoluciona junto con su amo, progresivamente «quijotizado», y se convierte en un rústico glotón, borracho y aficionado a los chistes escatológicos. En fin, Dulcinea, uno de los ideales de don Quijote, desaparece en el texto de Avellaneda, de forma que don Quijote pasa a ser el Caballero Desamorado; por contra, el personaje femenino central es Bárbara, una prostituta vieja y mondonguera, con la cara atravesada por una cuchillada.

En el plano del narrador, el Quijote cervantino se caracteriza —como veremos en próximas entradas— por su riqueza y complejidad (perspectivismo, presencia de múltiples voces narrativas y juegos con los planos de la ficción, genial invención de Cide Hamete Benengeli…). En la novela de Avellaneda quien cuenta la historia es el sabio Alisolán, un «historiador moderno», pero este aspecto de las fuentes de la narración apenas si adquiere desarrollo. Avellaneda también incluye dos historias intercaladas, El rico desesperado y Los felices amantes, como era habitual en la narrativa de la época, con un propósito esencialmente didáctico y moralizador.

La visión del mundo es también muy distinta en ambas piezas: compleja en el caso cervantino, matizada siempre por la ironía, y respondiendo a un ideario que se ha relacionado con el pensamiento erasmista (aunque otros críticos matizan o niegan tal influjo); en cambio, el espíritu que transmite la obra de Avellaneda es claramente contrarreformista, y el autor se muestra como portavoz del inmovilista estamento nobiliario.

Finalmente, el estilo del Quijote de Cervantes es espontáneo, variado y ameno, fecundo en humor e inteligente ironía, en tanto que Avellaneda se complace exclusivamente en la comicidad de lo escatológico y el ridículo grotesco y hace gala de una prosa menos rica y expresiva.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Cervantes y Avellaneda, frente a frente

Portada del Quijote de Avellaneda (1614)En 1614, con pie de imprenta en Tarragona (aunque seguramente fue impreso en Barcelona), apareció el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas[1]. Esta continuación del exitoso libro cervantino —también el Guzmán había tenido una continuación apócrifa— ha sido atribuida, con argumentos de muy distinta solvencia, a multitud de autores, entre otros: Francisco López de Úbeda, Juan Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Guillén de Castro, Alonso de Ledesma, Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Alonso Castillo de Solórzano, Jerónimo de Pasamonte, Cristóbal Suárez de Figueroa… y hasta al propio Cervantes. Pero, ¿qué sabemos en realidad de Avellaneda?

Como escribe Luis Gómez Canseco[2], la guía más certera para acercarnos a Avellaneda es el texto de 1614. De su lectura se desprenden las siguientes pistas: 1) Avellaneda era enemigo acérrimo de Cervantes; 2) se sintió gravemente ofendido por algo que aparecía en el Quijote de 1605; 3) admiraba a Lope hasta el punto de salir en su defensa personal; 4) conocía bien Zaragoza y su entorno geográfico; 5) era un hombre piadoso, amigo de devociones, especialmente la del rosario, cercano a los dominicos y con una razonable instrucción teológica; 6) conocía Alcalá y su vida universitaria, Madrid y Toledo; 7) hay algunos rasgos aragoneses en su lengua (Cervantes, en 1615, se refiere a su rival como «un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas»); 8) es un profesional de la literatura y notable conocedor de lo que se escribía en su tiempo (por ejemplo, ha leído el Buscón, que entonces circulaba solamente manuscrito) y tiene conocimientos de latín, de erudición bíblica y clásica y de teoría literaria; y 9) era aficionado al teatro.

No son, en cualquier caso, datos suficientes para desvelar su identidad. Lo que sí parece claro es que el libro se compuso en el círculo cercano a Lope de Vega, que por esos años mantenía una gran enemistad literaria con Cervantes.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] En su introducción a Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

«Cervantes no escribió el “Quijote”»

Tan radical, atrevida y peregrina afirmación no es, por supuesto, mía, ni se trata tampoco de una de las bromas propias de un 28 de diciembre, Día de los Inocentes, a la que haya querido dar entrada hoy en el blog. La afirmación es del Prof. Francisco Calero Calero (UNED) y fue enunciada en una conferencia que tuvo lugar el pasado viernes 21 de diciembre en la Universidad de Navarra, en el marco de una reunión del Grupo de Estudios Medievales y Renacentistas (GEMYR), dirigido por Javier Vergara Ciordia (UNED). Su argumento es en esencia que, dado que en el Quijote hay un conocimiento «en grado máximo» de las disciplinas universitarias, de varios saberes humanísticos (retórica, traducción, etc.) y, en general, de muchos otros conocimientos científicos (medicina, astronomía…), la novela no pudo ser escrita por alguien que no hubiese pasado por la Universidad; Cervantes no pasó por la Universidad, ergo Cervantes no es el autor del Quijote.

Cervantes

Por si algún curioso y desocupado lector estuviere interesado en ver con más detalle los argumentos del Prof. Calero, puede consultar su trabajo «Las disciplinas universitarias en el Quijote o “siendo de toda imposibilidad imposible”», publicado en Historia de la Educación. Revista interuniversitaria, 31, 2012, pp. 31-51 (confieso paladinamente que yo no lo he leído; con la conferencia ya tuve bastante…). Es más, a una pregunta mía, el Prof. Calero respondió que tampoco son de Cervantes ni las Novelas ejemplares, ni el Persiles, ni sus obras de teatro. El Prof. Calero prometió seguir investigando para proponer, en el plazo de un año, la posible identidad del autor del Quijote. Habrá que estar atentos, entonces, porque quizá haya que cambiar el nombre a la Asociación de Cervantistas y, de paso, tirar por la borda varios siglos de Cervantismo.

Interrogación

Y si hasta ahora teníamos el enigma de Avellaneda, es decir, el problema de no saber a ciencia cierta quién fue el enemigo de Cervantes que se le adelantó con la segunda parte apócrifa del Quijote, ahora se le vendría a sumar este otro enigma mayor de saber quién escribió el Quijote, pues resulta «de toda imposibilidad imposible» —según, claro, el Prof. Calero— que fuese Cervantes. Insisto en que no es inocentada y reitero que la idea se expuso públicamente el pasado 21 de diciembre en un ámbito académico: el Aula 30, ¡ay!, del Edificio Central de la Universidad de Navarra, el mismo espacio donde una semana atrás nos reuníamos 40 cervantistas de todo el mundo para hablar de las recreaciones cervantinas