La obra lleva censuras y aprobaciones de enero de 1637, así que podemos suponer que estaría acabada a finales de 1636. Pese a publicarse bajo el seudónimo de Miguel de Mencos[1], la paternidad del libro queda claramente desvelada en los poemas laudatorios. Al parecer, antes salió otra edición del poema sin permiso del autor[2], y hubo otra posterior publicada en Zaragoza, Imprenta de Pascual Bueno, 1679, con Dicastillo ya muerto, que presenta importantes adiciones. En cuanto a su intención, «Dicastillo —escribe Egido— elige como tarea literaria la descripción de la vida dentro de la Cartuja, para hacerla comunicable y modélica, con una función indudablemente didáctica en su empeño»[3].
Dejando de lado los textos preliminares (admonición latina al lector, censuras y aprobaciones, dedicatoria, poemas laudatorios de diversos ingenios…), la obra se divide en tres partes: una «Carta de Teodoro a Silvio», la «Silva de Teodoro» y la «Respuesta de Silvio a Teodoro» (de esta última es autor el clérigo zaragozano Tomás Andrés Cebrián). Ha de notarse el valor simbólico de los nombres de los interlocutores: el cartujo refugiado en Aula Dei se llama Teodoro ‘regalo de Dios’, mientras que su amigo —al que aquel invita a retirarse allí— es Silvio, esto es, ‘silvestre, el que permanece todavía en la selva del mundo, sin conocer el cultivado jardín de Aula Dei’. Tres son los propósitos de Dicastillo: por un lado, describe la cartuja y su vida de cartujo, dedicada a la oración y el silencio: atendiendo una petición de Silvio —así se indica en distintas ocasiones[4]—, Teodoro le pinta con palabras el lugar de Aula Dei y la vida que allí lleva. Pero la «Silva de Teodoro» no es solo una descripción de tan idílico lugar, sino también —en segundo término— una invitación a su interlocutor Silvio para que acuda allí y se olvide de los falsos engaños del mundo, que son vanidad de vanidades. En tercer lugar, por boca de Teodoro, Dicastillo llora su vida pasada y se lamenta por haber tardado tanto tiempo en dejar el mundo, en responder a la llamada de Dios. El tema principal es, por tanto, el desengaño barroco de los valores mundanos, expresado con los tópicos clásicos del Beatus ille y del «menosprecio de corte y alabanza de aldea» (aldea que, en este caso, es la terrena Ciudad de Dios de Aula Dei, anticipo de la celestial). Teodoro —trasunto del autor—, que vive ya cautivo del amor de Dios[5], se lamenta así en la carta preliminar por su juventud perdida:
Aquí lloran mis ojos
la libertad pasada
de aquella juventud tan mal lograda,
que esta prisión suave,
donde en lo que es lo menos lo más cabe,
cuando nací quisiera
que albergue o tumba de mi vida fuera («Carta de Teodoro a Silvio», s. p.).
Más adelante, ya en la silva, explica que allí espera tranquilo la llegada de la muerte (p. 30). Y llora de nuevo el haber resistido durante un tiempo a la llamada del cielo:
Con estos ejercicios,
la vida alegre paso, y tan contento,
que aunque sé que se pasa, no lo siento,
y lloro arrepentido
de haber al Cielo un tiempo resistido
impulso tan divino,
imaginando cárcel este Cielo,
y lo que es sumo gozo, desconsuelo.
¡Oh, loco pensamiento,
que en la más dulce vida
finges mayor tormento
y tienes por feliz la más perdida! (p. 55)[6].
Teodoro vive feliz «en esta soledad apetecida» (p. 42) donde «todo es gozo y amor, y Dios es todo» (p. 56), y llora asimismo porque antes escribió versos profanos:
Salgo después al coro
donde equívocamente canto y lloro:
canto de Dios la gloria
y lloro renovando la memoria
de cuando yo algún día
cantar versos solía
de finezas humanas,
tan olvidado destas soberanas,
dando en vano instrumento,
con toda propiedad, voces al viento (p. 60).
Ahora ha comprendido que todo lo terreno pasa (cfr. p. 63), conoce a la perfección los desengaños de lo caduco y sabe que el negocio principal del hombre consiste en la salvación del alma:
Con estos infalibles desengaños
en que atento reposo,
menosprecio del hombre más dichoso
los gustos, las delicias, las riquezas,
los honores, los timbres, las grandezas,
pues todo viene al fin a rematarse
solamente en salvarse o no salvarse (p. 64)[7].
[1] El título completo del libro es: Aula de Dios, Cartuja Real de Zaragoza, fundación del excelentísimo príncipe don Fernando de Aragón, su arzobispo. Describe la vida de sus monjes, acusa la vanidad del siglo, acuerda las memorias de la muerte en las desengañadas plumas de Teodoro y Silvio. Conságrala a la utilidad pública don Miguel de Mencos…, Zaragoza, Diego Dormer, 1637.
[2] Así se indica en las palabras preliminares «Al letor».
[3] Egido, en su edición facsímil de Aula de Dios,Zaragoza, Libros Pórtico, 1978, p. 20.
[4] Teodoro explica que le envía la silva «más por obedecerte que por mía» y para atraerlo allí: «con ansias de que vivas donde vivo» («Carta de Teodoro a Silvio»). En la propia silva se insiste en que ha sido su amigo quien le ha pedido que describa su retiro: «… pues que me pides amoroso / que por menor te lo describa todo…» (p. 8).
[5] Se habla de esas cadenas de amor divino en las pp. 11 y 38.
[6] Se muestra avergonzado «de que a la voz de Dios respondí tarde, / siendo para mi bien siempre cobarde» (p. 55).
[7] Para más detalles remito a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga. Revista de poesía, 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.
