«Un hidalgo», soneto de Manuel Machado

Este soneto de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Un hidalgo», pertenece a la sección «Siglo de Oro» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario incluidos en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1]. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española explicará el poeta a propósito de ese triple título:

He aquí un título que puede ya servir de epígrafe a toda mi obra lírica: Alma (poesías del reino interior, realidades puramente espirituales). Museo (poesía de la Historia a través de las obras de arte más famosas). Los Cantares (poesía sentimental y aun sensual, poesía de la vida rota que culmina en El mal poema)[2].

El Greco, El caballero de la mano en el pecho. Museo del Prado (Madrid)
El Greco, El caballero de la mano en el pecho. Museo del Prado (Madrid).

El soneto —de versos alejandrinos: de catorce sílabas, con una cesura al medio, 7 + 7— dice así:

En Flandes, en Italia, en el Franco Condado
y en Portugal, las armas ejercitó. Campañas,
doce; tiempo, cuarenta años. En las Españas
no hay soldado más viejo. Este viejo soldado

tiene derecho a descansar y estar ahora
paseando por bajo los arcos de la plaza
—solemne—, y entre tanto que el patrio sol desdora
sus galones —magnífico ejemplar de una raza—,

negar que la batalla de Nancy se perdiera
si el gran Duque de Alba ordenado la hubiera;
negar su hija al rico indiano pretendiente,

porque no es noble asaz Don Bela. Y, finalmente,
invocar sus innúmeras proezas militares
para pedirle unos ducados a Olivares[3].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Manuel Machado, y José María Pemán, Unos versos, un alma y una época. Discursos leídos en la Real Academia Española, Madrid, Diana, 1940, p. 79; tomo la cita de Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», pp. 17-18.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 166. Como curiosidad, encuentro el soneto reproducido, con el epígrafe «Figuras de la Raza» precediendo al título, en La Falange. Diario de la tarde, Año I, núm. 93, Cáceres, 17 de diciembre de 1936, p. 1.

«Gloria e infierno de don Francisco de Quevedo», de Manuel Machado

Traigo hoy al blog este poema, creo que muy poco conocido, de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) dedicado a Quevedo, al que se presenta en forma idealizada (cfr. los vv. 13-14, «oh cifra de la trágica amargura / del Ideal enfrente de la vida»), representante señero de la España imperial y heroica de unas décadas atrás («la aventura» y «la hazaña», v. 2). El texto transmite la idea de que la voz de Quevedo se alza en sus escritos de «poeta» y «filósofo» (v. 12) frente a la decadencia generalizada de su tiempo en todos los órdenes de la vida: la sociedad («ya se “apicara” y se corrompe España», v. 3), la política («las gotosas manos de Olivares», v. 4), la milicia («La ilustre lanza convertida en caña», v. 6), la Corte («en torpe intriga la guerrera saña», v. 7) y la literatura («y el Romancero en lúbricos cantares…», v. 8). En el volumen de sus Poesías completas la composición aparece recogida entre la «Poesía dispersa» de Manuel Machado, en una sección cuyos poemas se agrupan bajo el epígrafe «[Poemas de guerra y posguerra (1936-1947)]».

Retrato de Francisco de Quevedo y Villegas (siglo XVII), atribuido en el pasado a Diego Velázquez y actualmente a Juan van der Hamen. Instituto Valencia de Don Juan (Madrid)
Retrato de Francisco de Quevedo y Villegas (siglo XVII), atribuido en el pasado a Diego Velázquez y actualmente a Juan van der Hamen. Instituto Valencia de Don Juan (Madrid).

Transcribo, sin necesidad de mayor comentario ni anotación, el texto del soneto:

Ya no hay Mundos que hallar en esos mares.
Lejos de la aventura y de la hazaña,
ya se “apicara” y se corrompe España
en las gotosas manos de Olivares.

A más entendimiento más pesares…
La ilustre lanza convertida en caña,
en torpe intriga la guerrera saña
y el Romancero en lúbricos cantares…

Abrir un libro tuyo me da miedo…
Fiera pena, sin llanto ni ternura,
de tu obra genial surge encendida…

¡Oh poeta, oh filósofo, oh Quevedo,
oh cifra de la trágica amargura
del Ideal enfrente de la vida![1]


[1] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 719. En el v. 3 corrijo la errata «aveentura».

El humor en «Los españoles en Chile» (1665), de Francisco González de Bustos: el gracioso Mosquete

He dejado para una entrada aparte, intencionadamente, el comentario de lo relativo al gracioso Mosquete, el criado de don Diego de Almagro, que es el continuo portador de la comicidad a lo largo de las tres jornadas de Los españoles en Chile. Su presencia casi constante en escena es un detalle más que confirma que González de Bustos no quiso hacer una comedia histórica, sino una obra esencialmente cómica. Lee relaciona su nombre con mosquito y mosquetero[1], pero más bien hay que vincularlo con el arma de fuego, sentido con el que se juega en algún momento («será el primer Mosquete / que no haya muerto de horquilla», fol. 19r[2]). Mosquete no es, en fin, mal nombre para el criado de un capitán.

Mosqueteros y arcabuceros de los tercios españoles en la batalla de Gravelinas
Mosqueteros y arcabuceros de los tercios españoles en la batalla de Gravelinas

Mosquete es un personaje bastante estereotipado, en el sentido de que la risa que provoca deriva de su afición a la comida, de su cobardía y de sus alusiones escatológicas, a lo que hay que sumar sus numerosas réplicas humorísticas en forma de apartes. En todas las batallas en que se halla presente se esconde y comenta los acontecimientos a una prudencial distancia, aunque luego se jacta de las grandes matanzas que ha hecho entre los araucanos (fol. 11v). En la Jornada tercera, cuando está prisionero de los indios junto con don Diego, la situación es, en principio, bastante dramática, porque ambos corren el peligro de morir empalados, pero ni siquiera entonces Mosquete pierde su buen humor y no abandona sus burlas, chanzas y simplezas. En alguna ocasión da entrada a juegos dilógicos, aunque esa ingeniosidad derivada de la agudeza verbal no es precisamente la más importante. Un pasaje especialmente gracioso lo tenemos cuando Mosquete es apresado por los indios; primero hace un comentario acerca del enorme tamaño de los pies de Fresia:

MOSQUETE.- Dale, señora, a Mosquete
de tu pie el menor juanete,
si tiene juanete el sol.
Oigan, ¡qué tiesa se está
la perra  guardando el hato
y en cada pie por zapato
una maleta tendrá! (fol. 4r-v).

Y luego le dice a la india que se ha equivocado al elegirlo a él como cautivo, enumerando humorísticamente todas sus tachas:

MOSQUETE.- Vusté en escoger no sabe
cuál es su mano derecha.

FRESIA.- ¿Por qué lo dices?

MOSQUETE.- Lo digo
porque soy la peor bestia
y de más horribles tachas
del mundo.

FRESIA.- ¿De qué manera?

MOSQUETE.- Porque tengo hambre continua
y tengo sarna perpetua,
un lobanillo en un lado
y güelo de ochenta leguas
a hombre bajo, que los bajos,
como tienen los pies cerca
de lo amargo del pepino,
no hay demonio que los güela.
Tengo mataduras, pujos,
almorranas, hipo, reumas,
y no me pongo escarpines,
con que, según la propuesta,
puede usted quedar ufana
de ver la ganga que lleva (fol. 4v).

En fin, su humor está presente a lo largo de toda la pieza, y su comentario gracioso no podía faltar en el desenlace, a propósito de los tres matrimonios concertados:

MOSQUETE.- Todos se casan aquí
y a mí solo no me casan.

DON DIEGO.- No hay con quién.

MOSQUETE.- ¿Falta una china
con quien darme la pedrada? (fol. 23v)[3].


[1] Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1996, p. 215.

[2] Todas mis citas son por la edición príncipe de 1665 (Los españoles en Chile, en Parte veinte y dos de Comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Andrés García de la Iglesia, a costa de Juan Martín Merinero, 1665), pero modernizando las grafías y la puntuación.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.

Araucanos y españoles en «Los españoles en Chile» (1665), de Francisco González de Bustos (4)

Desde el punto de vista escénico, la caracterización de los personajes indios de Los españoles en Chile se produce fundamentalmente a través de su vestimenta: la acotación inicial indica que Caupolicán sale «vestido de indio, con arco y flechas al hombro, con bastón de general» mientras que Fresia va «vestida de india muy bizarra, con flechas al hombro en carcajes, y el arco en la mano»; Colocolo aparece como «mago, vestido de pieles, con barba larga y muy cana» (acot. en fol. 2r[1]) y Tucapel «de indio, con carcaj, flechas y arco» (acot. en fol. 3v).

Ahora bien, ¿qué tratamiento reciben los principales protagonistas araucanos? ¿Qué semblanza ofrece de ellos el dramaturgo? Caupolicán, impulsivo y vengativo, se caracteriza por el profundo amor que siente por Fresia y también por su orgullosa soberbia, que le lleva a mostrarse sordo a los reproches y advertencias de Colocolo. Como ha señalado la crítica, la figura del cacique araucano resulta un tanto incongruente en esta pieza, pues se diluye y desdibuja, hasta el punto de desaparecer por completo en la Jornada segunda. En el desenlace, la muerte del cacique, que se menciona, pero no se representa, es el hecho que propicia la sujeción y conversión de los araucanos. No son más de cinco versos los que se dedican a referirla:

DON DIEGO.- Ya en Caupolicán se hizo
la justicia que tú mandas:
puesto en un palo murió,
y con la mayor constancia
que humanos ojos han visto (fol. 23r).

Jefe araucano

Tucapel y Rengo quedan retratados como indios arrogantes y bravucones; por ejemplo, no dudan en desenvainar sus espadas delante de Caupolicán, lo que pone de manifiesto su falta de respeto a la jerarquía. Es más, los dos rivalizan por ostentar la jefatura entre los araucanos, disputándosela a Caupolicán. Tucapel, que también ama a Fresia, se presenta a sí mismo como defensor de su honor y por eso, y llevado por los celos, reta a don Diego, que también pretende a la bella araucana. Su carácter orgulloso queda reflejado en esa escena del desafío a Almagro, ante quien se da a conocer con estas altaneras palabras:

TUCAPEL.- Yo soy Tucapel, en quien
consiste todo el Arauco[2],
y el mundo, que todo el mundo
es corta empresa a mi brazo (fol. 12v).

En fin, Colocolo, más que un sabio consejero cuya autoridad es respetada por todos, es presentado como un mago, una especie de augur, que en dos ocasiones vaticina la derrota de los araucanos si no atienden sus avisos; pero los jefes guerreros no le hacen ningún caso y le faltan al respeto, hasta el punto de que Caupolicán y Rengo lo llaman «caduco», «caduco viejo»[3].


[1] Todas mis citas son por la edición príncipe de 1665 (Los españoles en Chile, en Parte veinte y dos de Comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Andrés García de la Iglesia, a costa de Juan Martín Merinero, 1665), pero modernizando las grafías y la puntuación.

[2] La princeps lee «el Araucano», que hace el verso largo; enmiendo.

[3] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.

El «Soneto a Cervantes» de Francisco Luis Bernárdez

Por tratarse de un texto poco conocido, copiaré hoy este «Soneto a Cervantes» del poeta argentino Francisco Luis Bernárdez (Buenos Aires, 1900-Buenos Aires, 1978) perteneciente a su poemario El arca (Buenos Aires, Losada, 1953). Su calidad literaria no es excepcional, pero constituye un eslabón más de la larga cadena de evocaciones poéticas del autor del Quijote.

Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares)
Estatua de Cervantes en la Plaza de Cervantes (Alcalá de Henares).

El poema dice así:

Ceñido por la luz de tu memoria
Y encerrado en la gracia de tu sueño,
Siento el vano rumor y el vano empeño
Del vano tiempo y de la vana historia.

Siento que la ilusión de que soy dueño
Se me vuelve más leve y transitoria,
Y que hasta el bien de la soñada gloria
Me parece más pobre y más pequeño.

Porque en la carne de tus criaturas
Y en la substancia de sus almas puras
Vivo despierto y como nunca estoy,

Viendo a partir de sus perfectas vidas
Las proporciones justas y escondidas
De lo que en ellas y con ellas soy[1].


[1] Lo cito por Francisco Luis Bernárdez, Antología, selección y prólogo de Graciela Maturo, Buenos Aires, Secretaría de Cultura de la Nación / Editorial Bonum, 1994, p. 284. Mantengo la mayúscula al comienzo de cada verso.

«El capitán de sí mismo» (1950), de Manuel Iribarren (y 5)

Otro aspecto muy interesante en El capitán de sí mismo es la intriga que el autor consigue crear en torno a San Ignacio de Loyola. Este no aparece desde el mismo comienzo de la obra, sino que lo hace ya mediada la primera estampa. Durante este intervalo de tiempo, Manuel Iribarren crea cierta expectación en torno a Íñigo por medio de la heterocaracterización. Los personajes que están en escena hablan sobre él, sosteniendo opiniones muy diversas. Así, un soldado lo describe como «un camorrista» temerario y un espadachín. Por el contrario, un ballestero lo defiende y dice que es muy valiente y uno de los pocos soldados que nunca han intervenido en las acciones de rapiña que seguían a las victorias en el campo de batalla. Posteriormente, cuando Íñigo aparece en escena, permanece callado durante largo tiempo y, hasta que no comienza a hablar, el espectador no consigue hacerse cargo de cuál es su verdadera personalidad.

San Ignacio de Loyola

Si se tiene en cuenta todo lo que hasta aquí llevamos dicho, podemos afirmar que El capitán de sí mismo, de Manuel Iribarren, es una meritoria obra dramática que se destaca ante todo por la habilidad con que muestra al espectador dos importantes facetas de la realidad histórica: por un lado, la historia de unos hechos externos protagonizados por un conjunto de personajes y, además, la historia del desarrollo espiritual y psicológico de uno de sus protagonistas: San Ignacio de Loyola[1].


[1] Para más detalles remito a María Ángeles Lluch Villalba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337. Sobre el tratamiento literario del santo en los siglos XVI y XVII, puede verse Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Araucanos y españoles en «Los españoles en Chile» (1665), de Francisco González de Bustos (1)

Desde la perspectiva de los personajes españoles de Los españoles en Chile, el indio araucano es «el bárbaro rebelde»[1] (así lo denomina el Marqués, fol. 6v[2]). El indómito araucano representa la barbarie; de hecho, la designación de bárbaro, bárbaros es la usual a lo largo de toda la comedia para referirse a los indios, bien como vocativo a ellos dirigido, bien para designarlos, y para calificar sus costumbres, cuando no están presentes en escena (así, encontramos sintagmas como bárbaro asqueroso, bárbaro ciego, bárbaro suplicio[3]…). A su vez, los araucanos utilizan con frecuencia la designación de cristiano, cristianos para referirse a sus antagonistas (cristianos soberbios, viles cristianos, alevoso cristiano, soberbios cristianos…), alternando con las formas español, españoles. El objetivo de estos es someter aquellas tierras, porque «Chile ha de ser del rey» (fol. 21r). Estas referencias a la conquista del territorio y su incorporación a la Monarquía Hispánica apuntan levemente en las conversaciones entre el Marqués y sus capitanes, y también en el desenlace, cuando Tucapel pide el bautismo a don García en nombre de todos los indios:

TUCAPEL.- Yo soy, señor, que a tus plantas
vengo a pedirte perdón,
con estos que me acompañan
rendidos a tu clemencia,
de la ceguedad pasada
y el bautismo, que en la ley
que ya adoramos cristiana
vasallos queremos ser
del grande león de España.

TODOS.- ¡Bautismo, señor, bautismo! (fol. 23r).

Sin embargo, como ya quedó apuntado en una entrada anterior, ni el aspecto histórico de la guerra de conquista ni sus implicaciones religiosas constituyen la parte nuclear de la comedia ni alcanzan un desarrollo mayor. Las cuestiones que verdaderamente importan al dramaturgo no son las de la incorporación de un nuevo territorio a la Corona y la conversión de nuevas almas a la religión católica, sino las aventuras amorosas que culminarán convencionalmente con bodas múltiples tras la muerte de Caupolicán: don Diego con doña Juana, Tucapel con Fresia y Rengo con Gualeva.

«La bella Guacolda. Traje de las chilenas desde Coquimbo hasta el valle de Arauco». Dibujo incluido en la crónica manuscrita de fray Diego de Ocaña (1608), publicada con el título A través de la América del Sur
«La bella Guacolda. Traje de las chilenas desde Coquimbo hasta el valle de Arauco». Dibujo incluido en la crónica manuscrita de fray Diego de Ocaña (1608), publicada con el título A través de la América del Sur.

Como ha escrito Lee:

El conflicto amoroso que domina la obra reduce el tema araucano a un papel de subordinación en función del desarrollo y resolución del mismo. Las guerras de conquista son, entonces, el factor tangencial introductor del desorden (don Diego deja a doña Juana para ir a la guerra en Chile) y es así, tangencialmente, como el autor trata el problema bélico. Ninguno de los personajes, españoles o araucanos, discute sobre el conflicto político-religioso, sólo se reconocen unos a otros como cristianos y no cristianos, diferencia que se resuelve también dentro de unos marcos fijos y predecibles. La obra termina con la conversión masiva de los araucanos al cristianismo tras la muerte de Caupolicán […]. Sin embargo, si bien la obra elude el reconocimiento de los araucanos en su otredad, dentro de un marco ideológico definido por el concepto del orden, este mundo es, implícitamente, la antítesis de lo deseable. Si doña Juana y los españoles representan el Bien, Fresia y los suyos representan el Mal y por lo tanto sus aspiraciones no pueden ser logradas[4].


[1] Y, al decir de Cacao, Caupolicán «está en lo rebelde endurecido» (fol. 21r).

[2] Todas mis citas son por la edición príncipe de 1665 (Los españoles en Chile, en Parte veinte y dos de Comedias nuevas, escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Andrés García de la Iglesia, a costa de Juan Martín Merinero, 1665), pero modernizando las grafías y la puntuación.

[3] Otros insultos en boca de los españoles: canalla, locos, perro, perra, galgo

[4] Mónica Lucía Lee, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Ann Arbor, UMI, 1996, pp. 217-218. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.

Breve noticia sobre Francisco González de Bustos, autor de «Los españoles en Chile»

No son muchos los datos de que disponemos acerca del autor de Los españoles en Chile. Fausta Antonucci lo califica como «un dramaturgo prácticamente desconocido»[1], mientras que Patricio C. Lerzundi escribe:

Escasean los datos sobre Francisco González de Bustos. No es mencionado ni por Nicolás Antonio ni por José Simón Díaz. La Barrera se limita a anotar que es un autor de fines del siglo XVII y da una lista de las obras que compuso. Por su parte, Francisco [de Bances] Candamo supone que nació a principios del siglo XVII, por cuanto se hizo presente en un teatro hacia 1683, donde llegó «viejo, gotoso y “cargado de comedias”» a recitar un diálogo jocoso. No se sabe la fecha exacta de su muerte[2].

Cubierta de Los españoles en Chile, de Francisco González de Bustos, ed. Linkgua

Sin embargo, quien nos proporciona más datos es Alessandro Cassol, en un artículo dedicado a las colecciones de Comedias escogidas. Considera que González de Bustos es un «autor que ha suscitado poco interés, pese a ser un dramaturgo relativamente prolífico entre los de tercera fila»[3]. Del corpus de sus obras, además de la pieza que nos ocupa, menciona las siguientes: El mosquetero de Flandes (1652), Santa Olalla de Mérida (1665), El Fénix de la Escriptura (1675, sobre San Jerónimo) y El Águila de la Iglesia (1672, sobre San Agustín, escrita en colaboración con Pedro Lanini y Sagredo), más otras comedias conservadas en manuscritos como Santa Rosa de Viterbo o El español Viriato. Podría añadirse asimismo la comedia Los valles de Sopetrán, de Lanine (sic, por Lanini), Diamante, y Bustos[4], autógrafo de 1696 localizado en el Institut del Teatre de Barcelona[5].


[1] Fausta Antonucci, «El indio americano y la conquista de América en las comedias impresas de tema araucano (1616-1665)», en Ysla Campbell (coord.), Relaciones literarias entre España y América en los siglos XVI y XVII, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1992, p. 40. A veces su nombre es mencionado como Francisco de González Bustos (así lo llaman Lauer y Dille). Ver también José Toribio Medina, Biblioteca Hispano-Chilena (1523-1817), tomo II, Ámsterdam, N. Israel, 1965 [reproducción facsimilar de la edición de Santiago de Chile, en casa del autor, 1897], tomo II, p. 531.

[2] Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996, p. 36.

[3] Alessandro Cassol, «Flores en jardines de papel. Notas en torno a la colección de las Escogidas», Criticón, 87-88-89, 2003, p. 150.

[4] Simón Palmer atribuye únicamente la comedia a Lanini y Diamante, pero en la portada figura también Bustos como autor.

[5] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Rebeldes y aventureros en Los españoles en Chile (1665), de Francisco González de Bustos», en Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa (eds.), Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 161-186.

Cronología de San Francisco Javier (1506-1552)

Bartolomé Esteban Murillo, San Francisco Javier (c. 1670). Wadsworth Atheneum (Hartford, Connecticut, Estados Unidos)
Bartolomé Esteban Murillo, San Francisco Javier (c. 1670). Wadsworth Atheneum (Hartford, Connecticut, Estados Unidos)

1506 El 7 de abril nace en el castillo de Javier (Navarra) Francisco (Francés) de Jaso y Azpilicueta. Su padre, Juan de Jaso, era Presidente del Real Consejo del rey de Navarra, Juan III de Albret. Su madre, doña María de Azpilicueta, pertenecía a una noble familia de la que formaba parte Martín de Azpilicueta, el llamado «Doctor Navarrus». Francisco era el benjamín de cinco hermanos: Magdalena, Ana, Miguel, Juan y él mismo.

1512 Conquista de Navarra por las tropas castellano-aragonesas al mando de don Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, por orden de Fernando el Católico, rey ya de Aragón y Castilla.

1515 Muerte de su padre en el exilio. Navarra es incorporada a la Corona de Castilla.

1516 Miguel y Juan, los hermanos de Francisco, partidarios del legítimo rey de Navarra, don Juan de Albret, participan en una incursión bélica para tratar de recuperar el reino, que fracasa. Ambos son encarcelados; la familia es desposeída de sus propiedades, y el castillo desmochado por orden del gobernador, el cardenal Cisneros.

1521 Una nueva invasión navarro-francesa al mando del duque de Foix penetra hasta Logroño, permitiendo a los leales al rey Juan de Albret recuperar el control casi total del reino, si bien por poco tiempo. El 20 de mayo Íñigo López de Loyola —que combate con las tropas guipuzcoanas del emperador Carlos— es herido en la defensa del castillo de Pamplona, asediado por el ejército navarro-francés.

1524 Francisco Javier tiene tomada la determinación de ir a estudiar a París, en la célebre Universidad de la Sorbona. Antes cursa estudios en diferentes ciudades navarras, entre ellas Pamplona.

1528 Viaja a París para proseguir sus estudios en la Sorbona.

1529 Conoce a Ignacio de Loyola.

1531 Se gradúa en París en filosofía. Comienza estudios de teología.

1532-1533 La conversión de Javier se produce entre diciembre de 1532 y junio de 1533 (según Schurhammer). Ignacio le recuerda la frase evangélica: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Mateo, 16, 26).

1534 El 15 de agosto, una vez finalizados sus estudios, Javier, Ignacio y otros compañeros pronuncian en la Cripta del Martirio de Montmartre sus votos de pobreza y castidad y prometen peregrinar a Tierra Santa. Francisco se queda en París otros dos años más estudiando teología, después de participar en los Ejercicios espirituales impartidos por Ignacio de Loyola.

1537 Viaja con Ignacio a Italia. En Roma visitan al papa Paulo III para pedirle su bendición antes de emprender el viaje a Tierra Santa, viaje que no se iba a poder realizar por haber entrado en guerra Venecia con el imperio turco. El 24 de junio Javier es ordenado sacerdote en Venecia, donde se dedica a predicar. Ante la tardanza del viaje a Jerusalén, vuelven a Roma y se ofrecen al papa para ser enviados a cualquier otro lado.

1540 El papa aprueba formalmente la Compañía de Jesús. Javier marcha a Lisboa, pasando por Azpeitia para entregar cartas de Ignacio de Loyola a su familia. La iniciativa de marchar a Portugal se debe a la solicitud del embajador portugués en Roma, don Pedro de Mascarenhas, que pidió a Ignacio de Loyola, en nombre del rey don Juan III, algunos hombres suyos para enviarlos a las Indias Orientales. Para ese viaje, Francisco fue nombrado por el papa «legado suyo en las tierras del mar Rojo, del golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges».

1541 Javier parte de Lisboa el 7 de abril hacia las colonias portuguesas en la India como nuncio papal en el lejano Oriente. El 22 de septiembre llega a Mozambique, donde se queda hasta febrero del año siguiente. Allí ayuda en el hospital y percibe el mal trato que se da a los negros, lo cual le lleva a tener los primeros enfrentamientos con las autoridades civiles portuguesas.

1542 El 6 de mayo, después de efectuar escalas en Melinde y Socotora, llega Javier a Goa (ciudad que luego sería capital de la India Portuguesa). Prepara un texto divulgativo basado en el catecismo de Juan Barros y comienza a predicar la doctrina católica por la ciudad, a la vez que asiste a moribundos, visita a presos y socorre a pobres. Trata de aprender la lengua del país. Tras rechazar el puesto de director del seminario de San Pablo, en octubre de 1542 se embarca para las islas de la Pesquería, en la costa de Goa, donde permaneció más de un año. Aprende el idioma tamil y traduce a esa lengua parte de los textos cristianos. Evangeliza a los indios paravas y recorre las ciudades de Tuticorrín, Trichendur, Manapar y Combuture, encontrando la oposición de los brahmanes de la región.

1543 En el mes de noviembre se encuentra en Goa con sus compañeros micer Paulo y Mansilla y se entrevista con el obispo de la ciudad, Juan de Alburquerque, para pedirle misioneros. Este destina a seis sacerdotes para esa labor y Javier se vuelve con ellos a la Pesquería. En el viaje escribe varias cartas a sus compañeros de Roma, señalando que «muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber personas que se ocupen en la evangelización». En la Pesquería permanece un mes con los makuas, donde bautizará a más de 10.000 personas.

1545 Parte a las islas Molucas en compañía de Juan Eiro, llegando a Malaca poco después. Durante tres meses aprende algo del idioma, traduce algunos textos de la doctrina católica y se familiariza con la cultura local. Escribe al rey de Portugal sobre «las injusticias y vejaciones que les imponen [a los nativos] los propios oficiales de Vuestra Majestad».

1546 Viajes por el archipiélago malayo. En el mes de enero sale hacia la isla de Amboino. Recorre diferentes islas de la región y en Baranula (Ceran), según cuenta la tradición, un cangrejo le devuelve el crucifijo que había perdido durante una tempestad. En junio llega a Ternate, rico centro comercial de especias y última posesión portuguesa. Permanece allí tres meses. Otros tres meses los pasa en las islas del Moro, y de allí emprende el viaje de vuelta a Malaca. Llega a Cochín el 13 de enero de 1548.

1548 Recorre diversos lugares de la India realizando labores de reordenación y supervisión de las misiones establecidas en este extenso territorio y en las Molucas.

1549 El domingo de Ramos de este año Javier emprende el viaje a Japón, acompañado de sus compañeros Cosme de Torres y Juan Fernández y el traductor Anjirō, llegando a su destino el 15 de agosto. Permanece un año en Kagoshima, entonces capital del reino Sur del Japón. Su estancia en tierras japonesas se extiende por dos años y tres meses. Con ayuda de su compañero Pablo de Santa Fe trata de evangelizar a sus gentes.

1550 Se dirige al norte del Japón. Funda una pequeña colectividad cristiana en Hirado. Llega a Yamaguchi, luego a Sakai y, finalmente a Meaco, donde intenta, sin conseguirlo, ser recibido por el emperador. Se traslada a Yamaguchi de nuevo y obtiene del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Su predicación da como fruto la creación de una comunidad católica que permanece hasta nuestros días. Muchos de los convertidos son samuráis. Cuenta en cambio, con la fuerte oposición del clero local, los bonzos.

1551 En septiembre le llama el príncipe de Bungo, quien le permite predicar en esas islas. 

1551 Abandona Japón para visitar las misiones de la India. Realiza el viaje de vuelta en la nao Santa Cruz, capitaneada por Diego de Pereira, quien le brinda la idea de organizar una embajada a China en nombre del rey de Portugal. Al llegar a Malaca se entera de que la India ha sido nombrada provincia jesuítica independiente de Portugal y que él es su provincial.

1552 El 24 de enero llega a Cochín y el 18 de febrero a Goa. Realiza preparativos para el viaje a China y parte rumbo a ese país el 14 de abril en la nao Santa Cruz del capitán Pereira. Le acompañan el sacerdote Gago, el hermano Álvaro de Ferreira, Antonio de Santa Fe (de origen chino) y un criado indio llamado Cristóbal. Cuando llegan a Malaca tienen problemas con el capitán de Mares, Álvaro de Ataide, que retrasa el viaje por dos meses e impide que Pereira siga al mando de la nao.

1552 Desembarca en el islote de Sancian (Shangchuan), a 150 km. de Cantón, cerca de Macao, China. Allí permanece a la espera de un barco chino que les introduzca, clandestinamente, en el continente. El 3 de diciembre, a los 46 años de edad, Francisco Javier fallece a causa de unas fiebres.

1553 Desenterrado, se descubre que su cuerpo está incorrupto. El 22 de marzo es enterrado en Malaca, en la iglesia de Santa María del Monte. Después su cuerpo es conducido a Goa, adonde llega en la primavera de 1554.

1614 Un sacerdote jesuita secciona su brazo derecho —con el que bautizó a miles de personas— y se traslada como reliquia a Roma, donde se venera en la iglesia del Gesù.

1619 El 25 de octubre es beatificado por el papa Paulo V.

1621 Es nombrado patrón de Navarra por la Diputación del reino.

1622 Es canonizado —San Francisco Javier— el 12 de marzo por el papa Gregorio XV, junto con San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri.

1623 Llega a Goa la noticia de su canonización, la cual se solemnizó con una gran ceremonia al año siguiente, 1624. Sus restos son depositados en una urna de plata.

1624 Es ratificado como patrón de Navarra por las Cortes del reino (desde 1657 compartirá el patronazgo con San Fermín de Amiens —y también con Santa María la Real—).

1748 Es nombrado patrono de todas las tierras al este del cabo de Buena Esperanza.

1904 Es nombrado patrono de la Obra de la Propagación de la Fe.

1927 El papa Pío XI le nombra patrono de las Misiones junto a Santa Teresita del Niño Jesús.

1952 El papa Pío XII lo proclama patrono del Turismo.

Las «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo» de Alonso de Bonilla

Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:

Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia).
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)

Niño, aunque con vos se estrella
la ley de sangre y dolor,
sufridla, que ese rigor
todo ha de llover sobre ella.

Pues que siendo vos Dios mesmo
a vuestras carnes lastima,
justo es que le llueva encima
un diluvio de bautismo;

porque no quede centella
del fuego de su dolor,
anegando su rigor
para que llueva sobre ella.

Dejad al cuchillo cruel
que vuestras venas desangre,
que aunque el diluvio es de sangre,
agua se espera tras dél[2];

porque la justa querella
contra la ley del dolor
desterrará su rigor,
para que llueva sobre ella.

Dejad que llueva, chiquito,
que a fe[3] que mojada salga,
sin que el capote le valga
de su intolerable rito;

que ley que con Dios se estrella
sin reservarle el dolor
es justo por tal rigor
que todo llueva sobre ella[4].


[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».

[2] aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.

[3] a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.

[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.