El soneto «A un esqueleto de muchacha» de Rafael Morales

Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005), escritor perteneciente a la primera generación poética de la posguerra, se dio a conocer en las páginas de la revista Escorial y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1954. Su producción lírica está formada por los siguientes títulos: Poemas del toro (1943), El corazón y la tierra (1946), Los desterrados (1947), Poemas del toro y otros versos (1949), Canción sobre el asfalto (1954), Antología y pequeña historia de mis versos (1958), La máscara y los dientes (1962), Poesías completas (1967), La rueda y el viento (1971), Obra poética (1943-1981) (1982), Prado de serpientes (1982), Entre tantos adioses (1993), Obra poética completa (1943-1999) (1999), Poemas de la luz y la palabra (2003) y Obra poética completa (1943-2003) (2004).

«A un esqueleto de muchacha» cierra la sección «Madre tierra», de su poemario El corazón y la tierra (1946)[1] y reelabora «A una calavera» de Lope de Vega, contundente soneto de desengaño barroco incluido en sus Rimas sacras. El texto es, por tanto, como explicita el propio Morales, un «Homenaje a Lope de Vega». Su editor moderno, José Paulino Ayuso, explica en nota al pie el texto que se ha tomado como base:

Se refiere el poeta al soneto de Lope de Vega: «A una calavera», cuyos primeros versos dicen: «Esta cabeza, cuando viva, tuvo / sobre la arquitectura de estos huesos / carne y cabellos, por quien fueron presos / los ojos que, mirándola, detuvo». Luego el poeta moderno imita otros recursos, como la anáfora de los versos 5, 7, 9 y 11: «Aquí la rosa de la boca estuvo… aquí los ojos de esmeralda impresos… Aquí la estimativa que tenía… aquí de las potencias la armonía» (Obras poéticas de Lope de Vega, ed. de José M. Blecua, Barcelona, Planeta, 1983). Para «cabello undoso», véase F. de Quevedo: «Afectos varios de su corazón fluctuando en las ondas de los cabellos de Lisi»[2].

La principal diferencia con el hipotexto barroco es que mientras que Lope se ciñe a cantar la calavera, Morales se refiere a todo el esqueleto de la joven, con enumeración —que sigue el habitual orden descendente de la descriptio puellae— de diversos elementos, a saber, frente, mejilla, pecho, mano, brazo, cuello, cabeza, cabello, pierna y pie.     

Paul Delvaux, La conversation (1944)

Paul Delvaux, La conversation (1944)

Homenaje a Lope de Vega

En esta frente, Dios, en esta frente
hubo un clamor de sangre rumorosa,
y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa
de una fugaz mejilla adolescente.

Aquí el pecho sutil dio su naciente
gracia de flor incierta y venturosa,
y aquí surgió la mano, deliciosa
primicia de este brazo inexistente.

Aquí el cuello de garza sostenía
la alada soledad de la cabeza,
y aquí el cabello undoso se vertía.

Y aquí, en redonda y cálida pereza,
el cauce de la pierna se extendía
para hallar por el pie la ligereza[3].


[1] Puede verse una «Pequeña historia de El Corazón y la Tierra» en Rafael Morales, Antología y pequeña historia de mis versos, Madrid, Escelicer, 1958, pp. 65-70.

[2] José Paulino Ayuso, en su edición de Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), Madrid, Cátedra, 2004, p. 154.

[3] Cito por Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), ed. de José Paulino Ayuso, p. 154.

Un «Soneto a Lope de Vega» de Alfredo Marqueríe

Traigo hoy al blog esta poco conocida (creo) evocación poética del Fénix, debida al periodista y crítico teatral Alfredo Marqueríe Mompín (Mahón, 1907-Minglanilla, Cuenca, 1974). La composición ganó el sexto certamen de la Justa poética organizada por el Excelentísimo Ayuntamiento de Madrid para conmemorar el IV Centenario del nacimiento de Lope de Vega, hijo insigne de esta Villa y Fénix de los Ingenios de España (1562-1962). Las bases de ese sexto certamen estipulaban un premio de 10.000 pesetas para este tema: «Soneto clásico, o de otro estilo, dedicado a Lope de Vega». Los premios se entregaron el 26 de diciembre de ese año en un acto organizado en la Casa de la Villa, en el que fueron leídos los poemas premiados y pronunció una conferencia Joaquín Entrambasaguas. A  este crítico se le encargó la edición de los textos, «pero circunstancias a las que he sido ajeno —escribe— impidieron la publicación de las composiciones que ahora ven la luz». Las publica unos años después, en 1967, como apéndice en su trabajo La Justa poética en honor de San Isidro Labrador en 1966.

Lope de Vega

El texto del soneto de Marqueríe reza así:

Amó, soñó, sufrió, ciñó la espada,
prestó al noble el consejo y la sonrisa,
sirvió al Rey con las armas, cantó Misa,
vio en los hijos su sangre prolongada.

Tuvo en la Villa y Corte su morada.
«Pensar despacio y escribir de prisa»
fue el mote de su escudo, y su divisa
«Para cada comedia, una jornada».

En lengua pura, fácil, limpia y neta
vertió su claro ingenio de tal suerte
que su nombre es proverbio de fecundo.

Cuando llegó la hora de su muerte
no confesó «Soy el mejor poeta», sino
«el más grande pecador del mundo»[1].


[1] Tomo el texto de Joaquín de Entrambasaguas, La Justa poética en honor de San Isidro Labrador en 1966, Madrid, Artes Gráficas Municipales [Ayuntamiento de Madrid], 1967, p. 149. Lo encuentro también en Villa de Madrid. Revista del Excmo. Ayuntamiento, año IV, núm. 18, 1962, p. 28, con puntuación mejor en los vv. 7-8, que adapto (en 1967 hay un punto al final del v. 7 que me parece parásito), donde al final se añade «Primer premio en el concurso para las fiestas sobre Lope de Vega, convocado por el Excmo. Ayuntamiento de Madrid». Mantengo las mayúsculas del original en el v. 3 (Rey, Misa); en 1962 también va en mayúscula Noble en el v. 2. En el v. 13 pongo en mayúscula Soy, que va en minúscula en el original.

Los sonetos preliminares y postliminares de «El peregrino en su patria» de Lope de Vega

Otro tipo de sonetos que aparecen en El peregrino en su patria, cuyo comentario he dejado a propósito para esta entrada final, son los de los preliminares y los postliminares, interesantes algunos de ellos porque identifican a Pánfilo y Lope. Cabe destacar en este sentido el soneto preliminar que se presenta como «De Camila Lucinda al “Peregrino”» (p. 105) y muestra al protagonista de la novela como peregrino de amor (al tiempo que alude a Lope en los vv. 10-11: «Lope con divinos / versos llegó también hasta la fama»); y el soneto postrero de Alonso de Salas (Salas Barbadillo) dirigido a Belardo, que reitera la idea de que Lope fue peregrino en su patria. Copiaré este:

Es la patria del sol el alto cielo,
por donde solo sigue su camino,
y así en su propia patria es peregrino,
cursando su divino paralelo.

De allí, cercando el ámbito del suelo,
rompe y quebranta el hielo cristalino,
mostrando al hombre su poder divino
con la presteza de su hermoso vuelo.

Vos, Belardo, en Madrid, patria dichosa,
con vuestro ingenio célebre seguistes
un camino desierto, raro y solo,

y así por esta hazaña milagrosa
en vuestra patria peregrino fuistes,
como en el cielo el soberano Apolo (pp. 111-112).

Retrato de Lope de Vega en la primera edición de El peregrino en su patria (Sevilla, por Clemente Hidalgo, 1604)
Retrato de Lope de Vega en la primera edición de El peregrino en su patria (Sevilla, por Clemente Hidalgo, 1604).

Vemos, pues, cómo aquí los sonetos tejen esa identificación entre Lope-Belardo y el personaje de Pánfilo, pertinente en tanto en cuanto los dos son peregrinos en su patria, sin olvidar esa otra identificación laudatoria —en el texto de Salas— con Apolo, el dios de las artes y las letras.

Por lo demás, hemos podido comprobar en este rápido recorrido que los sonetos incluidos por Lope en El peregrino en su patria responden a esa doble modalidad temática anunciada al principio, el amor humano y el amor divino, en el contexto de una peregrinación también doble. Quedaría, en fin, por analizar con más detalle los procesos de inserción de estos textos líricos en el marco narrativo en que se localizan y, también, una anotación exhaustiva, especialmente necesaria en el caso particular de alguno de estos sonetos, en particular el artificioso de rimas bíblicas, con el que Lope quiere hacer alarde de su erudición —que esta fuera muchas veces de acarreo y segunda mano es otra cuestión— y sentar plaza, entre los cultos, de poeta culto[1].


[1] Cito por Lope de Vega, El peregrino en su patria, ed. de Julián González-Barrera, Madrid, Cátedra, 2016. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Amor humano y amor divino en los sonetos insertos en El peregrino en su patria de Lope de Vega», en Victoriano Roncero López y Juan Manuel Escudero Baztán (eds.), «Doctos libros juntos». Homenaje al profesor Ignacio Arellano Ayuso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 369-387.

Los sonetos de «El peregrino en su patria» de Lope de Vega: la historia amorosa de Leandro y Nise (Libro V)

Por otra parte, el amor humano está representado especialmente por la serie de tres composiciones insertas dentro de la historia amorosa de Leandro, enamorado de Nise: el romance «Enfrente de la cabaña…» (pp. 627-629), que hace entonar a un músico; el soneto que en respuesta canta Nise para desengañarlo (y que se localiza también puesto en boca de Laura en el acto II de La quinta Florencia, comedia del Fénix fechada hacia 1600):

Ni sé de amor ni tengo pensamiento
que me incline a pensar en sus memorias,
que sus desdichas, como son notorias,
de lejos amenazan escarmiento.

Sus imaginaciones doy al viento,
sirviéndome de espejos mil historias
y así de la esperanza de sus glorias
aún[1] no tengo primero movimiento.

Amor, Amor, no puedes alabarte
de que rindió tu fuego mi albedrío,
ni que en campo voy de tu estandarte.

Las flechas gastas en un bronce frío;
no te canses, Amor, tira a otra parte,
que es fuego tu rigor y nieve el mío (p. 631);

Giovanni Antonio Bazzi Sodoma, «Cupido en un paisaje» (c. 1510). Museo del Hermitage (San Petersburgo, Rusia)
Giovanni Antonio Bazzi Sodoma, «Cupido en un paisaje» (c. 1510). Museo del Hermitage (San Petersburgo, Rusia).

y el soneto con que replica Leandro, de nuevo un texto artificioso, en el que destaca la anáfora de Ni sé, ni sé (= Nise; es el nombre de la amada, salvado el necesario desplazamiento acentual):

Ni sé si vivo, ni si estoy muriendo,
ni sé qué aliento es este en que respiro,
ni sé por dónde a un imposible aspiro,
ni sé por qué razón amando ofendo.

Ni sé de qué me guardo o qué pretendo,
ni sé qué gloria en un infierno miro,
ni sé por qué sin esperar suspiro,
ni sé por qué rendido me defiendo.

Ni sé quién me detiene o quién me mueve,
ni sé quién me desprecia o me recibe,
ni sé a quién debo amor, o quién me debe,

mas sé que en estas cuatro letras vive
un alma sin piedad, un sol de nieve,
que hiela y quema y en el agua escribe (p. 632).

Aquí, pues, la lírica está puesta al servicio del ornato de la historia secundaria de Leandro, y sirve para realzar más la fuerza de su amor y la desventura de verse desdeñado. Por cierto, de su desventura se había quejado asimismo antes Pánfilo a través de un soneto que declamó sentado al pie de un roble, en medio de «la soledad de los campos» (p. 612):

Deja el pincel, rosada y blanca aurora,
con que matizas el escuro cielo
sobre el bosquejo que en su negro velo
pintó la noche, del silencio autora.

Huya la luz que las molduras dora
de los paisajes que descubre el suelo,
no quiebre al campo el cristalino hielo
de que ha cubierto sus tapetes Flora.

Detente, sol, tu resplandor no prive
de sus engaños a mi fantasía,
pues que del sueño tanto bien recibe.

Huye de ver la desventura mía,
que a quien en noche de tristezas vive,
¿de qué le sirve que amanezca el día? (p. 612).

En fin, la lírica se hace presente también en este Libro V por medio de los versos pastoriles de Fabio («Hermosas alamedas…», pp. 613-614, y «Los cielos estaban tristes…», pp. 615-625)[2].


[1] Tal vez fuera preferible editar aun.

[2] Cito por Lope de Vega, El peregrino en su patria, ed. de Julián González-Barrera, Madrid, Cátedra, 2016. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Amor humano y amor divino en los sonetos insertos en El peregrino en su patria de Lope de Vega», en Victoriano Roncero López y Juan Manuel Escudero Baztán (eds.), «Doctos libros juntos». Homenaje al profesor Ignacio Arellano Ayuso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 369-387.

«El peregrino en su patria» de Lope de Vega: el artificioso soneto de Pánfilo con rimas bíblicas a la Virgen de Guadalupe (Libro V)

En el Libro V volvemos a hallar los dos grandes polos líricos de que antes hablaba: el amor humano y el amor divino (mariano en este caso, para ser más exactos). Por un lado, la temática religiosa la encontramos en la composición «Paloma celestial en cuyo nido…» (pp. 600-601), pero sobre todo cabe destacar el soneto de Pánfilo dedicado a la Virgen de Guadalupe; se trata de un texto tan erudito como artificioso, con el alarde formal de las sonoras rimas agudas con nombres bíblicos[1]:

Sidrac, Misac y Abdénago en el horno encendido
Sidrac, Misac y Abdénago en el horno encendido

¡Oh, viña de Engadí, no de Nabot,
zarza más defendida que Sidrac,
que Abdenago bellísimo y Misac
del fuego de Nabuc, Luzbel Nembrot![2]

¡Oh, planta sobre el cuello de Behemot[3],
prudente Ruth, castísima Abisac,
divina madre de otro nuevo Isac,
por quien se libra el mundo como Lot!

¡Oh, Jordán a Israel, arca a Jafet,
espada contra el fiero Goliat,
estirpe de David y de Sadoc!

¡Oh, estrella de Jacob en Nazaret,
sol que se puso al mundo en Josafat:
quién fuera de tus pies perpetuo Enoc! (pp. 609-610)[4].


[1] En el soneto núm. 200 de sus Rimas (1602), con el epígrafe «Alfa y Omega Jehová», que comienza «Siempre te canten, santo Sabaoth…», Lope usaba muy parecidas consonantes, dando lugar a una réplica burlesca por parte de Góngora: «Embutiste, Lopillo, a Sabaot…». Ver la nota de Juan Bautista Avalle-Arce en su edición de El peregrino en su patria, Madrid, Castalia, 1973, p. 448; Dominique Reyre, Lo hebreo en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1998, p. 142; la nota de Ignacio Arellano y Ángel L. Cilveti a los vv. 873 y ss. de Calderón, El divino Jasón, Kassel, Edition Reichenberger, 1992; y Maria Grazia Profeti, «Rimas bíblico-simbólicas: burla, transgresión y moda», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 795-796.

[2] Elimino la coma tras Luzbel. Entiendo que no se trata de una serie de tres nombres, sino que Luzbel Nembrot es aposición a Nabuc; a su vez, Luzbel cumple aquí una función adjetiva aplicado a Nembrot ‘Nembrot infernal’ (el sintagma es aposición a Nabuc=Nabucodonosor II).

[3] Pongo este nombre con mayúscula.

[4] Cito por Lope de Vega, El peregrino en su patria, ed. de Julián González-Barrera, Madrid, Cátedra, 2016. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Amor humano y amor divino en los sonetos insertos en El peregrino en su patria de Lope de Vega», en Victoriano Roncero López y Juan Manuel Escudero Baztán (eds.), «Doctos libros juntos». Homenaje al profesor Ignacio Arellano Ayuso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 369-387.

«El peregrino en su patria» de Lope de Vega: el soneto a las lágrimas de san Pedro (Libro IV)

En los Libros III y IV solo encontramos un soneto, al final del cuarto, que está dedicado a las lágrimas derramadas por san Pedro después de negar a Cristo. Como indica el texto, son unos versos que acompañan a «una tabla del Príncipe de los Apóstoles, cuando de las muchas lágrimas tenía callos por el rostro» (p. 418), y ese es uno de los muchos cuadros vistos por Nise y Finea en una iglesia de Perpiñán:

Pedro a Dios hombre vida y alma entrega,
que le juró por Rey, como vasallo,
pero llegó de la sentencia el fallo
y olvidado de Dios al hombre niega.

Mírale Dios y alumbra el alma ciega;
madruga Pedro en escuchando el gallo,
donde de hablar los ojos vino un callo,
que por el rostro hasta la boca llega.

Va de los ojos, por aquel conducto[1],
agua a la boca, de su culpa autora,
porque a lavarla y castigarla viene.

Y así lloró, que de su humor enjuto
hecho piedra quedó, tan firme ahora,
que no la mudan del lugar que tiene (p. 418).

El Greco, Las lágrimas de San Pedro (1587-1596). Museo del Greco (Toledo)
El Greco, Las lágrimas de San Pedro (1587-1596). Museo del Greco (Toledo).

Los últimos versos, los del segundo terceto, aluden a san Pedro convertido en piedra firme sobre la que se asienta la Iglesia de Cristo («Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», Mateo, 16, 18).

Aparte hay en estos dos libros otras composiciones en verso, entre las que destaca el romance endecha que comienza «Cobarde pensamiento…» (pp. 376-378) y, especialmente, la epístola de tono autobiográfico «Serrana hermosa, que de nieve helada…» (pp. 387-395), donde bajo el nombre de Jacinto Lope canta a Micaela de Luján (Camila Lucinda sería esta terrenal «Serrana hermosa»; recordemos que en el Libro II había evocado a la «Serrana celestial de esta montaña»). En fin, encontramos además otros poemas como el de Pánfilo sobre la dicotomía locura / cordura (pp. 397-408), un «Enigma» enunciado por Celio (pp. 471-472), las quejas del peregrino contra su fortuna (pp. 491-494), los versos a los instrumentos de la Pasión de Cristo (pp. 575-578) o la glosa al casamiento de los reyes don Felipe y doña Margarita (pp. 578-580)[2].


[1] La rima con enjuto pide que se pronuncie conduto.

[2] Cito por Lope de Vega, El peregrino en su patria, ed. de Julián González-Barrera, Madrid, Cátedra, 2016. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Amor humano y amor divino en los sonetos insertos en El peregrino en su patria de Lope de Vega», en Victoriano Roncero López y Juan Manuel Escudero Baztán (eds.), «Doctos libros juntos». Homenaje al profesor Ignacio Arellano Ayuso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 369-387.

«Salutación» a Quevedo, de Alfredo Arvelo Larriva

Otro de los textos que se pueden leer en el Homenaje a Quevedo publicado en el año 1980 por el Taller Prometeo de Poesía Nueva es esta «Salutación» dedicada al satírico madrileño por Alfredo Arvelo Larriva. Está incluida en la contribución enviada desde Venezuela por Luis Pastori, donde dice desea dar a conocer «el magnífico soneto que uno de los más grandes poetas venezolanos, Alfredo Arvelo Larriva, también pendenciero y satírico como el autor de los Sueños, dedicó a la memoria de Quevedo, cuyas obras conocía amorosamente en toda su extensión y profundidad»[1].

Alfredo Arvelo Larriva, nacido en Barinitas (capital del municipio de Bolívar, en el estado de Barinas) en 1883 y muerto en Madrid en 1934, fue poeta, periodista y político. Opositor a ultranza de la dictadura de Juan Vicente Gómez, estuvo preso ocho años en el castillo de San Felipe de Puerto Cabello y en la cárcel de La Rotunda. Publicó pocos poemarios o libros recopilatorios de sus versos, entre los que cabe citar Enjambre de rimas (Ciudad Bolívar, 1906), Sones y canciones (Caracas, 1909), La encrucijada. Secuencias de otro Evangelio. Salmo a los brazos de Carmen (Caracas, 1922) y El 6 de agosto (Caracas, 1924). Sirvan para completar esta mínima semblanza las palabras que le dedica J. R. Fernández de Cano:

Figura destacadísima de la lírica venezolana del primer tercio del siglo XX, dejó una interesante producción poética que, influida en sus comienzos por la poderosa huella del Modernismo hispanoamericano, evolucionó hacia un post-modernismo de inconfundible sello original, marcado por la naturalidad, la espontaneidad, la acidez irónica y, en ocasiones, el tono abiertamente jocoso que no logra ocultar un indeleble poso de amargura. Gran parte de sus versos fueron publicados, de forma clandestina, bajo el pseudónimo de E. Lenlut, formado por las primeras letras del apodo que le pusieron sus amigos debido a que solía vestir siempre de negro («El Enlutado»)[2].

Caricatura de Quevedo por Javier Zorrilla Berganza, "Ellapizloco"
Caricatura de Quevedo por Javier Zorrilla Berganza, «Ellapizloco»

Su «Salutación» a Quevedo (al que nombra exclamativamente «¡Caballero de Santiago y del Verso!», v. 14) está escrita en versos alejandrinos —formados por dos hemistiquios de siete sílabas, con una cesura al medio—, ritmo habitual en tiempos del Modernismo. Llamo la atención sobre la poco usual disposición de las rimas del soneto, que responden al esquema AABB AABB CCD EED:

Mi señor don Francisco de Quevedo y Villegas,
que con el verso esgrimes y con la esgrima juegas,
haciendo —para orgullo del verso y de la esgrima—
donaire del acero y acero de la rima:

caballero bizarro de las nocturnas bregas,
sabias prosas y empresas galantes y andariegas;
cuya torcida planta[3] huella la noble cima
cortesana y el fondo canalla de la sima

plebeya, con la misma genial desenvoltura:
hidalgo aventurero de múltiple aventura
(amor, poder, intriga, pasión, peligro), terso,

leal, como tu espada de amigo y de enemigo:
en mi siniestra torre de Juan Abad[4] bendigo
tu nombre, ¡Caballero de Santiago y del Verso![5]


[1] Homenaje a Quevedo, Madrid, Taller Prometeo de Poesía Nueva, 1980, p. 48.

[2] J. R. Fernández de Cano, «Arvelo Larriva, Alfredo (1883-1934)», en MCNBiografias.com. Para más detalles puede verse la monografía de Alexis Marqués Rodríguez, Modernismo y vanguardismo en Alfredo Arvelo Larriva, Caracas, Monte Ávila, 1986.

[3] torcida planta: recuérdese que Quevedo era cojo.

[4] mi siniestra torre de Juan Abad: Torre de Juan Abad, en la comarca del Campo de Montiel (Ciudad Real), era señorío del escritor. El poeta le aplica el adjetivo de siniestra seguramente porque allí fue desterrado Quevedo tras la caída en desgracia de su protector, el duque de Osuna.

[5] Tomo el texto del citado Homenaje a Quevedo, p. 48.

«A don Francisco de Quevedo con el propósito de que se hallen para siempre libres el preso y la cárcel», de Javier Sologuren

Vaya para hoy, sin necesidad de mayor comento, otra evocación poética de don Francisco de Quevedo, debida en este caso al poeta peruano Javier Sologuren (Lima, 1921-Lima, 2004), quien obtuvo en su país el Premio Nacional de Poesía correspondiente al año 1960. Dejando de lado algunas obras ensayísticas en prosa y varias antologías, su producción literaria[1] está formada fundamentalmente por los siguientes poemarios: El morador (1944), Detenimientos (1947), Dédalo dormido (1949), Bajo los ojos del amor (1950), Otoño, endechas (1959), Estancias (1960), La gruta de la sirena (1961), Vida continua (1966, 1971), Recinto (1967), Surcando el aire oscuro (1970), Corola parva (1977). Folios del Enamorado y la Muerte (1980), Jaikus escritos en un amanecer de otoño (1986), Retornelo (1986), Catorce versos dicen… (1987), Folios de El Enamorado y la Muerte & El amor y los cuerpos (1988), Poemas 1988 (1988), Poemas (1992), Vida continua. Obra poética (1939-1989) (1989 y 2014, por la Academia Peruana de la Lengua, edición y prólogo de Ricardo Silva-Santisteban), Un trino en la ventana vacía (1992, 1993, 1998), Hojas de herbolario (1992) y Vida continua (2014).

El poema se titula «A don Francisco de Quevedo con el propósito de que se hallen para siempre libres el preso y la cárcel»[2], y dice así:

algo te puso la muerte en los peroles
del tiempo algo que te guisó
secreta y diligente
para tu diario yantar de solitario
y tu batalladora subsistencia

con eso te bastó
más las lecturas
bajo la infante luz del alba[3]
y las alegorías del crespúsculo

nada ni nadie te hicieron
acallar tus pensamientos
ni la tenaz llamada a la justicia
en ti viose mancillada
trágico señor[4]   señor postrero
de una torre apartada
en las crecientes
sombras de un siglo de escarmientos

tu llanto fue por dentro
y tu palabra
lágrima fue de siempre y nunca
y estocada de lumbre en el nocturno
delirio de tu alcoba

tanta patente cita de la muerte
tanto aparato   tanto monumento
cayendo
soterrándose en el tiempo
la flor del polvo
que invade el pergamino
el orín que infama la medalla
todo estuvo presente
todo
viva pasión
vieron tus ojos
pero hubo un triunfo en tu baraja

rojinegra
lo hubo y aún lo hay y lo habrá siempre
la carta del amor
la sangre del fantasma
el latido del polvo

contra befas contra agravios
temporales como humanos
contra las olas
violentas de esta hora
contra las nuevas de la muerte
cuenta el amor
lo sabes

en tu magna lección
tu permanente
hurto de las fraguas del fuego
es por ti que sabemos
abuelo inmarcesible[5]
que hay sentido en la ceniza
que seremos polvo   sí
mas palpitante
mas incesante
polvo enamorado[6]


[1] Ver Obras completas, ed. de Ricardo Silva-Santisteban, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004-2005, 10 vols.

[2] Tomo el texto de Homenaje a Quevedo, Madrid, Taller Prometeo de Poesía Nueva, 1980, pp. 49-50. Mantengo el uso de las minúsculas iniciando cada estrofa y la ausencia de puntuación.

[3] infante luz del alba: párvula luz, luz todavía no crecida.

[4] Hay un espacio de separación mayor de lo normal entre los dos sintagmas, efecto tipográfico que parece voluntario; y lo mismo en otras ocasiones dentro del poema: «tanto aparato   tanto monumento», «que seremos polvo   sí».

[5] inmarcesible: que no se puede marchitar.

[6] polvo enamorado: evocan estos versos finales el cierre del célebre soneto quevediano «Amor constante más allá de la muerte», que comienza «Cerrar podrá mis ojos la postrera…».

«El peregrino en su patria» de Lope de Vega: el soneto de Everardo a Lucrecia (Libro I)

Tenemos luego el caso de otro soneto que se integra en la historia, pero no en la principal de los hechos relativos al peregrino, sino en la contada por Everardo (el compañero de cautiverio de Pánfilo y, como él, perseguido por una suerte adversa). Esa historia implica en un caso de amores y celos a cinco personajes, a saber, Telémaco, Lucrecia, Mireno, Erifila y el propio Everardo. Los datos que ahora nos interesa retener son los siguientes: hay un triángulo amoroso formado por Telémaco y Lucrecia más su amante Mireno, que desemboca en un final trágico (Telémaco mata a Mireno y Lucrecia, y a su vez Everardo quita la vida a Telémaco). El soneto de Everardo se articula en forma de epitafio lírico dedicado a Lucrecia («Aquí yace Lucrecia», «estos versos que hice a su sepulcro», p. 183):

Aquí yace Lucrecia, menos casta
que la de Roma, pero más hermosa;
no la forzó Tarquino ni quejosa
Roma alzó la cerviz[1] y vibró el asta.

Forzola un dulce amor, que amor contrasta
la fuerza más altiva y desdeñosa;
y aunque murió por desleal esposa,
ser causa amor para disculpa basta.

Con ella yace el que la quiso tanto,
muerto con plomo por dejar el yerro
al pecho, cuyo error dio al mundo espanto.

Mas Bruto airado en su mortal destierro,
sangre del homicida y propia en llanto
ofrece al luto de su negro entierro (p. 183).

Tiziano, «Tarquino y Lucrecia» (c. 1571). Fitzwilliam Museum. The Art and Antiquities Museum of the University of Cambridge
Tiziano, «Tarquino y Lucrecia» (c. 1571). Fitzwilliam Museum. The Art and Antiquities Museum of the University of Cambridge.

El tema del soneto es en esta ocasión el amor, y más concretamente se desarrolla la idea tópica —muy cara a Lope— de que «los yerros por amores dignos son de perdonar»[2]: como explicita el verso octavo, «ser causa amor para disculpa basta», es decir, basta el amor para disculpar el poco decoroso comportamiento de Lucrecia (anti-modelo, en este caso, de la famosa Lucrecia romana, paradigma de la honestidad conyugal femenina). Vale la pena notar que este soneto-epitafio lo ha escrito Everardo en las paredes de su prisión, junto con otros versos y dibujos que resumen la trágica historia que le ha puesto en tal estado[3].


[1] Suprimo la coma tras cerviz.

[2] Inmediatamente después del soneto refiere Everardo: «Con esto quedaron la mísera Lucrecia y el malogrado Mireno en inmortal reposo, y ella en mi imaginación no digna de vituperio, por ser tales las partes de su amante y por la fuerza que el amor hace en los más libres» (p. 183).

[3] Cito por Lope de Vega, El peregrino en su patria, ed. de Julián González-Barrera, Madrid, Cátedra, 2016. Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Amor humano y amor divino en los sonetos insertos en El peregrino en su patria de Lope de Vega», en Victoriano Roncero López y Juan Manuel Escudero Baztán (eds.), «Doctos libros juntos». Homenaje al profesor Ignacio Arellano Ayuso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 369-387.

«Soneto escéptico a don Francisco de Quevedo y Villegas», de Juan Ruiz de Torres

Continuando la serie de evocaciones poéticas de Quevedo, traigo hoy al blog el «Soneto escéptico a don Francisco de Quevedo y Villegas» de Juan Ruiz de Torres (Madrid, 1931-Madrid, 2014). Aparte de su trabajo como profesor e ingeniero, desde el año 1980 Ruiz de Torres se dedicó a la promoción cultural desde la Asociación Prometeo de Poesía. Su obra literaria abarca los géneros de la poesía, la narrativa y el ensayo.

Entre los títulos que forman su producción poética se cuentan La luz y la sombra (1965), La suma imposible (1968, 2.ª edición de 1982), Los brindis del poeta (1970), Tiempo prestado (1973), Un camino al futuro (1975), Poesía para sobrevivir (1980), Crisantemos (1982), Las trece Puertas del Silencio (1984, 2.ª edición de 1985), Labio de hormiga (1985, en colaboración con Ángela Reyes), Viaje a la Mañana (1987, en colaboración con Ángela Reyes y Alfredo Villaverde), Calendario helénico (1987, en colaboración con Ángela Reyes), Paseos por Nygade (1989), Verano, verano (1991), ¿Ti estí? (Homenaje a la Filosofía) (1992), Sic transit (poemas del instante fugaz) (1992), El Jardín de las Horas (1994, versión de Fumío Haruyama), El hombre de Ur (1995), Copa de amor (caligramas) (1998), Herencia (1999), Del amor tardío (2000-2001), Sonetos de amor (2002), Décadas (2002), El Bosque del Tiempo (poemas hiperbreves) (2002), Última puerta de silencio (2010) y Acogida (doce docenas de sonetos) (2013). A estos poemarios cabe sumar diversas recopilaciones antológicas, a saber: Poesía, vol. 1, 1965-1979 (1989), Poesía, vol. 2, 1980-1989 (1998), Reflejos. Antología consultada y comentada, 1952-2002 (2003), Poesía oral-traumática y cósmica de Juan Ruiz de Torres (2013) y A golpes voy llegando del futuro (poesía completa 1950-2014) (2014).

Transcribo el poema (que se construye como un apóstrofe al escritor) sin necesidad de mayor comento. Dice así:

Cuatro siglos arriba, don Francisco,
vas llegando a Madrid. Y unos instantes
después, apenas, partes desde Infantes
en olor a retama y malvavisco.

Honesto irreductible. Llano y risco.
Caricia al pobre, guerra a los gigantes.
Mas las ovejas que encerraste antes
poco a poco escaparon de tu aprisco.

¿No te han quedado, al fin, estrecho el traje,
el rey mezquino, torpes los engaños,
los humanos pequeños, triste el viaje?

¿Sólo el oro, te has dicho, vale el sueño?
Consuélete saber que, en tantos años,
el hombre sigue fiel al mismo dueño[1].


[1] Tomo el texto de Homenaje a Quevedo, Madrid, Taller Prometeo de Poesía Nueva, 1980, p. 27.