Las «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo» de Alonso de Bonilla

Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:

Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia).
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)

Niño, aunque con vos se estrella
la ley de sangre y dolor,
sufridla, que ese rigor
todo ha de llover sobre ella.

Pues que siendo vos Dios mesmo
a vuestras carnes lastima,
justo es que le llueva encima
un diluvio de bautismo;

porque no quede centella
del fuego de su dolor,
anegando su rigor
para que llueva sobre ella.

Dejad al cuchillo cruel
que vuestras venas desangre,
que aunque el diluvio es de sangre,
agua se espera tras dél[2];

porque la justa querella
contra la ley del dolor
desterrará su rigor,
para que llueva sobre ella.

Dejad que llueva, chiquito,
que a fe[3] que mojada salga,
sin que el capote le valga
de su intolerable rito;

que ley que con Dios se estrella
sin reservarle el dolor
es justo por tal rigor
que todo llueva sobre ella[4].


[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».

[2] aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.

[3] a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.

[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.

La «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla

Vaya para este día, festividad de los Santos Inocentes, una composición de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Se trata de la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes», que no requiere mayor comentario (anoto, sí, algunos pequeños detalles al pie).

Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)
Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)

Tened, Virgen, este día
vuestro cordero
[1] guardado;
mirad que os lo han sentenciado
parta la carnicería
[2].

Guardadle del carnicero,
Virgen, en esta ocasión,
porque un tirano león
tiene hambre de un cordero.
Discreción será, María,
tener el cordero alzado[3];
mirad que os lo han sentenciado
para la carnicería.

Han degollado un millón,
mas no quiere comer de ellos,
que puesto que[4] son tan bellos,
corderos manchados son.
El nuestro es blanco, María,
pues no es de culpa manchado[5],
y os lo tiene sentenciado
para la carnicería.

Si lo pudiese alcanzar,
a comerlo crudo aspira,
que en el homo de su ira
solo lo pretende asar.
Gran hambre tiene, y porfía
por vuestro cordero amado,
tanto que os lo ha sentenciado
para la carnicería
[6].


[1] vuestro cordero: Cordero es uno de los nombres tradicionalmente aplicados a Cristo.

[2] la carnicería: la matanza de los niños menores de dos años decretada en Belén por el rey Herodes I el Grande, que se cuenta en Mateo, 2, 16-18: «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: “Voz fue oída en Ramá, / Grande lamentación, lloro y gemido; / Raquel que llora a sus hijos, / Y no quiso ser consolada, porque perecieron”».

[3] tener el cordero alzado: aquí alzado vale ʻescondido, a resguardoʼ; pero creo que se anticipa, de alguna manera, la imagen futura del Cordero alzado en el leño del Calvario.

[4] puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, habitual en la lengua clásica.

[5] no es de culpa manchado: Cristo, el Hijo de Dios, que es perfecto y santo, nace libre del pecado original, igual que su Madre, la Virgen María, había sido concebida también sin esa mancha, inmaculada.

[6] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 246 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo repetido al final de cada estrofa. La chanzoneta puede escucharse recitada por Mons. Alberto José González Chaves, Delegado para la Vida consagrada en Córdoba, en este enlace.

«Los celos de San José», de Lope de Vega

Sin ser del todo desconocida, la presencia de San José en la poesía de Navidad no es tan frecuente, pues el Esposo de María figura como “secundario” (secundario de importancia, sin duda) en esta historia en la que el protagonismo “estelar” se lo llevan el Niño Dios y la Virgen. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el santo varón no aparezca en algunos poemas de temática navideña; sirvan como muestra algunos de los que ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores, como los sonetos «José» de Eduardo González Lanuza y «San José» de Jacinto Fombona Pachano, las composiciones «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero» y «Por atajos y veredas» de Federico Muelas, o el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano, cuyo título alude a ese motivo tradicional de las dudas sobre la paternidad de San José.

Pues bien, para este domingo, festividad de la Sagrada Familia, copiaré una de las composiciones del Fénix incluidas en Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612; Lérida, a costa de Miguel Manescal, 1612), que está dedicada también a «Los celos de San José».

Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)
Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)

El texto (tirada de romance, 44 versos, con rima á a en su parte inicial, y luego una serie de seguidillas, algunas con verso inicial hexasílabo), bajo su aparente sencillez, encierra toda una serie de alusiones bíblicas que han sido interpretadas por la tradición patrística como prefiguración de la virginal concepción de Jesús en el seno de María (las explico en las notas al pie). Y dice así:

Afligido está José
de ver su esposa preñada,
porque de tan gran misterio
no puede entender la causa.

Sabe que la Virgen bella
es pura, divina y santa,
pero no sabe que es Dios
el fruto de sus entrañas.

Él llora, y la Virgen llora,
pero no le dice nada,
aunque sus ojos divinos
lo que duda le declaran.

Que como tiene en el pecho
al Sol la Niña sagrada,
como por cristales puros
los rayos divinos pasan[1].

Mira José su hermosura
y vergüenza sacrosanta,
y, admirado y pensativo,
se determina a dejarla[2].

Mas, advirtiéndole en sueños
el ángel que es obra sacra
del Espíritu divino,
despierta y vuelve a buscarla[3].

Con lágrimas de alegría,
el divino Patrïarca
abraza la Virgen bella,
y ella llorando le abraza.

Cúbrenlos dos serafines,
como aquellos dos del Arca[4],
la del Nuevo Testamento,
la vara, el maná y las tablas[5].

Adora José al Niño,
porque a Dios en carne humana,
antes que salga a la tierra,
ve con los ojos del alma:

el Sol que viste a la Virgen[6]
y el fuego en la verde zarza[7],
la puerta de Ezequïel[8],
la piel bañada del alba[9].

Los ángeles que asistían
del Rey divino a la guarda,
viendo tan tierno a José,
desta manera le cantan:

«Bien podéis persuadiros,
divino Esposo,
que este santo preñado
de Dios es todo.

Mirad la hermosura
del santo rostro,
que respeta el cielo
lleno de gozo.
Hijo de David[10],
no estéis temeroso,
que este santo preñado
de Dios es todo.

Desta bella palma[11]
el fruto amoroso
ha de ser del mundo
remedio solo[12].
Desta Niña os dicen
las de sus ojos[13]
que este santo preñado
de Dios es todo»
[14].


[1]  Para aludir al milagroso parto virginal de María los Padres de la Iglesia usaron este símil de la luz del sol que atraviesa el cristal sin romperlo. Siglos después, el Catecismo del papa San Pío X habla de que la concepción de Cristo se produjo «como un rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo».

[2] dejarla: así transcriben Pemán y Herrero la lectura del original, «dejalla».

[3] Comp. Mateo, 1, 18-21: «El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero, antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero, cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”».

[4] dos serafines / como aquellos dos del Arca: sobre el Arca de la Alianza figuraban, en realidad, dos querubines. Comp. Éxodo, 18, 21: «Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos extremos del propiciatorio. Harás, pues, un querubín en un extremo, y un querubín en el otro extremo; de una pieza con el propiciatorio harás los querubines en sus dos extremos. Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas el propiciatorio; sus rostros el uno enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines. Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré». Pemán y Herrero editan «Cubren los»; adopto la lectura de Suárez Figaredo, «Cúbrenlos». Interpreto: ʻA José y María los cubren dos serafines, como aquellos otros dos serafines del Arca —la del Nuevo Testamento— cubrían la vara, el maná y las tablasʼ.

[5] la vara, el maná y las tablas: de acuerdo con Hebreos, 9, 3-4, el Arca de la Alianza guardaba la vara reverdecida de Aarón, una vasija de oro con el maná enviado por Dios a los israelitas para que les sirviera de alimento en el desierto y las tablas de los Diez Mandamientos («Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto»). En 1 Reyes, 8, 9 se indica que dentro del Arca solo estaban las dos tablas de piedra de Moisés.

[6] El sol que viste a la Virgen: primera de las cuatro referencias bíblicas que se acumulan en estos versos, y que aluden a la Virgen. Aquí se refiere a la mujer vestida del sol de Apocalipsis, 12, 1-2 («Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento»), identificada con la Virgen por los exégetas de la Biblia.

[7] el fuego en la verde zarza: la zarza ardiente de Moisés (Éxodo, 3, 2: «Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía»). La Patrística la considera prefiguración de la encarnación del Verbo de Dios en el seno virginal de Santa María, al menos desde San Gregorio de Nisa (siglo IV), quien escribió que «lo que era figurado en la llama y en la zarza, fue abiertamente manifestado en el misterio de la Virgen. Como sobre el monte la zarza ardía sin consumirse, así la Virgen dio a luz, pero no se corrompió». El arte cristiano representa en ocasiones a la Virgen y el Niño dentro de la zarza ardiente.

[8] la puerta de Ezequïel: San Agustín identifica con la Virgen María la Puerta Oriental de Jerusalén que se menciona en Ezequiel, 10, 19 («[…[ y se pararon [los querubines] a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima sobre ellos») y 44, 1-3 («Me hizo volver hacia la puerta exterior del santuario, la cual mira hacia el oriente; y estaba cerrada. Y me dijo Jehová: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá»). Ver ahora Guillermo Serés, «La Virgen, Puerta Oriental (Ezequiel, 44, 2), o la vuelta del alma a su origen», e-Spania, 39, juin 2021, s. p.

[9] la piel bañada del alba: se refiere a la piel de Gedeón bañada por el rocío del amanecer (alba), que también se interpreta en clave mariana. El pasaje relativo a Gedeón está recogido en Jueces, 6, 36-40. Gedeón pidió una señal de su alianza a Dios, quien hizo llover rocío sobre el vellón de la piel, dejando seco el campo de alrededor, y luego al revés. Calderón tiene un auto sacramental titulado La piel de Gedeón. Ver la nota de Ignacio Arellano y Ángel L. Cilveti a El divino Jasón, Pamplona / Kassel, Universidad de Navarra / Edition Reichenberger, 1992, vv. 211-212.

[10] Hijo de David: este apelativo se aplica tradicionalmente a Jesús, pero aquí se refiere a su padre. El Nuevo Testamento recoge la genealogía de Jesús (y de José) remontándose hasta el rey David.

[11] palma: la palma, símbolo de victoria, es uno de los atributos tradicionales de la Virgen María.

[12] ha de ser del mundo / remedio solo: Jesús, el Dios humanado, será el redentor del mundo, su muerte sacrificial supondrá el perdón universal para el género humano.

[13] las de sus ojos: entiéndase ʻlas niñas de sus ojosʼ.

[14] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 458-459, con ligeras modificaciones en la puntuación (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 21-23).

Unas redondillas de Lope de Vega a San Francisco Javier

En el eco de tus montes
vibre eterna esta canción
al cruzado que vencía
con la fuerza del amor.
Por enseña el crucifijo
donde expira y gime Dios,
donde Cristo da a los hombres
un abrazo de perdón.
En el solar de nuestra fe
cantemos todos a Javier.
(«Himno a San Francisco Javier»)

En la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real —y también Día de Navarra—, copio unas redondillas que dedicó Lope de Vega en 1622 al santo navarro y universal.

San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra)
San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra).

Redactadas en tono jocoso, están incluidas en la Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro[1] y dicen así:

Francisco, si yo tuviera
tanta virtud como vos,
seguro de ver a Dios
irme a su Cielo quisiera.

¿Qué había de hacer acá
no teniendo qué comer,
pudiendo hartarme de ver
la ambrosía[2] que sobra allá?

¿Qué mucho[3] que os abraséis
por iros a descansar,
pues de tanto trabajar
seguro el premio tenéis?

¿Cuáles ansias hay mayores
que los deseos de Dios
en un ángel como vos,
todo regalo y amores?

Aquí no hay nada constante,
todo es allá permanente,
frío ni calor se siente,
ni hay Poniente ni Levante.

Allá en fin no pediría
Burguillos limosna al coche,
media con limpio de noche
ni sopa fraila de día[4].

Ni andaría a ver enfados
de poetas siempre ayunos[5],
ni de necios importunos,
ni de discretos cansados.

Todos andamos acá
desde Tambico a Chacona[6];
vos, como veis la corona,
quereisos partir allá.

Todos andan enojados,
no hay contento con segundo,
que la taberna del mundo
vende los gustos aguados[7].

Unos de otros por ahí
son de sus faltas testigos;
ni aun yo estoy sin enemigos,
tantos crío y tengo en mí.

De los que pasan ayer
se burlan los que son hoy,
tanto que a espulgarme voy
a donde los vi comer.

¡Qué bien conocistes[8] vos
estas vanas confianzas!
Todo es locura y mudanzas,
bien haya quien sirve a Dios,

que es Señor para servir,
los hombres siempre contentos,
que entiende los pensamientos
y no se puede morir[9].


[1] Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro; con las comedias que se representaron y los versos que en la justa poética se escribieron; dirigida a la misma insigne villa por Lope de Vega Carpio, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1622, pp. 272-273. Se presentaron bajo el nombre del Maestro Burguillos, seudónimo habitual de Lope (baste recordar sus famosas Rimas de Tomé de Burguillos).

[2] ambrosía: manjar con el que se alimentaban los dioses olímpicos.

[3] ¿Qué mucho…?: ¿qué tiene de extraño…?

[4] Se acumulan varios tópicos en estos versos dedicados a los poetas pobres y pedigüeños: el gusto por los coches (signo de distinción social entonces, y motivo muy satirizado en la literatura áurea), la media con limpio (para abaratar los gastos de hospedaje, se solía compartir cama con otro, con la condición de que estuviera sano y aseado) y la sopa fraila (la gallofa que se repartía a los pobres en los conventos).

[5] ayunos: porque los poetas eran pobres y pasaban hambre; y, seguramente, también ayunos de poesía, es decir, ‘malos poetas’.

[6] desde Tambico a Chacona: en sentido figurado, ‘de un lado para otro, desasosegados’. Tambico, con sonorización en la palabra exótica, es mención de Tampico, una ciudad de Méjico. La chacona era un baile popular y lascivo (era habitual el estribillo «El baile de la chacona / encierra la vida bona»).

[7] taberna del mundo … gustos aguados: imagen expresiva del mundo, no como un teatro, sino como una taberna en la que los vinos (los gustos) se venden aguados; aguar el vino era acusación tópica contra los taberneros.

[8] conocistes: por conocisteis, forma usual en la lengua clásica.

[9] Señor para servir … y no se puede morir: eco de la famosa frase «Nunca más servir a señor que pueda morir» de San Francisco de Borja.

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (y 4)

Consideremos ahora este soneto del conde de Villamediana, más difícil por su sintaxis culterana y por las alusiones clásicas que encierra en los cuartetos:

No bárbaras colunnas erigidas
a pompa de soberbios Tolomeos;
piadosos, sí, católicos trofeos,
aras te dan de gloria construidas.

Voces de luz y llamas ofendidas
en culto fuego el claro mausoleo,
pues son centellas del honor sabeo,
a fragantes estrellas reducidas.

Hoy te consagra el religioso gremio
de uniforme, costante Compañía,
que lograr ya con Dios la tuya espera.

Suya, pues, gloria en ti librado el premio
en pompa esclarecidamente[1] pía,
tanto incienso te ofrece, tanta cera[2].

San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola

Si gongorino es este soneto, tenemos otro del propio don Luis de Góngora que desarrolla el pie forzado del último verso, «ardiendo en aguas muertas llamas vivas»:

En tenebrosa noche, en mar airado,
al través diera un marinero ciego,
de dulce voz y de homicida ruego,
de sirena mortal lisonjeado,

si el fervoroso, celador cuidado
del grande Ignacio no ofreciera luego
(farol divino) su encendido fuego
a los cristales de un estanque helado.

Trueca las velas el bajel perdido
y escollos juzga que en el mar se lavan
las voces que en la arena oye lascivas;

besa el puerto, altamente conducido
de las que, para norte suyo, estaban
ardiendo en aguas muertas llamas vivas[3].

También me interesa reproducir ahora este otro de Alonso de Ledesma, especialmente por desarrollar en extenso la alusión (tópica, por otra parte, como hemos tenido ocasión de comprobar en una entrada anterior) a Vizcaya y a la abundancia de hierro en esa región, merced a la equiparación del cojo Ignacio con el cojo dios Vulcano:

Vulcano cojo, herrero vizcaíno,
si quieres ablandar un hierro helado
de un pecador protervo y obstinado,
saca tu fragua en medio del camino.

Los muelles de oración sopla contino
hasta que enciendas un carbón tiznado
que en fuego de lujuria se ha quemado
y es para fragua cual carbón de pino.

El hierro y el carbón, que es culpa y hombre,
traerás con las tenazas de paciencia
a tu amorosa y encendida fragua.

Pide a Jesús el fuego de su nombre;
la yunque y el martillo su conciencia,
y tú serás hisopo puesto en agua[4].

De Juan Pérez de Montalbán es un poema que comienza «Divino Ignacio, si al amor, si al celo…», y una glosa a «Segundo Ignacio, y segundo…», que no reproduzco. Existe, asimismo, una canción de Anastasio Pantaleón de Ribera sobre las estrellas del sepulcro de Ignacio, que empieza «Si tu atención no turba, oh, Peregrino…». No copio aquí, tampoco, otros muchos textos más que se podrían aducir de Francisco de Quevedo, Juan de Jáuregui, Antonio Mira de Amescua, etc. En fin, para cerrar este apartado, recordaré que existen, asimismo, versiones en tono jocoserio o incluso plenamente jocosas de los temas ignacianos (ya nos ha aparecido alguna en una entrada anterior). Por ejemplo, a un tal Juan Portillo pertenece este «Romance a lo burlesco justado en Sevilla», que transcribo por extenso —pese a su escasa calidad literaria y métrica— porque sirve como buena muestra de esas composiciones a lo ridículo. El poema (que en su segunda parte, que omito, se centra en Javier) abunda en chistes dilógicos y diversos juegos de palabras, sin que falten, una vez más, las consabidas alusiones a lo corto de razones de Ignacio y al famoso hierro de Vizcaya:

Aquel ingenio de Dios,
Dios es Dios, que no lo entiendo
ni aún entenderá el dïablo
lo que con Ignacio ha hecho.
Habiendo en el mundo tiendas
de científicos supuestos,
a la tienda de los cojos
vino a mostrar sus secretos.
No sé qué es lo que vio en él,
pues que con amor intenso
quiso darle a un peregrino
más virtudes que a un romero.
Y de una pierna quebrada,
cual de regalado lienzo,
pierna de sábana hizo
por darla a su esposa lecho.
En las quiebras que en su ley
heresïarcas hicieron,
hizo nuevas soldaduras
Dios con un soldado viejo.
De un espaldar hizo espalda
que llevó la cruz en peso,
y de su honor poner quiso
en una celada el celo.
Un soldado belicoso
quitó un acerado peto,
por hacerse pectoral
el mismo Dios de su pecho.
En una visera puso
visos para ver el cielo,
y en una lanza los lances
contra el poderoso infierno.
Dolerse de almas cristianas
puso en el libro del duelo,
y en medio de un voto a Dios
un en verdad y por cierto.
En aquel que se alojaba
en los cortijos y pueblos,
cifró de su empírea corte
gloriosos alojamientos.
Al que derribó a sus pies
cien mil adversarios muertos,
hizo tan mortificado
que a pies medirle pudieron.
El que al son de la trompeta
eran un león cuando menos,
ya es cordero y, sobre todo,
trompeta del Evangelio.
Con quien disparó en el campo
tantas bombardas de fuego,
quiso corregir del mundo
los disparates inmensos.
De un capitán que mandaba
dar tratos de cuerda horrendos,
hizo un ángel soberano
en lo tratable y lo cuerdo.
De una mecha de arcabuz,
¿quien vio tan extraño trueco?,
hizo una antorcha divina
que está en su presencia ardiendo.
De un soldado hizo un sol
que dio luz al universo,
y encerró en un ¡Cierra España!
el modo de abrirse el cielo.
Y dando a un falido triste
tu traje, su adorno y fieltro,
de un Marte hizo un Martín,
que es de caridad espejo.
En un corto de razones
puso tan largos conceptos,
que del concepto de Dios
declararon los misterios.
Finalmente a un vizcaíno,
sacándole de entre el hierro,
le dio en un decir ¡Jesús!
oro rico de su imperio,
que si el oro es caridad,
en Ignacio hay tanto de esto,
que con lo medio no hubiera
ningún vizcaíno necio.
Y no menos trueques hizo
Dios con otro Apóstol nuevo,
pues dicen que con Javier
le dio un jabón al infierno.
Que no bastó que en Ignacio
quiso vincular su fuego
para guisar su palabra
en el ártico hemisferio,
sino poner en la India
en Javier, varón excelso,
la especia para el guisado
de su divino Evangelio[5]


[1] Elizalde trae «esclareciente»; enmiendo.

[2] Ángel Valbuena Prat, Antología de poesía sacra española, Barcelona, Apolo, 1940, p. 294. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 47-48.

[3] Obras en verso del Homero español Luis de Góngora, que recogió Juan López de Vicuña, prólogo e índices por Dámaso Alonso, Madrid, CSIC, 1963. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 49.

[4] Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 51-52.

[5] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (3)

De Tirso de Molina es este «Romance», que se presenta como una justa entre Guipúzcoa, patria de Ignacio, y Navarra, tierra natal de Javier[1]:

Como juez de comisión
por la justa literaria
cometida a los poetas
entre Guipúzcoa y Navarra,
a dar audiencia a las partes,
con un bieldo en vez de vara,
se asentó al brocal del pozo
Paracuellos de Cabañas.
El bachiller Juan Polido,
abogado por Vizcaya,
graduado de barbero
en el juego de las damas,
informó como se sigue:
«Vizcaya, corta en palabras,
larga en obras y en limpieza,
de Ignacio dichosa patria,
querella de su vecina,
porque, siendo patrïarca
Loyola de sus bonetes,
de sus santos primer causa,
posponiéndole a Javier,
quiere que, en silla más alta,
compre su hijo la gloria
a costa de sus hazañas.
Esto es contra el mandamiento
cuarto, en que la Iglesia manda
honrarás tu padre y madre,
y siendo cosa tan clara
que es Ignacio padre suyo
(si no natural, por gracia),
en tercio y quinto merece
mejoras de esta ganancia.
Non est discipulus, dice
de Dios la verdad sagrada,
supra magistrum, ni es bien
que Javier contra esto vaya.»
«Callad —dijo Blas Alonso,
abogado por Navarra—,
que os hace hablar en latín
la sidra de sus manzanas.
La gloria es medida justa
de los méritos y alcanzan
los de Javier en el Cielo
corona más encumbrada.»
«¿Más que Loyola? —replica—.
Eso no, que es patria cara
Vizcaya suya y está
dos dedos de Dios Vizcaya.»
«Andad con Dios —dijo el otro—,
que según el hierro labra
Vizcaya, yo, pecadora,
podré decir, muy errada.»
«A no dar hierro sus minas
—dijo estotro—, ¿con qué espadas
murieran en Roncesvalles
los doce Pares de Francia?
Más noble es esta que esotra.»
«Mentís —dijo— por la barba.»
Era capón Juan Polido,
y respondió: «No me agravia.»
Levantose Paracuellos
y dijo, en la dicha causa:
«Fallo que paguen las costas
el salero y las cucharas.»

San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier
San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier

Según vemos, toda la composición, de tono marcadamente jocoso, abunda en chistes basados en dilogías, paronomasias y otros juegos de palabras, sin que falten las consabidas alusiones a los vizcaínos cortos de razones y al hierro de Vizcaya.

Por su parte, Calderón de la Barca tiene varios poemas dedicados al santo, como por ejemplo un romance a la penitencia de San Ignacio, con el que ganó el primer premio en el certamen de las fiestas de la canonización. Los versos son, ciertamente, gráciles y hermosos:

Con el cabello erizado,
pálido el color del rostro,
bañado en un sudor frío,
vueltos al cielo los ojos,
más muerto que vivo, haciendo
de gemidos y sollozos
los suspiros una esfera,
las lágrimas dos arroyos,
a Ignacio su mismo cuerpo
lado, sangrïento y roto
desta manera le dice
con voz baja y pecho ronco:
«—No te espantes si te trato
como ajeno de ti propio,
que es bien que con otro hable,
pues ya contigo soy otro.
No es mucho ignore quién eres
si el mismo que soy ignoro,
que tal tu rigor me ha puesto,
que aun a mí no me conozco.
Siete días ha que muero,
pues vivo sin saber cómo,
y a mi torpe natural
forzosas leyes le rompo.
Negando lo que me pido,
siete días ha que solo
agua de lágrimas bebo
y pan de dolores como.
Duros abrojos tres veces
castigan mis perezosos
miembros: tan estéril tierra
¿qué ha de tener sino abrojos?
Gastadas tengo las piedras
donde las rodillas pongo,
y porque cabales[2] vivan
cubro de sangre los hoyos.
Vivo cadáver me dejas
y en su espíritu dichoso
vas a gozar dulces gustos,
a gustar süaves gozos.
Todo en amor te transformas
porque vivas en Dios todo
con una gloria amorosa
y con un amor glorioso.
Al alma solo regalas,
quejas justamente formo,
pues a tus gustos mis penas
son manjar dulce y sabroso.
Dueño soy de los sentidos,
¿qué importa, si no los gozo[3]?,
pues sin alma ¿qué me sirven
boca, manos, oídos ni ojos?
Yo sus contentos no gusto,
yo sus gustos no los toco,
sus regalos no los veo,
sus dulzuras no las oigo.
Mira no se ofenda Dios
que cargues sobre mis hombros
murallas de penitencia,
siendo el cimiento tan poco.
Una llama soy que vivo
obediente a un fácil soplo,
humilde barro y, al fin,
fuego y humo, tierra y polvo[4]


[1] Al frente del «Certamen décimo» van estas palabras: «Pudieran competir, a tener discurso, las vecinas patrias de los dos canonizados, padre y hijo, aunque renovaran antiguas competencias, sobre la mayoría de tan ínclitos tutelares. Esta litis pidió la justa literaria se decidiese y Paracuellos, atribuyéndose el compromiso en un romance de dieciséis coplas (tasa de la festiva premática), sentenció, con su donaire acostumbrado, de esta suerte…».

[2] Elizalde trae «cuales», mala lectura que corrijo.

[3] Elizalde lee «sino los gozos», lectura que enmiendo.

[4] Cito por Ignacio Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 35-36. Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro»Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (2)

De Alonso de Bonilla podemos recordar una composición recogida en su Nuevo jardín de flores divinas, publicado en 1617, en la que, al decir del Padre Elizalde, «añade a la semblanza del soldado la nota de disciplina cortante, militar y vasca del “creer y obrar”»[1], verso repetido a modo de estribillo. El autor juega con las cortas razones de vizcaíno[2] ‘vascoparlante’ de Ignacio y la dilogía de hierro (abundante en Vizcaya) / yerro ‘error, equivocación’:

—Ignacio, ¿entre las naciones
vuestro lenguaje es divino?
—Antes, por ser vizcaíno,
soy muy corto de razones.
—Pues si dais cortas lecciones,
¿qué pretendéis enseñar?
—Creer y obrar.
—En Vizcaya es vinculada
hoy la ciencia de justicia.
—Sí, mas la humana estulticia
la tiene por vizcainada.
—Del cielo son estos dones
de vuestro ingenio divino.
—¿No veis que soy vizcaíno
y soy corto de razones?
—Pues con tan cortas lecciones,
¿qué pretendéis enseñar?
—Creer y obrar.
—Sois, Ignacio (si no yerro),
oro entre yerro nacido.
—Para haber de ser sufrido
nacer convino entre hierro.
—Vos sois, entre las naciones,
elocuente y peregrino.
—Corto, como vizcaíno,
soy en todas mis razones.
—¿Qué aprenden los corazones
con tan corto razonar?
—Creer y obrar[3].

San Ignacio de Loyola

También podemos traer a estas páginas otro poema de Alonso de Bonilla, en esta ocasión un soneto[4], de estilo bien diferente, que se abre con una referencia mitológica al Cancerbero e incluye una alusión a Javier en los vv. 7-8:

Como el voraz de la trifauce frente
es valiente y sagaz, el Verbo amante,
celando dél su Esposa militante,
fio su honor de un sabio y de un valiente.

Ignacio fue del brazo omnipotente,
contra el infierno, espada de diamante,
y el insigne Javier pluma elegante
regida por deidad indeficiente.

Porque quien dijo ciencia dijo pluma,
quien dijo espada dijo valentía,
y todo es armas para el brazo eterno;

que si la espada vicios corta, en suma,
la pluma es un cañón de artillería
contra las fuerzas del horrible infierno.

Recordaré asimismo un soneto de Bartolomé Leonardo de Argensola, que el Padre Elizalde valora diciendo que es «de dicción pura, intelectual, sin arrebatado vuelo lírico»[5]:

Cuelga Ignacio las armas por trofeo
de sí mismo en el templo, y con fe ardiente
espera que las suyas le presente
quien la infunde tan bélico deseo.

Que así, en dejando al pastorcillo hebreo
el real arnés, le dio una fiel corriente
limpias las piedras con que hirió en la frente
altiva al formidable filisteo.

Salid, pues, nuevo rayo de la guerra,
a los peligros que producen gloria,
oprimid fieras, tropellad gigantes,

que si al valor responde la vitoria,
no dejaréis cervices repugnantes
ni en los últimos fines de la tierra[6].

Con motivo de las fiestas de la beatificación (27 de julio de 1609), Lope de Vega glosó en décimas «Si por nombre capitán…». Pero la mejor pieza ignaciana del Fénix es «Al Beato Ignacio, cuando colgó la espada en Monserrate», de la que destaco el bello verso paronomástico «armas que conquisten almas»:

En aquel monte serrado
donde gusta de vivir
aquella serrana hermosa
más bella que Abigaíl,
a cuyo niño le ponen
una sierra, por decir
que instrumentos de Josef
no los aparte de sí,
un soldado vizcaíno,
y cansado de servir
guerras del mundo en Navarra
contra las flores de lis,
la espada al altar ofrece
porque se quiere ceñir
armas que conquisten almas,
que Dios se lo manda así.
Mirando se está Jesús,
y la boca de rubí
bañó de risa y de gloria
sobre su blanco marfil,
porque ver que un vizcaíno
la dorada trueque allí
por una cruz de madera,
los niños hará reír.
Mas dicen que fue alegría
de ver que quiere esculpir
su santo nombre en los hechos
del más bárbaro gentil.
Porque ha de hacer Compañía
que por él vaya a morir
desde la dichosa España
hasta las islas de Ofir.
Que adonde el fiero Luzbel
sembrara torpe maíz,
han de sembrar pan del cielo
con ricas aguas de abril.
Mucho le pesa al soldado
de verse cojo al salir
a guerra tan peligrosa,
que se han vuelto más de mil.
Pero díjole una voz:
«—Ignacio fuerte, partid,
que no ha menester las piernas
quien ha de ser querubín.
Cubrid con alas la Iglesia,
que el Jacob a quien servís
de todas sus religiones
os quiere hacer Benjamín.
No se ha de preciar España
de Pelayo ni del Cid,
sino de Loyola solo,
porque a ser su sol venís.
El nombre tenéis de fuego,
mas no es mucho presumir
quien a Jesús acompaña
de abrasado serafín.
Haced vuestra Compañía
y tomad el nombre aquí,
que os esperan enemigos
en el Japón y el Brasil.
Los principios no os espanten
pues con tal nombre salís,
que donde Dios da el principio,
seguro tenéis el fin.
A la envidia, aunque es tan fuerte,
pisad la dura cerviz,
que si es gigante la envidia
vos sois piedra de David[7].

Como podemos apreciar, los poemas de Lope y de Argensola coinciden en tratar el motivo de la entrega de las armas caballerescas como exvoto en Monserrat y en incluir una alusión a David vencedor de Goliat[8].



[1] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 24.

[2] Véase Anselmo de Legarda, Lo vizcaíno en la literatura castellana, San Sebastián, Biblioteca Vascongada de los Amigos del País, 1953.

[3] BAE, vol. XXXV, p. 236. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 24-25.

[4] Incluido en Alonso de Bonilla, Nombres y atributos de la impecable siempre Virgen María, Señora Nuestra. En octavas, con otras rimas a diversos asumptos y rimas difíciles, en Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1624.

[5] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, p. 27.

[6] BAE, vol. XLII, p. 325. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 27-28.

[7] BAE, vol. XXXV, p. 124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 30-31.

[8] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

San Ignacio de Loyola en la literatura del Siglo de Oro: poemas de justas y certámenes poéticos (1)

Abordaré esta amplia materia en cuatro apartados: 1) Poemas de justas y certámenes poéticos; 2) Ignacio y Javier, en buena Compañía (esto es, aquellos poemas que cantan de forma conjunta a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier); 3) Los poemas extensos; y 4) San Ignacio de Loyola en el teatro jesuítico. En esta y las próximas entradas revisaremos el primer apartado, los poemas de justas y certámenes poéticos.

Como ya adelantaba en una entrada anterior, fueron muy abundantes los poemas escritos en el siglo XVII para certámenes y justas poéticas en honor a San Ignacio. Así lo explica el Padre Elizalde:

Con motivo de la beatificación y canonización de Ignacio se celebraron en toda España y América solemnes y suntuosas fiestas. Uno de los actos más brillantes de estas fiestas eran los certámenes o justas poéticas. Desde entonces, Ignacio comenzó a vivir en el mundo literario. Todos los grandes poetas de entonces ensayaron su estro en honor del santo, consiguiendo poesías de verdadero valor y mérito. Sin embargo, a veces, la barroca exageración de los gestos y de la expresión se entrega a verdaderas orgías, contorsionándose en atrevidas creaciones de vocablos o en extraña técnica de la imagen y del tropo. El arte degenera en artificio y la idea en simple forma y gesto. Por otra parte, se advierte cierto servilismo, falto de espontaneidad, una verbosidad estéril y un frío clasicismo, con mezcla de conceptos paganos y cristianos, que hacen perder el buen gusto a la poesía religiosa[1].

Podemos recordar, por ejemplo, las fiestas de Sevilla en 1609 (con motivo de la beatificación), las fiestas y el certamen poético de la Villa de Madrid en 1622, o el del Colegio Imperial de Madrid ese mismo año (Elizalde enumera los temas propuestos en las pp. 76 y ss. de su libro); también destacaron las fiestas de Sevilla, en esas mismas fechas, y hubo muchas más en numerosos lugares de España, Portugal y América. En estos certámenes le dedican composiciones autores menos importantes como López de Úbeda, Bonilla, Jáuregui, Villamediana o Bartolomé Leonardo de Argensola, pero también los «primeros espadas» de la época: Góngora, Lope, Tirso, Calderón… En esta centuria, los poetas —comenta Elizalde— destacan fundamentalmente tres aspectos en su acercamiento a Ignacio: el militar, el caballero y el contrarreformista.

San Ignacio de Loyola

Uno de los primeros poetas que le canta es Juan López de Úbeda, quien en su Cancionero general de la doctrina cristiana (Alcalá, 1596) incluye dos romances, el primero de los cuales está dedicado a la fundación de la Compañía de Jesús como bastión contra los protestantes de Lutero y subraya la nota de caballería y el sentido militar de la nueva orden:

Cuando esa grande Alemania
de herejes toda se ardía,
que aquel perverso Lutero
por ella esparcido había;
cuando África y Europa,
Asia y los que en ella había
irritan a todo el cielo
con su grande tiranía,
persiguiendo a nuestra Iglesia
con su grande apostasía,
inficionando a sus hijos
con peste de rebeldía,
se levanta un caballero,
que Ignacio por nombre había,
ilustre y de noble sangre,
diestro en la caballería,
de un ánimo invencible
cual esta empresa pedía.
Discurre por ese mundo
por ver si en él hallaría
caballeros y soldados
de fuerzas y valentía
que la bandera de Cristo
defiendan en compañía.
Hace luego se eche bando,
que en todo el mundo se oía,
que cualquiera que quisiese
llevar a Jesús por guía,
que su divisa y renombre
luego al tal se le daría,
y por dalles mayor brío
de sí mención no hacía.
Acuden muchos soldados
de gran precio y valentía
con las armas y atambores
a lo que el bando decía;
gente ilustre y valerosa
en letras y prelacía,
de toda suerte y estado,
cual el bando lo pedía.
Cuando Ignacio vio a su lado
juntarse tal compañía,
con ánimo valeroso
a todos así decía:
«Caballeros esforzados,
a quien corazón dolía,
mirad y tended los ojos
a los heridos que había;
por tanto, gente esforzada,
pues esta empresa no es mía,
libertemos a los hombres
de tan grande tiranía»[2].

El poema presenta un marcado tono bélico-militar, al tiempo que apreciamos en él ciertos ecos romanceriles. El segundo es un apóstrofe a San Ignacio de Loyola (en su primera parte), al que se retrata de la siguiente manera:

Siempre lo tuviste, Ignacio,
seguir la caballería,
siempre las grandes hazañas
fueron de tu animosía.
Siempre ese pecho animoso
de más alto fin se guía,
siempre en toda cuanta empresa
tu gran prudencia fue guía.
Siempre fue tu fortaleza
la que todo lo vencía,
siempre en lo perdido medio
tu sagacidad ponía.
Nunca desmayaba Ignacio,
nunca victoria perdía
por falta de buen consejo,
ni menos de valentía;
pero nunca tan ilustre,
nunca así acertado había
como en la postrer jornada
y nueva capitanía.
Jesús le dio los soldados
de noble caballería,
nuevo capitán le hace
de la santa Compañía;
ármale Jesús sus armas
y en su pecho se escribía,
y a su costa y en su nombre
a él conquistar le envía.
Siempre va Ignacio el más pobre,
siempre sus gastos hacía
de aquella rica pobreza
que a Dios prometido había;
siempre el más obedïente,
a su obediencia regía
un ejército tan noble
y con él cuanto quería.
Siempre el primero en las armas
y el postrero en despedirlas,
el que en las armas más hizo
y aquel que más lo encubría.
Siempre los graciosos hechos
por su consejo se hacían,
pero siempre el buen suceso
Ignacio a Dios refería.
Siempre su saber profundo
y las ventajas que hacía
con una risa severa
su santidad encubría.
Siempre en todo más que todos,
solo en poco él se tenía,
y con paternal clemencia
hermano a todos se hacía[3].

Desde el punto de vista estilístico, destaca en esta composición el empleo continuado de la anáfora de siempre, nunca, siempre[4]


[1] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, pp. 65-66.

[2] BAE, vol. XXXV, pp. 123-124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 21-22. En este texto, y en general a lo largo de todas las citas, me tomo la libertad de modificar levemente la puntuación y las grafías, cuando considero que mi intervención contribuye a mejorar el sentido.

[3] BAE, vol. XXXV, p. 124. Cito por Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 22-23.

[4] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Antonio de Eslava y Shakespeare

De todos esos episodios maravillosos de las Noches de invierno[1], han suscitado especial interés entre la crítica los contenidos en la historia cuarta, «Do se cuenta la soberbia del rey Nicíforo y incendio de sus naves, y la arte mágica del rey Dárdano», por su posible carácter de fuente de inspiración para Shakespeare[2]. Así lo hizo notar Menéndez Pelayo, quien —tras resumir el argumento de la historia de Eslava— escribía:

Las semejanzas de este argumento con el de The Tempest son tan obvias que parece difícil dejar de admitir una imitación directa. El rey Dárdano es Próspero, su hija Serafina es Miranda, Valentiniano es Fernando. Lo mismo el rey de Bulgaria que el duque de Milán han sido desposeídos de sus estados por la deslealtad y la ambición. Uno y otro son doctos en las artes mágicas, y disponen de los elementos a su albedrío.

El encantado y submarino palacio del uno difiere poco de la isla también encantada del otro, poblada de espíritus aéreos y resonantes de música divina. La vara es el símbolo del mágico poder con que Dárdano lo mismo que Próspero obra sus maravillas. Valentiniano es el esposo que Dárdano destina para su hija y que atrae a su palacio a bordo del mágico esquife, como Próspero atrae a su isla a Fernando por medio de la tempestad para someterle a las duras pruebas que le hacen digno de la mano de Miranda[3].

William Shakespeare, The Tempest

Al mismo tiempo, apuntaba la dificultad para que esa influencia se hubiese efectivamente producido:

A los eruditos ingleses toca explicar cómo un libro no de mucha fama publicado en España en 1609 pudo llegar tan pronto a conocimiento de Shakespeare, puesto que La Tempestad fue representada lo más tarde en 1613[4].

Dificultad de la que se hace eco Juana de José Prades en su trabajo sobre las fuentes de las Noches de invierno:

Sólo hay un punto negro en la posibilidad de que Shakespeare conociese las Noches, y es que éstas fueron publicadas en 1609, y La tempestad corresponde a la primavera del año 1611. No parece mucho tiempo para que el libro llegase a manos de Shakespeare[5].

A esa posible salvedad se une otra, la cuestión de si Shakespeare conocía el español o no. Fitzmaurice-Kelly opinaba que sí:

Hay en Shakespeare algunas pinceladas que, con un poco de benevolencia, pueden ser tomadas por insinuaciones de que tenía cierto conocimiento, siquiera ligero, del castellano. Es concebible que Shakespeare se diese trazas para repasar a trompicones algunos de los libros españoles que se reimprimían en los Países bajos y que de allí se llevaban a Inglaterra, casi es inevitable una tal suposición si escogemos quedarnos con la muy conocida teoría de que La tempestad proviene de Noches de invierno de Antonio de Eslava[6].

Zalba dedicó un par de trabajos a este asunto[7], pero en realidad se limita a hacerse eco de la opinión —y las palabras— de Menéndez Pelayo. Luis Astrana Marín, en su estudio preliminar a las Obras completas de Shakespeare, escribió también sobre esta cuestión:

A la primavera del año inmediato de 1611 corresponde La tempestad, que se representó a la entrada del invierno ante la Corte, con éxito extraordinario.

Como en todas las últimas obras de Shakespeare, las fuentes son españolas. Primeramente tuvo a la vista las Noches de invierno (Madrid, 1609), de Antonio de Eslava, colección de narraciones donde se incluye la Historia de Nicephoro y Dardano. Dardano, rey de Bulgaria, es un mago virtuoso, que, destronado por Nicéforo, emperador usurpador de Grecia, embárcase con su única hija, Serafina, en una pequeña nave, y en medio del océano construye un hermoso palacio submarino para residencia. Serafina crece allí como Miranda en la isla desierta. Cuando llega a mujer, el mago, disfrazado de pescador, captura al hijo del usurpador de sus estados y conduce al joven a su morada submarina. El príncipe y Serafina se casan. El usurpador muere, el mago retorna a su reino y, finalmente, transfiere sus poderes a los jóvenes.

Como se ve, la analogía con La tempestad es grande[8].

Críticos más cercanos a nuestros días, como Oroval Martí y Barella Vigal, dan por buena asimismo la influencia[9]. Oroval escribe: «Por nuestra parte […], nos inclinamos a considerar las Noches de invierno como fuente mayor de The Tempest de Shakespeare, a la vista de los hechos»[10], para añadir más adelante, en sus conclusiones:

Los contactos entre Eslava y Shakespeare (coetáneo de Eslava) se basan en su mayoría probablemente en una comunidad de fuentes italianas, como en el caso del amazonismo, el disfraz, las ambigüedades sexuales, la misoginia y —globalmente— el Othello de Shakespeare. Sólo en el caso del relato corto de Noches de invierno llamado Historia de Niciphoro y Dardano (1609) y The tempest (1611 ó 1613) de Shakespeare se dan tan estrechos paralelos en el asunto y, sobre todo, la trama, que llevan a pensar, por primacía cronológica, en Eslava como fuente de Shakespeare, como ratifican las pruebas y la mayoría de los críticos españoles, más que en una fuente común italiana o meras coincidencias que son lo más que la crítica inglesa admite[11].

Todas estas cuestiones las ha resumido bien Barella Vigal en un trabajo dedicado específicamente a este asunto[12]. En su opinión, no solo influye en Shakespeare la historia cuarta, sino el conjunto de las Noches de invierno, y señala además que los parecidos detectables no son solo argumentales, sino más complejos[13]. Anota que también, como ya apuntaron otros estudiosos, el título de Noches de invierno pudo inspirar a Shakespeare el de su Cuento de invierno, que se representó en noviembre de 1613. En su opinión,

Shakespeare leyó las Noches de invierno enteras, o bien oyó contar a alguno de su compañía los cuentos y los comentarios que sobre éstos aparecen en la obra del navarro, hecho éste mucho más difícil, ahora que sabemos que la influencia no se limita a un argumento que inspiró otro, sino que aparecen múltiples coincidencias entre ambas que denotan una lectura, o una audición, especialmente atenta[14].


[1] Existen varias ediciones modernas de las Noches de invierno: la de Julia Barella Vigal (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1986), por la que citaré; otra edición de Carlos Mata Induráin (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003); una nueva edición de Julia Barella Vigal (Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2013); en fin, una edición electrónica de Enrique Suárez Figaredo, en Lemir, 24, 2020 – Textos, pp. 133-266.

[2] José María Corella Iráizoz transcribe esta cuarta historia en la antología de textos literarios incluida en su Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 296-302.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, 2.ª ed., Madrid, CSIC, 1962, vol. III, pp. 209-210.

[4] Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, vol. III, p. 211.

[5] José y Prades, «Las noches de invierno de Antonio de Eslava», p. 185.

[6] James Fitzmaurice-Kelly «Cervantes and Shakespeare», Proceedings of the British Academy, VII, 1916, p. 297. Citado por Julia Barella Vigal, «Antonio de Eslava y William Shakespeare…», p. 492.

[7] José Zalba, «Un escritor navarro inspirador de Shakespeare», Euskalerriaren Alde, 197, 1920, pp. 161-163 y «Dos escritores navarros inspiradores de Lope de Vega y de Shakespeare, Boletín de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, XV, 1924, pp. 215-219.

[8] Luis Astrana Marín, estudio preliminar a las Obras completas de William Shakespeare, 16.ª ed., Madrid, Aguilar, 1974, p. 118b. Del mismo autor, puede verse también su Vida inmortal de William Shakespeare, Madrid, Ediciones Españolas, 1941.

[9] Sobre las fuentes de Shakespeare y, en concreto, para la relación con Eslava, hay otros trabajos de Becker, Bullough, Duque de Lerio, Guttman, Juliá Martínez, Montegut, Muir, Perott…

[10] Oroval Martí, Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava, p. 425.

[11] Oroval Martí, Aproximación a las «Noches de invierno» de A. Eslava, p. 505. En efecto, para la crítica inglesa la cuestión no está tan clara y así, un buen conocedor de las fuentes de Shakespeare, Geoffrey Bullough, reduce a mero «paralelo» la influencia de Eslava sobre Shakespeare (véase Geoffrey Bullough, Narrative and Dramatic Sources of Shakespeare, London, Rouletge & Kegan Paul, 1975, vol. VIII, p. 247).

[12] Barella Vigal, «Antonio de Eslava y William Shakespeare…», pp. 489-501.

[13] Para más detalles y bibliografía remito a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «Sobre la admiratio en las Noches de invierno de Antonio de Eslava», Zangotzarra,7, 2003, pp. 91-115; «Elementos fantásticos y maravillosos en las Noches de invierno (1609) de Antonio de Eslava», en Nicasio Salvador Miguel, Santiago López-Ríos y Esther Borrego Gutiérrez (eds.), Fantasía y literatura en la Edad Media y los Siglos de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 259-282; y «En el cuarto centenario de las Noches de invierno de Antonio de Eslava (1609-2009)», Zangotzarra, 13, 2009, pp. 217-229.

[14] Barella Vigal, «Antonio de Eslava y William Shakespeare…», p. 499.

Burla, teatralidad y violencia en el episodio del carro de las Cortes de la Muerte («Quijote», II, 11) (3)

Tenemos, entonces, que la burla nada eutrapélica del bojiganga ha terminado en un acto de violencia que ha provocado un daño físico, al dar con don Quijote en el suelo. Y esa primera violencia se ha encadenado con una segunda, la consistente en saltar a lomos del rucio y darle con las vejigas en las ancas, acción que provoca las dudas de Sancho, al verse en la disyuntiva de acudir a socorrer a su amo o a su borrico (esta bondad natural del escudero contrasta con la travesura del burlón demonio). Como ha puesto de relieve Evangelina Rodríguez Cuadros, en esta segunda parte del episodio don Quijote se ve colocado ante un espejo, que le devuelve una imagen ridícula, la del bojiganga o moharracho:

El espejismo teatral se materializa de manera sangrante: un loco bufón se enfrenta a un hidalgo loco. Una mala figura, torpe y grotesca, entra en competencia con una Triste Figura y ésta no puede soportar el espejo que se le pone delante[1].

Las Cortes de la Muerte

Recordemos qué decía exactamente el texto del pasaje en cuestión:

Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles; cuya mala visión así alborotó a Rocinante, que sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre los dientes dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía. Sancho, que consideró el peligro en que iba su amo de ser derribado, saltó del rucio y a toda priesa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra, y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos (p. 715).

Podemos constatar que don Quijote sufre aquí una violencia ridícula y carnavalesca: el susto del bufón le hace caer al suelo junto con Rocinante, y la caída lo deja «harto más maltrecho de lo que él quisiera» (p. 715) [2]. Inmediatamente después será el rucio de su escudero quien sufrirá los golpes del bojiganga: «cada vez que [Sancho] veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno» (p. 715)[3].


[1] Evangelina Rodríguez Cuadros, «Don Quijote y sus figuras: de la imitación al retablo de maese Pedro», Philologia Hispalensis, 18.2, 2004, p. 179.

[2] Todas las citas del Quijote son por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Burla, teatralidad y violencia en dos episodios de la Segunda Parte del Quijote (el carro de las Cortes de la Muerte y el retablo de maese Pedro)», eHumanista/Cervantes, 8, 2020, pp. 100-114.