El padre Fabo de María, poeta: «Ruiseñores» (1914): temas religiosos

No son demasiados los literatos navarros que escriban en las dos primeras décadas del siglo XX: dejando aparte a Arturo Campión, cuya trayectoria arranca del siglo anterior, y a Félix Urabayen, también destacado novelista, podríamos mencionar unos pocos nombres más como los de Federico Urrecha o Ezequiel Endériz. Pues bien, por esas mismas fechas escribe igualmente el padre Fabo, de cuya producción literaria —y en concreto de su obra poética— intentaré ofrecer unas pinceladas en esta y en las entradas siguentes.

Retrato de Pedro Fabo Campo, por Francisco Maduro. Fuente: https://www.ecured.cu/
Retrato de Pedro Fabo Campo,
por Francisco Maduro.
Fuente: https://www.ecured.cu/.

El padre Fabo del Purísimo Corazón de María (Marcilla, 1873-Roma, 1933), de la orden agustina, aunque nacido en España, se nutrió en América, a donde pasó en 1895. Al año siguiente se ordenó sacerdote en Bogotá y llegaría a ser nombrado, en 1904, prior del convento del Desierto de la Candelaria. Cuenta en su haber con varias obras de tipo histórico, lingüístico, religioso, autobiográfico y de crítica literaria, y es autor de tres novelas (El doctor Navascués, 1904; Corazón de oro, 1914; Amores y letras, 1920) y un poemario (Ruiseñores, 1914). Es la suya una narrativa de sabor decimonónico, maniquea en la presentación de los universos novelescos y con una marcada intención moralizante (al final, en sus relatos, «los buenos» son premiados y «los malos» terminan recibiendo su justo castigo), sin grandes alharacas en cuanto a técnicas narrativas. Más que en su calidad literaria el interés de estos relatos estriba en su valor sociológico. En sus dos primeras novelas, en las que da entrada a personajes y paisajes americanos, el padre Fabo desarrolla al binomio campo (valores positivos) vs. ciudad (valores negativos), e introduce el elemento indígena (los indios guajivos, habitadores de las extensas llanuras de Casanare), lo que vincula a esas obras con la novela indianista americana (Cumandá, de Juan León Mera, La vorágine, de José Eustasio Rivera, etc.).

Una parte de su producción poética quedó recogida en el libro Ruiseñores (Barcelona, Luis Gili Librero-Editor, 1914), que se presenta bajo el lema «Canta et ambula» de san Agustín. Los principales temas de la poesía del padre Fabo podrían clasificarse en los siguientes apartados: «Temas religiosos», «Temas didáctico-moralizantes», «El arte y la creación poética», «Poemas de circunstancias» y «El paisaje y la naturaleza. Temas americanos».

Los temas religiosos son los más reiterados en el poemario. Encontramos composiciones dedicadas a distintos santos: «Dúo lírico» (fray Luis de León y san Juan de la Cruz, el ruiseñor agustino y la tórtola carmelita, forman «un dúo de eterno amor», p. 6), «San Agustín, «Al beato Querubín» y «Al Patriarca San José». Dios se hace presente con frecuencia en estos poemas: «¡Silencio!» (la soledad y el silencio son compañeros de Dios; más aún: el silencio es Dios), «Plegaria» (iniquidad del yo lírico frente a la eterna bondad de Dios), «Dios» (soneto en el que se ofrecen pruebas de su existencia) y «Voces de la Creación» (el hombre invita al sol, al agua, al aire y a la tierra a dar gloria al Creador). Varias composiciones se inspiran en pasajes o motivos bíblicos: «Ósculo traidor» (el beso de Judas), «Agar», «Huyendo a Egipto» (huida de la Sagrada Familia, con la indicación final: «que nunca muere abandonado el santo, / que siempre triunfa la honradez cristiana», p. 39), «Cántico fúnebre», poema que destaca por la musicalidad de sus rimas agudas:

Confiesa, confiesa con lúgubre acento
tu grande derrota, ¡oh, nación de Israel!
Repasa, si puedes, con breve recuento
los muertos y heridos de aquel campamento
que bravos lucharon ganando el laurel (p. 45).

«Noche Buena» es un villancico con léxico y ropaje modernista. Copio el principio:

Despertad, doncellitas de Engadi,
nazarenas, surgid sin tardanza
del lecho, y vestíos
las mejores galas;
brazaletes de sardios y de ónices,
cinturones de múrice y grana,
escofietas, cintillos,
ramilletes de flores galanas,
cachemiras de Persia y de India,
délficas sandalias,
de Bagdad brocados
y del Cairo gasas,
y ocurrid a Belén, que ha nacido
el Mesías del mundo (p. 59).

Otros títulos: «Super flumina» (glosa del salmo en quintillas), «El ruiseñor» (primer milagro del Niño Jesús), «Prófugo», «Viernes Santo», «¡Jerusalén, Jerusalén!» (Jesús maldice a la ciudad salomónica porque es infame), «El corazón de Jesús», «Aleluya» (amanecer en Tierra Santa, es primavera, Cristo resucita…) o «La mano de Jesús». El soneto «Iscariote» es interesante porque, a través de una acumulación de verbos y encabalgamientos, se recrea la angustia y desesperación del apóstol traidor:

Es Judas; entra al templo furibundo;
treinta monedas por el suelo arroja,
confiesa el deicidio, desaloja
el sagrado recinto, vagabundo

avanza, corre, un vértigo profundo
acométele, el crimen lo acongoja,
torvo es su rostro, la mirada roja,
el huelgo fuerte, el corazón inmundo;

asciende a un árbol, el cordel amarra
a su cuello, suspéndese de un bote,
su agonía es fatídica, violenta,

y muere maldiciéndose, y lo agarra
con sus uñas Satán, y el Iscariote
de bruces cae al suelo y se revienta (p. 69).

En fin, a la Virgen María están dedicados varios poemas:«María» («nombre divinísimo», «gayo nombre», p. 12), «El corazón de María» (contrafactum a lo mariano de una famosa rima de Bécquer), «Flor de mayo», «Mis amores» (letanía con los nombres de la Reina y Madre del Amor), «La rosa», «La obra maestra», «Reina de la paz», «Virgen y Madre» (acaba así: «Es Madre de Jesús, porque fue Pura; / es Pura, porque fue de Jesús Madre», p. 190) y «Tota Pulchra» (elogio, en dodecasílabos, de las bellezas de María)[1].


[1] Para más detalles, remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El P. Fabo de María, poeta: Ruiseñores (1914)», Río Arga. Revista de poesía, 99, tercer trimestre de 2001, pp. 27-32.

Joaquín Roa, literato

Como escritor, hay que recordar que Joaquín Roa fue colaborador en la revista Meridiano Femenino, en Fiesta Taurina y, por supuesto, en Pregón, donde publicó numerosos artículos como los titulados «Sócrates», «Todo es posible en el teatro» o «Viejos papeles, dorada niñez…». Dio a las prensas un Anecdotario teatral y escribió varios guiones de cine. En su faceta de autor dramático, cabe mencionar obras como Presentimiento, La hermanastra o Quinito y su suegro (esta escrita en colaboración con Adela Carboné y estrenada en el Teatro Rey Alfonso de Madrid en 1923), Era un romántico, estrenada igualmente en Madrid, Una ingenua, entremés en prosa en colaboración con Antonio Pedroza (Madrid, R. Velasco, 1920), etc. La familia conserva el manuscrito del drama lírico María de Aránzazu, obra que se supone estrenada, y un libro novelado que contiene un anecdotario de Pamplona: Folletín del hombre oportuno (literatura de un actor)[1].

Joaquín Roa hacia 1926
Joaquín Roa hacia 1926.

Reseño ahora con más detalle algunos de estos trabajos. En su artículo «Todo es posible en el teatro» comenta aspectos diversos del teatro de hoy y del de ayer: la parodia y la sátira, los avances de la luminotecnia, la interpretación y el estado del género musical, defendiendo que el teatro lírico nacional debía ser promovido por el Estado, para lo cual había de crearse una compañía y una orquesta titulares. Y se lamentaba con estas palabras: «¡Ay! Nuestro teatro en castellano cantaba cuando yo era chico y se ha quedado mudo».

«Viejos papeles, dorada niñez…» son tres breves estampas, «Infancia», «La Comunión general» y «La Meca», unificadas por la presencia de una primera persona narradora. En la primera, una cuadrilla de muchachos comenta algunas muertes violentas (la de Afanes, la de la novia de Juan Martín…) ocurridas en Pamplona. En la segunda se describe la procesión de la Comunión general de enfermos. «La Meca» retrata a un hombre anciano sentado en un banco del Paseo de Valencia que se distrae escuchando el concierto de la Academia de Música y viendo pasar a los soldados del regimiento que vuelven de la instrucción. El narrador, identificado afectivamente aquí con el autor, escribe: «Cuando en la linde de la vida me encuentre infortunado, triste y solo, me sentaré también en ese banco, con ese mismo vestido de la Casa de Misericordia». Y, de hecho, Joaquín Roa pasó sus últimos años y falleció en la Casa de Misericordia de Pamplona, el 24 de mayo de 1981.

Un trabajo suyo inédito es «La Cenicienta y el Rey Mago. Cuento representable». Es una breve piececita mecanografiada cuya acción se sitúa en un colegio y en la que intervienen al principio la profesora y unos niños (Canuto, Pilarín, Toribio y Lolita), que vuelven a clase tras las vacaciones de Navidad. Los niños comentan los regalos recibidos: Pilarín una muñeca, Canuto una corneta, Toribio un caballito de cartón… La profesora castiga a Canuto por hurgarse la nariz. Toribio no sabe unas sencillas sumas y la maestra lo pone también de rodillas. En cambio, Pilarín, la niña repipi, sí sabe todas las respuestas. Después manda leer a Canuto y este, tan poco avezado que solo sabe hacerlo por sílabas, comenta que las letras le parecen hormiguitas. Luego tocan las preguntas de cultura general y Canuto confunde a los Reyes Católicos con los Reyes Magos, con lo que la profesora lo pone de cara a la pared. Tras un pequeño intermedio en que cantan y bailan todos, entra la Cenicienta, una niña pobre que quiere aprender a leer y escribir. Toribio y Canuto protestan de que esté con ellos «esa birria de niña», fea y con un vestido pobre, y consiguen hacerla llorar. Aparece entonces la figura de un Rey Mago, Gaspar, que les quita los regalos, la corneta y el caballito, por egoístas y malos; les pide que reflexionen (han querido escarnecer la pobreza y la humildad) y pidan perdón a la niña. Los niños, arrepentidos, besan el vestido y las alpargatas de la Cenicienta y esta pide a Gaspar que les devuelva los juguetes. Todos aprenden la lección de que el mejor camino es la bondad, prometen ser buenos y estudiar, y la pieza acaba con todos los personajes cantando en rueda.

Presentimiento, ensayo de gran guignol, en prosa y original de Joaquín F. Roa, publicado en Biblioteca Teatral, año III, núm. 41, pp. 47-55 y estrenado en el Teatro de la Comedia el 13 de marzo de 1920, es una pieza en un acto único, repartido en cinco escenas. Intervienen los muñecos María Arnal, Amorino, Lina Moretti, Julia, Un Desconocido y Pietro, representados por Adela Carboné, Aurora Redondo, Irene Alba, Irene Caba, Juan Bonafé y Federico Gorritz, respectivamente). La acción ocurre en el gabinete de un hotelito en Roma, una noche de primavera. Escena I. Amorino, muchacha ciega, y su madre María Arnal, tiple de ópera. Mientras se oye el sexteto del hotel, la cantante lee a su hija las crónicas sobre su representación de Carmen, que la elogian diciendo que ella aporta a la obra «el sol de Andalucía». En la escena II reciben la visita de Lina Moretti, una mujer de cincuenta años «que fue distinguida, guapa y triunfadora». En una mezcla de italiano y español, pondera la belleza y elegancia de María Arnal y esta le da 200 liras. Por el diálogo nos enteramos de que una afonía llevó a Lina Moretti a la miseria y que además perdió a su hijo. Escena III. María, Amorino y Julia. Llora Amorino por el dolor de Lina. La madre canta hoy Madame Butterfly para los soldados heridos; le inquieta que le pueda ocurrir algo a su hija y pide a la criada que no la deje sola en ningún momento. Escena IV. Amorino y Julia. Amorino se queda dormida y Julia se distrae con Pietro, que aparece al fondo. Salta a la habitación de Amorino el Desconocido, que va a robar un cofre con joyas y dinero. Despierta Amorino, se asusta y grita. El Desconocido la estrangula, mientras se oye de fondo la música de Madame Butterfly. Escena última. Tras un oscuro general que simboliza el paso del tiempo, aparece la madre. Julia le dice que no se separó de Amorino. María deja el ramo de flores que trae sobre la cama de su hija, comentando que al día siguiente lo llevará a la tumba de los soldados muertos. No la besa para no despertarla. «Queda la escena sola. Sobre la cama de Amorino han quedado las flores, como presentida ofrenda a la muerte…; no se oye un rumor, como si ya nada tuviera vida»[2].


[1] Cfr. Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. V, p. 97.

[2] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Semblanza de Joaquín Roa (1890-1981), actor y escritor pamplonés», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 11, San Fermín de 1998, pp. 8-11. Ver ahora Francisco Benavent, Joaquín F. Roa, Pamplona, Filmoteca de Navarra, 2020.

Semblanza de Joaquín Roa (1890-1981), actor y escritor pamplonés (1)

Recientemente, José María Corella Iráizoz ha cedido generosamente al archivo de la Peña Cultural Pregón una serie de documentos que obraban en su poder relacionados con Joaquín Fernández Roa (1890-1981), destacado actor y escritor pamplonés, que fue además un osasunista y un pregonero de pro, condiciones ambas de las que hacía gala siempre que tenía ocasión. Roa fue, en efecto, uno de los colaboradores de Pregón, y el legado ahora entregado consiste, fundamentalmente, en varias cartas y tarjetas postales enviadas a Faustino Corella Estella, director de la revista, a las que hay que añadir algunas fotografías, algunas reseñas y entrevistas tomadas de la prensa y unas pocas cuartillas con apuntes autógrafos suyos (borradores literarios, canciones, notas varias…). Esta circunstancia bien merece que dediquemos unas líneas al recuerdo de Joaquín Roa, en las que intentaré trazar una breve semblanza de su figura; para ello aprovecho no sólo los materiales comentados, sino también la ficha que Miguel Ángel Larramendi, Alfredo Urdaci y Eustaquio Pezonaga le dedican en la Gran Enciclopedia Navarra, vol. V, Pamplona, CAN, 1990, pp. 96-97.

Joaquín F. Roa. Archivo Familia Roa.
Joaquín F. Roa. Archivo Familia Roa.

Nacido en Pamplona el 15 de agosto de 1890, Joaquín Fernández Roa (su nombre artístico fue Joaquín Roa y sus obras literarias las firma como Joaquín F. Roa) tuvo una dilatada vida profesional, en el teatro y en el cine, siendo fundamentalmente actor de comedia. Estudió en la Academia de Arte y en el colegio Huarte, cursando algunos años de piano. La afición al teatro la sintió desde muy joven: miembro del Orfeón Pamplonés, con él hizo su primera representación, poniendo en escena el monólogo Canto inmoral de Jacinto Benavente. También representó algunas comedias en la Cámara de Comptos de Pamplona. Para seguir su vocación teatral, abandonó los estudios y comenzó a trabajar con grupos de aficionados; su debut profesional puede situarse en 1908, merced al papel de Avellaneda que hizo en Don Juan Tenorio, en el Teatro Circo de Bilbao. En los primeros momentos de su vida teatral (hasta los Sanfermines de 1909), Joaquín Roa recorre las tierras de Burgos, la Rioja, Aragón y Navarra, trabajando en la «Compañía Leonor Barberán-Hipólito Rodríguez», cuyo repertorio incluía títulos como La aldea de San Lorenzo, Mancha que limpia, La Dolores o Lo positivo; a Zaragoza acude varios años, durante las fiestas del Pilar, con la Compañía «Palma-Reig».

Más tarde se produce su paso a compañías importantes: en 1915 entra en la de Rosario Pino, y después en la de Ernesto Vilches e Irene López Heredia, representando ya en Madrid, Barcelona y Valencia (fue el galán cómico del Teatro Eslava de esta ciudad) y yendo de gira por toda España. En Madrid hizo su estreno con el papel de Arlequín en Los intereses creados, de Benavente, en el Teatro de la Comedia, aunque también trabajó en el Calderón. Por esas fechas fue también primer actor en San Sebastián y Zaragoza. Hacia 1923 se dedica a la ópera y la zarzuela, interpretando diversos papeles en La linda tapada, El rey que rabió, Doña Francisquita… Fue también el Don Hilarión de La verbena de la Paloma.

En 1939 estrenó en el Gayarre de Pamplona la obra Cui-Ping-Sing, de Foxá. Y en la década de los 40 tuvo una compañía propia, la «Compañía cómica de Joaquín Roa», que tuvo un amplísimo repertorio, pudiéndose citar las comedias Los búhos, El marido de la Estrella y El tío José Mari, las obras de folletín El misterio del cuarto amarillo, Aquella mujer y Alma española, las obras de autores italianos El gorro de cascabeles, de Pirandello, y Se acabó el amor, de Roberto Bracco, y las piezas Petición de mano, de Chéjov, Adiós a la bohemia, de Baroja, y Navarrica. Roa tuvo papeles en obras de Jardiel (La dama del pañuelo errante), de Miguel Mihura (La bella Dorotea), de Ruiz Iriarte (Primavera en la plaza de París), de Calvo Sotelo (Historia de un adulterio, El baño de las ninfas), de Emilio Romero (El amante jubilado)… y en muchas otras, hasta la titulada Balada de los tres inocentes. Alcanzó a ver actuar a María Guerrero, y conoció a Jacinto Benavente, a Carlos Arniches, a García Álvarez, a Jardiel Poncela, a Muñoz Seca…

En cuanto al cine, fue pionero de los actores españoles del cine mudo, trabajando en películas como Vida nueva, rodada en Barcelona en la temprana fecha de 1915; y, ya en tiempos del sonoro, participó en los rodajes de El marido de mamá o algo así, Castillo de naipes, Y tuvo la culpa Adán, Eloísa está debajo de un almendro (con Amparo Rivelles, Rafael Durán y Juan Calvo), Marcelino, pan y vino (en la que interpretaba a Fray Talán, nombre que usó como pseudónimo en algunos escritos), El escándalo, El clavo, Bienvenido, Mr. Marshall, de Luis García Berlanga, o Viridiana,de Buñuel. Fue también el don Nuño de La venganza de don Mendo de Fernando Fernán Gómez. «Su último trabajo en cine lo realizó bajo las órdenes del director navarro Luis Cortés en Ni se lo llevó el viento ni puñetera falta que hacía» (GEN, V, p. 97).

Igualmente, Roa fue pionero de los programas dramáticos de TVE. Fue el famoso cerillero y limpiabotas en la serie televisiva El último café, papel con el que obtuvo un gran reconocimiento público; pero también hizo de «El viejecito» en la versión de Alfredo Castellón de Topaze,de Marcel Pagnol, tuvo una larga participación en la comedia Ninette, casa de modas, etc.

En suma, como se nos recuerda en GEN, V, p. 97, Joaquín Roa «formó parte de las compañías titulares de los teatros madrileños de la Comedia, Infanta Isabel, Calderón, Reina Victoria, Fontalba, Alcázar, Latina, Cervantes, Príncipe Alfonso, Zarzuela, etc. A lo largo de su dilatada vida profesional y artística, representó a Lope de Vega, Calderón, Zorrilla, Rivas, Benavente, Muñoz Seca, y otros autores españoles». Su carrera artística está avalada además por numerosos premios y distinciones: así, obtuvo la Medalla de Oro 1968-69 de la delegación Provincial de Valladolid «por su historial profesional y prestigio escénico» y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes; en 1971 ganó el primer premio de Cinematografía; se le galardonó con el Premio Nacional de Teatro 1971-1972… Sin embargo, todos estos premios no envanecieron al actor, quien fue siempre un hombre humilde. En una entrevista señalaba modesto: «Yo no he sido un actor deslumbrante. He sido un actor de reparto que ha estado bien, simplemente». Y un hombre trabajador, muy trabajador: superados los 80 años, todavía seguía haciendo dos sesiones diarias de Balada de los tres inocentes,de Pedro María Herrero, dirigida por Cayetano Luca de Tena, con José Sacristán, Roberto Camardiel, Mari Paz Pondal y la colaboración de María Luisa Ponte. Fue además una persona accesible, siempre cercana a los demás; en efecto, en otra entrevista comentaba: «Me gustaría mucho ir a la calle a tomar un café y ponerme a charlar con gente joven que sin ningún escrúpulo me llamaran Joaquín y me tutearan. La juventud es maravillosa y yo me siento muy rejuvenecido cuando charlo con jóvenes»[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Semblanza de Joaquín Roa (1890-1981), actor y escritor pamplonés», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 11, San Fermín de 1998, pp. 8-11. Ver ahora Francisco Benavent, Joaquín F. Roa, Pamplona, Filmoteca de Navarra, 2020.

Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (y 2)

El deseo de cercanía con los lectores explica también el empleo frecuente en la poesía de Fermín Mugueta de frases hechas y expresiones coloquiales (a la chita callando, como Dios manda, la mar de contentos, a troche y moche, como si tal cosa, con salero y garbo, dale que dale…), de refranes (por ejemplo, «No hay mal que por bien no venga») y de diminutivos afectivos (callandico, monjita, hierbecica, infantico…). Mugueta desea mantenerse en un tono coloquial, familiar, cercano a sus interlocutores, de ahí que sus imágenes y metáforas no sean ni muy frecuentes ni especialmente audaces:

Cuando el fuerte robledal
se desnuda de oro viejo… («La vida sigue»).

Los montes se abufandan de neblina («Otoñal»).

… reír de espumas blancas («Como el mar»).

… se ruboriza el cerezo («¡Qué largo el día y qué corto…!»).

Hay, sí, una creación verbal que le resulta particularmente grata a Mugueta: me refiero a la expresión enflorar espinas, usada en dos ocasiones: en el poema que empieza «¿Qué importa que yo esté triste?» y en «Para vivir alegre». En fin, en estas composiciones apenas se dan casos de intertextualidad, y tan solo cabría señalar alguna reminiscencia literaria como la alusión a la «música callada» (del «Cántico espiritual» de San Juan de la Cruz») en el poema «Cantan los pájaros».

Última fotografía de Fermín Mugueta en la portada de la Trinidad de Arre (1982). Autor: José Antonio Pérez Satrústegui. Archivo Digital de Villava.
Última fotografía de Fermín Mugueta en la portada de la Trinidad de Arre (1982). Autor: José Antonio Pérez Satrústegui. Archivo Digital de Villava.

Hasta aquí lo relativo a la forma, a la expresión. En cuanto a los temas, Fermín Mugueta canta en varios de sus poemas a la naturaleza. En ellos da entrada a elementos sencillos, los habituales en la poesía tradicional (las hojas secas, la niebla, las aves, el río, el mar, el viento…), aunque a veces encierran un valor trascendente: en el poema «Niebla» se habla de ese fenómeno atmosférico, pero al final adquiere un significado simbólico cuando se concluye que Dios sopla la niebla (las maldades) del corazón humano; o en otra composición («Tormenta») se contrapone la pequeñez del hombre a las fuerzas desatadas de la naturaleza, pero también a la inmensidad de Dios.

Otro grupo de poemas elogia valores humanos y virtudes cristianas (la vida sencilla, el trabajo y la humildad, el amor a los demás, la solidaridad humana…), y algunos están dirigidos específicamente a los jóvenes. En fin, un tercer núcleo temático, numéricamente importante, está formado por los poemas de contenido religioso (dedicados a Dios, a la Virgen María, a distintos santos, a la Navidad, a la Eucaristía…). Son composiciones que, como escribiera José Antonio Marcellán, «resultaron la mejor expresión de sus sentimientos, actitudes profundas y disposición de espíritu cristiano en el atardecer de su vida». Poemas leves en los que Mugueta aúna el entretener y el aprovechar, haciendo suyo el tópico horaciano del delectare et prodesse. Poemas, también, que se construyen con el mismo derroche de cariño con que el ave construye su nido («Nido de pájaro») y versos que se juntan en una composición como las flores en un humilde ramo:

Para rendir pleitesía
y homenaje
a tus nobles atributos
de mujer, esposa y madre
hacer quiero un ramillete
con versos de mi romance («Ramillete»).

Versos y poemas sencillos los de Mugueta, que son pequeñeces, menudencias, levedades (así los califica él mismo), pero con la grandeza de las cosas pequeñas (véase el poema «Dime cómo han de ser grandes…»: el poeta es plenamente consciente de que «Lo pequeño es grande»; hay un poema titulado precisamente así). En suma, poesía sincera, porque transparenta los sentimientos y la humanidad del poeta y va directa al corazón del lector; y poesía eficaz, porque —desde su humilde modestia— cumple con el objetivo que se ha propuesto el escritor, un escritor que quisiera ser payaso para llevar la risa —y la gracia de Dios— a todo el mundo («Payaso», «La risa»), ser caricia que llegue igualmente a todas las personas («Como el mar») o ser espiga para fructificar y entregarse a los demás («Espiga»)[1].


[1] Tomo el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

Fermín Mugueta o una poética de la sencillez (1)

Creo que esa expresión, «una poética de la sencillez», constituye un epígrafe acertado para mis palabras prologales que anteceden a esta antología de poemas de Fermín Mugueta (1906-1985), poemas que fueron publicados originariamente en La Verdad a partir del año 1979, y que han sido seleccionados en esta ocasión por Dani Aldaya y Ricardo Ollaquindia[1]. La primera característica que se hace evidente al leer los versos de Mugueta es, precisamente, la de su modesta sencillez: preferencia muy marcada por los metros cortos y las rimas asonantadas (solo en escasas ocasiones emplea los versos largos y las rimas consonantes y nos encontramos, por ejemplo, algún soneto); gusto por la estructura circular, de forma que los versos iniciales se reiteran en el cierre de varias composiciones; predilección por las figuras de repetición como los paralelismos o las anáforas…

Cubierta del libro: Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005

El propio autor reflexiona en unos cuantos poemas acerca del quehacer literario, y lo que se desprende de sus versos es, precisamente, esa «poética de la sencillez» a la que he aludido. En efecto, Fermín Mugueta se refiere a sus versos calificándolos como «Mis sencilleces» (en el poema así titulado):

Como a la chita callando
discurren mis sencilleces,
fáciles para escribirlas,
fáciles a quien leyere.

En otra composición, la que se presenta bajo el epígrafe «Por ahora…», reflexiona sobre las razones que le llevan a escribir, y afirma que lo hará «hasta que olvide el estilo / que nunca tuve», con lo que pone de manifiesto su despreocupación por las cuestiones formales. Más explícito todavía respecto a su intención es el poema «Mis versos», donde el poeta proclama claramente que quiere estar «con la inmensa mayoría»:

Si mis versos no entendieren,
¿a qué habría de escribirlos?
¿A qué decir nada nuevo,
si no entienden lo que digo?
¿A quién voy a dirigirme
si ignoro a quien me dirijo?
Los versos son para todos
tanto que para uno mismo.
Y porque son espontáneos
y triviales y sencillos,
lleguen a los iletrados
y a los pobres y a los niños
… y hasta a los analfabetos,
que para tales escribo.
Mis versos son, pues, de todos,
muy antes que de uno mismo.

Sencillez formal, por tanto, para llegar a un público lo más amplio posible, que va en paralelo con la sencillez de los temas tratados (más adelante me referiré a ellos). Con este desideratum, no nos deberá extrañar que el paralelismo sea la figura estilística más reiterada en estos poemas (se emplea, especialmente, en el comienzo o en el final de las composiciones), combinada a veces con otras figuras como la antítesis o el quiasmo. Mencionaré algunos ejemplos, indicando entre paréntesis los títulos de los poemas a los que corresponden:

La nieve vino callando,
se fue, callando, la nieve («Luego será primavera»).

¿Quién sabe si llora el río,
quién sabe si el río canta? («Llorar y reír»).

Los ojos sin luz no ven,
los ojos sin luz no miran («A tientas»).

El sol es pura caricia
y es pura caricia el aire («Paseando»).

Por mucho que vaya y venga,
por mucho que venga y vaya («Un avión»).

… sin que se ofenda el oído
y sin que el Cielo se ofenda («Habla bien»).

… en cada corazón más hermosura
y en esta ingrata vida menos penas («¿Qué haces ahí, monjita de clausura…»).

Conforme la vida llega,
conforme la vida pasa («Sólo un momento se vive»).

Sencillez formal no quiere decir necesariamente ausencia de ornato retórico. En efecto, otras veces la figura empleada es la anadiplosa, la cual consiste en que un verso comience con la palabra o expresión con que acababa el anterior:

… parece triste la ermita,
la ermita del altozano («Ronquera metálica»).

Siempre la cara morena,
morena de sol y viento («Ceguera»).

La anáfora (repetición de un mismo elemento al comienzo de varios versos) se emplea en varios poemas, como «Hay que amar», «Estás en todo» o «¿Dónde está?». También encontramos algún ejemplo de concatenación, como el que estructura el comienzo del poema «A la vista del trigal»:

En el inquieto trigal
reverberan las espigas.
De la espiga sale el trigo,
y del trigo flor de harina.
Con harina se hace el pan,
pan nuestro de cada día…

Abundan, como ya indicaba, los poemas que adoptan una estructura circular. Así, por ejemplo, los titulados «Hojas secas», «En busca de otros climas», «El caso es llegar», «En esta mañana», «A solas» o «La cruz»; en algunos casos, los versos que se repiten al final del poema ofrecen alguna variante con respecto a los del comienzo:

Por la calle donde voy
me sigue un perrito negro

[…]

Por la calle, cariñoso,
me sigue un perrito negro («Me sigue»).

Y lo mismo sucede en «Como si tal cosa»:

Que soy la misma pobreza
lo sabes, Señor, de sobra

[…]

… Y que soy todo pobreza
lo sabes, Señor, de sobra.

Como vemos, se trata de recursos retóricos sencillos, propios de la poesía popular, pero que contribuyen, sin duda, eficazmente a la consecución del ritmo poético[2].


[1] Ya con anterioridad José Antonio Marcellán había editado, con escritos recopilados y clasificados por Luis María Echeverría, una Antología de Fermín Mugueta (Villava, Ayuntamiento de Villava, 2000). En su «Introducción» pueden consultarse algunos datos más acerca del autor.

[2] Tomo el texto de mis palabras de presentación, «Fermín Mugueta o una poética de la sencillez», en Fermín Mugueta, Poesía (1978-1985), Pamplona, Ediciones Fecit, 2005, pp. 9-17.

«Resurrección y vida», de Sebastián Urbano Baena

Vaya para hoy, Lunes de Pascua, un soneto de Sebastián Urbano Baena (La Malahá, Granada, 1904-Granada, 1977), autor de Canto eucarístico. Sonetos como el amor los quiere (Granada, Ediciones Antonio Ubago, 1989). Con este poema titulado «Resurrección y vida» cerramos el ciclo poético de esta Semana Santa.

Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Ares de San Fernando (Madrid, España)
Bartolomé Esteban Murillo, Resurrección del Señor (c. 1650-1660). Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid, España).

Así Te quiero, Dios: agua manante,
de tu muerto costado descendente,
viva, a mi encuentro, al muerto en mí viviente;
en mis vértebras río desbordante.

Así Te quiero: enamorado, amante,
y nominado Tú, tan tiernamente:
panal, pastor, pelícano muriente[1],
y vid de los sarmientos transformante.

Renáceme este aliento amortajado,
en surtidor perenne, cielo arriba.
Por la ventana del milagro, viva,

como aquella de Lázaro enterrado[2],
puede saltar el alma, si cautiva;
si sedienta, escondida en tu costado[3].


[1] pelícano muriente: el pelícano es símbolo cristológico bien conocido, dada la creencia, documentada en los bestiarios y la tradición animalística medieval, de que se hería en el pecho para alimentar a sus crías con su sangre. No anoto, por más conocidos, los otros nombres aplicados a Cristo en estos versos 7-8: panal, pastor y vid.

[2] ventana del milagro … Lázaro enterrado: alusión a la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús residente en Betania con sus hermanas Marta y María, a quien devolvió la vida después de llevar ya cuatro días muerto. Lo refiere Juan, 11, y ahí, versículos 25-26, Cristo proclama: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá». La resurrección de Lázaro anticipa y prefigura la propia resurrección de Cristo, demostrando su poder sobre la muerte. 

[3] Cito con algún ligero retoque en la puntuación por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 303.

 

«Y al tercer día resucitó», de José Luis Ortiz de Lanzagorta

—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? 
No está aquí; ha resucitado. 
(Lucas, 24, 5-6)

En años anteriores ya han quedado recogidos en el blog varios poemas dedicados a la Resurrección del Señor: así, el soneto «A la Resurrección», de Lope de Vega; «A la resurrección del Señor», de Bartolomé Leonardo de Argensola; la «Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza o el «Soneto de la Resurrección», de Francisco Luis Bernárdez, más la versión en español («Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza…») de la Secuencia de Pascua, «Victimae paschali laudes». Vaya para este nuevo Domingo de Resurrección un poema de José Luis Ortiz de Lanzagorta, que dice así:

Piero de la Francesca,  La Resurrezione (146-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia)
Piero de la Francesca,  La Resurrezione (1463-1465). Museo Cívico de Sansepolcro (Sansepolcro, Italia).

Señor, ya estás en pie.
Ya tu presencia ocupa el centro de la Historia.
Ya eres Cristo Total.
Eterna Pascua por derecho de Resurrección.

Amigos, alegraos:
Dios vive para siempre entre nosotros.

Él nos envuelve en la Alegría del mundo;
en la vida que no pasa;
en la ternura inmensa de tantas cosas bellas
que rodean el caminar del hombre:
un cántico, una flor, una mirada…

Todo es vida, Señor;
todo es luz,
todo es gracia,
todo es Dios…

Cristo nos envuelve en su Pascua[1].


[1] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 305.

«Soledad», de Manuel García Viñó

Vaya para hoy, Sábado Santo, un soneto de Manuel García Viñó (Sevilla, 1928-Madrid, 2013) centrado en la soledad y el dolor de María tras la muerte de su Hijo.

Atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, La Virgen de la Soledad (c. 1665). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
Atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo, La Virgen de la Soledad (c. 1665). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Qué intacta soledad en la montaña,
qué solo el sol[1] y sola la violeta,
qué hora de tercia[2] y recoleta
sobre la sola, vegetal guadaña[3].

Qué tensa, intensa soledad empaña
los paños de la Cruz; sobre el planeta
flota y se yergue sola la muleta
del cojo universal de vista huraña[4].

Qué solo y gris el Gólgota[5] dormido,
qué solo el viento aúlla en el ejido[6]
enroscando temblón su caracola;

y qué sola Tú sola, Madre mía,
en el extraño amanecer del Día,
ya Madre universal[7], ¡pero qué sola![8]


[1] solo el sol: además de la repetición de solo, sola y soledad a lo largo del poema, nótese la presencia de juegos paronomásticos: solo el sol (v. 2), tensa, intensa (v. 5), empaña … los paños (vv. 5-6).

[2] hora de tercia: tercera hora después del amanecer, las 9 de la mañana.

[3] la sola, vegetal guadaña: lo entiendo como referencia a la Cruz, un árbol convertido en instrumento de muerte.

[4] la muleta / del cojo universal de vista huraña: alusión a la muerte, que —hasta la Resurrección de Jesús— parece haberse apoderado de todo. Recordemos que la muerte suele representarse tradicionalmente como un esqueleto (el «cojo universal de vista huraña») con una guadaña (aludida aquí metafóricamente como «muleta»).

[5] Gólgota: el Gólgota (del arameo Gûlgaltâ) o Calvario (del latín Calvariae Locus) es el lugar de la crucifixión de Jesús, mencionado en los cuatro evangelios. Significa ʻLugar de la Calaveraʼ y se situaba extramuros de Jerusalén.

[6] ejido: «Campo común de un pueblo, lindante con él, que no se labra, y donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras» (DLE).

[7] Madre universal: en el evangelio de Juan, 19, 26-27 leemos: «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba [el propio Juan], que estaba presente, dijo a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo”.Después dijo al discípulo: ¡He ahí tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (es la tercera palabra de Cristo en la Cruz). Este acto simboliza a María como Madre de la Iglesia, pues Jesús la entrega como madre de todos los creyentes. 

[8] Cito por El Dios del mediodía: fe y creación poética en Andalucía. Ensayo y antología, estudio, selección y notas de José Luis Ortiz de Lanzagorta, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 300. En el v. 10 cambio egido por ejido.

«Consummatum est», de Julio Mariscal Montes

Es Viernes Santo. El Verbo, que se había humanado para habitar entre nosotros, muere —y muere una muerte de cruz, que en la antigua Roma era considerada la forma más infamante de ejecución, reservada para esclavos, rebeldes y enemigos del Estado que no fueran ciudadanos romanos— para, con su sangre redentora, ser la Salvación del mundo. Ese momento de la muerte de Jesús lo evoca este emotivo soneto —uno más— de Julio Mariscal Montes (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1922-Jerez de la Frontera, Cádiz, 1977), que toma como motivo las últimas palabras de Cristo según Juan, 19, 30. 

José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España)
José Jiménez Aranda, Consummatum est (1888). Museo Nacional del Prado (Madrid, España).

Ya nunca más. El viento, solo juega
a rebuscar la vida por su frente,
mientras el mundo flota sin simiente
y la tarde sin flores se doblega.

Ya nunca. Nunca. El corazón se entrega:
Amor… Piedad… Señor. ¿Cómo se siente
¿Cómo, Señor, se doma la corriente
de esta sangre podrida y andariega?

Cristo está aquí clavado, remachado
a salivazo limpio[1] por la oscura
cerrazón de la noche en agonía.

Cristo con una rosa en el costado[2]
y la Última Palabra[3], seca y dura,
colgándole del labio todavía[4].


[1] a salivazo limpio: aunque el sentido de la expresión no es aquí literal, sino metafórico, evoca las burlas de los soldados romanos en el Pretorio de Jerusalén. Cfr. Mateo, 26, 67-28: «Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: “Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó”».

[2] una rosa en el costado: a su vez, esta metáfora anticipa la próxima herida de la lanza del centurión romano, identificado con Longinos (o Longino) de Cesarea, para asegurar la muerte del crucificado: «Pero uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Juan, 19, 34)..

[3] la Última Palabra: las Siete Palabras de Jesús en la cruz son frases pronunciadas durante su crucifixión, recogidas en los evangelios y que resumen su mensaje de salvación, amor y entrega. La sexta de esas palabras, en la versión latina de la Vulgata, es el «Consummatum est» que da título al poema y que significa ʻestá consumadoʼ, ʻtodo está cumplidoʼ o ʻse ha terminadoʼ: «Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: “Consumado es”. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu» (Juan, 19, 30). En Lucas, 23, 46 la frase equivalente (Séptima Palabra), dicha a la hora novena (tres de la tarde), justo antes de expirar, es «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

[4] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 363-364.

«A Cristo en la Cruz», de Ramón de Garciasol

Vaya para este Miércoles Santo el soneto «A Cristo en la Cruz» de Ramón de Garciasol (seudónimo de Miguel Alonso Calvo, Humanes, Guadalajara, 1913-Madrid, 1994), con el comentario con el que se lo envió al antólogo Leopoldo de Luis:

Cuando hice estudios sobre el Homo albaterensis, allá por la primavera-verano de 1939, escribí este soneto que te copio, pues desconozco si Luis Guarner llegó a publicar su antología de poemas religiosos. […] Te pongo aquí este poema en función testimonial y documentaria. Algunos me dijeron entonces que el soneto es más Cristo-Pueblo que Cristo-Símbolo. No lo sé. Lo que recuerdo es que le escribí con la muerte hasta la garganta. Además, Cristo era —y es— pueblo también —uno de los nombres que se le olvidaron a fray Luis—, como nos advierte su origen, su encuadramiento humano. Y por algo el pueblo lleva su cruz, en la que a menudo acaba izado por cabezonerías, egoísmos e ignorancias[1].

Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.
Luis Tristán, Cristo crucificado (1624). Museo del Greco (Toledo, España), CE00024.

El poema dice así:

Si no fuera por Ti, ¿quién disipara
esta espesa negrura que me crece
como bosque de luto? Me parece
habitar el dolor. Veo tu cara

chorreada de sangre que saltara
la soberbia brutal que entenebrece
la historia de los hombres y amanece
en mi pecho por tu mirada clara.

Tu Cruz echa raíces en la roca
estéril hasta ahora de mis días
y tu cruel Pasión limpia mi boca.

Seré digno de Ti. Si no me dejas
las espinas darán sus profecías.
Estás por mí en la Cruz y no te quejas[2].


[1] Ramón de Garciasol, «Sobre la poesía religiosa (Carta a Leopoldo de Luis)», en Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Alfaguara, 1969, pp. 67-68.

[2] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, p. 67.