En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.
El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:
Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].
Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:
Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:
No siendo Madre de Dios, no hallo santa a quien le cuadre llamarse Virgen y Madre, Teresa, mejor que a vos.
A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].
[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.
Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:
Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestasque a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].
Escudo de Corella (Navarra).
Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].
[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra:Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.
[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.
[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.
[4]Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.
En la festividad del Bautismo del Señor, que cierra el ciclo litúrgico de la Navidad, cerraremos también la serie de poemas navideños con esta composición de tono festivo de Alonso de Bonilla[1] titulada «Del bautismo del Jordán». Para la cabal comprensión del poema (para aclarar la pendencia a la que se refiere Bonilla), puede ser de ayuda este comentario del Padre José-Román Flecha Andrés, quien nos ofrece las principales claves interpretativas del texto:
«Riñendo la omnipotencia con el siervo pertinaz, entró el Verbo a meter paz, y mojose en la pendencia». Así interpretaba Alonso de Bonilla el bautismo de Jesús en el río Jordán. La suya era una interpretación que a la verdad teológica le unía una cierta picardía popular.
Aquel platero y poeta andaluz imaginaba la tensión multisecular de la misericordia y el poder de Dios con la tozudez y la pretensión humana de autonomía. El Verbo de Dios hecho carne se sabía y sentía como necesario y oportuno mediador de aquel pleito, siendo como era parte de lo divino y de lo humano.
El bautismo de Jesús sería por tanto el acto en el que Jesús pretendía poner paz entre Dios y los hombres. No era un rito de penitencia para el bautizado en el Jordán. Era un acto de mediación por el que Jesús buscaba la reconciliación entre Dios y los hombres.
En su breve poema, el poeta repite hasta tres veces que lo que Dios sacó de esta paz fue salir «bien mojado en la pendencia». Este baño del Hijo de Dios, lejos de significar una humillación de lo divino, refleja más bien una glorificación gratuita y generosa de lo humano.
Siglos antes, san Isidoro de Sevilla había reflexionado sobre esta bajada de Jesús hasta el Jordán, comparándola con la bajada de Josué. En efecto, Josué, hijo de Nun, había bajado al Jordán para introducir a su pueblo en la tierra de la libertad. Y Jesús, hijo de María, bajó al Jordán para ganar la definitiva libertad para sus hermanos.
Al Jordán había bajado también Naamán, jefe de los ejércitos de Siria. Llegaba afectado por la lepra. Y el profeta Eliseo le ordenó que fuera a bañarse siete veces en el río. No le fue fácil obedecer. La observación de un criado le hizo cambiar de decisión. Para bañarse tuvo que desprenderse de su armadura. No le salvaron sus medallas, sino su humildad.
En su Historia de Cristo, Giovanni Papini subraya que el Bautista llama a los pecadores para que se laven en el río antes de hacer penitencia. «Pero en Cristo no existen ni siquiera apariencias de conversión». Es razonable preguntarse por qué decide bajar hasta el Jordán para hacerse bautizar.
Hay que recordar que Jesús es único entre todos. Es la limpieza de la verdad y la verdad de la limpieza. «Va entre los impuros con la sencillez del puro; entre los pecadores con la fuerza del inocente; entre los enfermos con la franqueza del sano».
Jesús de Nazaret baja hasta el Jordán para hacerse solidario y hermano de todos los pecadores y leprosos, de todos los angustiados y oprimidos. De todos los sucios, que viven descontentos de serlo, de todos los que esperan la curación y anhelan una conversión. El bautismo de Cristo es la profecía de su resurrección y de la nuestra[2].
Domenico Tintoretto, Bautismo de Cristo. Museo del Prado (Madrid)
El poema de Bonilla dice así:
Riñendo la omnipotencia con el siervo pertinaz[3], entró el Verbo[4]a meter paz y mojose[5] en la pendencia.
La espuela de la codicia le hizo en la riña entrar, y lo que sacó fue dar de comer a la justicia.
Que aunque Dios a su potencia es de resistir capaz, lo que sacó desta paz fue mojarse en la pendencia.
Apenas tomó el trabajo de afirmarse entre los dos, cuando empezó un agua-Dios[6] que se venía el cielo abajo.
Mas puesto que[7] su presencia fue de tercero sagaz, Dios escapó de esta paz bien mojado en la pendencia[8].
[2] Reflexión publicada por José-Román Flecha Andrés el 3 de enero de 2022 en su blog El cántaro, bajo el título «La pendencia del Jordán».
[3]Riñendo la omnipotencia / con el siervo pertinaz: el siervo pertinaz es el hombre, que, al haber pecado, riñe, está en pendencia con Dios (la omnipotencia).
[4]el Verbo: la segunda persona de la Trinidad, Jesucristo.
[5]mojose: la mojadura es, claro está, la del agua del bautismo en el Jordán, a manos de Juan el Bautista.
[6]un agua-Dios: creación jocosa de Bonilla; no empezó un agua-cero, sino un agua-Dios.
[7]puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, usual en la lengua clásica.
[8] Cito, con algún ligero retoque, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 274 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se repite en el poema.
Vaya para hoy, 3 de enero, fiesta del Santísimo Nombre de Jesús, un soneto del Fénix dedicado a esta temática —incluido en el Libro II de Pastores de Belén—, que no requiere mayor comento.
Si cada vez que un hombre murmurase del amigo, del prójimo y ausente «Jesús» dijese, es nombre suficiente a que la voz y el ánimo templase.
Si cada vez que del honor tratase del que infama y corrige vanamente «Jesús» dijese, y con humilde frente a las divinas letras se humillase,
es imposible que el furor más ciego y la vergüenza más soberbia y loca con tal rocío no templase el fuego.
Que el nombre de JESÚS tanto provoca amar[1] a Dios y al prójimo, que luego penetra el corazón desde la boca[2].
[1]amar: entiéndase ʻa amarʼ, con la preposición a embebida.
[2] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 251-252 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Modifico levemente la puntuación. De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 169-170).
Hace unos días copiaba aquí la composición «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes» de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Hoy añado sus «Chanzonetas de la circuncisión de Cristo»[1], cuyo texto dice así:
Bartolommeo Veneto, Circuncisión de Jesús (1506). Museo del Louvre (París, Francia)
Niño, aunque con vos se estrella la ley de sangre y dolor, sufridla, que ese rigor todo ha de llover sobre ella.
Pues que siendo vos Dios mesmo a vuestras carnes lastima, justo es que le llueva encima un diluvio de bautismo;
porque no quede centella del fuego de su dolor, anegando su rigor para que llueva sobre ella.
Dejad al cuchillo cruel que vuestras venas desangre, que aunque el diluvio es de sangre, agua se espera tras dél[2];
porque la justa querella contra la ley del dolor desterrará su rigor, para que llueva sobre ella.
Dejad que llueva, chiquito, que a fe[3] que mojada salga, sin que el capote le valga de su intolerable rito;
que ley que con Dios se estrella sin reservarle el dolor es justo por tal rigor que todo llueva sobre ella[4].
[1] Cfr. Lucas, 2, 21: «Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido». La festividad de la Circuncisión de Cristo, en el Calendario romano general, se celebraba el día 1 de enero; a partir de la reforma del Calendario en 1960 por el papa Juan XXIII se le dio a la celebración litúrgica el nombre de «Octava de Navidad». En la actualidad el 1 de enero se celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Sobre el mismo tema ver «Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema “A la circuncisión del Niño Jesús”».
[2]aunque el diluvio es de sangre, / agua se espera tras dél: porque tras la circuncisión vendrá el bautismo.
[3]a fe: muletilla lingüística a modo de juramento.
[4] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 247 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). En el verso 5 cambio «Ques» por «Pues», que me parece mejor lectura. Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo que, con variantes, se va repitiendo.
Vaya para este día, festividad de los Santos Inocentes, una composición de Alonso de Bonilla (Baeza, c. 1570-Baeza, 1642) incluida en su Nuevo jardín de flores divinas en que se hallara variedad de pensamientos peregrinos (Baeza, por Pedro de la Cuesta, 1617). Se trata de la «Chanzoneta a la Virgen sobre los Inocentes», que no requiere mayor comentario (anoto, sí, algunos pequeños detalles al pie).
Pedro Pablo Rubens, La matanza de los inocentes (c. 1638). Alte Pinakothek, Münich (Alemania)
Tened, Virgen, este día vuestro cordero[1] guardado; mirad que os lo han sentenciado para la carnicería[2].
Guardadle del carnicero, Virgen, en esta ocasión, porque un tirano león tiene hambre de un cordero. Discreción será, María, tener el cordero alzado[3]; mirad que os lo han sentenciado para la carnicería.
Han degollado un millón, mas no quiere comer de ellos, que puesto que[4] son tan bellos, corderos manchados son. El nuestro es blanco, María, pues no es de culpa manchado[5], y os lo tiene sentenciado para la carnicería.
Si lo pudiese alcanzar, a comerlo crudo aspira, que en el homo de su ira solo lo pretende asar. Gran hambre tiene, y porfía por vuestro cordero amado, tanto que os lo ha sentenciado para la carnicería[6].
[1]vuestro cordero: Cordero es uno de los nombres tradicionalmente aplicados a Cristo.
[2]la carnicería: la matanza de los niños menores de dos años decretada en Belén por el rey Herodes I el Grande, que se cuenta en Mateo, 2, 16-18: «Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: “Voz fue oída en Ramá, / Grande lamentación, lloro y gemido; / Raquel que llora a sus hijos, / Y no quiso ser consolada, porque perecieron”».
[3]tener el cordero alzado: aquí alzado vale ʻescondido, a resguardoʼ; pero creo que se anticipa, de alguna manera, la imagen futura del Cordero alzado en el leño del Calvario.
[4]puesto que: con valor concesivo, ʻaunqueʼ, habitual en la lengua clásica.
[5]no es de culpa manchado: Cristo, el Hijo de Dios, que es perfecto y santo, nace libre del pecado original, igual que su Madre, la Virgen María, había sido concebida también sin esa mancha, inmaculada.
[6] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, p. 246 (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). Añado la cursiva para destacar la copla inicial y el estribillo repetido al final de cada estrofa. La chanzoneta puede escucharse recitada por Mons. Alberto José González Chaves, Delegado para la Vida consagrada en Córdoba, en este enlace.
Sin ser del todo desconocida, la presencia de San José en la poesía de Navidad no es tan frecuente, pues el Esposo de María figura como “secundario” (secundario de importancia, sin duda) en esta historia en la que el protagonismo “estelar” se lo llevan el Niño Dios y la Virgen. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el santo varón no aparezca en algunos poemas de temática navideña; sirvan como muestra algunos de los que ya han ido apareciendo en este blog en años anteriores, como los sonetos «José» de Eduardo González Lanuza y «San José» de Jacinto Fombona Pachano, las composiciones «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero» y «Por atajos y veredas» de Federico Muelas, o el delicioso «Villancico de los qué dirán» de Antonio Murciano, cuyo título alude a ese motivo tradicional de las dudas sobre la paternidad de San José.
Pues bien, para este domingo, festividad de la Sagrada Familia, copiaré una de las composiciones del Fénix incluidas en Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612; Lérida, a costa de Miguel Manescal, 1612), que está dedicada también a «Los celos de San José».
Francisco Bayeu y Subías, La Sagrada Familia (h. 1776). Museo del Prado (Madrid)
El texto (tirada de romance, 44 versos, con rima á a en su parte inicial, y luego una serie de seguidillas, algunas con verso inicial hexasílabo), bajo su aparente sencillez, encierra toda una serie de alusiones bíblicas que han sido interpretadas por la tradición patrística como prefiguración de la virginal concepción de Jesús en el seno de María (las explico en las notas al pie). Y dice así:
Afligido está José de ver su esposa preñada, porque de tan gran misterio no puede entender la causa.
Sabe que la Virgen bella es pura, divina y santa, pero no sabe que es Dios el fruto de sus entrañas.
Él llora, y la Virgen llora, pero no le dice nada, aunque sus ojos divinos lo que duda le declaran.
Que como tiene en el pecho al Sol la Niña sagrada, como por cristales puros los rayos divinos pasan[1].
Mira José su hermosura y vergüenza sacrosanta, y, admirado y pensativo, se determina a dejarla[2].
Mas, advirtiéndole en sueños el ángel que es obra sacra del Espíritu divino, despierta y vuelve a buscarla[3].
Con lágrimas de alegría, el divino Patrïarca abraza la Virgen bella, y ella llorando le abraza.
Cúbrenlos dos serafines, como aquellos dos del Arca[4], la del Nuevo Testamento, la vara, el maná y las tablas[5].
Adora José al Niño, porque a Dios en carne humana, antes que salga a la tierra, ve con los ojos del alma:
el Sol que viste a la Virgen[6] y el fuego en la verde zarza[7], la puerta de Ezequïel[8], la piel bañada del alba[9].
Los ángeles que asistían del Rey divino a la guarda, viendo tan tierno a José, desta manera le cantan:
«Bien podéis persuadiros, divino Esposo, que este santo preñado de Dios es todo.
Mirad la hermosura del santo rostro, que respeta el cielo lleno de gozo. Hijo de David[10], no estéis temeroso, que este santo preñado de Dios es todo.
Desta bella palma[11] el fruto amoroso ha de ser del mundo remedio solo[12]. Desta Niña os dicen las de sus ojos[13] que este santo preñado de Dios es todo»[14].
[1] Para aludir al milagroso parto virginal de María los Padres de la Iglesia usaron este símil de la luz del sol que atraviesa el cristal sin romperlo. Siglos después, el Catecismo del papa San Pío X habla de que la concepción de Cristo se produjo «como un rayo de sol atraviesa el cristal sin romperlo ni mancharlo».
[2]dejarla: así transcriben Pemán y Herrero la lectura del original, «dejalla».
[3] Comp. Mateo, 1, 18-21: «El nacimiento de Jesús, el Cristo, fue así: Su madre, María, estaba comprometida para casarse con José, pero, antes de unirse a él, resultó que estaba encinta por obra del Espíritu Santo. Como José, su esposo, era un hombre justo y no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto. Pero, cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”».
[4]dos serafines / como aquellos dos del Arca: sobre el Arca de la Alianza figuraban, en realidad, dos querubines. Comp. Éxodo, 18, 21: «Harás también dos querubines de oro; labrados a martillo los harás en los dos extremos del propiciatorio. Harás, pues, un querubín en un extremo, y un querubín en el otro extremo; de una pieza con el propiciatorio harás los querubines en sus dos extremos. Y los querubines extenderán por encima las alas, cubriendo con sus alas el propiciatorio; sus rostros el uno enfrente del otro, mirando al propiciatorio los rostros de los querubines. Y pondrás el propiciatorio encima del arca, y en el arca pondrás el testimonio que yo te daré». Pemán y Herrero editan «Cubren los»; adopto la lectura de Suárez Figaredo, «Cúbrenlos». Interpreto: ʻA José y María los cubren dos serafines, como aquellos otros dos serafines del Arca —la del Nuevo Testamento— cubrían la vara, el maná y las tablasʼ.
[5]la vara, el maná y las tablas: de acuerdo con Hebreos, 9, 3-4, el Arca de la Alianza guardaba la vara reverdecida de Aarón, una vasija de oro con el maná enviado por Dios a los israelitas para que les sirviera de alimento en el desierto y las tablas de los Diez Mandamientos («Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto»). En 1 Reyes, 8, 9 se indica que dentro del Arca solo estaban las dos tablas de piedra de Moisés.
[6]El sol que viste a la Virgen: primera de las cuatro referencias bíblicas que se acumulan en estos versos, y que aluden a la Virgen. Aquí se refiere a la mujer vestida del sol de Apocalipsis, 12, 1-2 («Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento»), identificada con la Virgen por los exégetas de la Biblia.
[7]el fuego en la verde zarza: la zarza ardiente de Moisés (Éxodo, 3, 2: «Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía»). La Patrística la considera prefiguración de la encarnación del Verbo de Dios en el seno virginal de Santa María, al menos desde San Gregorio de Nisa (siglo IV), quien escribió que «lo que era figurado en la llama y en la zarza, fue abiertamente manifestado en el misterio de la Virgen. Como sobre el monte la zarza ardía sin consumirse, así la Virgen dio a luz, pero no se corrompió». El arte cristiano representa en ocasiones a la Virgen y el Niño dentro de la zarza ardiente.
[8]la puerta de Ezequïel: San Agustín identifica con la Virgen María la Puerta Oriental de Jerusalén que se menciona en Ezequiel, 10, 19 («[…[ y se pararon [los querubines] a la entrada de la puerta oriental de la casa de Jehová, y la gloria del Dios de Israel estaba por encima sobre ellos») y 44, 1-3 («Me hizo volver hacia la puerta exterior del santuario, la cual mira hacia el oriente; y estaba cerrada. Y me dijo Jehová: Esta puerta estará cerrada; no se abrirá, ni entrará por ella hombre, porque Jehová Dios de Israel entró por ella; estará, por tanto, cerrada. En cuanto al príncipe, por ser el príncipe, él se sentará allí para comer pan delante de Jehová; por el vestíbulo de la puerta entrará, y por ese mismo camino saldrá»). Ver ahora Guillermo Serés, «La Virgen, Puerta Oriental (Ezequiel, 44, 2), o la vuelta del alma a su origen», e-Spania, 39, juin 2021, s. p.
[9]la piel bañada del alba: se refiere a la piel de Gedeón bañada por el rocío del amanecer (alba), que también se interpreta en clave mariana. El pasaje relativo a Gedeón está recogido en Jueces, 6, 36-40. Gedeón pidió una señal de su alianza a Dios, quien hizo llover rocío sobre el vellón de la piel, dejando seco el campo de alrededor, y luego al revés. Calderón tiene un auto sacramental titulado La piel de Gedeón. Ver la nota de Ignacio Arellano y Ángel L. Cilveti a El divino Jasón, Pamplona / Kassel, Universidad de Navarra / Edition Reichenberger, 1992, vv. 211-212.
[10]Hijo de David: este apelativo se aplica tradicionalmente a Jesús, pero aquí se refiere a su padre. El Nuevo Testamento recoge la genealogía de Jesús (y de José) remontándose hasta el rey David.
[11]palma: la palma, símbolo de victoria, es uno de los atributos tradicionales de la Virgen María.
[12]ha de ser del mundo / remedio solo: Jesús, el Dios humanado, será el redentor del mundo, su muerte sacrificial supondrá el perdón universal para el género humano.
[13]las de sus ojos: entiéndase ʻlas niñas de sus ojosʼ.
[14] Cito por Suma poética. Amplia colección de la poesía religiosa española, por José María Pemán y Miguel Herrero, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1944, pp. 458-459, con ligeras modificaciones en la puntuación (hay ed. facsímil, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2008). De Pastores de Belén contamos con una edición moderna de Antonio Carreño (Madrid, Cátedra, 2010) y otra en formato electrónico preparada por Enrique Suárez Figaredo, disponible aquí (el poema se localiza en las pp. 21-23).
Para este 6 de enero —fiesta de la Epifanía del Señor— he seleccionado unos versos pertenecientes a Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega Carpio (Madrid, Juan de la Cuesta, 1612)[1].
La adoración de los Reyes Magos (Rubens).
El poema del Fénix («una canción que uno de los criados que traemos comenzó a cantar a los Reyes») se inserta entre la prosa del Libro cuarto:
Reyes que venís por ellas, no busquéis estrellas ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas.
Reyes que venís de Oriente al Oriente del Sol solo que, más hermoso que Apolo, sale del Alba excelente; mirando sus luces bellas, no sigáis la vuestra ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas.
No busquéis la estrella agora, que su luz ha oscurecido este Sol recién nacido en esta Virgen Aurora. Ya no hallaréis luz en ellas; el Niño os alumbra ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas.
Aunque eclipsarse pretende, no reparéis en su llanto, porque nunca llueve tanto como cuando el Sol se enciende. Aquellas lágrimas bellas, la estrella oscurece ya, porque donde el Sol está no tienen luz las estrellas[2].
[1] Hay edición moderna: Pastores de Belén, ed. de Antonio Carreño, Madrid, Cátedra, 2010.
[2] Tomo el texto, con algunas modificaciones, de la versión de Pastores de Belén preparada por Enrique Suárez Figaredo, edición electrónica que tiene como texto base la edición de Lérida, a costa de Miguel Manescal, mercader de libros, 1612 (estos versos se localizan en las pp. 277-278). El poema se encuentra reproducido en varios sitios de Internet con el título facticio de «La llegada de los Reyes Magos».
Copio hoy el villancico que comienza «La noche ofuscaba al mundo…», de Bartolomé Leonardo de Argensola (Barbastro, Huesca, 1562-Zaragoza, 1631). El texto (un romance con rima é o y seis versos repetidos a modo de estribillo) identifica al Niño Jesús con la luz («piadosa la luz / nació de un virgíneo seno», vv. 5-6), que desde el primer momento causa efectos benéficos en el mundo: huyen las tinieblas (esa noche que ofusca al mundo es trasunto, en el plano simbólico, del mal y el pecado), las lágrimas hacen brotar flores aunque se esté en medio del invierno, etc. Más adelante la voz lírica, dirigiéndose en apóstrofe a esas mismas «lágrimas suaves», proclama que serán «nuestro general remedio» (vv. 27-28) y se pide al Niño: «haced que el orbe se abrase / en tan amoroso incendio» (vv. 47-48). Pero lo más importante es que este Niño, Dios y hombre a la vez, viene a redimir a la humanidad del pecado original y devolverla al estado de gracia (ver los vv. 37-40 y las notas correspondientes).
Este es el texto completo del poema:
La noche ofuscaba al mundo y, por horror o por sueño, todas las cosas yacían en el más alto silencio, cuando piadosa la luz nació de un virgíneo seno, que distinguió los colores y las tinieblas huyeron. Luce en los ojos de un niño con lágrimas, que al ivierno[1] visten con súbitas flores con admiración del tiempo.
Vos, glorïosa Madre, que le dais el pecho, recogednos las perlas que vierte gimiendo, que por ser de sus ojos no tienen precio.
Cuanto sus ojos miraren veremos fértil y lleno, la tierra de alegres frutos, de serenidad el cielo. Cesará el rigor del rayo y la amenaza del trueno; pondrá a los pies de la paz la venganza sus trofeos. Obrad, lágrimas süaves, nuestro general remedio y salgan de suspensión la esperanza y el deseo.
Vos, glorïosa Madre, que le dais el pecho, recogednos las perlas que vierte gimiendo, que por ser de sus ojos no tienen precio[2].
Niño divino y humano[3], pues venís para volvernos a la gracia que al principio nos quito el primer exceso[4], comience a esparcir sus glorias la unión de los dos extremos, porque el ocio y el amor no caben en un sujeto. En vuestras lágrimas hierve la calidad del afecto: haced que el orbe se abrase en tan amoroso incendio.
Vos, glorïosa Madre, que le dais el pecho, recogednos las perlas que vierte gimiendo, que por ser de sus ojos no tienen precio[5].
[1]ivierno: forma usual en la lengua clásica, por invierno.
[2] En el original abreviado, «Vos, gloriosa Madre &c.», que desarrollo, lo mismo que al final del villancico.
[3]Niño divino y humano: Cristo reúne en su persona esas dos naturalezas.
[4]la gracia que al principio / nos quitó el primer exceso: alude a la pérdida de la gracia divina por el pecado original de Adán y Eva. Cristo viene a redimir a todo el género humano.
[5] Tomo el texto de Rimas de Bartolomé Leonardo de Argensola, Tomo III, Madrid, en la Imprenta Real, año de 1805, pp. 53-54.
Canta esta composición Aminadab, el hombre «leído y sabio en las divinas letras» y «después de haberle dicho mil amorosos requiebros, bastantes a enternecer las piedras de aquellos muros, cuánto más los corazones de aquellos santos pastores». Le acompaña Palmira con su voz e instrumento (ff. 401-402). Es este villancico una de las más destacadas nanas a lo divino de la lírica española[1].
Y en nota a los vv. 1 y 9 explica:
Es Zagalejo de perlas porque ha nacido del Alba, que es María, de ahí la asociación con las perlas. Se creía que estas nacían del rocío que dejaba el alba al salir el sol.
El Pastor como el Cordero son imágenes iconográficas que ha consagrado la liturgia en himnos y en representaciones plásticas.
Sandro Botticelli, Virgen del libro.
Una vez más, el Fénix nos brinda un villancico que es pura delicadeza, una composición plena de ritmo y musicalidad:
Zagalejo de perlas, hijo del Alba, ¿dónde vais, que hace frío tan de mañana?
Como sois lucero del alma mía, al traer el día nacéis primero; Pastor y Cordero sin choza y lana, ¿dónde vais, que hace frío tan de mañana?
Perlas en los ojos, risa en la boca, las almas provoca a placer y enojos; cabellitos rojos, boca de grana, ¿dónde vais, que hace frío tan de mañana?
Que tenéis que hacer, pastorcito santo, madrugando tanto lo dais a entender; aunque vais a ver disfrazado el alma, ¿dónde vais, que hace frío tan de mañana?[2]
[1] Antonio Carreño, en su edición de Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Barcelona, Crítica, 1998, p. 611.
[2] Lope de Vega, Pastores de Belén. Prosas y versos divinos de Lope de Vega. Dirigidos a Carlos Félix, su hijo, en Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1612, fol. 203. Lo cito por Rimas humanas y otros versos, ed. de Antonio Carreño, núm. 298, p. 611, con ligeros retoques en la puntuación (añado coma al final del verso 2, y también coma tras vais en el estribillo).