La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (y 3)

Así pues, desde su omnisciencia, el narrador controla, como poderoso demiurgo, todos los aspectos de la novela (narración, descripción y diálogos) y se hace presente en sus páginas a cada momento. Lo cual no quita para que a veces decida limitar esa omnisciencia, afirmando no conocer algo (siempre pequeños detalles[1]) y también suprimir algún diálogo poco interesante o alguna descripción que resulta repetitiva o demasiado truculenta. Esta «pereza narrativa» se manifiesta con frases de este jaez: «no es dable describir…», «no hay palabras para mostrar…», «imposible sería pintar…», «no nos detendremos en…», «dejamos a la consideración del lector…», «largo y prolijo fuera retratar…», «sería narración verdaderamente interminable…». Comentaré a continuación algunos ejemplos concretos.

El narrador de La campana de Huesca escamotea unas descripciones que dice están en la crónica que sigue (pp. 54-55); el de La conquista de Valencia por el Cid tiene que solicitar la ayuda de Virgilio y de los «trovadores del Tay y del Sena» porque no puede describir la «tierna escena» de la entrevista entre el héroe y doña Jimena[2]. Parece que el encuentro de los amantes ofrece especiales dificultades, pues también se excusa el narrador de El golpe en vago cuando Isabel y Carlos se reúnen definitivamente: «Estas escenas de rara ocurrencia en la vida humana poseen una intensidad, una elevación de sentimientos que no pueden expresar las descripciones» (p. 1117). En Bernardo del Carpio se rehúsa describir una escena de horror (un niño devorado por los lobos, p. 445). No se nos describe un baile aldeano en La heredera de Sangumí por ser muy similar a «lo que vemos en nuestros días» (p. 1138). En Sancho Saldaña, en fin, el narrador menciona un torneo: «Pero como ya se ha descrito muchas veces este género de pasatiempos, y nadie ignora en lo qué consistían, nos contentaremos con decir…» (p. 688).

Torneo

En definitiva, el narrador de la novela histórica romántica española es tan sencillo que apenas ofrece características especialmente interesantes que comentar[3].


[1] Son frecuentes las expresiones del tipo «no podemos asegurar…», «no sé decir…», «sospechamos…», etc. Por ejemplo, en La heredera de Sangumí el narrador señala en nota que ha revuelto varios papeles para saber cuál era el romance que cantaba Matilde, pero que le ha resultado imposible averiguarlo (p. 1169).

[2] Más adelante ocurre algo similar con el encuentro de Jimena con sus hijas después de larga ausencia: «No es posible pintar con el colorido de la verdad esta escena; las almas sensibles adivinarán los transportes y suavísimas conmociones que experimentaron» (pp. 316-317).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (2)

Es muy frecuente la comunicación entre narrador y lector (los dos, como he indicado en la entrada anterior, son ajenos al tiempo de la narración), por medio de frases del tipo «como se imaginará el discreto lector», «si no lo ha olvidado el lector», «como puede suponer quien esto leyere», etc. En ocasiones, el narrador no se refiere a un lector implícito en general, sino que habla concretamente a «los maridos» o a «las lectoras»[1]. A veces finge acompañar al lector mostrándole los personajes, escenarios y acciones de la novela. Esa relación se marca todavía más con el uso y abuso de otras expresiones que van señalando a cada paso la presencia del narrador: «según vimos», «como dijimos»[2], «nuestro héroe», «un viejo conocido nuestro», «como ya señalé hace poco».

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En definitiva, el narrador se encarga de manejar todos los hilos del relato: nos ofrece al principio un cuadro general con la situación histórica de la época en que sitúa su novela e introduce de vez en cuando pequeños resúmenes para facilitar la ambientación[3]; da la palabra a los personajes para que hablen (normalmente por medio de diálogos largos y un tanto afectados, aunque siempre hay excepciones) o bien se recrea en largas y frecuentes descripciones (del paisaje, de armas, de vestidos) que ralentizan algún tanto el tempo de la novela, acelerado por la sucesión de lances y aventuras; o introduce algún toque de humor (que no son muy frecuentes en este tipo de obras); o abandona a un personaje para seguir a otro[4]; o intercala historias secundarias, a veces con muy poca relación con la principal, o incluye digresiones y afirmaciones generalizadoras de tipo moral, político o literario. Es, en fin, un narrador que deja muy poco margen para la participación activa del lector; como señala Pozzi, el lector implícito de El doncel de don Enrique el Doliente —y su conclusión es válida para las otras novelas— resulta muy sencillo:

Sus conocimientos —determinados de manera explícita por el texto— se reducen a una familiaridad superficial con la vida cotidiana del siglo XIX; ignora por completo cualquier aspecto histórico o cultural del siglo XV. Es, además, un lector corto de memoria y de exigua capacidad inferencial. El narrador le proporciona todo lo necesario para la construcción de la imagen que abarca la obra; en cierto sentido, le entrega una imagen ya digerida e interpretada: le recuerda datos; marca con explicitez los acontecimientos significativos; y comenta su importancia dentro de la trama. El lector añade poco de su parte, queda «sobrecodificado», su papel sobredeterminado y, por lo tanto, carece de libertad en este tipo de novela; se subyuga a la voluntad del narrador, quien constituye la «autoridad suprema»[5].


[1] «Mas pienso que no haya de desagradar a las lectoras el saber que Aznar, a pesar de su crueldad, trató toda su vida amorosísimamente a Castana» (La campana de Huesca, p. 569); «Mi más cándida lectora lo hubiera comprendido», escribe Fernández y González (La mancha de sangre, p. 36), y también Teresa Arróniz y Bosch se dirige en particular a «nuestras lindas lectoras» (El testamento de don Juan I, p. 87).

[2] Es muy frecuente que el narrador emplee el plural de modestia.

[3] El capítulo IV de Edissa es una «Advertencia histórica» sobre la situación de los judíos en aquella época; el primer capítulo de la segunda parte de Pedro de Hidalgo se titula «Breve reseña histórica para el mejor conocimiento de los hechos venideros».

[4] «Mas la ilación de los sucesos nos ha apartado de un personaje a quien debemos seguir aún breves momentos para que no aclare algún punto de alta importancia para el final de esta historia» (Los caballeros de Játiva, p. 279).

[5] Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, p. 142. Me parece acertada su explicación de este fenómeno: «Con la novela histórica comienza el renacimiento decimonónico de la novela y la creación de un nuevo público burgués y pequeño burgués; era de esperar que el entrenamiento del lectorado comenzara con papeles sencillos cuyo desempeño no exigiera un alto grado de competencia literaria» (p. 43). Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (1)

En la novela histórica romántica española, las técnicas relativas al narrador se pueden clasificar en tres apartados: 1) omnisciencia del narrador y distanciamiento de la historia; 2) afán de verosimilitud; 3) arquitectura del relato: estructura y tempo narrativo[1]. Consideraré en esta entrada algunas cuestiones relacionadas con el primero de ellos.

Hay que comenzar señalando que el narrador de estas novelas históricas es muy convencional y muy poco complicado, demasiado sencillo para lo que estamos acostumbrados a ver hoy día después de las grandes aportaciones de la narrativa moderna. En efecto, se trata de un narrador omnisciente en tercera persona que se sitúa fuera de la historia, fuera del tiempo narrativo, en un momento que es el presente del autor y de sus lectores contemporáneos, para hablarnos de un ayer pasado; así, señala frecuentemente la distancia entre «nuestros días» y «aquellos tiempos» de ignorancia y barbarie, a veces por la mención de ruinas que denotan el paso inexorable del tiempo, o bien mostrando los aspectos coincidentes o discrepantes entre una época y otra.

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Dicho de otra forma, existe una lejanía muy clara, marcada voluntariamente, entre el emisor y el receptor de un lado y la historia narrada de otro, tal como ha destacado Bergquist:

El autor omnisciente del siglo XIX no viajaba en el tiempo, para colocarse en la misma época de sus personajes, sino que se mantiene siempre en su propia época y observa los siglos anteriores desde allí, posición que tiende a alejar tanto al narrador como al lector del relato[2].


[1] Puede consultarse la tesis de Inés L. Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, que estudia algunas técnicas narrativas en seis novelas: Los bandos de Castilla, El doncel de don Enrique el Doliente, Sancho Saldaña, El señor de Bembibre, Doña Blanca de Navarra y Amaya. Son también muy interesentes dos trabajos bastante recientes sobre El doncel: Georges Günter, «Estrategias narrativas en El doncel de don Enrique el Doliente», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona. Larra, Espronceda y la novela histórica del Romanticismo, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1986, pp. 37-61; y otro sobre Doña Blanca: Enrique Rubio, «Las estructuras narrativas en Doña Blanca de Navarra», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Narrativa romantica, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 113-121; también Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, pp. 7-43. Para el lenguaje del narrador, ver María Antonia Martín Zorraquino, «Aspectos lingüísticos de la novela histórica española: Larra y Espronceda», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona, cit., pp. 179-210; y para la relación con el teatro romántico, Ermitas Penas, «Discurso dramático y novela histórica romántica», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, año LXIX, enero-diciembre de 1993, pp. 167-193.

[2] Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, p. 29. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.