Ramón y Cajal, cuentista: «La casa maldita»

Ocupa el tercer lugar entre los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal el titulado «La casa maldita», un relato algo más largo que los dos anteriores (pp. 90-151), y en mi opinión el mejor de los cinco que forman el libro. Se divide externamente en diez secuencias. Inés y su padre don Tomás, el hidalgo de Rivalta, comentan la próxima llegada de Julián, primo de la muchacha, que vuelve de América rico. Inés, mujer fuerte y muy femenina, dotada de una gran belleza interior, fue educada «inculcándola la ciencia y el arte sin pedantería, la moral y la religión sin supersticiones, la virtud y la dignidad sin orgullo, la benevolencia y la ternura sin histerismos ni gazmoñerías» (p. 91). Julián, por su parte, es un médico con ideas socialistas y escéptico en materias religiosas, que se enamoró de su prima cuando el alma le estaba cambiando de niña a mujer. Inés también se enamoró de él, pero su padre se opuso al matrimonio porque Julián no tenía fortuna, y tuvo que marchar a hacerla. Ocurre que el barco en que regresa Julián naufraga: salva la vida, pero pierde todo su dinero, de forma que vuelve a ser rechazado por el padre de Inés, cuyos sueños de amor y ventura se esfuman nuevamente.

Retrato de Ramón y Cajal, por Joaquín SorollaJulián solo tiene fe en dos realidades: luchar para vivir y vivir para amar. Para volver a hacerse rico en poco tiempo, decide comprar y explotar una finca abandonada, que es conocida como «la casa maldita»: en efecto, corre la leyenda de que todas las personas que la ocupan mueren o enferman antes de un año, desde que la habitó un «perro protestante». Julián instala en la finca un completo laboratorio bacteriológico y detecta un alto grado de insalubridad: la malaria y el paludismo, y no ninguna maldición, son la explicación racional de que todos sus habitantes anteriores enfermasen. Julián sanea la finca, que llama «Villa Inés», y la explota con fortuna. Pasan varios años. Julián ha emprendido campañas de higienización por toda la comarca, convirtiéndose en un apóstol abnegado de la ciencia. Además de su finca, explota unas minas con pingües beneficios que le hacen millonario. Todos ven en él un cacique científico y patriota. Julián e Inés se casan; son felices y tienen varios hijos; ya viejos, muere ella, y Julián, cuando se siente abatido, mira una foto que se tomaron juntos. El relato acaba con esta exclamación: «¡Sí, la vida es buena y la felicidad existe…, sólo que… dura tan poco!» (p. 151).

Desde el punto de vista estilístico, es interesante la descripción de uno de los encuentros amorosos de Julián e Inés (las palabras, el tacto, el beso que se dan…) visto como un proceso bioquímico:

En aquel enajenamiento de la carne exasperada de amor había algo así como ebulliciones de protoplasma fecundo, clamores sordos de células vírgenes de actividad, impulsos centrífugos irresistibles… (p. 121).

El autor introduce varias digresiones, como el «paréntesis lírico-biológico» sobre la Naturaleza creadora de la vida, con una exaltación del amor: «¡Sólo mueren los que no aman!» (p. 125); o el extenso episodio (ocupa las pp. 129-146) de la tertulia de la rebotica de don José, donde se discute sobre el progreso y la civilización, contraponiéndose las luces de la ciencia y los conocimientos racionales a las sombrías leyendas y supersticiones oscurantistas.


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), literato: sus «Cuentos de vacaciones»

Ahora que acaba de publicarse el Epistolario de Santiago Ramón y Cajal, en edición de Juan Antonio Fernández Santarén (Madrid, La Esfera de los Libros, 2014), no estará de más recordar su faceta como escritor o, si se prefiere, las «distracciones literarias» de un médico histólogo, verdadero creador de la neurociencia moderna.

Ramón y Cajal, EpistolarioNatural de Petilla de Aragón (Navarra), antes de estudiar Medicina Ramón y Cajal trabajó como aprendiz de zapatero y de barbería. Pasó a Cuba con el grado de capitán de los servicios de Sanidad, sufriendo algunas enfermedades que le obligaron a regresar a España. Entonces se dedicó de lleno a sus trabajos de laboratorio y, tras algunos fracasos en oposiciones, logró cátedras en facultades de provincias hasta alcanzar en Madrid la de Histología en 1892. Escribió varios libros y ensayos científicos sobre histología y anatomía patológica, dio conferencias en Europa y América e hizo grandes descubrimientos sobre la morfología y las conexiones del sistema nervioso central, que revolucionaron el mundo científico y le valieron multitud de honores y premios, entre ellos el Nobel de Medicina en 1906, compartido con el italiano Camilo Golgi[1].

Pero Ramón y Cajal, además de prodigioso hombre de ciencia, fue un gran aficionado a la literatura, en el doble plano de la lectura personal y de la escritura. Uno de sus biógrafos ha escrito que en él «hizo mella el lirismo de aquella época revolucionaria y el romanticismo francés. Escribía versos, leyendas y novelas»[2]. En efecto, es autor de varias obras que están entre la autobiografía y el ensayo, con incursiones también en el terreno literario: Charlas de café, Cuando yo era niño… La infancia de Ramón y Cajal contada por él mismo, Mi infancia y juventud, La mujer, Psicología del «Quijote» y el quijotismo, etc. En sucesivas entradas ofreceré algunas notas sobre sus Cuentos de vacaciones. Narraciones pseudocientíficas, libro más propiamente de creación literaria.

La primera edición de esta colección de relatos es la de Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905, y luego ha sido reeditada varias veces por Espasa Calpe[3]. Incluye cinco narraciones bastante extensas, más bien novelas cortas que cuentos: «A secreto agravio, secreta venganza», «El fabricante de honradez», «La casa maldita», «El pesimista corregido» y «El hombre natural y el hombre artificial». El denominador común de todas ellas es la presencia de temas fantásticos, con cierto fondo pseudo-científico. En la «Advertencia preliminar» (pp. 7-9) Ramón y Cajal refiere que hacia los años 1885-1886 escribió «doce apólogos o narraciones semifilosóficas y seudocientíficas», de las cuales se decide a imprimir, una vez retocadas, cinco. No son sino «bagatelas literarias» llenas de «sermones científicos y trasnochados lirismos», apunta, y explica también el epígrafe bajo el que se presentan:

El subtítulo de Narraciones pseudocientíficas quiere decir que los presentes cuentos se basan en hechos o hipótesis racionales de las ciencias biológicas y de la psicología moderna. Será bien, por consiguiente (aunque no indispensable), que el lector deseoso de sorprender las ideas y modos de expresión de los personajes de estas sencillas fábulas posea algunos conocimientos, siquiera sean rudimentarios, de filosofía natural y biología general (p. 7).

El autor comenta que sus relatos son un desahogo de su trabajo científico, fruto de su imaginación inquieta, e insiste con modestia en su «pobreza, desgarbo e inconsistencia». Anticipa que el lector observará incoherencias en las ideas expresadas por los personajes, pero esto «es consecuencia de nuestro empeño en que los protagonistas sean hombres antes que símbolos y ofrezcan, por tanto, las pasiones, defectos y limitaciones de las personas de carne y hueso» (p. 9).


[1] Puede verse la biografía de Waldo Leirós, Ramón y Cajal, Barcelona, Ediciones Castell, 1990. También, entre otros estudios, los de Felipe Jiménez de Asúa, El pensamiento vivo de Cajal, Buenos Aires, Losada, 1958; Santiago Lorén, Cajal, historia de un hombre, Barcelona, Aedos, 1954; Gregorio Marañón, Cajal, su tiempo y el nuestro, Madrid, Espasa Calpe, 1951; o Harley Williams, Don Quixote of the microscope: An Interpretation of the Spanish savant Ramón y Cajal (1852-1934), London, Jonathan Cape, 1954.

[2] Leirós, Ramón y Cajal, p. 61.

[3] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955. Hay otras más recientes, una de Madrid, Libros Clan, 1995, con ilustraciones de Mariana Arespacochaga, y otra de Madrid, Espasa Calpe, 1999, con prólogo de José M. R. Delgado.