«Ser en poesía». A propósito de la novela «Irene Klein», de Javier Corres (y 2)

La novela Irene Klein (Mutilva, Newbook Ediciones, 2001) constituye también una reflexión sobre la soledad (el escritor Delphin Körrs se define como un hombre que es solo; no como un hombre que está solo, sino como alguien que es solo, la soledad es la esencia interiorizada de su ser; Körrs es una persona que vive «La soledad sangrante de la inteligencia» (p. 145); y un buen día descubre una mujer —¿real, mítica, símbolo del arte y de la creación artística?—, Irene Klein, de «gélida belleza», «de ojos casi verdes, casi grises, casi felinos» (p. 19), que también es sola: «Ella es sola, te digo. Es sola como yo» (p. 24). Desde ese momento, la soledad en su vida se conjuga con el amor y con la euforia. Desde ese momento, Körrs querrá vivir en poesía, ser en poesía, entendida esta como vía abierta al conocimiento, como espacio de verdad y de belleza total, como única patria posible del hombre: «La poesía, vivir desde ella, este puede ser el ámbito deseado…» (p. 21).

Javier Corres Bengoetxea
Javier Corres Bengoetxea.

Importantísimo es también el canto a la amistad (pocos elogios de la amistad conozco tan sentidos como el que hace Delphin Körrs, en las pp. 27-28, a propósito de Miguel Burgs, trasunto sin duda de Ángel de Miguel, natural de un pueblo de Burgos). Y junto a estos temas mayores —la palabra poética, el amor, la amistad—, toda una constelación de subtemas: el dolor, la muerte, la ausencia, el recuerdo y la memoria… («El pasado siempre es una traición», escribe Corres en la p. 69; «Inútil repetirme que el recuerdo / de ayer y un sueño son la misma cosa», había sentenciado Borges en su poema «Endimión en Latmos»).

Añadamos a todo esto el interés de la intriga por conocer qué ocurrió realmente con la muerte de Jon Esquivel. Y la presencia de unos escenarios, ¿cómo definirlos?, reales e imaginarios a un mismo tiempo: una Estella bañada por el mar, la magia caribeña de La Habana… Si sumamos todos estos factores nos encontramos con una novela redonda, muy meditada y muy trabajada, tanto desde el punto de vista de su contenido como por la riqueza de su lenguaje, de intensa potencialidad expresiva.

No quisiera extenderme demasiado más, pero no puedo dejar de señalar algunas características estilísticas y narrativas de Irene Klein. La primera, la más llamativa, la que inmediatamente sorprende al lector desde sus primeras páginas, es el marcado tono lírico, con el que Corres logra bellísimos aciertos expresivos. Todas las páginas de la novela —no exagero: todas— están recorridas por infinidad de símiles, metáforas tradicionales, metáforas aposicionales, juegos rítmicos con series trimembres, cierta dislocación de la sintaxis («noche recién lluvia», leemos en la primera página, la p. 13; «colores recién sueño»; «faros ojos estrellados», p. 14; «lágrimas tan viejas que el mundo», p. 16; «tan antiguos que un mar», p. 30), recursos de estilo que llaman poderosamente nuestra atención por su fuerza y capacidad expresiva. Por otro lado, ciertos juegos también con la perspectiva narrativa: la historia está contada por una primera persona narradora, la voz monologal de Delphin Körrs, pero con la irrupción ocasional de la segunda persona, con un narrador que se dirige y apela a un tú.

En definitiva, lo que Javier Corres nos propone en Irene Klein es un regreso del hombre al ser poético que fue, para que el hombre, cualquier persona, sea ese ser que pide la paz y la palabra. A lo largo de sus páginas, escritas con insaciable y cuidada voluntad de estilo, subyace una inquebrantable fe en la palabra, en el hombre dignificado por el verbo creador. Y es que tanto Delphin Körrs como Javier Corres tienen la íntima, profunda, sentida convicción de que «Sólo la palabra redime» (p. 100)[1].


[1] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «“Ser en poesía”. A propósito de Irene Klein, de Javier Corres», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 18, Navidad de 2001, pp. 81-82.

«Ser en poesía». A propósito de la novela «Irene Klein», de Javier Corres (1)

Comenzaré con una afirmación tajante: a fecha de hoy, entrados ya en el nuevo milenio, las letras navarras gozan de una excelente salud. Así lo demuestran la continuada actividad de distintas revistas poéticas (Río Arga, Elgacena, Traslapuente, Luces y Sombras…), las numerosas convocatorias de premios literarios y las crecidas publicaciones que nuestros escritores navarros —navarros por nacimiento o por adopción— vienen aportando en tiempos recientes. Un pequeño dato cuantitativo lo confirma: el año pasado [2000], y ciñéndonos solo al género de la narrativa, se escribieron, en Navarra o por autores navarros, más de una docena de novelas. Además, frente al tradicional despego sentido hacia la literatura escrita en Navarra, hoy en día comienzan a reconocerse los valores literarios de muchos de nuestros literatos. Recordaré tan solo otro detalle señero: el hecho de que en los últimos años el Premio «Príncipe de Viana de la Cultura» —máximo galardón que en esa materia se concede en nuestra Comunidad— haya recaído en dos escritores, Pablo Antoñana y Miguel Sánchez Ostiz, reciente ganador de ese premio en su última convocatoria, la del presente año 2001.

Esta circunstancia me parece fundamental, porque por desgracia ocurre que muchos de los escritores navarros resultan desconocidos aun para los propios navarros. Recuperar estas figuras y valorarlas en su contexto y en su justa medida —sin incensarlas por encima de lo debido solo por el hecho de ser escritores navarros, pero tampoco sin menospreciarlos de entrada— es tarea que me he impuesto y que vengo desarrollando en los últimos años en un proyecto de investigación titulado Historia literaria de Navarra. Desde los orígenes hasta nuestros días (equipo HILINA de la Universidad de Navarra). Bien es verdad que durante mucho tiempo la literatura navarra, la narrativa en concreto, ha estado demasiado ligada a dos elementos ajenos en principio a la creación literaria; me refiero al elemento histórico y al elemento costumbrista (novelas de tipo regional-costumbrista, de tipos y paisajes navarros; novelas históricas, etc.). Sin embargo, de unos años a esta parte, los escritores navarros han sabido crear verdaderos mundos de ficción, entramados y universos novelescos de pura invención, desligados por completo de lastres no literarios que actuaban como pesada carga, como verdadera rémora, en narraciones de décadas anteriores. Así pues, ahora son muchos los escritores navarros que, aun cuando den entrada en sus novelas a personajes de origen local o ambienten sus acciones en escenarios de nuestra geografía foral, han trascendido con creces el interés de lo puramente localista para plantear temas y conflictos de índole y validez universales.

Javier Corres, Irene Klein

Un magnífico ejemplo de esta última afirmación lo tenemos en la novela Irene Klein (Mutilva, Newbook Ediciones, 2001; 2.ª ed., Pamplona, Cénlit Ediciones, 2002, con el subtítulo La fuerza de la palabra), de Javier Corres Bengoetxea, que, como muy bien señalan las bellas palabras de Ángel de Miguel recogidas en la contracubierta —¡qué lujo contar con un reseñista tan acertado en la magia de su conciso lirismo!—, no es una «novela al uso». Irene Klein aparece publicada en un volumen bellísimo, bellísimo por su apariencia exterior (es preciosa la ilustración de cubierta de Esther Makazaga), bellísimo por su cuidada tipografía (felicidades al autor por haber sabido cuidar estos detalles), bellísimo, en fin, por la hermosura de su contenido. Decía antes —decía Ángel de Miguel, en realidad— que Irene Klein no es una «novela al uso», porque es una narración lírica, reflexiva, íntima, también, en cierta manera, sentimental y romántica, por qué no decirlo. Estamos ante una lograda novela de amor y de amistad, sentimientos humanos contados y cantados desde la perspectiva del protagonista y narrador en primera persona, el escritor Delphin Körrs; pero estamos también ante una novela que reflexiona y nos hace reflexionar sobre la creación poética o, en un sentido más amplio, sobre los indiscutibles valores de la palabra como vía de conocimiento y de verdad. Tanto Delphin Körrs como Javier Corres —intuyo que la cuasi homonimia del apellido del narrador-protagonista y el autor no es en modo alguno casual—son personas que quieren ser en poesía. No quieren vivir rodeados por la poesía, vivir desde la poesía, vivir con la poesía; no es eso, no, quieren algo más íntimo y esencial: desean ser en poesía. A propósito de esto, debo advertir que, aunque en esta novela el autor haya podido incluir determinadas vivencias personales, y aunque algunos de sus personajes pudieran ser considerados trasuntos de personas realmente existentes, no debemos engañarnos. De todos es sabido que vida y literatura se influyen mutua y profundamente, pero a nadie se le debe ocultar que vida y literatura son cosas muy distintas. Como muy bien nos enseñó Pessoa, «El poeta es un fingidor, / finge tan completamente, / que llega a fingir dolor / cuando de veras lo siente». No leamos, pues, Irene Klein como una novela en clave. Insisto: aunque pueda estar reflejando determinadas vivencias personales de su autor, todo ello está pasado por el mágico tamiz de lo literario, de la fábula, de la creación poética. Porque una novela será siempre, ante todo y sobre todo, una invención, una obra de pura ficción, fruto de la fantasía y del entusiasta trabajo creador de su autor.

Antes de dar a las prensas Irene Klein, Javier Corres había bajado a la arena literaria con las obras Este silencio sonando (1983), Del teatro y el sueño (1986), Homodiós (1992) o relatos como «Una increíble decepción», «Un individuo vulgar» «La ruta flotante (Paseo de un raro)», «El regreso», etc. Pero creo estar en lo cierto al afirmar que esta novela, este apasionado canto en defensa de la palabra poética, de su valor como instrumento de comunicación y de disfrute estético, y como forma íntima de vivir la vida, es su aportación mejor y más original[1].


[1] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «“Ser en poesía”. A propósito de Irene Klein, de Javier Corres», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 18, Navidad de 2001, pp. 81-82. Con posterioridad Corres ha publicado las novelas El crimen redentor (2016), Cartas a Renata (2018) y Estación El Seco (2022) y ha trabajado en la presentación en Madrid de su obra de teatro de los años 80 titulada Habitáculo con fisuras.

Cervantes y Shakespeare, y su posible encuentro, en «La leyenda del ladrón» (2012) de Juan Gómez-Jurado (2)

Otro momento que se reconstruye de la biografía cervantina en La leyenda del ladrón[1] es el de sus años de cautiverio en Argel. Este es el momento en que fray Juan Gil negocia con Hazán Bajá la libertad de algunos cautivos cristianos que están ya embarcados para ser llevados a Constantinopla:

El siguiente en su lista era un soldado que llevaba más de cinco años cautivo en Argel, y cuya familia había vendido hasta la última fanega de tierra que poseían en España para rescatarle. Le dijo su nombre al cadí.

—Ah, ése. Le tengo un cierto aprecio, es gran conversador. Pensaba guardármelo para mí.

—¿Podría ser que os hiciese cambiar de planes, majestad?

—Bien pensado, necesito una alfombra nueva. Seiscientos escudos.

—¡Majestad, es sólo un simple soldado!

El cadí meneó la cabeza.

—Llevaba cartas de recomendación del mismísimo don Juan de Austria. Debe de tener amigos influyentes. Si quieren recuperarlo, tendrán que pagar.

La negociación volvió a empezar, esta vez con una vida distinta en la balanza. Al cabo de largo rato, Hazán se cansó del juego y plantó una cifra definitiva.

—Quinientos escudos, fray Juan. No creo que consiga un buen brocado persa por menos (pp. 494-495).

Cervantes cautivo en Argel

Se alude a los supuestos amores homosexuales de Hazán Bajá con el cautivo cristiano, que podrían ser la causa que explicase por qué Cervantes no fue nunca castigado pese a sus reiterados intentos de fuga. Así, en un momento del «Interludio», traen a Cervantes cargado de cadenas a presencia de su amo y de fray Juan:

El cadí dio una palmada y un par de guardias se presentaron enseguida arrastrando al prisionero. Éste iba cargado de cadenas, con grilletes en muñecas y tobillos. Tenía el pelo y la barba largos y enmarañados, y apestaba a sudor y a orines. Cuando los guardias dejaron de sostenerle, se desplomó jadeante en la cubierta.

—Menuda mercancía me entregáis, majestad —protestó el fraile.

—Debéis agradecer a mi magnanimidad que se encuentre en tan buen estado. Este caballero ha intentado escaparse cuatro veces. En una de las ocasiones incluso se llevó a sesenta esclavos más con él. Tendría que haberlo ahorcado hace tiempo, pero tengo una debilidad especial por este hombre. Me conformo con ir metiéndole en el agujero cuando se porta mal —dijo Hazán, poniendo un énfasis especial en la última frase.

Fray Juan ignoró el malicioso comentario, pues a diferencia de muchos otros, el fraile jamás juzgaba lo que hacían los hombres para sobrevivir en aquel lugar dejado de la mano de Dios. Además, a través de otros prisioneros había escuchado de la extrema valentía con la que se había portado aquel hombre. Había intentado la fuga de todas las maneras posibles, desde huyendo a los montes cercanos a la ciudad hasta robando una barca y confiándose al mar. En una de aquellas tentativas había conducido a un gran grupo de esclavos cristianos hasta una cueva, donde habían malvivido, escondidos durante meses hasta que otro cristiano traidor les había vendido por una jarra de manteca.

La ley turca estipulaba que la fuga se castigaba con la muerte, pero el hombre que ahora languidecía sobre la cubierta había dado un paso al frente y se había atribuido toda la responsabilidad cuando los guardias del cadí los habían capturado en la cueva. Aquel hombre, aunque fuera de ascendencia humilde, tenía más derecho que nadie a regresar a España, con los suyos (pp. 494-495).

Más adelante, después de que Sancho le ayuda a ganar dinero en el garito de juego de Ramos, se aludirá a sus heridas cobradas en Lepanto:

Sobrevino un silencio incómodo, y Sancho se vio obligado a hablar. Señaló la mano izquierda, atrofiada e inútil de su interlocutor.

—¿Qué os ocurrió?

El comisario pareció azorado un instante, como si la simple mención de la herida lo transportase muy lejos de allí.

—Esto, muchacho, fue a causa de tres tiros de arcabuz que me dieron en Lepanto. La más alta ocasión que vieron los siglos. Y si me hicierais el honor de compartir un vaso de vino conmigo, me encantaría contaros cómo sucedió.

—Tal vez en otra ocasión, señor (p. 512).

Como vemos, hay aquí, con la mención de «La más alta ocasión que vieron los siglos», un claro eco intertextual cervantino (reminiscencia del famoso prólogo del Quijote de 1605). La intertextualidad se aprecia también cuando Sancho pide ayuda al comisario para desenmascarar a Vargas, que ha acaparado todo el trigo de la ciudad:

—Habéis tenido una vida muy dura, amigo Sancho. Siempre he sido de la opinión de que cada hombre se labra su propia fortuna. Pero nunca tenemos a mano un buen cincel, y a veces hay que hacerlo a dentelladas. No temáis que os juzgue, porque eso no me corresponde a mí, sino a Dios (p. 579).

La formulación «cada hombre se labra su propia fortuna» evoca, con otras palabras, la afirmación, tan del gusto cervantino, de que «cada uno es artífice de su ventura» (Quijote, II, 66).

En fin, esta es la breve semblanza que se dedica a Cervantes en la nota explicativa del autor, la cual se centra en los acontecimientos de su vida aquí evocados:

Miguel de Cervantes Saavedra, comisario de abastos del rey en la época en la que transcurre la novela y más tarde autor de cierto renombre, pasó una etapa de su vida muy ligado a Sevilla y la recolección de grano. También se metió en bastantes líos con las cartas y con la justicia antes de escribir una obra inmortal que, quién sabe, pudo ser inspirada en parte por un ladrón impetuoso y noble llamado Sancho de Écija. Toda la parte correspondiente a su rescate en Argel, así como la figura de fray Juan Gil, responden tanto a la realidad como he sido capaz de reflejar[2].

[1] Cito por Juan Gómez-Jurado, La leyenda del ladrón, Barcelona, Planeta, 2012.

[2] «Nota del autor sobre algunos personajes y hechos históricos de La leyenda del ladrón», p. 657. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Cervantes (y Shakespeare) en La leyenda del ladrón (2012), de Juan Gómez-Jurado», en Emmanuel Marigno y Carlos Mata Induráin (eds.), La recepción de Cervantes: huellas, recreaciones y reescrituras (siglos XVII-XXI). La réception de Cervantes: traces, recréations et réécritures (XVIIe-XXIe siècles), New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2024, pp. 203-223.