Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (2)

En el Siglo de Oro, era muy habitual que las ciudades españolas, lo mismo que las academias literarias, organizasen fiestas para celebrar las nuevas beatificaciones y canonizaciones. Los ingenios de la época se presentaban a estas justas literarias con el objetivo fundamental de ganar fama[1]. Pues bien, a tal circunstancia responde el libro donde se inserta la glosa de doña María de Peralta. La ficha bibliográfica completa de esta obra es como sigue: Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad.

Portada del libro Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada virgen y madre Teresa de Jesús, renovadora de la religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza, por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad

El propósito del libro —que lleva dos aprobaciones del 21 y del 29 de abril de 1615 y licencia para ser impreso del 30 de abril de ese año 1615— queda explícito en el «Prólogo» del recopilador:

Mandándomelo quien pudo, me ha cabido la suerte de relatar las fiestas que la imperial ciudad de Zaragoza en esta ocasión, y con tan justa causa, hizo; y el retrato dellas es lo que este libro contiene. […] Aquí se verá el alborozo que causó en todos los estados de tan insigne ciudad la nueva de que esta Santa Madre y Virgen estaba ya beatificada; los juegos que hubo, las invenciones que se previnieron, los carteles que de empleos militares y justas literarias se publicaron; y de la manera que todo esto tuvo su deseado efecto[2].

Se convocaron nueve certámenes poéticos, siendo los jueces Francisco de Miravete y Juan Francisco Salazar, del Consejo de Su Majestad, el Dr. Jaime de Ayerbe, canónigo y limosnero de Nuestra Señora del Pilar, fray Esteban de San José, prior de los Carmelitas Descalzos, y Luis Díez de Aux. Todos los versos presentados a concurso se leyeron durante los días de la octava de la santa, cuya fiesta se celebra el 5 de octubre, en la iglesia del Patriarca San José de los Padres Carmelitas Descalzos de Zaragoza. El texto de la corellana optaba al premio convocado en el «Quinto certamen», cuyas bases estipulaban lo siguiente:

Pídese una glosa a esta cuartilla, que contiene dos grandes maravillas de la santa Madre:

No siendo Madre de Dios,
no hallo santa a quien le cuadre
llamarse Virgen y Madre,
Teresa, mejor que a vos.

A la más grave y elegante glosa se le dará un rico Agnus de oro, con dos vistosos cristales con sus iluminaciones. A la segunda un cuadrito del glorioso San Josef. A la tercera, un curioso diurno de Clemente, bañado de oro, con manecillas de plata[3].


[1] Ver José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961.

[2] Retrato de las fiestas…, s. p.

[3] Retrato de las fiestas…, p. 9a. Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús»Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

Una glosa de doña María de Peralta a la beatificación de santa Teresa de Jesús (1)

Muy pocos —por no decir inexistentes— son los datos biográficos de que disponemos acerca de esta “poetisa” corellana del siglo XVII (y entrecomillo lo de poetisa porque esa denominación seguramente es exagerada; a juzgar por lo que se ha conservado de su obra, lo único que podemos afirmar es que se trata, tan solo, de una autora de algunos versos circunstanciales, ignorando si llegó a componer más…). Su nombre se cita como María Peralta o María de Peralta, anteponiéndosele a veces el tratamiento de doña, como le correspondía por pertenecer a la noble familia de los Peralta, con amplia representación en Corella[1]. En cualquier caso, las obras de referencia sobre la historia literaria de Navarra y otras al uso apenas la citan. Por ejemplo, Manuel Iribarren no la incluye entre sus Escritores navarros de ayer y de hoy, y tampoco dispone de una entrada en la Gran Enciclopedia Navarra. José Ramón Castro la menciona al hablar de la tudelana sor Jerónima de la Ascensión: «Entre las mujeres ilustres de la merindad tudelana —Sor Jacinta de Atondo, doña María Gómez, la M. Ana de San Joaquín, doña María Peralta— alcanza un lugar preeminente Sor Jerónima de la Ascensión…»[2]. Quien sí da una pista sobre su actividad literaria es José María Corella:

Natural de Corella, vivió en la primera mitad del siglo XVII», indica; y ofrece el dato de que se incluyó una glosa suya en el Retrato de las fiestas que a la beatificación de la … Madre Teresa de Jesús … hizo … la imperial ciudad de Zaragoza, copiando parcialmente el juicio que sobre ella se recoge en dicho libro[3].

Escudo de Corella (Navarra)
Escudo de Corella (Navarra).

Por mi parte, la mencioné brevemente en mi libro Navarra. Literatura (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 91) y en la antología Poetas navarros del Siglo de Oro (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 12), sin detenerme en esas dos ocasiones en el comentario de sus versos. Este es el momento de prestarle algo más de atención y de dar a conocer al lector contemporáneo su poema. Así pues, puede considerarse este un trabajo de pura arqueología literaria, o filológica, pero trabajo necesario porque, en el caso de estos escritores navarros completamente olvidados, el paso primero para valorarlos —en su justa medida y en su contexto correspondiente— es poder leer los textos suyos que se hayan conservado. Y dado que la glosa de doña María de Peralta figura en un raro volumen de 1615 poco accesible al lector contemporáneo[4], parece oportuno reproducir aquí completa (en la próxima entrada) esta composición poética, añadiendo al final unas líneas con un somero comentario. Probablemente, una labor de rastreo documental más profunda (por ejemplo, en los archivos corellanos) permitiría obtener más datos relativos a la biografía y familia de la autora y, quizá, encontrar otros textos líricos salidos de su pluma[5].


[1] Ver José Luis de Arrese, Colección de biografías locales, 2.ª ed., San Sebastián, Industria Gráfica Valverde, 1977, pp. 412 y ss., así como el más reciente libro de Francisco José Alfaro Pérez y Begoña Domínguez Cavero, Sociedad, nobleza y emblemática en una ciudad de la Ribera de Navarra: Corella, siglos XVI-XVIII, Zaragoza, Cátedra de Emblemática «Barón de Valdeolivos» / Institución «Fernando el Católico», 2003.

[2] José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Pamplona, Institución «Príncipe de Viana», 1963, p. 330.

[3] José María Corella, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, pp. 156-157, nota 82.

[4] Retrato de las fiestas que a la beatificación de la bienaventurada Virgen y Madre Teresa de Jesús, renovadora de la Religión primitiva del Carmelo, hizo, así eclesiásticas como militares y poéticas, la imperial ciudad de Zaragoza. Dirigido al ilustrísimo reino de Aragón, por Luis Díez de Aux. Con cuatro magistrales sermones. Año 1615. Con licencia en Zaragoza. Por Juan de Lanaja y Cuartanet, impresor del reino de Aragón y de la Universidad. Manejo copia del ejemplar obrante en la Biblioteca Pública del Estado en Huesca, signatura A-529.

[5] Texto completo en Carlos Mata Induráin, «Glosa de doña María de Peralta a la beatificación de Santa Teresa de Jesús», Río Arga. Revista de poesía, 111, tercer trimestre de 2004, pp. 24-28.

«Muda elocuencia de amor…», glosa de Ana de San Joaquín (1668-1731)

En un par de entradas anteriores me refería a la carmelita descalza Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1] y transcribía sus poemas «Para gloria de Jesús…» y «¡Oh, Jesús, dulce memoria!…». Copiaré hoy otra composición suya, la que comienza «Muda elocuencia de amor…» y glosa el estribillo «Con un continuo gemido…», recogida por su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, en la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, al igual que las anteriores. En el capítulo XIII, «De cómo ejercitaba la virtud de la esperanza la Madre Ana», se indica que la glosa se incluye como cierre de una carta suya del año 1716 en la que «abre su pecho en vivas ansias de ver a Dios», con la indicación añadida por ella misma de que «En esta coplilla paso mi vida»:

Con un continuo gemido
anhelo a ver vuestro rostro,
que a vuestra tórtola ausente
solo el gemir es socorro.

Y comenta fray Buenaventura antes de copiar la glosa:

Amorosos suspiros, dulces coloquios y tiernos lamentos explica en métricos acentos; que si el amor enseña la música [Plutarco, se apostilla al margen], también es maestro que dicta la poesía, como sabemos de muchas almas enamoradas de aquella suma infinita belleza. Sirva entre otras muchas de único ejemplar mi seráfica Teresa; porque en las mayores avenidas de amor, viéndose ausentes de su bien, se desahogan en versos las abundancias del corazón. Y si el canto de la tórtola es el gemido, como sabe el erudito, aplicándose los empleos de la tórtola usó con propiedad de los gemidos la madre Ana. Más glosa merecía la cuartilla, a que no pudiendo satisfacer mi prosa, busqué delicadas consonancias de la pluma más florida en toda erudición sagrada, y olvidada de la profana, que desempeñase la curiosidad más ingeniosa y descifrase toda la alma de la cuartilla en estas conceptuosas décimas.

En los cuarenta versos que glosan los cuatro del estribillo, el alma queda equiparada a una tórtola que lamenta la ausencia de su amado (Dios). Es imagen tradicional en la lírica amorosa, aquí vuelta a lo divino. La paloma, en efecto, es símbolo bien conocido de la fidelidad amorosa.

Paloma-blanca-en-vuelo.jpg

He aquí el estribillo con su glosa:

Con un continuo gemido
anhelo a ver vuestro rostro,
que a vuestra tórtola ausente
solo el gemir es socorro.

Muda elocuencia de amor
halla el pecho en su fatiga
para que el afecto diga
la expresión de su dolor.
Así, facundo[2] el rigor
de mi corazón herido,
toda en ansias me liquido[3]
cuando tu deidad ausente
solo la digo elocuente
con un continuo gemido.

Imán de mi amor tu cielo
me trae en dulce violencia,
atormentando la ausencia
la actividad de mi anhelo;
afanada en el desvelo,
pegado al polvo mi rostro,
amante humilde me postro
protestando[4] en mis sollozos
que solo en eternos gozos
anhelo a ver vuestro rostro.

¡Oh, si el invierno erizado
de este rigor[5] se pasase
y la voz dulce escuchase
la tórtola de su amado;
pero si amor, retirado,
aun mi tormento consiente,
dejad, Señor, que lamente
tanta ausencia, pues lo mismo
será mirar al abismo
que a vuestra tórtola ausente.

Al recordar tu belleza
mi corazón se derrama,
líquida cera, a la llama[6]
de vuestra ardiente fineza;
del quebranto a la grandeza
ni aun leve suspiro ahorro,
pues del estadio que corro
de inefable sentimiento,
para aliviar el tormento
solo el gemir es socorro[7].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] facundo: elocuente, decidor.

[3] me liquido: me consumo.

[4] protestando: afirmando, manifestando.

[5] rigor: el rigor del invierno es imagen tópica en la poesía amorosa.

[6] llama: otra imagen tradicional, tanto en la poesía amorosa petrarquista como en la poesía ascético-mística (san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús…).

[7] Esta composición se incluye en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc., Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736, pp. 107-108. Figura recogida en José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 307; y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 194-195. Por su parte, Manuel Serrano y Sanz, en Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 al 1833, tomo II, Madrid, Establecimiento Tipolitográfico Sucesores de Rivadeneyra, 1903, p. 327b, trae la glosa pero no copia el estribillo previo.