Lope de Vega y Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de AlarcónJuan Ruiz de Alarcón es el blanco de numerosas sátiras en el Siglo de Oro, fácil por su condición de jorobado, que da pie a infinitas comparaciones burlescas[1]. Quevedo destaca en el ejercicio denigratorio, pero Lope no es mucho más misericordioso en la dedicatoria a Cristóbal Ferreira de Los españoles en Flandes, donde se refiere a los señalados por la naturaleza como gente de mala condición, perversa y mala; alusión a Ruiz de Alarcón ha de ser el ataque a los poetas ranas «en la figura y en el estrépito» y a los gibones envidiosos. Verdad es que Ruiz de Alarcón también le dirigió sus pullas al Fénix en Los pechos privilegiados, aludiendo a sus amoríos con Marta de Nevares:

Culpa a un viejo avellanado
tan verde que, al mismo tiempo
que está aforrado de martas,
anda haciendo madalenos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope publica «La Dorotea»

Sigue aspirando Lope al cargo de cronista real, pero infructuosamente[1]. Al año siguiente, 1632, da a las prensas La Dorotea, una «acción en prosa», en cinco actos, en la que rememora idealmente su primer gran amor con Elena Osorio; y escribe la Égloga a Claudio, epístola dirigida a su amigo Claudio Conde, que constituye un hermoso resumen poético de su vida y pensamiento, algunos de cuyos pasajes he tenido ocasión de citar en entradas anteriores.

La Dorotea, de Lope

Es el mismo año en que muere Marta de Nevares (el 7 de abril). Pagaría su entierro Alonso Pérez, librero amigo del poeta y padre de Juan Pérez de Montalbán. Lope describe la muerte de su amante en las octavas reales de la égloga Amarilis, que se publicaría en 1633. También evoca su muerte en este soneto del Tomé de Burguillos titulado «Que al amor verdadero no le olvidan el tiempo ni la muerte»:

Resuelta en polvo ya, mas siempre hermosa,
sin dejarme vivir, vive serena
aquella luz, que fue mi gloria y pena,
y me hace guerra, cuando en paz reposa.

Tan vivo está el jazmín, la pura rosa,
que, blandamente ardiendo en azucena,
me abrasa el alma de memorias llena:
ceniza de su fénix amorosa.

¡Oh, memoria cruel de mis enojos!,
¿qué honor te puede dar mi sentimiento,
en polvo convertidos sus despojos?

Permíteme callar solo un momento:
que ya no tienen lágrimas mis ojos,
ni conceptos de amor mi pensamiento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Enfermedad de Lope y agravamiento de Marta de Nevares

En marzo y abril de 1628, Lope está enfermo de gravedad y decaído (a sus 66 años es una persona anciana, dada la esperanza de vida de la época)[1]. Así se percibe en las cartas al de Sessa, que ya no se muestra tan espléndido como antes:

Ya tiene Vuestra Excelencia, gracias a Dios, a Lope de Vega, que hasta hoy no le tenía: así se dudó de mi vida. Truje en pie este negro mal, que negro debe ser, pues Vuestra Excelencia me receta negras, más de veinte días con grande trabajo y pena, tanto que entendí que me había vuelto don Juan de Alarcón; y al fin caí en la cama, hoy hace dieciocho días, de una hinchazón tan dolorosa, que me encendía en terribles calenturas y me causó tantos males que ya me lloraban las musas domésticas y extrañas. Sea Dios alabado, su Santísima Madre y San Isidro, que estoy en puerto de claridad, que en abril, y no pocos años, mucho había que temer.

Lope de Vega

Por lo demás, su amada Marta sigue sin vista y con frecuentes accesos de locura. De alguna manera, en este cuidar de la amada enferma —circunstancia que trasladará tanto a sus cartas como a sus versos, por ejemplo en su égloga Amarilis (1633)— Lope rehabilita su persona:

Solo la escucho yo, solo la adoro
y de lo que padece me enamoro…

[…]

Ejemplo puede ser mi amor de amores,
pues quiere amor que más aumente y crezca,
que si en amar defectos se merece,
ese es amor que en las desdichas crece.

Terminaré esta sección de la biografía lopesca citando unas palabras de Villacorta que hacen balance de esta relación, la que fue, sin duda alguna, la gran pasión de madurez del Fénix:

Si el amor de Lope por Micaela de Luján fue ciego y desde una plenitud física, el que sintió por Marta de Nevares fue febril, más desesperado, suplicante y desde las carencias físicas. Fue un último amor que se tornó en compasivo y purificador. Fue un honroso colofón a tantas aventuras irrelevantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope publica «La Circe» (1624)

La Circe, de Lope de VegaY continúa su actividad literaria en estos años[1]. En 1622 es juez en las justas por la canonización de San Isidro. El 22 de abril de 1624 firma el manuscrito de El marqués de las Navas. Ese año publica La Circe, con otras rimas y prosas, obra dedicada al conde-duque de Olivares, donde se incluyen bellos poemas de estilo culto con los que intenta competir con Góngora. Una de las composiciones ahí recogidas es el poema La rosa blanca, que da una explicación mítica al blasón de doña María de Guzmán, la hija del valido.

Rivaliza también con Cervantes escribiendo, a pedido de Marta de Nevares, una especie de «novelas ejemplares»: La desdicha por la honra, La prudente venganza y Guzmán el bravo, que sumadas a la anterior Las fortunas de Diana forman la serie de Novelas a Marcia Leonarda. En la epístola poética que dirigía a Antonio Hurtado de Mendoza, publicada asimismo en La Circe, escribe unos versos que se han hecho célebres, relativos al carácter comercial de su literatura:

Necesidad y yo, partiendo a medias
el estado de versos mercantiles,
pusimos en estilo las comedias.

Yo las saqué de sus principios viles,
engendrando en España más poetas
que hay en los aires átomos sutiles.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Enfermedad y locura de Marta de Nevares

La melancolía va a ir invadiendo poco a poco a nuestro Lope[1]. Hacia 1623 Marta de Nevares, enferma de los ojos, irá perdiendo la vista… y, más adelante, la cordura. En su égloga Amarilis (1633) alude con dolor a la progresiva ceguera de Marta:

Cuando yo vi mis luces eclipsarse,
cuando yo vi mi sol escurecerse,
mis verdes esmeraldas enlutarse
y mis puras estrellas esconderse,
no puede mi desdicha ponderarse
ni mi grave dolor encarecerse,
ni puede aquí sin lágrimas decirse
cómo se fue mi sol al despedirse.

Los ojos de los dos tanto sintieron
que no sé cuáles más se lastimaron:
los que en ella cegaron o en mí vieron,
ni aun sabe el mismo Amor los que cegaron
aunque sola su luz escurecieron,
que en lo demás bellísimos quedaron,
pareciendo al mirarlos que mentían
pues mataban de amor lo que no vían.

Ojos verdes

Durante estos años Lope purgará, en parte, la culpa de sus locos y ciegos amores desvelándose en cuidar a su amante, ciega y loca:

Aquella que gallarda se prendía
y de tan ricas galas se preciaba,
que a la aurora de espejo le servía
y en la luz de sus ojos se tocaba,
furiosa los vestidos deshacía;
y otras veces, estúpida, imitaba,
el cuerpo en hielo, en éxtasis la mente,
un bello mármol de escultor valiente.

[…]

las bellas luces donde yo me vía
y en los hermosos ojos respetaba
de Amarilis el sol, cegó de suerte
que se pudo vengar de amor la muerte.

A veces, en la correspondencia con el duque de Sessa, se aprecia algún atisbo de mejora en la enfermedad, que sin embargo no llega a concretarse:

De sus ojos tiene Amarilis más esperanza que mejoría, y está tan agradecida a las memorias y mercedes de Vuestra Excelencia, que si yo fuera el que solía, tuviera celos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope reúne a sus hijos bajo el mismo techo

Marta de Nevares y su hija Antonia Clara marchan a vivir con Lope[1]. Junto a ellas, coinciden también bajo el mismo techo Marcela y Lope Félix (Lopito), hijos de Micaela de Luján; y Feliciana, hija legítima de Juana de Guardo, todos reunidos ahora en la casa de la calle de Francos.

Casa de Lope de Vega

Para su hijo Lopito escribe la dedicatoria de El verdadero amante, comedia publicada en la Parte XIV (1620), que citaré por extenso por incluir interesantes reflexiones:

Ya que tenéis edad, y comenzáis a entender los principios de la lengua latina, sabed que tienen los hombres para vivir en el mundo, cuando no pueden heredar a sus padres más que un limitado descanso, dos inclinaciones: una a las armas y otra a las letras, que son las que aquella celada y libro significan con la letra, que en aquellos tiernos años dice que el cielo sabe cuál de aquellas dos inclinaciones tuviera Carlos si no le hubiera, como salteador, la muerte arrebatado a mis brazos y robado a mis ojos, puesto que a mejor vida, dolorosamente, por las partes que concurrían en él de hermosura y entendimiento con esperanzas de que había que mejorar mi memoria sobreviviendo a mis años […]. Vos quedastes en su lugar, no sé con cuál genio […]

Mas ¿para qué os persuado con autores, cuando aún estáis en los primeros rudimentos de la lengua latina? Cosa que no podéis excusar, aunque si hubiera quien os enseñara bien la castellana, me contentara más de que la supiérades; porque he visto muchos que, ignorando su lengua, se precian, soberbios, de la latina, y todo lo que está en la vulgar desprecian, sin acordarse que lo griegos no escribieron en latín, ni los latinos en griego; y os confieso que me causa risa ver algunos hombres preciarse de poetas latinos, y en escribiendo en su lengua parecer bárbaros; de donde conoceréis que no nacieron poetas, porque el verdadero, de quien se dice que ha de tener uno cada siglo, en su lengua escribe y en ella es excelente, como el Petrarca en Italia, el Ronsardo en Francia y Garcilaso en España, a quien también deben sus patrias esta honra; y lo sintió el celestial ingenio de Fray Luis de León, que pretendió siempre honrarla, escribiendo en ella […]. No os desanimo para que con menos cuidado estudiéis esta reina de las lenguas, tercera en orden a las del mundo, aunque más común que todas; procuralda saber, y por ningún caso os acontezca aprender la griega, porque, desvanecido, no digáis lo que algunos que saben poco della y de otras, por vendernos a gran precio la arrogancia de que la entienden […]

Vos me habéis entendido; y en razón de la inclinación, que fue el principio de esta carta, no tengo más que os advertir, si no os inclináredes a las letras humanas, de que tengáis pocos libros, y esos selectos, y que les saquéis las sentencias, sin dejar pasar cosa que leáis notable sin línea o margen; y si por vuestra desdicha vuestra sangre os inclinare a hacer versos (cosa de que Dios os libre), advertid que no sea vuestro principal estudio, porque os puede distraer de lo importante, y no os dará provecho. Tened en esto templanza; no sepáis versos de memoria, ni los digáis a nadie; que mientras menos tuviéredes desto, tendréis más de opinión y de juicio; y en esta materia, y lo que os importa seguir vuestros estudios sin esta rémora, no busquéis, Lope, ejemplo más que el mío, pues aunque viváis muchos años no llegaréis a hacer a los señores de vuestra patria tantos servicios como yo, para pedir más premio; y tengo, como sabéis, pobre casa, igual cama y mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos. […] Yo he escrito novecientas comedias, doce libros de diversos sujetos, prosa y verso, y tantos papeles sueltos de varios sujetos, que no llegará jamás lo impreso a lo que está por imprimir; y he adquirido enemigos, censores, asechanzas, envidias, notas, reprensiones y cuidados; perdido el tiempo preciosísimo, y llegada la non intellecta senectus, que dijo Ausonio, sin dejaros más que estos inútiles consejos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«¡Bien haya la muerte!»: Lope se alegra de la muerte de Roque

Es este un momento de cierta holgura económica y de popularidad creciente[1]. El público madrileño, que lo ha convertido en dueño absoluto de los corrales, le adora. En la edición de 1618 de El peregrino en su patria ofrece una lista con 448 títulos de comedias (las cifras fluctúan). Ese mismo año publica Triunfo de la fe en los reinos del Japón, obra en prosa, sobre los hechos acaecidos en aquellas misiones orientales de los jesuitas.

Abril o mayo de 1620 es la fecha probable en que muere Roque, el marido de Marta, y Lope se alegra cruelmente de ello en la dedicatoria de La viuda valenciana:

¡Bien haya la muerte! No sé quién está mal con ella, pues lo que no pudiera remediar física humana, acabó ella en cinco días con una purga sin tiempo, dos sangrías anticipadas y tener el médico más afición a la libertad de vuestra merced que a la vida de su marido. Puedo asegurarle que se vengó de todos con sola la duda en que nos tenía si se había de morir o quedarse; tanto era el deseo de que se fuese: no porque él faltase, sino porque habiendo imaginado que nos dejaba, fuera desesperación el volver a verle.

Dedicatoria de La viuda valenciana


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.