Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (6)

De gran intensidad dramática es «De dos a cuatro». El cabo Pedrales cuenta a los soldados por qué el teniente Rodaja perdió en una noche la negrura de su cabello. Fue una vez que pasaban las ventas de Recova hacia Costillada; muy cerca vivía el padre del, en aquel entonces, soldado Rodaja; este fue enviado de avanzada, de 2 a 4 de la madrugada, con la orden de disparar a cualquier persona que se acercase. Rodaja pasó las dos horas temiendo que su padre, que podía haberse enterado de que su hijo estaba cerca de casa, fuese a verlo y tuviese que disparar contra él; cuando acabó su guardia, apareció con el cabello totalmente blanco: «No le dije nada yo tampoco; sentí como ganas de llorar, y me guardé la historia para que ustedes, que no habéis pasado por estas cosas, supieseis cómo puede pasar una noche de miedo un soldado de gran corazón» (pp. 103-104).

«El hijo del regimiento», con sus 10 páginas, es uno de los pocos relatos que presenta divisiones internas (cuatro capitulillos muy breves). El 4.º regimiento del 2.º cuerpo de ejército marcha en derrota; vivaquea y come su rancho en el llano de Albatera, con la tristeza de su desesperada situación. El coronel Pozazal encuentra un bebé, abandonado por alguna mujer de los pueblos cercanos, que entrega al cocinero Madrépora; el Padre Manzaneque lo bautiza con el nombre Marcialillo (nombre, sin duda, ajustado a la situación). Al amanecer, se reanuda el combate. Los soldados asaltan el cabezo de Aguzahoces, combatiendo cuerpo a cuerpo; Madrépora pelea con el bulto del niño en el brazo izquierdo y con un sable en la mano derecha; «se batía —leemos— como cada hijo de vecino, con la borrachera de la lucha en el corazón» (p. 131). Tienen cien bajas, pero gracias al heroico comportamiento de todo el regimiento consiguen salvar su apurada situación. Los soldados comen ahora felices el rancho de la victoria, y todos recuerdan cómo había luchado el cocinero «animado por la embriaguez de la pelea» (p. 133). El narrador que relata esta historia es uno de esos soldados.

Altas cotas de ternura alcanza Federico Urrecha con «El vicio del capitán», relato una vez más con narrador testigo: «No sé si otra vez os he hablado de Humaredas» (p. 159). Un grupo de soldados pasa el verano como destacamento en ese pueblo. En el casino coinciden con Retama, capitán retirado, manco y muy malhablado, conocido por «su lengua de hacha y su vocabulario pletórico de desvergüenzas» (p. 160). Rodajas y otro soldado, el narrador, le siguen un día y descubren su secreto: el capitán Retama no gasta su dinero en vicios, como alardea en el casino, sino en alimentos para una niña huérfana que ha adoptado del hospicio; hasta se priva del tabaco para comprarle leche; además, en casa el capitán no jura, sino que atiende y mima a la muchacha, «cuidando de aquella intimidad por él creada, para no morirse en la soledad del soldado viejo y arrumbado» (p. 164). Los dos soldados piensan inicialmente comentar en el casino su descubrimiento; pero, conmovidos por la tierna escena que ven, deciden guardan su secreto y no ponerlo en evidencia revelando cuál es el verdadero «vicio del capitán». Este capitán Retama nos recuerda a Muérdago: ambos son militares retirados, ambos están tullidos (cojo uno, manco el otro), ambos exponen sus ideas con energía en el mismo casino de Humaredas… La diferencia entre ambos relatos estriba en que en «El fin de Muérdago» el tono era trágico, al presentar la muerte heroica del viejo héroe; mientras que aquí se nos ofrece un segmento de vida, en el contexto de la guerra, que muestra un comportamiento pleno de ternura y humanidad.

«Remoque» es, como «El idilio de la pólvora», uno de los escasos Cuentos del vivac en que aparece sugerido, aunque no explícitamente desarrollado, un tema amoroso. Una vez más encontramos un narrador testigo: «Fue aquel cabo Remoque una de las figuras más interesantes que he conocido en mi vida de soldado» (p. 261). Herido en el oído en el desastre de Gorrionuela, es conducido a un hospital en el que se enamora de sor Mariposa, una hermana a la que llama así por el aleteo de sus tocas. Cuando su estado de salud se agrava, Remoque dice que solo se confesará si sor Mariposa deja que le dé un beso; tras su inicial resistencia, la monjita se deja besar; entonces el cabo se confiesa y muere acompañado por la hermana y por el narrador[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.