La poesía «a lo divino»: los «contrafacta» de Sebastián de Córdoba

Entre la bibliografía sobre los contrafacta, ocupa un lugar destacado el estudio, ya clásico, de Bruce W. Wardropper titulado Historia de la poesía lírica a lo divino en la cristiandad occidental. En ese trabajo de 1958, el autor, tras recordar que el fenómeno de las versiones a lo divino «es conocidísimo entre los estudiosos de la literatura española» (p. 3), ofrecía una definición que luego ha sido muy recordada:

¿Qué es, pues, un contrafactum? Diremos que es una obra literaria (a veces una novela o un drama, pero generalmente un poema lírico de corta extensión) cuyo sentido profano ha sido sustituido por otro sagrado. Se trata, pues, de la refundición de un texto. A veces la refundición conserva del original el metro, las rimas, y aun —siempre que no contradiga al propósito divinizador— el pensamiento. El nombre de la dama amada se sustituye con el de la Santa Virgen; lo erótico se convierte en el amor cristiano. Pocas veces se da el caso de un contrafactum tan sencillo y tan perfecto. Más frecuente es que el poeta espiritualizador retenga sólo el primer verso del original para después componer un poema religioso enteramente nuevo[1].

Wardropper estudia el fenómeno de los contrafacta (la divinización de textos y la divinización de temas, la alegoría, etc.), no sólo limitado a España, sino en todo el occidente cristiano, desde el primer milenio hasta los Siglos de Oro, y cierra su libro con un capítulo dedicado a la «Significación espiritual y literaria de los contrafacta» donde concluye que, por lo general, se trata de piezas mediocres, de un arte «vulgar», en el mejor, y en ocasiones en el peor, sentido de la palabra[2]. Aunque él mismo reconocía que su historia era «necesariamente incompleta y provisional», este trabajo sigue siendo una referencia obligada y el punto de partida necesario para quien quiera acercarse al fenómeno de las versiones literarias contrahechas a lo divino.

Sebastián de Córdoba compuso contrafacta tanto de los poemas de Garcilaso como de los de Boscán[3]: Las obras de Boscán y Garcilaso trasladadas en materias cristianas y religiosas (Granada, en casa de René Rabut, a costa de Francisco García, mercader de libros, 1575; tuvo otra edición dos años después, Zaragoza, en casa de Juan Soler, a costa de Pedro Ibarra y Juan de la Cuesta, 1577; y hay edición moderna de Aurelio Valladares Reguero, Madrid, More Than Books, 2013). Glen R. Gale editó los basados en los poemas de Garcilaso, destacando que el valor estético de estos poemas es secundario frente a la función didáctica cristiana, predominante en los nuevos textos: «La idea de Córdoba, previamente mal entendida, es de usar versos profanos modificados para enseñar con ellos la doctrina cristiana. Este intento […] sugiere que el valor de la obra (espiritual y no estético) es su función»[4]. En su opinión, la verdadera importancia histórica del Garcilaso a lo divino de Córdoba «reside en su función de proporcionar un enlace textual (una fuente de inspiración artística) para San Juan de la Cruz entre el verso profano y erótico del poeta toledano, y su propia poesía mística. El ambiente pastoral de Garcilaso, cristianizado primero en Córdoba, se convertiría más tarde en “poesía mística divina” gracias al arte de San Juan»[5]. En cualquier caso, Gale estudia la forma en que Córdoba lleva a cabo la refundición de Garcilaso, y destaca algunos valores de la poesía del contrafactor, su arte a la hora de recrear a lo divino los versos profanos. Muy famoso es, por ejemplo, el primer soneto de Garcilaso, «Cuando me paro a contemplar mi’stado…», en el que el sujeto lírico —amante desdeñado por la «ingrata amada enemiga»— analiza su situación anímica:

Cuando me paro a contemplar mi’stado
y a ver los pasos por do me han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;

mas cuando del camino’stó olvidado,
a tanto mal no sé por dó he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.

Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quiere, y aun sabrá querello;

que pues mi voluntad quiere matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué no hará sino hacello?[6]

Pues bien, Sebastián de Córdoba cambia la perspectiva de ese amor humano por la del amor divino, con el siguiente resultado:

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los passos por do me á traydo,
hallo, según que anduve tan perdido,
que uviera merecido ser juzgado.

Baxando de la gracia en baxo estado
estava de mis culpas tan herido,
que quien me viera fuera conmovido
a me llamar, con lástima, «cuytado»;

mas la esperança me entregó (sin arte)
 a quien puede (mirándome) sanarme,
y cierto como puede es el querello;

que pues la vida puso por librarme,
y él solo puede darla por su parte,
pudiendo, ¿qué no hará sino hazello?[7]

Si la amada, en el modelo profano, causa la perdición del amante, en la versión contrahecha Dios le brinda la verdadera salvación. Igualmente conocido es el soneto V, «Escrito está en mi alma vuestro gesto…», en el que se plantea el tópico motivo neoplatónico de la imagen de la amada grabada en el alma del amante:

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan sólo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por habito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de vivir, y por vos muero[8].

He aquí el correspondiente contrafactum de Córdoba:

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y quanto yo escrevir de vos desseo:
vos, Christo, lo escrevís, y yo lo leo,
assí que solo vos obráys en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que obrando vos en mí lo que no veo,
de tanto bien, lo que no entiendo creo,
llevando ya la fee por presupuesto.

Criástesme, Señor, para quereros;
solo henchís del alma la medida,
mas no puedo seguiros como quiero;

quanto tengo confiesso yo deveros;
por vos nascí, por vos tengo la vida,
y vuestra muerte es causa que no muero[9].

Creo que estos dos ejemplos, bastante claros, bastarán como muestra del quehacer contrafactístico de Sebastián de Córdoba, para hacernos una somera idea del procedimiento compositivo por él seguido[10]. Como indica Gale, su principal objetivo fue cristianizar el verso erótico de Garcilaso con una eminente intención didáctica, vertiendo en aquel molde la predicación de verdades cristianas; en suma, mezcló «lo útil» (la enseñanza, el fondo) con «lo dulce» (la envoltura poética, la forma), según el conocido modelo horaciano del delectare et prodesse (el deleitar aprovechando, dicho en expresión tirsiana). Y aunque no es lo más importante para el contrafactista, en la versión resultante, merced a su trabajo de «artesanía», se conserva en parte la belleza formal del prestigioso modelo[11].


[1] Bruce W. Wardropper, Historia de la poesía lírica a lo divino en la cristiandad occidental, Madrid, Revista de Occidente, 1958, p. 6. Para la definición de contrafactum, véase también el capítulo II de Nak-Won Choi, Garcilaso a lo divino. Estudio crítico sobre el proceso de la contrafacción de la poesía garcilasiana en la Edad de Oro, Madrid, Universidad Complutense (Servicio de Reprografía), 1988, pp. 65-170.

[2] Para la mediocridad estética general de los contrafacta, véase la opinión de Glen R. Gale, en su edición de Sebastián de Córdoba, Garcilaso a lo divino, Ann Arbor, University of Michigan, 1971, p. 22. No obstante, Gale les reconoce cierto valor literario: «Las refundiciones cristianas didácticas son “artefactos” creados para alcanzar su propósito, y si ciertos pasajes, especialmente aquellos con alguna originalidad, no son “estéticamente superiores”, sí muestran talento natural, ingenuidad y destreza» (p. 23). Estudia esta cuestión con detalle en las pp. 30-70.

[3] Véase Wardropper, Historia de la poesía lírica a lo divino en la cristiandad occidental, pp. 280-290 para los diversos contrafacta de Boscán y Garcilaso.

[4] Gale, ed. citada, pp. 7-8.

[5] Gale, ed. citada, pp. 15-16.

[6] Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 2.ª ed., Madrid, Castalia, 1972, p. 37 (cito con ligeras modificaciones de acentuación y puntuación).

[7] Edición de Gale, p. 93.

[8] Edición de Rivers, p. 41.

[9] Edición de Gale, p. 97.

[10] Podríamos recordar también su contrafactum de la famosa Égloga I, que comienza: «El dulce lamentar de dos pastores, / Christo y el pecador triste y lloroso, / he de cantar, sus quexas imitando» (edición de Gale, p. 157).

[11] Véase Gale, ed. citada, pp. 24-25.

Garcilaso de la Vega, príncipe de los poetas españoles

Como es sabido, la serena y elegante poesía de Garcilaso de la Vega (Toledo, 1501 o 1503-Niza, 1536) vino a renovar profundamente el panorama de la lírica española. Aquel valeroso soldado y poeta genial —prototipo perfecto del caballero renacentista— manejó con igual maestría la pluma y la espada, aunando en su persona las armas y las letras. Y si las heridas que recibió en una de sus acciones bélicas fueron causa de su muerte, su extraordinaria habilidad en el manejo de los metros y formas estróficas de origen italiano le legaron la inmortalidad eterna de la fama. Fama muy notable que alcanzó en fecha temprana.

Posible retrato de Garcilaso de la Vega, de autor desconocido (Galería de Pinturas de Kassel, Alemania)
Posible retrato de Garcilaso de la Vega, de autor desconocido (Galería de Pinturas de Kassel, Alemania)

 Sus poesías no fueron publicadas en vida, sino que salieron juntamente con las de su amigo Juan Boscán, unos pocos años después de la muerte de ambos: Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega, repartidas en cuatro libros (Barcelona, Carles Amorós, 1543). Pronto los editores desligaron del conjunto los poemas de Garcilaso, que de esta forma —en un pequeño volumen dado a las prensas en Salamanca el año 1569— empezaron a correr su suerte en solitario. Perdida la compañía de los versos de Boscán, encontraron la de eruditos comentaristas: en efecto, la poesía garcilasiana mereció en seguida los mismos honores rendidos por los humanistas del Renacimiento a las grandes obras de la Antigüedad greco-latina, al ser editada con comentarios y anotaciones relativas a fuentes y procedimientos estilísticos. Así, debemos recordar las ediciones del catedrático salmantino Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense (1574) y la del poeta sevillano Fernando de Herrera (1580). Unas décadas después, en 1622, se uniría a estas la edición de Tomás Tamayo de Vargas. Así pues, no en vida, pero sí poco tiempo después de su muerte, Garcilaso se había convertido ya en un clásico.

Otra prueba de la fama de Garcilaso y de la extraordinaria difusión de su producción lírica la tenemos en el hecho de que desde fechas tempranas conociera también diversas versiones a lo divino (lo mismo sucedería más adelante con obras de Cervantes, Lope, Góngora o Quevedo). Los autores de estos contrafacta trataban de aprovechar el éxito de la poesía garcilasiana para aumentar la difusión del mensaje didáctico-moralizante que querían transmitir, convirtiendo los inmortales versos de amor profano del modelo en versos de amor divino. El más conocido de entre los contrafactistas de Garcilaso es Sebastián de Córdoba, con su Garcilaso a lo divino (1575); pero también podemos recordar el centón que Miguel de Andosilla y Larramendi —madrileño de ascendencia navarra— compuso y publicó bajo el título Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos del príncipe de nuestros poetas, Garcilaso de la Vega, sacados de diferentes partes y unidos con ley de centones (Madrid, por la viuda de Luis Sánchez, 1628).

En sucesivas entradas de esta Ínsula de Letras iremos comentando algunos de los mejores sonetos del «príncipe de los poetas españoles» (así lo denominó su comentarista Fernando de Herrera),  y recordaremos también que Garcilaso fue armado caballero de Santiago… en la ciudad de Pamplona. Por hoy, nos limitamos a remitir, como recomendación para una primera aproximación a su figura, su vida y su obra, a la página web que le dedicó el Centro Virtual Cervantes con motivo del 500 aniversario de su nacimiento, «500 años de Garcilaso de la Vega».