El Bilbao de la guerra y la posguerra en «Adiós», de Luis de Castresana

Podemos acercarnos al Bilbao de la guerra y de la posguerra a través de la narrativa de Luis de Castresana. No me referiré a El otro árbol de Guernica (1967), seguramente su obra más importante y conocida, sino a otra dos años posterior, Adiós (Madrid, Editorial Prensa Española, 1969[1]), para cuya redacción el autor recibió una Pensión March de Literatura.

Adios

Como indica Castresana en unas palabras preliminares, la obra está centrada en Bilbao, aunque matiza:

La acción transcurre íntegramente en una ciudad concreta: Bilbao. Pero una novela no es —no lo es, al menos, para mí— un espejo colocado al borde del camino, sino una creación fabuladora, una transfiguración, una adivinación o recreación de la realidad que no señala ni pretende señalar a nadie con el dedo y que, por exigencias de su propia identidad, debe ser localizada y colocada sobre unos supuestos verosímiles (p. 9).

Está ambientada en Bilbao, sí, pero su valor es universal: constituye una reflexión sobre la muerte, pero también un esperanzado canto a la vida. A través de las historias que en ella se van entrelazando, la novela abarca un amplio arco temporal, que va desde la guerra civil española hasta los años sesenta, aproximadamente. En la narración alternan dos tipos de secuencias: unas corresponden a un narrador en primera persona, que es un personaje que acaba de morir pero que todavía no ha partido hasta la morada definitiva y evoca una serie de recuerdos en las horas previas a su entierro; en las otras secuencias aparecen diversas historias que se van entrelazando por el sencillo recurso de que todos los personajes que las protagonizan ven pasar o se cruzan con el entierro.

En muchas de esas historias se adivina la dureza de la posguerra. Un vecino del fallecido, Javier Uría, evoca «una mañana soleada del Bilbao lejano de las primeras semanas de la guerra» (p. 23) en que sonaron las sirenas antiaéreas y acudió a un refugio; una de las bombas que cayeron mató al hombre con el que acababa de cambiar de lugar. Además, se indica que el narrador —el muerto— fue uno de los niños evacuados a Bélgica durante la contienda civil (p. 191). En otras vemos las secuelas de la guerra: se alude, por ejemplo, al racionamiento de aceite (p. 36), al fenómeno del estraperlo (p. 79) o a «la carestía de la vida» (p. 115); Gerardo Aresti y su esposa Lolita, protagonistas de otra historia, tienen que poner un triste anuncio porque lo que ganan no les da para subsistir: «Se venden ropitas y coche de niño sin estrenar» (p. 55). Son años difíciles, de penurias; así lo vemos también en la historia del muchacho tuberculoso para el que da dinero don Joaquín Urrestarrazu; en la de Josechu, niño de nueve años que vende barquillos por las calles, en lugar de ir a la escuela (el padre ha abandonado el hogar y su madre, tísica, trabaja de asistenta fregando suelos y lavando ropa en otras casas); en la de Laura, joven de veintitrés años que mantiene una relación con el casado don Félix para dejar atrás la pobreza y la preocupación económica. Muchos de estos personajes que desfilan por las páginas de la novela son seres vacíos, cansados; buen ejemplo es ese Julián Larrauri desvitaminado de cuerpo y alma, hundido en «aquel inmenso cero sin orillas» de su existencia (p. 129).

Eso, por lo que toca a la situación social que refleja la novela. Volviendo a la ciudad, el narrador-muerto la ama profundamente; se dice que una de sus aficiones predilectas consistía sencillamente en mirar por la ventana de su casa:

Experimento una quieta y gozosa voluptuosidad viendo la ciudad en estas horas amembrilladas del atardecer. Me encanta sentir cómo la noche cae lentamente sobre la villa, cómo las luces empiezan a encenderse aquí y allá. De vez en cuando surge en el cielo, a lo lejos, una llamarada siderúrgica, un vaho de fuego que todo lo empurpura. Abajo, en la calle, los faros de los coches y autobuses brillan como grandes ojos sangrientos; en las fachadas empiezan a iluminarse las ventanas; una mano corre una cortina… Las gentes van y vienen por las aceras, y da no sé qué verlas tan pequeñas desde el tercer piso, observar cómo se ajetrean y apresuran, cómo hablan sin que sus voces lleguen hasta mí. Y uno se siente, de súbito, emocionadamente envuelto en una solidaria soledad (p. 14).

En su último paseo por la ciudad —el traslado hasta el cementerio en el coche fúnebre— habla de «esta ciudad a la que tanto he querido siempre» (p. 59); era un hombre que gustaba de «la voluptuosidad norteña del frío y de la lluvia» (p. 106):

¡Oh, la melancolía de mi otoño bilbaíno, el encanto íntimo de sus atardeceres ateridos! ¡Qué hermosa está mi Bilbao en estas últimas horas otoñales, envuelta en su suave luz amembrillada, un poco cadavérica e irreal!

¡Y qué tristura, Dios mío, qué gozosa tristura, esta de que me lleven a enterrar en una tarde así, tan mía!… (p. 108).

Este hombre anónimo se identifica con la ciudad: «Todo en este itinerario, todo en esta ciudad me habla del hombre que yo fui, del ser que se fue haciendo y deshaciendo por entre estas calles, estas gentes, esta vida» (p. 174). En esa villa está su vida, pero también toda la vida, toda la aventura del ser humano (cfr. las pp. 174-175). Por eso su experiencia adquiere rango de valor universal. El hombre deseaba morir en Bilbao, «en mi villa entrañable, en este bocho tan mío, del que tan empapada está toda mi alma» (p. 175); y así sucede: «Pero he muerto en Bilbao, en mi Bilbao, en el corazón de mi Vizcaya, y eso es lo importante» (p. 176). Esa primera persona narradora se despide así de la ciudad amada y de sus lugares más característicos:

¡Adiós, mi Alameda de Mazarredo, mi inolvidable, mi gentil, mi entrañable Alameda de Mazarredo! El parque y el gran puente levadizo a un lado; la Gran Vía al otro; la ría, abajo, en frente, con sus muelles y el arbolado del Campo de Volantín; y en lo alto, cerrando el horizonte, Archanda; Archanda, que en tardes como ésta diluye sus límites, difumina sus contornos y se atornilla al cielo creando como un misticismo paisajístico que uno no acierta a precisar si es tierra o es cielo, si es ladera, o nube, o qué (p. 173).

Adiós a ti, mi Bilbao querido, mi villa arisca y entrañable, con tu tierno y escondido corazón de pájaro chimbo y tu cielo siderúrgico y tu rumor de fragua… (p. 222).

En un par de ocasiones se alude a la transformación de la ciudad; en la historia de la llamada del suicida a Ayuda Espiritual, la voz anónima que le responde comenta: «¡Cuánto ha cambiado Bilbao en todos estos años!» (p. 93); y en la protagonizada por don Esteban, leemos a propósito del desarrollo de San Ignacio:

Don Esteban quedó asombrado al ver aquella inmensa colmena urbana, casi como una ciudad nueva, estallante de vida, alegre, con sus numerosos comercios, sus autobuses, sus casas modernas, sus calles anchas y nuevas…

—Hace unos años, ¿recuerdas? —dijo, mirando a María—, esto era casi descampado. Aquí había un frontón, y una plazuela pequeña donde los domingos había baile público, con chistu y tamboril y acordeón. Y más allá, hasta Erandio, no había apenas nada: algún chalet aislado, un convento, huertas… (p. 168).

Ese cambio no es solo relativo al crecimiento físico de la ciudad, sino también a cierta apertura en las costumbres; por ejemplo, se testimonia la aparición de las primeras chicas ye-yé con su peculiar forma de vestir y sus minifaldas:

Aunque también por aquí, últimamente, hay unas chicas ye-yés que llevan minifalda y chaquetones de cuero y pelo largo y que da gusto verlas y que… bueno… tú ya me entiendes (p. 151[2]).

El peso de la tradición industrial y minera de la ciudad se hace patente en la historia protagonizada por Elena Elizalde, cuya familia tenía una ferrería, ahora fábrica poderosa (se habla de «los montes de hierro domesticados con brío y con tenacidad…», p. 120). En la carta de José Mari a su amigo Guillermo el muchacho critica la hipocresía y vanidad de sus padres, que aparentan ser más de lo que son:

De verdad, Guiller, no me gusta nada el mundo en que vivimos. Yo no sé cómo será en otros sitios, pero en Bilbao sólo se piensa en ganar dinero, en comer y en ir a los conciertos y al Club Marítimo y a la Bilbaína y a misa de doce a que los vea la gente (p. 145).

Pero, por supuesto, también queda sitio para una ciudad más amable: tras el accidente que le condena a la silla de ruedas, don Esteban es feliz y descubre, después de una vida entregado en cuerpo y alma a los negocios, la belleza de su ciudad, una ciudad todavía pequeña donde la gente se saluda por la calle:

Le encantaba escuchar los conciertos dominicales del Arenal, recorrer las Siete Calles, orillar el Campo de Volantín, pasear bajo los soportales de la Plaza Nueva, mirar la ría… A la degustación ocular de la ciudad vino a sumarse el enjambre diverso de su paisaje acústico: el piar de los pájaros en los árboles del parque, la música dodecafónica de los muelles, el jadeo de fragua de la ciudad entera, las canciones improvisadas de los “chiquiteros”, el ruido múltiple de la vida de cada día (p. 167).


[1] Todas las citas son por esta edición. Para más detalles, ver Carlos Mata Induráin, «Visiones literarias de Bilbao: de Navarro Villoslada a nuestros días», en Adolfo Arejita, Ana Elejabeitia, Carmen Isasi y Joan Otaegi (eds.), Bilbao. El espacio lingüístico. Simposio 700 Aniversario, Bilbao, Universidad de Deusto, 2002, pp. 495-524.

[2] Se describe a Pili, la hija de don Esteban, de dieciocho años, «con su minifalda y su aspecto entre rebelde e intelectual» (p. 165), y se ofrecen algunos detalles sobre su vestuario.

Bilbao y el País Vasco en «Una ciudad del norte», de Pedro Ugarte

PedroUgarte2En la novela de Ugarte Una ciudad del norte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999) se reiteran con mucha frecuencia las alusiones —cargadas de simbolismo— a ese cielo sucio, de tungsteno, de la ciudad, identificable con Bilbao: «aquel cielo inclemente que en mi ciudad, fuera a llover o no, siempre amenazaba lluvia» (p. 15); «el maldito cielo parduzco de la ciudad» (p. 106); «un cielo emborronado y plagado de tutelares helicópteros» (p. 119), «el cielo de tungsteno» (p. 249); «la grisura lúgubre del cielo de la ciudad» (p. 277; véanse otras alusiones en las pp. 20, 21, 169, 250, 258, 288, 289, 299 y 300). Ese cielo gris, plomizo, «de tungsteno», y la amenazadora presencia de los helicópteros policiales que lo rasgan (el otro leitmotiv de la novela; cfr. las pp. 35, 119, 147, 164, 169, 250 y 300[1]) son dos claros símbolos de la triste situación que vive la ciudad y todo el País Vasco:

La radio traía noticias del último atentado terrorista y poco después las declaraciones de distintos políticos, cuya pesadumbre hacía muchos años había agotado todos los recursos de la retórica. Algo era ligeramente molesto pero nada suscitaba conmoción; en realidad nunca pasaba nada: sólo que a un tipo se lo habían quitado todo mediante un balazo o una bomba lapa, y que su nombre, reescrito cientos de veces, germinaría por un día en la estraza periodística (p. 107).

Son muchas las alusiones a esa dura realidad: secuestros y asesinatos, dispersión de los presos, barricadas ardiendo, palizas a policías de paisano, enfrentamientos entre separatistas y españoles… En una ciudad en la que la política lo invade todo y todo lo emponzoña, las calles son una amenaza, y en ellas resulta fácil convertirse en cadáver:

Qué distinto mi rincón del mundo a cualquier otro. Entre los dientes de sierra de las montañas se retorcían unos valles estrechos, como cuñas de azadón en la madera, y en ellos la gente se apilaba, se amontonaba, discurría entre empujones, se agazapaba por las noches en altos dados de cemento, como hordas de lechuzas obligadas a apretarse sobre los brazos de un solo árbol inhóspito. Mis paisanos se llevaban siempre mal (quizás debido a la falta de espacio, a las abruptas cordilleras, a la grisácea consistencia del cielo de tungsteno) y por todos lados florecían las trincheras. Y así, la confianza perdida en cierto parapeto parecía al adversario la evidencia de una adhesión inquebrantable a sus ideas. Bastaba salir huyendo de cualquier trinchera, dejando atrás las banderas de otro tiempo, para encontrar en algún sitio nuevos camaradas, castrenses barracones, guaridas, barricadas, prietas filas de tropa donde extraviarse al dictado de consignas distintas a las anteriores, pero igual de belicosas. Pasaba el tiempo con cruel continuidad y en la ciudad nunca hubo espacio no ya para el heroísmo, sino para la más elemental honestidad. Nada relevante que apuntara hacia ninguna parte: sólo la peligrosa movilidad del adversario, tan escurridizo, que de hecho cualquiera podría transfigurarse en él. En mi país nadie estaba nunca muy seguro de con quién estaba hablando. Allí la política no era una oportunidad de conseguir prebendas, la política era cuestión de vida o muerte (pp. 285-286).

Hacia el final de la novela, Jorge se reencuentra con Juanmari, un compañero desaparecido hace veinte años; Juanmari le confiesa que ha estado en Francia, colaborando con ETA, aunque no ha participado en acciones terroristas, y que lo que escribía en la libreta cuando eran compañeros de colegio eran datos de todos ellos. Este es el comentario que ese encuentro y esas revelaciones suscitan en el protagonista:

El pasado siempre hace daño. Posiblemente no sirve para otra cosa. Yo regresé a casa muy despacio, sin esperanza ya de que la lluvia lavara alguna vez a mi ciudad de todo aquello (p. 297).

El final de la novela, que tiene una estructura circular, es triste y no deja abiertas las puertas a la esperanza. La compañera de Jorge, Susana, quería tener un hijo, pero él, que es un pesimista forjado en el negro pozo del miedo, no estaba dispuesto a dar vida a una persona para entregarla a tanta falta de esperanza. Al final sí han tenido ese hijo, y en vísperas de su incorporación por vez primera al colegio, Jorge lo lleva a conocer el patio, el mismo patio del mismo colegio donde lo llevó su padre (secuencia inicial de la novela); sobre sus cabezas sigue viéndose el mismo cielo manchado, de tungsteno, y sigue oyéndose el mismo sonido amenazador de los helicópteros policiales; el niño siente el mismo miedo que su padre sintiera años atrás. La impresión que nos deja este final es que todo se repite, que no hay posibilidad alguna de cambio, y las palabras que cierran el relato no pueden ser más desesperanzadas:

Miré hacia arriba: el cielo de tungsteno seguía amenazando lluvia, pero no se decidía a descargar sobre nosotros. Aquella lánguida amenaza siempre había bastado. Quizás la verdadera tragedia de esta extraña provincia consistía simplemente en eso, en sentirnos privados del sol y de la lluvia al mismo tiempo, recluidos en una niebla indecisa, y tener la certidumbre de no haber padecido desde hacía mucho tiempo las penalidades de una verdadera guerra pero sí el grave zumbido de los helicópteros, como si el cielo se obstinara en recordarnos que todas esas cosas (la guerra, la lluvia, quién sabe) serían posibles algún día.

El cielo de tungsteno mostraba con nosotros una indulgencia humillante y antipática, se divertía en jugar a perdonarnos o bien debilitaba la luz a media tarde, nos la expropiaba antes de tiempo. Pensé que, frente a esa bóveda de nubes bituminosas, se estrellarían para siempre todas las esperanzas y que aquella lúgubre ciudad seguiría siendo lo que siempre había sido: una prodigiosa cochambre repleta de seres humanos y de cosas (p. 303).


[1] La atosigante presencia de los helicópteros desmonta «la mentira de una ciudad que creía vivir sin sobresaltos» (p. 300); y poco después podemos leer estas demoledoras palabras: «No sé si más allá del cielo de la ciudad estaba Dios, pero más acá estaban los helicópteros, siempre los helicópteros, un número anormal de helicópteros. Era lo que le faltaba a aquel cielo de mierda para culminar una espléndida tristeza» (p. 301).

«Una ciudad del norte» (1999), de Pedro Ugarte

Pedro UgarteUna ciudad del norte, de Pedro Ugarte (Vitoria, Editorial Bassarai, 1999), novela la vida de Jorge, contada en primera persona, desde su infancia hasta que entra en la cuarentena, lo que se corresponde, aproximadamente, con los años que van desde las postrimerías del franquismo y la transición hasta nuestros días. Ugarte retrata la dura realidad del País Vasco de esas décadas, con especial incidencia en los problemas de la violencia callejera y el terrorismo. En ningún momento se indica el nombre de la ciudad en que ocurren los hechos, pero esa ciudad del norte a la que alude el título es, sin duda alguna, Bilbao (sí se menciona el nombre de Indautxu, el barrio donde ha nacido el protagonista). Esa anonimia de la ciudad se explica porque Jorge se siente «un hombre triste, avergonzado, acorralado en sus insignificantes problemas, acorralado en uno de tantos barrios de una ciudad desconocida, una ciudad sin nombre, como siempre quise que fuera la mía» (p. 186). En su relato, él siempre aludirá a ella con expresiones genéricas del tipo «la ciudad», «mi ciudad», «una ciudad del norte», y su visión de la misma es siempre negativa: se trata de «una ciudad monótona y cobarde» (p. 40); «aquella lúgubre ciudad» (p. 119); «esta maldita ciudad» (p. 255), cuyas calles constituyen un laberinto inhóspito y cruel (p. 164), amenazador, que dificulta el mantenimiento de las relaciones personales y sociales.

Jorge y sus antiguos compañeros del colegio de jesuitas, ya «instalados en los confortables recovecos de la clase media» (p. 233), siguen viéndose en los partidos de fútbol de las mañanas de los sábados; todos están «varados en esa ciudad donde nacimos, sirviéndola y sirviéndonos de ella» (p. 66). El protagonista subraya el declinar de su ciudad (se habla de «aquellos bancos que en su tiempo dieron fama a la ciudad y que ahora se hallaban domiciliados muy lejos de nosotros», p. 69), aunque siga conservando una reputación «rancia, inútil, patética» (p. 66), una alcurnia avejentada y decolorada:

Esos atareados símbolos engañaban a la ciudad y la persuadían de que aún era algo importante en el concierto universal, en la decisiva red de centros financieros e industriales que recorre el planeta. Por supuesto, se trataba de un engaño interno, sin ninguna consecuencia favorable, pero a la ciudad eso le bastaba. A la ciudad, en realidad, le bastaban muy pocas cosas (p. 300).

Esa «mentira» de la ciudad se corresponde, de alguna manera, con las «mentiras» del protagonista, con sus sucesivos fracasos laborales y sentimentales. Así ve Jorge la red de relaciones sociales en su problemática ciudad:

Las ciudades como la mía son pequeñas mesas de billar donde las bolas entrechocan sin cesar y los avatares personales traman imprevistas consecuencias. La gente se ve y se vuelve a ver, pierde la pista de los otros durante algunos años hasta que surgen otra vez, transfigurados, en un punto distante de la escala social. Sólo en ciudades como la mía (tan alejadas de la comunitaria aldea como de la vasta soledad de las metrópolis) la vida se parece a un juego de azar y las personas se comportan como fichas en un reducido tablero, condenadas a distanciarse y a volver a chocar, interminablemente, en una especie de endiablada carambola (pp. 122-123).

Negativa es también la imagen que de la ciudad tienen otros personajes, como Eddie:

Eddie rechazaba aquella ciudad donde no valían de nada los principios vitalistas, porque cierta inmundicia interior era lo único que ayudaba a sobrevivir en su general oscuridad, en sus calles estrechas, envueltas en permanentes cortinas de lluvia, una ciudad que obligaba a recluirse pronto en casa durante los tristes atardeceres invernales, una ciudad del norte donde sólo la resignación servía para encontrar cierto acomodo (pp. 119-120).